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Videojuegos a los que nunca jugarás #1: Cabela’s Big Game Hunter

In Gamefilia, Oh no! on 30 enero, 2010 at 8:04 pm

¿Un simulador de caza? ¿Estás de coña? No, en serio: Cabela’s Big Game Hunter lo tiene todo para ser el sueño húmedo de un redneck y la pesadilla de PETA, con sus paisajes de western, su fauna salvaje de búfalos y alces pastando en libertad… y nuestro pequeño arsenal de apestosos rifles preparado para cuando arranque la temporada. Para el resto, una absoluta rareza. Hay que vestirse de camuflaje, coger algunos cebos y reclamos, rastrear las pisadas y buscar un sitio resguardado desde el que esperar pacientemente a que se acerque una manada. Entonces, zas. Y cuidado, porque los animales pueden olernos, así que mejor nos rociamos con la esencia de una hembra en celo y nos ponemos de cara al viento. Puaj, qué asco. ¿En serio? Te lo juro.

En su día me hice con una copia de segunda mano de Cabela’s Alaskan Adventure por pura curiosidad. ¿Hasta que punto en España podemos estar interesados en un videojuego que recrea la pesca en hielo, las carreras de trineos de perros o los concursos locales de tiro al pato? Yo tenía que probar eso. Juzgado con benevolencia, se trataba de un atípico FPS con acción nula, cierta profundidad (en lo suyo: tiendas de campaña, raciones de comida, ropas aislantes, miras telescópicas), estricto en todos sus aspectos jugables (no esperábamos menos de una actividad para hombres) y algunos momentos realmente chungos: es difícil distinguir una liebre ártica macho de una hembra cuando ambas no paran de corretear por todos lados. Al final acabé harto de nieve.

Pero resulta que en Madrid es más fácil hacerse con un Cabela’s Big Game Hunter (cuya distribución intuía erróneamente mínima y que ni siquiera podía imaginar que existía como secuela) que con un Left 4 Dead, que a tan poco tiempo de su lanzamiento ya parece un objeto de coleccionista. Por lo menos, me he encontrado con un título que depura y amplía las buenas ideas de Alaskan Adventure, que las tenía; otra cosa es su manera de plasmarlas. Eso sí, como videojuego oficial de la marca Cabela (multinacional de artículos de pesca, caza y ocio al aire libre), tampoco hay mucho espacio para el encanto: camina en la delgada línea que separa un souvenir hortera con cierta gracia de un producto de merchandising sin alma. Por suerte es algo más que un desfile de artículos para irse de acampada y tampoco hace falta querer ser Cocodrilo Dundee para encontrar algo disfrutable en Big Game Hunter.

A su favor hay que decir que nos saca de los escenarios blancos de Norte América para llevar la acción a otros puntos algo más exóticos, como Argentina, África o Canadá. La vista ha pasado de primera a tercera persona, lo que permite apreciar mejor los escenarios (el punto fuerte en una propuesta tan contemplativa como esta), y su desarrollo ha adquirido ritmo dividiendo los objetivos principales en pequeños retos, algunos secundarios (que suele consistir en caza de animales pequeños, como aves, zorros o ardillas). El juego penaliza que disparemos contra especies protegidas, por lo que hay que cierto código ético y reglas deportivas propias.

Más allá del afán de coleccionar un zoológico de cabezas astadas en el salón, su atractivo sigue estando en la recreación de paisajes naturales y en la libertad para recorrerlos y cumplir los objetivos. Los animales varían según la época del año y el país en el que estemos, y no todos huyen al vernos: osos, pumas, leopardos y leones ejercen de jefes finales en escenarios cerrados donde no podemos escondernos. Otras mejoras van dirigidas precisamente a que estos combates sean algo más variados: existe un modo adrenalina que sirve para pasar a cámara lenta durante un breve periodo de tiempo y se han ampliado nuestros movimientos de defensa: ahora es posible esquivar los ataques de las bestias pulsando distintos botones en el momento justo.

Como videojuego que busca tener personalidad, Big Game Hunter se queda a medio camino de cualquier cosa, especialmente creando atmósferas, que es de lo que se trata: su recreación de África no resiste comparación en tamaño ni encanto al de otros juegos que ni siquiera se plantean funcionar como safari (de nuevo Far Cry 2: será lo que quieran, pero creando postales naranjas y polvorientas pocos le ganan). Los entornos de Big Game Hunter dan el pego pero son tan poco naturales como los árboles en un parque temático. Vale, los animales no parecen andar gracias a muletas invisibles y, aunque se comportan de manera tonta con el entorno (no se comen unas a otras, no beben, no duermen), transmiten la sensación de que viven en armonía y libertad entre árboles y charcas y, dependiendo del nivel de dificultad, pueden llegar a ser muy escurridizos. Pero, en general, sus escenarios abiertos no ofrecen casi nada más que ser recorridos, sin vehículos, cabañas ni siquiera madrigueras que sirvan para distraer la mirada. ¿Qué tal unos niveles nocturnos con especies que solo se muestran de noche y una linterna? Habría dado algo de variedad.

A pesar de lo que pueda parecer, Big Game Hunter es un Gran Juego Ecológico. Guau. Te ofrece entornos vírgenes para recorrerlos de forma poco habitual (mirándolos, principalmente) y da a conocer especies animales de las que ni siquiera habías oído hablar (¿de verdad hay tantas variantes de ciervo?). Para los rednecks dispone de una biblioteca de armas donde sacarles brillo y compararlas. Para el resto, lo mejor es considerarlo como uno de esos videojuegos a lo que nunca jugarás. Háganme caso, que últimamente tengo torcido el punto de vista. Con la que le ha caído a Home por no filtrar palabras como gay de su listado de términos censurables, no me atrevo a decir que cada vez que entro en la red social de PlayStation me parece el espacio más gay friendly de la historia de los videojuegos. ¿Alguien sabe para cuándo Afrika? Preveo que este marcará un antes y un después en la manera de, más guau, mirar documentales de naturaleza en la televisión.

Publicado en Gamefilia el 20/1/2009

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