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Música para elefantes: mi 2011 en canciones (parte 1)

In Magia y Psicodelia, NoFicción, Ruidismo on 9 diciembre, 2011 at 1:47 pm

Canciones como elefantes. Majestuosos. Lentos o en estampida, incontrolables. Negrísimos y ásperos. Arenosos. Elefantes indios, de colores. Elefantes de circo. Elefantes que tocan la trompeta. Y elefantes que vuelan. Canciones que se mueven como paquidermos fabulosos. Pum. Pum. Pum. Y que luego estallan en llamas.

1. …And You Will Know Us By The Trail Of Dead: ‘Pure Radio Cosplay’ (Reprise)
2. The Go! Team: ‘T.O.R.N.A.D.O.’
3. Cage the Elephant: ‘Shake Me Down’
4. The Vaccines: ‘Blow It Up’
5. Deerhunter: ‘Desire Lines’
6. M83: ‘Midnight City’
7. The Black Angels: ‘Yellow Elevator #2′
8. Tame Impala: ‘Alter Ego’
9. Battles: ‘Ice Cream’
10. Mogwai: ‘George Square Thatcher Death Party’
11. Justice: ‘Civilization’
12. Games: ‘Midi Drift’
13. Gold Panda: ‘Quitters Ragga’
14. James Blake: ‘Why Don’t You Call Me’
15. Tyler the Creator: ‘Yonkers’
16. Smith Westerns: ‘Smile’

Me guardo las otras canciones de 2011 para una segunda parte. El elefante de la foto lo he cogido de aquí. Es obra de Nick Brandt.

Mogwai Firsts: este sí que es su mejor disco

In Nostalgia de mierda, Ruidismo on 14 marzo, 2011 at 2:03 am

Dando vueltas a cómo escribir una reseña para el blog sobre Hardcore Will Never Die, But You Will, el último disco de Mogwai, he tropezado con varios obstáculos que parecían estar esperándome ahí desde hace años. El primero es que empieza a ser inevitable repetirme. Difícil no hacerlo después de tanto tiempo: llegué a ellos en 1997, durante mi primer verano en Manchester, borracho perdido de prensa musical, y los ví por primera vez en directo en un (hoy) impensable Festimad al año siguiente, donde compartieron escenario con Laika y Dandy Warhols. Desde entonces les he seguido la pista con interés y me han inspirado como pocas bandas, aunque hace tiempo que eso que hacen ha dejado de sorprenderme y he tenido que buscarles en otros grupos, como Fuck Buttons o Nathan Fake. Su gran mérito entonces fue acercarme al post-rock de una manera bastante carnal, nada que ver con lo que el placer cerebral que me producían entonces grupos como Tortoise. Primer cliché: molan porque en vez de jazz echaron Black Sabbath a su música y aquello resultaba que se encendía solo de lo inflamable que era.

Uno tienen una relación muy egoista y particular con los grupos que adora: espera que evolucionen a cada paso que dan, pero sin perder lo que, en sus inicios, hizo que nos rindiéramos antes ellos. Una vez comprobado que la fórmula calma-ruido-calma llevaba a un callejón sin salida, la imagen que me ha ido quedando de sus discos desde Happy Songs for Happy People (2003) es la de un globo que se deshincha con un silbido vergonzoso. El concepto épico aplicado a la música puede ser muy noble para otros (recuerden: ”Music can put the human being in a trance-like state, because music is bigger than words and wider than fiction”), especialmente Sigur Ros, M83 y Explosions in the sky, pero siempre he tenido claro que lo que yo quería era que los nuevos temas de Mogwai fueran más parecidos, no sé, al Arpeggiator de Fugazi o, después, a los discos de Pelican o 65daysofstatic. Segundo cliché: es mejor morir joven que hacerse viejo y quedarse dormido mirándose el ombligo.

Con todo, el gran cliché que me repito una y otra vez desde el blandengue Mr. Beast (2006) es eso de que “el mejor disco de Mogwai aún está por llegar”. Y una mierda. Quince años de carrera no son ninguna tontería para una banda. A muchos con esa edad correríamos hoy a llamarles dinosaurios. Siempre he pensado que Rock Action (2001) fue disco del año para gran parte de la prensa porque en su día no se valoró con suficiente cintura Young Team (1997) y había que hacer justicia. Pero afirmar que el mejor disco de un grupo fue el primero es hacerle un flaco favor. Con todo, me sigue pareciendo que su mejor material es el que va desde Ten Rapid (1997) a EP+6 (2001). Así que la idea de que detrás de Hardcore Will Never Die… estuviera Paul Savage, el mismo que les ayudó a parir Young Team,  disparó mis expectativas. Cuarto cliché: mejor no ir por “Mogwai vuelven por fin a sus orígenes con su nuevo disco” o te la cargas.

Digo todo esto porque del resto de sus trabajos posteriores a 2001, digamos que desde My Father My King, algunos sin escuchar desde hace mucho, mucho tiempo, sólo recordaba con cierto estremecimiento sus primeros temas. Los primeros de cada disco, digo. Pocas cosas me siguen desarmando tanto como Yes! I Am a Long Way From Home y tengo claro que temas como Hunted by a Freak debe estar entre lo mejor del grupo. Esto me llevó a pensar en retomar una lista de Spotify con las gloriosas primeras canciones de mis discos favoritos y, finalmente, a pensar que el mejor disco de Mogwai lo hemos tenido siempre ante nuestras narices: sería una recopilación de sus primeras canciones. Un Mogwai Firsts.

White Noise, el arranque de Hardcore Will Never Die…, además de hacerme llorar con un título que tiene mucho de autoparódico (y el disco entero está plagado de clichés autoparódicos: ahí está la portada del single Mexican Grand Prix, que actualiza la de Ten Rapid, y el final de fiesta en la versión de Spotify, con los 23 minutos de, jojojo, Music for a forgotten future), creo que ha pasado la prueba del algodón. Un amigo me dijo que era un arranque muy sinfónico, lo cual celebro. A mi me parece que desprende melancolía (de la buena) y que funcionaría muy bien como broche para ese disco de primeras canciones, como un canto a lo que pudo ser y no fue, como el recuerdo de lo que Mogwai llegó a significar para mí.

Todas las notas que tomé para la reseña del disco (que si ecos kraut, que si alegría contenida, que si citas a Summer, Tracy y al piano de With Portfolio, que si vuelven a la concreción, que si las concesiones pop, que si funciona como puente a Rock Action), todas esas notas, digo, las tiro a la basura. Y aquí pongo el enlace al disco definitivo de Mogwai, hecho de algunos de los mejores momentos de su carrera. Aclaro que Hardcore will never die… me ha gustado mucho más que cualquier cosa que hayan sacado desde hace diez años. Ahora sólo me falta ver cómo lo defienden en directo en el próximo Primavera Sound.

