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Los hermanos Vonnegut: ciencia y ficción en la guerra fría

In Antiguos Maestros, Lecturas, Sci-fi on 12 noviembre, 2016 at 9:41 am

Un libro recorre los años en que Kurt y Bernard Vonnegut trabajaron para General Electric y ofrece una panorámica de la América de los 40 y 50 a través de sus ojos

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Bernard y Kurt Vonnegut (derecha).

En uno de los primeros capítulos de su novela Cuna de gato (1963), el escritor Kurt Vonnegut describe a la imaginaria Compañía General de Forjas y Fundiciones como una empresa de ensueño para los científicos, un lugar donde los investigadores pueden entregarse a su trabajo sin los habituales corsés del sector privado, sin otro fin que aumentar el saber de la humanidad. Una utopía dirigida desde los laboratorios por batas blancas. “No se trata de buscar un filtro de cigarrillo mejor o una toallita para la cara más suave, o una pintura para casas que dure más”, le aclara uno de los expertos al narrador, un trasunto del propio Vonnegut que busca documentarse sobre uno de los padres de la bomba atómica para escribir un libro. “Los investigadores puros trabajan en lo que les fascina a ellos, no en lo que fascina a los demás”. En un momento dado de la visita a las instalaciones, se une a la conversación una secretaria de la compañía, que opina que lo que allí se hace es “magia”, algo que irrita al científico. Para él, aquella es una palabra “nauseabunda y medieval”. Y le corrige: allí se hace “exactamente lo opuesto a la magia”.

Al igual que otras novelas de Vonnegut como La pianola (1952) y Matadero cinco (1969), Cuna de gato fue encasillada como ciencia ficción, si bien estaba fuertemente fijada en el presente del escritor, en aquel mundo nacido tras la II Guerra Mundial. La Compañía General de Forjas y Fundiciones es un reflejo de la todopoderosa General Electric (GE) que había emergido como una empresa millonaria tras suministrar material a su país para ganar dos conflictos mundiales, con contratos con el gobierno e intereses en áreas que iban desde la aviación a los electrodomésticos. De hecho, era conocida como “la Casa de la Magia” (algo que los científicos que trabajaban allí odiaban porque ellos “hacían ciencia, no trucos de magia”) y por jactarse de que sus empleados no investigaban para perseguir ningún fin, sino para divertirse. La ciudad de Ilium en la obra de Vonnegut es el reflejo de Schenectady, Nueva York, sede de la GE, donde trabajaron los hermanos Kurt (1922-2007) y Bernie Vonnegut (1914-1997) durante aquellos primeros años de guerra fría en los que la sociedad civil se desperezaba tras el espejismo atómico.

La escritora estadounidense Ginger Strand recorre en su libro The Brothers Vonnegut: Science and Fiction in the House of Magic cómo el trabajo para el gigante tecnológico marcó sus trayectorias y cómo ambos hermanos se influyeron mutuamente. Bernard, o Bernie, trabajaba investigando la posibilidad de manipular el clima en sus laboratorios de investigación, mientras Kurt lo hizo en el departamento de relaciones públicas. La visión de los dos estaba fuertemente influida por la bomba atómica y situaba en primer plano un dilema moral heredado del horror de Hiroshima y Nagasaki: hasta qué punto los científicos que ayudaron a desarrollar tecnologías como aquella fueron responsables de su uso como arma. Los avances tienen un potencial inmenso tanto para hacer el bien como para hacer el mal, reflexiona Ginger Strand en estas páginas, pero mientras que para algunos científicos esto algo que está en la misma naturaleza de la ciencia y no es práctico intentar controlarla porque no hay cura posible para el progreso, “Kurt (y Bernie) estarían en desacuerdo con aquello: la cura para el progreso estaba simplemente en recordar que somos humanos”.

Bienvenidos a la Casa de la Magia

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Los “magos” de la GE: científicos del laboratorio de investigación en 1950.

