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‘Canino’: Haneke con buen humor

In Carne con moratones, Versus on 14 mayo, 2010 at 11:42 am

El punto de partida de Canino es de locos: un matrimonio que vive aislado en una casa a las afueras, rodeada por un muro y un alto seto, mantiene a sus tres hijos adolescentes sin contacto con el mundo exterior. El padre (Christos Stergioglou) se encarga de todo el peso de una educación buenista que les enseña que “coño” es un tipo de lámpara de techo y “zombies” son pequeñas flores amarillas que crecen en el suelo. También les obliga a hacer ejercicio para estar en forma y vestirse bien para las cenas y bailes familiares. Todo amor y armonía; todo bien limpito.

La paz artificial y orquestada con sudor por este buen hombre empezará a tambalearse cuando entre en la casa Christina (Anna Kalaintzidou), una chica contratada para cumplir con las necesidades sexuales del hijo mayor. Su presencia hará brotar y explotar algunos sentimientos que han ido incubándose dentro de los jóvenes y que no encontraban manera alguna de salir en semejante jaula.

“El origen de la historia es algo totalmente personal. No tengo familia ni hijos, pero todos mis amigos han estado en esa edad en que empezaban a tener hijos y familia. Y yo les decía: ¿estáis seguros de que no os estáis equivocando y cometiendo un error? Algo que les ofendía profundamente, les parecía que estaba atacando a su familia. Estaban obsesionados con preservarla, con mantenerla segura. Pensé que si en el futuro no existiesen estas familias, si la familia no fuera la base de la sociedad, ¿a qué extremos podrían llegar para defender su sistema?”, cuenta Yorgos Lanthimos, el director de Canino, que ganó el premio Una cierta mirada en el pasado festival de Cannes. El griego ha conseguido visitar España, a pesar de que a principios de esta semana lo de volar desde algunos aeropuertos europeos era cuestión de suerte.

Algunos mensajes claros: en su película hay un ataque directo a la familia, “aunque en realidad soy crítico contra todo lo que intenta controlar a los demás o a las cosas de una forma particular”. En su opinión, esta situación se podría dar en un grupo mayor de personas, en una comunidad, en una sociedad: extrapolar su lectura al control que los totalitarismos han hecho de los ciudadano es casi de cajón. “Pero la crítica no era nuestro punto de partida: queríamos contar la historia de esta familia y luego nos dimos cuenta que, además, estábamos reflexionando sobre otra serie de cosas”.

Entre esas otras cosas rugosas y feas que se dejan ver está el incesto, el morbo de lo desconocido, la perversión del lenguaje por la autoridad, las autolesiones de unos animales encerrados. “Ha sido la historia la que, en la práctica, nos ha llevado a ciertas situaciones. No era algo que planeamos de antemano: son cosas que pasan cuando mantienes a la gente aislada. La historia se desarrolla de manera natural. Mi única decisión fue no evitar explorar nada: dejarme llevar y explorar lo que me pedía las situaciones y la película”, dice Lanthimos.

El rodaje, prácticamente con la casa y sus hiperhigiénizados espacios cómo únicos escenarios, no fue especialmente intenso, aunque pudiera parecerlo por el ritmo retorcido, la atmósfera agobiante y una endogamia insalubre que traspasa la pantalla. “Es más: nos reímos un montón. La tensión la puso las circunstancias, que no eran fáciles: no teníamos demasiado dinero y no tuvimos mucho tiempo para prepararnos porque tuvimos que rodar en agosto, el único momento en que los actores tenían tiempo, así que no preparamos mucho. Agosto en Grecia es un mes muerto, todo está cerrado, incluso si necesitábamos un zumo de naranja teníamos que llamar a un amigo para que lo hiciese en casa y nos lo trajese. Todo esto nos hacía perder tiempo. Me sacaba de mis casillas perder el tiempo en cosas tontas”.

Por si hay dudas: las escenas de sexo fueron rodadas de una forma tan natural “como lo sería rodar un beso”.

La infantilización extrema de los tres hijos, que con edad para tener relaciones sexuales todavía juegan con aviones de juguete, a la gallinita ciega y a darse lametazos en el hombro cuando el aburrimiento se estira durante horas muertas, “no creo que tenga nada positivo. Es verdad que da imágenes hermosas, pero todo lo que yo quería expresar, la sensación que debe desprender la película es que es una distorsión; y una distorsión provocada por mentes ya distorsionadas y enfermas”.

Con tanto mal rollo, sorprende que Canino resulte muchas veces cómica. Patéticamente cómica en ocasiones, tiernamente cómica en otras, deja una sonrisa congelada en el espectador. “Para mí era la única manera de hacerla: para profundizar realmente en las cosas sólo puedes usar el humor. Y sobre todo si lo contrapones a la violencia: consigues que la gente lo comprenda mejor y se enganche más; se comprende mejor los sentimientos contrastándolos”.

Precisamente el humor es lo que, asegura un Lanthimos mosqueado, le separa de Michael Haneke, con quien ya desde Cannes ha sido comparado. Canino, digámoslo ya, podría funcioanr como cruce entre La pianista, con sus personajes posesivos, endogámicos, casi destructivos, y Funny Games, que mira a la burguesía y al pijerío con una sospecha mayor que a cualquier delincuente de barrio.

A Lanthimos, decíamos, no le hace mucha gracia esta “comparación fácil. Creo que la gente se fija solo en la estética, en cosas como que los personajes de ambas películas visten de blanco. Me gusta Haneke y ha hecho películas grandes, pero el humor del que me hablabas antes que hay en mí película, por ejemplo, no lo encuentras en las suyas”.

Como tampoco le gustan otros nombres que salieron entonces en las crónicas de Cannes del año pasado (de Buñuel a ¿David Lynch?), le dejamos que sea él quien defina cuáles son sus coordenadas a la hora de rodar. “Cassavetes y Tiburón“.

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