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Child of Eden: Kinect se pone ciberdélico

In Dance usted, De viaje, Gamefilia, Magia y Psicodelia on 27 junio, 2011 at 1:43 pm

Algo sobre psicodelia, cibernética y videojuegos ya hablamos aquí hace unos meses, con motivo de la reedición del hipnotizador Rez HD. Su creador, el japonés Tetsuya Mizuguchi, obligaba a tirar de palabrotas como “Kandinsky”, “sinestesia” y “trance” para describir un videojuego que quería ser hipersensorial, una experiencia total, visual, sonora e incluso ir más allá. Tanto, que en Japón salió a la venta con su propio mando vibrador, el Trance Vibrator, que estimulaba el tacto al ritmo de la partida. La idea era un bombardeo de impactos para los sentidos hasta confundirlos.

Aquello fue a comienzos del siglo XXI, así que no es raro que hoy Mizuguchi, para su nuevo proyecto, se haya fijado en el Kinect de Xbox 360 y su filosofía “ahora el cuerpo es el mando”. El interés es mutuo. Child of Eden da un baño artístico al catálogo de Kinect, una herramienta potentísima pendiente de ser exprimida y hasta ahora centrada sobre todo en juegos sociales y familiares. Por su parte, la tecnología de Kinect da la posibilidad al jugador de utilizar sus manos directamente para jugar, toma chute de realidad simulada. Y Mizuguchi puede llevarnos un poco más allá de donde lo hizo Rez. El punto de partida es el mismo: Child of Eden es “un shooter musical y sinestésico”, tal y como lo definió el japonés en el número de julio de la revista Edge.

Conocer la historia que cuenta Child of Eden ayuda a entender su rara propuesta. Coloca al jugador en el siglo XXIII, en un futuro en que internet y el universo se han fundido en una mente colectiva llamada Edén. Un lugar suficientemente amplio como para guardar el conocimiento de la historia del hombre y los recuerdos y pensamientos individuales. Este Edén viene a ser mitad paraíso celestial, mitad discoteca; mitad cósmico, mitad cerebral; mitad realidad virtual, mitad sueño; mitad new age, mitad ciberdélico.

Su protagonista es Lumi, una chica nacida el 11 de septiembre de 2037 y reencarnada dentro de Edén siglos después. [Para añadir algo de confusión al personaje, aunque sólo como paréntesis, Lumi es un producto de ficción pero que también opera en el, ejem, mundo real: es la vocalista del grupo Genki Rockets, un colectivo de músicos al estilo de Gorillaz, donde también está involucrado Mizuguchi]. Dentro de Child of Eden, la misión de Lumi es purificar diferentes áreas de Edén para salvarlo (de un virus), lo que, resumiendo, se traduce ante nuestros ojos en un viaje por paisajes que estallan en espirales, beats y fuegos artificiales, mientras acabamos con enemigos con forma de esponjas, neuronas, calamares gigantes, tuercas, satélites, flores y hasta planetas.

Como decía, todo este rollo favorece y mucho a que el jugador se sienta en Edén a la hora de colocarse de pie delante del televisor y ponerse a jugar. Una vez dentro de esta suerte de Matrix elevado a la categoría de jardín musical, es mucho más fácil convencerse de que nuestras manos salen efectivamente ráfagas de rallos morados. Hay que deslizar el puntero con la derecha, por toda la pantalla, marcando a los enemigos que queremos atacar, como si los rozáramos, tocándolos, y soltarla hacia delante para disparar. La mano izquierda es la que lanza los rayos morados, una especie de arma secundaria, útil contra determinados enemigos.

El ritmo en el que lo jugamos es fundamental. La oleadas de enemigos salen siguiendo un patrón. Matarlos seguidos y en orden da más puntos. Hay que combinar ambos disparos con habilidad, ya que no todos los enemigos reaccinan igual a ellos, pasando de uno a otro con cuando convenga. Hay que probar uno, otro, ambos y ver qué es lo más efectivo.

Y el ritmo es importante también porque la música, como en Rez, vuelve a ser un elemento jugable. Child of Eden soporta en cualquier momento una lectura secundaria más allá de la de shooter: la de juego musical. A veces es un Guitar Hero tocado sobre los paneles multicolores dela MIR. Otras veces, el interior de un cañón de partículas que producen drum’n’bass cuando colisionan. Y, en un momento determinado, hay que enfrentarse a una enorme bola de espejos: es el universo como una discoteca, con baldosas luminosas en la pista para seguir los pasos de baile. Nuestros disparos producen sonidos diferentes al chocar contra los enemigos, lo que permite al jugador manipular la banda sonora y hasta cierto punto involucrarla en su partida. Hacerlo bien aumenta la sensación de armonía. Con los más pequeños se puede acabar siguiendo un orden, haciendo escalas musicales, pero otras veces hay que enfrentarse a criaturas que son como grandes pianos, formados por teclas que debemos tocar para eliminarlos.

Pero lo que realmente ofrece otra experiencia de juego es apagar Kinect y probar Child of Eden con el mando tradicional. Lo que piede en inmersión, lo gana en inmediatez y Child of Eden se convierte entonces en un matamarcianos en primera persona. Es como jugarlo a diferentes velocidades. Digo esto porque las sospechas hacia un juego con ínfulas artísticas son normales. Los programadores corren un riesgo: si te pasas de bonito, tu producto puede acabar siendo tan autista como un salvapantallas animado.

Child of Eden no es un desafío complicado para jugones (el modo dificil se desbloquea una vez terminado el juego en dificultad normal), pero sigue muchas reglas básicas de los videojuegos clásicos (hambre de puntuación, jefes finales, enemigos en oleadas). Su estructura de capítulos independientes está pensado para volver a jugar los niveles de diferente forma para completarlos al 100%. Incluso hay un modo de juego, llamado “Sensación de Edén”, para “explorar el mundo de Edén a tu aire, sin miedo y sin dolor”.

Llegados a este punto, toca colocar Child of Eden en la estantería. La de la ciberdelia, para darle algo de sentido al título de esta entrada. Yo lo pondría, claro, junto a Rez y Lumines, de Mizuguchi, y otros videojuegos musicales como Audiosurf, DJ Hero y Chime. Lo colocaría cerca de experiencias jugables más abstractas, con esos escenarios que pasan de ser un caldo de microbios a un bosque de fluorescencias, como las de flOw, Flower y el tímido Electroplankton. Incluso con aquel primitivo puzle cósmico-abstracto llamado Arkanoid. Pero también con cosas más físicas, como el rapidísimo WipeOut y con shooters de corte tradicional, como R-Type (con esos rayos láser dejando la pantalla como una cuadrícula),  Ikaruga (por eso de la polaridad de los disparos) y Space Invaders Extreme. No hay que engañarse: Child of Eden es un maldito matamarcianos.

