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Medio siglo de la conquista del espacio (por los monos): una lectura de ‘El planeta de los simios’

In Apocalipsis YA, De viaje, Sci-fi on 8 diciembre, 2013 at 12:49 pm

«Aunque aquella joven fuera de una belleza extraordinaria,
yo no la consideraba como una mujer.
Sus maneras eran las de un animal doméstico
que busca el calor de su amo.
»

«Encontrar a un gorila sobre el planeta Soror
no constituía la extravagancia esencial del caso.
Ésta era que aquel mono iba correctamente vestido
como un hombre de nuestro planeta y, sobre todo,
que llevaba las prendas con toda soltura.
Esta naturalidad fue lo primero que me impresionó.
No hice más que ver al animal y
ya me pareció evidente que no iba disfrazado.
»

Antes de hablar de monos y de la conquista del espacio, dejen que les exponga tres de las cosas que me han sorbido el seso y absorbido el tiempo últimamente, y que han tenido mucho que ver a la hora de sentarme a leer y a escribir sobre El planeta de los simios y en que este texto tenga la forma y enfoque que tiene finalmente:

1.

Hacia los confines del mundo, novelón incomparable y emocionante de Harry Thompson, editado en España por Salamandra. Narra los sucesivos viajes a lo largo y ancho de todo el hemisferio sur del HMS Beagle, barco capitaneado por Robert FitzRoy, a bordo del cual viaja un pasajero muy especial: Charles Darwin. Dos jovencísimos y opuestos entre sí protagonistas de una historia en la que, bajo la excusa de cartografiar el nuevo mundo, colisionan las teorías bíblicas y la ciencia, en una época de expansión colonialista y religiosa. Un libraco que tiene, por lo menos, tres lecturas: 1) Un relato de aventuras y de una obsesión, en la tradición de Moby Dick. 2) Una biografía novelada de Darwin y de la génesis de su teoría de las especies, con especial atención en el proceso psicológico que le hace madurar de aspirante a clérigo a revolucionario al servicio de la Humanidad. 3) Un recorrido por la historia dramática reciente del colonialismo y sus consecuencias, pocas veces exentas de violencia e intereses. Confieso que su huella, tres años después de leerla, sigue muy presente en mí por diferentes motivos, en mis lecturas posteriores (de aquí llegué a Vonnegut, por ejemplo) e incluso en mis deseos por conocer mundo, la Tierra del Fuego, la Antártida y las Galápagos, puestos a fantasear. El tipo de libros que transforma al lector y que incluirías en la lista de cosas que salvarías de un holocausto nuclear.

2.

La música de Sam Shackleton. Los que lean revistas musicales asociarán su nombre al dubstep, lo penúltimo en electrónica para escuchar con cascos. Pero yo me he prohibido ponerme estupendo y, últimamente, me he impuesto hablar de música sin anglicismos ni marcianismos, sólo atendiendo a lo sensorial, porque para reseñar a partir de etiquetas ya hay cientos. Así que hablemos mejor de imágenes y de lo que evoca su fundamental recopilación de 3 EPs y su misteriosa sesión para Fabric. La música de Shackleton es espacial, en un sentido metafórico, atmosférico, pero también literalmente: les das al play y aquello se expande ante tus oídos, es música que necesita espacio. Está marcada por percusiones tribales y por unos ambientes gélidos y desolados, que parecen tormentas de nieve o mareas digitales, hostiles, que te cortan la cara. Digamos que suena como una versión menos sofisticada de Boards of Canada. Y por ahí, como ecos fantasmales, flotan también grabaciones de voz, como mensajes de radio pidiendo SOS. Sí, ahí iba: como los que uno se imagina que otro Shackleton, de nombre Ernest, explorador de la Antártida y el Polo Norte, mandaba por radio en medio de sus viajes. No tengo que decirles que la electrónica me parece una de cosas más evocadoras y estimulantes para los oídos. No hablamos de escuchar canciones, sino de música: aquí nada marca el mensaje. A uno le importa una mierda si el autor quería «hablar» de amor o de vino cuando las compuso. Es mi música y la interpreto como me da la gana.