Tras la II Guerra Mundial, el clima se convirtió en la siguiente meta en la búsqueda del “arma definitiva”. Las previsiones meteorológicas jugaron un papel fundamental en la elección del día D por parte del general Eisenhower. Y durante el conflicto, las nubes, la nieve, el hielo, la niebla y las tormentas afectaron de diferente manera a las señales de radio, al vuelo de los aviones, a las trayectorias de las bombas y el avance de tropas, de los tanques y las flotas. Tras la conquista del átomo, en el ambiente flotaba la sensación de que quién dominase las fuerzas de la naturaleza tendría ganada de antemano cualquier guerra. Y los científicos jugaban un papel fundamental en este nuevo periodo de paz aparente y progreso sin límite, tal y como anunciaba la publicidad de General Electric en los periódicos.

El físico químico Bernard Vonnegut entró a trabajar para GE en 1945. Era considerado el hermano brillante de la familia, frente a una hermana artista y a un hermano menor al que se le daba bien escribir. Su vida “siempre discurrió según lo planeado”, según Ginger Strand, y disfrutó de una educación elitista que desembocó en un doctorado en el MIT. Dentro de los laboratorios de investigación de la compañía formó parte del llamado Proyecto Cirrus, encargado de investigar los fenómenos climáticos (según la nota de prensa emitida por la compañía, “manipular las gigantes fuerzas de la naturaleza en beneficio de la Humanidad”) en colaboración con las Fuerzas Armadas norteamericanas. Su principal hallazgo consistía en “sembrar” las nubes con yoduro de plata para provocar lluvia. Bernard, como otros de sus colegas, se movían entre el amor por la investigación, motivados por conocer cómo funcionan las fuerzas de la naturaleza, y el miedo de que, bajo la supervisión del ejército y el gobierno norteamericanos, podría repetirse el caso de la bomba atómica y que sus descubrimientos fueran utilizados con fines violentos.

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El control del clima, tal y como era tratado en los años 40 y 50.

Kurt Vonnegut también debía estudiar químicas según el deseo familiar –aunque sus padres economizaron en gastos con él tras la inversión en Bernard, mandándole a la escuela pública–, y de hecho lo intentó, si bien le venció su deseo de ser escritor o periodista. En 1943 se alistó en el ejército, fue hecho prisionero de guerra en diciembre de 1944 y, como todos sus lectores saben, vivió el bombardeo de Dresde, un hecho imborrable presente desde sus primeros relatos, que finalmente convertiría en una novela magistral –con saltos en el tiempo–, Matadero cinco. De vuelta en EEUU, se casó con su novia Jane, a la que conocía desde la infancia, lo intentó con la Antropología (lo más parecido a una ciencia para él), y compatibilizó sus estudios con un trabajo en una agencia de noticias como copy boy, mientras su primer hijo venía de camino.

En 1947, Kurt entró en el departamento de relaciones públicas de GE –mintiendo para ello sobre sus calificaciones académicas–, donde su trabajo consistía en parte en escribir notas sobre los mismos aparatos que todos los trabajadores compraban para su casa en la tienda para empleados: una nevera, un fogón de cocina, una lavadora automática. Ese año, las ventas de la firma ascendían a 1.300 millones de dólares. La empresa que se había hecho de oro suministrando equipo para que su país ganara la guerra quería estar ahora en todos los hogares americanos. Además de anuncios e ilustraciones, el departamento de relaciones públicas tenía su propia agencia de noticias, que salvo por lo de la objetividad, funcionaba igual que un periódico, con sus reporteros buscando historias y un ramillete de publicaciones internas, muchas distribuidas fuera de la empresa.

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Totalitarismo de empresa

The Brothers Vonnegut subraya lo que ya nos contaba hace unos años el editor Santiago Tobón con motivo de la publicación en castellano de algunos de los relatos del escritor en Mientras los mortales duermen (Sexto Piso): que Kurt Vonnegut fue un “jornalero”, un escritor de clase media que tuvo que pagar la hipoteca con relatos cortos en revistas y con otros tipos de trabajo. Que escribía por las tardes y los fines de semana, mientras fumaba Pall Mall como un gremlin para alimentar a sus tres hijos –y posteriormente, a otros tres críos más, los de su hermana Alice, de quienes él y Jane se hicieron cargo tras su muerte por cáncer en 1957–.  Que abrió uno de los primeros concesionarios Saab en EEUU y que también fracasó. Que recibió continuos rechazos de editores y revistas antes de publicar. Que reelaboró sus textos y que volvía a los mismos temas: los efectos de la guerra, los conflictos entre la libertad y la moral, la idea extraída de su lectura de Los hermanos Karamazov de que si no existe un dios –y Kurt no creía en él–, los hombres tendrían la necesidad de inventarlo.