Como experiencia musical, Child of Eden me ha recordado a Hyperballad de Björk y los Autechre de Gantz Graf. A todo Warp. Tontea con el ambient, la IDM y el drum’n’bass. Con el disco y con el electro, con Kraftwerk, Cybotron y Daft Punk, y de ahí directo a Tron LegacyMatrix y el ciberespacio según Neuromante.

Pero no todo iba a ser bueno. A Mizuguchi le pierde en Child of Eden el rollo new age. Las actuaciones de Lumi están a un paso de una parodia de a-qué-huelen-las-nubes o, como mucho, del spot de una marca de condones, todo sensaciones de colores. Por suerte, no es una empanada cósmica. No es pretencioso ni está vacío por dentro. Pero además del envoltorio alucinógeno y la experiencia escapista, su valor radica en llevar las cosas un poco más allá. En intentar imaginar usos alternativos a una tecnología masiva como es Kinect, con potencial para hacer posible muchas de las virguerias que llevamos años viendo en el cine de ciencia ficción. Ya podría cundir el ejemplo.

Del sofá a la ducha: 2010 en 53 canciones y dos listas de Spotify

In D.I.Y., Dance usted, De viaje, Magia y Psicodelia, Ruidismo on 5 enero, 2011 at 2:05 am

 

La idea principal consistía en hacer dos mixtapes con los dos lados musicales de mi cerebro, como en año pasado. Pero estos días estoy fuera de España y no tengo acceso a ese juguete que hace que me zumben los oídos que es Virtual DJ. Así que he optado por hacer dos listas de Spotify, algo más socorrido y asequible, especialmente cuando cada lista ha terminado superando las 25 canciones y la hora de duración. Eso permite zapear entre los temas sin tener que soportar el resto del tirón.

Los dos lados los he tenido siempre claros. Adoro los extremos en la música, así que era de cajón hacer una lista de canciones luminosas y otra para las oscuras; una para las ligeras, otra para las pesadas; una para con los temazos que se pegan inmediatamente, otra para los que se desarrollan con el tiempo. Al final, aquellas que se pueden tararear en la ducha han ido a parar a la primera y las que te dejan clavado al sofá, en plan viaje interior, a la segunda. Otra vez: por un lado los estribillos, por el otro las atmósferas.

La primera aclaración sobre la elección de temas es que son solo canciones y no representan a sus respectivos discos. Algunas ni siquiera son las mejores en lo suyo, pero me venían bien dentro del contexto y el desarrollo de cada lista. Unos los álbumes lo he quemado, otros ni siquiera los he escuchado enteros de una sentada. Hay ausencias deliberadas (Arcade Fire, sin ir más lejos, por una cuestión de empatía, pero también Lady Gaga: sencillamente no sabia detrás de que canción debía ponerla). Pero sobre todo hay ausencias por necesidad: son aquellas que no estaban en Spotify (desde mis queridos Foals a los recientes Games).

Son, en resumen, 53 canciones con las que me he topado en los últimos 12 meses y que me han hecho tilín por una razón o por otra. Me las encontré por sorpresa en directo o gracias a amigos, en el iPod o desde Spotify, que para hacer descubrimientos es mejor que casi cualquier blog (de donde también he cogido muchas). Me gustaron por sus videos o sus portadas. Y creo que ha sido un año estupendo en cuanto a diseño de portadas.

Además de los link a ambas las listas en Spotify (que también están pinchando en las fotos), he copiado los links individuales de canción. Todo sea por ponerlo fácil.

CARA A: Para cantar en la ducha

Lo Mejor de 2010 Parte 1

1. Anamanaguchi – Scott Pilgrim Anthem
2. Weezer – Memories
3. Titus Andronicus – Titus Andronicus Forever
4. Triángulo de Amor Bizarro – De la monarquía a la criptocracia
5. LCD Soundsystem – You Wanted A Hit
6. Radio Dept., The – Heaven’s On Fire
7. Surfer Blood – Twin Peaks
8. Vampire Weekend – Horchata
9. The Drums – Me And The Moon
10. Best Coast – When I’m With You
11. Los Punsetes – Los Cervatillos
12. Sleigh Bells – Run The Heart
13. Gorillaz – Superfast Jellyfish (Feat. Gruff Rhys and De La Soul)
14. Caribou – Odessa
15. Yeasayer – O.N.E
16. Magnetic Man ft Angela Hunte – I Need Air
17. James Blake – CMYK
18. Kanye West – Runaway – Explicit Version
19. The Black Keys – Tighten Up
20. Broken Bells – Meyrin Fields
21. Hot Chip – Take It In
22. Delorean – Real Love
23. Toro Y Moi – Low Shoulders
24. Beach House – 10 Mile Stereo
25. Deerhunter – Memory Boy
26. Abe Vigoda – Crush
27. Japanther – What The Fuck Is The Internet

CARA B: Para viajar desde el sofá

Lo Mejor de 2010 Parte 2

1. Pendulum – Genesis
2. El-P – Meanstreak (In 3 Parts)
3. Noisia – Machine Gun – 16 Bit Remix
4. Hype Williams – Blue Dream
5. Salem – King Night
6. Zola Jesus – Night
7. Silje Nes – Rewind
8. Darkstar – Aidys Girl Is a Computer
9. Pantha Du Prince – The Splendour
10. Four Tet – Plastic People
11. Emeralds – Summerdata
12. Crystal Castles – Celestica
13. The Chemical Brothers – Another World (Radio Edit)
14. A Sunny Day In Glasgow – Daytime Rainbows
15. Warpaint – Majesty
16. Solar Bears – Trans Waterfall
17. Holy Fuck – Latin America
18. Gonjasufi – Kowboyz&Indians
19. Tame Impala – Lucidity – Pilooski Remix
20. Ariel Pink’s Haunted Graffiti – Butt-House Blondies
21. Dylan Ettinger – The Waterfront
22. Wooden Shjips – Contact
23. Lüger – Swastika sweetheart
24. Der Ventilator – Supernova
25. 65daysofstatic – Tiger Girl
26. Ikonika – Look (Final Boss Stage)

