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Mishima, mon amour

In Antiguos Maestros, Queer Conspiracy on 4 diciembre, 2010 at 1:19 pm

 

MISHIMA, EL ÚLTIMO SAMURÁI

Se cumplen 40 años del suicidio del autor japonés más influyente en occidente

 

“Esperaba la muerte como una dulce esperanza”, dejó escrito Yukio Mishima (1925-1970) en Confesiones de una máscara, su obra más autobiográfica. El 25 de noviembre de 1970, a los 45 años, la llevó a cabo abriéndose el vientre mediante la práctica del seppuku (o harakiri), forma tradicional en la cultura japonesa del suicidio y común entre los samuráis, que lo convirtió en héroe en Occidente y en alguien despreciable para su país a partes iguales. Dejó al mundo una vida extrema y un legado literario de, entre otras piezas, 40 novelas, 18 obras de teatro, 20 libros de relatos, otros tantos ensayos y una película, Patriotismo, donde el propio Mishima escenificaba su muerte por seppuku vestido con el uniforme del ejército Imperial. Como dijo su traductor, biógrafo y amigo John Nathan, lo suyo fue una fascinación erótica por la muerte.

Pero además de su obra, fuera de su país dejó una huella todavía más profunda: “A Mishima le debemos en gran parte el interés por lo japonés suscitado en los últimos 50 años en Europa en general y en España en particular”, recuerda Manuel Florentín, editor de Alianza y responsable de la Biblioteca Mishima en esta misma editorial, que estos días saca su artillería en forma de novedades para reinvindicar a un japonés que “todavía es más valorado fuera de Japón: nos sigue atrayendo su genialidad literaria unida a su particular vida y muerte, dentro del contexto cultural japonés”. Fue la puerta para los lectores españoles de autores hoy sobradamente conocidos, desde Kenzaburo Oé a Haruki Murakami, pero también de escritores de generaciones anteriores, como el premio Nobel Yasunari Kawabata y Natsume Soseki. “Fue en su momento el autor japonés más conocido y leído”, remata Florentín.

En primera línea de este “ataque editorial” está la primera traducción directa del japonés de la fundamental, intensa y morbosa Confesiones de una máscara (hasta ahora disponible a partir de una traducción del inglés de Andrés Bosch). Su responsable ha sido Carlos Rubio (junto a Rumi Sato), profesor de literatura japonesa en el CES Felipe II (UCM) y autor de Claves y textos de la literatura japonesa (Cátedra, 2007), el primer manual de literatura japonesa escrito en español. Para Rubio, a Mishima le hubiera gustado el calificativo de maldito, “pero no creo que lo merezca: era un romántico trasnochado que escribía como los ángeles, un autor corroído por un ideario de exaltación de la muerte juvenil y erótica con la que quiso identificarse”, aunque subraya que “ya es hora de separar al Mishima escritor del Mishima de la muerte espectacular, hora de separar excrescencias de sustancias, hora de valorarle como un escritor deslumbrante”. Precisamente Rubio organizó la semana pasada una mesa redonda sobre el japonés en el Círculo de Bellas Artes, junto a Florentín, el escritor Luis Antonio de Villena y la Dra. Kayoko Takagi (UAM).

Entre otras novedades editoriales están las reediciones también por Alianza de El sol y el acero (fundamental para conocer la búsqueda de la belleza en su camino hacia la muerte) y Nieve de primavera, primera de las novelas de la ambiciosa tetralogía El mar de la fertilidad, en la que Mishima ofrece al lector un paseo por el Japón del siglo XX.

La politización del héroe
Dueño de una infancia difícil bajo la presencia asfixiante de una abuela excéntrica y sobreprotectora que le introdujo en la filosofía y la literatura samurái, amante del teatro y del culturismo, atleta e intelectual, casado y homosexual, maldito y patriota, poeta y guerrero, Mishima fue muchas cosas: “Fue un hombre lleno de contradicciones. Por un lado pretendía una vuelta a las tradiciones de un Japón, cada vez más occidentalizado, que las estaba abandonando. Pero al mismo tiempo le gustaba vivir y vestir como un occidental, su casa estaba llena de falsas estatuas griegas y se preocupaba por tener más prestigio en Occidente que en su país”, cuenta Manuel Florentín, para quien su politización se produce a principios de los años 60, en un Japón de movilizaciones de estudiantes izquierdistas contra la presencia norteamericana en el país. Entonces formó el Tate no kai, la Sociedad del Escudo, un ejército sin armas cuya labor sería defender al emperador y devolverle los poderes políticos perdidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Mishima empieza entonces a galopar hacia su identificación con el guerrero enamorado de la muerte”, dice Rubio. Llegó a este destino el 25 de noviembre de 1970, cuando junto a un grupo de cuatro fieles miembros del Tate no kai, toman el Cuartel General de las Fuerzas de Autodefensa, en Tokio y toman preso al jefe del ejército japonés. Tras leer un manifiesto en público desde el balcón en defensa del Emperador y la cultura tradicional, por el que fue abucheado por los soldados, se hace el harakiri.

El ritual, planeado con tiempo por el autor, incluía que uno de sus cadetes le diera el golpe de gracia, cortándole la cabeza. Quería emular, entre otras figuras heróicas, a Saigo Takamori, cuya vida ha sido recreada por Hollywood por Tom Cruise en la película El último samurái. Unas horas antes, había entregado a su editor el que sería su testamento literario y político, el último capítulo de su tetralogía El mar de la fertilidad, y dos años antes había perdido al oportunidad de ganar el Nobel, que finalmente fue para Kawabata. “Ya no tengo más que escribir”, había dicho.

Precisamente otra de las novedades editoriales lanzadas con motivo de este aniversario es la atrevida La cabeza cortada de Yukio Mishima, de Fernando Molero Campos (editorial Berenice), novela que juega con la posibilidad de que su cabeza, tras ser separada del cuerpo, tuviera unos segundos “de vida y lucidez para hacer un repaso de su existencia y obra”. A medio camino entre la realidad y la ficción, ofrece una lectura paralela y complementaria a la de Confesiones de una máscara.

Versión extendida del artículo que publiqué ayer en Público.

Entrevista con Chuck Palahniuk: “Me gusta el porno como declaración política”

In Carne con moratones, Queer Conspiracy, Versus on 3 junio, 2010 at 11:13 am

Inspirado en un hecho real: una mujer, actriz porno para más datos, debe mantener relaciones sexuales con 251 tipos, aspirantes a pasar a la posteridad por participar en el rodaje del mayor número de orgasmos filmados de una sentada. Y lo hacen. El encuentro-orgía, recogido en el documental Sex: The Annabel Chong story (1999), sirvió de punto de partida a Chuck Palahniuk (Portland, Oregon, 1964) para escribir la historia de la novela Snuff, donde una reina del porno llamada Cassie Wright quiere terminar su carrera rompiendo el récord mundial y llegar a los 600 hombres. Palahniuk, invitado hoy en la Feria del Libro de Madrid, donde firmará de 12 a 14 horas (caseta FNAC) y 19 a 21 (Caseta de Casa del Libro), es en persona exactamente la mitad de lo que aparentaba en aquellas fotos de la época de El club de la lucha: vestido con Dockers caqui, camisa rosa y gafas de empollón, es como un nerd inquietante, alguien que puede llegar a dar más miedo con una mirada que toda una gang band al completo.

