In Prog We Trust

Dejen paso a los nuevos tecno-utopistas: un análisis del futuro de abundancia y optimismo que proponen Ray Kurzweil y Peter H. Diamandis

In Apocalipsis YA, Mareo, Sci-fi on 15 diciembre, 2014 at 4:36 pm

En los últimos meses, la utopía ha pasado de ser un género escapista y fabulador a una suerte de ariete literario que encuentra acomodo entre manifiestos políticos y ensayos sobre la actualidad. Es casi de justicia que, al menos en estos momentos, haya dejado de servir de coartada para la sci-fi especulativa (que también está muy bien, eh) y haya vuelto a ocupar un espacio entre el análisis social y la reflexión política, ese lugar concreto de la imaginación del que surgió. No hay más que mirar a las librerías para ver la sucesión de reediciones, y esto que sigue es una lista completamente personal con algunos de los títulos que han ido conquistando mi estantería en los últimos meses, gracias al trabajo de rescate de instituciones como el Círculo de Bellas Artes y de editoriales como Capitán Swing: la fundacional “Utopía” de Tomás Moro (publicada en 1516, una de cuyas reediciones la hizo hace unos meses el periódico Público), la “República Poética” de Robert Burton (que en realidad es un fragmento de su “Anatomía De La Melancolía”, 1621), la carnavalesca “La Isla De Los Esclavos” (comedia estrenada en 1725), “Panóptico” de Jeremy Bentham (1791), “De La Organización De La Sociedad Europea” (Claude-Henri de Saint-Simon, 1814), la onírica “París En Sueños” (Jacques Fabien, 1863), el steampunk socialista de “El año 2000” de Edward Bellamy (1888), “Noticias De Ninguna Parte” de William Morris (1890) y, desde la España de fin de siglo, “Granada La Bella” de Ángel Ganivet (1897), además de cuentos sueltos como “Mecanópolis” de Unamuno, “El Sueño De Un Hombre Ridículo” de Dostoievsky, “Iván El Imbécil” de Tolstói y “Miseria De Los Zapatos” de H. G. Wells.

Pero esto no es una columna de política, sino de tecnología. Como escriben Juan Pimentel y José J. Beltrán en el prólogo de la edición de “La Isla De Los Esclavos”, “a lo largo de la Edad Moderna, los descubrimientos alimentaron la literatura utópica en la medida en que el ensanchamiento del horizonte iba expandiendo las posibilidades de lo real. Desde Tomás Moro, Campanella y Bacon hasta Harrington, Swift y Diderot, el pensamiento utópico estuvo inspirado y ambientado en los territorios situados más allá de las columnas de Hércules. Se encontraban nuevas especies naturales, nuevas regiones, nuevos pueblos”.

Paradójicamente, los horrores del siglo XX convirtieron la tradición utópica en distópica, en proyecciones de pesadilla vividas en jaulas de oro donde el progreso funciona como herramienta para el control, la vigilancia, la exterminación. Cory Doctorow recuerda a principios de su novela “Little Brother” que “cuando mi padre era un joven estudiante universitario, en la década de 1960, fue una de las pocas personas de la contracultura que pensaban que las computadoras eran algo bueno. Para la mayoría de los jóvenes, las computadoras representaban la deshumanización de la sociedad […] Las computadoras se consideraban un medio de aumentar la capacidad de las autoridades para controlar a las personas y someterlas a su voluntad”.

                                             Tomás Moro                                           
 
Y así hemos llegado al siglo XXI, donde casi nadie se atreve a proponer un relato de anticipación que excluya a una tecnología de signo negativo. Y más: las distopías se han hecho tan populares que ya forman parte de nuestra vida cotidiana: después de escuchar un viernes a nuestros políticos en Consejo de Ministros, es fácil leer en Twitter alusiones a la neolengua orwelliana con la que el poder disfraza la realidad para hacerla más simpática, más correcta, para que no moleste. En estos años han surgido, sin embargo, una nueva especie, los tecno-utopistas que, apoyados en los avances y el progreso, se han atrevido, ni más ni menos ¡que a ser optimistas! En esta columna voy a hablar en concreto de Peter H. Diamandis y de Ray Kurzweil, que emplean parte de su tiempo y recursos en dar charlas y escribir libros sobre el futuro dorado que nos espera. Ambos están vinculados al concepto de “singularidad”, que explicaremos un poco más adelante, y que tiene que ver con una nueva era de abundancia y conocimiento protagonizado por un ser humano evolucionado y apoyado en los avances tecnológicos y la sinergia entre disciplinas, desde la genética a la robótica.
 