Hidden track (Like Like Like Like Like Like Like)

‘Chime’: jugar con música no es como bailar de arquitectura

In Dance usted, Gamefilia, Magia y Psicodelia on 23 junio, 2010 at 12:16 am

Leer a Alex Ross, crítico musical en el New Yorker, en su libro El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música (Seix Barral) es tan sensorial y desbordante que deja en evidencia la ya frase hecha de que “escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura” de Frank Zappa. Al menos en algunos casos, fíjense en este fragmento, aunque podría haber sido cualquier otro: dan ganas de correr a ponerse a escuchar clásica como un loco aunque nunca hayamos pisado el conservatorio:

“En 1909, cuando Mahler estaba hundiéndose en el largo adiós de su Novena Sonfonía y Strauss estaba flotando en el mundo onírico y dieciochesco de Rosenkavalier, Schoenberg fue presa de un frenesí creador que le llevó a escribir las Tres Piezas para piano, las Cinco Piezas para orquesta y Erwartung (Espera), una escena dramática para soprano y orquesta. En la última de las Piezas para piano, el teclado se convierte en algo parecido a un instrumento de percusión, un campo de batalla de triples y cuádruples forte. En la primera de las piezas orquestales, “Vorgefüle” (Premoniciones), las voces instrumentales se disuelven en gestos, texturas y colores, muchos de ellos derivados de Salome: figuras rápidas y agitadas unidas a trinos, figuras de tonos enteros girando hipnóticamente, instrumentos de viento-madera aullando en sus registros más agudos, diseños de dos notas chorreando como la sangre sobre el mármol, un quinteto de trombones y tuba tocados con la técnica del Flatterzunge o frullato que no cesan de escupir y gruñir. Erwartung, el monólogo de una mujer recorriendo a trompicones un bosque iluminado por la luna en busca de su amante perdido, se hincha por medio de acordes monstruosos de ocho, nueve y diez notas, que saturan los sentidos y desconectan el intelecto. En un pasaje especialmente espeluznante, la voz cae en picado casi dos octavas, de Si a Do sostenido, mientras grita “Hilfe!” (“¡Ayuda!”)”.

Y así, como colofón, para adormilar el espíritu después de tanta épica:

“No todas las primeras obras atonales de Schoenberg son ruido y furia. Periódicamente, descubre mundos que son como valles escondidos entre montañas; desciende la calma, el sol brilla en medio de la niebla, las formas se mantienen inmóviles en el aire”.

Todo esto, en realidad, para hablar de un videojuego musical: Chime. Porque me gusta imaginar que, de manera parecida a Alex Ross, le dio por pensar en música a Ciaran Walsh, el ingeniero de sonido de la desarrolladora con sede en Brighton Zoë Mode, cuando se le ocurrió la idea de hacer una especie de partitura fluorescente jugable, en el que las notas estallan en pantalla y desaparecen, como fuegos artificiales.

Chime es un proyecto para OneBigGame, plataforma con fines benéficos que reúne a algunos “veteranos de la industria”, profesionales de distintas compañías (y voluntarios) que buscan en los videojuegos “otros propósitos más allá de hacer beneficios”: al menos un 80% de las donaciones hechas por las compañías colaboradoras, como en este caso Zoë Mode, va dirigido a fines caritativos. Sabedor de lo que algo así puede suponer en el negocio del entretenimiento y lo expuesto que está su público a propuestas similares (hacen chistes y se comparan con un grupo de viejas estrellas de rock solidarias, a lo Bob Geldof y compañía) , en la revista Edge del mes de febrero, uno de sus responsables pedía a los periodistas que analizaran Chime como un juego de entretenimiento sin más, y no como un juego-benéfico porque la propia palabra (charity) ya está bien cargada de prejuicios.

Por mi parte, sin problema: no hay que complicarse mucho la vida a la hora de describirlo, Chime funciona bien como un cruce entre Tetris y Lumines, es decir, el suyo es un desafío que consiste básicamente en colocar piezas correctamente en la pantalla, de manera que encajen entre ellas y formen bloques. Antes de desaparecer, y es cuestión de segundos, estos bloques funcionan como notas en un pentagrama, por lo que, además de intentar taparlo todo para conseguir mejor puntuación, lo haremos para cambiar la forma en que la música va desarrollándose durante la partida.

Lo que vemos recuerda a un editor de música, tipo MTV Music Generator (el vídeo de abajo podría haber sido el anuncio de este último). La pantalla es barrida de un extremo a otro por una franja luminosa que, como si fuera el láser sobre un CD o una aguja sobre un vinilo, recorre una superficie marcada por las figuras geométricas que vamos formando. Al pasar sobre ellas, el tema musical del nivel se va autointerpretando, dentro de unos límites. Esta franja también marca el tiempo: debemos ser más rápidos y hábiles colocando los bloques y haciendo figuras, o habrá pasado la oportunidad los hagamos sonar.

Fiel a su espíritu clubero, como en su día lo fue ese glorioso viaje disco titulado Rez, Chime incluye temas compuestos por artistas más o menos conocidos en la pista de baile, como Moby, Paul Hartnoll (Orbital) y, alucina, Philip Glass, algo que debería saber ya Alex Ross para animarse a crear metáforas que describan esta experiencia de jugar con música. Y un guiño evidente: si Rez cogía su nombre de aquel himno trance homónimo que sirvió a Underworld de cara b para el trainspottiniano Born Slipy, el juego de Zoë Mode no puede más que ser un eco del Chime verdadero, el hit raver de Orbital de principios de los 90.

Crónica Primavera Sound 2010: esplendor y mugre en Barcelona

In Dance usted, Hooliganeo, NoFicción, Nostalgia de mierda, Ruidismo on 31 mayo, 2010 at 1:19 am

Jueves 27 de mayo: no es mugre todo lo que reluce

Dos maneras de comerse un filete: atacando el centro, donde está la chicha y la sangre, o devorarlo desde los márgenes, buscando el nervio y sin evitar la grasa, que es donde muchos encuentran la gracia. El suculento Primavera Sound se presta a meter cuchillo de ambas formas, en función del hambre del oyente, que en ningún caso se va del recinto con el estómago en su sitio. El jueves arrancó la primera jornada con la mirada puesta en marcas anteriores: más actuaciones que nunca y la previsión de que se tocará techo en asistencia, unas 100.000 personas a lo largo de tres días. Proteínas por un tubo, que para eso el festival cumple diez ediciones. Felicidades.

