In Prog We Trust

Un apunte al cierre de ‘Público’

In Asuntos internos, NoFicción on 25 febrero, 2012 at 1:05 pm

Anoche, leyendo la entrada Para cerrar la herida, abran el periódico en el blog Solución Salina de Henrique Mariño, me topé con este comentario de un lector en relación al cierre de Público, que como diría Quinta Tinta, es el periódico que me ha dado de comer en los últimos cuatro años y medio.

«Ahora es cuando algunos os recordarán, con razón, que para qué comprar el periódico pudiendo leerlo gratis en Internet y que lo que tenéis que hacer es adaptaros a los nuevos tiempos y a los nuevos “paradigmas”. Revisad los artículos de vuestro periódico sobre las descargas de música y me entenderéis mejor.

Y no, no me dedico a la música ni nada parecido, pero…»

Mientras lo rumiaba caí en que en realidad le tenía ganas a este debate. Hace un par de semanas mantuve una conversación ejemplar -en cuanto al tono empleado- en Twitter con un productor musical y un periodista especializado en medios digitales. El punto de partida era la incapacidad de la ley sinde para satisfacer los intereses de la industria del entretenimiento y de las tecnológicas al mismo tiempo. Cuando la conversación nos llevó a los “modelos caducos” actuales de la “creación”, en general, y a que nadie estaba tomándose la molestia en repensar estos modelos, me pareció que el mejor ejemplo de todo aquello era mi propia situación en Público, así que le dije al productor de música:

-Mi modelo, el de mi periódico, también está caduco, en crisis y no es rentable.

-Mis artículos pueden leerse gratis en internet a la vez que previo pago en papel.

-Mis artículos pueden leerse gratis incluso blogs de otra gente vía corta y pega.

-No puedo considerar eso un robo porque no sé si toda la gente que me lee en internet estaría dispuesta a comprar el periódico en papel.

Y algo más, que entonces no dije porque la conversación fue avanzado por otro lado: no puedo llamar ladrón a todo el que me lee gratis y decide no pagar en el kiosko. Ni siquiera puedo evitar que dos personas lean el mismo ejemplar en el metro, aunque solo pagara por él la primera. Tampoco puedo cobrar un canon a los bares donde una sola copia de mi periódico es leída por decenas. Toda esa gente que no paga y nos lee es nuestra audiencia.

Así que estamos ante un reto parecido. Si miramos a un periódico con la lente de la industria del entretenimiento, parece que la peor competencia para Público siempre ha sido Publico.es, de la misma forma que la peor competencia para el cine español parecen ser sus propias películas españolas en la red. Más: alguien debería estar exprimiendose el cerebro y pensando en cómo sacar partido a 5,5 millones de usuarios únicos, y de la misma forma, a esa audiencia más millonaria todavía que está pidiendo a gritos (y no necesariamente gratis) acudir a un estreno de cine en el salón de su casa. Una pista para nosotros: no es buen gancho de compra llevar como noticia en portada algo que ya reventó las televisiones o las redes sociales la mañana anterior. Una pista para ellos: es frustrante para el consumidor no encontrar una oferta legal en internet, un ciclo de vida para las películas del tipo estreno en cine-canales de pago-DVD-televisión no es suficiente. Parece que la nariz, no obstante, ya empieza a picarle a algunos.

La diferencia entre estos dos “modelos caducos” creo que está en la actitud. Actitud frente al medio (internet, ese puto Moby Dick ingobernable) y frente a la relación que mantenemos con nuestras audiencias. La información, aunque maltratada y necesariamente pasada por la línea empresarial, se sigue considerando hoy un bien digno de respeto y protección, un derecho al que hay que tener acceso libre, que marca nuestra salud democrática, etc, etc. Somos conscientes de que ya no es lo que era, de los intereses de grupo, de los favores políticos, de la publicidad. Pero seguimos guiándonos por la informacion de los medios de comunicación porque aunque mercancía, las noticias solo pueden ser verdaderas o falsas, y para eso lo mejor es leer también lo que dicen otros. Mi bola de cristal me dice que el verdadero fin de los periódicos solo ocurrirá cuando las noticias no puedan verificarse y se implante la semiverdad y, oh, espera…

Sigo. No sé qué consideración general o social hay ahora mismo hacia la música, sobre qué tipo de bien es y qué respeto merece. Ni siquiera sé qué consideración de la música tiene más valor, si la que tiene el venerado coleccionista de vinilos o la del chaval que escucha Rhianna en el móvil. Los respeto exactamente igual. Mi consideración personal la tengo clara, y es muy solemne: es la forma más elevada de la creación humana, algo con lo que conectamos de manera primitiva, sin necesidad de aprendizaje, y una forma de expresión autosuficiente que no necesita para explicarse nada más que ella misma. Algo superior. Algo en lo que me he gastado mucho dinero a lo largo de mi vida y que en parte es responsable de que decidiera ser periodista cultural.