¿Cómo se toma la tarea de promoción, dejar su casa, deplazarse hasta España y encontrarse con los lectores en Madrid? Es la primera vez que visita la capital.

Es muy emocionante, es algo que me encanta. No te haces una idea de lo pobre que yo era de pequeño y de lo diferente que es esta vida con respecto a cualquier cosa que me hubiera imaginado. Esto es un sueño.

¿No le aburre?

No: conocer a gente nunca es aburrido. Y conocer una ciudad como Madrid es lo opuesto al aburrimiento: es hermosa, interesante.

¿Cómo llegó a la historia de Cassie Wright?

Un amigo me habló de un documental de Annabel Chong, la actriz porno que intentó establecer el récord mundial de actos sexuales. Esto me hizo pensar en si este tipo de películas es degradante para la actriz o, al contrario, le da mucha fuerza. Además quería reflejar todas las emociones no expresadas pero relacionadas con hacer una película así. Por ejemplo: Chong, pionera en este tipo de rodajes, era una persona con una necesidad desesperada de amor y afecto. Se quejaba, cuando hizo la película, de que la mayoría de los actores no eran capaces de rendir profesionalmente, o sea sexualmente: en realidad, la mayor parte sólo querían decirle cuánto la querían, su aprecio infinito como fans.

¿Algo parecido a lo que le ocurre a un escritor con sus seguidores?

Es curioso, pero en mi vida real hay algo que puede ser similar. Cuando voy a un feria o a un acto de firma de libros, siempre me encuentro con cientos de personas haciendo cola para que les firme un libro, lo que es un momento muy emotivo para ellos: todos tienen un montón de emociones guardadas que quieren soltar y que tienen que expresar en un instante, en el momento en que me ven, justo cuando les voy a firmar el libro. Entonces se produce una especie de explosión emocional. Y mantengo con ellos en este sentido una relación no sexual, pero semejante a la de Cassey con sus actores: una larga cola de personas a la espera de que ocurra el momento más emotivo. En muchos se produce esta especie de barullo emocional que hace que a veces reaccionen con enfado, con ira.

Es famoso por la documentación de sus novelas. ¿Cómo investigó para escribir Snuff?

Todos los personajes tienen un conocimiento profundo de algo determinado. Cassey lo sabe todo sobre cómo han muerto los actores famosos y las estrellas de Hollywood o cómo han sufrido como parte de su trabajo. Eso es porque ese conocimiento le sirve de apoyo para conseguir lo que quiere en la novela. Para hacerme con ese corpus de conocimiento hablé con todo el mundo que conozco en el mundo del cine y leí muchísimos libros. Otro ejemplo es Sheila, la ayudante de producción. Ella es muy negativa: nunca se refiera a hombres o actores, sino que utiliza términos peyorativos para referirse a la masturbación. Tuve que encontrar y buscar muchos términos dentro del jerga [de pela-plátanos a limpia-bombillas] para que ella los pudiera utilizar.

¿Es usted consumidor de porno?

Me encanta el porno pero no por las razones clásicas. El atractivo que tiene para mí es que parece que la gente hace lo que hace en las películas porno sin que les de ninguna vergüenza, sin remordimientos. En ese sentido, me atrae el porno como declaración política. Pero desde un punto de vista físico, el porno es un aburrimiento profundo. Siempre empieza, se desarrolla y acaba igual.

¿De alguna manera está usted utilizando el sexo, o sus mecanismos, para enganchar al lector?

No: lo mío está más cerca del asco visceral. La yuxtaposición del sexo, el comer y otros apetitos meramente carnales, en un único lugar, genera un incomodidad, algo que no gusta. Esto es lo que genera tensión y la tensión es transferida físicamente lector, que siente ese asco.

¿Hay en su libro una crítica la industria del porno?

No.

Pero sus descripciones dejan ver una industria mecánica, inhumana.

Es muy interesante cómo cada vez es más frecuente que contratemos a personas para que se expresen por nosotros, porque estamos perdiendo la habilidad de expresarnos. Y también estamos perdiendo la valentía para hacerlo. Por ejemplo: cuando compró una de esas tarjetas de felicitación o de celebración para alguien especial, de esas que dicen te quiero, te quiero, te quiero, lo hacemos porque no somos capaces de expresar estos sentimientos. O cuando compramos un disco donde hay una canción de amor para regalarlo: estamos siempre tratando de encontrar un sustituto, contratar a alguien o algo que exprese nuestros sentimientos en nuestro nombre. La pornografía es algo parecido: una forma, otra vez, de comprar, de contratar algo que exprese una emoción en lugar de hacerlo nosotros.

¿No lo ve como punta de lanza de un negocio que se forra con lo íntimo?

[Risas] No creo… [piensa mucho rato]. No creo que sea un problema creado por el capitalismo, sino más bien un problema resuelto por el capitalismo. Es decir, el capitalismo lo que ha hecho es resolver ese miedo a la intimidad, no generarlo. ¿Cómo? Dándole al individuo la opción de llegar a una especie de falsa intimidad.

Un mal chiste leído en su libro: para que una mujer acepte hacer una película porno le tienes que ofrecer un millón de dólares, pero que para que un hombre lo haga, sólo tienes que pedírselo. ¿Hombres y mujer nos enfrentamos al sexo de manera distinta?

Creo que es más frecuente que las mujeres conciban el sexo como un medio para alcanzar el poder. Para los hombres no tiene nada que ver con ganar poder. En todo caso, se concibe como una recompensa del poder que ya se tiene.

Hay dos leyendas urbanas que me gustaría saber hasta qué punto son verdad: una es la de los niños del porno, que dice que hay un montón de hijos de actrices fruto de las experiencias en rodajes. La otra es eso de que Hitler inventó las muñecas hinchables…

Ambas cosas se suponen que son ciertas, se las he oído a un montón de gente. He entrevistado a personas que pondrían la mano en el fuego por los hijos del porno. Y hay mucha documentación que recoge que las muñecas hinchables nacieron para evitar enfermedades venéreas.

En una entrevista con motivo de su anterior novela, Rant, me adelantó que para la promoción de Snuff en América quería llenar la calle de muñecas hinchables. ¿Pudo hacerlo finalmente?

Sí. Con miles.

¿Y ha utilizado las herramientas de Internet para promoción del libro?

La editorial colgó una entrevista que hice, una entrevista fingida con un travesti que actuaba como la protagonista del libro. Era todo falso.

En Facebook le tengo a usted como amigo… aunque sé que en realidad no es usted, sino uno de sus fans. ¿Qué le parecen las redes sociales?

Nunca he estado en Facebook. Envío muchas cartas, de forma tradicional, pero no tengo Twitter ni participo en las redes sociales.

Se reedita ‘El club de la lucha’. ¿Lo ha releído?

