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Una traducción libre de ‘Leite derramado’ de Chico Buarque

In Lecturas on 22 noviembre, 2013 at 3:20 pm

‘Leite derramado’, de Chico Buarque, me está gustando tanto que de pronto he querido formar parte de la novela traduciendo un fragmento, aunque está disponible en castellano y publicado por Salamandra desde 2011. Se trata de la historia fragmentaria y caótica de un viejo que, desde la cama de un hospital, es víctima de una cabeza rota, una cabeza que da vueltas sobre sí misma, parándose como una ruleta aquí y allá para volver a pararse, por pura casualidad, otra vez aquí y allá. Es el monólogo de un viejo que intenta contar su vida a quien quiera escuchar o a quien pase por allí, su vida y la de su padre y la de su abuelo y la de su nieto y la de su mujer y la de su hija. Con el juicio ya a medio oscuras, va y viene sobre los mismos episodios, confundiendo personajes, caras, lugares, anécdotas. Lo que queda de ese caos tan bien ejecutado y tan bien escrito es una de esas novelas sobre grandes sagas familiares propias de la literatura brasileña pero contada de forma fragmentada. Hay aquí un dicho, “Não adianta chorar pelo leite derramado”, que viene a significar que no merece la pena lamentarse por una oportunidad perdida, arrepentirse por algo que al final nunca se hizo. Este es el primer capítulo, disculpen las inexactitudes y las licencias y las libertades.

Cuando salga de aquí nos vamos a casar en la hacienda de mi feliz infancia, allí donde comienza la sierra. Tú usarás el vestido y el velo de mi madre, y no te lo digo porque me haya puesto sentimental, ni por causa de la morfina. Dispondrás de los encajes, de los cristales, de la vajilla, de las joyas y del nombre de mi familia. Darás órdenes a los criados, montarás el caballo de mi antigua mujer. Y si en la hacienda todavía no hay luz eléctrica, conseguiré un generador para que puedas ver la televisión. Habrá también aire acondicionado en todos los cuartos, porque hoy en día en la baixada[1] hace mucho calor. Dudo si fue siempre así, si mis antepasados sudaban debajo de tanta ropa. Mi mujer, sí, sudaba bastante, pero ella ya era de una nueva generación y no tenía la austeridad de mi madre. A mi mujer le gustaba el sol, volvía siempre sofocada de las tardes en el arenal de Copacabana. Pero nuestro chalé en Copacabana ya se vino abajo, y de cualquier forma yo no viviría contigo en la casa de mi antiguo matrimonio, viviremos en la hacienda donde comienza de la sierra. Nos casaremos en la capilla que fue consagrada por el cardenal arzobispo de Rio de Janeiro en mil ochocientos y pico. En la hacienda tú cuidarás de mí y de nadie más, y así me recuperaré completamente. Y plantaremos árboles, y escribiremos libros, y si Dios quiere todavía criaremos hijos en las tierras de mi abuelo. Pero si no te gusta vivir allí donde comienza la sierra por culpa de las ranas y de los insectos, o por la distancia o por cualquier otra cosa, podríamos vivir en Botafogo, en el caserón construido por mi padre. Allí hay cuartos enormes, baños de mármol con bidés, varios salones con espejos venecianos, estatuas, techos monumentales y tejas de pizarra importadas de Francia. Hay palmeras, aguacates y almendros en el jardín, que se convirtió en un aparcamiento después de que la embajada de Dinamarca se trasladara a Brasilia. Los daneses me compraron el caserón a precio de banana, todo por culpa de los líos de mi yerno. Pero si mañana vendo la hacienda, que tiene doscientos alqueires[2] de pastos y labranza, cortados por un arroyo de agua potable, tal vez pueda reabrir el caserón de Botafogo y restaurar los muebles de caoba, mandar afinar el piano Pleyel de mi madre. Yo tendré bricolajes que hacer para muchos años, y en el caso de que tú desees continuar con tu profesión, podrás ir al trabajo a pie, visto que el barrio es abundante en hospitales y consultorios. Es más, justo encima de nuestro terreno se ha construido un centro médico de dieciocho pisos, y con esto acabo de acordarme de que el caserón ya no existe. Ni la hacienda a pie de la sierra, creo que fue expropiada en 1947 para que pasara por allí una autopista. Estoy pensando alto para que me escuches. Y hablo lento, como quien escribe, para que me transcribas sin necesidad de ser taquígrafa, ¿estás ahí? Se acabó la telenovela, las noticias, la película, no sé por qué dejan la televisión encendida, desintonizada. Deber ser para que esa niebla me tape la voz, y no moleste a los otros pacientes con mi palabrería. Pero aquí solo hay hombres viejos, casi todos medio sordos, si hubiese señoras de edad en el recinto sería más discreto. Por ejemplo, jamás hablaría de las putillas que se arrodillaban cuando mi padre lanzaba monedas de cinco francos en su suite del Ritz. Mi padre allí, muy concentrado, y sus admiradoras desnudas en posición de sapo, intentando pillar las monedas de la alfombra sin usar los dedos. A la campeona le mandaba bajar conmigo a mi cuarto, y de vuelta a Brasil yo le confirmaba a mi madre que había perfeccionado el idioma. Allí en casa, como en todas las buenas casas, en presencia de empleados los asuntos de familia se trataban en francés, si bien para mi madre hasta pedir el salero era un asunto de familia. E incluso hablaba con metáforas, porque en aquel tiempo cualquier enfermera tenía rudimentos de francés. Pero hoy la joven no tiene ganas de conversación, llegó malhumorada, me va a poner la inyección. El somnífero ya no tiene efecto inmediato, y ya sé que el camino del sueño es como un pasillo lleno de pensamientos. Oigo ruidos de gente, de vísceras, un sujeto entubado emite ronquidos, igual quiere decirme alguna cosa. El médico de planta entrará con prisa, me tomará el pulso, igual me dice alguna cosa. Un cura llegará para visitar a los enfermos, hablará en bajito palabras en latín, pero no será conmigo. Una sirena en la calle, teléfono, pasos, siempre hay algo que me impide caer en el sueño. Es como una mano que me sostiene por los pelos. Hasta que me encuentro ante la puerta de un pensamiento hueco, que me tragará hasta las profundidades, donde acostumbro a soñar en blanco y negro.


[1] Parte baja del litoral; también zona suburbana de Rio de Janeiro

[2] Unidad de medida de superficie agraria

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