3.

La relectura de En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft, en su reciente edición en la colección Letras Populares de la editorial Cátedra. Su extenso prólogo, a cargo de Juan Antonio Molina Foix (que también traduce) y las nutritivas notas finales, con textos de Cirlot, Llopis, Francisco Nieva, Fernando Savater, José Manuel Sánchez Ron, Houellebecq y Joyce Carol Oates, entre otros, son los culpables de que haya vuelto a pensar en Hacia los confines del mundo tanto tiempo después. Porque, según leo allí, a Lovecraft le fascinaba las noticias que por aquella época llegaban de los conquistadores de los polos, y basó parte de su texto, repleto de descripciones y detalles concretos, en los testimonios e informes de exploradores como Scott, Amundsen, Byrd y, claro, Shackleton. Les invito a leer En las montañas de la locura junto a la música de Sam Shackleton de fondo (que, como he intentado describir más arriba, puede colocarse también sin problemas entre lo espacial y lo tribal, como fusión de lo cósmico y lo ancestral tan de Lovecraft), y luego me cuentan el efecto de blanquísima soledad que les ha provocado el cóctel sensitivo. Y con esto, cierro el círculo y me pongo a lo que venía: a hablar de El planeta de los simios.

Entenderán por qué ahora mismo de lo que menos me apetece escribir es de Charlton Heston o Tim Burton, de naves espaciales, ni siquiera del truco final que ha hecho famosas a las dos películas. El planeta de los simios, la novela, está a punto de cumplir medio siglo y se reedita ahora en español, después de haber estado descatalogada más de diez años, según cuenta la editorial responsable del rescate, la antaño célebre Minotauro. Es lo más parecido a un porqué de este artículo hoy. La novela fue escrita en el año 1963 por el francés Pierre Boulle, que con anterioridad ya había sido mundialmente famoso por otra novela inmortalizada también gracias a la popularidad que da el cine: El puente sobre el río Kwai (1952), vía David Lean.

La biografía de Boulle es muy interesante si queremos plantear una lectura de El planeta de los simios más allá de la ciencia ficción. A mitad de los años treinta del siglo pasado, Boulle trabajó en una plantación de árboles de caucho en Malasia, lo que le permitió conocer de cerca el colonialismo británico, sus formas y sus demonios. No deberíamos pasar por alto que otro autor famoso por otra distopía, George Orwell, viviera por aquella época también los últimos días del colonialismo británico desde no muy lejos (Birmania), una experiencia que reflejó en la muy recomendable novela de viajes/reportaje Los días de Birmania (editada en castellano por Ediciones del Viento). Para contextualizar su opinión política: durante la Segunda Guerra Mundial, Boulle colaboró con la resistencia y en 1943 fue capturado por los partidarios de la Francia de Vichy y condenado a trabajos forzados a perpetuidad. Después de la guerra fue condecorado y se dedicó a escribir. De todo ello saldría el material para su biografía, años después, titulada con mucho olfato comercial Mi propio río Kwai (1967).

Bajo estas referencias, por un lado arbitrarias por mi parte, por otro reales en función de la biografía de su autor, El planeta de los simios se me ha aparecido como el relato de un colonizador colonizado. Entiendo que en otro momento y bajo otras coordenadas me habría parecido otra cosa completamente diferente. Como todo el mundo sabe, El planeta de los simios es la historia de un astronauta de la Tierra que llega a un planeta donde los humanos han sido sometidos (evolutiva y violentamente) por unos simios de inteligencia superdesarrollada. Ni el lector ni ambas partes interesadas de la novela (los humanos y los simios) saben a qué se debe este orden de las cosas, pero es un genial disparate que, de llevar hasta el final mi lectura, daría para escribir, se me ocurre, una ucronía sobre qué hubiera pasado si en vez de conquistar América, los nativos americanos hubieran cruzado el océano y nos hubieran conquistado y sometido, arrasando nuestra civilización e imponiendo la suya. Pero mejor no despistarse.