No lo he leído en años. De verdad. Cada vez que releo algo que he escrito siempre encuentro trozos que hubiera querido hacer de otro modo. Y me encuentro con cosas que no hubiera qerido poner, cosas excesivos. Solo me generaría frustración.

Pero entiende que sea el libro más querido por su público.

Sí, lo acepto y está muy bien, pero entiendo que se debe a que se hizo una gran película y que el libro no sería lo que es sin ella.

Un amigo me contó que el episodio que vivió cuando trabajaba con el guión con la gente de Hollywood. Era una historia increíble. ¿Puede contármela?

Tuve que ir a Los Ángeles, donde todo el mundo parece muy guapo, joven y bello. Y sabía que no podía competir con eso aunque lo intentara. Intenté utilizar una crema depilatoria, de esas que usan las mujeres para las piernas, e intenté utilizarlo para quitar todo el pelo de mi cabeza. Lo que pasó es que producto no me quitó todo el pelo, me dejó mechones sueltos, y me quemó el cuero cabelludo. Cuando intenté afeitarme con cuchilla esos mechones, la piel que ya estaba mal se cortó, se vino abajo. Así que cuando llegué a Los Ángeles tenía cortes en la cabeza, el cuero cabelludo quemado, todo infectado por la suciedad y pelo e hilos se me pegaba a la cabeza, porque la tenía muy pegajosa. Después de eso me preocupaba muy poco el aspecto que pudiera tener porque sabía que independiente me de lo que llevara puesto, iba a ser un aspecto terrible. Me di cuenta de que iba a ser el más feo de la sala, lo cual en cierta manera me liberó.

¿Hoy te preocuparía tanto tu imagen pública?

No. No.

En Rant, su estructura quería imitar el modo de edición de una película. ¿Qué ha intentado con Snuff?

He querido dar la sensación de que utilizaba cuatro cámaras diferentes: cada personaje era una cámara distinta. Por ejemplo: cada persona que cuenta lo que ocurre en una escena no participa en ella, sino que está observando, como una cámara, con lo que la perspectiva es distinta que si lo contara como si fuera parte de ella.

¿Sigue luchando contra el cine, la tele y los videojuegos como distracciones a un posible lector? ¿Con qué herramientas?

Lo primero: los libros son consumidos por una pequeña audiencia y de una manera individual, es una actividad solitaria. Es algo que uno hace solo. Y para poder leer un libro el lector tiene que tener cierto nivel de formación, de estudios. Además, los libros permiten contar cosas y temas de un modo diferente al que lo hacen otros medios de difusión que, además, se dirige a muchos tipos de públicos. El lector de libro es todo lo opuesto: lee un libro porque lo elige, no porque se lo sirven en bandeja. El público en otros medios está expuesto a ellos.  Los libros tiene otra ventaja: permiten costar una historia con un coste producción muy alto. Se puede correr el riesgo de contar una historia que una película no se podría permitir por su coste.

Y en los libros se pueden apreciar olores. Las películas está confinadas al sonido y al movimiento. Pero cuando se trata expresar y transmitir olores, sabores y texturas, lo tiene muy difícil. Pero un libro sí que puede transmitir esas sensaciones que producen los olores y sabores con gran eficacia. Las películas siempre se enfrentan a esto: ni el mejor de los actores puede transmitir elementos sensoriales con la eficacia de un escritor.

FOTO: Gabriel Pecot

Los caramelos amargos de Tennessee Williams

In Antiguos Maestros, Queer Conspiracy on 4 mayo, 2010 at 12:20 pm

Amargos y duros como piedras envueltas en celofán, los “caramelos” que forman el libro de relatos Mal trago (editado ahora por primera vez en España por Errata Naturae y cuyo título en inglés es Hard candy) fueron escritos entre 1941 y 1953. Es decir, en el plazo en que Tennessee Williams (1911-1983) pasaba de ser un escritor de piezas para Broadway a convertirse en un popular adaptador de sus propias obras para Hollywood. Además de tener ya sobre su espalda su primer Pulitzer por Un tranvía llamado Deseo.

Por eso cobran valor las nueve historias de Mal trago: la faceta de escritor de relatos de Williams se conoce menos y lo habitual es encasillarlo como dramaturgo e inspirador de grandes películas de Hollywood de los 50. Y tienen su sello: son relatos que pasan de lo dulce a lo amargo, de la infancia a la vejez, del esplendor a la decadencia, y que recorren el universo de tipos y ambientes de Williams, historias imposibles de separar de la obra de un autor cuyos trabajos, ya sea en teatro, relato o novela, se relacionan directamente con sus vivencias y con la sociedad para la que escribió.

Según Rubén Hernández e Irene Antón, responsables de haber “encontrado”, rescatado y traducido esta recopilación para el mercado en castellano, todos sus personajes se encuentran en los límites de lo que denominaríamos normalidad, sobre todo en relación a la época en la que vivió: cien por cien Williams, “mantienen una relación extraña y laxa con el comportamiento socialmente aceptado. Viven enjaulados, atrapados por ese todo social que los rechaza y por eso están atormentados. Sin embargo, no dejan de reírse de sí mismos y de tener una actitud juguetona y positiva frente a la vida, siempre quieren disfrutarla al máximo, entiendan lo que entiendan por disfrutarla”.

Es el caso de Billy y Cora, los protagonistas de Fiesta para dos: un escritor sin futuro entregado a una “existencia sibarítica”, considerado entonces como una “loca”, y una mujer alcohólica, 15 años mayor que él. Ambos se dedican a vivir “la fiesta”, viviendo en hoteles, de ciudad en ciudad, compartiendo lecho y amantes y entumeciendo el paso del tiempo en whiskies dobles con hielo. Y el caso también de Rubio y morena, la historia de otro escritor solitario, víctima de una “impotencia psíquica” ante las mujeres, que encuentra una mujer a su medida en una misteriosa mexicana. La relación entre ambos es otro de estos caramelos duros, algo que resulta a la vez dulce, violento, extraño y con el poso de nostalgia agotada que deja una fiesta a la mañana siguiente.

Una sexualidad corriente

Otras dos historias merecen atención, Caramelos duros y Los misterios del Joy Rio. Los dos relatos son una variación sobre el mismo tema y emplean el mismo decorado, el Joy Rio, un teatro venido a menos y reconvertido en cine, en cuya parte superior mantenían encuentros esporádicos los hombres de la época. “El resultado, sin embargo, es muy diferente y por eso los compiladores originales dejaron ambas versiones”, comentan Hernández y Antón. “Tennessee retrata la homosexualidad de manera muy abierta. Aparece el deseo y ciertas vías y decorados en los que se materializa de una forma llamativamente evidente (en las obras de teatro y otros relatos las referencias suelen ser más veladas). En este sentido, son novedosas”. Un deseo que aparece a la vez como nefasto, con consecuencias que se relacionan con la enfermedad y la muerte.