Me quedo mucho fuera. De entrada, Ex-Cowboy, mi tema favorito y cuya maraña psicodélica planteó un fantasmal camino que nunca volvieron a tomar (si acaso, en Stanley Kubrick). Lo dejo para otra ocasión, junto a otras tantas otras canciones que nunca fueron primeras pero que podrían haberlo sido. Y me voy ya, porque estoy a punto de citar Xmas Steps y eso ya sí que sería repetirme.

Mogwai Firsts

1. Summer
2. Yes! I Am A Long Way From Home
3. Punk rock:
4. Sine Wave
5. Hunted By A Freak
6. Auto Rock
7. I’m Jim Morrison, I’m Dead
8. White Noise

Del sofá a la ducha: 2010 en 53 canciones y dos listas de Spotify

In D.I.Y., Dance usted, De viaje, Magia y Psicodelia, Ruidismo on 5 enero, 2011 at 2:05 am

 

La idea principal consistía en hacer dos mixtapes con los dos lados musicales de mi cerebro, como en año pasado. Pero estos días estoy fuera de España y no tengo acceso a ese juguete que hace que me zumben los oídos que es Virtual DJ. Así que he optado por hacer dos listas de Spotify, algo más socorrido y asequible, especialmente cuando cada lista ha terminado superando las 25 canciones y la hora de duración. Eso permite zapear entre los temas sin tener que soportar el resto del tirón.

Los dos lados los he tenido siempre claros. Adoro los extremos en la música, así que era de cajón hacer una lista de canciones luminosas y otra para las oscuras; una para las ligeras, otra para las pesadas; una para con los temazos que se pegan inmediatamente, otra para los que se desarrollan con el tiempo. Al final, aquellas que se pueden tararear en la ducha han ido a parar a la primera y las que te dejan clavado al sofá, en plan viaje interior, a la segunda. Otra vez: por un lado los estribillos, por el otro las atmósferas.

La primera aclaración sobre la elección de temas es que son solo canciones y no representan a sus respectivos discos. Algunas ni siquiera son las mejores en lo suyo, pero me venían bien dentro del contexto y el desarrollo de cada lista. Unos los álbumes lo he quemado, otros ni siquiera los he escuchado enteros de una sentada. Hay ausencias deliberadas (Arcade Fire, sin ir más lejos, por una cuestión de empatía, pero también Lady Gaga: sencillamente no sabia detrás de que canción debía ponerla). Pero sobre todo hay ausencias por necesidad: son aquellas que no estaban en Spotify (desde mis queridos Foals a los recientes Games).

Son, en resumen, 53 canciones con las que me he topado en los últimos 12 meses y que me han hecho tilín por una razón o por otra. Me las encontré por sorpresa en directo o gracias a amigos, en el iPod o desde Spotify, que para hacer descubrimientos es mejor que casi cualquier blog (de donde también he cogido muchas). Me gustaron por sus videos o sus portadas. Y creo que ha sido un año estupendo en cuanto a diseño de portadas.

Además de los link a ambas las listas en Spotify (que también están pinchando en las fotos), he copiado los links individuales de canción. Todo sea por ponerlo fácil.

CARA A: Para cantar en la ducha

Lo Mejor de 2010 Parte 1

1. Anamanaguchi – Scott Pilgrim Anthem
2. Weezer – Memories
3. Titus Andronicus – Titus Andronicus Forever
4. Triángulo de Amor Bizarro – De la monarquía a la criptocracia
5. LCD Soundsystem – You Wanted A Hit
6. Radio Dept., The – Heaven’s On Fire
7. Surfer Blood – Twin Peaks
8. Vampire Weekend – Horchata
9. The Drums – Me And The Moon
10. Best Coast – When I’m With You
11. Los Punsetes – Los Cervatillos
12. Sleigh Bells – Run The Heart
13. Gorillaz – Superfast Jellyfish (Feat. Gruff Rhys and De La Soul)
14. Caribou – Odessa
15. Yeasayer – O.N.E
16. Magnetic Man ft Angela Hunte – I Need Air
17. James Blake – CMYK
18. Kanye West – Runaway – Explicit Version
19. The Black Keys – Tighten Up
20. Broken Bells – Meyrin Fields
21. Hot Chip – Take It In
22. Delorean – Real Love
23. Toro Y Moi – Low Shoulders
24. Beach House – 10 Mile Stereo
25. Deerhunter – Memory Boy
26. Abe Vigoda – Crush
27. Japanther – What The Fuck Is The Internet

CARA B: Para viajar desde el sofá

Lo Mejor de 2010 Parte 2

1. Pendulum – Genesis
2. El-P – Meanstreak (In 3 Parts)
3. Noisia – Machine Gun – 16 Bit Remix
4. Hype Williams – Blue Dream
5. Salem – King Night
6. Zola Jesus – Night
7. Silje Nes – Rewind
8. Darkstar – Aidys Girl Is a Computer
9. Pantha Du Prince – The Splendour
10. Four Tet – Plastic People
11. Emeralds – Summerdata
12. Crystal Castles – Celestica
13. The Chemical Brothers – Another World (Radio Edit)
14. A Sunny Day In Glasgow – Daytime Rainbows
15. Warpaint – Majesty
16. Solar Bears – Trans Waterfall
17. Holy Fuck – Latin America
18. Gonjasufi – Kowboyz&Indians
19. Tame Impala – Lucidity – Pilooski Remix
20. Ariel Pink’s Haunted Graffiti – Butt-House Blondies
21. Dylan Ettinger – The Waterfront
22. Wooden Shjips – Contact
23. Lüger – Swastika sweetheart
24. Der Ventilator – Supernova
25. 65daysofstatic – Tiger Girl
26. Ikonika – Look (Final Boss Stage)

Hidden track (Like Like Like Like Like Like Like)

Crónica Primavera Sound 2010: esplendor y mugre en Barcelona

In Dance usted, Hooliganeo, NoFicción, Nostalgia de mierda, Ruidismo on 31 mayo, 2010 at 1:19 am

Jueves 27 de mayo: no es mugre todo lo que reluce

Dos maneras de comerse un filete: atacando el centro, donde está la chicha y la sangre, o devorarlo desde los márgenes, buscando el nervio y sin evitar la grasa, que es donde muchos encuentran la gracia. El suculento Primavera Sound se presta a meter cuchillo de ambas formas, en función del hambre del oyente, que en ningún caso se va del recinto con el estómago en su sitio. El jueves arrancó la primera jornada con la mirada puesta en marcas anteriores: más actuaciones que nunca y la previsión de que se tocará techo en asistencia, unas 100.000 personas a lo largo de tres días. Proteínas por un tubo, que para eso el festival cumple diez ediciones. Felicidades.

