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Arqueología tecno-pop: Oviformia SCI

En Aviador Dro, Lecturas, NoFicción, Sci-fi el 16 febrero, 2013 a las 6:45 pm

[Escribo un libro sobre Aviador Dro y debo hacer parada obligatoria en su Simposium Tecno, celebrado el 9 marzo de 1981 en la sala Marquee de Madrid, días después del 23-F.  Allí se dieron cita, junto al Aviador y sus Obreros Especializados, otros grupos de la "escena tecnopop" de la capital, como Oviformia SCI o El Humano Mecano, y allí también terminó entrando la Guardia Civil para poner orden a tanto libertinaje tecnológico. Hablando de eso: Internet es un medio cojonudo para hacer arqueología: en la red he encontrado las maquetas de Oviformia SCI, grabadas entre 1981 y 1984, acompañadas de un "misterioso" texto en Word publicado en febrero de 1996 en el fanzine 'Self', que me parece una joya y del que reproduzco aquí solo un fragmento. Por cierto, Aviador volverá a celebrar su Simposium el próximo 21 de marzo, junto a Oviformia SCI, tras un primer intento fallido el 21 de diciembre del año pasado, sí, el día de los mayas, y que yo aproveché igualmente para tener una larga charla y tomar unas cañas en mi antiguo barrio con los obreros Placa Tumbler, Fox Cycloide, CTA 102 y X]

Oviformia SCI (Oviformia Secuencial Circuits) se forma a comienzos de 1981 en Madrid, a raíz de la escisión de una extraña agrupación musical denominada Falsos Fantasmas. En un principio el grupo estaba integrado por K-Lois (teclados), Clara Morán (caja de ritmos, secuenciador y coros), Ger (voz y efectos), Paco Iriarte, antiguo guitarrista de Sissi (el grupo de glam-pop de Joe Borsani) y el ex teclista de Neopreno, un efímero grupo de 1980 en el que militó Manolo Campoamor (ex Kaka de Luxe y por aquel entonces cantante de Los Pegamoides). El grupo vio reducida muy pronto su formación al prescindir de los servicios del ex Neopreno y orientar su música de forma rotunda hacia grupos británicos y germanos de pop electrónico y tecno como Kraftwerk, Ultravox, Heaven 17, Depeche Mode, Yazoo, etcétera. El prestigio de O-SCI creció vertiginosamente en los ambientes musicales de la época, y en algunos círculos llegó a asegurarse que Fernando Márquez ‘el Zurdo’, admirador declarado del grupo, había intentado –sin éxito- convertir el proyecto musical de Lucho y Clara en su nueva banda tras la disolución de Paraíso.

K-Lois (de nombre real Luis ‘Lucho’ Prosper) era el compositor y líder de Oviformia SCI, y venía de hacer pop-rock en un grupo en el que también militaba Ignacio (Chokes); Ger (Germán Espada) se estrenaba de cantante con Oviformia SCI; a su vez, Clara Morán, con apenas 17 años llevaba un lustro educándose musicalmente a través del glam-rock y el punk, siendo a los 12 años una de la más reconocidas seguidoras de Kaka de Luxe. Además, Clara, criada en la Inglaterra pre-punk, era hija del diplomático Fernando Morán (posteriormente ministro de Exteriores con el primer gobierno socialista) y sobrina de Leopoldo Calvo Sotelo (presidente del gobierno con UCD), peculiaridades estas que, en aquella época, atrajeron con avidez el interés de los medios de comunicación sobre el grupo, que arrastraría desde entonces una injusta imagen de ‘niños bien que juegan con maquinitas-de-hacer-música’, viéndose restada su credibilidad.