Lo que sí creo conocer es la consideración que tiene de la música gran parte de eso que llamamos industrias culturales o del entretenimiento, porque trabajo a diario con ellas: hoy por hoy, es su modelo negocio. La explotación de la música, de cada reproducción que hacemos de una canción. Para hablar en los mismos términos, la industria de la música debería referirse no tanto a la propiedad intelectual sino de una suerte de derecho a acceder a la música como bien superior que es. Ellos defienden su modelo y que se mantenga la cadena que hace posible que una canción o una película llegue a su destinatario, y yo lo entiendo porque también un periódico da de comer a intermediarios, tira de distribuidores, hace promociones y tiene que contentar a los kioskeros. Pero también veo las consecuencias en mi trabajo de ello: hablamos de discos y de películas más en términos de consumidores, de formatos anticopia, de pago por reproducción, de leyes antipirateria, de cuotas de pantalla, y menos de sonidos, de sensaciones, de experiencias.

Y aquí es donde quería llegar. Ahora piensen: qué se puede hacer desde una seccion de cultura de un periódico nacional como Público. Nosotros no destapamos la trama Gürtel, si acaso, el escándalo del Diccionario Biográfico de la Academia de Historia. En la sección enterramos a los ilustres como nadie y estamos atentos, como todos, a lo que diga el ministro Wert. Hemos perseguido como sabuesos a la SGAE. Recomendamos lecturas porque creemos que invitan a una reflexión de actualidad que merece la pena hacer. Escribimos crítica de cine. Nos intentamos adelantar a la rígida campaña de promoción de majors y ser los primeros en publicar una entrevista. Y, ¡claro!, vigilamos por la actuacion de esas industrias culturales porque afectan a la sociedad de la misma manera que los compañeros que llevan Sanidad miran con recelo a la industria farmacéutica o en Dinero a cualquier movimiento que hagan los bancos, por simbólico que sea.

En Culturas (y en Ciencias primero, y a ellos les debo en gran medida la visión que tengo hoy sobre el conflicto cultura/tecnología) hemos intentado luchar contra ideas preconcebidas ya instaladas con el esfuerzo de estas industrias y de la propia prensa (España es un país de ladrones; una descarga equivale a un disco no vendido; ¡los videojuegos son malos!) y la manipulación de lenguaje para contaminar el debate (las descargas son ilegales y son piratas), pero también las medidas desproporcionadas (el canon digital) y lo que son claramente atentados contra derechos fundamentales, como el derecho a una tutela judicial efectiva (Ley Sinde) o el de la intimidad, como vemos con los conflictos recientes con el tratado europeo ACTA pero también aquí mismo. Informar. Enseñar algo a quien no lo conoce. Eso es lo que creemos que debería hacer una sección que hasta ayer se autodenominaba Culturas.

Acabo de ver cerrar mi periódico. Y leo el comentario de arriba. ¿Por qué debería ahora entender mejor a la industria musical? Si la entendiese, ahora mismo debería estar aquí expresando mi relación con los lectores en términos de amenaza, con lo que sólo me quedaría una salida: amenazarles más todavía. Cómprame o me suicido. Me toca hacer autocrítica, eso no se me escapa, pero es internet lo que ahora me permite sentarme, vomitar esto y lanzarlo, algo impensable cuando se me ocurrió que esto de ser periodista pasaba por estar en una redacción el resto de tu vida. Los lectores vienen luego. O no. Como podría ser el caso.

AGRADECIMIENTOS

Pero yo en realidad he escrito todo lo anterior para poder ponerme un poco tontorrón y colgar esta foto de los primeros días en Público (sí, en los que rellenábamos ocho o diez páginas del tirón cada día sólo en la sección de Culturas). Y hacer una hueco para los agradecimientos a todos los que han pasado por ella y que ya se fueron (Eduardo Bravo, Jesús Centeno, Isabel Repiso, Guillaume Fourmont, Braulio García Jaén, Rocío Ponce) y los que se han quedado (Jesús Miguel Marcos, Paula Corroto, Carlos Prieto, Rebeca Fernández, Alejandro Torrús), a Magda Bandera y Javi Salas como guest stars, y a Sara Brito que estás en el sierra, así como a los colaboradores, corresponsales y columnistas que han firmado en nuestras páginas: Santiago Alba Rico, Kiko Amat, Roberto Arnaz, Carlos Barreiro, Daniel Basteiro, David Bollero, Álex Carrasco, Miguel Ángel Criado, Roberto Enríquez, Víctor Fernández, Carlos Fuentes, Pablo G. Polite, Patricia Godes, Abel González, Ana Gorría, Eulalia Iglesias, Antonio J. Rodríguez, Antonio Jiménez Morato, Beatriz Juez, Víctor Lenore, Luis Matías López, Luna Miguel, Alberto Olmos, Antonio Orejudo, Carlos Pardo, Néstor Parrondo, Gonzalo de Pedro, Isabel Piquer, Rubén Romero, Iñigo Sáenz de Ugarte, Marta Sanz, John Tones, Joan Vich, Paul Viejo y el increíble Álex Vicente. Y seguro que se me olvida más de uno.