La chicha: los noventa son nuestros. No es que la década de Kurt Cobain esté de nuevo aquí: es que en el caso del Primavera Sound, nunca se fue. El jueves The Fall fueron los encargados de recordarnos que el mundo ya existía antes. Dicen que su líder, Mark E. Smith, ha perdido kilos pero en escena no le falta ni un gramo de mala hostia. Su banda suena actualmente antipática, por aquello de buscarle coartada con la crisis económica, y sus estallidos encuentran equilibrio en los recitados verborréicos marca de la casa, como un mantra cabreado y hoy algo cascarrabias.

Tras The Fall, con las actuaciones de Superchunk y Pavement, el escenario principal quedó consagrado como templo a la nostalgia. Vale, suenan profesionales (adiós al lo-fi) pero con todo el calor que exigen este tipo de reuniones, en muchas ocasiones fofas y en baja forma. No es el caso de Stephen Malkmus, que lleva más de una década al margen de Pavement, y que se creció bajo unas lucecitas que recordaban a Terror Twilight (1999). El llenazo lo consagró como el concierto del día a nivel popular: el publico llegaba hasta la pradera frente al escenario, donde los que no coreaban sus uh-uh-uhs aprovechaban para echarse un sueñecito. Era la hora de irse al hotel. O visitar la zona del kebab para tomar fuerzas.

Pero no es mugre todo lo que reluce: el escenario ATP ofrecía un viaje por los noventa más experimentales. Es el caso de Circulatory System, proyecto de Will Cullen Hart, uno de los responsables de hacer cool el acid folk desde el colectivo Elephan Six en la época. Su concierto, eso sí, sonó más folk que acid. Y de Tortoise, para recordar que entonces el post-rock llenó páginas sesudas sobre el futuro de las guitarras. Supergrupo de virtuosos, su concierto tuvo algo de fiesta privada, donde son los músicos los que se lo pasan chachi sin importar que el público se quede a medias. Y fue muy noventas incluir Bis, el neo-grunge de Comanechi y hasta Chrome Hoof, capaces de sonar a Chemical Brothers con guitarras de Slash. Aunque para eurodisco, Delorean: ellos han saltado de los ochenta a los noventa para reivindicar el eurobeat, que en el Primavera sonó, ahora sí, a las mil maravillas, y con buena mano para adaptarse al formato directo: coros al cielo y líneas de piano que, recordemos, en su día no eran del gusto de ningún indie kid.

Los márgenes: la radiofórmula desintonizada. Había ganas de ver a The XX y The Big Pink, habituales en las listas de lo mejor del pasado 2009. Los primeros ofrecieron el otro llenazo de la jornada con un concierto que creció como una bola de nieve: tan frágiles, parecen más adecuados para una sala, aunque el repaso de su único disco terminó siendo inmenso (y breve) con Infinity como supernova. Su inusual apuesta por la limpieza y el minimalismo y su apoyo en voces tímidas chocó con The Big Pink, que entraron en escena como elefante con la trompa fuera. Saturados y con mucho de pose, pusieron broche a un concierto oscuro y ruidoso con su gélida y dormilona versión de Sweet Dreams de Beyoncé.

Pero si hay que elegir un concierto sería el de Fuck Buttons. El salto que ha dado el dúo (que ya nos dejó mareados en el Primavera 2008) es espectacular: del amateurismo y onanismo por los cacharros han pasado a ser jefazos de la pista, gracias a Andrew Weatherall, otro nombre imprescindible para entender los 90. Cómo explicarlo: hacen bailar a base de ruido, como una radio desintonizada marcada por arañazos y chirridos. Tenían hasta su propia bola de espejos. En cierta manera, su directo fue como aquel mítico de Animal Collective hace un par de años en cuanto a valentía y entrega de público. Tras ellos, y con los oídos llenos, lo de Moderat, a las 4 de la mañana, no consiguió levantar ni a los que seguían con ganas de fiesta.

[Lista del primer día en Spotify]

Viernes 28 de mayo: Pero siguen siendo los reyes

Después de la calma llega la tormenta. ¿O era al revés? Segunda jornada del Primavera Sound marcada por las aglomeraciones y las actuaciones solapadas, lo que en algunos casos llegó a ser dramático. Hubiera sido un día para no salir del reducido Auditori, aunque allí tampoco había manera de librarse de algunos desajustes en los horarios: ¿Owen Pallet y su proyecto de orquesta-pop a las 16 horas? ¿Pero es que aquí no duerme nadie? Algo similar ocurre con programar a los soleados A Sunny Day in Glasgow a las 18: es una cuestión de luz. Hay demasiada luz.

Mejor arrancar con uno de los hypes de la temporada, Best Coast, que con tres singles y la promesa de un disco ha levantado expectación y más de una ceja. Como una Courtney Love recién encendida (tiene su propio pasado como emergente ídolo pop), la tía encandila aunque su fórmula hoy esté de moda: pop rollo 50-60s difuminado entre capas de baja fidelidad, ecos de California y, ay, un tontorrón magnetismo melódico. Que alguien suba al escenario y le bese, por dios.

Como aquellos que son capaces de predecir el mal tiempo viendo moverse las hojas de los árboles, el inexplicable éxito de público de una propuesta lateral, como es Beak> (proyecto kraut del Portishead Geoff Barrow: menudo directazo fue el suyo) debía habernos avisado de lo que estaba por llegar al escenario ATP.  El horror, el horror: los esperados Beach House y una marea de gente que desde una hora antes se movía torpemente buscando dónde acoplarse, arriba, abajo, a los lados o en el escenario de atrás, donde gracias a su impoluto sonido, cristalino y expansivo, temas como 10 Mile Stereo conseguían colarse entre canción y canción de unos Wire que, siendo ya casi abuelos, no parecen bajar la guardia nunca.

Lo de Wilco, digámoslo ya, es para dormir a las ovejas. Beeeeh. Es decir: nada que objetar a su impecable técnica, un repertorio sobrado y bla-bla-bla, pero no hay que olvidar que son casi habituales cada año en el Primavera y en España, cuyo público les ha visto crecer. ¿Correctos? ¿Profesionales? ¿Es que se podía esperar otra cosa? Lo mejor para despertar fueron Japandroids: nada del otro mundo, más allá de un cabreadísimo dúo formato guitarra-batería que, de nuevo, trae a la cabeza el estruendo de Nirvana.

