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Carlos Fuentes: “Mi momento para el Nobel ya pasó. O eso espero”

In Versus on 15 mayo, 2012 at 9:42 pm

[En agosto de 2003 publiqué en La Razón una entrevista con Carlos Fuentes con motivo de la publicación de su novela La silla el Águila, donde el escritor dispara la acción hasta el año 2020, con unos EEUU que han llevado a México a una suerte de embargo en las telecomunicaciones y en medio de la carrera de candidatos por hacerse con la presidencia del país, por sentarse en la Silla del Águila. Es decir, una novela más política y satírica que otras. Como lector, recuerdo dos libros suyos con especial cariño: Cambio de piel (1967), un extraño experimento psicodélico-pop que, como él mismo dice en esta entrevista, quizá no haya envejecido del todo bien; e Instinto de Inez (2001), una novela que en realidad parece una excusa del mexicano para hablar de su obsesión por La Damnation de Faust, de Hector Berlioz, que por supuesto corrí en su día a comprar en CD. Mil gracias a Gerardo Granda por encontrar la entrevista en el archivo del periódico y enviármela]

«Estoy llegando al final de mi vida y de mi carrera y es difícil que invente algo nuevo, pero tengo, eso sí, muchos planes de escritura, muchos». Es la voz de Carlos Fuentes (México, 1929), lúcido y  brillante, más aún con los años, que habla en esta entrevista de la vida, los amigos y los libros.

-Dice la protagonista de su último libro (‘La silla del Águila’), María del Rosario Galván, que «todo es política, incluso el sexo». ¿No echa de menos hablar de literatura?

-Sí, mucho, pero no me importa: escribo literatura. Puedo hablar de literatura con mis amigos escritores, y mucho; con García Márquez, por ejemplo, no hablo más que de novelas, y con el resto de mis amigos escritores: al final siempre acabamos hablando del negocio [risas]. Es como cuando de juntan los carniceros: hablan de eso.

-Imagínese que de pronto le llama el presidente Fox y le pide que ocupe usted la Silla del Águila; ¿Qué es lo primero que haría?

-Es que la política no me interesa para nada… Sería una broma suprema, así que le daría las gracias por pensar en mí, le diría que lo siento pero que no me interesa.

-O en el Ministerio de Cultura, al estilo de Gilberto Gil con Lula…

-Lo de Lula me parece muy bien, pero yo no tengo una carrera política ni intereses políticos. Imagínese, si a mi edad no me he dedicado a la política cuando tengo tantos libros por escribir todavía y apenas me queda tiempo. Éso es lo que me concierne.

-A Susan Sontag, a quien respaldó para el Príncipe de Asturias de las Letras, se le califica de «combativa» o «reivindicativa». ¿Le preocupa que no se diga lo mismo de usted?

-Me da igual, porque lo importante para un escritor son sus libros y su posición ciudadana es otra cosa. Y ésa es una posición ciudadana, no una posición que yo o Susan Sontag, o quién sea, tomemos como escritores, sino que en ese momento pasamos de ser escritores a ser ciudadanos con opiniones, como pueden ser la suya o la de cualquiera. Ejercemos un derecho en una sociedad libre. Y si no estamos en una sociedad libre, pues entonces que nos metan en la cárcel.

-Hablando de amigos, ha dicho usted que hasta cincuenta años después de su muerte no se publicarán sus car tas con Octavio Paz y Julio Cortázar…

-Sí, lo he decidido así porque en ellas hay muchas cosas personales. Demasiados datos, ataques a otras personas, amores, separaciones, toda suerte de cuestiones privadas que no tiene por qué ser del dominio público ¡todavía! Algún día, cincuenta años después de mi muerte, como he deja do en mi testamento, esos archivos se podrán abrir porque entonces tendrán interés histórico, y no habrá nadie vivo al que pueda afectar.

-Del Nobel, ni hablamos, claro…

-No, ya he repetido que se lo dieron a Gabo y ahora le toca a gente mucho más joven que nosotros. Yo creo que en cierto modo mi momento para el Nobel ya pasó, o eso espero. Hay gente nueva, mucha en Hispanoamérica, que merece un  estímulo de ese tipo. Y yo digo, ¿para qué a mi?

-¿Cómo concibe el oficio de escritor con más de cincuenta obras detrás?

-Como el oficio de respirar. Yo me levanto y escribo como si estuviera respirando, es parte esencial de mi vida. No es un trabajo, porque no lo considero como tal: no me preocupa como le preocuparía a un burócrata ir todos los días a la oficina, por ejemplo. Yo me acuesto deseando que el día amanezca pronto para poder sentarme a escribir.

-Entre sus obras más reivindicadas, «Cambio piel» merece un capítulo aparte, un experimento que no se si hoy podía volver a plantearse…

-Escribir «Cambio de piel» fue muy difícil, porque era muy novedosa en aquel momento. Las vanguardias envejecen también, cierto, pero en ese momento era una novela bastante poco usual y dentro del panorama literario mucha gente no la entendió. Recibió ataques muy severos. Recuerdo que Ernesto Sábato dijo que era ilegible; Benedetti, que era una concesión que yo hacía a la moda, al consumo. A otra gente le gustó mucho la novela, que ganó el Premio Biblioteca Breve. Yo sabía que estaba experimentando mucho con ella, introduciendo temas que nunca se habían tocado, incluso temas actuales como el pop. ¿Quién hablaba entonces en una novela de los Beatles o de los Rolling Stones? ¿Y meter sus letras? Nadie. O de la moda de las mujeres. Metí todo el mundo de los 60 como yo lo vi y quedé muy contento.

-¿No se le agota México?

-México no se le agota a nadie. No se le agotó a Hernán Cortés, por qué se me iba a agotar a mí…

-¿Y las palabras? ¿Tampoco?

-No, pero va cambiando el lenguaje. Eso sí. El lenguaje mexicano se metamorfosea mucho. El lenguaje de «La región más transparente» era muy audaz en su momento y ordinario y soez, ya no es el lenguaje de la ciudad de México. Ahora el lenguaje de México es el de Xavier Velasco y su «Diablo guardián» y el mío resulta ya de museo. Velasco cuenta con una libertad de expresión que no existía en mi tiempo y que en cierto modo yo inauguré con «La región más transparente» (1958). Pero en medio del vocabulario de antes y el de hoy hubo muchos otros, que se caracterizan por su mutación constante. Y un novelista tiene que tener un oído para eso.