No son los únicos homosexuales de estas páginas. En el estupendo La similitud entre una funda de violín y un féretro, se muestran los temblores de un niño que cae en la cuenta de su condición de “pequeño monstruo de sensualidad”. Un texto donde se deja ver la melancolía por la infancia del propio autor, con la presencia de la figura de una hermana querida y malograda, como le ocurrió a la de Williams. Una nostalgia que volvió a mostrar en toda su intensidad en El zoo de cristal. De forma análoga, el inaugural Tres jugadores de un juego de verano, “estudio impactante y conmovedor de la desintegración de un individuo”, muestra la misma intensidad y poder que Un tranvía llamado Deseo.

Pero no todo son territorios conocidos. Mal trago esconde también algo que se podría considerar inédito: se trata de Lo que le pasó a la viuda Holly, un texto más fantasioso, casi surrealista, un tono poco conocido en un autor famoso por dejar en su lector un sabor de boca amargo.

Edición de lujo para ‘La casta de los metabarones’

In Carne con moratones, Cartoon, Queer Conspiracy, Sci-fi on 27 marzo, 2010 at 2:22 am

De lo que se trata es de hacer un sacrificio. Por tradición: ocho páginas, que describen el sangriento ritual por el que un padre mutila un oído y parte del lóbulo cerebral derecho de su hijo para sustituirlo por fríos órganos mecánicos (tal y como hizo antes su padre con él mismo y su abuelo y el abuelo de éste con sus propios vástagos), fueron el embrión de una de las historias más grandes jamás escuchadas a lo largo del universo.

Ocho páginas que acabaron siendo doce, y finalmente cerca de 600, para narrar el devenir por el espacio y el tiempo de La Casta de los Metabarones; todo un árbol genealógico narrado en viñetas y trenzado con los huesos y la carne y el metal de los que posiblemente hayan sido la familia de guerreros más salvaje de la Galaxia.

Y de lo que se trata también es de celebrarlo. Ideada ya hace cerca de 15 años bajo la extraña conjunción de dos astros llamados Alejandro Jodorowsky (historia) y Juan Giménez (dibujo) y editada a lo largo de una década por Norma editorial, la serie de Los Metabarones ya tiene edición integral, cortesía del sello Reservoir Books de Mondadori. Así que a robots y humanos no nos queda otra que celebrarlo.

Humanoides asociados

Según recuerdan Jodorowsky y Giménez, lo suyo no fue, ni de lejos, un flechazo a primera vista, a pesar de los puntos en común que se les pueden presuponer a un chileno místico y a un argentino loco por el diseño industrial. Haciendo un poco de memoria, en una entrevista en su página web, Giménez recuerda que fue la editorial francesa Humanoïdes Associés la que los sentó a ambos en la misma mesa.

Allí Jodorowsky planteó su idea primitiva para el Metabarón, “un tipo pelado con una oreja de lata”, donde “un millón de naves atacaban a un millón de tipos. Una historia que al principio me fastidió un poco, porque no era lo mío, hacer esas armaduras y fantasía…”, según el dibujante.

La versión de Jodorowsky del no-romance, incluida en un anexo al final de esta megaedición, no es muy diferente, aunque tiene otro tono: “Gentes malintencionadas se aprovecharon de mi reputación sulfurante para presentarme como un espantoso gurú que va por ahí degollando niños”. Al final, la cosa salió como Jodorowsky intuyó en su día: “El realismo y la sensualidad” de Giménez hizo posible “una epopeya llena de ruido y de furia, de pasión, de dramas, de choque del metal y de la carne, otro aspecto de la ciencia ficción luminosa y espiritual que se había inaugurado con Moebius”.

Sherezade en la Luna

Con sus tradiciones salvajes y su concepción del honor y la nobleza interplanetaria; sus robots serviles y navíos orgánicos; su fauna mutante de arañas gigantes, gatos voladores y monos inteligentes; y su sistema de clases en el que la aristocracia y la piratería se confunden, Los Metabarones “cruza con acierto la estética de la ciencia-ficción con la lírica de los Cuentos de las mil y una noches”, según recoge el escritor Rafael Marín en su serie 50 obras maestras del cómic de ciencia ficción (www.bibliopolis.org/umbrales), donde ocupa el puesto 29.

A grandes rasgos, la serie narra el fulgurante ascenso de los Castaka en un universo en descomposición moral, donde “guerra, poder, religión, ciencia, todo es lucha y degeneración”. Desde sus orígenes, con el tatarabuelo Othon, quien comenzó la tradición de mutilar a su hijo y someterlo a un duro aprendizaje, hasta el último de la estirpe, sin nombre conocido y cuyos robots actúan en esta historia, tal y como decía Marín, como una suerte de Sherezade y su sultán: aburridos ante el paso de las horas, no les queda otra que contarse historias del Metabarón para matar el tiempo. Las mismas leyendas que ahora nos llegan en esta edición absoluta.

Árbol genalógico

Othonel el tatarabuelo
El principio de todo, el pionero en desafiar al Imperio, castrado y casado en dos ocasiones.

Honorata la tatarabuela
Originalmente, una monja-puta concebida como regalo a Othon. Finalmente, la Eva de  esta historia.

Agnar el bisabuelo
Destinado a ser ‘el hermafrodita divino’, su sangre les permitió volar a él y a sus  descendientes.

Oda la bisabuela
Voluptuosa y sensual, se enfrentó a la decapitación de su propio hijo a manos de su marido.

Cabeza de hierro el abuelo
Su mutilación fue la peor: la cabeza. Llegará a ser el más canalla de todos, y casi un robot  completo.

Vicenta la abuela
La más frustrada y noble de las mujeres de la familia y la única que dio a luz a una  hembra.


Aghora el padre-madre
Cerebro de hombre y cuerpo de mujer. La dualidad omnipresente del Metabarón en estado puro.


El sin nombre
Su figura planea, misteriosa, durante las 600 páginas de ‘La casta de los Metabarones’. El guerrero más poderoso de la galaxia pero, también, el último de los Castaka. Se negó a  tener descendencia para no revivir horrores pasados, vistos los estragos causados por su  familia.

Metadiccionario

El lenguaje del futuro: lo que pudo ser y nunca fue

Paleomarx y paleofreud
En el futuro, todo lo que hace referencia al tiempo que vivimos ahora es ‘Paleo’. La historia de los Metabarones está repleta de guiños que, con mucho humor, nos traen a la cabeza ciertos personajes.

Technoaspirinas y technopapas
Las primeras son lo que toman los robots para evitar el dolor de circuitos cuando se calientan o se sobreemocionan. Los Technoobispos y Technocardenales hacen referencia a los cargos eclesiásticos, que llegan, ni mas ni menos, hasta el Technopapa.


¡Mecacretino lo serás tú!

Los insultos ideados por los androides hacen referencia, claro, al cuerpo humano. Junto a este, hay otros, tan directosc omo ‘homeoputa’.

Cetaborgs, tarantulobas y macropiojos
En el futuro, las especies se cruzarán sin límites. También la flora: habrá hasta árboles vampiros.