Un recuerdo especial a los primeros redactores jefes de Culturas, José Manuel Costa, con quien dimos nuestros primeros pasitos, y sobre todo a Peio H. Riaño, que plantó después las raíces de la sección y le puso el corazón.

Y a Nacho Escolar, claro, por aquella portada de GTA4.

Entrevista a Manuel Vilas: “Busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable”

In Apocalipsis YA, Postmoderneo, Sci-fi on 25 enero, 2012 at 12:37 pm

Si la imaginación pudiera pesarse igual que se pesan las patatas en el súper, el pobre Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) viviría con la cabeza permanentemente aplastada contra el suelo por culpa de la gravedad. Ahí dentro debe de haber toneladas y toneladas de creatividad e ingenio luchando por salir por algún lado, como un jardín desbocado. Su última novela, Los inmortales (Alfaguara), es definida por el escritor como “un volcán de libertad donde todo salta. Yo lo que quiero es ser libre y este mundo no hace más que ponerme impedimentos. Así que busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable. Todo lo que escribo es muy carnavalesco”.

No hace falta que lo jure. Sólo hay que intentar poner algo de lógica a la historia de Los inmortales, una novela inspirada en… esto… la película Los inmortales, de 1986, protagonizada por Christopher Lambert. Una novela que consigue mezclar los libros de caballerías con la ciencia ficción, la Historia con la clarividencia, el progreso humano y el delirio. Una novela por cuyas páginas se pasean personajes como: una reencarnación actual de Cervantes que es fan de Joy Division y que se pone en plan Houellebecq (es decir, muy guarro) con dos prostitutas en Canarias; el papa y la madre Teresa de Calcuta convertidos casi en superhéroes (nombres clave: Ponti y Mother T); y el espíritu de Stalin, encargado de darnos a conocer algo llamado la Teoría del Reciclaje Trascendental.

¿Cuál fue el chispazo de ‘Los inmortales’? Siento esta curiosidad con todas tus novelas: ¿De dónde nació? ¿Cuál fue el gérmen?
Fue la película Los inmortales, de Christopher Lambert [risas].

Me lo estaba imaginando…
Ahí se plantea, aunque no se resuelve, la idea de la acumulación de vida y de saber que puede haber en un ser humano que viva más de 400 años. Esa inmortalidad la vi en un personaje como Saavedra, que es alguien que cree, porque nunca llega a afirmarlo en la novela, que es Cervantes, que es inmortal, que nació en 1547, que lleva 400 años sobre la Tierra, y que lo que hace es aprender lenguas fundamentalmente porque, al estar tanto tiempo vivo, le da tiempo a viajar y conocer idiomas, etc. La idea es alguien que vive la historia y la conoce en cada momento. No como nosotros, que la leemos. Este es el tema.

¿Te interesaba una inmortalidad cotidiana, esto de vivir la historia y el presente, o más literaria, es decir, esa inmortalidad sagrada de la literatura y sus autores?
Yo pensé en el concepto de inmortalidad del arte, de la política, del siglo XX y XXI, incluso de la religión, porque en la novela también salen el Papa y la madre Teresa de Calcuta, llamados Ponti y Mother T, y que se convierten en dos superhéroes. Lo que quería era reflejar lo que el siglo XX ha pensado que era ser inmortal desde la cultura, desde el arte, la literatura, el arte o la política. También sale Stalin y Hitler. En esencia: qué hemos codificado como permanencia en el siglo XX y la historia de estos personajes.

¿Y has llegado a la conclusión de que la inmortalidad se ha tratado de manera diferente en el siglo XX que en otros tiempos?
La novela arranca en el año 22.000 con un personaje que se llama Aristo Willas, un nombre que hace referencia a Aristóteles, en un año en el que la inmortalidad es un bien común. A través del progreso, se ha erradicado la mortalidad, igual que nosotros hemos erradicado el analfabetismo o el hambre. Y yo en eso soy muy optimista: como especie estamos en un estadio evolutivo y creo que vendrán avances tremendos e impensables. Y uno de ellos, que me parece muy expresivo, es no morir. No desaparecer. Pensé que esos inmortales del año 22.000 eran nobles y trágicos, eran shakespearianos, y descubren un manuscrito que narra la inmortalidad desde el siglo XXI. Y esa inmortalidad es cómica, que es la nuestra. En esa antítesis entre lo trágico y lo cómico, se configura la novela.