La chicha: los noventa son nuestros. No es que la década de Kurt Cobain esté de nuevo aquí: es que en el caso del Primavera Sound, nunca se fue. El jueves The Fall fueron los encargados de recordarnos que el mundo ya existía antes. Dicen que su líder, Mark E. Smith, ha perdido kilos pero en escena no le falta ni un gramo de mala hostia. Su banda suena actualmente antipática, por aquello de buscarle coartada con la crisis económica, y sus estallidos encuentran equilibrio en los recitados verborréicos marca de la casa, como un mantra cabreado y hoy algo cascarrabias.

Tras The Fall, con las actuaciones de Superchunk y Pavement, el escenario principal quedó consagrado como templo a la nostalgia. Vale, suenan profesionales (adiós al lo-fi) pero con todo el calor que exigen este tipo de reuniones, en muchas ocasiones fofas y en baja forma. No es el caso de Stephen Malkmus, que lleva más de una década al margen de Pavement, y que se creció bajo unas lucecitas que recordaban a Terror Twilight (1999). El llenazo lo consagró como el concierto del día a nivel popular: el publico llegaba hasta la pradera frente al escenario, donde los que no coreaban sus uh-uh-uhs aprovechaban para echarse un sueñecito. Era la hora de irse al hotel. O visitar la zona del kebab para tomar fuerzas.

Pero no es mugre todo lo que reluce: el escenario ATP ofrecía un viaje por los noventa más experimentales. Es el caso de Circulatory System, proyecto de Will Cullen Hart, uno de los responsables de hacer cool el acid folk desde el colectivo Elephan Six en la época. Su concierto, eso sí, sonó más folk que acid. Y de Tortoise, para recordar que entonces el post-rock llenó páginas sesudas sobre el futuro de las guitarras. Supergrupo de virtuosos, su concierto tuvo algo de fiesta privada, donde son los músicos los que se lo pasan chachi sin importar que el público se quede a medias. Y fue muy noventas incluir Bis, el neo-grunge de Comanechi y hasta Chrome Hoof, capaces de sonar a Chemical Brothers con guitarras de Slash. Aunque para eurodisco, Delorean: ellos han saltado de los ochenta a los noventa para reivindicar el eurobeat, que en el Primavera sonó, ahora sí, a las mil maravillas, y con buena mano para adaptarse al formato directo: coros al cielo y líneas de piano que, recordemos, en su día no eran del gusto de ningún indie kid.

Los márgenes: la radiofórmula desintonizada. Había ganas de ver a The XX y The Big Pink, habituales en las listas de lo mejor del pasado 2009. Los primeros ofrecieron el otro llenazo de la jornada con un concierto que creció como una bola de nieve: tan frágiles, parecen más adecuados para una sala, aunque el repaso de su único disco terminó siendo inmenso (y breve) con Infinity como supernova. Su inusual apuesta por la limpieza y el minimalismo y su apoyo en voces tímidas chocó con The Big Pink, que entraron en escena como elefante con la trompa fuera. Saturados y con mucho de pose, pusieron broche a un concierto oscuro y ruidoso con su gélida y dormilona versión de Sweet Dreams de Beyoncé.

Pero si hay que elegir un concierto sería el de Fuck Buttons. El salto que ha dado el dúo (que ya nos dejó mareados en el Primavera 2008) es espectacular: del amateurismo y onanismo por los cacharros han pasado a ser jefazos de la pista, gracias a Andrew Weatherall, otro nombre imprescindible para entender los 90. Cómo explicarlo: hacen bailar a base de ruido, como una radio desintonizada marcada por arañazos y chirridos. Tenían hasta su propia bola de espejos. En cierta manera, su directo fue como aquel mítico de Animal Collective hace un par de años en cuanto a valentía y entrega de público. Tras ellos, y con los oídos llenos, lo de Moderat, a las 4 de la mañana, no consiguió levantar ni a los que seguían con ganas de fiesta.

[Lista del primer día en Spotify]

Viernes 28 de mayo: Pero siguen siendo los reyes

Después de la calma llega la tormenta. ¿O era al revés? Segunda jornada del Primavera Sound marcada por las aglomeraciones y las actuaciones solapadas, lo que en algunos casos llegó a ser dramático. Hubiera sido un día para no salir del reducido Auditori, aunque allí tampoco había manera de librarse de algunos desajustes en los horarios: ¿Owen Pallet y su proyecto de orquesta-pop a las 16 horas? ¿Pero es que aquí no duerme nadie? Algo similar ocurre con programar a los soleados A Sunny Day in Glasgow a las 18: es una cuestión de luz. Hay demasiada luz.

Mejor arrancar con uno de los hypes de la temporada, Best Coast, que con tres singles y la promesa de un disco ha levantado expectación y más de una ceja. Como una Courtney Love recién encendida (tiene su propio pasado como emergente ídolo pop), la tía encandila aunque su fórmula hoy esté de moda: pop rollo 50-60s difuminado entre capas de baja fidelidad, ecos de California y, ay, un tontorrón magnetismo melódico. Que alguien suba al escenario y le bese, por dios.

Como aquellos que son capaces de predecir el mal tiempo viendo moverse las hojas de los árboles, el inexplicable éxito de público de una propuesta lateral, como es Beak> (proyecto kraut del Portishead Geoff Barrow: menudo directazo fue el suyo) debía habernos avisado de lo que estaba por llegar al escenario ATP.  El horror, el horror: los esperados Beach House y una marea de gente que desde una hora antes se movía torpemente buscando dónde acoplarse, arriba, abajo, a los lados o en el escenario de atrás, donde gracias a su impoluto sonido, cristalino y expansivo, temas como 10 Mile Stereo conseguían colarse entre canción y canción de unos Wire que, siendo ya casi abuelos, no parecen bajar la guardia nunca.

Lo de Wilco, digámoslo ya, es para dormir a las ovejas. Beeeeh. Es decir: nada que objetar a su impecable técnica, un repertorio sobrado y bla-bla-bla, pero no hay que olvidar que son casi habituales cada año en el Primavera y en España, cuyo público les ha visto crecer. ¿Correctos? ¿Profesionales? ¿Es que se podía esperar otra cosa? Lo mejor para despertar fueron Japandroids: nada del otro mundo, más allá de un cabreadísimo dúo formato guitarra-batería que, de nuevo, trae a la cabeza el estruendo de Nirvana.