Alejandro Jodorowsky: “Me interesaba escarbar en la bisexualidad del alma humana”

¿Qué tenía de especial el personaje del Metabarón para que lo sacaras de ‘El Incal’ y le dedicaras una colección propia?
Concebí La Casta de los Metabarones viendo una trilogía de teatro clásico griego, Los  Atridas. Desde el comienzo supe que sería un árbol genealógico. Me interesaba  desarrollarlo porque era el mejor guerrero de la Galaxia, sin piedad, perfecto, libre, desembarazado de cualquier debilidad humana.

¿Cómo conseguiste convencer a Giménez para que dibujara algo que no tenía que ver con su estilo?
Juan Giménez se parece mucho más al Metabarón, espiritual y físicamente. No lo  convencí yo, sino la posibilidad que tuvo de ganar mucho dinero. Dibujar cómic es un oficio de orfebre y el Metabarón es un sagrado mercenario.
¿Crees que hubiera sido posible con otro dibujante? Por ejemplo, con Moebius, a partir de aquellas mismas páginas de “El Incal”.

Con Moebius hubiera sido diferente. No hubiera resultado. Escribir cómics requiere trabajar ligado a la personalidad del dibujante; se escribe parasu estilo. Y Giménez adora las máquinas. Esto me permitió crear robots, navíos espaciales y armas increíbles.  Moebius es aéreo, delicado, espiritual, con una sensibilidad muy distante del todopoderoso mercenario. Las mujeres tienen un papel muy importante. Es más: los Metabarones cada vez van siendo más femeninos.

¿Hasta que punto te interesa esta dualidad?

Estoy cansado de vivir en una civilización donde hace milenios se expulsó a la Diosa Madre y se puso en su lugar a unDios Padre. Cuando se ve una fotografía de los dirigentes del mundo, se observa un conjunto de testículos y falos. Estaba cansado de la proliferación de héroes masculinos en historias monosexuales. Le abrí las puertas de mi imaginación a mujeres igual de poderosas. Más aún: escarbé en el alma humana, donde anida la bisexualidad y mostré el aspecto femenino del macho y el aspecto masculino de la hembra.
Algo personal: preguntado por tu máxima, una vez contestaste: “De joven era ‘Amor y Cultura’. Ahora es ‘¡Nada para mí que no sea también para los otros!”. ¿Podrías profundizar?
Basta de egoísmos primarios. Todos estamos, en un nivel superior, unidos. No somos individuos aislados sino una Humanidad. Cada humano debe aprender a compartir.

¿Has releído ‘La casta de los metabarones’? ¿Cambiarías algo?
No releo. Vivo en el absoluto presente y respeto mi pasado. Y tengo una imaginación exuberante. ¿Para qué modificar historias viejas si puedo inventar nuevas?

Publicado en Público el 15/11/2007

Entrevista a Fernando Grande-Marlaska: “Prefiero la permisividad con las drogas que el prohibicionismo”

In Queer Conspiracy, Versus on 16 marzo, 2010 at 6:06 pm

Superjuez de la Audiencia Nacional. Estudió en La Salle, vivió La Movida en Bilbao y ahora comparte Madrid con su marido, Gorka. De pequeño quería ser…

Estaría fenomenal poder decir que a Fernando Grande-Marlaska (Bilbao, 1962) le influyó el personaje de Lawrence de Arabia en su deseo infantil de ser un trotamundos, pero es que eso es mentira. O en el hecho de ser homosexual, pero es que tampoco. Es más, cuesta encontrarle las cosquillas a alguien con la piel a prueba de balas. Fíjense, que ni siquiera ha aprovechado esta entrevista-viaje para ajustar cuentas con una educación en colegio y universidad católicos. A ellos les debe “el sentido de la disciplina y la responsabilidad”. Ideal para un juez que se sacó las oposiciones escuchando a Sabina, que este verano ha sido proclamado El Gay Más Influyente de España y que prefiere los viernes a los sábados para salir de marcha. “Los domingos, en casa. Leyendo, viendo una película o mirando a las musarañas, que también está muy bien”, reconoce.

¿Trotamundos, decía? “Por darle alguna definición. Siempre que me preguntaban qué quería ser de mayor, sentía esa necesidad de ir a sitios, conocer lugares, gentes, meterme en otros mundos, en otras historias, tanto geográficas como personales. Es esa necesidad de desarraigarme de mi propia realidad y de mi entorno como una forma de conocerme y conocer lo que me rodea”, cuenta en su despacho de la Audiencia Nacional. Pero es paradójico y triste que como superjuez no pueda ni siquiera hacerse una fotografía en su terraza sin que salga el tema de su seguridad.

Rebobinemos. Bilbao, años setenta. Grande-Marlaska practica judo y baloncesto en La Salle, es un buen estudiante (“no tenía sensación de que todo fueran los libros, pero aprobar las asignaturas era algo que no se podía discutir”) y, claro, debe hacer el paripé echándose novia (“algo inherente a mi generación: no teníamos referentes”). ¿Ni siquiera entonces aparecían fisuras en esa imagen de quién era y qué quería? “Fue una etapa difícil. ¿Traumática? No. Ni frustrante. Quizá mi educación fue suficientemente estoica. Nada de conformismo estúpido tipo tengo-que-soportar-todo-lo-que-me-viene-porque-tengo-que-hacerlo, sino que me enseñó a evitar la frustración. A ser consciente de que todas tus aspiraciones emocionales no podían materializarse y que ello no te generara una situación de melancolía o victimismo permanente”.

Avance. Bilbao, años ochenta. Grande-Marlaska estudia Derecho y vive La Movida. “En cierta medida. Bilbao era, en esos años, 1980-1982, bastante moderna, dentro de las ciudades de provincias. Salía mucho. Fueron años vertiginosos”. Una cuadrilla de amigos maja, Interrail en verano y noches bailando, “porque era un bailongo”. Los dos últimos años de carrera fueron peores: “Tuve un desencuentro con amigos, murió mi padre y empezaba a frustrarme no encauzar mi sexualidad. Fueron dos años de soledad, de introspección. No suficientemente agradables”. ¿Una soledad que quizá le ayudó a llevar mejor, poco después, la vida de opositor? “Nada. No creo que el hecho de encontrarte en soledad de una forma permanente pueda ser positivo para nada”.

Stop. Madrid, 2009. Grande-Marlaska es también el nombre de un grupo de pop, que es lo primero que te sale si lo googleas. El de verdad lleva seis años y medio en la capital y bonometro en la cartera. O sea, que aunque ya es superjuez, no vuela.

Se ha casado con Gorka, con quien no se pone de acuerdo en lo de tener niños porque su marido es profesor “y quizá la idea le produce algo de urticaria”. No acostumbra a bajarse nada de Internet y cuando oye “legalización” en el tema de drogas lo tiene claro: “Me genera más miedo el elemento prohibicionista que el de permisividad”.

¿Le reconoce la gente por la calle? “Andando, de vaquero y camiseta, no; pero cuando me siento a tomar algo…” ¿Qué le dicen? ¿Algo malo? “Malo, no. La gente en ese sentido es cobarde”, ríe. Le interesa la política diaria y sobre si le tienta dar el salto: “Decir no es peligroso y falso. No tengo absolutamente claro que lo que hago ahora es lo que quiero hacer el resto de mi vida”.