Ciencia ficción, en efecto, pero para hablar del presente, del aquí y el ahora. Su miedo al totalitarismo no nace en mundos exóticos, sino del mismo centro del libre mercado y se refleja en las actitudes y los valores de empresa: la adoración de los empleados por su jornada laboral, el espíritu mecánico del trabajo en equipo, la fe en el progreso, la tecnología y la ciencia, el entusiasmo por todo lo que entonces oliese a futuro, a un futuro hecho de máquinas, a base de código y semiconductores. Como escribe Ginger Strand, “tanto los nombres de empleados de la GE como las ideas emergen continua y evocativamente en todo lo que Kurt escribió”. Y como Vonnegut dijo cuando le preguntaron por qué elegía el género de las naves espaciales y los universos alternativos para hablar del presente: en realidad, “la General Electric era ciencia ficción” en aquellos años.

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Bernard Vonnegut trabajando en la GE.

Bernie dejó GE en 1952, cuando el proyecto Cirrus fue cerrado. La empresa ya no buscaba más la motivación de sus empleados con aquel lema utópico que rezaba “¿Te estás divirtiendo hoy?”. Fue el mismo año de la publicación de la primera novela de su hermano –que ya había dejado antes la empresa para intentar ganarse la vida escribiendo–, La pianola, una historia distópica en la tradición de Orwell y Huxley que, al igual que Cuna de gato, se inspiraba en el trabajo de Bernard y sus colegas.

¿Qué había detrás el impulso original de un proyecto para controlar el clima? Según Ginger Strand, “los militares querían armas, los comerciales querían beneficios, la General Electric quería publicidad y los meteorólogos quería proteger su territorio”. Siete años después de ser contratado por el gigante tecnológico, tras muchos intentos fallidos por que el gobierno regularizase y controlase la manipulación del clima, ni la empresa era la misma ni tampoco la nación americana, que se preparaba para un nuevo orden: el de los ordenadores, la electrónica y los transistores. Bernard siguió investigando las tormentas, pero no para intentar “controlar” las fuerzas de la naturaleza, sino para “conocerlas”. Murió en 1997 de cáncer. Su obituario en el New York Times no esquivaba las implicaciones legales y comerciales de las alteraciones en los fenómenos atmosféricos.

Ginger Strand ha acudido a una enorme variedad de fuentes para documentar su libro, desde la familia Vonnegut a los archivos de la GE. Y de ellas extrae una certeza sobre Kurt, aplicable a muchos hombres que escriben sobre sus vidas y convierten a sus mujeres en parte de su obra: que su esposa Jane, de la que se separó en 1970, fue fundamental para entender al autor que hoy adoramos. “Una mujer que respiraba vida y energía y resolución. Sin ella, el Kurt Vonnegut que conocemos nunca habría existido. Hasta cierto punto, él fue un personaje creado por ella”.

Publicado el 12/12/2015 en El Español.

Houdini contra los estafadores

In Antiguos Maestros, Magia y Psicodelia on 30 enero, 2016 at 3:36 pm

 Cómo hacer bien el mal (1906) es un volumen que recopila algunos textos del mago dedicados a desenmascarar los métodos de pillos y ladrones

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“No, estimado lector, no es mi propósito contarle cómo abro cerrojos, cómo escapo de una celda en cuyo interior he sido encerrado, tras haber sido desnudado por completo y maniatado con pesados grilletes. No es mi intención contarle en este libro cómo escapo del baúl o de la caja fuertemente atada y claveteada en la que he sido confinado, ni cómo descerrajo cualquier esposa reglamentaria que pueda fabricarse. No todavía. Puede que algún día lo cuente, y entonces lo sabrá. Por el momento, prefiero que todos aquellos que me vean saquen sus propias conclusiones”.

