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Bandas sonoras imaginarias #2: Flower vs. Fennesz

In Arty, Gamefilia, Postmoderneo, Ruidismo on 30 enero, 2010 at 10:13 pm

Dicen sus creadores que Flower es la versión jugable de un poema y que explota la tensión entre el ajetreo urbano y la serenidad de la naturaleza permitiéndonos controlar algo tan elevado de espíritu como una corriente de aire. Tan presuntuoso y extraño como suena: todo lo que tenemos que hacer es dirigir el viento a través de paisajes preciosistas en alta definición mientras vamos rozando flores como si fueran notas de colores. Oig. Lírico hasta el sonrojo y pausado, es cierto que su sutileza parece buscar más una sensación en el paladar que una explosión de sabor. También que su banda sonora apesta a perfume de rosas. Es demasiado ligera. He aquí mi alternativa sin pétalos, nada hippy: el austríaco Fennesz, otro poeta de lo digital capaz de evocar la goteante melancolía de una estampa de verano a base de distorsión sonora.

Lo más “interactivo” que se puede decir de Flower es que a veces parece un videojuego de carreras de coches. Hay que girar el sixaxis de la PS3 como si fuera un volante para tomar las curvas cuando alcanzamos ciertas velocidades, aunque también podemos quedarnos de manera casi estática en todo lo alto y pensarnos el próximo movimiento.

A lo largo de su historia, que nos lleva de viaje volaaando desde el campo a la gran ciudad, hay pequeños objetivos que cumplir (que funcionan como puntos de guardado), pero todos se pueden resumir en uno: despertar paisajes apagados aportando luz, colores y dando vida a decenas de flores cerradas. Cada uno necesitará el uso de una habilidad distinta solo disponible en ese nivel, que podemos repetir una vez terminado para completar tareas.

Endless summer, el álbum de Fennesz que me ha venido a la cabeza tras la (corta) experiencia de Flower, fue lanzado en 2001 por Mego, sello vienés especializado en electrónica más o menos ruidista. Aunque hay opiniones para todo (muchos encuentran sobrevalorada su presencia obligada en toda lista con los mejores álbumes de esta primera década del siglo XXI), otros comparan su tratamiento del sonido al del Loveless de My Bloody Valentine, es decir: es uno de esos discos que te enseña a escuchar de otra manera.

Fennesz somete a su guitarra a todo tipo de filtros y efectos y su intención es llevar el instrumento al límite para sacar de él lo que nadie hasta ahora ha sacado, sin perder de vista que la música es un vehículo para transmitir ideas más o menos concretas. En su caso, para vestir de una manera nunca vista una imagen tan recurrente en el ideario poético como un verano que deseamos interminable.

Creo que en ambos casos es una cuestión de estimulación por evocación. Flower quiere parecerse a un paisaje impresionista, ese que se ve desde detrás del cristal de una ventana que exagera y acentúa sus luces y colores. Un paisaje idealizado y saturado, llenos de brillos, parte fotografía, parte pura manualidad, algo que vive congelado en su propio tiempo.

Funciona en su conjunto, aunque no tan bien cuando acercamos la cámara y buscamos el detalle: ahí revela un trazado con unos pocos elementos pero muy efectivos (sólo hay que dejarse llevar el vaivén de la hierba). Y porque en Flower hay que estar suspendido pero en continuo movimiento, hay que sentir cómo pasa el paisaje a nuestro lado y no pararnos a observarlo. Ahí abajo no pasa nada.

La evocación estival de Endless summer también funciona cogiendo el todo por encima de sus partes: de nada sirve despojar a sus composiciones de las capas de manchurrones sonoros porque no son en absoluto innecesarios y porque debajo no hay ninguna canción desnuda que necesite ser despojada de nada. Sólo están insinuadas aquellas tardes de verano en la que todo parecía derretirse con una tristeza anaranjada.

Tampoco permite recrearnos “de cerca” en sus múltiples detalles, muchos de los cuales están ahí por error o como consecuencia de una producción poco ortodoxa. No dicen nada de la voluntad del autor más que su intención de dejarlos ahí.

Un juego de palabras de lo más fluido para terminar: flOw y Flower. No en vano, ambos videojuegos son obra de las mismas manos: las de la gente de That Game Company (ambos están disponibles vía descarga en PlayStation Store). Al margen de las similitudes entre manejar una ameba y una ráfaga de viento (¿las hay?), su control a través del sixaxis está justificado como pocas veces y acaba convirtiéndose en algo que ayuda inevitablemente en la inmersión. Flower, decía yo, esconde un logro-homenaje a flOw en uno de sus niveles, que más que un verso de sus creadores es una declaración del principios sobre su propia concepción de los videojuegos: “La vida podría ser tan simple…”. Pues eso: que se acabaron las vacaciones.

Publicado en Gamefilia el 16/3/2009

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