-¿Cómo se empapa usted del lenguaje viviendo en Londres?

-Es lo más fácil. Lo veo de lejos: leo los periódicos y me sorprende más la novedad cuando regreso a México. Oigo mucho más que si estuviese allí todos los días y me hubiera acostumbrado a él.

-¿Teme algún tipo de represalia en EE UU por «La silla del Águila» o por sus opiniones?

-Yo ya estuve en la lista negra americana durante 30 años. No podía entrar en Estados Unidos, no me daban visa… ¡ahora puede que me la quiten! Bueno, qué le vamos a hacer, yo no soy responsable de la política norteamericana. Llevo una buena amistad con el presidente Clinton y espero que no cometan la estupidez de empezar a hacer listas negras. Yo voy mucho a dar conferencias y soy bien recibido, pero si lo que recibo ahora es una negativa al diálogo en virtud de reacciones patrióticas lo veo muy difícil.

-¿Qué es la patria para usted?

-Samuel Johnson ya dijo que la patria era el refugio de los miserables. Hay que amar al país propio pero sin convertirlo en una especie de ideología fetichista.

Madonna: los 7 pecados de la Reina Madre del pop (en 2012)

In SuperPop on 20 abril, 2012 at 1:00 am

[Versión íntegra sin editar del artículo que publiqué en MujerHoy el pasado 31 de marzo]

Madonna lo tiene complicado. O al menos, lo tiene más complicado hoy que hace 10 años. El trono de la Reina del Pop sigue siendo indiscutiblemente exclusivo de sus reales posaderas, pero despues de una década de discos irregulares y cancion es enfocadas a la pista de baile puede ocurrir que: a) una se despierte un buen día y vea cómo el resto de las ninfas del pop han crecido;  y b) comprobar con horror cómo éstas se han destapado como feroces fieras de exultante sensualidad y eficacia contrastada a la hora de vender discos por todo el globo. ¿Les suena de algo? Estamos en 2012 y, darling, en la tele hay princesas para todo tipo de público. Es como escoger un bolso.

Visto el patio de divas, Madonna reclama lo que es suyo en este 2012: a sus 53 años, estrena película tras pasearla por todos los festivales y recibir las críticas como quien es a prueba de balas, anuncia disco con gira mundial y es posible que matrimonio, el terecero ya, con Brahim Zaibat, según la prensa británica. Teniendo en cuenta que tiene aún calentita la firma de un contrato para tres discos y un millón de dólares estimados por cada uno, todo indica que hay Madonna para rato. Una vez prohibido el uso del tópico “la última reinvención de la reina del pop” en estas páginas, hay que preguntarse qué hay de nuevo, vieja.  En el fondo, ya les adelanto, estamos ante el mismo animal de siempre: una fabulosa superviviente.

  1. Envidia: así está el gallinero

Un repaso rápido a cómo está el panorama de estrellas ayuda a entender el lugar actual de Madonna en el star system. Con inocencia e imaginación, Katy Perry domina al público de instituto con su pop rosa chicle, cantando sobre fiestas y borracheras y corazones a punto de estallar. Algo más macarra, Rihanna se ha terminado mudando al equivalente musical de los barrios periféricos, el territorio asfaltado del nuevo choni pop, marcado por relaciones dramáticas con tuneadores de coches, el falso lujo y toneladas de tinte flúor ideal para ese chunda-chunda que sale del maletero.

En el otro extremo, Adele y Beyoncé parecen de la aristocracia, elegantes y preciosas, siempre tiesas en sus sillas. Y luego están las que realmente podrían suponer una amenza, un parricidio en toda regla: Britney Spears y Lady Gaga. La primera sigue bien las enseñanzas de la Reina Madre del Pop: cuando no hay cómo inventarte y nada profundo que decir, pon a la gente a bailar, siempre funciona. La segunda es la heredera de la etapa más oscura de la cantante de Like a Virgin, aquella chica-artista travesti, dominatrix, en tacones y cuero que jugaba con crucificos y hábitos de monja. Si Spears es la miniMadonna de los noventa, la Gaga es la viva imagen de la artista en los negros 80. Cuidado, rubia, que estas otras (rubias) vienen con ganas.

  1. Ira: Madonna contra todo y contra todos

No podría haberse calculado mejor. La reciente aparición de Madonna en la Super Bowl, uno de los eventos XXL del año, le dio una audiencia de 114 millones de personas para presentar su nuevo trabajo, MDNA. No fue una actuación precisamente tímida, aunque Madonna tampoco tuvo que enseñar chicha, a lo Janet Jackson. No, lo de la Super Bowl fue un espectáculo faraónico donde decenas de bailarines y músicos caían rendidos a los pies de su Cleopatra, entre desfiles, acrobacias, deportes extremos, coreografías, cambios de vesturario, alta tecnología, algo de play-back por si las moscas (no intenten estos pasos de baile en casa) y el medley como arma de destrucción masiva: ¿cómo resistirse a una actuación que encadena sin interrupción Open Your HeartLike a PrayerExpress YourselfVogue y Music, adornada por el popularísimo Sexy and I Know It? Es como zapear por los últimos 25 años de historia de la música pop.

Allí también se escuchó su primer single, la pegadiza Give Me All Your Luvin’, donde la Ciccone ha recuperado cierto espíritu pop y frívolo de sus inicios. Tiene un estribillo que parece pensado para ser coreada por un ejército de animadoras de fútbol, gags humorísticos, bailes tontorrones, parodias del star-system y autoparodias (¿Dick Tracy? ¡¿Madonna vestida de Marilyn?!), mensaje positivo, heroísmo y feminismo de tebeo, exceso y excentricidad. Parece un cómic, y no otro vídeoclip retro con bolas de espejo y calentadores, y se nota que se lo ha pasado en grande rodándolo. En efecto: el vídeo de Give Me All Your Luvin’ recuerda al divertidísimo Telephone de Lady Gaga y Beyoncé.

Ah, cualquier atisbo de ira en el espectáculo de la Super Bowl no fue cosa deMadonna, sino de una de sus invitadas a cantar en Give Me All Your Luvin’, la estrella del pop underground más guerrillero y militante M.I.A. La peineta a la cámara fue suya, pero el gesto contó con el apoyo de la Reina Madre, así que minipunto para las chicas. Bravas.