A partir de aquí la cosa sólo pudo ir a peor. Dramático fue tener que correr para ver quién salía victorioso entre una promesa (Panda Bear), un veterano con tablas y vozarrón (Marc Almond) y una novedad chulísima (Cold Cave). Panda Bear ofreció posiblemente el peor concierto del día: en lugar de playero, su directo fue una versión aguada de Animal Collective o como ver a El Guincho enredado en una eterna prueba de sonido, ante un público desconectado, casi zombie, y encima se permitió el lujo de no tocar sus hits más reconocibles. Almond es de una especie en extinción, entregado y agradecido, pero apenas consiguió llamar la atención de menos de la mitad del aforo del escenario Ray-Ban, que se desangraba para ir a coger sitio para los Pixies. Por eliminación, victoria para Cold Cave con un directo más rudo que en disco, y una facilidad pasmosa para pasar del techno-pop al ruidismo.

Y entonces llegaron los Pixies para salvarnos la vida (y el día). La banda lo había avisado en su Twitter: éxitos de todos los discos y algunos que temas poco tocados desde su reunión en 2004. Su actuación no tuvo nada que ver con el frío espectáculo del Festimad de aquel lejano año; casi se podía apreciar buen rollo entre un Frank Black con el piloto automático y una educadísima Kim Deal. Eso fue lo que ofrecieron ante cientos de móviles que les enfocaban desde la arena: himnos de dos minutos (todos, de las más punk a las más pop, de Debaser a Wave of Mutilation, de Here comes your man al bis Where is my mind?), dos versiones (de Neil Young y Jesus & Mary Chain) y temas que se les resistían, como U-Mass y Dig for Fire. Decir que la gente estuvo como loca (por la pradera corrían chicas en bikini, de verdad que no era una alucinación) es quedarse corto. Salir de allí para ver a otro de los hypes de la temporada, Yeasayer (autores de la tema del anuncio televisivo del festival), tampoco valió la pena, ni siquiera por las pullas al anunciante. Para entonces ya estábamos de vuelta al duro hormigón del Parc del Fòrum. Qué rollo.

[Lista de segundo día en Spotify]

Sábado 30 de mayo: Volando voy, volando vengo

Lo prometido es deuda: visto el sold out del viernes, que hacía del Parc del Fòrum a ratos un infierno con superpoblación (35.000 almas vagando de un escenario a otro), el sábado era obligado hacer parada en el Auditori. Van Dyke Parks (1943), colaborador de Brian Wilson y los Byrds, visitaba Barcelona con un recital centrado en piezas de piano más allá del pop, sin orquesta, con citas añejas al espíritu de Nueva Orleans y mensaje político omnipresente, del racismo al ecologismo (el tema Black Oil está inspirado en el desastre del Prestige, como explicó). Anécdota: en una esquina del anfiteatro estaba sentado J, de Los Planetas.

Pero la actuación que más éxito atrajo en el Auditori fue “Camarón. La leyenda del tiempo 30 años después”, un homenaje all-star a artista y obra tres décadas después, “desde la alegría, no desde la nostalgia”, como dijeron sus responsables, el guitarrista Juan Gómez Chicuelo y el cantaor Duquende. Una propuesta entre el flamenco (que no suele entrar en la programación del festival) y el jazz que emocionaba a la audiencia conforme hacían aparición colaboradores como la bailaora Rafaela Carrasco, y, sobre todo, Kiko Veneno en la recta final. “Un día vino Camarón a mi casa, me escuchó esta canción y desde entonces me ha alegrado la vida”, dijo, para inmediatamente darle al volando voy, volando vengo.

Y volando a la zona de escenarios. Había ganas de ver cómo ha digerido el éxito Florence + The Machine y si sus nuevos temas acentúan su condición de diva pop o le dan nuevos estados de euforia con una banda que no es en absoluto de acompañamiento. De entrada, el exceso de drama de Florence no desentonó en un show onírico, con ese aspecto de haberse saciado en un festín griego, entre su ropa y el arpa. Sus seguidores celebran el histrionismo (hizo cantar Happy Birthday) y ella les regala Dog days are over. Sobre el nuevo material, parece que no se le han subido los pulmones a la cabeza.

Dentro de los homenajes a los 90, en el escenario principal, The Charlatans repasaron entero su disco Some Friendly (1990), y confirmaron que, aunque llenazo, y por comparación, el sábado no pudo haber sold-out. La otra mirada a la década es en dirección opuesta a Madchester: Sunny Day Real State, hardcore hiperemocional desde Seattle, a flor de piel, que es como se veía a su público, ejemplar y endogámico, sentir aquello. Con Gary Numan retrasándose 20 minutos en la otra punta, era la hora de ir a cenar. Con ZA! de fondo.

Pet Shop Boys se repartieron entre su último disco, Yes (estupendas Did you see me coming? y Love etc), y unos grandes éxitos para cualquier público imaginable: Go West, Always on my mind, It’s a Sin o West End Girls. Aparatosos en el escenario (a sus espaldas, un muro de cubos se tira y se levanta una y otra vez, haciendo formas), llegaron a dar pereza en las partes más tranquilas (Being Boring, parece un chiste pero no lo es) y con unos bailarines que lo mismo hacían coreografías tontísimas disfrazados de edificios que escenifican una pelea de pareja entre bailes de salón.

La de Orbital fue la última gran actuación de la noche y del festival por este año (también el último rastro de los 90): menos flexibles que en el SOS de Murcia, consiguen estropear su propia electricidad cuando cuelan fragmentos de Bon Jovi y Berlinda Carlisle. Como si les hiciera falta. Una pena que Health coincidieran en horario. Volando, y viniendo.

[Lista del tercer día en Spotify]

FOTOS: Mª Ángeles Torres

Foals y el baile después del baile

In Believe the hype, Dance usted, Hooliganeo on 17 mayo, 2010 at 8:00 am

Lo de esos grupos que te enamoran con un primer disco es un sinvivir. Me refiero a lo que esperamos de ellos en el segundo y en adelante. Foals me tuvieron en vilo durante meses esperando la continuación de un debutazo como fue Antidotes (2008), en su día algo así como el atajo gimnástico entre los subidones al rojo vivo de Klaxons y la frialdad matemática de Battles. Se ha hecho esperar. Ahora que lo tengo en mis manos, sólo lamento lo inútiles que son las expectativas que nos creamos en estos casos, y lo conservadores que nos volvemos: ay, virgencita, que se queden como están.

