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Los lectores contra Pynchon: entrevista a Rubén Martín G.

In Antiguos Maestros, Hambre, Mareo, Postmoderneo, Versus on 6 febrero, 2011 at 12:39 pm

 

Autores que le ponen la zancadilla a sus lectores. Autores cuyos libros necesitan de varias lecturas para poder entrar en el entramado de palabras y significados enredados que esconden. Autores que se toman su labor como una mezcla de placer y durísimo trabajo. Autores famosos que eligen permanecer en el anonimato, para mayor irritación de sus seguidores, que quieren tratarlo como merecen: como celebridades. Autores que son su peor enemigo. Autores como Thomas Pynchon.

Ahora, imaginen: un lector (o varios), indignados, se toman su revancha contra Pynchon, y le canta las cuarenta. Esto es lo que viene a proponer Rubén Martín G. (Cerdanyola del Vallès, 1979) en Thomas Pynchon. Un escritor sin orificios (Alpha Decay), un librito loco y delicioso (88 páginas; formato mini) que va acompañado de fotografías y dibujos del pintor de micro-óleos Alfonso Rodríguez Barrera “que funcionan como documentación anexa, probable y falaz”. Tras leerlo puedes lucir un mareante agujero en plena sesera.

 

Sin querer matar el misterio que rodea un libro como el tuyo, ¿cómo surge la idea? ¿Es una necesidad de profundizar en un autor igualmente misterioso? ¿Es un ajuste de cuentas? ¿Un encargo? ¿Una tesis/ensayo que se torció por el camino para convertirse en otra cosa? Cualquier posibilidad me parece factible.

Rotundamente: es un encargo de Ana S. Pareja motivado por un post que se publicó hace ahora casi un año en el blog Cuaderno Célinegrado bajo el título «Sobre los amigos exigentes». La propuesta surgió entonces. En ese momento, lo que a los dos nos llamaba la atención era hacer de Pynchon un personaje de novela, continuar en esa línea de fake-documentary que había empezado a desarrollar allí, un poco frustrado por la lectura de El arco iris de gravedad. Ana me dio dos indicaciones: «mantén ese tono fullero y busca cómo darle un mínimo de suspense».

Personalmente, ¿te ha quitado muchas horas de sueño el enigma detrás de Pynchon? ¿Cuál es tu relación con él como lector?

No tengo mucha curiosidad por saber más de la persona real, privada. Lo que de verdad espero es la autobiografía de Thomas Pynchon, que me parece perfectamente factible. Que nos cuente lo que quiera, pero que se novele, por favor. Mientras esperamos, en Un escritor sin orificios le hemos dado la palabra a un furioso lleno de envidia para que nos cuente quién es Pynchon según su percepción.

Pynchon es personaje, pero también materia prima (medio) y fin del propio libro. ¿Es un homenaje a Pynchon? O, casi mejor, ¿es una venganza de un lector anónimo contra un escritor anónimo? ¿O es solo una excusa por tu parte para escribir?

Por encima de todo, es un golpe de suerte absoluto publicar por primera vez usando un material tan productivo como Pynchon. Creo que en los próximos meses acabaré de entender que sí, que ese texto que nació de una frustración será mi homenaje a Pynchon. Me alegro. Pero no oculto que parte de la Carta primera está extraída de reproches muy ingenuos que yo le hacía a sus libros. Por otra parte, he querido preservar esa inquina, manteniéndola a salvo de la reconciliación absoluta, por medios artificiales (como dejar de leer Contraluz en la página 100. Terminarla hubiese significado tener que renunciar al contrato con Alpha Decay).

¿Qué papel juegan en el libro esos egos del lector anónimo y el del escritor anónimo?

Era la única posición desde la que yo podía hablar y ofrecer algo de manera completamente honesta, creo, y que se dirige sin un solo desvío hacia los lectores y escritores anónimos como yo que, espero, se interesen por este libro. Al escribir un texto sobre mi incapacidad de conocer a Pynchon, he podido escribir sobre lo único que conozco.

¿Y qué papel juega cada una de las dos partes en las que has divido y los géneros que elegiste para representarlas, especialmente “la crítica ficticia”? ¿Y el lenguaje: a menudo juegas con la confusión de término, relaciones entre términos que no son tales, equivocaciones, etc?

Esto es, quizás, lo que hizo más interesante las revisiones del texto. Si Ana me hubiese dejado,  las hubiera alargado durante meses y así podría seguir escribiendo un libro paralelo sobre procesos, que es algo que me apetece mucho ahora. Hay incongruencias buscadas y necesarias, creo, como el juego de palabras con «desalar» (¿referido a «sal»? ¿referido a «alas»?), que debería generar la pregunta: ¿pero las cartas dirigidas a Pynchon no estarían escritas en inglés? No ha habido arbitrariedades, pero sí complot en la morfología y en la sintaxis.

Yo era el primero que debía descubrir de dónde venía la voz que encadenaba esos insultos pueriles contra el escritor americano. Lo divertido ha sido no saberlo hasta ahora. Mi opinión hoy es ésta: la Carta primera finge estar pronunciada en voz alta (finge, porque sabemos por la introducción que se trata de unos folios manuscritos); la  Carta segunda esta escrita para que parezca que está escrita (pero en algunos momentos la voz chillona de la primera parte se delata). Imagino que se opta por bastir una reseña ficticia sobre Pynchon porque el narrador intuye que esto le dará la autoridad que necesita para seguir insultando.

