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Pynchon-Pynchon-Pynchon

In Lecturas on 12 diciembre, 2012 at 8:31 pm

Un Lento Aprendizaje = Slow LearnerUn Lento Aprendizaje = Slow Learner by Thomas Pynchon
My rating: 3 of 5 stars

Pynchon. Pynchon. Pynchon. Dicen que si repites tres veces su nombre delante de un espejo aparece un tipo con la cara borrosa, los hombros caídos hasta formar líneas verticales y unos incisivos como los que tendría un conejo de dos metros, y que te destripa ahí mismo. Intentaré no contribuir con este comentario sobre su libro ‘Un lento aprendizaje’ (editado en castellano por Tusquets) a esa corriente de mitificación hacia su figura que últimamente veo desatada y que creBUENO, MEJOR NO.

¿Qué es? ‘Un lento aprendizaje’ reúne sus primeros textos, seis relatos escritos entre 1958 y 1964 mientras estaba en la universidad, que él mismo ya se encargó de mantener en algún cajón lejos de la luz del sol hasta que se decidió a publicarlos en 1984 bajo el título original ‘Slow Learner’. Es un libro completamente desigual, donde diría que lo más importante está en el prólogo, escrito por Pynchon en 1984 con una humildad desarmante. “Mi reacción al leer estos relatos fue exclamar: ¡Dios mío!, al tiempo que experimentaba unos síntomas físicos en los que prefiero no insistir. Mi segundo pensamiento fue el de volver a escribirlos de cabo a rabo. Ambos impulsos cedieron a uno de esos estados de serenidad propios de la mediana edad, y ahora creo que he llegado a ver con claridad cómo era el joven escritor de entonces y a entenderme con él. Por otro lado, si gracias a una tecnología aún por inventar me topara hoy con él, ¿estaría dispuesto sin recelos a prestarle dinero o siquiera a ir calle abajo con él para tomar una cerveza y charlas de los viejos tiempos?”.

Esa humildad, decía yo, surge cuando Pynchon ejerce de crítico de si mismo, cuando coge cada uno de sus textos y, sin ningún tipo de nostalgia, analiza para el lector cuándo los escribió, bajo qué influencia y, lo mejor de todo, qué errores muestra su lectura años después, algo que muchos aspirantes a escritor encontrarán muy útil: “Mi mayor esperanza es que, por pretenciosos, bobos e imprudente que resulten de vez en cuando, estos relatos sigan siendo útiles con sus defectos intactos, ilustrativos de los problemas característicos a los que se enfrenta el escritor principiante, a la vez que previene contra ciertas prácticas que probablemente los escritores más jóvenes prefieren evitar”.

El prólogo también es útil para conocer de primera mano sus lecturas de la época en busca de una voz propia: “Kerouac y los escritores de la generación beat, la dicción de Saul Bellow en ‘Las aventuras de Augie March’, voces que empezaban a sonar como las de Herbet Gold y Philip Roth”. Explica: “Contra el innegable poder de la tradición, nos atraían los señuelos centrífugos, como el ensayo de Norman Mailer ‘El negro blanco’, el considerable surtido de discos de jazz y un libro que aún sigo considerando una de las grandes novelas norteamericanas: ‘En el camino’, de Jack Kerouac”.

Algunos recuerdos de la época son realmente valiosos en este sentido. Según cuenta, en la universidad, “parecía como si la actitud de ciertos literatos hacia la generación beat fuese la misma que la de algunos oficiales de mi barco hacia Elvis Presley, los cuales abordaban a los marineros que parecían capacitados para informar, porque, por ejemplo, se peinaban como Elvis Presley, preguntándoles inquietos: ‘¿Cuál es su mensaje? ¿Qué quiere?’”. Repitan todos, atemorizados: ¿Qué quiere ese pelo de Elvis, qué coño quiere contarnos? Y ahondando en ello: “Estábamos en un punto de transición, un extraño periodo de tiempo cultural posterior a la generación beat, y nuestras lealtades estaban divididas. Lo mismo que el bop y el rock’n’roll eran con respecto al swing y al pop de posguerra, así era esa nueva manera de escribir con respecto a la tradición moderna más establecida a cuya influencia estábamos expuestos en la universidad. Por desgracia, no teníamos otras alternativas de primer orden. Éramos espectadores: el desfile había pasado y ya lo recibíamos todo de segunda mano, éramos consumidores de lo que los medios de comunicación de la época nos suministraban”.

