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La vida y la muerte según Charlie Brown

In Antiguos Maestros, Cartoon, Nostalgia de mierda on 22 febrero, 2010 at 12:27 am

“¿Sabes por qué esa niñita pelirroja nunca se fija en mi?”, se lamenta Charlie Brown encerrado en una viñeta. “¡Porque no soy nada! ¡Cuando mira hacia aquí no hay nada que ver! ¿Cómo va a ver a alguien que no es nada?”. La tira es emblemática de lo que fue la vida de Charles M. Schulz (1922-2000), creador de Snoopy, Charlie Brown y los Peanuts, y uno de los historietistas más leídos del siglo pasado. Así lo plantea David Michaelis en su biografía Schulz, Carlitos y Snoopy (Es Pop Ediciones), que acaba de ser publicada en español coincidiendo con el décimo aniversario de su muerte a causa de un cáncer de colón.

Michaelis ha empleado varios años hablando con familiares, ha accedido al archivo del autor, consultado a conocidos de todas las etapas de su vida y ha escrito un volumen en el que lo más jugoso está en su intertextualidad: la idea es que el lector acompañe el recorrido vital y profesional de Schulz con muchas viñetas en las que el autor volcó sus frustraciones, miedos, desgracias y algunas (pocas) alegrías. En el juego de verse como su propia criatura, Schulz dejó escrito bien claro que “Charlie Brown tiene que ser el que sufra, porque es una caricatura de una persona normal. La mayoría de nosotros estamos mucho más familiarizados con el fracaso que con el éxito“.

Según Michaelis, “una persona más sociable y equilibrada no podría haber creado al sufridor pero indómito Charlie Brown; a la malhumorada y a menudo venenosa Lucy; al filosófico Linus; a la masculina Peppermint Patty; al empecinado Schroeder; y al grandioso y ensimismado Snoopy”. Schulz completa a su biógrafo: “Una persona normal no podría haberlo hecho“.

Paradójicamente, y a pesar de la profunda melancolía, incluso dolor, que desprenden muchas de sus tiras -en las que habló, entre otras cosas, de su infancia, la muerte de su madre o su propio divorcio-, Schulz llegó a ser dueño de un imperio sólo comparable al de Walt Disney en términos de merchandising y de impacto en la cultura popular.

Una infancia rara: su madre y su ‘Rosebud’

Estrenada en 1941, Ciudadano Kane, de Orson Welles, fascinó de inmediato a Sparky Schulz, apodo con el que fue bautizado desde la cuna y que fue tomado prestado del nombre de un caballo de carreras. Michaelis no duda en comparar al héroe de la película, Charles Foster Kane, con Charles Sparky Schulz, “que alcanzaría un éxito más allá de sus más descabellados sueños de juventud, y sin embargo debería luchar por amar y ser amado. Toda su vida se sintió solo, pasando la mayor parte de su medio siglo como adulto anhelando ser cuidado, ser comprendido“.

Hijo de un barbero alemán y de una ama de casa de antecedentes noruegos, la infancia de Sparky fue la de un “niño modelo” (su padre Carl le definió como “muy educado y muy ordenado”). Dibujaba viñetas desde los 6 años, se consideraba invisible ante los demás niños y nunca le faltó de nada, salvo atención por parte de sus padres: el retrato que se ofrece es el de una familia más bien fría, poco dada a expresar sentimientos e incluso al contacto físico.

Durante años, cuando un periodista le preguntaba por su vida, él nunca empezaba por su nacimiento, el 26 de noviembre de 1922, sino por la muerte de su madre, el 1 de marzo de 1943, a causa de un cáncer de colón. “Hasta que fue al ejército, sólo había pasado dos noches separado de su madre”, escribe Michaelis.