A partir de aquí la cosa sólo pudo ir a peor. Dramático fue tener que correr para ver quién salía victorioso entre una promesa (Panda Bear), un veterano con tablas y vozarrón (Marc Almond) y una novedad chulísima (Cold Cave). Panda Bear ofreció posiblemente el peor concierto del día: en lugar de playero, su directo fue una versión aguada de Animal Collective o como ver a El Guincho enredado en una eterna prueba de sonido, ante un público desconectado, casi zombie, y encima se permitió el lujo de no tocar sus hits más reconocibles. Almond es de una especie en extinción, entregado y agradecido, pero apenas consiguió llamar la atención de menos de la mitad del aforo del escenario Ray-Ban, que se desangraba para ir a coger sitio para los Pixies. Por eliminación, victoria para Cold Cave con un directo más rudo que en disco, y una facilidad pasmosa para pasar del techno-pop al ruidismo.

Y entonces llegaron los Pixies para salvarnos la vida (y el día). La banda lo había avisado en su Twitter: éxitos de todos los discos y algunos que temas poco tocados desde su reunión en 2004. Su actuación no tuvo nada que ver con el frío espectáculo del Festimad de aquel lejano año; casi se podía apreciar buen rollo entre un Frank Black con el piloto automático y una educadísima Kim Deal. Eso fue lo que ofrecieron ante cientos de móviles que les enfocaban desde la arena: himnos de dos minutos (todos, de las más punk a las más pop, de Debaser a Wave of Mutilation, de Here comes your man al bis Where is my mind?), dos versiones (de Neil Young y Jesus & Mary Chain) y temas que se les resistían, como U-Mass y Dig for Fire. Decir que la gente estuvo como loca (por la pradera corrían chicas en bikini, de verdad que no era una alucinación) es quedarse corto. Salir de allí para ver a otro de los hypes de la temporada, Yeasayer (autores de la tema del anuncio televisivo del festival), tampoco valió la pena, ni siquiera por las pullas al anunciante. Para entonces ya estábamos de vuelta al duro hormigón del Parc del Fòrum. Qué rollo.

[Lista de segundo día en Spotify]

Sábado 30 de mayo: Volando voy, volando vengo

Lo prometido es deuda: visto el sold out del viernes, que hacía del Parc del Fòrum a ratos un infierno con superpoblación (35.000 almas vagando de un escenario a otro), el sábado era obligado hacer parada en el Auditori. Van Dyke Parks (1943), colaborador de Brian Wilson y los Byrds, visitaba Barcelona con un recital centrado en piezas de piano más allá del pop, sin orquesta, con citas añejas al espíritu de Nueva Orleans y mensaje político omnipresente, del racismo al ecologismo (el tema Black Oil está inspirado en el desastre del Prestige, como explicó). Anécdota: en una esquina del anfiteatro estaba sentado J, de Los Planetas.

Pero la actuación que más éxito atrajo en el Auditori fue “Camarón. La leyenda del tiempo 30 años después”, un homenaje all-star a artista y obra tres décadas después, “desde la alegría, no desde la nostalgia”, como dijeron sus responsables, el guitarrista Juan Gómez Chicuelo y el cantaor Duquende. Una propuesta entre el flamenco (que no suele entrar en la programación del festival) y el jazz que emocionaba a la audiencia conforme hacían aparición colaboradores como la bailaora Rafaela Carrasco, y, sobre todo, Kiko Veneno en la recta final. “Un día vino Camarón a mi casa, me escuchó esta canción y desde entonces me ha alegrado la vida”, dijo, para inmediatamente darle al volando voy, volando vengo.

Y volando a la zona de escenarios. Había ganas de ver cómo ha digerido el éxito Florence + The Machine y si sus nuevos temas acentúan su condición de diva pop o le dan nuevos estados de euforia con una banda que no es en absoluto de acompañamiento. De entrada, el exceso de drama de Florence no desentonó en un show onírico, con ese aspecto de haberse saciado en un festín griego, entre su ropa y el arpa. Sus seguidores celebran el histrionismo (hizo cantar Happy Birthday) y ella les regala Dog days are over. Sobre el nuevo material, parece que no se le han subido los pulmones a la cabeza.

Dentro de los homenajes a los 90, en el escenario principal, The Charlatans repasaron entero su disco Some Friendly (1990), y confirmaron que, aunque llenazo, y por comparación, el sábado no pudo haber sold-out. La otra mirada a la década es en dirección opuesta a Madchester: Sunny Day Real State, hardcore hiperemocional desde Seattle, a flor de piel, que es como se veía a su público, ejemplar y endogámico, sentir aquello. Con Gary Numan retrasándose 20 minutos en la otra punta, era la hora de ir a cenar. Con ZA! de fondo.

Pet Shop Boys se repartieron entre su último disco, Yes (estupendas Did you see me coming? y Love etc), y unos grandes éxitos para cualquier público imaginable: Go West, Always on my mind, It’s a Sin o West End Girls. Aparatosos en el escenario (a sus espaldas, un muro de cubos se tira y se levanta una y otra vez, haciendo formas), llegaron a dar pereza en las partes más tranquilas (Being Boring, parece un chiste pero no lo es) y con unos bailarines que lo mismo hacían coreografías tontísimas disfrazados de edificios que escenifican una pelea de pareja entre bailes de salón.

La de Orbital fue la última gran actuación de la noche y del festival por este año (también el último rastro de los 90): menos flexibles que en el SOS de Murcia, consiguen estropear su propia electricidad cuando cuelan fragmentos de Bon Jovi y Berlinda Carlisle. Como si les hiciera falta. Una pena que Health coincidieran en horario. Volando, y viniendo.

[Lista del tercer día en Spotify]

FOTOS: Mª Ángeles Torres

Lüger: viva la psicodelia española (y olé)

In Magia y Psicodelia, Ruidismo on 14 abril, 2010 at 3:59 pm

Desde que a finales de los años 60 y principios de los 70 surgieran en España grupos como Máquina!, Smash y Triana, eso de la psicodelia, la música de aquellos barbudos, melenudos y fumetas que se liaban con largos y espesos mantras sonoros, estaba de capa caída. Ni los ochenta, ni los noventa ni el comienzo del siglo parecían ser buenos momentos para recuperar los viejos vinilos y reivindicar un sonido que en su día estuvo vinculado a la contracultura, las drogas, la experimentación sensorial y musical, la estética oriental, los viajes mentales, el alma y los escenarios cósmicos. ¿Demasiado hippie para la modernidad?