Al lío: vamos con el libro. Los dos primeros relatos, ‘Lluvia ligera’ y ‘Tierras bajas’ ni siquiera llegan a ser desarrollados como tal. Son esquemas de personajes, de escenarios donde desarrollar conflictos que no llegan nunca a surgir, donde Pynchon tira de experiencias propias para escribir, y donde se queda corto. Sobre esto: “No sé de dónde había sacado la idea de que la vida personal del escritor no tiene nada que ver con su ficción, cuando lo cierto, como todo el mundo sabe, es casi todo lo contrario. Además, tenía a mi alrededor abundantes pruebas de esa verdad, aunque prefería ignorarlas, pues, de hecho, la ficción tanto publicada como inédita que me conmovía y me satisfacía entonces y ahora era, precisamente, la que resultaba luminosa y sin ninguna duda auténtica porque había sido hallada y elevada, siempre pagando un coste, desde los niveles más profundos y más compartidos de la vida real que todos vivimos”. Al menos aprovecha para para experimentar con su oído para los diferentes acentos del inglés y con la técnica del “robo literario”, que parece llegar más o menos a mejor puerto en ‘Bajo la rosa’, un relato donde Pynchon vuelca su afición por las novelas de espías que leyó en su juventud y donde se ve ya, claro, el miedo a la conspiración y a La Bomba con mayúsculas.

Mis favoritos son los dos que quedan. ‘Entropía’ y ‘La integración secreta’. El primero no es del gusto de Pynchon, es posible que incluso le avergüence. A mí me ha gustado por que la acción y sus personajes funcionan como una banda de músicos que se van calentando hasta que el ritmo estalla en un caos de ruido controlado. El narrador va de un punto a otro sin transiciones ni obstáculos de ningún tipo. También disfruto con la manera en que utiliza términos de geometría y termodinámica, aunque con esto el propio Pynchon se muestra especialmente crítico por su osadía de juventud. Sobre sus errores en este texto, escribe: “Con frecuencia desconocemos el alcance y la estructura de nuestra ignorancia, la cual no es sólo un espacio en blanco en el mapa mental de una persona, sino que tiene contornos y coherencia y, por lo que sé, también tiene sus normas. Así pues, como corolario a ese consejo de escribir sobre lo que conocemos, quizá podríamos añadir la necesidad de familiarizarnos con nuestra ignorancia y las probabilidades que tenemos, por falta de esa familiaridad, de echar a perder un buen relato”. Este es en mi opinión el consejo más útil que nos deja a los lectores, y no solo deberían tomar nota los aspirantes a escritor, también los periodistas.

Ya termino: ‘La integración secreta’ podemos adorarlo sin problemas, es el favorito de Pynchon y es un gustazo leerlo: 50 páginas protagonizadas por una pandilla de cuatro chavales que parecen sacados de una película de los años ochenta, tipo ‘Los Goonies’, ‘Cuenta conmigo’ o ‘Los exploradores’, en una América que se resiste a dejar atrás el racismo y donde, muy pynchonianamente, la narración se dispara en múltiples direcciones, pudiendo tomar cualquiera de ellas. Todo lo escrito en ese relato, confiesa Pynchon, se fue al garete con su siguiente escrito publicado, ‘La subasta del Lote 49’, donde “parezco haber olvidado la mayor parte de lo que creía haber aprendido hasta entonces”. Entonces empezó la leyenda.

[Algo más sobre Pynchon-Pynchon-Pynchon aquí: https://haciendoelpino.wordpress.com/2…]

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  1. […] sincronicidad: yo también vi un día a un conejo de dos metros. Fue leyendo a Pynchon. Lo cuento aquí. Todo esto, estas conspiraciones, este magma cósmico de coincidencias, es tan […]

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