  1. Gula: se alimenta de otros y de sí misma

Madonna siempre ha tenido ojo para rodearse de aquellos que saben sacarle partido a sus justos recursos, desde los míticos Nile Rodgers y Prince de los inicios a los recientes The Neptunes y David Guetta, con parada en Nellee Hooper y Björk en los años 90. Aunque su colaboración más frúctifera en la última parte de su carrera ha sido con William Orbit, responsable del giro de la cantante en Ray of Light (1998) hacia un sonido dance moderno (en contraposición al vintage que la ha dominado después) y a la vez muy orgánico y popular, con esa guitarra acústica marca de la casa que también está en Give Me All Your Luvin’ (Orbit es uno de los productores del nuevo disco). En la Super Bowl, Madonna volvió a dar en el clavo dejándose acompañar por dos de los nombres mas radioformulados de los últimos meses: Cee Lo GreenLMFAO.

Y pocos días antes del lanzamiento de MDNA hemos asistido a una paradoja que demuestra el entorno tan canibal que rodea a la cantante. Madonna presentaba un adelanto de apenas 30 segundos de su último video-clip, Girl Gone Wild, y faltó menos tiempo para que florecieran las acusaciones de plagio. La damnificada era ni más ni menos que Lady Gaga, la alumna aventajada que, decíamos arriba, tan bien ha reciclado, entre otros trucos, la imagen sado-chic y homoerótica de la Madonna de finales de los 80. Así que a ver si nos enteramos: más que plago, autoplagio. Madonna copiandose a sí misma.

  1. Soberbia: la coartada artística

La primera película de Madonna como directora, titulada W.E., no busca tanto una coartada política o social de los debuts en la dirección de otras estrellas (Angelina Jolie y su In the Land of Blood and Honey) como el deseo de Madonna de ser tratada como artista, como una personalidad de talento y sensibilidad. La película cuenta la historia de un personaje con el que es difícil que Madonna no sienta simpatía: Wallis Simpson, la mujer que consiguió que Eduardo VIII abdicara del trono británico a favor de su hermano, que terminaría reinando junto a la Reina Madre. Wallis fue una mujer señalada como la divorciada que había casi hechizado al rey, mitificada como criatura sexual y por sus simpatías nazis, en concreto hacia Hitler. La propia Madonna tiene su casa cerca de aquella en la que un día vivió Wallis, lo que termina de vincular aMadonna no sólo al personaje, también a una suerte de sensibilidad british. Aristocracia chic en la monarquía más pop del planeta, la británica.

Madonna también ha intentado apuntalar su imagen de artista respetable desde la literatura, en concreto desde la infantil. Su serie de libros ilustrados The English Roses ha sido best-seller y explotados en otros países y otros formatos, como el audiobook. Sobre sus trabajos como actriz, podría darse el caso de que el fracaso estrepitoso de Barridos por la marea, dirigida por su entonces marido Guy Ritchie, barriera cualquier intención a corto plazo.

  1. Avaricia: la rubia ambiciosa

Madonna ha sacado además una línea de ropa con su hija Lourdes María que tiene sus propias divisiones de calazado y perfume. Pero esto no es nuevo. Con la crisis discográfica acusando la caída de la venta de discos, los músicos deben centrar el negocio en los directos. Madonna ha sido una excelente empresaria en este sentido. Según Billboard, la cantante fue la tercera artista más rentable en directo durante la década pasada, solo superada por los incombustibles Rolling Stones y la pirotecnica rock de U2. La cantante terminó 2009 con unos ingresos de 800 millones de euros sólo en directos.

Su acuerdo para trabajar durante 10 años con el sello Live Nation en 2007, que puso fin a toda una carrera bajo la explotación de Warner (desde 1982), fue uno de los denominados contratos 360 y cubre todas las facetas de un artista, desde discos a giras, productos de márketing, películas, venta de DVD y acuerdos de patrocinio. En su día se valoró entre 100 y 120 millones de dólares. El pasado diciembre, a este contrato se sumó otro con la discográfica Interscope (casa de Lady Gaga y Lana del Rey, entre otras estrellas femeninas de hoy) por tres discos, el primero de los cuales es este MDNA. Valor estimado de la operación: 40 millones de dólares.

  1. Lujuria: el sexo a los 50

Poco a poco, el sexo ha ido perdiendo presencia en el trabajo Madonna, dirigido últimamente a reivindicar el más puro hedonismo: himnos a la fiesta, a la música como experiencia sensorial y a todo lo que nos hace sentir bien. Sólo ha recuperado el rol de mujer fatal cuando ha tenido que dar alguna lección a sus díscolos discipulos, como Britney Spears (en el vídeo de Me Against the Music) y Justin Timberlake (en 4 Minutes). Precisamente a Britney y Christina Aguilera ya les dio un buen repaso de las lecciones aprendidas besándolas en la boca en medio de una gala de la MTV.

Y es que hay cosas que no cambian. Precisamente para su nuevo videoclip, en el que le acusan de plagiar a Lady Gaga, ha contado con la presencia del modelo Jon Kortajarena, un español que recuerda a aquel Antonio Banderas al que quiso meter entre sus sábanas. A esa Madonna encaprichada del torero.

  1. Pereza: todo lo que se le perdona

La mala noticia es que, en lo estrictamente musical, la Madonna de los años 2000 ha pasado como de puntillas por nuestra vida, casi sin darnos cuenta. Todo lo que hay entre el fallido American Life (lanzado en 2003, y donde la Material Girl se saltó todos los controles de calidad al recurrir a la estética de icono guerrillero-pop a lo Che Guevara) y su último trabajo, MDNA, es una enorme pista de baile presidida por dos bolas de espejos, los dos discos Confessions on a dance floor y Hard Candy, y un éxito incontestable, Hung Up, donde fusilaba con acierto y estilo a Abba.

¿Ha perdido Madonna el olfato? Hay signos. Ni siquiera su obsesión con la electrónica francesa justifica haber llamado a Martin Solveig, autor de algunos de los hits más artificiales que se recuerdan, como otro de los productores de MDNA. De la misma forma que llamar a Timabaland, Pharrel Williams y Justin Timberlake para que te produzcan un disco en 2008 (Hard Candy) es llegar, por lo menos, un lustro tarde al pop urbano.