¿Es un libro sobre libros? Manuscritos, Shakeaspeare, poetas en la Luna, Cervantes reencarnado…
No. Es un libro sobre la vida. El tema fundamental es dar forma narrativa a las alienaciones del post-capitalismo. Y todas las historias están reflejando eso.

En una entrevista anterior con Público dijiste que no escribías con ayuda de psicotrópicos (sólo alcohol) y que tienes poderes: “Veo el futuro”. ¿Lo has usado para escribir esta novela?
¿Eso dije? Madre mía [risas]. Hay una parte visionaria en la novela. Me gusta pensar cómo va a ser el futuro, aunque probablemente no acierte. Lo que haces cuando exploras el futuro es iluminar el presente. No sé cómo serán las cosas en el año 22000, pero sí que es posible que seamos inmortales. Con eso, intensifico nuestra mortalidad hoy y nuestra visión como seres que estamos muy poco tiempo en este mundo y desparecemos enseguida. E intensifico que se reflexione sobre esa idea: estamos tan poco tiempo en el mundo que debemos ser más felices y vivir mejor, no estar alienados como estamos. Por eso hay un sentimiento dominante en el libro, que es el amor. Todos los personajes están enamorados, exaltados, se enamoran de todo, porque en la novela se viene a afirmar que el único sentimiento capaz de luchar contra la alienación es el amor.

Te consideras vitalista en este sentido: una la novela como celebración de la vida y el presente. Pero, ¿eres optimista? Es que el futuro está muy negro últimamente.
Sí, siempre. Ahora mismo vivimos una crisis, pero ha habido otras, y probablemente más grandes que la actual. En el mundo ha habido hambre. Así que de esta se saldrá. Probablemente habrá que cambiar muchas cosas. Hay un capítulo en la novela en que se habla de la Teoría del Reciclaje Trascendental. El personaje de Cormac Martínez, el último comunista, un personaje al que se le aparece Stalin, está simbolizando el marxismo como filosofía no superada. Es decir: el marxismo, como teoría política, evidentemente está superada, pero como filosofía no, como crítica del capitalismo todavía está vigente. Así que pienso que de esta crisis se saldrá con otra expectativa del ser humano o con otra expectativa social de progreso, pero se saldrá.

Creo que el marxismo como filosofía sigue vigente porque no hay otra forma de analizar la historia de una forma más precisa y exacta que el materialismo histórico, por ejemplo. En ese sentido yo soy marxista. Es tan lógico como que 2 y 2 son 4: desde el punto de vista filosófico, Marx es 2 +2 = 4.

Es una novela divertida, pero esconde sus críticas: el papel de la historia y los historiadores, o ciertas ideas instaladas desde la Transición, como que Franco creó la clase media en España.
Ahí la novela busca provocar, busca interpretaciones de la historia provocativas pero que son viables, que tienen un fondo de posibilidad. Provoco al lector para que piense posibilidades de interpretación de la historia que nunca se había planteado.

En el futuro, escribes, los historiadores harán su trabajo sin influencia de la ideología. Tu visión de la Historia es que, directamente, que el pasado no existe.
Eso nace de mi perplejidad ante la Historia. Para mí, la Historia es una ficción muy elaborada, muy bien documentada. A ver, los historiadores tienen toda la razón del mundo: lo documentado, así es. Pero a mí, como hombre del siglo XXI, la historia me parece una ficción: no puedo tocarla. Es un problema filosófico: puedo tocar la naturaleza (un árbol), pero la historia es ficción. La historia enfrentada a la materialidad de la naturaleza. La historia como una fabricación humana inmaterial. Este es mi problema: es un producto humano inmaterial. No puedo tocar a Napoleón. No puedo hablar con él. De hecho, una de las cosas que me brinda la novela es que Felipe II y Robespierre puedan tener una charla, y yo necesito traer a Robespierre a este mundo para saber si existió. Se llega a decir en la novela que el pasado es ausencia y el futuro es inexistencia y que lo único que tenemos es el presente. No es una filosofía de la historia, sino una filosofía literaria, probablemente parte de esa misma filosofía vitalista. Como seres humanos nos toca el presente, es lo único palpable y real.