Inmersos de lleno en la primera oleada ‘futurista’ de la nueva ola madrileña (El Aviador Dro y sus Obreros Especializados, Terapia Humana, Esplendor Geométrico, Los Iniciados, el Humano Mecano, Metal & CA, Ángeles Caídos…), Oviformia SCI difundió su primera maqueta a través de emisoras locales de radio, actuando con éxito en salas como Rock-Ola, Golden Village o el Marquee, donde participaron en el histórico Simposium tecno allí celebrado en marzo de 1981. Con una imagen a medio camino entre el look new romantic y la puesta en escena futurista, el trío supo despuntar entre el aluvión de grupos que ya invadía Madrid en los primeros años 80, disfrutando incluso de dos sonadas apariciones en Televisión Española. Así pues, Oviformia SCI apareció en el programa ‘Estudio Abierto’ y en el especial ‘Locos por la Música’ de Pista Libre (1982), donde se emitió un magnífico (para la época, se entiende) video-clip de su tema más popular, ‘Hablamos de nosotros’. A pesar de su gran calidad y de su emergente popularidad, paradójicamente, el grupo no consiguió editar ni un solo disco en aquella época. Algunos de sus temas más significativos y recogidos en maquetas o videos fueron; ‘Teletipo’, ‘Fashion magazines’, ‘La Luna, la nuit’, ‘Touché’ o la popular ‘Hablamos de nosotros’. Posteriormente, el fanzine Self editó en 1995 algunos de estos temas en su recopilatorio ‘Selftape 2’.

Texto: Taludio Rativo – Publicado en SELF 4 /Enero-Febrero 1996

Foto: Oviformia SCI con Jesús Ordovás, sin créditos.

Mi lectura de ‘El atlas de las nubes’

En Lecturas el 4 enero, 2013 a las 3:17 am

El atlas de las nubesEl atlas de las nubes by David Mitchell
My rating: 4 of 5 stars

Lo que ya se sabía: David Mitchell buscaba escribir con ‘El atlas de las nubes’ una novela ambiciosa como pocas: está compuesta por seis historias, ambientadas en seis periodos históricos diferentes (desde mediados del siglo XIX hasta un futuro distópico e incluso más allá: hasta el futuro primitivo y supersticioso que nos espera después de ese futuro distópico), escritas en seis géneros o estilos diferentes (diario, correspondencia, entrevista, memorias) y protagonizadas por seis personajes diferentes, si bien existe un hilo que conecta todo lo anterior. Cuando uno comienza a leer desorientado sabe que al final, este libro que va desplegando sus páginas ante el lector como las piezas de un puzle sobre la mesa o como un montón de muñecas rusas que encajan unas dentro de otras, cobrará sentido. O por hablar el mismo lenguaje que Mitchell y usar una cita de uno de sus personajes: que ‘El atlas de las nubes’ funciona como un “sexteto para solistas que se solapan: piano, clarinete, chelo, flauta, oboe y violín, cada uno en su clave, escala y timbre. En la primera parte, cada solo se ve interrumpido por el siguiente; en la segunda, se retoma cada interrupción, en orden inverso”. Ah, claro, y que no se me olvide: también sabíamos antes de leerlo que los hermanos Wachowski han rodado una adaptación que, a juzgar por su tráiler, huele a empanada new age no menos ambiciosa.

Lo que yo no sabía: de entrada, que Mitchell escribiera tan bien. Las historias son irregulares, y cada lector encontrará mayor afinidad hacia unas piezas que hacia otras, pero todas han sido mimadas, cuidadas y escritas de forma magistral, con un gran esfuerzo por diferenciarse entre ellas, por destacar, y cada una a su manera consigue superar las limitaciones impuestas por el autor. Que sean irregulares solo me ha importado en un sentido: que al final Mitchell parece más preocupado en subrayar el sentido total de su obra que en resaltar el papel que juega cada una de estas piezas en este juego literario de 600 páginas. El mensaje final queda claro desde las primeras páginas, en la página 18 se da ya la primera pista: “La paz, por más preciada que sea a los ojos de nuestro Señor, es una virtud esencial solo si el vecino comparte la misma creencia”. Lo que no queda tan claro, decía, es una cierta jerarquía entre estas seis historias, la importancia de una sobre otra y su papel en el destino (trágico) que nos espera como especie. En su lugar, el autor ejecuta un montón de guiños y coincidencias entre los personajes que no parecen justificarse más que como coartada de cara al lector, como si estuviera entreteniéndole con juegos manuales mientras prepara el truco final. Como si estuviera diciéndole “mira, todo esto tiene que ver con esto otro, pero ahora espera un poco más”.