Y, en esencia, se le perdona que siga empeñada en llevarnos a la pista de baile por muchos años que pasen, cuando ha demostrado otros registros e intenciones. A Madonna se le intuye, por que así lo ha dejado ver, una vida espiritual cuanto menos activa. Estaría bien que, para variar, dejara de intentar empujarnos a bailar.

El fin del mundo será tuiteado (reprise)

In Apocalipsis YA, NoFicción on 6 marzo, 2012 at 12:59 am

[Antes de acabar el año, en Público nos pidieron a cada responsable de área escribir una columna con las previsiones de cada sección para 2012. Cuelgo aquí el texto que ya se publicó en el periódico del 31 de diciembre]

Dos premoniciones apocalípticas para 2012, una de coña y otra muy seria. La primera es que el próximo diciembre desaparecerá la civilización tal y como la conocemos. El día 21, para ser exactos, ocurrirá una especie de Alt + Ctrl + Supr a escala global. Lo dice calendario maya y si lo cuentan en una película tiene que ser verdad. Para el segundo presagio me voy a apropiar de un titular reciente usado por la revista Wired para resumir 2011, pero condenado a justificarse en los próximos meses: 2012 será el año en que la propiedad intelectual choque definitivamente contra otros derechos fundamentales. Digamos que el asalto no será definitivo pero sí crucial para adelantar el futuro que nos espera en internet, que es donde el negocio de la cultura se la juega.

2011 hasido un año fascinante para el pulso que las industrias culturales mantienen con el etéreo, imparable y maldito progreso. Los periódicos se han llenado de conflictos que han salpicado al sector del libro, el cine y la música, pero también al consumidor final, al que parece que es mejor fidelizar con miedo. Ya sea en EEUU con la SOPA, la Hadopi en francia o la ley Sinde en España, habrá que estar atentos a los juzgados, porqué ahí es donde se verá el alcance de estas normas “antipiratería”, muchas de las cuales nacen ya con la práctica de los jueces en contra.

Hablando de Wert, el nuevo titular de Educación, Cultura y Deporte promete no moderse la lengua y dar declaraciones con chicha. Otra cosa es que sean exactas, como eso de que España es un país “líder” en piratería y que las descargas son ilegales. El programa del PP en cultura augura jaleo: desmontar “la trasnochada estrategia de la subvención” y apostar por el mecenazgo de empresas y “sociedad”, supresión del canon digital y tratamiento de “cultura” para los toros como blindaje de la llamada fiesta.

Otros grandes temas de 2011 seguirán dando que escribir en 2012: la trama Sgae y el anunciado renacer de la gestora; el escándalo del Diccionario Biográfico dela RAH, que ha puesto sobre la mesa que hay una parte de la Academia a la que ya le falla la memoria; los recortes en festivales y la manipulación política en instituciones culturales (ahí está el maltrecho Niemeyer); y las implicaciones del 15-M en la vida cultural, entendida en su sentido más amplio. Porque las páginas de cultura de un diario también deben dar herramientas para que el lector construya su pensamiento.

¿Qué queda? El pop: este año iremos a un Primavera Sound muy heavy; leeremos lo último de George R. R. Martin en castellano; seguiremos a Springsteen por España; y hablaremos de la nueva estrategia de Hollwood para hacernos pasar por caja: el reestreno en 3D de Titanic. Y seguiremos desayunando con los titulares en Twitter, intentando ordenar el ruido que hay ahí fuera.

A pesar de todo, me temo que el protagonista cultural de 2012 será la neolengua orwelliana, convertida en tiempos de crisis en código fundamental para no entender nada de lo que parece ser una estafa global. ¿“Crecimiento negativo”, dices? ¿“Desaceleración”? ¿Dónde demonios está la RAE cuando de verdad se la necesita?

Un apunte al cierre de ‘Público’

In Asuntos internos, NoFicción on 25 febrero, 2012 at 1:05 pm

Anoche, leyendo la entrada Para cerrar la herida, abran el periódico en el blog Solución Salina de Henrique Mariño, me topé con este comentario de un lector en relación al cierre de Público, que como diría Quinta Tinta, es el periódico que me ha dado de comer en los últimos cuatro años y medio.

«Ahora es cuando algunos os recordarán, con razón, que para qué comprar el periódico pudiendo leerlo gratis en Internet y que lo que tenéis que hacer es adaptaros a los nuevos tiempos y a los nuevos “paradigmas”. Revisad los artículos de vuestro periódico sobre las descargas de música y me entenderéis mejor.

Y no, no me dedico a la música ni nada parecido, pero…»

Mientras lo rumiaba caí en que en realidad le tenía ganas a este debate. Hace un par de semanas mantuve una conversación ejemplar -en cuanto al tono empleado- en Twitter con un productor musical y un periodista especializado en medios digitales. El punto de partida era la incapacidad de la ley sinde para satisfacer los intereses de la industria del entretenimiento y de las tecnológicas al mismo tiempo. Cuando la conversación nos llevó a los “modelos caducos” actuales de la “creación”, en general, y a que nadie estaba tomándose la molestia en repensar estos modelos, me pareció que el mejor ejemplo de todo aquello era mi propia situación en Público, así que le dije al productor de música:

-Mi modelo, el de mi periódico, también está caduco, en crisis y no es rentable.

-Mis artículos pueden leerse gratis en internet a la vez que previo pago en papel.

-Mis artículos pueden leerse gratis incluso blogs de otra gente vía corta y pega.

-No puedo considerar eso un robo porque no sé si toda la gente que me lee en internet estaría dispuesta a comprar el periódico en papel.

Y algo más, que entonces no dije porque la conversación fue avanzado por otro lado: no puedo llamar ladrón a todo el que me lee gratis y decide no pagar en el kiosko. Ni siquiera puedo evitar que dos personas lean el mismo ejemplar en el metro, aunque solo pagara por él la primera. Tampoco puedo cobrar un canon a los bares donde una sola copia de mi periódico es leída por decenas. Toda esa gente que no paga y nos lee es nuestra audiencia.

