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Vampyr, espectros en digital

In Hambre, Horror on 1 marzo, 2010 at 1:46 am

Una década más joven que el Nosferatu (1922) de Murnau, que estableció la imagen popular del vampiro en el cine casi como lo conocemos hoy (encorvado y delgado como una sombra, con orejas picudas, colmillos y ojos saltones), el Vampyr de Carl Th. Dreyer (1932) es más poético que terrorífico. Rodada simultáneamente en tres idiomas, francés, alemán e inglés, es un clásico del terror que ha crecido con el tiempo. Hitchcock lo tenía claro cuando aseguró que estamos ante “la única película que realmente merece ser vista varias veces”.

Vampyr tiene una historia trágica y enigmática. Rodada durante el verano de 1930, fue estrenada en Berlín en mayo de 1932 pero sin demasiado éxito. Aunque los negativos originales de la película se perdieron, las copias de las versiones en alemán y francés se usaron en 1998 para devolver a la película a la vida, a pesar de su mal estado. En 2009, este mismo máster en alta definición se ha utilizado para lo que ya podemos denominar su versión digital definitiva (ideal para que las teles en HD no estiren la imagen hasta lo soportable), con la colaboración de la Cinemateca de Bologna.

Desentrañando el misterio

“Hubo años en que no pensé en Vampyr cuando, de pronto, vino a verme [el distribuidor] Raymond Rohauer y me dijo que le gustaría comprarme los derechos de la película y reestrenarla. Naturalmente fue una sorpresa muy agradable”, recordaba, treinta años después de rodarla, el barón Nicolas de Gunzburg, productor y actor de la película, en el libro Reflexiones sobre mi oficio (Paidós, 1964), recogido como extra en esta edición DVD.

El material nuevo que acompaña a Vampyr también incluye numerosos testimonios de Dreyer y de sus colaboradores, lo que ayuda desentrañar el misterio de una película que en gran medida es un experimento con el que su autor jugó a difuminar la frontera entre lo real y lo sobrenatural, al igual que su protagonista, un joven “absorto en estudios de demonología y tradiciones vampíricas” y destinado a vivir una “experiencia fantástica”.

Basada en Carmilla, relato de Sheridan Le Fanu -que influyó a su vez a Bram Stoker para escribir su inmortal Drácula-, fue la primera película sonora de Dreyer. El realizador danés jugó con efectos visuales y sonoros para “crear en la pantalla un sueño desvelado y demostrar que el terror no es parte de las cosas que nos rodean, sino que forma parte de nuestro propio subconsciente”. Sus efectos especiales juegan con luces y sombras, pero también con ruidos que no son fácilmente identificables para el oído.

Maquillaje de luz

Todo el filme parece perseguir el fin de trasladar esa sensación de irrealidad, empezando por los propios los actores, a los que maquillaba únicamente con la luz porque le interesaban las arrugas: “Crean un paisaje del rostro”, decía. Sus gestos son intensos, herederos del cine mudo y de un director para quien la mímica era el reflejo del alma. Su vampiro no es precisamente un ser estilizado, si no una criatura sin sexo ni edad identificable, una vieja-viejo inquietante.

También la técnica fue utilizada por Dreyer para acentuar un ritmo que sus detractores siempre han considerado lento: travellings (“es una satisfacción para el ojo ver pasar objetos”, decía), planos más largos de lo normal y diálogos que, como en el teatro, parecen esperar suspendidos en el aire a que el espectador las asimile.

El propio Dreyer lo tenía claro cuando Eric Rohmer le preguntó (e insistió) si, al igual que sus directores favoritos (Griffith o Eisenstein), él seguía alguna teoría a la hora de rodar. Dreyer contestó que no, que lo suyo era puro instinto, subsconsciente. “Una forma de reflejo del alma, de los deseos y los temores”, como dice Gonzalo De Lucas en el libreto interior. Tras rodarla, Dreyer fue víctima de una depresión nerviosa, internado en un psiquiátrico y tardó 12 años en volver a rodar.

La edición total: Al habla Godard, Rohmer y Truffaut

EN DVD… las dos versiones restauradas: la de 1998 y 2009. Extras: los documentales ‘Carl Theodor Dreyer’ (Jörgen Ross, 1965), con los testimonios de Henri Langlois, Jean Luc Godard y François Truffaut, y ‘Carl Theodor Dreyer’ (Eric Rohmer, 1966).

…Y EN LIBRO. De 100 páginas, con textos y entrevistas de sus colaboradores.

Publicado en Público.es el 5/5/2009

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