Publicado originalmente en 1906, Cómo hacer bien el mal no es un tratado en el que Harry Houdini (1874-1926) enseñe los bolsillos de su chaqueta al público y revele los trucos que lo convirtieron en el mago más famoso del mundo. Sin embargo, tiene mucho que ver con el ilusionismo y el escapismo: fruto de entrevistas con delincuentes y agentes de policía, de recortes de periódico y de sus propias lecturas, se trata de una recopilación de textos en los que el autodenominado “Gran Auto-Liberador, Rey Mundial de las Esposas y Escapista de Prisiones” deja en evidencia los métodos utilizados por pillos, carteristas, estafadores y otros profesionales de lo ajeno a la hora de cometer sus crímenes y esfumarse.

El libro está salpicado de anécdotas personales y de algunas polémicas que Houdini vivió durante sus viajes y sus trabajos en diferentes ciudades para teatros, ferias y circos. Es un viaje en el tiempo, una vuelta a la época en que las ciudades eran un hervidero de personajes fascinantes, de falsos hombres-elefante y charlatanes vendedores de crecepelo, antes de que la magia y el misterio fueran barridos por completo de la faz de la tierra, dejándonos como estamos. Algo aburridos.

La editorial Capitán Swing ha completado el original con otros escritos menos conocidos publicados en la época (algunos en Conjurer’s Monthly Magazine, revista creada por el propio Houdini en 1906), donde “demuestra ser un escritor tan inteligente y astuto como lo era en tanto ilusionista”, según los editores españoles. También cuenta con un prólogo del cómico y mago Teller, que ayuda a trazar un perfil de Houdini para aquellos que solo conozcan al personaje por su buena fama.

Además del rey de los magos, Houdini fue también el rey del márketing y del autobombo un siglo antes de que los virales nos robaran las mañanas procrastinando. Era una showman y un fabricante de marca. Pecó de vanidoso y atacó sin piedad a imitadores y estafadores, especialmente a los que practicaban el espiritismo, médiums y videntes, a quienes dedicó mucho tiempo y esfuerzo en desenmascarar. Fue un autodidacta que cultivó su intelecto y que invirtió parte de su fortuna en libros y en una esplendorosa biblioteca. “Reverenciaba la erudición”, dice Teller, que opina que “Houdini también aspiraba a ser escritor”.

Cómo hacer bien el mal

“Nada me gustaría menos que se dedicase usted al mundo del espectáculo. En una vida muy dura, eso dicen”, escribe Houdini. Hay que buscar pistas sobre esto en su biografía: cuando tenía nueve años entró como aprendiz de un mecánico, poco después se escapó de casa, se unió a un circo “y pronto aprendí a ofrecer espectáculos de marionetas de cachiporra, ejercer de ventrílocuo y hacer de payaso en los bares. También echaba una mano en la orquesta, a saber, tocaba los platillos. De esta forma adquirí la experiencia que posiblemente me preparó para adentrarme en el mundo del Rey de las Esposas y Escapista de Cárceles, título que me he ganado justamente”.

Lo dicho: un ilusionista tiene mucho en común con un ladrón, por eso Houdini se decide a escribir un libro como este. Por un lado, “para salvaguardar al público contra las prácticas de las clases criminales desvelando sus diferentes trucos y explicando los diestros métodos de los que se valen para defraudar”. Por otro, “confío en que este libro constituya una lectura entretenida e instructiva, y que los hechos y experiencias, las revelaciones y explicaciones que aquí se presentan sean de interés para el lector, y valgan además para colocarlo en una posición en la que sea menos propenso a convertirse en víctima”.

También como los buenos magos, los buenos ladrones deben cuidarse de parecer algo que no son (hombres serios, respetables caballeros incluso). Tienen que conseguir que su víctima mire a la luna, y no al dedo que la señala, que es el que tiene que trabajar sin ser visto. La labia hace milagros, o mejor: hace creer en milagros. “Tan bien organizada está la maquinaria de la ley y la protección policial en nuestra civilización moderna que uno de los primeros requisitos para alcanzar el éxito como delincuente profesional es tener buena cabeza”. Como avisa Teller en el prólogo, el caso del robo de diamantes usando un chicle es digno de pasar a la historia de los delitos más ingeniosos hechos con menos medios.