A pesar de todo, no me resisto a comentar aquí cuáles han sido mis piezas favoritas de las que componen este ‘Atlas’: en primer lugar, ‘El tremendo calvario de Timothy Cavendish’, divertidísimas memorias de un editor que parece un cruce entre Tom Sharpe y Martin Amis, y ‘Cartas desde Zedelghem’, la correspondencia de un joven parasitario y bisexual que en torno a 1930 se decide a componer el sexteto ‘El atlas de las nubes’ con una obsesión propia de los grandes compositores. He encontrado también notables las dos historias ambientadas en el futuro, ‘La antífona de Sonmi-451’, que es la responsable de que esta novela se haya vinculado (exclusivamente) de forma errónea con la ciencia ficción distópica, y ‘El cruce de Sloosha y toda la vaina’, donde el autor se esfuerza por recrear el lenguaje propio de una humanidad que ha vuelto casi a la Edad Media, a la magia, la superstición y al miedo aplastante hacia los dioses. Muchísimo más más floja me ha resultado la central ‘Vidas a medias. El primer misterio de Luisa Rey’, donde la cosa tiende al thriller conspiranoico y con la que, confieso, me pudo la pereza. E irregular pero también encantadora es la conradiana ‘El diario del Pacífico de Adam Ewing’, historia con la que empieza y termina el libro, la pieza encargada de activar todo su mecanismo, de pulsar el botón, de hacer ‘click’ en el interior de nuestra cabeza, y conseguir que todo esto cobre finalmente algún sentido. Que lo tiene.

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Prólogo de Ballard a ‘Crash’

En Antiguos Maestros, Lecturas, Sci-fi el 31 diciembre, 2012 a las 12:30 am

El matrimonio de la razón y la pesadilla que dominó el siglo XX ha engendrado un mundo cada vez más ambiguo. Los espectros de siniestras tecnologías y los sueños que el dinero puede comprar se mueven en un paisaje de comunicaciones. El armamento tecnológico y los anuncios de bebidas gaseosas coexisten en un dominio de luces enceguecedoras gobernado por la publicidad y los seudoacontecimientos, la ciencia y la pornografía. Los leitmotive gemelos de este siglo, el sexo y la paranoia, presiden nuestras existencias. El júbilo de McLuhan frente a los mosaicos de información ultrarrápida no basta para que olvidemos el profundo pesimismo de Freud en El malestar de la cultura. El vouyerismo, la insatisfacción, la puerilidad de nuestros sueños y aspiraciones, todas estas enfermedades de la psique han culminado ahora en la víctima más aterradora de nuestra época: la muerte del afecto.

Este abandono del sentimiento y la emoción ha preparado el camino a nuestros placeres más tiernos y reales: en las excitaciones provocadas por el sufrimiento y la mutilación; en el sexo como una arena ideal -semejante a un cultivo de pus estéril- para todas las verónicas de nuestras perversiones; en nuestro poder de conceptualización, en apariencia ilimitado. Nuestros hijos tienen menos que temer de los coches en las autopistas del mañana que del placer con que calculamos sus muertes futuras de acuerdo con los parámetros más elegantes. Mostrar los dudosos encantos de la existencia en este glauco paraíso se ha convertido cada vez más en una función propia de la ciencia ficción. Creo con firmeza que la CF, considerada a menudo un mero retoño, es al contrario la principal tradición de una respuesta de la imaginación frente a la ciencia y la tecnología y que corre en una línea ininterrumpida de H.G. Wells, Aldous Huxley, y los autores norteamericanos modernos de ciencia ficción, hasta los innovadores de hoy, como William Burroughs.

El “hecho” capital del siglo XX es la aparición del concepto de posibilidad ilimitada. Este predicado de la ciencia y la tecnología implica la noción de una moratoria del pasado -el pasado ya no es pertinente, y tal vez esté muerto- y las ilimitadas alternativas accesibles en el presente. La filosofía social y sexual del asiento eyectable une el primer vuelo de los hermanos Wright con la invención de la píldora.

No parece haber género mejor equipado que la ciencia ficción para explorar este inmenso continente de lo posible. Ninguna otra forma narrativa dispone de un repertorio de imágenes e ideas adecuadas para tratar el presente, y mucho menos el porvenir. La característica dominante de la novela moderna es su preocupación por el aislamiento del individuo, la atmósfera de introspección y alienación, un estado mental que se presenta siempre como si fuera la marca distintiva de la conciencia del siglo XX.

Nada menos cierto. Al contrario, a mi juicio esta psicología procede totalmente del siglo pasado, e ilustra la reacción contra las presiones de la sociedad burguesa, el carácter monolítico de la era victoriana y la figura tiránica del pater familias parapetado en su autoridad sexual y económica. Se trata de una óptica resueltamente retrospectiva, obsesionada por la naturaleza subjetiva de la experiencia, y que además tiene como tema la racionalización de la culpa y el enajenamiento. Los elementos de esta literatura son la introspección, el pesimismo y la sofisticación. No obstante, si algo distingue al siglo XX es por cierto el optimismo, la iconografía del producto de masas, la ingenuidad, el gozo libre de culpa de todas las posibilidades de la mente.

