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Mark Twain, el diablo se viste de gala

In Antiguos Maestros on 11 abril, 2010 at 4:10 pm

¿En qué se parecen Shakespeare y el diablo (sí, el mismo Satanás)? Según Mark Twain (nombre real: Samuel Langhorne Clemens; 1835-1910), en un hecho: en lo poco que se conoce de la biografía de ambos. “Son los desconocidos más conocidos que jamás hayan respirado el aire de nuestro planeta”, escribe el autor de Las aventuras de Tom Sawyer en el librito ¿Ha muerto Shakespeare?, uno más de los textos que este mes llegan a las librerías, coincidiendo con la celebración del centenario de su muerte.

Con algo menos de 100 páginas, publicado originalmente en 1909 y editado en España por Sequitur, ¿Ha muerto Shakespeare?, no eran en su origen más que unas cuartillas desperdigadas entre los manuscritos inéditos que formarían posteriormente su Diario y Autobiografía. Allí compartía espacio junto a otros “destacados pretendientes” a los que pensaba dedicarle tiempo y reflexión. Entre ellos estaba también, claro, Satán.

Censurado por su familia
Lejos de ser una coincidencia esta presencia del diablo, otros lanzamientos también parecen poner el acento en la manera de entender la religión que tenía Twain, una opinión que en otro tiempo fue considerada políticamente incorrecta e incluso censurada por su familia. Ahí están Reflexiones contra la religión (que tardó 53 años después de su muerte en publicarse debido al “bloqueo” de su hija Clara, una christian scientist) y Cartas desde la Tierra, relanzados ahora por Trama Editorial. Y dentro del volumen Cuentos selectos (Debolsillo) brilla por el mismo tono irreverente el relato Diario de Adán y Eva.

En todos, Twain muestra su visión del ser humano y de su complicada relación con un Dios (o la representación que los hombres han hecho de él) al que no duda en tachar de cruel y al que el Antiguo Testamento ya retrató con “una naturaleza vindicativa, injusta, avarienta, despiadada y vengativa. Siempre castiga”, según escribe en Reflexiones contra la religión, con tono severo pero sin perder su habitual humor. Nuestra religión, dice, está marcada por un comienzo “malvado y pueril”, el del Pecado Original, digno de “haber sido inventado en una guardería de piratas”.

Twain lo tiene claro: ni misericordioso ni moral, ni clemente ni generoso. “Decimos desfachatadamente que nuestro Dios es fuente de toda misericordia, pero sabemos perfectamente que no hay un solo caso auténtico en la historia en el que Él haya mostrado esa virtud. Lo llamamos Padre, pero detestaríamos y denunciaríamos a un padre terrenal que infligiera a su hijo la milésima parte de los dolores y miserias y angustias que Él dispensa a sus hijos cada día”. Durante milenios, la descendencia de Adán, “individuo por individuo, ha sido presa de caza, acosada por mil calamidades en castigo” por tal pecado.

Una Biblia sin copyright
No es propio de un Dios, viene a decir Twain, comportarse de una manera tan baja, tan humana. “Y a lo largo de ese vasto lapso no han escaseado rabinos, ni papas, ni obispos, ni curas, ni párrocos ni esclavos laicos para aplaudir la infamia, sostener su justicia y rectitud intachables y alabar a su Autor en términos tan groseros y extravagantemente aduladores que nadie, sino un Dios, sería capaz de escucharlos sin esconder la cara y sumirse en el disgusto y la turbación”.

Luego, Twain se dedica, al igual que en el caso de Shakespeare, a analizar con lupa algunas de los dogmas y verdades asumidos a través de la Historia, desde la “patética pobreza inventiva” de la Biblia a aquellos conceptos que, asegura, fueron robados a otras religiones “y le ponemos nuestro copyright sin sonrojarnos”, como la Inmaculada Concepción y el Diluvio Universal. La peor creación, en cualquier caso, “su prodigioso crimen”, fue “la invención del Infierno”.

Esta y otras opiniones fueron incómodas en su día. Según escribe Mario Muchnik en el prólogo, Reflexiones contra la religión “no eran, ya entonces, políticamente correctas. Ni parecen serlo hoy: los lectores se las pasan como un texto maldito, como si fueran un vídeo porno sobre un personaje público, como si contuvieran una droga peligrosa”. Según aconseja, en la estantería de “textos infernales”, Reflexiones… debería codearse con Las flores del mal, de Baudelaire.

Desde la editorial Trama, responsables de su edición y de Cartas desde la Tierra (donde Twain da voz al propio Satán a través de cartas, al igual que hace con el primer hombre y la primera mujer en El diario de Adán y Eva), lo tienen claro: estos libros “ideológicamente constituyen la expresión más rotunda de sus convicciones, dudas y escepticismo más profundo. Su postura religiosa está muy clara: Twain pretende buscar la verdad en la realidad”.

Xisca Mas, editora responsable de los Cuentos selectos, la antología de relatos de Twain más completa publicada en España desde los años setenta (incluye once textos que han estado fuera de librerías durante 40 años y tres cuentos inéditos), asegura que “no fue especialmente antirreligioso, o al menos no más que antipolítico, o anticorrupción, o anti lo que fuera que no le pareciera bien. Era, como buen humorista, exagerado, irreverente, y conseguía desacralizarlo todo”.

Para completar su obra más personal, el lector puede acercarse a ¿Qué es el hombre?, un breve tratado de la naturaleza humana y, siguiendo esta estela religiosa, La Biblia según Mark Twain (Valdemar), que recoge relatos, cartas y anotaciones sobre los escritos bíblicos.

Un sabueso tras la pista de Shakespeare


‘¿Ha muerto Shakespeare?’ es un pequeño tomo dedicado al mito gigantesco del también llamado ‘Bardo’, al que, además de con Satanás, compara con “el colosal esqueleto de un Brontosaurio de 57 pies”: gigantesco y fósil, un mito sin huellas. El objetivo es ahondar en la posibilidad de que Shakespeare no escribiese nunca sus ‘Obras completas’. Twain analiza los escasos hechos comprobados de su vida, los inventados y los “conjeturados” por gente que nunca lo conoció, y desmonta  su infancia, su deliciosa educación, sus amplios conocimientos en materias como la estrategia militar o el Derecho. Twain incluso se pone a sí mismo como  ejemplo de escritor popular que deja siempre algún rastro. Finalmente,  concluye, “no creo que Shakespeare abandone su pedestal antes del año 2209”.

Publicado en Público el 11/4/2010

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