Como el mago, el ladrón debe ser bueno moviendo las manos. Es el caso de los ágiles trileros que en las plazas de las ciudades invitaban al “boquiabierto palurdo” a apostar una moneda a que eran capaz de encontrar debajo de cuál de las tres cáscaras se esconde un guisante. También reventando cerraduras, no digamos ya escapando de cárceles, y los hay que usan todo tipo de artilugios trucados para engañar a los despistados: maletas falsas, brazos falsos, baúles con doble fondo, sofás huecos donde caben agazapados un adolescente o una mujer menuda, listos para desplumar a los incautos en su casa.

Y luego está el morro. Antológica también es la estafa de aquel a quien se le ocurrió anunciar en la prensa la venta de máquinas de coser por un dólar. A los que le mandaban el dinero en un sobre junto a su dirección, les enviaba de vuelta una aguja. Hay variantes de todo tipo. En esta categoría entran también los sanadores por imposición de manos (¡incluso a distancia!) y “el vendedor de jarabes milagrosos a la vieja usanza que mercadeaba agua azucarada y coloreada bajo algún nombre rimbombante, como el Elixir y Tónico del Dr. Nosecuántos, desde la parte trasera de un carromato después de haber atraído a una muchedumbre de curiosos con un discurso o un espectáculo juglaresco al aire libre”. Los lugares donde se hacen apuestas y se juega con dinero son otros de los preferidos por los ladrones para dar sus golpes.

Un buen prestidigitador (casi) nunca revela sus trucos

La parte central de Cómo hacer bien el mal está formada por un grupo de textos en que Houdini da consejos a otros magos a la hora de trabajar. Y eso empieza por unos buenos modales y unos igualmente buenos pulmones, ya que Houdini, como un experto en venderse a sí mismo que era, consideraba que “no es del truco en sí mismo ni del saber ejecutarlo de lo que depende el éxito de su representación, sino de cómo se comunica”.

Cómo abordar al público es lo más importante y si los magos no suelen alcanzar el estrellato, escribe Houdini, es porque “creen que todo lo que tienen que hacer es disponer sus artilugios sobre la mesa y saltar de un truco al siguiente. El experimento y los artilugios son secundarios”. Lo que tenga que decir, dígalo con convencimiento, como si creyera en su propio milagro, aconseja. Si encima se aporta un poco de humor a la representación, su público se lo agradecerá.

En cada capítulo, Houdini aborda un truco diferente y da valiosas lecciones, algunas sacadas directamente de sus enfrentamientos, como el que tuvo con otro escapista, Kleppini, en Dormunt (que se pavoneaba en público de haber derrotado a Houdini y al que este dejó en evidencia con un par de esposas con candado de letras) o con algunos policías “corruptos” que ayudaban a farsantes a ejecutar falsos escapismos de cárceles (policías para los que Houdini termina pidiendo pena de prisión). Precisamente la policía alemana le acusó ante la prensa de estar haciendo “una gira de actuaciones fraudulentas” en 1902, por lo que Houdini les llevó a juicio y ganó la demanda actuando ante el juez y demostrando así que era capaz de escapar de cualquier atadura o encadenamiento a la que fuera sometido. Los trucos de cuerda, afirma, están mejor vistos y valorados que otros.

Otros textos están dedicados a desmontar, o al menos a intentar explicar la naturaleza fraudulenta de tragaespadas, comepiedras (incluido un español que llegó a ser popular en 1790), come-ranas, bebe-venenos y otros oficios menores, hasta llegar a un tipo que hacía creer que era capaz de beber agua para vomitarla después convertida en vino, cerveza y hasta agua de rosas por algún extraño don estomacal. Y que luego resultó una combinación de ayuno, agua tibia, vinagre y nueces de Brasil. Houdini tiene mucho de aventurero, por eso se permite incluso el lujo de dar algunos consejos a los desafiadores de reptiles venenosos, especialmente remedios para evitar la muerte en caso de envenenamiento. Los magos de verdad, los serios, en cualquier caso, prefieren trabajar con otro tipo de animales: “Los trucos con conejos siempre tienen éxito”, dice.