¿Y, finalmente, qué papel juega la fama en todo esto, o la manera en que autor y sus lectores se enfrentan a ella? (los lectores, en su caso, a la fama de su autor).

Ahí están el fraude y el germen, diría: se llama «día antes de la Fama» al día anterior a la publicación de El arco iris de gravedad, martes 27 de febrero de 1973. Esto es una simplificación casi obscena, porque con su novela de 1963, V, Pynchon había ganado el William Faulkner Foundation Award y, en consecuencia, la gran consideración que podemos imaginarnos. Diría que Fama aquí es sustituible por el instante anterior a hacer algo grande. El libro habla de las consecuencias de ello; la primera: la muerte de la vida privada. Indiferentemente de que uno –Pynchon- participe o no, el público (el que se convierte en su público) ya tiene a su nueva figura de acción para hacerle decir lo que supone que diría. Me parece terrorífico.

Sé que es complicado resumirlo en unas cuantas frases pero, en líneas generales, ¿cuánto hay de verdad, cuánto de mentira, cuánto de mentira disfrazada de verdad y cuánto de verdad disfrazada de mentira?

Una idea con la que bromeo a medias ahí es la del groupie enemigo. Alguien que te quería y admiraba ayer y hoy, como ya no puede llamarse amigo tuyo, se ha convertido en otra cosa. “Descubrir esa cosa”, anoto para mí.

¿Y hasta qué punto quiere funcionar como juego? Me refiero a esa idea de hacer participar al lector como parte de una conspiración, de hacerle partícipe de la mentira del libro y que se involucre en esa mentira.

Bueno, es un libro modesto, pequeño, tiene que ser muy directo y agresivo. El juego consiste en no hacer una imitación de los métodos de Pynchon (porque si el protagonista es incapaz de comprender sus novelas, no puede usar sus procedimientos). Sí hay una copia de las estructuras basada en la paranoia pynchoniana y que consiste, sobre todo, en desquiciar a todos los intervinientes del texto (también al lector) al impedirles que puedan descartar ningún elemento y, a la vez, obligándoles a reconocer que ninguno de esos elementos parece tener una cualidad, digamos, crucial. La paranoia se toma en serio y no se toma en serio. El librito se empeña en ensoberbecerse hasta el ridículo. Allá él.

Tras leerlo me he sentido apabullado por los datos, las notas a pie de página, incapaz de separar real de ficción, algo que me ha ocurrido ya con libros del propio Pynchon, pero también de otros autores que citas en ‘Un escritor sin orificio’, como Foster Wallace o DeLillo. ¿Han sido una influencia, has querido seguir esta tradición de autores norteamericanos?

Eso sería demasiado ambicioso por mi parte. Las notas al pie se pueden ver como una simple caracterización del personaje del comentarista, ¿no te parece? No es siquiera una parodia del crítico, porque no conozco lo suficiente el medio.

Me gustaría aclarar que las notas quieren ayudar a leer el libro sin necesidad de conocer la obra de Pynchon y, sobre todo, que no hay datos falsos. Hasta que entramos en ese momento en que las anotaciones empiezan a brutalizar -¿puedo decirlo así?- al lector y todo lo que tocan. En ese punto, el pie de página es humorístico y enloquece. Lo mismo sucede en House of Leaves, I love you Sade, de Ferré, o en Un viaje de invierno (y tantas otras novelas de Benet). No tenía tan presentes a F.W. o DeLillo porque no consigo entrar del todo en ellos, una incapacidad muy personal.

¿Sería posible que te hubieras planteado una historia como la que cuentas con otro escritor?

Desde luego. De hecho, algunas pruebas antiguas con las que quise demostrar a mi editora que no se comprometía conmigo en vano, partían del seguimiento documental de algunos personajes de la literatura francesa que me son igualmente incomprensibles y queridos.

Por último, ¿querías llevar al lector hasta algún tipo de conclusión sobre Pynchon? Me gustan dos ideas que lanzas: Pynchon como autor que mata la lectura (y al lector) escribiendo; y Pynchon como escritor que expresa con grandes volúmenes de palabras la brevedad de las cosas que importan.

No hay conclusión profunda. Muy llanamente: me han inculcado una reverencia excesiva ante  cualquier cosa que haya sido lograda mediante el Trabajo. Por lo tanto, una escritura que se ha exigido disciplina merece ser abordada con disciplina. Aunque es verdad que espero, a cambio de mi esfuerzo, placer. Y si no lo obtengo soplaré y soplaré y me perderé en operaciones mentales para descubrir si es mi culpa o es culpa del artefacto. Pynchon es, por descontado, enteramente placentero. Pero yo he necesitado una segunda y tercera lecturas. El libro está escrito desde la humillación de la primera.

Creo que hay que resumirlo diciendo que se trata de una pataleta en la que el sujeto se va quedando sin argumentos hasta defenderse sólo con soniquetes impertinentes. Cuando tenía ocho años, en clase de música, un niño de clase vomitó mientras practicábamos con nuestras flautas. Esa imagen de la flauta vomitada y su sonido han acompañado en todo momento las decisiones de cada pieza del texto. No la he incluido en el libro para poder explicarósla aquí.

FOTO: Alfonso Rodríguez Barrera

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