Desde Madrid, los cinco componentes de Lüger se proponen hoy recuperar aquel espíritu aunque sin más ambición que la de “juntarnos para tocar y ver qué pasa”, según dice a Público.es Raúl Gómez “Rulo” (batería, theremin, samplers, efectos y voces). Según el incendiario texto de promoción, ellos suponen “el final de la infancia para la psicodelia española y la carta de madurez para toda una escena experimental y subterránea”, algo que Rulo prefiere matizar: “No creo que signifiquemos el fin de la infancia de nada. La psicodelia española, como toda, sucedió de 68 al 73, y no nos podemos comparar con ellos. No somos huérfanos, pero es verdad que no nos sentimos cerca de ninguna escena. Es más automático: ensayar y lo que salga, sin meternos en nada. No nos sentimos partícipes de nada”.

De la luna al kraut

Tal y como su nombre parece indicar, Lüger no sólo recupera la psicodelia británica y americana de la época: también se atreven con el rock cósmico alemán que sirvió de contrapeso entonces, el de grupos como Neu! y Can: de ellos cogen el sonido matemático y metronómico, “la idea de una base rítmica minimalista, repetitiva, los loops… un sonido a base de capas y de experimentar. Poca floritura y que suene como un disparo: contundente”, resume Rulo, que aclara que “tampoco tenemos ninguna intención política”.

Junto a Raúl, le acompañan en su aventura sonora Diego Veiga “Folleto” (vocales, efectos, guitarra), Fernando Rujas “Lopin” (percusiones, voces), Daniel Fernández (bajo y voces) y Mario Zamora “Lauki” (órgano, sintetizadores, voces). “Todos nos conocíamos ya… especialmente de los bares”, resume Rulo, aunque en realidad todos estuvieron antes en grupos como Los Imposibles, The Awesome J’Haybers, Steelwood, Jet Lag y Tres Delicias. Sin una idea clara sobre qué buscaban, se juntaron, ensayaron… y salió un sonido que en su MySpace es definido como “si cogieras un saco de bombillas y le pegaras con una vara de avellano mientras intentas subirte a un taburete para poder otear por encima de un muro que te impide la visión de la destrucción”.

Un sonido que se esterna mañana “en sociedad” con un concierto en la sala Sol de Madrid y con el lanzamiento del álbum Lüger (Giradiscos) en vinilo, un material que lleva en la web ya unas semanas disponible para descargar gratis (luger.bandcamp.com) y que ha funcionado bastante bien: “1.500 descargas y no lleva ni un mes. Nos llena de orgullo. Hoy dia no tiene sentido que convivan las ediciones digitales con el CD. Nosotros siempre hemos sido compradores, pero de vinilo. Y esta decisión implica que la descarga no impide que quien compre vinilo lo haga igualmente. Desde luego, nos ayuda a que la gente nos conozoca y quiera vernos en concierto. Si lo miras honestamente, salimos ganamos nosotros”.

Sobre su directo ya se ha dicho que es explosivo, expansivo y todo tipo de adjetivos que se aplican a la música más o menos progresiva. Para mañana en Madrid, avisan, “vamos a hacer lo de siempre: subir ahí y montar el mayor escándalo que podamos. Liarla lo más parda posible”.

Publicado en Público.es 14/04/2010

Hydra Head: Corazón de metal

In Ruidismo on 24 febrero, 2010 at 1:03 am

Igual que el pop de hoy no tiene por qué rendirle cuentas necesariamente a un pasado glorioso de estribillos dulzones y minutaje asequible a todos los públicos, no hay razón para que el metal del siglo XXI siga identificándose con tópicos del heavy, desde los gorgoritos al cuero y la melena o el gusto por la imaginería satánica. El sello Hydra Head puede servir de escaparate de gran parte de lo que podremos entender por metal en el siglo XXI, empezando por el público tan heterogéneo al que atraen. Algunos de sus grupos, como Pelican, ni siquiera tienen cantante: las guitarras densas y pesadas se bastan por sí solas para establecer un discurso.

“El único punto en común entre los fichajes de Hydra  Head es que son bandas que nos gustan, simple y llanamente. Suelen ser experimentales dentro del género en el que operan y la mayoría son, de una forma u otra heavy: no son necesariamente bandas de metal, pero su música destaca por la densidad, los sonidos graves, el énfasis en los bajos y los tempos lentos”. Al habla Aaron Turner, capo del sello desde 1993 y guitarrista de otro grupo tan poco convencional dentro del metal como es Isis.

Del dormitorio al más allá

Turner comenzó con Hydra Head en su propio dormitorio, desde donde distribuía bandas casi locales de su ciudad, Santa Fe (Nuevo Mexico), con el objetivo de “diseminar nuestra música favorita. Empecé sin más expectativas que divertirme y sacar referencias de calidad. En un momento dado, empecé a estar a disgusto distribuyendo discos producidos por otros, así que me lancé a explorar ese campo. La idea principal era lanzar a bandas que encontraba interesantes y crear un packaging tan valioso como el interior del disco”.

A pesar de que el diseño que acompaña a los álbumes busca “reflejar ese sentimiento de experimentación y aventura” sónica de sus bandas, Turner afirma que no hay ninguna intención explícita en Hydra Head de coronarse como defensores de la vanguardia del metal. “Hydra Head es una mezcla de cerebro y sensualidad. Y la música siempre es lo primero”.

Precisamente hablando de música, aunque el sonido del sello sea más o menos reconocible por su oscuridad y gravedad, su catálogo de artistas es suficientemente amplio como para que alguno termine enganchándote: rap (Dälek), rock (Cave In), electrónica (Jesu) y varias decenas de variantes del metal, desde el post o art metal (Pelican) al drone (Boris) e inclasificables como Xasthur (que toca su metal de baja fidelidad disfrazado).

Un futuro negro

“Hoy es un sello de tamaño mediano: no operamos desde un dormitorio pero tampoco funcionamos como un conglomerado corporativo”, dice Turner. Es decir: ya no es una empresa unipersonal, sino que acoge a siete trabajadores, cuatro de ellos a jornada completa. “No tenemos grandes beneficios pero tenemos suficiente para pagar a los grupos y seguir lanzando nuevas referencias. ¿Alguna sorpresa para el futuro? Nah: seguiremos el mismo camino que hasta ahora: cosas extrañas y oscuras”.

Tres platos y postre

Pelican: ‘After the Ceiling Cracked’ DVD

Quien ha visto a Pelican en directo sabe por qué no tiene interés seguir oyendo discos de Mogwai. Sonido aplastante, rítmica matemática y, en los últimos tiempos, un lirismo inusual. En este DVD recogen una actuación en directo y, de regalo, un EP.

Boris (with Merzbow): ‘ Sun Baked Snow Cave’

Tres japoneses y muchas ganas de hacer ruido. Un peso pesado del ‘psycho metal’ (Boris) y el rey de ‘ruidismo’ oriental. Resultado: una ‘suite’ de una hora de tormentas lunares. ‘Sun Baked Snow Cave’ fue su primera colaboración.

