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Entrevista a Cándido Méndez: “El franquismo nos hizo a todos los jóvenes unos salidos”

In Versus on 16 marzo, 2010 at 5:29 pm

Sindicalista y cowboy. Más que un ‘spaguetti western’, su vida bien podría ser un ‘gazpacho western’ titulado ‘El feo, el malo y el cándido’. De pequeño quería ser…

Ese tipo que medio sonríe en las fotos en blanco y negro del Hollywood de los años cuarenta y cincuenta, con la raya bien marcada y el pelo brillante de rubio, es Alan Ladd. Como Ray Milland y Gary Cooper, fue durante años el prota de las películas y representó el ideal bien afeitado de muchos niños, también españoles, de la época.

Incluso de aquellos que hoy le sacarían un par de cabezas al galán y que alardean de haberse convertido en un barbudo incorregible. “Yo de pequeño quería ser como Alan Ladd”, recuerda Cándido Méndez (Badajoz, 1952) en su despacho de UGT en la madrileña calle Hortaleza, hoy secretario general de uno de los dos principales sindicatos del país.

“De niño viví en un pueblo pequeño, agrícola, y me gustaban mucho las películas del oeste, como a todos entonces. En aquel pueblo, al protagonista de las western le llamaban el muchachillo, aunque fuera un actor bastante mayor.

Alan Ladd incluso evitaba los primeros planos porque a veces la chica era más alta que él”, relata. El Cándido cowboy era un cagón con sombrero y pistolas que también “jugaba al fútbol, pero muy mal”, y cuyo western personal se desarrollaba en los escenarios amarillentos de Extremadura y Andalucía en verano: pasó hasta los seis años en pueblos de Badajoz, como Barcarrota y Los Santos de Maimona, donde llegó a quedar “campeón de catecismo. ¡Me regalaron un patinete!”, se justifica. Después, a Jaén, detrás de un trabajo para su padre, “que era rojo y estaba en paro”.

Lo de Alan Ladd le duró lo justo, hasta que “un día, un amigo cabroncete me dio un varapalo moral. Yo he sido bastante feo, y de prota tenía poco. Así que decidí buscarme un oficio más convencional. Me hice ingeniero técnico químico. Pero mi idea principal era convertirme en el muchachillo de las películas del oeste”.

Con una beca y la ayuda de una tía, se fue a estudiar a Madrid, llevándose consigo “un acento mestizo: ya me decía un profesor de matemáticas que hablara alto porque yo tenía voz poquita y desagradable”. Una hermana se hizo costurera, la otra sastra. Él era la inversión de una familia obrera.

Entre el pelo y el sexo

Y, zas, surgió la barba. ¿Cuándo se la dejó? “Desde muy pequeño. Con 16 años, una perillita y pelo largo. Soy de la generación aquella de pelo de la dehesa”. El Cándido barbudo empezó a estudiar en 1967 y terminó la carrera con 19, “cuando ya se empezaba a ver la salida al túnel, pero también las orejas del lobo a una crisis estructural. Aquellos años hubo una mezcla de aspiraciones de las que participaba y que intentaba cumplir”. Sus sueños eran los de la época: “Trabajar para ser propietario de tu piso y de tu nicho, algo que por suerte hoy ha cambiado”.

Desde los pelos de la cara hasta el sexo, el régimen franquista estaba en todos lados. “Ah, claro: es que el franquismo, de adornos capilares en el rostro, pocos. Sólo el bigote tipo división azul y lo demás estaba muy mal visto. El franquismo también persiguió a las barbas [ríe]. Pero no me la dejé para emular a los barbudos de Castro.

Yo no he sido de los fascinados por la revolución cubana. En mi caso, esconde cierta timidez”. En cuanto al sexo “Sí: fue traumático. Además, somos una generación que tuvo una reacción muy violenta en ese terreno desde el punto de vista emocional. En nuestra juventud éramos unos salidos”.

De vuelta a 2009 y al despacho de Hortaleza, con 57 años, Cándido juega con las palabras, empezando por “paro”, un término que “puede provocar un equívoco: es como si tuviéramos que estar en un permanente baile de San Vito”. ¿Cree en la pereza? “Absolutamente: estar sentado es una anomalía”. La palabra “cándido”, dice, es “interesante” y, visto sus antepasados, llamados Emeterio y Leopoldo, “salí bien parado. Es más, mi hijo también se llama Cándido y estamos bastantes conformes con nuestro nombre…”.

En los fines de semana lee hasta tarde en la cama y pasea. No pertenece a ningún club (“aunque soy del Madrid”) y confiesa que es de los que cree, “como Woody Allen, que el futuro es como el presente, sólo que dura más”. Eso sí, no tiene sueños pendientes “porque aquel amigo cabroncete me esterilizó contra los espejismos”.

7 placeres capitales


01. Un libro: ‘Necrópolis”. Hubert Monteilhet

02. Una canción: ‘The Wall”. Pink Floyd

03. Una escapada: No tengo escapatoria

04. Una película: ‘Los duelistas’, de Ridley Scott’

05. Una prenda: Los calzoncillos

06. Un plato: Estofado de patatas y setas

07. Un icono sexual: Cleopatra reencarnada en Elizabeth Taylor


Publico en Público.es el 1/8/2009

Foto: Mónica Patxot

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