Así que estamos ante un reto parecido. Si miramos a un periódico con la lente de la industria del entretenimiento, parece que la peor competencia para Público siempre ha sido Publico.es, de la misma forma que la peor competencia para el cine español parecen ser sus propias películas españolas en la red. Más: alguien debería estar exprimiendose el cerebro y pensando en cómo sacar partido a 5,5 millones de usuarios únicos, y de la misma forma, a esa audiencia más millonaria todavía que está pidiendo a gritos (y no necesariamente gratis) acudir a un estreno de cine en el salón de su casa. Una pista para nosotros: no es buen gancho de compra llevar como noticia en portada algo que ya reventó las televisiones o las redes sociales la mañana anterior. Una pista para ellos: es frustrante para el consumidor no encontrar una oferta legal en internet, un ciclo de vida para las películas del tipo estreno en cine-canales de pago-DVD-televisión no es suficiente. Parece que la nariz, no obstante, ya empieza a picarle a algunos.

La diferencia entre estos dos “modelos caducos” creo que está en la actitud. Actitud frente al medio (internet, ese puto Moby Dick ingobernable) y frente a la relación que mantenemos con nuestras audiencias. La información, aunque maltratada y necesariamente pasada por la línea empresarial, se sigue considerando hoy un bien digno de respeto y protección, un derecho al que hay que tener acceso libre, que marca nuestra salud democrática, etc, etc. Somos conscientes de que ya no es lo que era, de los intereses de grupo, de los favores políticos, de la publicidad. Pero seguimos guiándonos por la informacion de los medios de comunicación porque aunque mercancía, las noticias solo pueden ser verdaderas o falsas, y para eso lo mejor es leer también lo que dicen otros. Mi bola de cristal me dice que el verdadero fin de los periódicos solo ocurrirá cuando las noticias no puedan verificarse y se implante la semiverdad y, oh, espera…

Sigo. No sé qué consideración general o social hay ahora mismo hacia la música, sobre qué tipo de bien es y qué respeto merece. Ni siquiera sé qué consideración de la música tiene más valor, si la que tiene el venerado coleccionista de vinilos o la del chaval que escucha Rhianna en el móvil. Los respeto exactamente igual. Mi consideración personal la tengo clara, y es muy solemne: es la forma más elevada de la creación humana, algo con lo que conectamos de manera primitiva, sin necesidad de aprendizaje, y una forma de expresión autosuficiente que no necesita para explicarse nada más que ella misma. Algo superior. Algo en lo que me he gastado mucho dinero a lo largo de mi vida y que en parte es responsable de que decidiera ser periodista cultural.

Lo que sí creo conocer es la consideración que tiene de la música gran parte de eso que llamamos industrias culturales o del entretenimiento, porque trabajo a diario con ellas: hoy por hoy, es su modelo negocio. La explotación de la música, de cada reproducción que hacemos de una canción. Para hablar en los mismos términos, la industria de la música debería referirse no tanto a la propiedad intelectual sino de una suerte de derecho a acceder a la música como bien superior que es. Ellos defienden su modelo y que se mantenga la cadena que hace posible que una canción o una película llegue a su destinatario, y yo lo entiendo porque también un periódico da de comer a intermediarios, tira de distribuidores, hace promociones y tiene que contentar a los kioskeros. Pero también veo las consecuencias en mi trabajo de ello: hablamos de discos y de películas más en términos de consumidores, de formatos anticopia, de pago por reproducción, de leyes antipirateria, de cuotas de pantalla, y menos de sonidos, de sensaciones, de experiencias.

Y aquí es donde quería llegar. Ahora piensen: qué se puede hacer desde una seccion de cultura de un periódico nacional como Público. Nosotros no destapamos la trama Gürtel, si acaso, el escándalo del Diccionario Biográfico de la Academia de Historia. En la sección enterramos a los ilustres como nadie y estamos atentos, como todos, a lo que diga el ministro Wert. Hemos perseguido como sabuesos a la SGAE. Recomendamos lecturas porque creemos que invitan a una reflexión de actualidad que merece la pena hacer. Escribimos crítica de cine. Nos intentamos adelantar a la rígida campaña de promoción de majors y ser los primeros en publicar una entrevista. Y, ¡claro!, vigilamos por la actuacion de esas industrias culturales porque afectan a la sociedad de la misma manera que los compañeros que llevan Sanidad miran con recelo a la industria farmacéutica o en Dinero a cualquier movimiento que hagan los bancos, por simbólico que sea.

En Culturas (y en Ciencias primero, y a ellos les debo en gran medida la visión que tengo hoy sobre el conflicto cultura/tecnología) hemos intentado luchar contra ideas preconcebidas ya instaladas con el esfuerzo de estas industrias y de la propia prensa (España es un país de ladrones; una descarga equivale a un disco no vendido; ¡los videojuegos son malos!) y la manipulación de lenguaje para contaminar el debate (las descargas son ilegales y son piratas), pero también las medidas desproporcionadas (el canon digital) y lo que son claramente atentados contra derechos fundamentales, como el derecho a una tutela judicial efectiva (Ley Sinde) o el de la intimidad, como vemos con los conflictos recientes con el tratado europeo ACTA pero también aquí mismo. Informar. Enseñar algo a quien no lo conoce. Eso es lo que creemos que debería hacer una sección que hasta ayer se autodenominaba Culturas.

Acabo de ver cerrar mi periódico. Y leo el comentario de arriba. ¿Por qué debería ahora entender mejor a la industria musical? Si la entendiese, ahora mismo debería estar aquí expresando mi relación con los lectores en términos de amenaza, con lo que sólo me quedaría una salida: amenazarles más todavía. Cómprame o me suicido. Me toca hacer autocrítica, eso no se me escapa, pero es internet lo que ahora me permite sentarme, vomitar esto y lanzarlo, algo impensable cuando se me ocurrió que esto de ser periodista pasaba por estar en una redacción el resto de tu vida. Los lectores vienen luego. O no. Como podría ser el caso.

