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Murakami, el rey del pop

In SuperPop on 16 marzo, 2010 at 6:39 pm

La cuestión es devorar con dignidad, sin morir de indigestión con la barriga hinchada. Consumir seleccionando ingredientes. Engullir las señales que nos rodean, los carteles de las calles, los iconos de las revistas, las marcas de bolsos y zapatos, y lanzar al mundo una bonita pasta de masticado rápido y masivo.

Haruki Murakami (Kioto, 1949) es el Gran Zampador. Sus libros parecen delicadas y equilibradas porciones rellenas de armonía, hechas con los restos de los anuncios de pollo frito empanado y el estribillo en inglés de esa canción que no para de sonar en la radio. Con ellos, como con esas patatas fritas compulsivas, cuando haces pop ya no hay stop.

Su nueva novela, After Dark (Tusquets), sale hoy a la venta en España y promete volver a ser el objeto cultural de la temporada. Murakami es como Auster: el autor de moda, el que todo el mundo quiere leer.

Hemos cogido esta pequeña novela de 250 páginas y hemos separado los ingredientes habituales de sus historias, desde las bandas sonoras que elige de acompañamiento a esos detalles sobrenaturales que dan misterio. Puede que, como más de uno ha dicho, Murakami, con esa pasión que tiene por la música, siempre nos toque la misma canción. Puede. Pero qué bien suena.

La ciudad moderna

Las dos historias paralelas que forman After Dark se desarrollan en Japón (por su panorama repleto de sobreinformación e hiperconsumismo se pasean adolescentes otakus y hikikimoris), aunque bien podrían ser cualquier otra capital mundial repleta de Starbucks y 7-Eleven, con una activa vida nocturna y con exceso de pantallas colgadas de la paredes, que parecen ventanas a otros lugares.

Esto es parte del éxito de Murakami en todo el mundo: que lo que pasa podría suceder en tu ciudad.

Los estereotipos

Una modelo de éxito tan anulada por la soledad que ha decidido abandonarse a un sueño eterno encerrada en casa, un músico de jazz con aspecto de estrella del grunge, una estudiante capaz de dejar la comodidad de una taza de café para ayudar a una prostituta, un oficinista aparentemente anodino que esconde una brutal personalidad… Son los estereotipos de Murakami.

Su función es mostrar las miserias de la vida, especialmente la soledad y las aspiraciones frustradas, todas las expectativas no cumplidas.

También sus personajes son seres universales, capaces de esconder la más profunda reflexión debajo de un diálogo aparentemente localista y superficial. “¿Qué valor tiene una civilización incapaz de hacer a uno las tostadas tal y como las pide?”, se queja uno de ellos al comienzo de la novela ante una ensalada de pollo. Peor: ¿No hay mayor preocupación que ésta cuando todo lo que nos rodea es confort?

La irrealidad

After Dark se desarrolla lo largo de toda una noche. Arranca a la medianoche en una cafetería y se extiende hasta las siete de la mañana. Como uno de sus personajes resalta en un momento, a estas horas el tiempo y el espacio se estiran y deforman, revelando formas extrañas. Murakami es un maestro en capturar la capa de irrealidad que cubre lo cotidiano y hacer brillar en plena oscuridad a unos personajes que parecen fluorescentes. Lo onírico está presente de manera más explícita en el personaje de Eri, la modelo convertida en Bella Durmiente, cuya realidad comienza adquirir el aspecto de una espesa pesadilla.

Suspense y misterio

En estas páginas pasan cosas impredecibles que mantienen al lector alerta, en tensión: un extraño que se sienta a cenar en la misma mesa que una chica a la que no conoce sin pedirle permiso previamente, un acto de violencia en un love hotel, una televisión que se enciende en mitad de la noche a pesar de estar desenchufada…

Murakami es fan de David Lynch y en ciertos momentos, After Dark adquiere la textura de Twin Peaks, o de una película de nuevo terror japonés tipo Ringu: ese horror que emana de la tecnología cotidiana, como teléfonos móviles, cintas de vídeo y televisiones. La imagen de una modelo tumbada frente a una televisión que palpita es puro simbolismo, puro Murakami.

El cine

After Dark comienza con un zoom en toda regla sobre un paisaje urbano y un narrador que parece comportarse como una cámara. Enfoca, aleja, difumina. Incluso avisa al lector de hasta dónde puede ver en las imágenes que le presenta. “Por ahora, eso es todo cuanto podemos juzgar”, dice en un momento el narrador, que siempre busca nuestra complicidad.