El planeta de los simios está escrito a modo de diario, como un manuscrito encontrado en una botella que flota en medio de un espacio exterior navegable bajo las mismas reglas con las que se navega por los océanos terrestres. Es, pues, un diario de a bordo interestelar sobre el viaje del periodista Ulises Mérou, que en compañía de un científico y jefe de expedición, su discípulo y un chimpancé, emprenden a la estrella supergigante Betelgeuse, «a unos trescientos años luz de nuestro planeta». Un viaje de apenas unos meses para la tripulación de la nave. Según escribió entonces Mérou en sus notas:

“Podemos subsistir unos años. A bordo cultivamos legumbres y frutas y mantenemos un corral. No nos falta nada. Tal vez algún día encontremos un planeta hospitalario. Es un deseo que casi no me atrevo a formular. Pero he aquí, expuesto con absoluta fidelidad, el relato de mi aventura”.

Su visión del planeta Soror, donde deciden aterrizar, es necesariamente colonialista. Hay que imaginarse a Colón, por primera vez, ante el paisaje americano, pisando tierra ajena, entrando en contacto con los indígenas. Mérou describe un planeta «hermano gemelo de nuestra Tierra», pero con una vegetación abundante, fauna propia y una superficie moldeada por lo que parecía una civilización. Y no tardan en encontrar vida: un ser humano de aspecto salvaje al que llaman Nova. ¿Inteligente? Tras un primer contacto, el juicio es implacable y también me hace pensar en la visión que la religión imponía antaño de los indígenas americanos: aquellos humanoides no podían tener alma, eran salvajes, más parecidos a animales que a nosotros. Según el periodista, «cuando, durante el viaje, hablábamos de un posible encuentro con seres vivientes, evocábamos criaturas deformes, monstruosas, de un aspecto físico muy distinto al nuestro, pero siempre suponíamos en ellos la existencia de un espíritu. En el planeta Soror, la realidad parecía ser completamente opuesta: teníamos que habérnoslas con unos seres parecidos a nosotros desde el punto de vista físico, pero que parecían completamente desprovistos de razón. Era esto, precisamente, lo que implicaba la mirada de Nova que tanto me había intrigado y lo que encontraba también ahora en la mirada de todos los demás: la falta de reflexión consciente, ausencia de alma». Y, de nuevo, recuerdo en este punto Hacia los confines del mundo, a FitzRoy y aquellos tres pobres indios fueguinos a los que llevó hasta Inglaterra e intentó civilizar.

Como es de esperar, en El planeta de los simios son los macacos los que tienen el monopolio de esa chispa que llamamos alma. Son ellos lo que visten ropa con, horror, la naturalidad de un ser humano. Y son estos, los humanos, lo que se comportan como bestias en cautividad, sin ni siquiera dominar una lengua para expresarse. El juego de espejos entre especies es continuo en el texto, a veces consiguiendo que el lector ría con complicidad ante algunos comportamientos (¿Saben qué le dan los monos a los humanos para que se callen? Plátanos ¿Y qué iba dentro del primer satélite que orbitó sobre el planeta de los simios? Un humano). Pero otras veces, provoca que levantemos la ceja porque la imagen que vemos de nosotros mismos en la piel peluda de los simios no es precisamente inteligente ni mucho menos benévola. Las técnicas de Pavlov aplicadas al protagonista, por ejemplo, llegan a hacer dudar al bueno de Mérou de su propia condición de ser racional, de su propia humanidad, en contraposición a la animalidad. Nadie cree que bajo ese ser humano haya un mínimo rasgo de inteligencia o voluntad, más allá de alimentarse y procrear. Al principio, ni siquiera Zira, una «simia admirable» ante la cual sólo le queda una salida: mostrarse como el más listo de la clase, «como un sujeto excepcional que merecía un trato privilegiado».

«Yo estaba anhelante de esperanza, cada vez más convencido de que empezaba a darse cuenta de mi noble presencia. Cuando habló imperiosamente a uno de los guardianes llegué a la locura de creer que me abrirían la jaula presentándome sus excusas. ¡Ay de mí, no se trataba de esto! El guardián rebuscó en sus bolsillos y sacó un pequeño objeto blanco que entregó a su patrona. Ésta me lo puso en la mano con una sonrisa encantadora. Era un terrón de azúcar». Listo, pero poco más que una mascota, vaya.