AGRADECIMIENTOS

Pero yo en realidad he escrito todo lo anterior para poder ponerme un poco tontorrón y colgar esta foto de los primeros días en Público (sí, en los que rellenábamos ocho o diez páginas del tirón cada día sólo en la sección de Culturas). Y hacer una hueco para los agradecimientos a todos los que han pasado por ella y que ya se fueron (Eduardo Bravo, Jesús Centeno, Isabel Repiso, Guillaume Fourmont, Braulio García Jaén, Rocío Ponce) y los que se han quedado (Jesús Miguel Marcos, Paula Corroto, Carlos Prieto, Rebeca Fernández, Alejandro Torrús), a Magda Bandera y Javi Salas como guest stars, y a Sara Brito que estás en el sierra, así como a los colaboradores, corresponsales y columnistas que han firmado en nuestras páginas: Santiago Alba Rico, Kiko Amat, Roberto Arnaz, Carlos Barreiro, Daniel Basteiro, David Bollero, Elena Cabrera, Álex Carrasco, Miguel Ángel Criado, Roberto Enríquez, Víctor Fernández, Carlos Fuentes, Pablo G. Polite, Patricia Godes, Abel González, Ana Gorría, Bernardo Gutiérrez, Eulalia Iglesias, Antonio J. Rodríguez, Antonio Jiménez Morato, Beatriz Juez, Víctor Lenore, Luis Matías López, Luna Miguel, Alberto Olmos, Antonio Orejudo, Carlos Pardo, Néstor Parrondo, Gonzalo de Pedro, Isabel Piquer, Rubén Romero, Iñigo Sáenz de Ugarte, Marta Sanz, Lorenzo Silva, John Tones, Joan Vich, Paul Viejo y el increíble Álex Vicente. Y seguro que se me olvida más de uno.

Un recuerdo especial a los primeros redactores jefes de Culturas, José Manuel Costa, con quien dimos nuestros primeros pasitos, y sobre todo a Peio H. Riaño, que plantó después las raíces de la sección y le puso el corazón.

Y a Nacho Escolar, claro, por aquella portada de GTA4.

Entrevista a Manuel Vilas: “Busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable”

In Apocalipsis YA, Postmoderneo, Sci-fi on 25 enero, 2012 at 12:37 pm

Si la imaginación pudiera pesarse igual que se pesan las patatas en el súper, el pobre Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) viviría con la cabeza permanentemente aplastada contra el suelo por culpa de la gravedad. Ahí dentro debe de haber toneladas y toneladas de creatividad e ingenio luchando por salir por algún lado, como un jardín desbocado. Su última novela, Los inmortales (Alfaguara), es definida por el escritor como “un volcán de libertad donde todo salta. Yo lo que quiero es ser libre y este mundo no hace más que ponerme impedimentos. Así que busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable. Todo lo que escribo es muy carnavalesco”.

No hace falta que lo jure. Sólo hay que intentar poner algo de lógica a la historia de Los inmortales, una novela inspirada en… esto… la película Los inmortales, de 1986, protagonizada por Christopher Lambert. Una novela que consigue mezclar los libros de caballerías con la ciencia ficción, la Historia con la clarividencia, el progreso humano y el delirio. Una novela por cuyas páginas se pasean personajes como: una reencarnación actual de Cervantes que es fan de Joy Division y que se pone en plan Houellebecq (es decir, muy guarro) con dos prostitutas en Canarias; el papa y la madre Teresa de Calcuta convertidos casi en superhéroes (nombres clave: Ponti y Mother T); y el espíritu de Stalin, encargado de darnos a conocer algo llamado la Teoría del Reciclaje Trascendental.

¿Cuál fue el chispazo de ‘Los inmortales’? Siento esta curiosidad con todas tus novelas: ¿De dónde nació? ¿Cuál fue el gérmen?
Fue la película Los inmortales, de Christopher Lambert [risas].

Me lo estaba imaginando…
Ahí se plantea, aunque no se resuelve, la idea de la acumulación de vida y de saber que puede haber en un ser humano que viva más de 400 años. Esa inmortalidad la vi en un personaje como Saavedra, que es alguien que cree, porque nunca llega a afirmarlo en la novela, que es Cervantes, que es inmortal, que nació en 1547, que lleva 400 años sobre la Tierra, y que lo que hace es aprender lenguas fundamentalmente porque, al estar tanto tiempo vivo, le da tiempo a viajar y conocer idiomas, etc. La idea es alguien que vive la historia y la conoce en cada momento. No como nosotros, que la leemos. Este es el tema.

¿Te interesaba una inmortalidad cotidiana, esto de vivir la historia y el presente, o más literaria, es decir, esa inmortalidad sagrada de la literatura y sus autores?
Yo pensé en el concepto de inmortalidad del arte, de la política, del siglo XX y XXI, incluso de la religión, porque en la novela también salen el Papa y la madre Teresa de Calcuta, llamados Ponti y Mother T, y que se convierten en dos superhéroes. Lo que quería era reflejar lo que el siglo XX ha pensado que era ser inmortal desde la cultura, desde el arte, la literatura, el arte o la política. También sale Stalin y Hitler. En esencia: qué hemos codificado como permanencia en el siglo XX y la historia de estos personajes.

¿Y has llegado a la conclusión de que la inmortalidad se ha tratado de manera diferente en el siglo XX que en otros tiempos?
La novela arranca en el año 22.000 con un personaje que se llama Aristo Willas, un nombre que hace referencia a Aristóteles, en un año en el que la inmortalidad es un bien común. A través del progreso, se ha erradicado la mortalidad, igual que nosotros hemos erradicado el analfabetismo o el hambre. Y yo en eso soy muy optimista: como especie estamos en un estadio evolutivo y creo que vendrán avances tremendos e impensables. Y uno de ellos, que me parece muy expresivo, es no morir. No desaparecer. Pensé que esos inmortales del año 22.000 eran nobles y trágicos, eran shakespearianos, y descubren un manuscrito que narra la inmortalidad desde el siglo XXI. Y esa inmortalidad es cómica, que es la nuestra. En esa antítesis entre lo trágico y lo cómico, se configura la novela.

¿Es un libro sobre libros? Manuscritos, Shakeaspeare, poetas en la Luna, Cervantes reencarnado…
No. Es un libro sobre la vida. El tema fundamental es dar forma narrativa a las alienaciones del post-capitalismo. Y todas las historias están reflejando eso.