La música

No podía ser de otra forma: el título de la novela hace referencia a un tema musical, Five Spot After Dark, de Curtis Fuller. Viejos éxitos de Burt Bacharach, Duke Ellington, Martin Denny, Ben Webster y hasta Pet Shop Boys sirven de hilo musical a After Dark.

Prueba esto

Franz Kafka

Murakami no se esconde: su
novela ‘Kafka en la orilla’ es
un homenaje confeso al autor
checo, que se puede decir que
se levanta de la tumba para
protagonizar la historia de un
adolescente inmerso en un
viaje sin vuelta atrás. En 2006,
Murakami fue galardonado
con el premio Kafka por tener
una sensibilidad similar.

J. D. Salinger

Cuando Murakami publicó su
novela más popular, ‘Tokio
blues. Norwegian Wood’
(1987), muchos lo calificaron
como el Salinger japonés por
mostrar las obsesiones de la
adolescencia (el sexo, la muerte,
la felicidad) y un componente
autobiográfico sobre sus
años universitarios. De fondo,
la canción de los Beatles.

Paul Auster

Sólo Auster puede competir
con Murakami por el título de
“autor de culto que vende más
millones de libros en todo el
mundo”. Como narradores,
ambos creen en la magia de la
literatura (donde todo es posible
y creíble porque la novela
ante todo debe ser ficción) y en
unos personajes sometidos al
antojo de lo impredecible.

John Irving

“Son mi guía, mis maestros
y mis mentores”, ha dicho el
propio Murakami sobre los autores
a los que ha traducido al
japonés, como Scott Fitzgerald,
Raymond Carver o John Irving,
un autor de su misma generación,
también convertido en
‘best seller’ y que siente predilección
por grandes historias
para mostrar cosas pequeñas.

Borges

En una entrevista a un diario
argentino, Murakami echaba
balones fuera: “Borges es
un gran escritor, pero nunca
me sentí muy atraído por su
trabajo. Creo que su imaginación
es, cómo decirlo, mucho
más terrenal que la mía. ”.
Comparten una visión cosmopolita,
un mundo propio onírico
y ciertas obsesiones.

Autor cándido, libro cruel, por Alberto Olmos

Haruki Murakami es un escritor de literatura infantil para adultos. Probablemente es el único escritor del mundo que practica ese género. Hay muchos novelistas que alternan las obras infantiles con las obras “serias”, siendo casi siempre pésimos en ambas. De todos los consejos que he recibido desde que escribo libros, ninguno más repetido que este: escribe libros para niños, te forras.

Murakami se forra en España. Vende mucho y me alegro. Me gusta Murakami. Me gustan los títulos de sus libros y me gusta criticarlo. Al contrario de lo que pueda parecer, uno no es fan de los escritores que lo hacen siempre bien, sino de los escritores que están intentando hacerlo bien. Eso te permite estar de su parte. Con Ray Loriga también me pasa.

Murakami tiene algo que tiene Loriga: mola. Murakami es pop, tuvo un bar, tradujo a Carver al japonés, nos encanta su nombre. Y tiene algo que no tiene Paul Auster: se cree lo que escribe. Mientras que Auster nos engaña una y otra vez con sus estupideces y sus declaraciones enrolladas, el autor nipón es la generosa luz de la inocencia (que diría Aleixandre).

Inocencia de ideas, sobre todo. En sus libros asistimos a una exposición de tópicos casi ofensiva. No todo se aprende en la escuela (Kafka en la orilla), el amor es los más  importante (Sputnik, mi amor), la juventud nunca volverá (Tokio Blues), el dinero no da la felicidad (Al sur de la frontera, al oeste del sol). Estamos a punto de tirar el libro a la basura cuando entendemos el mensaje de Haruki-kun: sé un niño, y cree.

Entonces disfrutamos. Disfrutamos del niño ideal: todo imaginación, sencillez, mirada curiosa. Leemos a Murakami como escuchamos a nuestro hijo venir de la escuela y contarnos lo que ya sabemos. Nos ponemos a su altura para darnos cuenta de nuevo de
que la vida está hecha de cosas maravillosas.

Haruki Murakami, finalmente, lleva la inocencia al mal, y la crueldad en sus libros da escalofríos. El diablo visto con los ojos de un niño da mucho más miedo, porque el niño no le tiene miedo y narra sin parpadear. El resultado es adictivo, como volver a casa. Pocos autores tienen la suerte de Murakami: conseguir que leer sea, por una vez, estar en familia.

* Alberto Olmos es escritor, autor de los libros ‘Trenes hacia Tokio’ y ‘Tatami’

Publicado en Público.es el 6/10/2008

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