Jesu: ‘Conqueror’

Jesu es la última reencarnación de Justin Broadrick (ex miembro de los industriales Godflesh y Techno Animal). ‘Conqueror’ (2007) es una maravilla: guitarras ambientales, electrónica oscura, polución y melodías enfermas.

Dälek: ‘Deadverse Massive’

Un rapero obsesionado con el ‘wall of sound’ de Phil Spector sólo puede grabar en sellos como Hydra Head, Ipecac o Tigerbeat6. Tras el densísimo ‘Abandoned Language’ (2007), lleno de ruido blanco, ha publicado sus rarezas en ‘Deadverse Massive’.

Publicada en Público.es el 18/3/2008

Entrevista a Alec Empire: “Me gusta explorar el impacto de la música en la mente”

In Ruidismo on 23 febrero, 2010 at 12:34 am

Maestro del ruido como género musical y de la electrónica como arma política, el músico y Dj alemán Alec Empire (1972) presenta esta noche en Moncofa (Castelló), en el festival FOC&Sound, su penúltima reencarnación -finiquitado Atari Teenage Riot, grupo que le dio fama de terrorista sonoro-. Empire ha montado un nuevo proyecto, The Hellish Vortex Group, un colectivo de músicos y artistas, y ha grabado un disco, The Golden Forestate of Heaven, en el que, ¡sorpresa!, parece haber optado por un mensaje positivo o, al menos, bastante más hedonista y disfrutable para el oyente.

El propio Empire ha escrito en MySpace: “Sentía la necesidad de reorientarme completamente; de conducir mi música por otros caminos”. Su metamorfosis, además de musical, parece ser personal. “También. Mis amigos me comparan con un científico o con un escritor de novelas de crímenes. Puedo emplear semanas enredando con mis sintes. No me veo como un entertainer: me gusta explorar el sonido y cómo puede tener un impacto en la mente. Es una de las cosas más excitantes de hacer música”, explica en conversación con Público.

Futuro imperfecto

Empire, eso sí, asegura que este giro ni tiene una lectura política, ni es tan sorprendente en alguien que busca “estímulos continuamente”. Aprovecha para matizar sobre su fama de pesimista: “Es uno de los grandes errores de interpretación sobre mi música. He encontrado interesante crear imágenes de un futuro de pesadilla, pero siempre con el objetivo de criticar y cuestionar el presente. Pero un pesimista no siente la necesidad de crear nada nuevo o diferente. La mayoría de los músicos de pop no creen en el futuro y repiten una fórmula existente. Yo me enfrento a mis miedos”.

Dueño de una prolífica discografía en solitario igualmente dolorosa para los oídos, Empire es especialista en encontrar amigos para aventuras de todo tipo. Incluso se parodió a sí mismo con Nintendo Teenage Robots, donde montaba jaleo digital con los sonidos de su Game Boy. Para plasmar en directo The Golden Forestateof Heaven, ha llamado a Nic Endo (compañera en Atari) y Zyan Lyons. “Y varios músicos en Berlín dijeron que éramos más ruidosos en directo que My Bloody Valentine…”, avisa.

Hablando de conciertos, ¿recuerda aquel Festimad de 1998, cuando acabo enseñando la entrepierna al respetable, que le tiraba botellas y salivazos? “Claro. Desde entonces, Asian Dub Foundation no nos hablan, tienen reparos morales con estas cosas. Acabamos cubiertos de barro, nos lanzaron de todo. Por eso amo España. La gente es apasionada y emocional. ¡Están vivos!”.

Lo de esta noche, asegura, será más tranquilo, “algo parecido a un viaje. Nada de promoción”. Embarcado en la producción de tres bandas sonoras a la vez, Empire concluye que “las películas y los videojuegos no tienen las limitacionesde la música pop, una industria que vive de vender basura a los adolescentes”.

Publicado en Público. es el 22/8/2008

Sunn O))): El ruido como ceremonia religiosa

In Ruidismo on 22 febrero, 2010 at 12:40 am

La semana pasada, un grupo de aficionados británicos al heavy puso en marcha una campaña para que el rock duro sea reconocido como religión. Más de uno tendría en mente a Sunn O))), grupo considerado en la vanguardia del metal y cuya propuesta tiene algo de religión y mucho de ceremonia colectiva: sus integrantes salen al escenario vestidos con togas y su forma de tocar, repitiendo y estirando las notas hasta crear una atmósfera densa y espesa, invita al trance, casi al éxtasis.

El grupo de Stephen OMalley y Greg Anderson visitan esta semana nuestro país para presentar Monoliths & Dimensions (ayer, en Vigo; mañana, en Madrid, y el jueves, en Barcelona), su séptimo disco y un álbum que sólo puede compararse con una catedral: es fruto de un largo proceso de gestación (dos años), está compuesto por cuatro temas únicos a modo de grandes pilares (de unos diez minutos cada uno) y cuenta en sus créditos con más de treinta colaboradores, un coro y arreglos solemnes de cuerda y viento.

Desde Francia, OMalley avisa a Público de que de religioso, nada: “No soy creyente, pero sí es cierto que la ceremonia es importante para nosotros como grupo. La música abstracta tiene potencial para ser percibida como algo espiritual. Ayuda a abrir la mente y la percepción. Y escuchar música no deja de ser una experiencia muy personal, así que es posible que invite al trance y la meditación”.

Un comentario escuchado tras uno de sus conciertos es que su música es física, que golpea en el estómago y los pulmones. Que duele. ¿Son conscientes de este efecto secundario de sus directos? “No creo que sea secundario para nada”, corrige OMalley. “Es un efecto principal de la música: la vibración. Y si encima la tratas con amplificadores [una de las señas del grupo es levantar sus muros de sonido gracias a montañas de amplis], puede convertirse en algo físico. El sonido no deja de ser un fenómeno físico compuesto de ondas. El hombre puede experimentar con todo el cuerpo, escuchar con cada órgano”.

Incluso con lo que tenemos dentro del cráneo: artífice de un sonido que se presta a desarrollarse y completarse en la cabeza del oyente, OMalley confiesa que las imágenes son importantes a la hora de componer y de “crear estados mentales”. Eso permite que sus composiciones sean interpretadas de manera diferente. Para algunos sólo será ruido. “La otra noche tocamos en Ámsterdam y hablé con tres personas. Lo que para unos fue un discurso posmodernista, para otros fue una experiencia cercana a la fantasía. Estados mentales diferentes, algo que me satisface mucho”.