Es decir: las suyas son utopías escasamente políticas, y en cierto sentido, más vinculadas a la ciencia ficción que la realidad. Así que antes de que se me tiren al cuello acusándome de vendedor de humo: como toda utopía, estas tienen claramente una parte que descansa en el análisis de la actualidad, otra parte muy naif, que roza la new age, pero también algo de narcotizante para el lector, algo de pantalla que impide ver la realidad que tenemos delante y los problemas inmediatos. El resto es experimentación y palos de ciego.
 
1. Utopistas high-tech
                                                                         Diamandis y Kurzweil
 
Un perfil rápido de ambos autores y sus obras. Peter H. Diamandis es responsable de “Abundance. The Future Is Better Than You Think”, escrito en colaboración con el periodista Steven Kotler, y que es este tipo de best-seller de literatura de no ficción post-Steve Jobs, denso y ágil a la vez, repleto de ejemplos, gráficos, cifras y citas, y que a veces adquiere cierto tono molesto de conferencia para emprendedores, tipo “cómo hacer posible lo imposible”. Diamandis además es chairman de dos instituciones que promueven actitudes utópicas: la X Prize Foundation, que cada año premia a las personalidades que han contribuido a crear industrias radicales que no existían hasta entonces y que han ayudado a resolver problemas que hasta ahora se consideraban insalvables, y de la Universidad de la Singularidad. De esta última hablaremos luego. Para subrayar más su imagen de innovador involucrado con la sociedad, ha fundado “más de una docena de empresas espaciales y de alta tecnología”.
 
Kurzweil es “inventor, pensador y futurista”, además de un tipo con un olfato fino para adelantarse a las predicciones desde hace 20 años, según la biografía que acompaña a su libro “The Singularity Is Near” (2005). Se define a sí mismo como patternist, alguien capaz de ver patrones o modelos de información en la realidad. Como Neo en Matrix. Según cuenta él mismo en “The Singularity Is Near”, la única religión en la que ha creído toda su vida es “la veneración a la creatividad humana y el poder de las ideas”. Y precisamente la idea que quiere transmitir con este libro es que tenemos la habilidad para entender nuestra propia inteligencia, revisarla y expandirla. La tecnología de nuevo es fundamental para ello. “La magia de los libros de Harry Potter podrá llegar a ser una realidad mediante la tecnología”, escribe, y “nuestros hechizos son las fórmulas y los algoritmos que hay bajo la magia moderna de hoy”.
 
Es esta mezcla de místico y tecnológico hacia la que apunta los títulos de sus libros (como “The Age Of Spiritual Machines”, de 1999), es lo que ha hecho que para algunos sea una suerte de genio para predecir el futuro y, para otros, sólo un charlatán seudoreligioso.Y aunque no me ocuparé de ellos aquí, hay otros cuyos trabajos son similares, como los del matrimonio Ayesha y Parag Khanna, que están al frente del Hybrid Reality Institute y cuya teoría, la de la “realidad híbrida”, también cuenta con su propio “manifiesto”. En ella también se muestran partidarios de prepararnos para un futuro que, distópico o pacífico, será híbrido humano-tecnológico o no será. 

2. Viva el optimismo: el progreso hace ‘boom’

“El diseño de nuestro cerebro y nuestra historia evolutiva conspiran para mantenernos como pesimistas”, escribe Diamandis, para quien el pesimismo es algo que llevamos en los genes, que arrastramos irremediablemente, y que debemos superar. Estamos programados para prestar atención a todo lo que nos produce miedo, empezando por las noticias que recibimos de los medios, e incluso para tener la sensación de que “el agujero en el que estamos es demasiado profundo como para poder salir de él”. Su libro parte, entre otros objetivos, con la intención de demostrarnos que no tenemos motivos para pensar que todo tiempo futuro será necesariamente peor, sino “que los estándares de vida en todo el mundo seguirán incrementándose a pesar del horror que dominan los titulares” de los periódicos.