Entonces, ¿qué va a ser de mayor? “Trotamundos: desarraigarme cada día arraigándome en otros lugares, con otra gente, y luego poder contarlo. Y volver a mi sitio, a regarme, a arraigarme… para volverme adesarraigar”.

7 placeres capitales


01. Un libro: ‘Memorias de Adriano’, de Marguerite Yourcenar

02. Una canción: ‘La chica de ayer’. Nacha Pop

03. Una escapada: Lanzarote

04. Una película: ‘Dersu Uzala’, de Akira Kurosawa

05. Una prenda: Los vaqueros

06. Un plato: Pasta

07. Un icono sexual: James Dean

Publicado en Público.es el 30/8/2009

Foto: Mónica Patxot

Entrevista a Álvaro Pombo: “Yo no soy gay: soy pre-gay”

In Queer Conspiracy, Versus on 22 febrero, 2010 at 1:11 am

Escritor y periodista de fondo. Es un caballero de otra época, de los que prefieren el frac y la soledad de estar bien acompañado por el humo de un cigarro. De pequeño quería ser…

Militar y predicador, pero también médico y actor de teatro. Es como una empanada de aceitunas y cacao: ¿Qué tienen en común todas estas cosas con las que Álvaro Pombo (Santander, 1939) soñaba cuando no pasaba del metro y medio? Pues la ceremonia, la representación, el tinglao, vaya. “Siempre he tenido una vocación expresiva fuerte. Es decir: siempre hice teatro en casa y, posiblemente, lo que me gustaba del médico era la bata. Y las dos cosas más teatrales que había por 1949, cuando tenía diez años, era el Ejército y los obispos. Desfiles, sermones, el público, marchas y saludos solemnes. Tiene mucho que ver con la sucesión de personajes que también se encuentra en mis novelas”, confiesa Pombo hoy, rodeado de libros, mires donde mires en su casa, ya convertido en escritor.

Y visto de cierta manera, escribir es como sermonear o predicar. Sólo hace falta una parroquia de lectores. “Sí, y yo sigo siendo un poco militar. Un no-bohemio. Puede que por mi casa lo parezca, pero no soy un escritor bohemio. Soy madrugador y me acuesto temprano. E hice una carrera que tenía que ver con predicar, como es Filosofía, que entiendo como dramatismo, aunque eso sería largo de explicar”, recorta.

A Pombo, y esto es un aviso a los lectores, le cuesta hablar de sí mismo y de conceptos amplios, como el amor y la amistad. Prefiere definirse con negaciones, como lo del no-bohemio: “No soy autobiográfico. Y no tengo una fórmula para hablar de esas cosas, como tiene todo el mundo. Estamos en la época de la autoayuda. Cualquiera sale en la tele con un libro titulado Cómo conseguir la felicidad. Me quedo pasmado. Usan tópicos y plantillas. ¡Me aburren!”.

Por suerte, la resistencia cede y Pombo recuerda sus años de joven estudiante, aunque lo de joven no fuera precisamente una cualidad a defender entonces. No hay que imaginárselo en el Madrid umbraliano, canalla y desgastado, sino en un Madrid (o un Londres, donde vivió de 1966 a 1977) más bien fantasmal, por donde pasó como una aparición. “Es que mi juventud no se parecía en nada a la vuestra. Ni siquiera físicamente: parecíamos mayores, íbamos con corbata y chaqueta. Y hacíamos una vida muy introvertida. Había que ser mayor. Cuando seas padre, comerás huevos, nos decían. Soberano es cosa de hombres, nos vendían. La juventud no era una etapa en la que pudieras detenerte y no la recuerdo con especial afecto”. Y remata: “No era un aventurero, era una persona gris. Y siempre, un solitario”.

En Pombo todo suena a outsider, a un marginal, y lo dice él mismo, citando un poema propio: “Yo no soy de esta ciudad ni de ninguna / he venido por casualidad y me iré por la noche / aquí no tengo primos ni fantasmas. Así soy yo: un marginal y estoy fuera de todas las observaciones. He sobrevivido por una especie de sino”, completa. Incluido el hecho de ser homosexual en una época donde la visibilidad gay ni se imaginaba.

“Yo soy homosexual antiguo”, ríe, al recordar Brokeback Mountain. “Yo no soy gay, soy pre-gay. Es algo que me dijo Mendicutti una vez. Soy homosexual, pero tengo la edad que tengo y he vivido las experiencias que he vivido. Por eso Brokeback Mountain o Far from heaven me gustan tanto. Reflejan la clase de homosexualidad que he vivido: era una imposibilidad. Uno no salía del armario nunca. Ni yo ni nadie. Hacías lo que podías. El destino de Heath Ledger en la película era el que esperaba a muchos”.

Pombo es un fumador incorregible, y sólo dejó de serlo durante tres años. Fue inevitable volver. “El tabaco es una adicción. Es como las dosis en las anfetas: producen un gran bienestar en la primera toma, que disminuye después. Tienes que tomar más para conseguir el mismo efecto. Acabas enganchado”, puntualiza. Por cierto, ¿puedo preguntarle por las drogas? “Como toda mi generación, he estado enganchado a las anfetas. En mi época se podían comprar en las farmacias. Las tomábamos para estudiar y luego se dejaban, pero debo tener una personalidad adictiva: las usé hasta los 40″.

Entre sus últimos proyectos están un blog sobre Obama (“que dejé porque me daba mucho trabajo”) y una novela de aventuras, La previa muerte del lugarteniente Aloof, a publicar en otoño. No quiere más gatos en casa porque le da pena perderlos, aunque en las paredes hay colgadas fotos junto a, por cierto, dos bicicletas que sigue usando. A pesar de que no deje las negaciones: “No soy un gran viajero. Soy sedentario. Siempre he preferido entrar a salir”.

7 placeres capitales


01. Un libro: ‘Collected Poetry and Prose’. Wallace Stevens

02. Una canción: ‘Corazón, corazón’. José Alfredo Jiménez

03. Una escapada: La bicicleta es el lugar

04. Una película: ‘Brokeback Mountain’

05. Una prenda: El frac

06. Un plato: Pulpo a la gallega

07. Un icono sexual: Alain Delon

Publicado el Público.es el 15/8/2009

Foto: Mónica Patxot

Experimento Homo Ludens: Cristina Peri Rossi juega a la PlayStation

In Gamefilia, Postmoderneo, Queer Conspiracy on 30 enero, 2010 at 10:17 pm

Basado en hechos reales: una poeta en edad de ser abuela, popular por ganar un premio de literatura erótica, se tira tres meses en cama por culpa de un accidente (“me había atropellado un auto”, repite) y mata el tiempo jugando a la Play. De vez en cuando vuelve a la literatura o la televisión, pero sus imágenes le parecen horribles en comparación. Entonces decide escribir algo alegre. Y se convirte en la primera mujer en ganar el premio de poesía Fundación Loewe, gracias a un jurado compuesto por hombres. El poemario se titula Playstation y está editado en Visor, sello español de poesía por excelencia, y aunque no cuenta sus intimidades con el mando, sí que funciona literalmente como plataforma lúdica a una mujer que se toma su vida y su trabajo como un juego: “Si no pedí que me trajeran/ ¿por qué me echan?”, bromea con que será su epitafio. Es Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941), una mujer a quien los sex shop le recuerdan a las jugueterías de su infancia. Es la poesía frente al consolador.