La conexión literaria: Conan Doyle y Lovecraft

La conexión de Houdini con el padre de Sherlock Holmes no se limita a su amistad y al texto que Conan Doyle escribió sobre él (El enigma de Houdini, también incluido en el volumen que se publica ahora): es que muchos de los artículos de Houdini parecen estar planteados al lector como un relato de misterio, como un desafío en el que él juega el papel detective que debe resolver un robo, con esa mezcla de gélida profesionalidad y teatralidad en la puesta en escena típica de los sabuesos de la literatura. En alguna ocasión el propio Houdini llega de disfrazarse con bigote y peluca falsos para ello.

Pero si algo separó a Houdini y Conan Doyle fue la manera de enfrentarse a lo paranormal. El paciente y más bien crédulo Doyle estaba convencido de que los poderes de Houdini tenían “naturaleza psíquica” y que eran “un don de dios”, e incluso de que la muerte del mago había sido una especie de venganza de “otras fuerzas que escapan al control humano” ante los esfuerzos de Houdini por desacreditarlas. Había señales de ello y para Doyle la “profecía” terminó por cumplirse: Harry Houdini, que aprovechaba cada oportunidad que tenía para “ridiculizar algo que yo considera una causa sagrada”, murió envuelto en el mismo misterio con el que trabajó durante su vida.

La conexión de Houdini con Lovecraft nació de un encargo del fundador de la revista Weird Tales en 1924, que intuyó con olfato que incluir al popular mago en su publicación podía relanzarla y atraer lectores. Entre otras colaboraciones, el acuerdo con Houdini incluía la publicación de algunas historias bajo su nombre aunque escritas por otros. Lovecraft fue el negro, y de la mezcla de una supuesta experiencia vivida por Houdini en El Cairo y la imaginación alucinada del escritor de Providence nació el relato Bajo las pirámides.

En él, un Houdini fascinado con los misterios de Egipto, un país “oscura cuna de civilización” y “manantial de horrores y maravillas innombrables”, es secuestrado, atado e introducido en lo que parece ser un templo en la meseta de Guiza, con el objetivo de demostrar que podía salir de semejante laberinto con vida. El mago se enfrenta allí a un “espeluznante suplicio”, marca de la casa Lovecraft: construcciones ciclópeas, espacios mohosos, anormalidades malignas, “nauseabundos vacíos inferiores” y otras experiencias de horror cósmico y hechicería amorfa, que describe como “el éxtasis de las pesadillas y el súmmum de la crueldad extrema”. Ni que decir tiene que, en su relato, consiguió escapar de ahí abajo. Según parece, Houdini aún intentó embarcar a Lovecraft en otros proyectos, como la escritura de un libro titulado The Cancer of Superstition, que se vería truncado por la muerte del mago en 1926.

Desaparezca aquí

Houdini advierte en Cómo hacer bien el mal que “NO SALE A CUENTA LLEVAR UNA VIDA DESHONESTA”. “Para aquellos que lean este libro, aunque les informe sobre Cómo hacer bien el mal, sólo les puedo decir una cosa, en tres palabras: NO LO HAGAN”. Las mayúsculas son suyas.

Al lector que se acerque hoy a Cómo hacer bien el mal solo le quedará una frustración tras terminar semejante catálogo de pillajes: que Houdini no llegara con vida para ver como políticos, banqueros y otras gentuzas de confianza bien vestidos de asesores se lo llevan crudo, haciendo desaparecer montañas de monedas tamaño tío Gilito con solo chasquear los dedos. Ese sí que es un buen truco.