Te has metido como personaje dentro de tu libro. También hay referencias a Aire nuestro, tu anterior novela.  ¿Quieres que tus novelas ocupen un mismo espacio, que el lector entienda que hay relación, o es un truco sin intención?
La intención que hay detrás de ello es generarme a mí como un ente de ficción libérrimo. A mi me gustaría que todo fuera más libre. Que no hubiera tantos estatutos que nos fijan el comportamiento. De hecho, la novela es como una especie de volcán de libertad: todo salta. En la novela se me atribuyen incluso libros que yo no he escrito, porque el estatuto de la realidad salta. Es una novela muy caranavelesca; todo lo que escribo lo es. Necesito pensar en una libertad absoluta. Quiero ser más libre y este mundo me pone impedimentos. Busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable.

Yo también lo creo, y de hecho, es una de las cosas que más me gustan de tus libros, donde no sé lo que va a pasar a continuación porque tu único límite es la imaginación.
Exactamente.

¿Y cómo consigues trasladar todo lo que tienes dentro de la cabeza, ese torrente de imaginación, inmaterial y fabulosos, a una hoja de papel y que tenga algo de sentido?
Un poco zumbado estoy [risas]. Hay algo de locura en mi literatura, una pulsión de demencia, de delirio, pero nunca toco lo irracional ni el absurdo porque no me interesan. Me gusta que todo tenga un sentido, aunque sea delirante. Exploro esas partes. Y me estresa mucho escribir en esos límites, porque psicológicamente me deterioro, mi cerebro se deteriora porque es como ir un sitio donde pasan cosas tremendas, como si te invitan a una fiesta donde todos están muy colgados porque, ojo, te puedes quedar igualmente colgado. En ese sentido, practico una escritura peligrosa porque me meto en berenjenales que son límites propios de la ficción. Pero también sin saltarme esos límites la literatura no me interesa: necesito ponerme nervioso. Buscar límites. Mi literatura es también una lucha contra el aburrimiento. El aburrimiento forma demasiado parte de nuestra vida.

Ahí entra el humor. En otra entrevista contigo, me hablabas de que “el humor lo ha sido casi todo en la literatura. La novela moderna nació desde el humor”. Imagino que te sirve de balanza para no volverte un “colgado”…
El humor es amor, también. Es una forma de crítica contra la autoridad. Cuestiona la autoridad. Nos hace más libre. Nos quita solemnidad, esa pátina de tragedia que tiene la vida humana. Y nos comunicamos mejor si tenemos sentido el humor. Desde lo trágico no existe comunicación: existe formalismo, porque lo trágico es formal. El humor es expresivo, es natural y es lo que nos determina también como especie: somos capaces de pensarnos humorísticamente.

Y hay tres grandes escritores que me fascinan y que son humoristas: Cervantes, Kafka y Joyce. Así que la vinculación entre novela y humor es absoluta. Tres grandes escritores generadores de novela y teoría novelística eran humoristas. Y en España hay grandes: Buñuel…

…y José Mota, ¿no? Entonces me dijiste que “el hombre más importante de España es hoy el genial humorista José Mota”. ¿Sigues pensando lo mismo?
Sí, lo que pasa es que ahora está explotado. España ha visto que tenía un gran humorista, y lo explota porque todo el mundo quiere que le hagan reír. El caso de Mota es que, de pronto, se nota cansancio, se nota superproducción. Creo que ahora se necesita otro humorista.

Tengo muy reciente la lectura de ‘Galápagos’, de Kurt Vonnegut, que también proyecta la humanidad al futuro, que también habla desde la inmortalidad y que también usa mucho el humor. ¿Algún autor que te haya marcado para ‘Los inmortales’?
Hay otros que ya me han comparado con Vonnegut, pero no, no hay un escritor que patrocine esta ficción. No me he encomendado a nadie. Es muy cervantina la novela, así que, en ese caso, sería de un clásico total.

¿Pero crees en la inmortalidad a través de la literatura? Bernhard escribía en ‘Antiguos maestros’ que cuando te falta alguien, nunca viene el arte o la literatura, esos libros que llevas acumulando toda la vida no te salvan de nada porque no es posible que nada te llene ese hueco que queda. ¿Crees en la literatura como algo que nos puede salvar?
En mi caso, y en el de esta novela, es una parodia. Bernhard tiene toda la razón: la literatura no deja de ser un ocio pequeño burgués, y cuando uno tiene una urgencia vital, la literatura no le sirve. ¿Y qué sirve? Es una buena pregunta.
Pero yo soy un poco punk. Así que no me interesa lo pequeño burgués, porque está muy limitado. Pero si traspasas esa frontera de lo pequeño burgués, a lo mejor entonces sí puede servirle a alguien, sobre todo si le quita alienación de encima.