Es raro porque en el nuevo Total Life Forever, título chungo donde los haya, hay poco de todo lo anterior. Poco de ese atletismo para la pista de baile que fue Antidotes (Miami podría ser lo más parecido y directo a su pasado hit Cassius). Y menos aún de cuando Foals sonaban como Bloc Party con decorados 8bit en Hummer EP (2007), aunque el single This Orient recuerde, eso sí, en lo malo a la banda de Kele Okereke. Mucho mejor para ellos: su ecuación definitivamente va más allá nu-rave + math rock, que resulta simplista hoy, visto que en la práctica la colorean lo mismo con afro-indie que con ska trompetero.

El sonido de los británicos es de los que ofrecen diferentes escuchas: primero te tocan los hits y los subidones iniciales. Después te atrapa la manera en que se retuercen de ritmos como guillotinas y los pellizcos a las cuerdas. Pero al final, lo que queda es una atmósfera difusa sostenida en el aire, como el vaho. Ofrece un segundo o un tercer subidón, más breve, más hondo, pero excepcional y evocador. Eso que ya estaba en Antidotes (lo mejor de aquel primer disco fueron los estallidos retardados de Olympic Airways, Electric Bloom, Big Big Love y Tron) creo que es lo más atractivo de este segundo.

Total Life Forever lo colocaría más cerca de eso que se llamado post-dance, o a cómo suena la música de baile después de cerrar el chiringuito. Como un eco en la cabeza, el recuerdo dulce y con grano de una canción, el recurso ese de traernos a la memoria y a la piel lo que una vez fue divertido. Como en su portada, hay algo de acuático en esta música de baile. Como en el Subiza de Delorean, hay algo en sordina, como estar en una discoteca con tapones en los oídos, lo que impregna los temas del mismo tono melancólico que el disco Delorean. Y como TV on the radio, lo de Foals es un poco incómodo: primero te meten un algodón en la cabeza y luego pinchan las yemas de los dedos de los pies para hacer que te muevas. ¡Cabrones!

Total Life Forever no es un disco entero. Yo he elegido las partes que más me gustan, pero también muestra otros caminos por lo que hoy transita el grupo y que pueden dar pistas de su futuro: la alargada sombra de Animal Collective está presente también aquí (en el arranque, Blue Blood y Total Life Forever), al igual que el espíritu cavernícola de TV on the Radio (What Remains), lo que dispara su atractivo como tribu pop. Como decía arriba, no me parece que el single This Orient les haga justicia. Es con las más difusas Black Gold, Spanish Sahara, After Glow y 2 Trees cuando se me viene a la cabeza todo este rollo de la fiesta después de la fiesta y en cómo se escuchan las canciones metido en una piscina.

Crónica del SOS 4.8: baile y televisión

In Dance usted, NoFicción, Postmoderneo on 3 mayo, 2010 at 10:06 am

Viernes 30 de abril

Inaugurada queda la temporada festivalera. La propuesta del SOS 4.8 ya se puede considerar consolidada. La primera jornada se cerró el viernes con 35.000 personas, un sold out que no fastidió el buen ritmo, la puntualidad y la ausencia de cuellos de botella: resulta inaudito poder ver a grupos como Los Planetas o Franz Ferdinand casi en primera fila y sin agobios. Es un logro, buscado o no.

En lo musical, fue Carl Craig quien abrió boca a primera hora a base de teoría y se encargó de volver a cerrarlas, con práctica, pasadas las 3 de la mañana: a media tarde, ofreció un encuentro reducido donde repasó los 25 años del nacimiento del techno de Detroit, una fecha que también celebra con una gira titulada D25 y que fue el cierre de la noche. Su charla entroncó el techno con otras músicas de raíz negra y americana, como el jazz, el blues y el góspel, y a Cybotron con Stevie Wonder, “que hacía techno antes de que el techno se llamara así”, dijo.

El público entregó sus primeros piropos a La Bien Querida, hasta llegar a hacer sonrojar a la propia Ana Fernández-Villaverde. Comodidad, buen rollo, todos los clichés del indie pop, pero ventilados con palmas y aires castellanos, además algunos problemas con las guitarras y un invitado: Joe Crepúsculo, que poco después también arrancó su chatarrero directo tras superar líos con los cables y lamentarse por el Barça. En el escenario principal, The Horrors tardaron en ponerse en marcha, pero hicieron entrar en calor: tienen canciones, aunque el sonido expansivo de su último disco, que repasaron entero, no ensucia ni amenaza como debería.

Los Planetas fueron los únicos que triunfaron sin hacer bailar, trasladando al directo su visión del flamenco como punto de partida para tormentas sonoras y largos desarrollos de rock espeso y psicodelia arenosa (Yo no me asomo a la reja, Romance de Juan Osuna) y algunos hits, para que no se diga (Santos que yo te pinte, Rey Sombra). Mientras, en la otra punta, los canadienses Crystal Castles ofrecieron, con todo lo contrario, uno de los mejores directos del festival con un estupendo segundo disco recién lanzado: como robots cortocircuitados, fue un ataque físico de punk digital (Fainting Spells), pop electrónico salvaje (Baptism, Empathy) y dance de calculadora (Suffocation). Algunos estribillos suenan tan averiados que son difíciles de bailar si no es haciendo pogo. Dejaron paso a Uffie, francesa de adopción, un terremoto en maillot que conectó pop y baile a lo Justice con los conceptos de cabaret bizarro y burlesque, a los que el festival presta especial atención.

La traca final insistía en el baile. Franz Ferdinand domina ya de tal manera su directo que, visto una vez, visto todas. Nada que objetar: ha asimilado su último e infravalorado material y la máquina se mueve sola, como los pies de su público. A Hot Chip les falta actitud: tienen canciones y un sonido más orgánico que en estudio, lo que les hace parecer una banda de músicos serios haciendo hits de discoteca, un poco Elton John en versión nerd.

