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‘Jackass 3D’: el arte de hacer(te) papilla

In Carne con moratones, Hooliganeo on 3 noviembre, 2010 at 7:51 pm

“Peligro, mierda y pota. De eso va este pelicula. Y sex-appeal”, suelta a la cámara alguien del equipo de Jackass 3D después de realizar con éxito una proeza asombrosa: convertir una letrina de plástico, de esas que se encuentran en cualquier obra, llena de excrementos de perro, en una coctelera gigante con la ayuda de una grúa y unos cables elásticos. En el interior, Steve-O, uno de los chicos con los huesos de goma que forman la troupe Jackass, es fijado con arnés. La idea es que la letrina suba y baje suspendida en el aire, víctima de su peso. Una cámara desde dentro recoge el vaivén interno, los perdigones marrones y la espuma sucia bañando en ralentí al pobre Steve-O, que tras el viaje no puede sino vomitar. Prueba superada.

La propuesta de Jackass no es muy diferente a la del maravilloso hombre-bala del circo: el público no sabe qué es mejor, si que sea lanzado con éxito desde el cañón o que se la pegue. Qué risa. Ya desde su logo, una calavera de pirata apoyada en dos muletas, se ha convertido en una marca que transmite ingenio, dolor, carcajadas y asco a partes iguales. Y no es más descerebrado que muchos realities que se ven hoy por la tele: Jackass es un hijo natural de la MTV y de aquellos vídeos caseros de skate que lucían caídas aparatosas en el asfalto (de ahí procede su principal artífice, Johnny Knoxville, y el resto de dummies kamikazes que se juegan los dientes). Hace del daño y el ridículo ajenos una válvula de escape para el espectador, que tras los “accidentes” tiende a cubrirse porque el dolor traspasa la pantalla.

Jackass es muchas cosas, y ninguna es estúpida. Incluso experimenta a su manera (colocarse delante del motor de un avión, a ver si sales volando, sólo puede calificarse de experimento). Pero sobre todo es una comedia como la copa de un pino, que no tiene miedo a usar recursos con mala fama (cámaras ocultas, tomas falsas, escatología, la risa políticamente incorrecta a costa de enanos, viejos y gordos, el recurso del cazador cazado) y que prescinde del argumento para hacer del gag su trofeo, como una película muda que captura una caída con una cáscara de plátano. Jackass es punk rock, cine peligroso, rápido, físico, bárbaro, nihilista y espectacular (ahora sí: las 3D muestran las explosiones desde dentro). Cualquier lectura sesuda sobre los valores que transmite sobra porque consigue su objetivo: dejarte hecho papilla en la butaca. Prueba superada.

Publicada hoy en Público.

Pildorazo: We Are Scientists – Goal! England

In Hooliganeo, Pildorazos on 9 junio, 2010 at 5:19 pm

We Are Scientists se ponen hooligans para el mundial.

Crónica Primavera Sound 2010: esplendor y mugre en Barcelona

In Dance usted, Hooliganeo, NoFicción, Nostalgia de mierda, Ruidismo on 31 mayo, 2010 at 1:19 am

Jueves 27 de mayo: no es mugre todo lo que reluce

Dos maneras de comerse un filete: atacando el centro, donde está la chicha y la sangre, o devorarlo desde los márgenes, buscando el nervio y sin evitar la grasa, que es donde muchos encuentran la gracia. El suculento Primavera Sound se presta a meter cuchillo de ambas formas, en función del hambre del oyente, que en ningún caso se va del recinto con el estómago en su sitio. El jueves arrancó la primera jornada con la mirada puesta en marcas anteriores: más actuaciones que nunca y la previsión de que se tocará techo en asistencia, unas 100.000 personas a lo largo de tres días. Proteínas por un tubo, que para eso el festival cumple diez ediciones. Felicidades.

La chicha: los noventa son nuestros. No es que la década de Kurt Cobain esté de nuevo aquí: es que en el caso del Primavera Sound, nunca se fue. El jueves The Fall fueron los encargados de recordarnos que el mundo ya existía antes. Dicen que su líder, Mark E. Smith, ha perdido kilos pero en escena no le falta ni un gramo de mala hostia. Su banda suena actualmente antipática, por aquello de buscarle coartada con la crisis económica, y sus estallidos encuentran equilibrio en los recitados verborréicos marca de la casa, como un mantra cabreado y hoy algo cascarrabias.