Y hablando de ruido, según la revista Wired, Sunn O))) encabeza la lista de conciertos más ruidosos de los que se tiene registro, con 133 decibelios. OMalley no es un tipo que etiquete fácilmente su trabajo o el de otros: “Entre ruido y música la única diferencia es que la música tiene una estructura reconocible. Pero hay mucha gente que considera ruido al R&R o la electrónica. Es estúpido”. No concibe sus discos como trabajos comparables, sino como un único corpus en permanente desarrollo: “Puede parecer un cliché, y no quiero parecer una madre hablando de sus hijos, pero cada disco es diferente”.

Y tampoco tiene intención de llevar el metal a terrenos vanguardistas: “Esto no va de parecer la banda más extrema del planeta. Es más bien como el deporte: se trata de ponerte retos a ti mismo como persona y como músico. No quiero probar al mundo lo bueno o lo único que soy. Me importa una mierda. Esto es música, no política, y tiene que producirte placer”.

Publicado en Público el 2/2/2010

Bandas sonoras imaginarias #2: Flower vs. Fennesz

In Arty, Gamefilia, Postmoderneo, Ruidismo on 30 enero, 2010 at 10:13 pm

Dicen sus creadores que Flower es la versión jugable de un poema y que explota la tensión entre el ajetreo urbano y la serenidad de la naturaleza permitiéndonos controlar algo tan elevado de espíritu como una corriente de aire. Tan presuntuoso y extraño como suena: todo lo que tenemos que hacer es dirigir el viento a través de paisajes preciosistas en alta definición mientras vamos rozando flores como si fueran notas de colores. Oig. Lírico hasta el sonrojo y pausado, es cierto que su sutileza parece buscar más una sensación en el paladar que una explosión de sabor. También que su banda sonora apesta a perfume de rosas. Es demasiado ligera. He aquí mi alternativa sin pétalos, nada hippy: el austríaco Fennesz, otro poeta de lo digital capaz de evocar la goteante melancolía de una estampa de verano a base de distorsión sonora.

Lo más “interactivo” que se puede decir de Flower es que a veces parece un videojuego de carreras de coches. Hay que girar el sixaxis de la PS3 como si fuera un volante para tomar las curvas cuando alcanzamos ciertas velocidades, aunque también podemos quedarnos de manera casi estática en todo lo alto y pensarnos el próximo movimiento.

A lo largo de su historia, que nos lleva de viaje volaaando desde el campo a la gran ciudad, hay pequeños objetivos que cumplir (que funcionan como puntos de guardado), pero todos se pueden resumir en uno: despertar paisajes apagados aportando luz, colores y dando vida a decenas de flores cerradas. Cada uno necesitará el uso de una habilidad distinta solo disponible en ese nivel, que podemos repetir una vez terminado para completar tareas.

Endless summer, el álbum de Fennesz que me ha venido a la cabeza tras la (corta) experiencia de Flower, fue lanzado en 2001 por Mego, sello vienés especializado en electrónica más o menos ruidista. Aunque hay opiniones para todo (muchos encuentran sobrevalorada su presencia obligada en toda lista con los mejores álbumes de esta primera década del siglo XXI), otros comparan su tratamiento del sonido al del Loveless de My Bloody Valentine, es decir: es uno de esos discos que te enseña a escuchar de otra manera.

Fennesz somete a su guitarra a todo tipo de filtros y efectos y su intención es llevar el instrumento al límite para sacar de él lo que nadie hasta ahora ha sacado, sin perder de vista que la música es un vehículo para transmitir ideas más o menos concretas. En su caso, para vestir de una manera nunca vista una imagen tan recurrente en el ideario poético como un verano que deseamos interminable.

Creo que en ambos casos es una cuestión de estimulación por evocación. Flower quiere parecerse a un paisaje impresionista, ese que se ve desde detrás del cristal de una ventana que exagera y acentúa sus luces y colores. Un paisaje idealizado y saturado, llenos de brillos, parte fotografía, parte pura manualidad, algo que vive congelado en su propio tiempo.

Funciona en su conjunto, aunque no tan bien cuando acercamos la cámara y buscamos el detalle: ahí revela un trazado con unos pocos elementos pero muy efectivos (sólo hay que dejarse llevar el vaivén de la hierba). Y porque en Flower hay que estar suspendido pero en continuo movimiento, hay que sentir cómo pasa el paisaje a nuestro lado y no pararnos a observarlo. Ahí abajo no pasa nada.

La evocación estival de Endless summer también funciona cogiendo el todo por encima de sus partes: de nada sirve despojar a sus composiciones de las capas de manchurrones sonoros porque no son en absoluto innecesarios y porque debajo no hay ninguna canción desnuda que necesite ser despojada de nada. Sólo están insinuadas aquellas tardes de verano en la que todo parecía derretirse con una tristeza anaranjada.

Tampoco permite recrearnos “de cerca” en sus múltiples detalles, muchos de los cuales están ahí por error o como consecuencia de una producción poco ortodoxa. No dicen nada de la voluntad del autor más que su intención de dejarlos ahí.

Un juego de palabras de lo más fluido para terminar: flOw y Flower. No en vano, ambos videojuegos son obra de las mismas manos: las de la gente de That Game Company (ambos están disponibles vía descarga en PlayStation Store). Al margen de las similitudes entre manejar una ameba y una ráfaga de viento (¿las hay?), su control a través del sixaxis está justificado como pocas veces y acaba convirtiéndose en algo que ayuda inevitablemente en la inmersión. Flower, decía yo, esconde un logro-homenaje a flOw en uno de sus niveles, que más que un verso de sus creadores es una declaración del principios sobre su propia concepción de los videojuegos: “La vida podría ser tan simple…”. Pues eso: que se acabaron las vacaciones.

Publicado en Gamefilia el 16/3/2009

Haciendo ruido con la PS2 y un MTV Music Generator 2

In D.I.Y., Gamefilia, Ruidismo on 30 enero, 2010 at 9:02 pm

No he sido el primero ni seré el último en utilizar una PlayStation 2 para componer música, y mucho menos con todo lo que todavía tienen que dar de sí títulos como Guitar Hero y Rock Band, que empujan al jugador a coger los instrumentos y aporrearlos al gusto. En mi caso, una copia de MTV Music Generator 2 me ha tenido colgado prácticamente los últimos seis años, lo cual se dice pronto. En sentido amplio, es con diferencia el juego que más he utilizado en la consola de Sony. En sentido estricto, ni siquiera es un juego. En realidad es un maravilloso artefacto de aspecto naif para modelar el ruido.

