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Homenaje a Melville: dentro de la ballena

In Antiguos Maestros, Horror, Mareo on 16 marzo, 2010 at 8:35 pm

“No se necesitan océanos terrestres ni monstruos válidos para todos; cada uno de nosotros tiene sus propios océanos y sus monstruos personales”. La cita debería haber sido de Herman Melville (1819- 1891),  que para eso persiguió al diablo convertido en ballena. En realidad, es de otro escritor, el francés Jean Giono (1895-1970), que durante tres años se enfrentó al mismo mal blanco y espumoso que Melville: la traducción al francés de Moby Dick. En el fondo, se enfrentaron al mismo monstruo.

Después de una tarea tan titánica (compartida con los escritores Joan Smith y Lucien Jacques), Giono quedó exhausto y saciado de mar. Aun así, su editor, el  inmortal Gaston Gallimard, le pidió un prefacio que sirviera de presentación de Mellvile, poco conocido en Francia. Ante su negativa,  Gallimard le tentó: podría hacerlo a su  manera. Con estas tres palabras, encendió su imaginación. Así nació Homenaje a Mellvile (Paidos), editado ahora en español.


Sin ataduras

Giono no se somete a ninguna regla y se salta varias: hay conversaciones y hechos de la vida de Melville que recrea con la fantástica seguridad de quien ha estado delante. Se los imagina. También da pistas sobre su relación como lector con un libro como Moby Dick (que se le “agitaba” en el bolsillo y que, nada más abrirlo, podía escuchar el silbido de los cordajes y a la ballena resoplando) y sobre la traducción. Nos dejamos llevar, reconoce: “Cuando se arponea a la ballena, hay que seguir su rastro; cuando se hunde, hay que  esperarla y cuando emerge, hay que atacarla de nuevo”.

El arranque es revelador. El autor ubica a Melville en1849, regresando a EEUU tras una estancia en Inglaterra. “Llevaba un extraño equipaje. Se trataba de una cabeza  embalsamada, la suya”. Y ahí comienza el viaje.

Un corazón con mástiles
Giono se detiene en la infancia de Melville, y cuenta lo que sus lectores querrían leer: las palabras de un niño de 10 años sobre el mar, cogidas de una carta a su padre. “Esta tarde de invierno, me han llevado hasta el final del espigón que más se adentra en el mar. Había olas gigantescas, más altas que montañas.  Por todas partes, los mástiles de las naves golpeaban el agua cual si fueran látigos”.

En breve, todos se darán cuenta de que “el corazón de un niño lírico contiene más mástiles batientes y más barcos de vela que todos los puertos del mundo juntos”.

Viajes y agua
Según una carta escrita a su hermano, Melville quería “afrontar un gran peligro y dejar por fin de dudar de mí mismo”. Así que durante tres años “embarca y desembarca en numerosas tripulaciones, contrata capitanes, les expresa su agradecimiento, revisa la quilla, calafatea la nave, llena sus bodegas, atrapa los vientos […], simula zarpar, vuelve a fondear, hace uso de la cuerda y de las velas en el puerto, duerme sobre el agua rasa y sufre cuando oye a lo largo de sus días inútiles como su proa, que él querría gloriosa, golpea torpemente su nariz contra el muelle de la dársena”.

El 3 de enero de 1841, Melville se embarca en el Acushnet, un whaler (ballenero) de 359 toneladas, rumbo al Pacífico. Durante 15 meses, piensa lo que luego le hará decir a su héroe: “No veo gran cosa, solamente agua en una considerable extensión”. Cuando haya llegado el tiempo del recuerdo, dice Giono, “de rememorar este agua extendida en horizontes ilimitados, él escribirá ese libro-refugio donde todo el mundo pueda albergar su desesperación”.

Una cabeza en bálsamo
En aquel viaje, a Melville la piel se le acartona. “Desde entonces, lucha con el ángel”, dice Giono: “Le golpean alas terriblemente duras, lo levantan por encima del mundo, lo dejan caer, lo recogen y lo ahogan”. Acaba desertando, viviendo con caníbales, y de todas aquellas experiencias saldrían libros como Taipi, Omú, Redburn y Chaqueta blanca.

De regreso a EEUU, “con la cabeza llena de bálsamo” (según palabras de su mujer),
se decide a cumplir un viejo sueño. Así se lo contaba a su amigo N. Hawthorne. “Voy a ponerme a trabajar. Estos últimos días me acordé de una curiosa historia sobre una ballena. Estaba bajo el viento de la isla de Mocha, en Chile. La atacamos más de cien veces y más de cien veces salió victoriosa. Por su edad, o tal vez por una rareza de la naturaleza, era blanca como la nieve. Todo eso me vino a la mente, no sé por qué. Es algo irrealizable, ¿comprende?”.

Publicado en Público el 5/4/2009

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