Para actitud, Delorean: había curiosidad por ver cómo los de Zarautz trasladan Subiza, un disco dirigido a la pista pero con un sonido muy particular. Cumplieron creando atmósferas, aunque el público todavía parece encogido, esperando alguno de los bombazos de su aplaudido y popular Ayrton Senna EP para ponerse a saltar. DJ Amable fue el encargado de tomarles el relevo y echar el cierre el chiringuito, para los que aún conservaban los pies en su sitio.

Sábado 1 de mayo

Un susto: la segunda y última jornada del festival Estrella Levante SOS 4.8, que volvió a tocar techo de asistencia el sábado con otras 35.000 personas, comenzó con un chaparrón repentino. El agua impuso que se suspendiera la primera actuación (la de los murcianos Varry Brava, prevista para las 18.30 horas) y obligó a parte del público a buscar refugio en el auditorio y el edificio Mustang (donde tras una lectura de poesía de mano de Houellebecq se proyectaba la película adaptación de su novela La posibilidad de una isla). Aunque los nubarrones se quedaron, la cosa paró y el resto se desarrolló con normalidad.

Un fenómeno extraño: hasta medianoche, un impulso empujaba a la gente hacia el escenario Jägermeister, más modesto y especializado ayer en grupos españoles que ya han tocado al gran público de una manera u otra, como We Are Standard, Dorian y Love of Lesbian. “Desde aquí no se ve el final”, decía desde el escenario uno de los miembros de Dorian, impresionado por aquel mar de cabezas que sabía sus letras. Los afectados fueron los grupos del escenario principal: Mystery Jets, enérgico y poderoso, con un líder que impresiona como Blaine Harrison, que se eleva por momentos de la silla a la que está atado a causa de espina bífida. Y los más hippies y familiares, los componentes de The Magic Numbers, que son como ositos de peluche (son dos parejas de hermanos) y que conectan sin dificultad con el público a la hora de la cena.

Lo que valen las tablas: la leyenda del ska pop Madness era uno de los conciertos que había que ver. Formados en 1976, se mostraron en un estado envidiable: son elásticos y entrañables, impusieron el trote como estado de ánimo y parada obligatoria en sus temas más universales (Our House, It Must Be Love). Y otras dos leyendas del buen rollo cerraron el escenario principal, Orbital y Fatboy Slim, tan curtidas en música de baile para estadios que era imposible fallar. Más atmosféricos, Orbital invita al trance y tiene tantos hits que puede soltar de golpe Lush 3, Satan y Chime para dar la bienvenida. Lo de Fatboy Slim es más homogéneo que etéreo, más físico que mental, y deja impresión de verbena pasada, con los lásers y sus gestos de hooligan animando al personal.

Lo más interesante: a la vez, en el escenario Jägermeister, dos propuestas interesantes que juegan con las imágenes. El misterioso Chris Cunningham, conocido por sus videclips tecno-terroríficos para Aphex Twin, Björk y Madonna, consiguió inquietar alternando ritmos retorcidos y crujientes con ambientes opresivos, mientras pasaba imágenes de su universo, túneles, alienígenas, carne rara y un verde tóxico impregnándolo todo. Addictive TV hizo bailar jugando a poner música a escenas de películas montadas con ritmo y guasa: de Antonio Banderas de mariachi a un Star Trek bailongo, Prodigy con dagas voladoras a Guns N’Roses y después AC/DC para hacer el jevi. Así más o menos.

FOTOS: Equipo Helmet

Delorean: los cuatro vascos que hicieron las Américas

In Dance usted, Versus on 18 abril, 2010 at 12:48 pm

El Delorean, todos se acordarán, era el coche en el que Marty McFly (Michael J. Fox) viajaba en el tiempo en Regreso al futuro. Un icono ochentero que ha servido de inspiración a muchos músicos, especialmente los fetichistas de la época de los sintetizadores y las viejas cassettes. Unai Lezcano, Ekhi Lopetegui, Guillermo Astrain e Igor Escudero, cuatro jovencísimos músicos de Zarautz (Guipúzcoa), tomaron su nombre para montar un grupo que partía precisamente del pop electrónico de los ochenta y de la energía del punk y que, 10 años después de su debut, se enfrenta al éxito de golpe y porrazo.

Ya el año pasado se convirtieron en el hype español por derecho propio, en uno de esos grupos de los que todos hablan y que, inflados como globos, parecen siempre a punto de explotar: con sólo cuatro canciones, recogidas en el Ayrton Senna EP, fueron citados por The Guardian y NME, así como por la influyente web Pitchfork, que puso el acento en el aspecto soleado de su música y que lo incluyó en su lista de lo mejor del año pasado. De ahí a hacer remezclas para Franz Ferdinand y dos de los grupos revelación de 2009, como lo son The XX y The Big Pink, había sólo un paso.

2010 debería ser el año de la explosión. Sin disco en la calle (tras muchos retrasos, Subiza se lanza esta próxima semana), Delorean está en todas partes, incluso en el blog de Justin Timberlake, que los vio en directo en Nueva York hace unos días y aún flipa con una música “que es el equivalente a una noche de euforia salvaje en Barcelona”. A punto de cerrar una gira de cinco semanas por EEUU, que les ha traído portadas de revistas, conciertos con todas las entradas vendidas y un acuerdo con una filial del sello Matador (Cat Power, Sonic Youth y Yo La Tengo) para lanzar su disco en el resto del mundo, se preparan para desembarcar en España: la primera cita es el Festival Estrella Levante SOS 4.8 en Murcia, el fin de semana del 1 de mayo.

En furgoneta por América

¿Estamos ante el fin del boom o al comienzo de algo todavía mayor aún por venir? “Nosotros lo vemos más como el comienzo. Es una recompensa a nuestro trabajo y dedicación, pero no hay que olvidar que el disco aún no ha salido. La cosa pinta bastante bien”, dice Igor Escudero desde la furgoneta que les lleva desde Salt Lake City a Vancouver, “un viaje de 20 horas, el más largo de toda la gira”. Tras Canadá, a Los Ángeles y de vuelta a casa.

Escudero afirma que “la gira está yendo de maravilla”, en gran parte gracias al grupo sueco Miike Snow, al que han teloneado en la mayoría de los conciertos. Pero también a Ayrton Senna EP, “con el que conseguimos estar a la vista de muchísima gente. A todos les gustó y ahora están esperando a ver qué vamos a hacer. Si sales en muchos medios, estás más expuesto. Ahora nos sentimos más en el ojo público que nunca”, dice Igor.