De entrada, Playstation me parece un título perfecto para ilustrar la reafirmación de una mujer que, superados los 60, sigue sin sentirse a gusto en ningún sitio y siendo fiel sólo a sí misma. Sus poemas cuentan historias concretas a partir de sus recuerdos como escritora y como amante, de experiencias cotidianas (conversaciones con su estanquero) y también inspirados en cosas más trascendentales, como sueños recurrentes. Desde la cama, con la pierna en alto, Peri Rossi evoca sus ciudades, a las mujeres a las que amó y algunos sucesos que han marcado en mayor o menos medida el último medio siglo, y enumera: de la muerte de Marilyn a la del Che, de la publicación de Rayuela a la de Cien años de soledad, de la mamada de Clinton a la guerra de Irak, de la Barcelona gay tardofranquista a la revolución queer.

Pero lo más interesante que me plantea Playstation es comprender la relación con la tecnología de alguien que considera que la incomunicación es el gran tema del siglo XX. Alguien a quien le contaron que Google era mejor que la Enciclopedia Británica pero no se lo creyó y que descubrió que en Amazon un tipo vendía camisetas a cincuenta dólares con el lema I love Cristina Peri Rossi, junto a otras dedicadas a George Clooney, Madonna y Michael Jackson (y a quien su abogado le dijo que poner una demanda sería inútil porque tienen “una respuesta robot para todos igual”). Que considera que Internet es creación de una sola persona, Bill Gates, y a quien los cielos estreñidos de Barcelona le recuerdan la melancolía tóxica de los de J. G. Ballard.

Peri Rossi y su libro me han hecho pensar que es la tecnología la que se queda obsoleta: la gente se va actualizando, 20, 40, 60 años. En Fidelidad, poema encargado de abrir Playstation como tarjeta de presentación, la autor es muy clara recordándose a sí misma: “A los veinte años, en Montevideo, escuchaba a Mina cantando Margherita de Cocciante en la pantalla blanca y negra de la Rai junto a la mujer que amaba y me emocionaba”. A los cuarenta, en Estocolmo, con otra mujer y ante un reproductor de cassettes, la misma canción y la misma emoción. A los sesenta, el ritual se repite junto a otra mujer y frente a un youtube. Y la misma emoción. “Luego dicen que no soy una persona fiel”, remata.

Y también me han hecho reflexionar sobre algo tan propio de los videojuegos como es perder. El poema Homo Ludens, dedicado a Johan Huizinga, autor de un estudio con el mismo nombre que vincula el juego al desarrollo cultural del hombre, me ha sorprendido con su conversación sobre hombres, máquinas y algunos sentimientos supuestamente divertidos relacionados con jugar, tan natural como quien habla de lo que ha comprado el día anterior en el supermecado (a pesar de lo snob que resultan los personajes que retrata).

HOMO LUDENS (JOHAN HUIZINGA)

A mi editora también le gusta mucho jugar

­­­­­­–una partida semanal de póquer

con su ex psicoanalista su ex marido

un poeta local que organiza eventos

culturales y otra escritora que la admira­–

¿Por qué no vienes? –me invita

No me gusta jugar contra personas –le respondo

Además cualquiera de ellos me ganaría

es gente con poder

–imagínense el poder de un psicoanalista

o de un organizador de eventos culturales­–

quizás sólo le podría ganar a la escritora que la admira

pero no, porque es simbiótica

se consustancia con ella

además, yo no juego contra personas:

la agresividad de uno contra todos

me agota

Yo sólo juego con las maquinas –le digo a mi editora

Contra ellas, querrás decir –me corrige

No, juego con –respondo,

me acompañan

jugamos juntas

La máquina querrá ganarte –dice, terca

Es un programa –respondo

No hay la menor agresividad personal

Me lo haría a mí o a cualquier otra.

Te pierdes una oportunidad –dice mi editora

Es la primera vez que pierdo

una oportunidad de perder

pienso.

Un curiosidad morbosa después de acabar Playstation. ¿A qué títulos habrá jugado la poeta durante su recuperación? Me resisto a pensar en cosas inofensivas tipo Spyro o Crash Bandicoot. Me gustaría creer que probó algún GTA y se divirtió atropellando a gente y enviándola tres meses al hospital con la pierna en alto. O mejor todavía: me la imagino frente al inminente The Wheelman, que encima se desarrolla en las calles de Barcelona y parece que se presta a los accidentes aparatosos. Que tiemble Pilar Rahola.

Edito: Precisamente el miércoles pasado, el investigador y responsable de ludology.org, Gonzalo Frasca ha estado en Madrid hablando de abuelas y experiencias lúdicas, invitado por ArsGames. Hoy lunes estará en Zemos98, en Sevilla, con un proyecto que analiza videojuegos que intentan “alimentar el espíritu crítico de los jugadores, particularmente en lo referido a temas sociales y políticos”.

Publicado en Gamefilia el 23/3/2009

Sega Bass Fishing: Tom Sawyer es gay (y también le gusta pescar)

In Asuntos internos, D.I.Y., Gamefilia, NoFicción, Queer Conspiracy on 30 enero, 2010 at 9:47 pm

A mi novio le gusta pescar. Yo suelo imaginarme su infancia en plan Tom Sawyer, en una granja en el Brasil rural de los años setenta: hasta arriba de barro seco y con heridas en las rodillas después de un día sofocante, camino de un embarcadero de madera, con una caña al hombro y un lata de lombrices. Aunque ya me ha advertido de que él no corría descalzo. No ha crecido con videojuegos, pero se le dan bastante bien las partidas de billar en el Home. Es decir, ponle frente a algo cuyas reglas conozca y aparece un jugador potencial, con ganas de competición y de echar otra y otra. Así que con Sega Bass Fishing para Wii podía pasarle dos cosas: que su propuesta de trasladar la pesca a un videojuego fracasara por pura ridiculez (viene con “periférico” de plástico para montarte una “caña” con los controles de la consola) o que fuera como darle una raqueta de ping pong a un deportista lesionado. Pasó lo segundo, claro.

Puede parecer una obviedad, pero detrás de este Sega Bass Fishing para Wii (lanzado hace ya casi un año) están las visiones de dos gigantes del videojuego que han hecho mucho por configurar lo que hoy entendemos por ocio interactivo. Un respeto. Lo que tiene su parte buena y su parte mala. La mala es como título ya representó un papel antipático dentro de las estrategias de sobreexplotación de ambas compañías: oh no, otra adaptación más a los particulares controles de la Wii de un título de catálogo. La buena es que pocas compañías hacen sentir tan a gusto a sus jugadores, novatos y bien entrenados. Tienen maestría en exprimir una buena experiencia de juego y sintetizarla, y nunca se olvidan de aportar algo de su inmaterial “encanto de la casa” que nos hace cómplices inmediatos de cada uno de sus artificios.

