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Sega Bass Fishing: Tom Sawyer es gay (y también le gusta pescar)

In Asuntos internos, D.I.Y., Gamefilia, NoFicción, Queer Conspiracy on 30 enero, 2010 at 9:47 pm

A mi novio le gusta pescar. Yo suelo imaginarme su infancia en plan Tom Sawyer, en una granja en el Brasil rural de los años setenta: hasta arriba de barro seco y con heridas en las rodillas después de un día sofocante, camino de un embarcadero de madera, con una caña al hombro y un lata de lombrices. Aunque ya me ha advertido de que él no corría descalzo. No ha crecido con videojuegos, pero se le dan bastante bien las partidas de billar en el Home. Es decir, ponle frente a algo cuyas reglas conozca y aparece un jugador potencial, con ganas de competición y de echar otra y otra. Así que con Sega Bass Fishing para Wii podía pasarle dos cosas: que su propuesta de trasladar la pesca a un videojuego fracasara por pura ridiculez (viene con “periférico” de plástico para montarte una “caña” con los controles de la consola) o que fuera como darle una raqueta de ping pong a un deportista lesionado. Pasó lo segundo, claro.

Puede parecer una obviedad, pero detrás de este Sega Bass Fishing para Wii (lanzado hace ya casi un año) están las visiones de dos gigantes del videojuego que han hecho mucho por configurar lo que hoy entendemos por ocio interactivo. Un respeto. Lo que tiene su parte buena y su parte mala. La mala es como título ya representó un papel antipático dentro de las estrategias de sobreexplotación de ambas compañías: oh no, otra adaptación más a los particulares controles de la Wii de un título de catálogo. La buena es que pocas compañías hacen sentir tan a gusto a sus jugadores, novatos y bien entrenados. Tienen maestría en exprimir una buena experiencia de juego y sintetizarla, y nunca se olvidan de aportar algo de su inmaterial “encanto de la casa” que nos hace cómplices inmediatos de cada uno de sus artificios.

Porque creo que lo que ha hecho que Sega Bass Fishing funcione (y de qué manera) en una persona ajena incluso al nicho al que va dirigido un videojuego de este tipo, es su planteamiento directo y fácil de asimilar a la primera, alejado de la sobredosis hipertextuales y los menús en cascada que buscan el realismo a través de la acumulación de información detallada. Nada debe asustar más al aficionado al golf que un vistazo a uno de esos sesudos videojuegos (de golf) que cubren su pantalla con parámetros exactos sobre la fuerza y la dirección del viento, como si habitualmente se practicara al aire libre con una calculadora. La típica barra que cambia de color para avisarte de cuándo y cómo tienes que tirar, y poco más.

Lo que importa aquí es pescar y pescar debe ser algo asequible, algo mucho más práctico que teórico. La idea, repito, es lanzar la caña, esperar, recoger y pesar tu pieza, una vez tras otra, en distintos modos que van desde duros y larguísimos torneos al llamado “modo naturaleza”, que excluye cualquier tipo de presión sobre el jugador y lo deja a su aire sin más objetivos que coger peces y disfrutar del sonido ambiente.

En este sentido, el control tan “manual” de la Wii es fundamental para tener éxito. Sega Bass Fishing pretende que la pesca sea algo divertido, más que una experiencia fiel a la realidad y se juega (ahora sí) con las manos y no con la cabeza, aunque hay que tener en cuenta variables como la tensión del sedal, el peso de los cebos, la profundidad de las zonas de pesca, la estación del año y la hora elegida.

No creo que pretenda descubrir a nadie los placeres de esta práctica deportiva que premia la paciencia y fomenta la dilatación del tiempo, o que busque ser su traducción definitiva al videojuego. Y exige algo de nuestra parte para acabar de creernos que estamos sobre una barca, a la caza de una lubina de 18 libras que se mueven en círculos como un tiburón, pero todos los videojuegos exigen un mínimo de implicación. No funcionan de manera automática.

Dicho lo cual,  no sé si tiene sentido hacer un análisis que profundice en aspectos como lo buena o lo mala que es su recreación del agua. ¿Cómo de difícil es “dibujar” un pez y hacerlo parecer eso, más o menos un pez? Sus modelos 3D son más que correctos y se mueven bien en su elemento y los escenarios cumplen su función de atrezzo porque lo importante es lo que ocurre bajo la superficie.

Más importante parecen algunos errores que entorpecen su disfrute, como una cámara que nos deja vendidos detrás de plantas y postes de madera. O un control que a veces cuesta afinar, con la frustración que da “lanzar” el anzuelo diez veces hasta que por fin la “caña” responde y te hace caso. Pero, en general, su control está muy bien calibrado y aunque cuesta más de 15 o 20 minutos hacerse con él, premia que perfeccionemos nuestro estilo, que hagamos las cosas bien.

Me gusta pensar, ahora en plan más ñoño, que todo el mundo tiene su videojuego, sólo tiene que poder encontrarlo entre tanta carátula exagerada de videoclub. Sega y Nintendo han sido responsables de que muchos encontraran su título-llave a esta parte del mundo. Cualquiera de sus videojuegos esconde decenas de razones para convencer al mayor escéptico de la capacidad de este medio para sorprenderse a sí mismo, para alejarse del artificio que en definitiva es y ser una recreación creíble de una (alguna) realidad.

Un ejemplo en Sega Bass Fishing, puro “encanto de la casa” del de antes: tras lanzar el anzuelo al agua, es posible que además de peces, nos encontremos con patos que pasean por el estanque, tortugas o tritones. No podemos cazarlos (aunque es cuestión de tiempo que lo acabemos intentando) pero cumplen una función sutil y se agradecen. “¡Joder, un pato!”, dice riendo mi chico. Y, clic, se produce la magia. Ha dejado de creer que estaba sentado frente a una pecera llena de pescaos bobos y de pronto se siente bajo el aplastante sol un mediodía indeterminado en la otra punta del planeta, como Charlie Brown, estooo, como Tom Sawyer, en el Brasil rural de finales de los setenta.

Epílogo. Mi madre suele soñar con barajas de cartas en movimiento después de una maratón de Solitario de Windows. Mi compañero de piso se ha levantado hoy con los brazos doloridos después de una noche dándole a la caña y al sedal, aunque sólo en su cabeza. Creí que esto podía espantarle de los videojuegos: definitivamente, crean algún tipo de adicción, o al menos, la misma obsesión que dejar sin completar un crucigrama o un puzle de 500 piezas. Qué va: no sé que me ha dicho de colocar la Wii en otra televisión para “jugar con la caña” mientras yo acumulo puntos como un loco para mi perfil en PSN. Lo que me faltaba.

Publicado en Gamefilia el 10/3/2009

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