No habrá que esperar: Subiza sale esta semana en España. A principios de junio en el resto del mundo. “Si la gente se esperaba otro Ayrton Senna, ya lo siento…”, dice Escudero sobre el cambio de sonido. “Subiza se acabó antes de que Ayrton Senna explotara mediáticamente. Está hecho sin influencia de crítica o prensa y sin expectativas; tal y como queríamos. Nos hemos dejado la piel”. Además, asegura, “con el EP nos quedamos insatisfechos con respecto al sonido y al acabado de los temas”.

A pesar de que Igor y el resto del grupo “no estamos de acuerdo con que el disco sea más espeso”, Subiza parece volver a poner a cero al grupo, reescribe su sonido y es un álbum que, más que canciones, parece que busca un sonido, un sentimiento, un subidón: es un disco soleado. “Por encima de todo hemos buscado las canciones, más que el disco funcionara como un todo. Queríamos también que sonara denso y que tuviera ese feeling espacial que tiene”, reconoce el batería.

Producido por Chris Coady (!!!, TV On The Radio, Yeah Yeah Yeahs), lo que sí influyó fue el ambiente en el que fue grabado: en Subiza (Pamplona) bajo las órdenes de Hans Krüger. “Es un homenaje al verano que nos pasamos en su casa, con él y su familia, comiendo al sol, y así Estábamos muy relajados. Teníamos piscina, jugábamos al ping pong, comíamos todos los días debajo de un árbol”, recuerda.

Aunque el retraso del disco se debe “a asuntos burocráticos”, a lo tonto, Subiza está listo para el sol y la playa, algo que “nos beneficia para que la gente lo asocie con el rollo veraniego, pero es pura casualidad”.

Ecuación pop

Black box
“Un grupo de house noventero. Casi todas las líneas de piano están inspirados en ellos”, dice Igor.

+

Phoenix

De la banda francesa, maestra en lanzar torpedos musicales, han cogido, “sobre todo, las guitarras”.

+

My Bloody Valentine

El grupo que hizo del estudio un instrumento más les ha influido a la hora de buscar “la densidad”.

=

Delorean

La mezcla de guitarras y pista de baile no se corta: nueve temas enérgicos con atmósfera propia.

Subiza, el disco del verano

‘Subiza’ suena cálido y espeso, húmedo, como el interior de una discoteca. Y refleja la evolución de un grupo que siempre ha dirigido sus esfuerzos a la pista de baile, alrededor de la que sigue mutando: del pop electrónico y oscuro de New Order y The Cure de hace una década, a las guitarras incendiarias de Radio 4, los ritmos trotones de The Faint y !!! y los láseres y robots de Daft Punk. ‘Subiza’ reivindica el ‘house’ noventero, el italo disco y los ‘balearic beats’, con piano y mujer al frente. Su logro es ampliar el espectro con guitarras y una mezcla “más pop, más indie”, menos ácido que Primal Scream y menos ‘hooligan’ que Happy Mondays, pero por ahí. El final del disco muestra por dónde podrían ir en el futuro, a un terreno cercano a El Guincho y Animal Collective. El reto es superar un disco así.

Happy Mondays: El grupo con el que los indies tomaron ácido

In Dance usted, Hooliganeo, Mareo on 24 febrero, 2010 at 12:45 am

Si finalmente los duros punk-rockers se soltaron tomando ácido gracias a los Flaming Lips, lo mismo podríamos decir que le ocurrieron a los indie kids con Happy Mondays: el grupo más gamberro de Manchester supo unir el espíritu del pop tradicional inglés con la nueva cultura emergente de baile, el house y las raves, en un momento único e irrepetible de la historia de la música y, desde entonces, nada ha vuelto a ser igual en el planeta pop. Empezando por la ciudad que acogió el fenómeno a finales de los años 80 y principios de los 90, y que cambió su nombre para siempre gracias a un tema de la banda que resumía a la perfección el estado de la ciudad y de sus habitantes: Madchester.

La decisión de Rhino de reeditar las dos “obras maestras” de la banda, el casi iniciático Bummed (1988) y el hiperactivo Pills’n'thrills and bellyaches (1990), puede servir de excusa para traernos de vuelta a esta versión macarra de Sly & The Family Stone, tal y como describió una vez al grupo su líder y vocalista, Shaun Ryder, aunque luego no recordara haberlo dicho. Y más cuando el año pasado el grupo anunciaba su vuelta a los ruedos tras casi 15 años con un disco flojete (que parecía mirar a Jamaica más que a Inglaterra) y una gira que demostró que los años no pasan en balde, sobre todo para los chicos que han
sido malotes.

Rock se escribe con ‘E’

Según Nathan McGough, el que fuera manager del grupo y quien les consiguió el primer contrato con el sello Factory, con Bummed, todos lo tenían claro: tanto él como Tony Wilson, capo de la mítica discográfica, “queríamos que Bummed fuera un álbum de éxtasis: el primer disco de rock hecho nunca con éxtasis”. Una vez escuchado el resultado, dijo que le parecía “el acontecimiento más importante ocurrido a la juventud desde el punk rock”.

El New Musical Express le puso entonces un 9 sobre 10 y aseguraba que éste sería tú disco “si te gusta la energía del acid y lo agresivo del buen rock independiente”, marcado con unos personajes sacados de Dennis Hopper, Charlie Bukowski, Hunter S. Thompson y Johnny Rotten.

Pero lo que realmente constituyó un acontecimiento fue ver al grupo tocar en un histórico Top of the Pops (los 40 principales británicos) junto a Stone Roses, otro nombre fundamental del sonido madchester. Poco después vendría la mejor época del grupo, sus colabroaciones con DJs como Paul Oakenfold, su entrada en un Top 5 británico dominado por gente como Phil Collins y Chris Rea, y la publicación de este Pills’n'Thrills and Bellyaches, no sólo su mejor disco sino, tal y como dice Joan S. Luna en Mondosonoro, el primer gran disco de los 90 y eso que la década no había hecho más que comenzar.

Publicado en Público.es el 21/1/2008

Tron (Is A Great Film)

In Dance usted, De culto, Gamefilia, Pildorazos, Postmoderneo on 30 enero, 2010 at 8:11 pm

De los autores de Cassius is over! Cassius away!

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Publicado en Gamefilia el 24/1/2009