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Entrevista a Álvaro Pombo: “Yo no soy gay: soy pre-gay”

In Queer Conspiracy, Versus on 22 febrero, 2010 at 1:11 am

Escritor y periodista de fondo. Es un caballero de otra época, de los que prefieren el frac y la soledad de estar bien acompañado por el humo de un cigarro. De pequeño quería ser…

Militar y predicador, pero también médico y actor de teatro. Es como una empanada de aceitunas y cacao: ¿Qué tienen en común todas estas cosas con las que Álvaro Pombo (Santander, 1939) soñaba cuando no pasaba del metro y medio? Pues la ceremonia, la representación, el tinglao, vaya. “Siempre he tenido una vocación expresiva fuerte. Es decir: siempre hice teatro en casa y, posiblemente, lo que me gustaba del médico era la bata. Y las dos cosas más teatrales que había por 1949, cuando tenía diez años, era el Ejército y los obispos. Desfiles, sermones, el público, marchas y saludos solemnes. Tiene mucho que ver con la sucesión de personajes que también se encuentra en mis novelas”, confiesa Pombo hoy, rodeado de libros, mires donde mires en su casa, ya convertido en escritor.

Y visto de cierta manera, escribir es como sermonear o predicar. Sólo hace falta una parroquia de lectores. “Sí, y yo sigo siendo un poco militar. Un no-bohemio. Puede que por mi casa lo parezca, pero no soy un escritor bohemio. Soy madrugador y me acuesto temprano. E hice una carrera que tenía que ver con predicar, como es Filosofía, que entiendo como dramatismo, aunque eso sería largo de explicar”, recorta.

A Pombo, y esto es un aviso a los lectores, le cuesta hablar de sí mismo y de conceptos amplios, como el amor y la amistad. Prefiere definirse con negaciones, como lo del no-bohemio: “No soy autobiográfico. Y no tengo una fórmula para hablar de esas cosas, como tiene todo el mundo. Estamos en la época de la autoayuda. Cualquiera sale en la tele con un libro titulado Cómo conseguir la felicidad. Me quedo pasmado. Usan tópicos y plantillas. ¡Me aburren!”.

Por suerte, la resistencia cede y Pombo recuerda sus años de joven estudiante, aunque lo de joven no fuera precisamente una cualidad a defender entonces. No hay que imaginárselo en el Madrid umbraliano, canalla y desgastado, sino en un Madrid (o un Londres, donde vivió de 1966 a 1977) más bien fantasmal, por donde pasó como una aparición. “Es que mi juventud no se parecía en nada a la vuestra. Ni siquiera físicamente: parecíamos mayores, íbamos con corbata y chaqueta. Y hacíamos una vida muy introvertida. Había que ser mayor. Cuando seas padre, comerás huevos, nos decían. Soberano es cosa de hombres, nos vendían. La juventud no era una etapa en la que pudieras detenerte y no la recuerdo con especial afecto”. Y remata: “No era un aventurero, era una persona gris. Y siempre, un solitario”.

En Pombo todo suena a outsider, a un marginal, y lo dice él mismo, citando un poema propio: “Yo no soy de esta ciudad ni de ninguna / he venido por casualidad y me iré por la noche / aquí no tengo primos ni fantasmas. Así soy yo: un marginal y estoy fuera de todas las observaciones. He sobrevivido por una especie de sino”, completa. Incluido el hecho de ser homosexual en una época donde la visibilidad gay ni se imaginaba.

“Yo soy homosexual antiguo”, ríe, al recordar Brokeback Mountain. “Yo no soy gay, soy pre-gay. Es algo que me dijo Mendicutti una vez. Soy homosexual, pero tengo la edad que tengo y he vivido las experiencias que he vivido. Por eso Brokeback Mountain o Far from heaven me gustan tanto. Reflejan la clase de homosexualidad que he vivido: era una imposibilidad. Uno no salía del armario nunca. Ni yo ni nadie. Hacías lo que podías. El destino de Heath Ledger en la película era el que esperaba a muchos”.

Pombo es un fumador incorregible, y sólo dejó de serlo durante tres años. Fue inevitable volver. “El tabaco es una adicción. Es como las dosis en las anfetas: producen un gran bienestar en la primera toma, que disminuye después. Tienes que tomar más para conseguir el mismo efecto. Acabas enganchado”, puntualiza. Por cierto, ¿puedo preguntarle por las drogas? “Como toda mi generación, he estado enganchado a las anfetas. En mi época se podían comprar en las farmacias. Las tomábamos para estudiar y luego se dejaban, pero debo tener una personalidad adictiva: las usé hasta los 40″.

Entre sus últimos proyectos están un blog sobre Obama (“que dejé porque me daba mucho trabajo”) y una novela de aventuras, La previa muerte del lugarteniente Aloof, a publicar en otoño. No quiere más gatos en casa porque le da pena perderlos, aunque en las paredes hay colgadas fotos junto a, por cierto, dos bicicletas que sigue usando. A pesar de que no deje las negaciones: “No soy un gran viajero. Soy sedentario. Siempre he preferido entrar a salir”.

7 placeres capitales


01. Un libro: ‘Collected Poetry and Prose’. Wallace Stevens

02. Una canción: ‘Corazón, corazón’. José Alfredo Jiménez

03. Una escapada: La bicicleta es el lugar

04. Una película: ‘Brokeback Mountain’

05. Una prenda: El frac

06. Un plato: Pulpo a la gallega

07. Un icono sexual: Alain Delon

Publicado el Público.es el 15/8/2009

Foto: Mónica Patxot

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