Porque creo que lo que ha hecho que Sega Bass Fishing funcione (y de qué manera) en una persona ajena incluso al nicho al que va dirigido un videojuego de este tipo, es su planteamiento directo y fácil de asimilar a la primera, alejado de la sobredosis hipertextuales y los menús en cascada que buscan el realismo a través de la acumulación de información detallada. Nada debe asustar más al aficionado al golf que un vistazo a uno de esos sesudos videojuegos (de golf) que cubren su pantalla con parámetros exactos sobre la fuerza y la dirección del viento, como si habitualmente se practicara al aire libre con una calculadora. La típica barra que cambia de color para avisarte de cuándo y cómo tienes que tirar, y poco más.

Lo que importa aquí es pescar y pescar debe ser algo asequible, algo mucho más práctico que teórico. La idea, repito, es lanzar la caña, esperar, recoger y pesar tu pieza, una vez tras otra, en distintos modos que van desde duros y larguísimos torneos al llamado “modo naturaleza”, que excluye cualquier tipo de presión sobre el jugador y lo deja a su aire sin más objetivos que coger peces y disfrutar del sonido ambiente.

En este sentido, el control tan “manual” de la Wii es fundamental para tener éxito. Sega Bass Fishing pretende que la pesca sea algo divertido, más que una experiencia fiel a la realidad y se juega (ahora sí) con las manos y no con la cabeza, aunque hay que tener en cuenta variables como la tensión del sedal, el peso de los cebos, la profundidad de las zonas de pesca, la estación del año y la hora elegida.

No creo que pretenda descubrir a nadie los placeres de esta práctica deportiva que premia la paciencia y fomenta la dilatación del tiempo, o que busque ser su traducción definitiva al videojuego. Y exige algo de nuestra parte para acabar de creernos que estamos sobre una barca, a la caza de una lubina de 18 libras que se mueven en círculos como un tiburón, pero todos los videojuegos exigen un mínimo de implicación. No funcionan de manera automática.

Dicho lo cual,  no sé si tiene sentido hacer un análisis que profundice en aspectos como lo buena o lo mala que es su recreación del agua. ¿Cómo de difícil es “dibujar” un pez y hacerlo parecer eso, más o menos un pez? Sus modelos 3D son más que correctos y se mueven bien en su elemento y los escenarios cumplen su función de atrezzo porque lo importante es lo que ocurre bajo la superficie.

Más importante parecen algunos errores que entorpecen su disfrute, como una cámara que nos deja vendidos detrás de plantas y postes de madera. O un control que a veces cuesta afinar, con la frustración que da “lanzar” el anzuelo diez veces hasta que por fin la “caña” responde y te hace caso. Pero, en general, su control está muy bien calibrado y aunque cuesta más de 15 o 20 minutos hacerse con él, premia que perfeccionemos nuestro estilo, que hagamos las cosas bien.

Me gusta pensar, ahora en plan más ñoño, que todo el mundo tiene su videojuego, sólo tiene que poder encontrarlo entre tanta carátula exagerada de videoclub. Sega y Nintendo han sido responsables de que muchos encontraran su título-llave a esta parte del mundo. Cualquiera de sus videojuegos esconde decenas de razones para convencer al mayor escéptico de la capacidad de este medio para sorprenderse a sí mismo, para alejarse del artificio que en definitiva es y ser una recreación creíble de una (alguna) realidad.

Un ejemplo en Sega Bass Fishing, puro “encanto de la casa” del de antes: tras lanzar el anzuelo al agua, es posible que además de peces, nos encontremos con patos que pasean por el estanque, tortugas o tritones. No podemos cazarlos (aunque es cuestión de tiempo que lo acabemos intentando) pero cumplen una función sutil y se agradecen. “¡Joder, un pato!”, dice riendo mi chico. Y, clic, se produce la magia. Ha dejado de creer que estaba sentado frente a una pecera llena de pescaos bobos y de pronto se siente bajo el aplastante sol un mediodía indeterminado en la otra punta del planeta, como Charlie Brown, estooo, como Tom Sawyer, en el Brasil rural de finales de los setenta.

Epílogo. Mi madre suele soñar con barajas de cartas en movimiento después de una maratón de Solitario de Windows. Mi compañero de piso se ha levantado hoy con los brazos doloridos después de una noche dándole a la caña y al sedal, aunque sólo en su cabeza. Creí que esto podía espantarle de los videojuegos: definitivamente, crean algún tipo de adicción, o al menos, la misma obsesión que dejar sin completar un crucigrama o un puzle de 500 piezas. Qué va: no sé que me ha dicho de colocar la Wii en otra televisión para “jugar con la caña” mientras yo acumulo puntos como un loco para mi perfil en PSN. Lo que me faltaba.

Publicado en Gamefilia el 10/3/2009

Sin sexo en Yermo Capital

In Gamefilia, Queer Conspiracy on 24 enero, 2010 at 3:22 pm

“Esto no es Fable II. Llévate tu frustración sexual a otra parte”, leo en el hilo de un foro extranjero dedicado al apabullante Fallout 3 titulado muy imperativamente “¿¿¿Habéis tenido sexo con prostitutas???”. No sé por qué se indignan: la gente de Bethesda nos lo ha puesto a huevo, dándonos uno de los entornos con más posibilidades de la historia del videojuego y unas expectativas que hablaban de que Fallout 3 trataría temas como la esclavitud, la prostitución, la adicción a las drogas y el canibalismo. Más hardcore imposible.

Y por fortuna esto no es Fable II. Porque ser malo para Peter Molyneux tiene más que ver con cosas como pegarle un guantazo a una pobre e indefensa viejecita o enseñarle el trasero al tonto del pueblo, las típicas maldades que podría hacer el villano de un cuento de Navidad. Después de jugar algo más de 50 horas con Fallout 3 puedo suscribir la lista de delitos de arriba y algunos ya conocidos, como el hurto y la estafa, pero también que el sexo, esa práctica que viene siendo legal y común entre los mortales (y creo que entre los necrófagos también), sexo, más bien poco. Oh, vaya sorpresa.

En este sentido, Fable II, incluso con esa irritante jugabilidad social tipo Los Sims, hace más por la “normalizacion” de la sexualidad (de los personajes) en los videojuegos que el impúdico Fallout 3. Aún estoy alucinando con el educadísimo detalle de Fable de darnos un condón al comienzo de la aventura. Ya podrían todos imitar los aciertos al respecto del reciente Mass Effect, capaz de lograr que notaras que un personaje que te estaba tirando los trastos. Que te estaba seduciendo. Pero Fallout  3 tiene a su lado la rigidez de una tabla de planchar. Un suspenso en educación sexual para los chicos de Bethesda, que por lo demás nos han entregado el mejor videojuego del año.

Publicado en Gamefilia el 19/11/2008