Versión original del texto que salió editado en El Confidencial el 25/06/2013

 

Cómo acabar con la alta cultura de una vez por todas (con la ayuda de una mochila voladora)

In Cartoon, Sci-fi on 18 diciembre, 2015 at 5:45 pm

Colaborador de ‘The Guardian’ y ‘The New Yorker’, el dibujante Tom Gauld reúne algunas de sus tiras cómicas en el libro ‘Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora’

 

Como queda feo explicar cómo funciona una viñeta, mejor echa un vistazo a esto antes de empezar:

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Si eres un lector habitual con las manías propias de un lector habitual, de esos que retrasan todo intento de poner orden en su biblioteca, que se ha planteado más de una vez por qué siguen vigentes los métodos de un detective de la vieja escuela en pleno siglo XXI o incluso quién ganaría en una pelea a puñetazos entre Shakespeare y un robot gigante, lo normal es que te hayas topado con alguna de las viñetas que semanalmente publica Tom Gauld en The Guardian. Y que hayas pensado: este tipo está hablando de mí. En caso contrario, no huyas todavía: Gauld acaba de reunir algunas de sus tiras cómicas para el periódico británico en el libro Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora (Salamandra Graphic). Una oportunidad para hablar con este escocés al que Maria Popova de Brain Pickings considera heredero de esa saludable tradición de autores que entiende que “la división entre altura cultura y cultura popular es una afirmación falsa y tóxica”.

Gauld lleva publicando su trabajo desde 2001 y ha recorrido un largo camino hasta verlo en medios como The New Yorker, donde también colabora como ilustrador. Y muchas de estas viñetas hablan de su experiencia: despachos y portazos, decisiones editoriales cuestionables, personajes que empezaron siendo mayordomos y que terminaron siendo viudas, ¿son las manías lo que hacen al escritor?

La idea de un autor en lucha contra su propia obra, que aquí debe imaginarse más o menos como un calamar borracho llegado del espacio exterior, “es un tema recurrente en mis viñetas porque la narración es para mí la parte más complicada. Dibujar me resulta muy placentero y lo hago prácticamente a diario desde que era pequeño, pero escribir es algo nuevo y se parece más a un trabajo”, cuenta a El Confidencial.

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Gauld sabía desde niño que si quería pasarse el día entero dibujando necesitaba ganarse la vida con ello: ingresó en el College of Art de Edimburgo, se especializó en ilustración y, tras un periodo dibujando los textos de otros, decidió que era momento de contar sus historias. “Influido, por un lado, por amigos que trabajaban en el cine y en la animación, y por otro por autores gráficos como Edward Gorey, Dan Clowes, Chris Ware y Ben Katchor”, dice. Dio el salto al Royal College of Art en Londres y tras eso montó la editorial Cabanon Press con su colega Simone Lia para dar salida a sus propias creaciones. En castellano también se ha editado Goliat (Sins Entido, 2012), donde se recrea redibujando el mito de David y Goliat.

Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora también habla de Gauld como lector. Y de todos nosotros, vaya. Un lector poco dado a la reverencia: hay en ellas una intención de darle la vuelta a tanto cliché literario insoportable, a la mitomanía, a la lectura como asignatura obligatoria. Detrás del intento de enfrentarse a un clásico siempre hay un riesgo de epic fail, y ahí es donde se coloca Gauld. “Probablemente es una mezcla de ambas cosas. Mi viñeta para The Guardian está pensada para el Review, que habla sobre todo de libros, pero también sucede que yo adoro leer”, cuenta.

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“Así que soy culpable de muchos de los pecados que aparecen en ellas. Los intentos fallidos tienen mucha más gracia que los éxitos, así que mis viñetas suelen reflejar los malos hábitos de los lectores: la pereza, la facilidad para distraernos con un iPhone, pretender que has leído un libro cuando no lo has leído, ser un esnob… este tipo de cosas”.

Las hermanas Brontë, el videojuego
Gauld afirma que hay pocos clásicos de la literatura de los que no haya disfrutado como un enano, “pero no me gusta la idea de que necesitemos poner esos libros en un pedestal y no poder criticarlos o reírnos de ellos. Tampoco me gusta la idea de que alguien se sienta mal por leer a Dan Brown en lugar de a Jane Austin. Trabajar con clásicos da mucho juego porque la gente tiene ideas muy claras sobre ellos y puedo darles la vuelta. Eso es algo más complicado de hacer con libros recientes, muy pocos de los cuales forman parte del conciencia colectiva”.