El día anterior, Sparky, entonces de 19 años, presenció una escena que, según recordaría en múltiples ocasiones, no superaría en toda su vida. Antes de regresar al cuartel de su permiso de un día, entró al dormitorio y anunció a su madre que debía marcharse. “Sí -dijo ella-, supongo que deberíamos despedirnos”. Le miró y completó: “Bueno. Adiós, Sparky. Probablemente nunca volveremos a vernos“. Michaelis muestra cómo Schulz hizo de Ciudadano Kane y su madre el tema de algunas tiras. Cuando no el mismo tema: en una se puede ver a Charlie enfermo y postrado, soltando un gemido lastimero: “Rosebud”.

‘Sparky’ se hace mayor: El ejército y el amor

La muerte de su madre pilló a Sparky en el ejército, el lugar donde aquel niño “limpio y organizado” pudo hacerse mayor, aunque observaba espantado un lenguaje trufado de blasfemias y de “las peores vulgaridades imaginables”. Además de unas condiciones lamentables para comer y dormir y una imagen de la mujer como “peligroso receptáculo de la lujuria” y de enfermedades venéreas.

Con todo, aquel “hijo de mamá” ganó 12 kilos y se endureció: pasó de cabo a sargento, de segundo al mando de la unidad de metralletas del Primer Pelotón (debido a su buena puntería) a sargento de personal. Llegó a viajar con el ejercito a Europa, en 1945, donde la muerte de Hitler le pilló de camino a Munich. Fruto de una suerte de histeria colectiva, incluso llegó a disparar por accidente contra un compañero. Preguntado por el impacto de conocer el campo de exterminio de Dachau, donde cuatro demacrados supervivientes se lanzaron a abrazar los tanques norteamericanos, respondió: “No vi gran cosa”.

El recibimiento frío por parte de su padre tras su vuelta, que ni siquiera le dio un abrazo, así como el episodio del disparo, lo plasmó posteriormente en viñetas protagonizadas por Charlie y Linus. Según sus propias palabras, el chute de autoestima y confianza le duró exactamente “12 minutos. Luego volví a ser el de siempre”. En un tira, Charlie celebra su vuelta del campamento, y se encuentra con Lucy: “¡Hola Lucy, he vuelto!”. “¿Que has qué?”, le responde. “¿Es que te habías ido?”.

Aunque él mismo reconoce que “quería ser un buen soldado” y trabajó “duramente para conseguirlo”, nunca dejó de dibujar viñetas cada noche y enviarlas a la mañana siguiente a periódicos y editores, con la esperanza de “encontrar una grieta por la que colarse en el mundo de las historietas sindicadas”. Quería ser historietista, pero no sabía cómo.

Su crecida autoestima llegó al punto de romper la “maldición” que hasta entonces había tenido con las chicas, ante las cuales era incapaz de articular palabra (ahí está de ejemplo Charlie Brown, que suele estar callado mientras las chicas hablan por él). Después de ver cómo algunos de los amores de su infancia se casaban con otros, en 1948, Schulz encontró a Joyce, una chica más joven que él con un carrerón en la vida: a los 19 años se había fugado a Nuevo México con un cowboy, que la había dejado embarazada y luego había desaparecido.

 Schulz, que llegó virgen al matrimonio, tuvo una ceremonia modesta el 18 de abril de 1951 con Joyce; ambos tuvieron cuatro hijos y se divorciaron tras 22 años de matrimonio. Schulz no perdió oportunidad: en otra tira ya emblemática, Charlie echa a Lucy del equipo de béisbol. “¿Verdad que es agradable no oír su voz?”, pregunta el chico.

El éxito: Penauts S.A. y el arte de los cabezones

Primero fue la tímida viñeta con gags Sparky’s Li’l Folks, luego llegarían los más refinados Peanuts. Primero la tira se incluyó en diarios locales (debutó el 2 de octubre de 1950), y para 1958 el cabezón de Charlie Brown (su morfología no fue casual: Schulz dibujaba niños y sus limitaciones físicas y para ello observaba de cerca la forma de sentarse y moverse de Frieda Mae, una compañera enana del Art Instruction, con una altura adulta de 121 centímetros y una cráneo desproporcionado) estaba impreso en 400 publicaciones.