Tras The Fall, con las actuaciones de Superchunk y Pavement, el escenario principal quedó consagrado como templo a la nostalgia. Vale, suenan profesionales (adiós al lo-fi) pero con todo el calor que exigen este tipo de reuniones, en muchas ocasiones fofas y en baja forma. No es el caso de Stephen Malkmus, que lleva más de una década al margen de Pavement, y que se creció bajo unas lucecitas que recordaban a Terror Twilight (1999). El llenazo lo consagró como el concierto del día a nivel popular: el publico llegaba hasta la pradera frente al escenario, donde los que no coreaban sus uh-uh-uhs aprovechaban para echarse un sueñecito. Era la hora de irse al hotel. O visitar la zona del kebab para tomar fuerzas.

Pero no es mugre todo lo que reluce: el escenario ATP ofrecía un viaje por los noventa más experimentales. Es el caso de Circulatory System, proyecto de Will Cullen Hart, uno de los responsables de hacer cool el acid folk desde el colectivo Elephan Six en la época. Su concierto, eso sí, sonó más folk que acid. Y de Tortoise, para recordar que entonces el post-rock llenó páginas sesudas sobre el futuro de las guitarras. Supergrupo de virtuosos, su concierto tuvo algo de fiesta privada, donde son los músicos los que se lo pasan chachi sin importar que el público se quede a medias. Y fue muy noventas incluir Bis, el neo-grunge de Comanechi y hasta Chrome Hoof, capaces de sonar a Chemical Brothers con guitarras de Slash. Aunque para eurodisco, Delorean: ellos han saltado de los ochenta a los noventa para reivindicar el eurobeat, que en el Primavera sonó, ahora sí, a las mil maravillas, y con buena mano para adaptarse al formato directo: coros al cielo y líneas de piano que, recordemos, en su día no eran del gusto de ningún indie kid.

Los márgenes: la radiofórmula desintonizada. Había ganas de ver a The XX y The Big Pink, habituales en las listas de lo mejor del pasado 2009. Los primeros ofrecieron el otro llenazo de la jornada con un concierto que creció como una bola de nieve: tan frágiles, parecen más adecuados para una sala, aunque el repaso de su único disco terminó siendo inmenso (y breve) con Infinity como supernova. Su inusual apuesta por la limpieza y el minimalismo y su apoyo en voces tímidas chocó con The Big Pink, que entraron en escena como elefante con la trompa fuera. Saturados y con mucho de pose, pusieron broche a un concierto oscuro y ruidoso con su gélida y dormilona versión de Sweet Dreams de Beyoncé.

Pero si hay que elegir un concierto sería el de Fuck Buttons. El salto que ha dado el dúo (que ya nos dejó mareados en el Primavera 2008) es espectacular: del amateurismo y onanismo por los cacharros han pasado a ser jefazos de la pista, gracias a Andrew Weatherall, otro nombre imprescindible para entender los 90. Cómo explicarlo: hacen bailar a base de ruido, como una radio desintonizada marcada por arañazos y chirridos. Tenían hasta su propia bola de espejos. En cierta manera, su directo fue como aquel mítico de Animal Collective hace un par de años en cuanto a valentía y entrega de público. Tras ellos, y con los oídos llenos, lo de Moderat, a las 4 de la mañana, no consiguió levantar ni a los que seguían con ganas de fiesta.

[Lista del primer día en Spotify]

Viernes 28 de mayo: Pero siguen siendo los reyes

Después de la calma llega la tormenta. ¿O era al revés? Segunda jornada del Primavera Sound marcada por las aglomeraciones y las actuaciones solapadas, lo que en algunos casos llegó a ser dramático. Hubiera sido un día para no salir del reducido Auditori, aunque allí tampoco había manera de librarse de algunos desajustes en los horarios: ¿Owen Pallet y su proyecto de orquesta-pop a las 16 horas? ¿Pero es que aquí no duerme nadie? Algo similar ocurre con programar a los soleados A Sunny Day in Glasgow a las 18: es una cuestión de luz. Hay demasiada luz.

Mejor arrancar con uno de los hypes de la temporada, Best Coast, que con tres singles y la promesa de un disco ha levantado expectación y más de una ceja. Como una Courtney Love recién encendida (tiene su propio pasado como emergente ídolo pop), la tía encandila aunque su fórmula hoy esté de moda: pop rollo 50-60s difuminado entre capas de baja fidelidad, ecos de California y, ay, un tontorrón magnetismo melódico. Que alguien suba al escenario y le bese, por dios.

Como aquellos que son capaces de predecir el mal tiempo viendo moverse las hojas de los árboles, el inexplicable éxito de público de una propuesta lateral, como es Beak> (proyecto kraut del Portishead Geoff Barrow: menudo directazo fue el suyo) debía habernos avisado de lo que estaba por llegar al escenario ATP.  El horror, el horror: los esperados Beach House y una marea de gente que desde una hora antes se movía torpemente buscando dónde acoplarse, arriba, abajo, a los lados o en el escenario de atrás, donde gracias a su impoluto sonido, cristalino y expansivo, temas como 10 Mile Stereo conseguían colarse entre canción y canción de unos Wire que, siendo ya casi abuelos, no parecen bajar la guardia nunca.