La modalidad imaginativa que se manifiesta hoy en la ciencia ficción no es nueva. Homero, Shakespeare y Milton inventaron otros mundos para hablar del nuestro. La acción de la ciencia ficción como un género separado, de reputación algo dudosa, es un fenómeno reciente y que está unido a la casi desaparición de la poesía dramática y filosófica y al lento deterioro de la novela tradicional, cada vez más dedicada a describir exclusivamente distintos matices de las relaciones humanas. Entre los temas que la novela tradicional ha descuidado, los más importantes son sin duda la dinámica de las sociedades humanas (la novela tradicional tiende a presentarlas como estáticas) y el puesto del hombre en el universo. Aun ingenua o crudamente, la ciencia ficción intenta al menos poner un marco filosófico o metafísico a los acontecimientos más importantes de nuestras vidas y nuestras conciencias.

Esta defensa general de la ciencia ficción se debe obviamente a que mi propia carrera de escritor ha estado unida a ella durante unos veinte años. Desde un principio, cuando me volví por vez primera hacia el género, tuve la convicción de que la clave del presente está en el futuro, más que en el pasado. En esa época, sin embargo, no me satisfacía el apego convulsivo de la CF por dos temas principales: el espacio exterior y el futuro remoto. Tanto con propósitos emblemáticos como teóricos y de programa, di el nombre de “espacio interior” al nuevo territorio que yo deseaba explorar: ese dominio psicológico (y que aparece, por ejemplo, en los cuadros surrealistas) donde el mundo exterior de la realidad y el mundo interior de la mente se encuentran y se funden.

Mi intención primera era escribir una obra de ficción sobre el mundo actual. En el contexto de la década del 50, cuando uno podía oír en la radio los primeros mensajes del Sputnik I, como la señal avanzada de un nuevo universo, este propósito requería unas técnicas completamente distintas de las utilizadas por el novelista del siglo XIX. Yo creía en verdad que si fuera posible borrar del todo la literatura existente, estando obligados a comenzar de nuevo sin ningún conocimiento del pasado, todos los escritores empezarían a producir inevitablemente algo muy semejante a la ciencia ficción.

La ciencia y la tecnología se multiplican a nuestro alrededor. Cada vez son más ellas las que nos dictan el lenguaje en que pensamos y hablamos. Utilizamos ese lenguaje, o enmudecemos.

No obstante, por una paradoja irónica, la ciencia ficción se convirtió en la primer víctima de este mundo cambiante que anticipó y ayudó a crear. El porvenir entrevisto por los autores de las décadas del 40 y el 50 es ya nuestro pasado. Las imágenes entonces predominantes, no solo los primeros vuelos a la luna y los viajes interplanetarios sino también nuestras cambiantes relaciones sociales y políticas en un mundo gobernado por la tecnología, hoy parecen los enormes fragmentos de un decorado teatral desechado. 2001: Odisea del espacio comunicaba esta impresión de un modo particularmente conmovedor. Este film anuncia a mi juicio el fin de la época heroica de la ciencia ficción moderna. Los paisajes y el vestuario cuidadosamente concebidos, las maquetas espectaculares, me hicieron pensar en Lo que el viento se llevó; la epopeya tecnológica se transformaba en una especie de novela histórica al revés, un mundo cerrado donde nunca se permitía que entrase la luz cruda de la realidad contemporánea.

Nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez más. Así como el pasado mismo -en un plano social y psicológico- fue una víctima de Hiroshima y la era nuclear, así a su vez el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable. Hemos anexado el mañana al hoy, lo hemos reducido a una mera alternativa entre otras que nos ofrecen ahora. Las opciones proliferan a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo casi infantil donde todo deseo, cualquier posibilidad, trátese de estilos de vida, viajes, identidades sexuales, puede ser satisfecho en seguida.

Añadiré que a mi criterio el equilibrio entre realidad y ficción cambió radicalmente en la década del sesenta, y los papeles se están invirtiendo. Vivimos en un mundo gobernado por ficciones de toda índole: la producción en masa, la publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la traducción instantánea de la ciencia y la tecnología en imaginería popular, la confusión y confrontación de identidades en el dominio de los bienes de consumo, la anulación anticipada, en la pantalla de TV, de toda reacción personal a alguna experiencia. Vivimos dentro de una enorme novela. Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad.

