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Entrevista con Deborah Curtis: “Ian no asumió su enfermedad”

In Hooliganeo, Malditos, Versus on 26 febrero, 2010 at 1:50 am

El 25 de enero de 1978, cuatro veinteañeros de Manchester daban su primer concierto como Joy Division, un nombre usado por los nazis para llamar a las prisioneras que usaban como prostitutas. El 18 de mayo de 1980, su líder, Ian Curtis, se suicidaba en su casa siguiendo el ritual de un mitómano enfermizo: se tomó una jarra de café, vio la película Stroszek de Werner Herzog (sobre un aspirante a músico callejero que se suicida), exprimió una botella de whisky, escuchó The idiot de Iggy Pop y se colgó de un viejo tendedero que tenía en la cocina.

El grupo se encontraba en su mejor momento, a punto de embarcarse en una gira por Norteamérica y con su segundo disco listo para tomar las listas británicas. La muerte de Curtis, rodeada de síntomas típicos de un maníaco-depresivo, como ataques epilépticos, y posiblemente acelerada por el consumo de drogas, terminó por elevar al grupo a la categoría de culto y a su líder, al panteón de poetas malditos de la historia del rock.

Su viuda, Deborah Curtis, lo contó en Touching from a distance. La vida de Ian Curtis y Joy Division (1995; editado en España en 2008 por Metropolitan Ediciones), libro en el que se ha basado el fotógrafo Anton Corbijn (responsable en gran parte de la imagen en blanco y negro de Depeche Mode, U2 y Joy Division) para debutar en el cine con Control, que se estrenó ayer en nuestras pantallas.

Según cuenta Deborah a Público, escribir la biografía “me ayudó a poner los hechos en orden y me dio una excusa para hablar con otras personas sobre lo que había ocurrido. Sin embargo, desde que el libro salió publicado, he averiguado más sobre el trastorno bipolar y siento que entiendo mejor por lo que Ian pasó”.

Pelear por el control

El camino del filme no ha sido fácil, desde malentendidos con el resto de los miembros de la banda (Peter Hook, su bajista, se quejó del “control” excesivo que el cineasta ejerció durante su rodaje) a la hipoteca que, dicen, Corbijn hizo sobre su casa para poder rodar.

En Cannes, el cineasta explicó que Control es “la historia de un amor trágico. Es un filme sobre Ian Curtis, que llegó a ser el cantante de una banda llamada Joy Division. Y que se enredó en una relación al margen de su matrimonio. Pero Control habla también de su epilepsia y de la parte de su vida que no pudo controlar”.

Al igual que los miembros de la banda, Deborah también se sintió fuera del proyecto. “Me hubiera gustado involucrarme más de lo que me dejaron. Anton usó mi libro como punto de partida. Le aconsejé sobre determinados aspectos del filme, pero no acogió bien todos mis consejos. Aunque retrató la vida de mi familia, tuve que dejarle hacer su trabajo”, se lamenta.

Control está rodada en estricto blanco y negro, tal y como Corbijn recuerda la época en la que fotografió al grupo, algo quizá demasiado obvio para el ya de por sí universo oscuro del grupo. Deborah nos hace su propia valoración: “Me gustaron mucho las escenas en que Ian y Debbie andan por Barton Street tras una fiesta porque aquello realmente tuvo lugar allí. También me divertí viendo a Debbie conduciendo un Morris como el mío: me trajo muchos recuerdos afectivos. Desafortunadamente, el blanco y negro no muestra el exuberante y verde paisaje de Macclesfield”.

El lado oscuro

Tanto el libro como el filme no temen mostrar a un Curtis obsesionado con el éxito, con sus ídolos, con morir joven y con otros clichés juveniles. Es egoísta y manipulador en su vida privada, especialmente con Deborah, a la que no le preocupa avergonzar delante de su propia familia.

Su viuda se queja incluso de un ambiente machista donde sus preocupaciones no tenían hueco ante el ego desmesurado y la ambición de su marido: “Entonces no me sentí frustrada porque creí totalmente en lo que Ian trataba de conseguir y en su talento fuera de toda duda. Fue sólo después de su muerte cuando me di cuenta de que había descuidado mis ambiciones”.

También muestra la doble cara del cantante en su vida pública: en persona, Curtis era educado aunque reservado; sobre un escenario se transformaba en un punk que no temía romper una botella en el suelo y retozar sobre los cristales mientras interpretaba sus espasmódicos bailes.

En el libro, Deborah deja entrever su poco conocimiento sobre las drogas y sobre la propia enfermedad de Ian. ¿Se podía haber evitado el trágico final? “No estoy segura de si hubiera cambiado algohaber sabido más sobre drogas, epilepsia o depresión. Es muy difícil cuidar de alguien con esa dolencia y antes había todavía menos apoyo para estas enfermedades. Luché muy duro para ayudarle. Lo que sí creo es que todo hubiera sido más fácil si Ian y su familia hubieran asumido su enfermedad: podríamos haber trabajado juntos para superar las dificultades”.

Con todo, es difícil separar a Ian de su propio cliché de maldito y saber a ciencia cierta hasta qué punto es real la imagen que los medios han dado de él. “El Ian que yo conocí fue diferente, él fue mucho más tierno de como es retratado. La violencia de su manera de bailar, sus letras y la expresión de su cara reflejan su juventud. Él era muy joven y la voz con la que hablaba era mucho más suave y más dulce que la voz con la que cantaba”, dice Deborah.

¿Estaría, pues, orgulloso del lugar que ocupa hoy en la historia del rock, algo por lo que dio literalmente su vida? “Creo que Ian estaría verdaderamente emocionado por ser tan admirado. Tiene el lugar en la historia del rock quese merece”, zanja Deborah.

Publicado en Público.es el 8/4/2009

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  1. Me parece muy irrespetuoso escribir acerca de alguien que se suicidó: “se suicidaba en su casa siguiendo el ritual de un mitómano enfermizo”. Pienso que deberían elegir mejor las palabras para escribir acerca de una historia que es real y muy trágica. Espero que lo tengan en cuenta. Por la memoria de Ian.

  2. Forever Ian.

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