Lo de Wilco, digámoslo ya, es para dormir a las ovejas. Beeeeh. Es decir: nada que objetar a su impecable técnica, un repertorio sobrado y bla-bla-bla, pero no hay que olvidar que son casi habituales cada año en el Primavera y en España, cuyo público les ha visto crecer. ¿Correctos? ¿Profesionales? ¿Es que se podía esperar otra cosa? Lo mejor para despertar fueron Japandroids: nada del otro mundo, más allá de un cabreadísimo dúo formato guitarra-batería que, de nuevo, trae a la cabeza el estruendo de Nirvana.

A partir de aquí la cosa sólo pudo ir a peor. Dramático fue tener que correr para ver quién salía victorioso entre una promesa (Panda Bear), un veterano con tablas y vozarrón (Marc Almond) y una novedad chulísima (Cold Cave). Panda Bear ofreció posiblemente el peor concierto del día: en lugar de playero, su directo fue una versión aguada de Animal Collective o como ver a El Guincho enredado en una eterna prueba de sonido, ante un público desconectado, casi zombie, y encima se permitió el lujo de no tocar sus hits más reconocibles. Almond es de una especie en extinción, entregado y agradecido, pero apenas consiguió llamar la atención de menos de la mitad del aforo del escenario Ray-Ban, que se desangraba para ir a coger sitio para los Pixies. Por eliminación, victoria para Cold Cave con un directo más rudo que en disco, y una facilidad pasmosa para pasar del techno-pop al ruidismo.

Y entonces llegaron los Pixies para salvarnos la vida (y el día). La banda lo había avisado en su Twitter: éxitos de todos los discos y algunos que temas poco tocados desde su reunión en 2004. Su actuación no tuvo nada que ver con el frío espectáculo del Festimad de aquel lejano año; casi se podía apreciar buen rollo entre un Frank Black con el piloto automático y una educadísima Kim Deal. Eso fue lo que ofrecieron ante cientos de móviles que les enfocaban desde la arena: himnos de dos minutos (todos, de las más punk a las más pop, de Debaser a Wave of Mutilation, de Here comes your man al bis Where is my mind?), dos versiones (de Neil Young y Jesus & Mary Chain) y temas que se les resistían, como U-Mass y Dig for Fire. Decir que la gente estuvo como loca (por la pradera corrían chicas en bikini, de verdad que no era una alucinación) es quedarse corto. Salir de allí para ver a otro de los hypes de la temporada, Yeasayer (autores de la tema del anuncio televisivo del festival), tampoco valió la pena, ni siquiera por las pullas al anunciante. Para entonces ya estábamos de vuelta al duro hormigón del Parc del Fòrum. Qué rollo.

[Lista de segundo día en Spotify]

Sábado 30 de mayo: Volando voy, volando vengo

Lo prometido es deuda: visto el sold out del viernes, que hacía del Parc del Fòrum a ratos un infierno con superpoblación (35.000 almas vagando de un escenario a otro), el sábado era obligado hacer parada en el Auditori. Van Dyke Parks (1943), colaborador de Brian Wilson y los Byrds, visitaba Barcelona con un recital centrado en piezas de piano más allá del pop, sin orquesta, con citas añejas al espíritu de Nueva Orleans y mensaje político omnipresente, del racismo al ecologismo (el tema Black Oil está inspirado en el desastre del Prestige, como explicó). Anécdota: en una esquina del anfiteatro estaba sentado J, de Los Planetas.

Pero la actuación que más éxito atrajo en el Auditori fue “Camarón. La leyenda del tiempo 30 años después”, un homenaje all-star a artista y obra tres décadas después, “desde la alegría, no desde la nostalgia”, como dijeron sus responsables, el guitarrista Juan Gómez Chicuelo y el cantaor Duquende. Una propuesta entre el flamenco (que no suele entrar en la programación del festival) y el jazz que emocionaba a la audiencia conforme hacían aparición colaboradores como la bailaora Rafaela Carrasco, y, sobre todo, Kiko Veneno en la recta final. “Un día vino Camarón a mi casa, me escuchó esta canción y desde entonces me ha alegrado la vida”, dijo, para inmediatamente darle al volando voy, volando vengo.

Y volando a la zona de escenarios. Había ganas de ver cómo ha digerido el éxito Florence + The Machine y si sus nuevos temas acentúan su condición de diva pop o le dan nuevos estados de euforia con una banda que no es en absoluto de acompañamiento. De entrada, el exceso de drama de Florence no desentonó en un show onírico, con ese aspecto de haberse saciado en un festín griego, entre su ropa y el arpa. Sus seguidores celebran el histrionismo (hizo cantar Happy Birthday) y ella les regala Dog days are over. Sobre el nuevo material, parece que no se le han subido los pulmones a la cabeza.

