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Entrevista con Josh Rouse: Español para principantes

In Versus on 27 marzo, 2010 at 2:42 am

A Josh Rouse el acto mañanero de poner la radio en el coche se le hacía cuesta arriba. Asfixiado por la atmósfera de plástico de un Nashville de folleto y antes de sentirse como un turista por su casa, el músico se ha largado de la ciudad dejando en el camino un disco en el que dibuja a gusto sus calles. Es el “Nashville” (Ryko/Naïve) interno de Josh Rouse plantando cara al lado añejo de la vida. Ahora se ha instalado en la costa levantina y va a clases de español.

Dicen que en Nashville los diamantes crecen en el cielo y que se puede ver a Dolly Parton volando sobre una guitarra. La también llamada Ciudad de la Música de los Estados Unidos por haber servido de caldo de cultivo extraordinario para el country debe de ser en ciertos aspectos como el Miami de Gloria Estefan: un lugar del que salir corriendo si no tienes ganas de mambo. Un treinteañero Josh Rouse, siempre muy bien ubicado geográficamente –nacido en Nebraska, ha tenido casa en al menos otros siete Estados– tuvo que pensar algo parecido cuando volvió a hacer las maletas y huyó de una tierra cuajada de parques temáticos folkies como Opryland (dedicado al “Grand Ole Opry”, el programa radiofónico más popular en los graneros americanos de la depresión, todavía en el aire) o Dollyland (lo de la guitarra no era descabellado). Se ha despedido componiendo “Nashville”… y se ha venido a España. “¿Que cómo me sentía allí? Estaba bien. Más o menos. Hay gente como yo, que toca pop y alt country, pero la mayoría de la música parece hecha en otro mundo, como Shania Twain, Garth Brooks… Todo es comercial y sólo hay espacio fuera de Nashville. Simplemente quería ir a un sitio distinto. Estaba cansado del gobierno”. El castellano de Rouse, que se ha instalado en Altea junto a su novia, está recién estrenado pero bien defendido. “He estado hablando tres meses español. Are you proud of me?”. Faltaría, pero no seré yo el primero que le avisa de que, a pesar de los últimos tiempos, Europa suele ser impermeable a la música americana con raíz.

“Me gustaban aquellos tiempos en los que había cantautores que tocaban de una forma natural, nada que ver con el look o el marketing”

“Me gusta estar en las ciudades durante un tiempo, conocerlas. No creo que venir sea un suicidio para mi música porque estoy viajando todo el tiempo y puedo escribir. Por ejemplo, ahora estoy aquí, pero la semana que viene voy a París, Berlín, Estocolmo, ¿Dinamarca? Eso, Dinamarca. Creo que es muy bueno para mi carrera”. Siguiendo este rastro vital, “Nashville” (pronúnciese en inglés cerrado Nashhfil) podría ser la quinta postal de una biografía narrada en imágenes cruzadas por letreros de neón, con furgonetas recorriendo la costa y habitaciones de motel desde las que observar lo que ocurre: antes vinieron “Scenes Form A Bar In Toronto”, “Camping On Copenhagen” o “Sparrows Over Birmingham”. Rouse (“el título se refiere al Nashville que llevo dentro, al de mis amigos”) sigue buscando hacer un disco tan redondo como los de antes, con sus cara A y cara B, pero si en “1972” (Ryko/Naive, 03) el interés apuntaba a recrear todo el espíritu de una época, ahora se trata “sólo” de canciones, sencillas y bien acabadas, de las que te hacen mantener el interés por un artista a largo plazo. “Ahora sólo está mi folk… Una buena canción es lo más importante. ´Nashville´ no busca un sonido particular, es más abierto. Me gustaban aquellos tiempos en los que había cantautores que tocaban de una forma natural, nada que ver con el look o el marketing”. Como ocurría en aquellas grabaciones, detrás de un disco siempre está el productor, y en este caso repite Brad Jones, quien ha despojado a “Nashville” de uno de los elementos más identificables de los discos de Rouse, los arreglos de cuerda, ya fueran los grabados en clave lo-fi para su debut, “Dessed Up Like Nebraska” (Ryko/Naïve, 98), o cubiertos de purpurina para el elegante “1972”. “Sí, sólo hay arreglos en dos canciones –brillantes “Sad Eyes” y “Streetlights”–. Lo quería minimal, como tocado por un grupo en directo, porque además no podremos llevar cuerdas a la gira”. O sea: que vuelve el Josh Rouse songwriter y el más pop, el que habla de su ruptura amorosa rodeado por las sillas de un bar y sin dejar de mirar a Morrissey para componer temas como “Winter In The Hamptons”. La música, una vez más, al servicio de las penas. “Me gustan las canciones tristes. Y cuando escribo todo es muy rápido. Sí, es como una terapia”. Precisamente, en el documental “Josh Rouse. Fact/fiction”, de Matt Boyd –entre otros invitados, su amigo Kurt Wagner, de Lambchop–, alguien describe el proceso de creación de Rouse como ponerse ante un escenario y observar a unos personajes desarrollar sus conflictos. El músico dice que algo así, y sigue intentándolo con el castellano para hablar de eso del teatro y de las personas que tienen papeles en sus canciones.“Algunas de mis canciones son autobiográficas y otras son ficción, hablan de lo que le puede pasar a cualquiera, a mí o a ese hombre que nos pone el café en la mesa. Viajo y escribo sobre lo que veo, la gente, sus cosas, la vida… No es nada especial. ¿Vale? ¿Vale? Mi novia dice mucho ¿vale?”.

Publicado en Mondosonoro.es el 14/3/2005

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