Los números están de su lado, así como las estadísticas que indican que la vida en el mundo hoy es más larga, más saludable y con más garantías que a comienzos del siglo XX. También la tecnología que nos permite vivir con mayor calidad, incluidas las redes de comunicación y el acceso libre a la información que ofrece internet. Diamandis se apoya en algunos especialistas para demostrar sus ideas sobre la abundancia, como Marc Siegel (“False Alarm: The Truth About Epidemic Of Fear”) o las polémicas tesis de Matt Ridley, autor de “El Optimista Racional”, que entre otras cosas niega algunos efectos del cambio climático y que argumenta que, comparada con la sociedad de la Edad de Piedra, nuestra generación “tiene acceso a más calorías, vatios, luz, gigabytes, megahercios, y por supuesto, dólares, que ninguna otra anterior”. Lo cual, entienden, solo puede ser bueno. Ridley va más allá y estima que el número de personas en el mundo que vivan en “absoluta pobreza” será cero para el año 2035.
 
Volviendo a Diamandis, este cerebro nuestro programado para el pesimismo, asegura, deberá evolucionar y adaptarse, porque nuestro mundo ya no es “local y lineal”, sino “global y exponencial”. La clave, tanto para él como para Kurzweil, es que, frente a la idea de progreso con crecimiento lineal, hoy vivimos en una época de crecimiento exponencial, es decir: en vez de aumentar sumando, lo hacemos multiplicando por una constante. Y esto nos dispara inevitablemente al futuro. ¡Bang! Vendría a ser la aplicación de la Ley de Moore en la vida real, el sueño húmedo de todo tecnófilo. La Ley de Moore pronosticó a mediados de los 60 el crecimiento imparable al que se desarrollarían los circuitos y microchips, que doblarían su capacidad cada año y medio, aunque en los 70 Moore ajustó el plazo a cada dos años. Kurzweil ha hecho sus predicciones, que ha ido también ajustando desde finales de los años 80. “El crecimiento exponencial es algo propio de cualquier proceso evolutivo, y la tecnología es el principal ejemplo”, escribe en “The Singularity Is Near”.
  
Según su modelo, el ritmo de progreso crece de forma exponencial, doblándose cada década. A partir del siglo XXI la cosa se dispara: “Alcanzaremos otros 20 años de progreso en solo 14 (para 2014), y después conseguiremos lo mismo en solo 7. Por expresarlo de otra forma: en el siglo XXI no viviremos 100 años de progreso, sino que seremos testigos del equivalente a 20.000 años de progreso, o un crecimiento mil veces mayor del obtenido durante el siglo XX”.Diamandis le echa una mano a su colega en “Abundance”, y asegura que, aunque la mayoría de las predicciones de Kurzweil no podrán comprobarse a medio-largo plazo, se han realizado 89 de las 108 proyectadas para 2009 y 13 estuvieron cerca, “lo que le da a Kurzweil un record imbatible en la historia del futurismo”.
 
3. Una humanidad para nadar en la abundancia

Vivimos en un mundo donde manda la escasez, en el que valoramos los recursos cuanto más inaccesibles son. Es un modelo propio de finales del XVIII, heredero de las tesis de Malthus sobre la incapacidad de la Tierra de alimentar y producir para todos los que somos y seremos en el planeta. Diamandis lo tiene claro: hay una opción más deseable que la de reducir la superpoblación mundial, que no deja de ser una opción drástica, y esa es “estirar” los recursos para que las gente los disfrute. El núcleo de “Abundancia” se centra precisamente en eso, en marcar el camino hacia esa abundancia, instantánea y de bajo coste, que para él tan bien representan las comunicaciones y la sobreinformación de hoy. “De una manera similar, el avance de las nuevas tecnologías pronto permitirán que la mayoría de la humanidad se aproveche de aquello a lo que hoy solo tiene acceso los pudientes”.
 
Diamandis dedica capítulos a cada una de estas tecnologías con futuro, y las proyecta hacia adelante en función de los indicios del presente. En concreto, habla de sistemas computacionales, redes, inteligencia artificial, robótica, biotecnología, bioinformática, impresión 3-D, nanotecnología, interfaces hombre-máquina e ingeniería biomédica. Además, apunta otras “fuerzas” que jugarán un papel importante en la producción de estas tecnologías, especialmente una suerte de “revolución de la cultura del Do-It-Yourself” (de los actuales coches tuneados y ordenadores caseros pasamos a logros particulares en el vuelo espacial o la secuenciación del genoma humano) y a una nueva generación de lo que él denomina “tecno-filántropos”, ricos que “están usando sus fortunas de forma global para llevar a cabo proyectos relacionados con la abundancia”. Cita los esfuerzos de Bill Gates contra la malaria o de Zuckerberg en la reinvención de la educación. Con todo ello, Diamandis construye una pirámide de la abundancia con tres niveles deseables de satisfacer: en la parte baja estaría lo básico (agua, comida, un hogar), en la intermedia estaría el acceso a energía, educación, a comunicaciones e información, y en la superior, la libertad y la salud.
 