Dentro de los homenajes a los 90, en el escenario principal, The Charlatans repasaron entero su disco Some Friendly (1990), y confirmaron que, aunque llenazo, y por comparación, el sábado no pudo haber sold-out. La otra mirada a la década es en dirección opuesta a Madchester: Sunny Day Real State, hardcore hiperemocional desde Seattle, a flor de piel, que es como se veía a su público, ejemplar y endogámico, sentir aquello. Con Gary Numan retrasándose 20 minutos en la otra punta, era la hora de ir a cenar. Con ZA! de fondo.

Pet Shop Boys se repartieron entre su último disco, Yes (estupendas Did you see me coming? y Love etc), y unos grandes éxitos para cualquier público imaginable: Go West, Always on my mind, It’s a Sin o West End Girls. Aparatosos en el escenario (a sus espaldas, un muro de cubos se tira y se levanta una y otra vez, haciendo formas), llegaron a dar pereza en las partes más tranquilas (Being Boring, parece un chiste pero no lo es) y con unos bailarines que lo mismo hacían coreografías tontísimas disfrazados de edificios que escenifican una pelea de pareja entre bailes de salón.

La de Orbital fue la última gran actuación de la noche y del festival por este año (también el último rastro de los 90): menos flexibles que en el SOS de Murcia, consiguen estropear su propia electricidad cuando cuelan fragmentos de Bon Jovi y Berlinda Carlisle. Como si les hiciera falta. Una pena que Health coincidieran en horario. Volando, y viniendo.

[Lista del tercer día en Spotify]

FOTOS: Mª Ángeles Torres

Foals y el baile después del baile

In Believe the hype, Dance usted, Hooliganeo on 17 mayo, 2010 at 8:00 am

Lo de esos grupos que te enamoran con un primer disco es un sinvivir. Me refiero a lo que esperamos de ellos en el segundo y en adelante. Foals me tuvieron en vilo durante meses esperando la continuación de un debutazo como fue Antidotes (2008), en su día algo así como el atajo gimnástico entre los subidones al rojo vivo de Klaxons y la frialdad matemática de Battles. Se ha hecho esperar. Ahora que lo tengo en mis manos, sólo lamento lo inútiles que son las expectativas que nos creamos en estos casos, y lo conservadores que nos volvemos: ay, virgencita, que se queden como están.

Es raro porque en el nuevo Total Life Forever, título chungo donde los haya, hay poco de todo lo anterior. Poco de ese atletismo para la pista de baile que fue Antidotes (Miami podría ser lo más parecido y directo a su pasado hit Cassius). Y menos aún de cuando Foals sonaban como Bloc Party con decorados 8bit en Hummer EP (2007), aunque el single This Orient recuerde, eso sí, en lo malo a la banda de Kele Okereke. Mucho mejor para ellos: su ecuación definitivamente va más allá nu-rave + math rock, que resulta simplista hoy, visto que en la práctica la colorean lo mismo con afro-indie que con ska trompetero.

El sonido de los británicos es de los que ofrecen diferentes escuchas: primero te tocan los hits y los subidones iniciales. Después te atrapa la manera en que se retuercen de ritmos como guillotinas y los pellizcos a las cuerdas. Pero al final, lo que queda es una atmósfera difusa sostenida en el aire, como el vaho. Ofrece un segundo o un tercer subidón, más breve, más hondo, pero excepcional y evocador. Eso que ya estaba en Antidotes (lo mejor de aquel primer disco fueron los estallidos retardados de Olympic Airways, Electric Bloom, Big Big Love y Tron) creo que es lo más atractivo de este segundo.

Total Life Forever lo colocaría más cerca de eso que se llamado post-dance, o a cómo suena la música de baile después de cerrar el chiringuito. Como un eco en la cabeza, el recuerdo dulce y con grano de una canción, el recurso ese de traernos a la memoria y a la piel lo que una vez fue divertido. Como en su portada, hay algo de acuático en esta música de baile. Como en el Subiza de Delorean, hay algo en sordina, como estar en una discoteca con tapones en los oídos, lo que impregna los temas del mismo tono melancólico que el disco Delorean. Y como TV on the radio, lo de Foals es un poco incómodo: primero te meten un algodón en la cabeza y luego pinchan las yemas de los dedos de los pies para hacer que te muevas. ¡Cabrones!