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Una de la formas de darle un meneo a las convenciones es introduciendo elementos ajenos al medio. Como hijo crecido en los años ochenta, Gauld (1976) ha dedicado parte de su vida a matar marcianos y resolver puzles visuales, lo que se traduce en sus temas pero también en la forma de plantear la viñeta: a veces parecen a una pantalla plana donde los personajes solo son capaces de mostrar el perfil, otras que estamos ante uno de esos pasatiempos en los que hay que encontrar objetos perdidos o la salida de un laberinto.

“Encuentro muy atractiva la estética 8-bit. Me gusta la simplicidad y los videojuegos de la primera época de los ordenadores personales y videoconsolas tendían a ser simples porque la tecnología no permitía hacer cosas más complicadas. Perdí el interés cuando todo empezó a ser demasiado hiperrealista y en 3D, pero últimamente los juegos sencillos para móviles o cosas como Minecraft me han mantenido más inspirado”, confiesa. “Me gusta usar referencias a los videojuegos porque resultan inesperadas, y aportan color si las colocamos en un discusión sobre las hermanas Brontë o Tolstói. Técnicamente no estoy especialmente interesado en la perspectiva o la profundidad en mis dibujos, lo que da a las viñetas, incluso a las que no tratan sobre videojuegos, ese aire de un viejo plataformas”.

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Otra de sus inspiraciones es la ciencia ficción propia de Los supersónicos, los viajes en el tiempo, las mochilas y los coches voladores, una nostalgia pre-milenio encantadora y naif visto el desarrollo de las cosas. Pero a Gauld le interesa precisamente ese tono optimista y aquella confianza en el progreso y aquellos fabulosos cacharros e inventos. “No siento que viva en una distopía. Creo que algunas cosas son mejores a día de hoy, otras peores. He dibujado viñetas sobre el aspecto más oscuro de nuestro mundo pero intento suavizarla con elementos positivos: no quiero que mi trabajo sea deprimente”.

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Sobre política y atracones intelectuales
No es justo reducir a Gauld a dibujante-para-lectores-y-escritores. Acaba de estrenarse como colaborador de New Scientist Magazine, algo más complicado porque “sé bastante menos de ciencia que de literatura, pero siempre es interesante poder llevar el humor a nuevos lugares”. Ha optado como tarjeta de presentación por una viñeta sobre las asombrosas aventuras del gato de Schrödinger. Otros conflictos que se muestran en Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora incluyen ciencia contra religión, la vida rural contra la vida urbana, lo natural y lo artificial, el salto generacional o la posición de las mujeres en la sociedad.

“Me interesan todos ellos, pero probablemente lo que más me interesa es el conflicto en sí mismo. Coger un tema en debate y llevarlo hasta su extremo más ridículo es una buena forma de reírse de él. Cuando es posible me gusta burlarme de ambas posiciones contrapuestas, aunque suelo ser más duro con el lado con lo que no estoy de acuerdo. Me gusta reírme no tanto del punto de vista que alguien pueda tener sobre algo como del hecho de que lo presente de forma poco razonable o intolerante”.

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Gauld cuenta que votará en las próximas elecciones británicas del 7 de mayo y que su interés por la política incluye discusiones habituales con amigos y familiares. “En mi trabajo prefiero no entrar en decisiones partidistas o políticas concretas, así que intento hablar de forma general sobre la gente, las actitudes y la sociedad”, afirma. “Pero las ideas de uno se desprenden con facilidad de nuestro trabajo, lo hagamos o no de una forma consciente”.

Es muy probable que el pop termine comiéndose a sí mismo, como ya nos avanzó la prensa musical, pero antes se zampará el arte sagrado, tu biblioteca y todos aquellos antiguos maestros que, como dejó escrito Thomas Bernhard, puede que una vez pareciera que escribían para nosotros pero que están destinados a decepcionarnos “mortalmente”: porque “cuando uno ha perdido a su ser más próximo” las estanterías se quedan vacías “y uno comprende que no son esos Grandes Ingenios ni esos Maestros Antiguos los que lo han mantenido vivo durante decenios, sino sólo ese ser único, al que quiso más que a ningún otro”.

Publicado originalmente en El Confidencial el 27/04/2015