En una entrevista anterior con Público dijiste que no escribías con ayuda de psicotrópicos (sólo alcohol) y que tienes poderes: “Veo el futuro”. ¿Lo has usado para escribir esta novela?
¿Eso dije? Madre mía [risas]. Hay una parte visionaria en la novela. Me gusta pensar cómo va a ser el futuro, aunque probablemente no acierte. Lo que haces cuando exploras el futuro es iluminar el presente. No sé cómo serán las cosas en el año 22000, pero sí que es posible que seamos inmortales. Con eso, intensifico nuestra mortalidad hoy y nuestra visión como seres que estamos muy poco tiempo en este mundo y desparecemos enseguida. E intensifico que se reflexione sobre esa idea: estamos tan poco tiempo en el mundo que debemos ser más felices y vivir mejor, no estar alienados como estamos. Por eso hay un sentimiento dominante en el libro, que es el amor. Todos los personajes están enamorados, exaltados, se enamoran de todo, porque en la novela se viene a afirmar que el único sentimiento capaz de luchar contra la alienación es el amor.

Te consideras vitalista en este sentido: una la novela como celebración de la vida y el presente. Pero, ¿eres optimista? Es que el futuro está muy negro últimamente.
Sí, siempre. Ahora mismo vivimos una crisis, pero ha habido otras, y probablemente más grandes que la actual. En el mundo ha habido hambre. Así que de esta se saldrá. Probablemente habrá que cambiar muchas cosas. Hay un capítulo en la novela en que se habla de la Teoría del Reciclaje Trascendental. El personaje de Cormac Martínez, el último comunista, un personaje al que se le aparece Stalin, está simbolizando el marxismo como filosofía no superada. Es decir: el marxismo, como teoría política, evidentemente está superada, pero como filosofía no, como crítica del capitalismo todavía está vigente. Así que pienso que de esta crisis se saldrá con otra expectativa del ser humano o con otra expectativa social de progreso, pero se saldrá.

Creo que el marxismo como filosofía sigue vigente porque no hay otra forma de analizar la historia de una forma más precisa y exacta que el materialismo histórico, por ejemplo. En ese sentido yo soy marxista. Es tan lógico como que 2 y 2 son 4: desde el punto de vista filosófico, Marx es 2 +2 = 4.

Es una novela divertida, pero esconde sus críticas: el papel de la historia y los historiadores, o ciertas ideas instaladas desde la Transición, como que Franco creó la clase media en España.
Ahí la novela busca provocar, busca interpretaciones de la historia provocativas pero que son viables, que tienen un fondo de posibilidad. Provoco al lector para que piense posibilidades de interpretación de la historia que nunca se había planteado.

En el futuro, escribes, los historiadores harán su trabajo sin influencia de la ideología. Tu visión de la Historia es que, directamente, que el pasado no existe.
Eso nace de mi perplejidad ante la Historia. Para mí, la Historia es una ficción muy elaborada, muy bien documentada. A ver, los historiadores tienen toda la razón del mundo: lo documentado, así es. Pero a mí, como hombre del siglo XXI, la historia me parece una ficción: no puedo tocarla. Es un problema filosófico: puedo tocar la naturaleza (un árbol), pero la historia es ficción. La historia enfrentada a la materialidad de la naturaleza. La historia como una fabricación humana inmaterial. Este es mi problema: es un producto humano inmaterial. No puedo tocar a Napoleón. No puedo hablar con él. De hecho, una de las cosas que me brinda la novela es que Felipe II y Robespierre puedan tener una charla, y yo necesito traer a Robespierre a este mundo para saber si existió. Se llega a decir en la novela que el pasado es ausencia y el futuro es inexistencia y que lo único que tenemos es el presente. No es una filosofía de la historia, sino una filosofía literaria, probablemente parte de esa misma filosofía vitalista. Como seres humanos nos toca el presente, es lo único palpable y real.

Te has metido como personaje dentro de tu libro. También hay referencias a Aire nuestro, tu anterior novela.  ¿Quieres que tus novelas ocupen un mismo espacio, que el lector entienda que hay relación, o es un truco sin intención?
La intención que hay detrás de ello es generarme a mí como un ente de ficción libérrimo. A mi me gustaría que todo fuera más libre. Que no hubiera tantos estatutos que nos fijan el comportamiento. De hecho, la novela es como una especie de volcán de libertad: todo salta. En la novela se me atribuyen incluso libros que yo no he escrito, porque el estatuto de la realidad salta. Es una novela muy caranavelesca; todo lo que escribo lo es. Necesito pensar en una libertad absoluta. Quiero ser más libre y este mundo me pone impedimentos. Busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable.

Yo también lo creo, y de hecho, es una de las cosas que más me gustan de tus libros, donde no sé lo que va a pasar a continuación porque tu único límite es la imaginación.
Exactamente.

¿Y cómo consigues trasladar todo lo que tienes dentro de la cabeza, ese torrente de imaginación, inmaterial y fabulosos, a una hoja de papel y que tenga algo de sentido?
Un poco zumbado estoy [risas]. Hay algo de locura en mi literatura, una pulsión de demencia, de delirio, pero nunca toco lo irracional ni el absurdo porque no me interesan. Me gusta que todo tenga un sentido, aunque sea delirante. Exploro esas partes. Y me estresa mucho escribir en esos límites, porque psicológicamente me deterioro, mi cerebro se deteriora porque es como ir un sitio donde pasan cosas tremendas, como si te invitan a una fiesta donde todos están muy colgados porque, ojo, te puedes quedar igualmente colgado. En ese sentido, practico una escritura peligrosa porque me meto en berenjenales que son límites propios de la ficción. Pero también sin saltarme esos límites la literatura no me interesa: necesito ponerme nervioso. Buscar límites. Mi literatura es también una lucha contra el aburrimiento. El aburrimiento forma demasiado parte de nuestra vida.

Ahí entra el humor. En otra entrevista contigo, me hablabas de que “el humor lo ha sido casi todo en la literatura. La novela moderna nació desde el humor”. Imagino que te sirve de balanza para no volverte un “colgado”…
El humor es amor, también. Es una forma de crítica contra la autoridad. Cuestiona la autoridad. Nos hace más libre. Nos quita solemnidad, esa pátina de tragedia que tiene la vida humana. Y nos comunicamos mejor si tenemos sentido el humor. Desde lo trágico no existe comunicación: existe formalismo, porque lo trágico es formal. El humor es expresivo, es natural y es lo que nos determina también como especie: somos capaces de pensarnos humorísticamente.