Total Life Forever no es un disco entero. Yo he elegido las partes que más me gustan, pero también muestra otros caminos por lo que hoy transita el grupo y que pueden dar pistas de su futuro: la alargada sombra de Animal Collective está presente también aquí (en el arranque, Blue Blood y Total Life Forever), al igual que el espíritu cavernícola de TV on the Radio (What Remains), lo que dispara su atractivo como tribu pop. Como decía arriba, no me parece que el single This Orient les haga justicia. Es con las más difusas Black Gold, Spanish Sahara, After Glow y 2 Trees cuando se me viene a la cabeza todo este rollo de la fiesta después de la fiesta y en cómo se escuchan las canciones metido en una piscina.

Entrevista con Deborah Curtis: “Ian no asumió su enfermedad”

In Hooliganeo, Malditos, Versus on 26 febrero, 2010 at 1:50 am

El 25 de enero de 1978, cuatro veinteañeros de Manchester daban su primer concierto como Joy Division, un nombre usado por los nazis para llamar a las prisioneras que usaban como prostitutas. El 18 de mayo de 1980, su líder, Ian Curtis, se suicidaba en su casa siguiendo el ritual de un mitómano enfermizo: se tomó una jarra de café, vio la película Stroszek de Werner Herzog (sobre un aspirante a músico callejero que se suicida), exprimió una botella de whisky, escuchó The idiot de Iggy Pop y se colgó de un viejo tendedero que tenía en la cocina.

El grupo se encontraba en su mejor momento, a punto de embarcarse en una gira por Norteamérica y con su segundo disco listo para tomar las listas británicas. La muerte de Curtis, rodeada de síntomas típicos de un maníaco-depresivo, como ataques epilépticos, y posiblemente acelerada por el consumo de drogas, terminó por elevar al grupo a la categoría de culto y a su líder, al panteón de poetas malditos de la historia del rock.

Su viuda, Deborah Curtis, lo contó en Touching from a distance. La vida de Ian Curtis y Joy Division (1995; editado en España en 2008 por Metropolitan Ediciones), libro en el que se ha basado el fotógrafo Anton Corbijn (responsable en gran parte de la imagen en blanco y negro de Depeche Mode, U2 y Joy Division) para debutar en el cine con Control, que se estrenó ayer en nuestras pantallas.

Según cuenta Deborah a Público, escribir la biografía “me ayudó a poner los hechos en orden y me dio una excusa para hablar con otras personas sobre lo que había ocurrido. Sin embargo, desde que el libro salió publicado, he averiguado más sobre el trastorno bipolar y siento que entiendo mejor por lo que Ian pasó”.

Pelear por el control

El camino del filme no ha sido fácil, desde malentendidos con el resto de los miembros de la banda (Peter Hook, su bajista, se quejó del “control” excesivo que el cineasta ejerció durante su rodaje) a la hipoteca que, dicen, Corbijn hizo sobre su casa para poder rodar.

En Cannes, el cineasta explicó que Control es “la historia de un amor trágico. Es un filme sobre Ian Curtis, que llegó a ser el cantante de una banda llamada Joy Division. Y que se enredó en una relación al margen de su matrimonio. Pero Control habla también de su epilepsia y de la parte de su vida que no pudo controlar”.

Al igual que los miembros de la banda, Deborah también se sintió fuera del proyecto. “Me hubiera gustado involucrarme más de lo que me dejaron. Anton usó mi libro como punto de partida. Le aconsejé sobre determinados aspectos del filme, pero no acogió bien todos mis consejos. Aunque retrató la vida de mi familia, tuve que dejarle hacer su trabajo”, se lamenta.

Control está rodada en estricto blanco y negro, tal y como Corbijn recuerda la época en la que fotografió al grupo, algo quizá demasiado obvio para el ya de por sí universo oscuro del grupo. Deborah nos hace su propia valoración: “Me gustaron mucho las escenas en que Ian y Debbie andan por Barton Street tras una fiesta porque aquello realmente tuvo lugar allí. También me divertí viendo a Debbie conduciendo un Morris como el mío: me trajo muchos recuerdos afectivos. Desafortunadamente, el blanco y negro no muestra el exuberante y verde paisaje de Macclesfield”.

El lado oscuro

Tanto el libro como el filme no temen mostrar a un Curtis obsesionado con el éxito, con sus ídolos, con morir joven y con otros clichés juveniles. Es egoísta y manipulador en su vida privada, especialmente con Deborah, a la que no le preocupa avergonzar delante de su propia familia.

Su viuda se queja incluso de un ambiente machista donde sus preocupaciones no tenían hueco ante el ego desmesurado y la ambición de su marido: “Entonces no me sentí frustrada porque creí totalmente en lo que Ian trataba de conseguir y en su talento fuera de toda duda. Fue sólo después de su muerte cuando me di cuenta de que había descuidado mis ambiciones”.