Estamos haciendo literatura porque somos seres reflexivos y la literatura ayuda a reflexionar y a iluminar lo que somos. El pintor pinta y el cineasta dirige porque tiene que reflexionar sobre la condición humana y sobre qué hacemos en este mundo y cómo es el presente histórico que vivimos. Mi literatura es una indagación en lo que estamos haciendo ahora, explora en eso desde la ficción.

¿Crees que a Cervantes le hubiera gustado Joy Division?
Sí, porque a Cervantes le gustaba su tiempo y sacaba personajes de su tiempo en su novela. Así que entiendo que los personajes de la cultura de mi tiempo pasen a mi novela como ocurre en El Quijote. En ese sentido, no estoy haciendo nada que no hubiera hecho Cervantes antes. ¡Si es que no inventamos nada! Puede llamar la atención, porque no lo ha practicado la novela que normalmente leemos: que aparezca Ian Curtis como personaje. Pero si lo hace en mi novela es porque ha sido un personaje cultural de importancia. Al menos para mi generación.

¿Te interesaría escribir sobre la crisis o el paro?
Sí. Sobre el paro no lo sé, porque no sé cómo lo haría. Pero sobre la crisis, sí.

¿Y como se ve la crisis a través del filtro Vilas?
A ver, yo creo que en Los inmortales está presente la crisis. Cuando Stalin le dicta a Cormac Martínez la Teoría del Reciclaje Trascendental, esos diez puntos tienen que ver con la crisis. Son delirantes y literarios, pero la crisis está detrás del reciclaje trascendental.

Dices que la poesía tiene que estar vinculada al mundo real y que cualquiera, desde un banquero a un bibliotecario, puede ser poeta. ¿Cómo conviven poesía y novela en tu cabeza?
La poesía y la narrativa en mi caso no están separadas. Las fusiono en un orbe que podría ser La Literatura de Vilas. En eso sí que me esforzado: en que mi estilo sea reconocible. Me manifiesto en estos dos géneros. La poesía es más exigente formalmente, tiene otras modulaciones, exige otros puntos de vista, pero en mi cerebro conviven de manera muy natural.

¿Crees en el progreso?
Sí, firmemente. Creo que somos perfeccionables y que la historia es un ejemplo de ello. Creer en el progreso es evidente. Ahora no entendemos nuestra responsabilidad con el tercer mundo, como hace 100 años no se entendía lo que hacíamos con el proletariado.  Son mecanismos de evolución  que se irán dando.

Pero el progreso es malo, sobre todo cuando viejos modelos no se adaptan a él: uno de los guiños de Los inmortales que más gracia me ha hecho es que dices que el sector de la enseñanza de idiomas pasará una crisis muy gorda tras los implantes cerebrales de idiomas. Es imposible no acordarme de la crisis actual de algunas industrias ante el progreso.
Yo creo que en el tema del aprendizaje de lengua no hay progreso. No tiene sentido que una persona dedique 12 años a aprender una lengua. Igual que viajamos en avión y tenemos telefonía móvil, a veces fabulo sobre injertos cerebrales que permitan hablar varias lenguas. A veces incluso pienso que hay intereses oscuros en que no se desarrolle…

Pienso que el ser humano es cultural. Y que una vez después de haber comido, necesita reflexionar, pensar y divertirse. Necesita cultura. El problema es la excesiva vinculación entre cultura y ocio. La cultura es una necesidad vital, no es simplemente entretener cuando estás aburrido. Es crecimiento intelectual, saber más de uno mismo y saber más de lo que ocurre. Es un derecho que el Estado proteja culturalmente a los ciudadanos. Si no, ¿qué sentido tiene estar aquí? ¿Trabajar y morir? Ahora mismo con la crisis, la cultura es la peor parada porque es la única que nos quita el peso de las alienaciones que llevamos encima. Ya es el paraíso para mí tener un trabajo estable, etc… si no puedo manifestarme como ser cultural, es una contradicción.

 Creo que tenías material que se te ocurrió una vez enviado el libro al editor, como el caso del SMS de amor entre Saavedra y Eva Braun… ¿Te quedaste algo más en el cajón?
Lo fundamental era eso: se me ocurrió el contenido de los SMS, porque creo que sería muy divertida la hipótesis de que en los últimos días de la Alemania nazi hubiera móviles. Pero no son más que fantasías históricas [risas].

Versión íntegra de la entrevista publicada hoy en Público.

FOTO: Manu Fernández

Plazas, rock progresivo y ajoblanco

In Apocalipsis YA, Believe the hype, D.I.Y., Magia y Psicodelia, Nostalgia de mierda on 26 diciembre, 2011 at 10:40 pm

Se reedita, al calor del movimiento del 15-M, el libro ‘Los 70 a destajo’, una crónica de la Transición vista desde la cabecera de la contracultura española

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El Canet Rock, celebrado el 26 de julio de 1975.