En esencia, la primera parte del libro se centra en los intentos del protagonista por mostrarse como un ser inteligente ante los ojos de sus captores y no como un espécimen con intuición y una capacidad extraordinaria para la imitación, algo frustrante. En la segunda parte, el periodista se debe enfrentar a algo que nos suena mucho más cercano, e igualmente frustrante: a un poder que quiere mantenerse en lo alto del sistema social y que no está dispuesto a revisar sus conocimientos científicos y, hasta cierto punto, supersticiosos, casi místicos, que apoyan la superioridad del mono frente al hombre.

La ciencia oficial simia explica al protagonista el proceso evolutivo de organismos celulares a mamíferos, y de ahí al hombre, una especie condenada, mientras los monos prehistóricos daban paso al Simius sapiens. ¿Alguna teoría de este desarrollo? El hecho de que los hombres tuvieran dos manos en vez de cuatro, «con dedos cortos y torpes», fue la causa de su condena. Tener cuatro manos permitió a los monos no vivir «clavado en el suelo», concebir las tres dimensiones del espacio desde un árbol y adquirir el gusto y el uso por las herramientas. Esto hizo reflexionar al periodista de la siguiente forma:

“Muchas veces había oído invocar sobre la Tierra argumentos completamente opuestos a éstos para explicar la superioridad del hombre. Después de reflexionar, no obstante, el razonamiento no me pareció no más ni menos convincente que los de los sabios de la Tierra”.

Por cierto, hablamos de una sociedad, la simia, descrita por Boulle de manera magistral e imaginativa, en el que cada primate cumple su trabajo y su función. Chimpancés, gorilas y orangutanes, cada familia tiene su propia Cámara en su Parlamento. Aquí entran en juego personajes cínicos en roles hoy reconocibles por todos. En general, asistimos a la descripción de una sociedad superior en algunos aspectos a la actual a los ojos del protagonista («La unificación del planeta, la ausencia de guerras y de gastos militares, pues no hay un ejército, sino solamente una policía, me parecían factores propios para favorecer el progreso rápido del pueblo simiesco»), pero también casi a una copia con ciertas analogías con instituciones y comportamientos que hoy se mantienen: un grupo de hombres en la Bolsa, por ejemplo, comunicándose entre ellos a base de gritos y corriendo de un lado para otro agitando los brazos, siempre parecerán un montón de orangutanes con corbata haciendo su trabajo. Grmph.

Y por ir poniendo un fin a esto, la tercera parte del libro es donde se soluciona el conflicto humano-simio, pero esto se lo dejo completamente al lector, que sea cada uno el que descubra cómo termina esta historia del colonizador colonizado. Por si hay dudas: como en la película, hay también en esta novela ese giro final inesperado que es mejor disfrutar en solitario y que termina de colocar en la mente de cada uno algunos de los conceptos que se dejan ver durante la lectura, como el click final de una fábula.

Porque a mí también me gusta pensar en El planeta de los simios como en una fábula con moraleja, como apunta David Pitt, de Booklist, «un relato moral en la forma de ciencia ficción que tiende más al diálogo que a la acción». Es lo que pasa cuando el cine entra por la puerta: la sutileza suele saltar por la ventana y las segundas o terceras lecturas se esfuman. Independientemente de lo que el filme les diga, lean este librito de apenas 200 páginas y saquen sus propias conclusiones, a la luz de muchos de los acontecimientos políticos y sociales que todos conocemos, desde la neo-colonización llevada a cabo hoy, no ya por naciones, sino por empresas, a los intereses de la religión por mantener el monopolio en la entrega de almas y por controlar quién está destinado a ir al cielo y quién al infierno. Para ello debería servirnos esa ciencia ficción que ha alumbrado obras como Un mundo feliz o 1984; además, claro, de para divertirnos de lo lindo con hipótesis tan descabelladas como que los hombres no estamos solos en el universo. Tan descabellado como pensar que la tierra se acaba en el Atlántico.

Publicado originalmente en Cultvana en julio de 2012

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