También muestra la doble cara del cantante en su vida pública: en persona, Curtis era educado aunque reservado; sobre un escenario se transformaba en un punk que no temía romper una botella en el suelo y retozar sobre los cristales mientras interpretaba sus espasmódicos bailes.

En el libro, Deborah deja entrever su poco conocimiento sobre las drogas y sobre la propia enfermedad de Ian. ¿Se podía haber evitado el trágico final? “No estoy segura de si hubiera cambiado algohaber sabido más sobre drogas, epilepsia o depresión. Es muy difícil cuidar de alguien con esa dolencia y antes había todavía menos apoyo para estas enfermedades. Luché muy duro para ayudarle. Lo que sí creo es que todo hubiera sido más fácil si Ian y su familia hubieran asumido su enfermedad: podríamos haber trabajado juntos para superar las dificultades”.

Con todo, es difícil separar a Ian de su propio cliché de maldito y saber a ciencia cierta hasta qué punto es real la imagen que los medios han dado de él. “El Ian que yo conocí fue diferente, él fue mucho más tierno de como es retratado. La violencia de su manera de bailar, sus letras y la expresión de su cara reflejan su juventud. Él era muy joven y la voz con la que hablaba era mucho más suave y más dulce que la voz con la que cantaba”, dice Deborah.

¿Estaría, pues, orgulloso del lugar que ocupa hoy en la historia del rock, algo por lo que dio literalmente su vida? “Creo que Ian estaría verdaderamente emocionado por ser tan admirado. Tiene el lugar en la historia del rock quese merece”, zanja Deborah.

Publicado en Público.es el 8/4/2009

Happy Mondays: El grupo con el que los indies tomaron ácido

In Dance usted, Hooliganeo, Mareo on 24 febrero, 2010 at 12:45 am

Si finalmente los duros punk-rockers se soltaron tomando ácido gracias a los Flaming Lips, lo mismo podríamos decir que le ocurrieron a los indie kids con Happy Mondays: el grupo más gamberro de Manchester supo unir el espíritu del pop tradicional inglés con la nueva cultura emergente de baile, el house y las raves, en un momento único e irrepetible de la historia de la música y, desde entonces, nada ha vuelto a ser igual en el planeta pop. Empezando por la ciudad que acogió el fenómeno a finales de los años 80 y principios de los 90, y que cambió su nombre para siempre gracias a un tema de la banda que resumía a la perfección el estado de la ciudad y de sus habitantes: Madchester.

La decisión de Rhino de reeditar las dos “obras maestras” de la banda, el casi iniciático Bummed (1988) y el hiperactivo Pills’n'thrills and bellyaches (1990), puede servir de excusa para traernos de vuelta a esta versión macarra de Sly & The Family Stone, tal y como describió una vez al grupo su líder y vocalista, Shaun Ryder, aunque luego no recordara haberlo dicho. Y más cuando el año pasado el grupo anunciaba su vuelta a los ruedos tras casi 15 años con un disco flojete (que parecía mirar a Jamaica más que a Inglaterra) y una gira que demostró que los años no pasan en balde, sobre todo para los chicos que han
sido malotes.

Rock se escribe con ‘E’

Según Nathan McGough, el que fuera manager del grupo y quien les consiguió el primer contrato con el sello Factory, con Bummed, todos lo tenían claro: tanto él como Tony Wilson, capo de la mítica discográfica, “queríamos que Bummed fuera un álbum de éxtasis: el primer disco de rock hecho nunca con éxtasis”. Una vez escuchado el resultado, dijo que le parecía “el acontecimiento más importante ocurrido a la juventud desde el punk rock”.

El New Musical Express le puso entonces un 9 sobre 10 y aseguraba que éste sería tú disco “si te gusta la energía del acid y lo agresivo del buen rock independiente”, marcado con unos personajes sacados de Dennis Hopper, Charlie Bukowski, Hunter S. Thompson y Johnny Rotten.

Pero lo que realmente constituyó un acontecimiento fue ver al grupo tocar en un histórico Top of the Pops (los 40 principales británicos) junto a Stone Roses, otro nombre fundamental del sonido madchester. Poco después vendría la mejor época del grupo, sus colabroaciones con DJs como Paul Oakenfold, su entrada en un Top 5 británico dominado por gente como Phil Collins y Chris Rea, y la publicación de este Pills’n'Thrills and Bellyaches, no sólo su mejor disco sino, tal y como dice Joan S. Luna en Mondosonoro, el primer gran disco de los 90 y eso que la década no había hecho más que comenzar.

