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Lady Gaga se come (crudo) a su público (en Madrid)

In SuperPop on 13 diciembre, 2010 at 7:23 pm

 

[Ahí va la crítica del concierto de anoche de Lady Gaga en el Palacio de los Deportes de Madrid, que sale hoy en Público.es]

Un minuto para la polémica de la jornada: como recordaba Lady Gaga en un momento de su concierto, la primera vez que actuó en Madrid, en febrero de 2009, apenas unas 400 personas pudieron disfrutar de su show. Ayer, la cantante, convertida ya en un monstruo de la celebridad, volvía a la capital para ofrecer un espectáculo de mediano formato para unas 15.000 almas en el Palacio de los Deportes. El problema es que al menos otras doscientas se quedaban en la puerta sin poder verla. Esta vez el motivo era otro: la venta de entradas falsas, según la policía y la organización, a través de Internet, algo de lo que estaban al corriente porque algo similar ocurrió el pasado 19 de noviembre, a las puertas de este mismo recinto, en el concierto de Shakira. Anoche, los rumores llegaron a cifrar en 4.000 los afectados por la falsificación.

Y ahora la chicha. De entrada, siempre es de agradecer, para quien ha pagado su entrada a una media de 75 euros, poder amortizarla con un concierto de dos horas de duración. Pero para eso se necesita un repertorio de bulto, algo que Lady Gaga no tiene a estas alturas de su carrera, con apenas disco y medio en la calle. La artista tiene un arsenal de hits que se disparan, vuelan solos e impactan como pepinos y unos videoclips que ayudan (mucho) a que entren mejor otros que no lo son tanto (ahí está Alejandro y su estribillo más bien tontorrón). Pero sus álbumes lastran temas de relleno, y más de uno activaría todas las luces rojas.

De la misma forma, en cuanto escenografía, es difícil mantener el ritmo 120 minutos entre cambios de vestuario, decoración y telones que suben y bajan, entre proyecciones de vídeo, largas reflexiones obre la fama y, de paso, consejos dirigidos a la autoestima del respetable. “En el instituto fue una freak, pero mi madre me dijo que todos llevamos dentro una superestrella. Vosotros también”, venía repetir una y otra vez.

Mientras en la calle se montaba jaleo a costa de las colas y las entradas falsas, en el interior del Palacio los amigos de la casa Semi Precious Weapons (graban en el sello de la artista, Haus of Gaga) ejercían de teloneros con un garage-rock que es más fashionista que peligroso. Mucho mejor fue la selección posterior de éxitos de Michael Jackson para calentar el frío recinto hasta que la silueta Lady Gaga, armada de unas hombreras desproporcionadas, irrumpió en un escenario que simulaba un callejón, con sus escaleras, sus carteles de neón y su coche aparcado (que resultó esconder un piano).

La bandera por pareo
La selección de canciones fue la misma que en Barcelona: la notable Dance in the dark, con ese recitado final que recuerda tanto al de Vogue de Madonna, fue la encargada de abrir la noche, seguida por la floja Glitter & Grease y el éxito que la hizo popular en todo el mundo, Just Dance. Y a bailar todos. Con Beautiful dirty rich la estrella, sus bailarines y el escenario se volvieron un cabaret, que mutó en discoteca con The fame (y su solo insufrible de ese guitarrista que vestía como Slash). Y paso al primer cambio de vestuario (una túnica cubista de color rojo con la que debe de ser imposible moverse) y el primer speech de la noche. Fin del primer bloque de concierto con imágenes de la artista en plan caníbal, manchada de sangre y con carne en las manos. Telón.

Desde el interior de un pequeño vagón de metro, Lady Gaga salió con otro disfraz reconocible (ese que cruza el hábito de monja con las tiritas en los pezones del rollo sado-maso) y Love Game. “Yo no era valiente. Vosotros me habéis hecho valiente”, decía la artista: “Quiero liberaros. Cuando salgáis de aquí quiero que os améis a vosotros mismos”. Y un “Madrid es sexy” para dar paso a Boys boys boys, su homenaje a su público gay, un tema que en directo y rodeado de tipos en calzoncillos se defiende mucho mejor que en disco (“glamaphonic, electronic, d-d-disco baby“).

Pero a la penosa Money Honey no salva ni una guitarra con teclado de forma piramidal. Todo lo contrario que ese single-comedia que es Telephone (con la voz de Beyoncé grabada), una de las canciones por las que sea recordado este 2010. Bandera de España al aire (y de ahí a su culo) y turno de tocar el piano.

Sus verdaderos fans
“Aún recuerdo aquel pequeño concierto que di la primera vez que vine a Madrid. Me di cuenta de que tenía aquí verdaderos fans”, dijo tras sentarse ante su instrumento e interpretar las dos únicas concesiones a la calma de la noche: Speechless y la muy Elton John You and I, adelanto de su próximo disco, Born this way. La terna formada por So Happy I Could Die, Monster y, sobre todo, Teeth (que fue estirada hasta el paroxismo de la cantante) entrarían sin duda en ese purgatorio de las canciones de relleno de antes, y formaron el bajón de un concierto que ya acusaba el cansancio.

Pero no hay nada que no levante una traca final con Alejandro, Poker Face, Paparazzi y Bad Romance, además de un monstruo en el escenario, un cruce entre piraña y planta carnívora, que no puede ser otro que la maldita fama. Cuatro canciones que reúnen todo aquello que hace a Lady Gaga la mejor en lo suyo: vender pop del siglo XXI, desbordante de tensión sexual, espíritu lúdico, glamour asequible a las audiencias de la tele y buen reciclaje de ideas ajenas, cuanto más extremas, mejor.

De verdad: no tiene sentido comparar a Lady Gaga con ninguna otra artista actual (Britney Spears) o pasada (Gwen Stefani). No tiene que ver con los medios de los que dispone. Ni con el equipo que tiene detrás. Tiene que ver con la gracia. Y ella, si consigues no tomártela muy en serio (ya será el tiempo quien la ponga a la altura de Madonna o a la del retaco Christina Aguilera), tiene una gracia irresistible en todo lo que hace. Además de grandes ideas para sí misma, algo de lo que otras estrellas de sesera hueca no pueden presumir.

Foto: EFE

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