Y hay tres grandes escritores que me fascinan y que son humoristas: Cervantes, Kafka y Joyce. Así que la vinculación entre novela y humor es absoluta. Tres grandes escritores generadores de novela y teoría novelística eran humoristas. Y en España hay grandes: Buñuel…

…y José Mota, ¿no? Entonces me dijiste que “el hombre más importante de España es hoy el genial humorista José Mota”. ¿Sigues pensando lo mismo?
Sí, lo que pasa es que ahora está explotado. España ha visto que tenía un gran humorista, y lo explota porque todo el mundo quiere que le hagan reír. El caso de Mota es que, de pronto, se nota cansancio, se nota superproducción. Creo que ahora se necesita otro humorista.

Tengo muy reciente la lectura de ‘Galápagos’, de Kurt Vonnegut, que también proyecta la humanidad al futuro, que también habla desde la inmortalidad y que también usa mucho el humor. ¿Algún autor que te haya marcado para ‘Los inmortales’?
Hay otros que ya me han comparado con Vonnegut, pero no, no hay un escritor que patrocine esta ficción. No me he encomendado a nadie. Es muy cervantina la novela, así que, en ese caso, sería de un clásico total.

¿Pero crees en la inmortalidad a través de la literatura? Bernhard escribía en ‘Antiguos maestros’ que cuando te falta alguien, nunca viene el arte o la literatura, esos libros que llevas acumulando toda la vida no te salvan de nada porque no es posible que nada te llene ese hueco que queda. ¿Crees en la literatura como algo que nos puede salvar?
En mi caso, y en el de esta novela, es una parodia. Bernhard tiene toda la razón: la literatura no deja de ser un ocio pequeño burgués, y cuando uno tiene una urgencia vital, la literatura no le sirve. ¿Y qué sirve? Es una buena pregunta.
Pero yo soy un poco punk. Así que no me interesa lo pequeño burgués, porque está muy limitado. Pero si traspasas esa frontera de lo pequeño burgués, a lo mejor entonces sí puede servirle a alguien, sobre todo si le quita alienación de encima.

Estamos haciendo literatura porque somos seres reflexivos y la literatura ayuda a reflexionar y a iluminar lo que somos. El pintor pinta y el cineasta dirige porque tiene que reflexionar sobre la condición humana y sobre qué hacemos en este mundo y cómo es el presente histórico que vivimos. Mi literatura es una indagación en lo que estamos haciendo ahora, explora en eso desde la ficción.

¿Crees que a Cervantes le hubiera gustado Joy Division?
Sí, porque a Cervantes le gustaba su tiempo y sacaba personajes de su tiempo en su novela. Así que entiendo que los personajes de la cultura de mi tiempo pasen a mi novela como ocurre en El Quijote. En ese sentido, no estoy haciendo nada que no hubiera hecho Cervantes antes. ¡Si es que no inventamos nada! Puede llamar la atención, porque no lo ha practicado la novela que normalmente leemos: que aparezca Ian Curtis como personaje. Pero si lo hace en mi novela es porque ha sido un personaje cultural de importancia. Al menos para mi generación.

¿Te interesaría escribir sobre la crisis o el paro?
Sí. Sobre el paro no lo sé, porque no sé cómo lo haría. Pero sobre la crisis, sí.

¿Y como se ve la crisis a través del filtro Vilas?
A ver, yo creo que en Los inmortales está presente la crisis. Cuando Stalin le dicta a Cormac Martínez la Teoría del Reciclaje Trascendental, esos diez puntos tienen que ver con la crisis. Son delirantes y literarios, pero la crisis está detrás del reciclaje trascendental.

Dices que la poesía tiene que estar vinculada al mundo real y que cualquiera, desde un banquero a un bibliotecario, puede ser poeta. ¿Cómo conviven poesía y novela en tu cabeza?
La poesía y la narrativa en mi caso no están separadas. Las fusiono en un orbe que podría ser La Literatura de Vilas. En eso sí que me esforzado: en que mi estilo sea reconocible. Me manifiesto en estos dos géneros. La poesía es más exigente formalmente, tiene otras modulaciones, exige otros puntos de vista, pero en mi cerebro conviven de manera muy natural.

¿Crees en el progreso?
Sí, firmemente. Creo que somos perfeccionables y que la historia es un ejemplo de ello. Creer en el progreso es evidente. Ahora no entendemos nuestra responsabilidad con el tercer mundo, como hace 100 años no se entendía lo que hacíamos con el proletariado.  Son mecanismos de evolución  que se irán dando.

Pero el progreso es malo, sobre todo cuando viejos modelos no se adaptan a él: uno de los guiños de Los inmortales que más gracia me ha hecho es que dices que el sector de la enseñanza de idiomas pasará una crisis muy gorda tras los implantes cerebrales de idiomas. Es imposible no acordarme de la crisis actual de algunas industrias ante el progreso.
Yo creo que en el tema del aprendizaje de lengua no hay progreso. No tiene sentido que una persona dedique 12 años a aprender una lengua. Igual que viajamos en avión y tenemos telefonía móvil, a veces fabulo sobre injertos cerebrales que permitan hablar varias lenguas. A veces incluso pienso que hay intereses oscuros en que no se desarrolle…

Pienso que el ser humano es cultural. Y que una vez después de haber comido, necesita reflexionar, pensar y divertirse. Necesita cultura. El problema es la excesiva vinculación entre cultura y ocio. La cultura es una necesidad vital, no es simplemente entretener cuando estás aburrido. Es crecimiento intelectual, saber más de uno mismo y saber más de lo que ocurre. Es un derecho que el Estado proteja culturalmente a los ciudadanos. Si no, ¿qué sentido tiene estar aquí? ¿Trabajar y morir? Ahora mismo con la crisis, la cultura es la peor parada porque es la única que nos quita el peso de las alienaciones que llevamos encima. Ya es el paraíso para mí tener un trabajo estable, etc… si no puedo manifestarme como ser cultural, es una contradicción.

 Creo que tenías material que se te ocurrió una vez enviado el libro al editor, como el caso del SMS de amor entre Saavedra y Eva Braun… ¿Te quedaste algo más en el cajón?
Lo fundamental era eso: se me ocurrió el contenido de los SMS, porque creo que sería muy divertida la hipótesis de que en los últimos días de la Alemania nazi hubiera móviles. Pero no son más que fantasías históricas [risas].

Versión íntegra de la entrevista publicada hoy en Público.

FOTO: Manu Fernández