Publicado en Público.es el 21/1/2008

Historia de un bug en Wallace & Gromit: di sí al gorgonzola

In Cartoon, Gamefilia, Hooliganeo on 8 febrero, 2010 at 1:12 am

Encontrarse con un error de programación en mitad de una partida es una putada pero también tiene su morbo: ponen de manifiesto que quienes están detrás de un videojuego no pueden controlarlo todo como dioses de sus propios mundos ni prever todas las consecuencias de nuestros actos, a qué ajetreo someteremos cada uno de nosotros a los pobres mandos en nuestra intimidad. No me refiero a errores que hacen que nuestro personaje atraviese una pared que debería ser sólida, caiga a un vacío de polígonos y quede atrapado en un loop. Cierto que los bugs pueden verse como minas enterradas por el escenario que saltan cuando menos lo esperas, congelando la imagen en pantalla. Pero yo más bien me refiero al bug como vía de escape, como esas pequeñas puertas que de pronto aparecen en mitad de la nada y te invitan a saltarte las reglas de alguna manera. O al menos, a asumir el riesgo de intentarlo de otra forma. Riesgo porque muchas veces no deja posibilidad de volver atrás en nuestros pasos y corregir lo hecho si la cagamos.

Muchos bugs salen a la luz al intentarnos desviar del “camino oficial” y buscar alternativas, ya sea una alternativa creada de manera explícita por sus autores o alguna nueva, improvisada en función de nuestras peculiaridades como jugadores. El bug que he sufrido en Wallace & Gromit: La amenaza de los abejorros (que es una aventura gráfica clásica click and point, es decir, un poco rácana con los caminos alternativos y dependiente de un guión que marca en fuego cada paso adelante que damos) está contemplado como “alternativa oficial” por la gente de Telltale Games. Yo lo descubrí echando un vistazo a la lista de logros antes de empezar la partida, donde encontré uno titulado: “Nada de gorgonzola”. Descripción: “Completa el Acto 3 sin tocar el gorgonzola”. Misterioso. A por ello.

Historia de un bug #1. En un momento dado, Gromit, el que es perro en la pareja, debe enfrentarse a un enjambre de abejas mutantes en el sótano, cosa que puede hacer de dos formas que en el fondo son la misma, lo que cambia son los objetos que utilizamos. La manera oficial de resolver el problema es con dos trozos de queso distintos, uno de gorgonzola y otro de wensleydale, que debemos colocar en sitios concretos. Hacerlo sólo con uno supone un reto, aunque el hecho de ahorrarnos el trozo de gorgonzola no supone ninguna ventaja con respecto a quien sí lo utilizó.

El problema en Wallace & Gromit es algo que las aventuras gráficas suelen vigilar con muchísimo cuidado: que los objetos clave no desaparezcan de la partida hasta que la situación para la que fueron creados no sea superada. Cuidado, porque en Wallace & Gromit, una vez dicho no al gorgonzola, nada puede traerlo de vuelta aunque aún tengamos pendiente por resolver el puzle, lo que te condena a dar vueltas por los escenarios con la sensación de que falta algo.

Normalmente esa sensación es un espejismo que, tratado con maña en las aventuras gráficas, nos hace creer que estamos atascados cuando en realidad siempre sabemos que no es así, que pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, siempre hay una llave para una cerradura. Por eso podemos probar mil combinaciones de objetos sin miedo a que un paso en falso nos condene. Es básico. En este caso, la evidencia de que el espejismo era algo más serio la encontré en los foros de Telltale. La evaporación del gorgonzola es, en efecto, bug oficial. Recomiendan comenzar de nuevo porque el sistema de grabado de partida de la versión de 360 no permite hacer historial de partidas anteriores, lo que nos permitiría salvar la papeleta. Mierda.

Historia de un bug #2. Ahora que pienso en errores, es imposible no hablar de Oblivion, un juego que se presta a disfrutar buscándole la cosquillas. O por lo menos buscando los límites a las rutinas de sus personajes, que necesariamente son limitados debido al tamaño del juego (mi favorito: acabar con los enemigos desde los tejados). A veces los errores son hasta lógicos. Mi primera gran partida a Oblivion se vio frustrada por el concepto de paso del tiempo que tiene el juego. Y es que, tras algún tiempo prudencial representados en pantalla, los cadáveres de Oblivion (enemigos, aliados caídos, animales) desaparecen sin dejar rastro, algo normal no sólo para parecer verosímil sino porque como información también es información muerta: esos cuerpos no aportan nada al jugador y quitan recursos. Y estaría muy feo pasear por un escenario bélico después de unas horas de partida y no poder recorrerlo por culpa de montañas de cuerpos.