En el pasado, dábamos siempre por supuesto que el mundo exterior era la realidad, aunque confusa e incierta, y que el mundo interior de la mente, con sus sueños, esperanzas, ambiciones, constituía el dominio de la fantasía y la imaginación. Al parecer esos roles se han invertido. El método más prudente y eficaz para afrontar el mundo que nos rodea es considerarlo completamente ficticio… y recíprocamente, el pequeño nodo de realidad que nos han dejado está dentro de nuestras cabezas. La distinción clásica de Freud entre el contenido latente y el contenido manifiesto de los sueños, entre lo aparente y lo real, hay que aplicarla hoy al mundo externo de la llamada realidad.

Frente a estas transformaciones, ¿cuál es la tarea del escritor? ¿Puede seguir utilizando las técnicas y perspectivas de la novela del siglo XIX, la narrativa lineal, la mesurada cronología, los personajes representativos fastuosamente instalados en un tiempo y un espacio amplios? ¿El tema principal puede seguir siendo las fuentes pretéritas de un carácter o una personalidad, la lenta inspección de las raíces, el examen de los matices más sutiles pueden encontrarse en el mundo del comportamiento social y las relaciones humanas? ¿Posee aún el escritor autoridad moral suficiente para inventar un universo autónomo y cerrado en sí mismo, manejando a sus personajes como un inquisidor que conoce de antemano todas las preguntas? ¿Tiene derecho a dejar de lado lo que prefiere no entender, incluyendo sus motivos y prejuicios, y su propia psicopatología?

Entiendo que el papel, la autoridad y la libertad misma del escritor han cambiado radicalmente. Estoy convencido de que en cierto sentido el escritor ya no sabe nada. No hay en él una actitud moral. Al lector sólo puede ofrecerle el contenido de su propia mente, una serie de opciones y alternativas imaginarias. El papel del escritor es hoy el del hombre de ciencia, en un safari o en el laboratorio, enfrentado a un terreno o tema absolutamente desconocidos. Todo lo que puede hacer es esbozar varias hipótesis y confrontarlas con los hechos.

Crash es un libro de ese tipo, una metáfora extrema para una situación extrema, un conjunto de medidas desesperadas a las que sólo se recurrirá en caso de emergencia. Si no me equivoco, y si lo que he hecho en estos últimos años es intentar redescubrir el presente, Crash es una novela apocalíptica de hoy que continúa la serie iniciada por otros libros míos en los que imaginaba un cataclismo mundial en un futuro cercano o inmediato: El mundo sumergido, La sequía y El mundo de cristal.

Crash por supuesto no trata de una catástrofe imaginaria, por muy próxima que pueda parecer, sino de un cataclismo pandémico institucionalizado en todas las sociedades industriales, y que provoca cada año miles de muertos y millones de heridos. ¿Es lícito ver en los accidentes de automóvil un siniestro presagio de una boda de pesadilla entre la tecnología y el sexo? ¿La tecnología moderna llegará a proporcionarnos unos instrumentos hasta ahora inconcebibles para que exploremos nuestra propia psicopatología? ¿Estas nuevas fijaciones de nuestra perversidad innata podrán ser de algún modo benéficas? ¿No estamos asistiendo al desarrollo de una tecnología perversa, más poderosa que la razón?

A lo largo de Crash he tratado el automóvil no sólo como una metáfora total de la vida del hombre en la sociedad contemporánea. En este sentido la novela tiene una intención política completamente separada del contenido sexual, pero aún así prefiero pensar que Crash es la primera novela pornográfica basada en la tecnología. En cierto sentido, la pornografía es la forma narrativa más interesante políticamente, pues muestra cómo nos manipulamos y explotamos los unos a los otros de la manera más compulsiva y despiadada.

Por supuesto, la función última de Crash es admonitoria, una advertencia contra ese dominio de fulgores estridentes, erótico y brutal, que nos hace señas, llamándonos cada vez con mayor persuasión desde las orillas del paisaje tecnológico.

Texto publicado por vez primera en 1973, edición inglesa, Vintage. La traducción reproducida se basa en la edición francesa, Calmenn-Lévy, 1974. La fuente de la imagen es esta. Una reflexión interesante sobre Crash aquí.