Una imagen: jóvenes y no tan jóvenes tomando las plazas españolas, sin líderes ni banderas. Montando asambleas. Pidiendo una democracia real y mayor espacio de libertad. Rechazando la falta de moralidad del sistema y unas ideologías caducas porque no les representan. Apostando por una economía sostenible, por una mayor transparencia y por una cultura participativa. En definitiva: buscando alternativas. No son los indignados que se han convertido en los protagonistas de este año que ahora termina. La imagen es de los años setenta, y los “indignados” de entonces fueron aquellos que se atrevieron a soñar con una Transición diferente. Con una democracia no basada en los partidos políticos sino en los ciudadanos.

En medio de aquella España que aspira a ser mejor, nacía en 1974 la revista Ajoblanco en Barcelona, cuya primera época de vida se extendió hasta 1980 (su segunda etapa lo hizo desde 1987 hasta 1999) y que fue uno de los focos de la llamada contracultura española. Partiendo de la contracultura norteamericana, el mayo francés, el pasado libertario español, “ciertos eslóganes y ciertas lecturas que nos excitaban”, Pepe Ribas fundó una cabecera donde con los años se han tratado temas como la ecología, la lucha por la liberación homosexual, el feminismo y la multiculturalidad. A la luz de lo ocurrido este año, Ribas y la editorial Booket reeditan Los 70 a destajo (publicado originalmente en 2007) para que, como escribe en el prólogo el propio Ribas, “las nuevas generaciones dispongan de una nueva versión de este tramo de la historia [la Transición], con la esperanza de convencerles de que un mundo mejor fue y sigue siendo posible“.

“Todo lo que estamos viviendo hoy empezó en los setenta”, cuenta Ribas a Público, que vive hoy entre Berlín y el Ampurdán. “La crisis financiera y la crisis de valores, tanto en España como en el mundo, empezó en los setenta. De alguna forma, es cuando Nixon y Kissinger rehacen el mundo a partir de la crisis del petróleo. Y por eso es importante volver a esta época”. Ribas ha visitado durante este año algunas de las plazas españolas en Madrid, Granada, Barcelona, Valencia, Zaragoza, y dice que lo que vio allí fue “el Ajoblanco más perfecto de todos los tiempos. Vi el espíritu de Ajoblanco en vivo, que es de alguna manera el espíritu de la libertad, de la transparencia informativa, de la no manipulación de la cultura, de dejar que los relevos crezcan desde el humanismo, sin manipulación”.


Imagen de las Jornadas Libertarias Internacionales, celebradas del 22 al 27 de julio de 1977.

Entonces ya se plantearon conceptos que hoy vuelve a manejar la ciudadanía, fundamentalmente la no ideologización, la autogestión, el antiautoritarismo, la no violencia, el cambio de modelo productivo. Y una política pensada con modestia, mucho más cercana al ciudadano, pensada para barrios y no para grandes ciudades, casi para cada casa. Sin multinacionales, sin grandes bancos. “En resumen: la gestión real de nuestros asuntos. Vivir tal y como piensas, no hipócritamente sino con transparencia. Se planteó entonces y ahora toma una fuerza nueva”, cuenta Ribas.

La calle es fundamental para entender aquello que pasó y esto que está pasando. Hoy, plazas y calles se han convertido en lugares de reunión donde el pensamiento y la actividad están en ebullición. “Y la Transición era la calle, se hizo en la calle”, dice Ribas. “Luego, los partidos políticos tomaron el control y desarticularon los movimientos sociales”. En su opinión, “todos los partidos políticos han participado de la traición a la Transición, que fue la calle, los movimientos sociales, los movimientos vecinales, obreros, los sindicatos y los intelectuales”.

La cultura de la utopía
Ajoblanco nació del diálogo, la lectura y los viajes, “pero viajes casi sin dinero”, matiza Ribas. En un manifiesto redactado entonces, se lanzaba la propuesta: “¿Por qué esta nueva revista? 1. Porque no queremos una cultura de imbecilistas. 2. Porque estamos ya hartos de divinidades, sacerdocios y élites industrialculturalistas. 3. Porque queremos intervenir, provocar, facilitar y usar una cultura creativa. 4. Porque todavía somos utopistas. 5. Porque queremos gozárnosla con eso que llaman cultura. 6. Porque tenemos imaginación para diseñar otra, si ustedes quieren”.