Pues eso, que en Oblivion los cuerpos tienen fecha de caducidad. El bug con el que me topé era ya una celebridad y para PC existía un parche que lo solucionaba, pero no para 360. A grandes rasgos, para poder contar con el beneplácito de una hermandad de magos, debía bucear en un pozo y buscar un anillo en el cuerpo de un ahogado. Lo que me pasó es que, desde que acepté la misión y el cuerpo “apareció” en el pozo, hasta que decidí bajar a registrarlo, pudieron pasar semanas. Es lo que tiene Oblivion: una gran capacidad para crear distracciones. Así que cuando me cansé de corretear por ahí y decidí bajar al pozo, ya no había ni rastro del cuerpo ni de, por tanto, anillo. Nunca volvió, y yo de nuevo tuve que decidir si empezar una partida desde el principio o seguir adelante sabiendo que ya tenía un camino cerrado, lo cual, por otro lado, siempre puede dar pie a su vez a incongruencias nuevas. Viva el lío.

Historia de un bug #3. Muy reciente, este en Sacred 2, con efectos curiosos (e inofensivos) también en los personajes no jugadores. Sacred 2 tiene la peculiaridad de que las misiones secundarias no se desactivan mientras nos encontramos realizando alguna, es decir, mientras avanzamos en un objetivo, podemos ir aceptando nuevos retos, acumulando uno detrás de otro. La idea es que puedes resolverlos en el orden que te venga en gana. En algunas misiones te siguen personajes no jugadores, a los que hay que cuidar porque normalmente (o eso creía yo) pueden morir si en vez de escoltarlos hasta su destino te desvías y los llevas directos a una mazmorra. En mi caso, estoy arrastrando una especie de pijo con túnica morada que, curiosamente, no puede morir porque es invisible para los enemigos y del que no me puedo deshacer porque al llegar a la marca indicada en el mapa como destino no pasa absolutamente nada. Creo incluso que la marca indicada en el mapa también es un bug, porque allí no hay más que unas sillas y unas mesas. A ver qué hago con el tipo este.
Volviendo a Wallace & Gromit, tras el atasco con las abejas, decidí empezar de nuevo y rejugarlo. Total, una vez jugadas, las aventuras gráficas salen solas. Podría dar diez razones por las cuales Wallace & Gromit es una franquicia encantadora, otra razón para rejugarlo (su guión es un ejemplo de cómo una aventura gráfica no tiene que repetir siempre las mismas líneas de diálogo y hacer parecer a sus personajes meros robots) y una más por la que no prestarle tiempo: que tiene bugs. Al menos, uno. Pero aposté por rejugarlo. No es que joderte a mitad justo de partida sea plato agradable, ya lo dije al principio, ni siquiera por una buena causa, pero al menos Wallace  & Gromit se arriesga y corre riesgos para darnos otras oportunidades.

En mi segunda partida seguí sin acercarme al gorgonzola y finalmente lo he conseguido sacar. Aunque no ha sido fácil: tenía pavor a que el bug volviera a aparecer, aunque memoricé bien los patrones. El queso apareció, finalmente, como némesis terrible. El gorgonzola como final boss, como enemigo numero uno. Ya me vale.


Publicado en Gamefilia el 30/6/2009

¡Los Beatles en Rock Band!

In Antiguos Maestros, Gamefilia, Hambre, Hooliganeo, Pildorazos, SuperPop on 30 enero, 2010 at 9:34 pm

Ya es definitivo y oficial, después de que MTV soltara la liebre en octubre: los Beatles contarán con su propio Rock Band, siguiendo el ejemplo de otras bandas como Metallica y Aerosmith, que ya han probado el éxito de los videojuegos musicales en sendas versiones de Guitar Hero. Tal y como está la industria, debe de ser más rentable que cualquier reedición en estuches deluxe.  El grupo, un clásico de la inamovilidad y del combate con dientes por sus derechos, terminó hace poco cayendo bajo la dominación del todopoderoso iTunes (algo que parecía impensable tras su largo contencioso contra Apple), y ahora lo hace bajo el no menos influyente Rock Band. Definitivamente, algo está cambiando. Solo pido una cosa: ¡El Sgt. Pepper completo, por favor!

Más o menos fusilo de la nota de prensa. Se trata de un acuerdo entre Apple Corps, S.A., Harmonix y MTV Games, filial de Viacom’s MTV Networks y será lanzado en una fecha mágica: el 9 del 9 del 2009. Estará disponible en varios formatos (incluido un cofre en edición limitada), para Xbox 360, PlayStation 3 y Wii. Lo mejor está casi al final: “El juego ha sido concebido por Sir Paul McCartney y Ringo Starr, junto con Yoko Ono y Olivia Harrison”. Y se espera un aluvión de material descargable previo pago. Inevitable peaje.

Agridulce como manzanas, pero felices, coño.

Web oficial para fans con nata: http://www.thebeatlesrockband.com/

Publicado en Gamefilia el 5/3/2009