Su interfaz es de lo más sencillo, y en esencia funciona como un editor y grabador de sonidos, que podemos ir colocando según su función: ritmo, bajo, melodía, voz. Lo bueno es que su biblioteca de sonidos puede manipularse de manera casi ilimitada e incluso permite crear tus propios samples con un piano a partir de otros sonidos. O conectar un micrófono y grabar en directo tus muestras. Y videos musicales con fluorescentes. A partir de aquí es como un collage o un puzle que puedes resolver usando las matemáticas o persiguiendo el más puro de los presentimientos.

Se supone que la presencia de grupos como Gorillaz y Apollo 4.40, incluso el apadrinamiento de David Morales, debía ser suficiente para que MTV Music Generator 2 ahuyentara a todo aquel no tuviera aspiraciones a DJ, lo cual es un error. Su biblioteca de sonidos incluye pistas e instrumentos separados por géneros, incluidos el pop, el rock y el indie (como estilo), y estructuras pensadas para componer según los patrones del trance, el uk garage, el house o el r&b. Otra cosa es que consigamos componer una canción pop “de libro”, donde todo suena más o menos enlatado (las voces disponibles en la biblioteca, por ejemplo, suenan a rayos). Mucho más divertido me parece poder coger sonidos, incluso fragmentos de temas, y alterarlos, estirando sus notas, aplicando efectos y filtros y dándoles, en definitiva, un sentido distinto al que tenía al principio.

Más allá de los remixes (y hay temas enteros de artistas conocidos para triturar y masticar), como herramienta para la creación me parece notable, aunque mi experiencia con este tipo de programas era cero (luego ya me procuré probar otros de la competencia e incluso el Fuityloops). Lo más interesante: poder recrearme en dos de los aspectos a los que pongo más atención cuando escucho música: las bases rítmicas y la atmósfera.

Para lo primero, como decía más arriba, son buenas las matemáticas, aunque MTV Music Generator 2 permite crear ritmos aleatorios, que superpuestos pueden llegar a tener efectos secundarios y funcionar como un mantra superenredado (con el que se puede jugar, a su vez, a ir deshilachando). Me he lo he pasado pipa a base de retorcer ritmos desequilibrados, que a menudo se rompen de forma atropellada para seguir otros patrones y que se mueven a distintas velocidad, calculando a oído y con una libreta qué debería venir luego, si esto o lo otro.

También le he dedicado mucho tiempo a intentar que sonidos no sean fácilmente identificables (transformar un bombo y unos platillos en dos palos contra la puerta de un coche, por ejemplo) y divertirme alterando el papel que se supone que tiene que tener cada instrumento dentro de una canción. La idea, salvando las distancias, era producir en el oyente esa sensación que te hace pensar durante un momento: ¿esto es una guitarra o un teclado?

Pero para aleatorio, la creación de atmósferas. Aquí sí que los accidentes y puro error tienen mucha responsabilidad en la proliferación de chasquidos y quejidos digitales por todas partes, como si el lector de CD estuviera pasando por una capa de grava. Me he divertido emborronando melodías y probando instrumentos dentro de una tubería, aplicando retardos, estirando los ecos, levantando cuidadosamente capas y capas de sonoridades frías y rugosas. Tonos bajos y graves que me inspiraban más tonos bajos y graves.

Estas atmósferas creo tienen que tienen que ser extrañas y reconocibles a la vez, así que me he preocupado casi siempre de colocar algún asidero en medio de las tormentas sonoras, aunque algunas partes carecen totalmente de control. Una imagen: un invernadero al que aplicas algún tipo de combinación extraña de productos y en el que las plantas crecieron de forma desmesurada y anómala. A todos los temas le hubiese venido bien alguna poda, porque tanta rama acaba por pinchar.

Al final me han salido unas treinta “composiciones”, a las que desde el principio agrupé bajo el nombre de En Construcción porque de forma casi obsesiva, durante un periodo de tiempo, estuvieron en estado de permanente mantenimiento. Cualquier escucha podía acarrear cambios, que a su vez llevaban a otros cambios y que al final dejaban al original o algunas partes irreconocibles (perdí algunas buenas ideas así). La foto elegida como portada es un fragmento del cartel del concierto de un grupo escocés sacado de la parte final del antiguo NME, en el que los grupos anunciaban sus giras a página completa. Los estudios La Cocina del Invierno no tienen dirección postal ni consta inscrita en ningún registro legal.

Si intento juzgar lo que escucho, creo que todos los “temas” pecan de sobreproducción (ejem), una saturación que hace difícil que el que escucha pueda reconocer o agarrarse a algo durante mucho tiempo porque siempre llega algo para distraer su atención, pero también creo que, quizá porque han salido de algún lugar de mi cabeza, es eso lo que me invita a fijarme constantemente en sus desarrollos e intentar identificar lo que escucho. Otro juego más.

En ese sentido, tampoco se me escapa que en general, lo haya querido o no, todas las composiciones suenan como podría sonar la banda sonora de un videojuego disparatado, que tartamudea a causa de un bug y en la que de pronto se oyen saltos por allí, disparos, campos de fuerza y campos en guerra, naves espaciales, tribus primitivas, rugidos animales, algo de suspense, terror, el acelerón de la velocidad…

Siendo benévolo conmigo mismo, en general, el sonido barato y de aparato estropeado me parece encantador, igual que muchas transiciones entre las partes de un tema, aunque se confirma que soy malísimo con los finales. No hay chimpún que valga. El “riguroso mono” fue sobre todo una imposición por mis precarios métodos de grabación. Porque, cuidado, LA pregunta es: ¿cómo coño podía pasar los temas desde una memory card de Ps2 a mi ordenador, y a un formato que fuera reconocible? Aquello fue una chapuza. Todo quedó perdido de sangre…

Y si tuviera que ponerme estupendo, me gustaría imaginarme todos estos extraños fragmentos sonoros como si estuviesen hechos de mercurio tembloroso (uyuyuy), deshaciéndose con facilidad en partes más pequeñas y juntándose para formar a otras nuevas, todo completamente irregular e inestable. Que desprendieran eso que llamamos sonido magmático, como algo que se desborda de su recipiente. Considero un acierto que al menos algunos “pasajes” estimulen mi imaginación de lector de ciencia-ficción. Aunque eso tampoco es muy complicado.

Ni que decir tiene que me lo he pasado como un indio.

¡Eh, tú! Aquí un pirado ha hecho un FAQ donde incluso se sirve de ‘Smell Like Teen Spirit’ de Nirvana para poner ejemplos de las posibilidades de MTVMG2.

¡Sí, tú! Aquí lo que salió de mi PS2, ilustrado de forma dramática. Efectos secundarios: dolor de cabeza, mareos, cacofonías, pitidos.

Publicado en Gamefilia el 18/2/2009