Cierto componente lúdico fue necesario para separarse de la generación anterior (“ellos buscaban el poder, y nosotros éramos los que buscábamos la vida”), pero también para alejarse de algunos militantes, que llegaron a afirmar entonces que “en la revolución no hay espacio para la libido”. En este sentido, un sorprendido Francisco Umbral se preguntaba en las páginas de La Vanguardia: “La oposición está empezando a combatir la represión con sentido del humor [...] Hace poco, en Barcelona, vi a los subversivos surrealistas del grupo Ajoblanco paralizando las Ramblas con una manifestación en la que gritaban: ‘Cachondo, únete…’. ¿Cómo deshacer a golpes una manifestación que pide a los cachondos del mundo -o de una ciudad- que se unan?”.

También, según Ribas, lo que ha pasado ahora con el 15-M tiene que ver con el ocio, exactamente con “el redescubrimiento del ocio gratis. La gente joven ha dicho: ‘Por fin podemos hablar de nuestros problemas sin necesidad de consumir ni pagar’. Recuperar esto es fundamental: nos han hecho creer que el ocio hay que pagarlo. Y el ocio es lo contrario del negocio: es un espacio de libertad“.

 Una manifestación de obreros contra el franquismo.

En las páginas de Los 70 a destajo hay mucho espacio para las lecturas que estimularon una época (de los ensayos sobre la nueva izquierda a los boletines clandestinos, la cultura lisérgica y mucha poesía), la música (Hendrix, Dylan, pero también el rock progresivo español de Smash y Máquina, Pau Riba, Sisa…), el cine prohibido en España (Pere Portabella, La naranja mecánica), el esoterismo, la importancia del viaje como experiencia y muchas personalidades, desde la gauche divine a hippies, poetas, cineastas y hasta futuros políticos.

La universidad, a donde empezaban a llegar las clases obreras, fue otro foco de actividad, aunque, según Ribas, pronto se pasó de las aulas a las plazas debido a las huelgas y los cierres de facultades, no sin antes apostar por ser autodidactas en clases clandestinas. Una vez en las plazas, “lo mismo acababas sentado al lado de García Márquez que al lado de Lluís Llach. Todos nos mezclábamos: universitarios con los intelectuales, con los artistas, con los teatreros. Primero fueron las Ramblas, luego el Rastro madrileño, el Parterre en Valencia o el Parque de María Luisa en Sevilla“.

Ribas no es benévolo: su generación, asegura, “fue masacrada por los dos totalitarismos“. Y, como escribe, “parte de mi generación, la más inquieta, pasó de la decepción de la universidad al underground militante”, pero aquellos que se comprometieron con la izquierda “han tenido muy poca responsabilidad real en las grandes decisiones que han cimentado el régimen político surgido en 1978″.

El fracaso de la Transición se reflejaría poco después en la Movida y “el franquismo de partidos, como yo lo llamo. No hay ideas sociales, el punk ha sido conquistado y del no creo en nada se pasa al no puedo cambiar nada. Una caricatura de lo que se vivió en los setenta: Quiero ser un bote de Colón y todas esas letras. Es todo una gran ganga, una gran broma“.

INGREDIENTES PARA UNA SOPA FRÍA

(Un diccionario en palabras de Pepe Ribas)

Democracia
«Democracia directa. Democracia participativa. La democracia es lo que te permite ser alguien en la sociedad en la que vives, tener una identidad. Porque eres escuchado; te escuchan y escuchas. Democracia es lo que pasaba en las plazas, en las asambleas»

Cultura / Contracultura
«Es lo mismo. La cultura viva es contracultura, porque la cultura muerta es espectáculo»

Barcelona
«Fue capital y ahora es parque temático. Fue una ciudad donde se generó el boom latinoamericano, la nova cançó, la cultura libertaria, cantidad de culturas… y además mezcladas. Ahora es una ciudad totalmente subvencionada y un punto de destino turístico. Vive del extraño»

Drogas
«Las drogas son peligrosas. La droga con ritual, sí, porque te abre la percepción, te enseña a conocerte mejor. Pero la droga como diversión mata, te va destruyendo y forma parte de lo que quiere el poder para que seas un esclavo. Y hay que ser muy radical en esto porque hay demasiados muertos y demasiada farsa. La cultura del hedonismo por el hedonismo es el nihilismo y es suicida. De lo que hablo tiene más que ver con el humanismo, el diálogo con amigos sincero, con sensualidad, incluso, pero no con la necesidad de estar pasado. Las drogas con equilibrio, fantástico; sin ello, tremendo»

Sexo
«Es la puerta a otra percepción. Es estar vivo»

Rock progresivo
«Era una música elaborada, experimental, que no buscaba el éxito comercial sino el éxito pasional. Despertar la pasión desde la experimentación»

Ajoblanco volverá en internet

Tras dos vidas (de 1974 a 1980 y de 1987 a 1999), Ribas considera  que es un buen momento para rescatar Ajoblanco: está preparando un archivo con los números escaneados y a disposición de todos en internet.

Publicado en Público el 24/12/2011