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Carlos Fuentes: “Mi momento para el Nobel ya pasó. O eso espero”

In Versus on 15 mayo, 2012 at 9:42 pm

[En agosto de 2003 publiqué en La Razón una entrevista con Carlos Fuentes con motivo de la publicación de su novela La silla el Águila, donde el escritor dispara la acción hasta el año 2020, con unos EEUU que han llevado a México a una suerte de embargo en las telecomunicaciones y en medio de la carrera de candidatos por hacerse con la presidencia del país, por sentarse en la Silla del Águila. Es decir, una novela más política y satírica que otras. Como lector, recuerdo dos libros suyos con especial cariño: Cambio de piel (1967), un extraño experimento psicodélico-pop que, como él mismo dice en esta entrevista, quizá no haya envejecido del todo bien; e Instinto de Inez (2001), una novela que en realidad parece una excusa del mexicano para hablar de su obsesión por La Damnation de Faust, de Hector Berlioz, que por supuesto corrí en su día a comprar en CD. Mil gracias a Gerardo Granda por encontrar la entrevista en el archivo del periódico y enviármela]

«Estoy llegando al final de mi vida y de mi carrera y es difícil que invente algo nuevo, pero tengo, eso sí, muchos planes de escritura, muchos». Es la voz de Carlos Fuentes (México, 1929), lúcido y  brillante, más aún con los años, que habla en esta entrevista de la vida, los amigos y los libros.

Dice la protagonista de su último libro (‘La silla del Águila’), María del Rosario Galván, que «todo es política, incluso el sexo». ¿No echa de menos hablar de literatura?

-Sí, mucho, pero no me importa: escribo literatura. Puedo hablar de literatura con mis amigos escritores, y mucho; con García Márquez, por ejemplo, no hablo más que de novelas, y con el resto de mis amigos escritores: al final siempre acabamos hablando del negocio [risas]. Es como cuando de juntan los carniceros: hablan de eso.

Imagínese que de pronto le llama el presidente Fox y le pide que ocupe usted la Silla del Águila; ¿Qué es lo primero que haría?

-Es que la política no me interesa para nada… Sería una broma suprema, así que le daría las gracias por pensar en mí, le diría que lo siento pero que no me interesa.

O en el Ministerio de Cultura, al estilo de Gilberto Gil con Lula…

-Lo de Lula me parece muy bien, pero yo no tengo una carrera política ni intereses políticos. Imagínese, si a mi edad no me he dedicado a la política cuando tengo tantos libros por escribir todavía y apenas me queda tiempo. Éso es lo que me concierne.

A Susan Sontag, a quien respaldó para el Príncipe de Asturias de las Letras, se le califica de «combativa» o «reivindicativa». ¿Le preocupa que no se diga lo mismo de usted?

-Me da igual, porque lo importante para un escritor son sus libros y su posición ciudadana es otra cosa. Y ésa es una posición ciudadana, no una posición que yo o Susan Sontag, o quién sea, tomemos como escritores, sino que en ese momento pasamos de ser escritores a ser ciudadanos con opiniones, como pueden ser la suya o la de cualquiera. Ejercemos un derecho en una sociedad libre. Y si no estamos en una sociedad libre, pues entonces que nos metan en la cárcel.

Hablando de amigos, ha dicho usted que hasta cincuenta años después de su muerte no se publicarán sus car tas con Octavio Paz y Julio Cortázar…

-Sí, lo he decidido así porque en ellas hay muchas cosas personales. Demasiados datos, ataques a otras personas, amores, separaciones, toda suerte de cuestiones privadas que no tiene por qué ser del dominio público ¡todavía! Algún día, cincuenta años después de mi muerte, como he deja do en mi testamento, esos archivos se podrán abrir porque entonces tendrán interés histórico, y no habrá nadie vivo al que pueda afectar.

-Del Nobel, ni hablamos, claro…

-No, ya he repetido que se lo dieron a Gabo y ahora le toca a gente mucho más joven que nosotros. Yo creo que en cierto modo mi momento para el Nobel ya pasó, o eso espero. Hay gente nueva, mucha en Hispanoamérica, que merece un  estímulo de ese tipo. Y yo digo, ¿para qué a mi?

-¿Cómo concibe el oficio de escritor con más de cincuenta obras detrás?

-Como el oficio de respirar. Yo me levanto y escribo como si estuviera respirando, es parte esencial de mi vida. No es un trabajo, porque no lo considero como tal: no me preocupa como le preocuparía a un burócrata ir todos los días a la oficina, por ejemplo. Yo me acuesto deseando que el día amanezca pronto para poder sentarme a escribir.

-Entre sus obras más reivindicadas, «Cambio piel» merece un capítulo aparte, un experimento que no se si hoy podía volver a plantearse…

-Escribir «Cambio de piel» fue muy difícil, porque era muy novedosa en aquel momento. Las vanguardias envejecen también, cierto, pero en ese momento era una novela bastante poco usual y dentro del panorama literario mucha gente no la entendió. Recibió ataques muy severos. Recuerdo que Ernesto Sábato dijo que era ilegible; Benedetti, que era una concesión que yo hacía a la moda, al consumo. A otra gente le gustó mucho la novela, que ganó el Premio Biblioteca Breve. Yo sabía que estaba experimentando mucho con ella, introduciendo temas que nunca se habían tocado, incluso temas actuales como el pop. ¿Quién hablaba entonces en una novela de los Beatles o de los Rolling Stones? ¿Y meter sus letras? Nadie. O de la moda de las mujeres. Metí todo el mundo de los 60 como yo lo vi y quedé muy contento.

-¿No se le agota México?

-México no se le agota a nadie. No se le agotó a Hernán Cortés, por qué se me iba a agotar a mí…

-¿Y las palabras? ¿Tampoco?

-No, pero va cambiando el lenguaje. Eso sí. El lenguaje mexicano se metamorfosea mucho. El lenguaje de «La región más transparente» era muy audaz en su momento y ordinario y soez, ya no es el lenguaje de la ciudad de México. Ahora el lenguaje de México es el de Xavier Velasco y su «Diablo guardián» y el mío resulta ya de museo. Velasco cuenta con una libertad de expresión que no existía en mi tiempo y que en cierto modo yo inauguré con «La región más transparente» (1958). Pero en medio del vocabulario de antes y el de hoy hubo muchos otros, que se caracterizan por su mutación constante. Y un novelista tiene que tener un oído para eso.

-¿Cómo se empapa usted del lenguaje viviendo en Londres?

-Es lo más fácil. Lo veo de lejos: leo los periódicos y me sorprende más la novedad cuando regreso a México. Oigo mucho más que si estuviese allí todos los días y me hubiera acostumbrado a él.

-¿Teme algún tipo de represalia en EE UU por «La silla del Águila» o por sus opiniones?

-Yo ya estuve en la lista negra americana durante 30 años. No podía entrar en Estados Unidos, no me daban visa… ¡ahora puede que me la quiten! Bueno, qué le vamos a hacer, yo no soy responsable de la política norteamericana. Llevo una buena amistad con el presidente Clinton y espero que no cometan la estupidez de empezar a hacer listas negras. Yo voy mucho a dar conferencias y soy bien recibido, pero si lo que recibo ahora es una negativa al diálogo en virtud de reacciones patrióticas lo veo muy difícil.

-¿Qué es la patria para usted?

-Samuel Johnson ya dijo que la patria era el refugio de los miserables. Hay que amar al país propio pero sin convertirlo en una especie de ideología fetichista.

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