Según John Updike en The New Yorker, en 1975 Schulz ganaba cuatro millones de dólares. Recibiría, “en los 25 años siguientes, hasta 62 millones al año por los beneficios de la tira de prensa más distribuida del mundo y licencias de mercadotecnia”. Todo un logro para un tipo invisible en cuya esquela, aparecida en los periódicos dominicales del 13 de febrero junto a su última tira, rezaba: “En el momento en que dejó de ser historietista, dejó de ser”.

¿De quién es esta cara de pan?

Charlie Brown
Según Schulz, cada personaje muestra algo de él. Charlie tiene su insipidez y determinación; Lucy, su sarcasmo; Linus, su dignidad y sus “pequeños pensamientos extraños”; su perfeccionismo y devoción por el arte se refleja en Schroeder; y su impresión de tener un talento inapreciado para los demás, en Snoopy. Según Schulz, “el rostro redondo y vulgar” de Charlie estaba inspirado en su “rostro indefinido” de niño, aunque lo cierto es que hubo al menos un par de Charles Brown “reales” en su vida. Uno de ellos, antiguo compañero de trabajo, después de vivir a costa de ser “el Charlie Brown real”, de aparecer en programas y periódicos, empezó a no diferenciar realidad y ficción e incluso intentó suicidarse.

Snoopy
‘Spike’, el segundo perro de Schulz, sirvió de modelo. Su madre siempre pensó que ‘Snoopy’, término cariñoso noruego (‘snupi’), sería un nombre perfecto para una mascota.

Lucy van Pelt
Como tantas mujeres que pasaron por la vida Schulz, representa un modelo americano: la joven con carácter. Sus gritos se hacían con un rotulador B-3.

Linus van Pelt
Aunque no está claro, su inspirador podría ser el bien hablado, reflexivo y educado Philip van Pelt. Era el personaje que a Schulz más le gustaba dibujar.

Peppermint Patty
Homenaje a la prima de Schulz, Patricia Swanson, aunque, después de que el personaje fuera reclamado por grupos de lesbianas, se ocultó ese dato.

Schroeder
El artista de los ‘Penauts’ es como el Schulz más obsesivo, el que le ataba a una mesa a dibujar. Schoreder prefirió siempre el metrónomo a las chicas.

Schulz y Charlie, revolucionarios

Los ‘Peanuts’ rompieron con muchas convenciones de las tiras de la época.

El referente
“Carlitos y Snoopy son los padres de ‘Los Simpson’ y de ‘South Park’, igual que Elvis fue el padre de los Beatles y de los White Stripes”, dejó escrito Rich Cohen en ‘L.A. Times’.

Moderno
Según Bill Watterson, creador de los inolvidables ‘Calvin y Hobbes’, los ‘Peanuts’ “definen la tira de prensa moderna: los dibujos limpios y minimalistas, el humor sarcástico, la inquebrantable sinceridad emocional, los pensamientos privados de una mascota, el tratamiento serio de los niños, las fantasías alocadas, la comercialización a escala gigantesca… En muchos sentidos, Schulz abrió el camino que todos han querido seguir”.

Clase media
Dice Michaelis que fue en sus primeros trabajos de oficina donde Schulz hizo “uno de los descubrimientos esenciales de su carrera: identificar al tipo de personas que formaban su audiencia natural; había visto de primera mano la transacción esencial que le vincularía a ellos”.

Dolor infantil
“La asunción generalizada en Norteamérica era que los niños eran felices y la infancia un momento dorado; eran los adultos quienes tenían problemas. Schulz revirtió el orden natural de aquel universo mostrando que un niño experimenta el dolor con más intensidad que los adultos y que las derrotas infantiles se sienten y recuerdan con mayor vehemencia”, escribe Michaelis.

Publicado en Público el 7/2/2009

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