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Last King of Africa: cómo matar el gusanillo

In Gamefilia on 26 enero, 2010 at 11:02 pm

Me molesta la nostalgia porque es como la mala publicidad: apela a lo más bajo, normalmente mediante la peor vía, la vía sensiblera, y nos hace pensar que un tiempo pasado fue mejor tocándonos allí donde guardamos los recuerdos agradables. Por desgracia, mis defensas se vienen abajo en el caso de las aventuras gráficas, digamos, old school, un terreno donde recaigo como un bobo. ¿Last King of Africa es una de las de toda la vida? Aparece el gusanillo. El hecho de ir acompañado de la pegatina de videojuego de artista (Benoit Sokal) y de estar ambientado en África, destino de moda para los programadores, terminó de disparar mis expectativas. Tras jugarlo siento una nostalgia invertida: detrás de su sucesión de situaciones ilógicas que buscan complicar deliberadamente algo tan sencillo como es el mecanismo de una palanca, permanece intacto el rancio, inamovible y conservador espíritu clásico de las aventuras gráficas.

El stylus y la pantalla táctil son responsables de que la Nintendo DS viva un romance con las aventuras gráficas sin parangón en ninguna otra plataforma, sin contar con el PC, que es la que mejor las ha tratado hasta la fecha. Consiguen que la sobreexplotadísima mecánica point and click sea realmente una ventaja y no un lastre que nos lleva a barrer el escenario con el cursor en busca del pixel que activa el maldito puzle (que también: parece inevitable). Por el contrario, el reducido tamaño de esta misma pantalla hace revivir fácilmente males habituales, especialmente los nacidos de un control mal calibrado que acaba afectando a lo esencial: el movimiento del jugador y la ejecución de sus acciones.

Pasan los años y sigue siendo frustrante dar golpes de ciego en un decorado hermoso pero tristemente vacío de elementos interactivos, con la esperanza de encontrar algo que se aleje del guión, una salida de tono, al menos. Pero el abuso de diseños inútiles también parece ser un mal necesario: es eso que nos distrae mientras recorremos por enésima vez de arriba abajo un escenario que nos sabemos de memoria.

Hay otra serie de problemas que no deberíamos considerar natural a las aventuras gráficas, sino malas traducciones de un pasado que, descaradamente, fue peor. La cámara fija es poco menos que una esclavitud injustificada en los tiempos que corren, y uso debería estar compensado de forma considerable (el lucimiento de escenarios no basta). Es algo que, lejos de aportar ni siquiera personalidad, resta espontaneidad a nuestras acciones y empuja al jugador a seguir un camino por eliminación. Por no mejorar, Last King of Africa ni siquiera hace nada por intentar evitar esa molesta pérdida de la orientación característica que se produce al pasar de una estancia a otra y cambiar de ángulo de visión.

Algo parecido sucede con los típicos atascos. ¿Acaso toda aventura que se precie no debería permitirse el lujo de dejar tirado al jugador en alguna ocasión, condenarlo a dar vueltas por la selva con un flotador, una lupa y una raspa de pescado? Por su bien, no. Porque los atascos en Last King of Africa se resuelven con el método clásico de ir probando combinaciones de objetos, por muy descabelladas que sean, hasta dar con la solución por pura casualidad.

Como jugador, hacer trampas es una licencia que me tomo como protesta ante un modelo narrativo tan rígido que parece que siempre te lleva de la mano, basado en puzles más o menos conectados sin alguna de cuyas piezas es imposible avanzar. Eliminar estas situaciones no tiene nada que ver con la dificultad, como muy bien entiende El profesor Layton y la villa misteriosa, sino con no ponerle zancadillas constantemente al jugador.

Last King of Africa hace mucho a favor de desterrar la nostalgia porque nos recuerda que fue el éxito lo que mató a la gallina de los huevos de oro. Acabamos saciados de aventuras gráficas que nos recordaban a otras aventuras gráficas. Puede que detrás de Syberia 2, también de Sokal (y otra experiencia medio autista que he vivido recientemente en su adaptación a Xbox) o Last King of Africa haya una historia muy trabajada, pero esto no garantiza un buen videojuego. Ni siquiera un buen libro. Tampoco es lo más destacable en un, ejem, videojuego de artista: la de Last King of Africa está llena de tópicos, aunque qué argumento no lo está.

Lo digno de denuncia es que todo lo que promete como aventura se reduce fácilmente a reunir objetos de un solo uso y llevarlos de un sitio a otro, mientras intentamos no caer sepultados bajo las líneas de texto de un monólogo que viaja una sola dirección. Invito a jugarlo para matar definitivamente el gusanillo, si es que lo tenéis. Sospecho que algunos recuerdos es mejor dejarlos estar o se deshacen entre los dedos.

Publicado en Gamefilia el 22/12/2008

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