Por último, cada una de estos logros tendrían un efecto de reacción en cadena: según se explica en Abundance”, llevar agua potable a los países que no la tienen permite aumentar la salud de su sociedad, disminuir el hambruna, ahorrar en recursos (el gasto que supone convertir el agua infectada en potable cociéndola con leña, por ejemplo), ayudar de paso al medioambiente, y cortar por lo sano la mortalidad infantil, lo que repercute en general en una mejora de la educación y de la calidad de vida familiar en esos países. ¿Cómo llevar agua a toda la población que la necesita? Teniendo en cuenta que el agua es abundante en nuestro planeta, quizá los recursos y los esfuerzos deberían dirigirse a purificadoras. ¿Y llegar a un acuerdo con Coca Cola para usar su enorme cadena de distribución, la mayor en África? Según Diamandis, ya hay quien está trabajando en esa dirección.
 
4. La singularidad: the new age of the new age

¿Qué es la Singularidad? Kurzweil toma prestado el término de la física ( “la singularidad sugiere un horizonte más allá del cual no podemos ver”). Le dedica todo un capítulo, pero os lo resumo: una nueva era donde las reglas vigentes hasta el momento pierden su sentido, en la que todo cambiará para mejor. “Es una época futura en la que los cambios tecnológicos se sucederán a un ritmo tan rápido y con un impacto tan profundo, que la vida humana se transformará irreversiblemente. No es utópica ni distópica, es una era que transformará los conceptos que creemos verdaderos para darle significado a nuestras vidas, desde los modelos de negocio al ciclo de la vida humana, incluida la muerte”. En definitiva, y según sus palabras, la singularidad nos permitirá pasar de una versión 1.0 de la humanidad a la 2.0, “superar las limitaciones de nuestros cuerpos biológicos y cerebros”. Será el tiempo de la transhumanidad.

Según Kurzweil, aún estamos en una fase muy temprana de la Singularidad, pero el crecimiento exponencial de las tecnologías de la información ya nos permite apreciar lo que se nos viene encima, y es explosivo: “Antes de mediados del siglo XXI, el crecimiento de nuestra tecnología –que para entonces será indistinguible de nosotros mismos– será tan pronunciado que parecerá una línea completamente vertical”. El resultado es un mundo humano “pero no biológico”, sin diferencias entre el hombre y máquina o entre realidad física y virtual. Hay seis épocas en la Singularidad, cada una de las cuales evoluciona a la siguiente apoyándose en los descubrimientos de la anterior. Actualmente estaríamos en la cuarta, y empezaríamos a vislumbrar la quinta, en la que empieza la Singularidad. La primera se basó en la física y la química: tuvo lugar durante el Big Bang, con la formación de átomos y los elementos.

La segunda en la biología y el ADN, una era en la que las moléculas se organizaron para formar organismos complejos y surgió la vida. La tercera época estuvo marcada por el desarrollo de un cerebro en estos organismos, que en última instancia nos ha permitido proyectar modelos mentales abstractos del propio mundo que nos rodea. La cuarta está marcada por la tecnología y por la evolución constante de las capacidades computaciones de los ordenadores (aquí es donde nos encontramos). La quinta, que es en la que empieza la Singularidad, estará marcada por la integración de la tecnología y la inteligencia humana para dejar atrás nuestras limitaciones. Y la sexta… en la sexta, según escribe Kurzweil, literalmente, “el universo despierta”: la inteligencia humana se expandirá y todo, materia, energía y mecanismos, se transformarán en “sublimes formas de inteligencia”.

5. La universidad, los videojuegos y errores en Matrix

Si todo esto les suena a chino, pueden probar en vídeo: Kurzweil también ha llevado las teorías de su libro a una película. Y en “Abundance”, Diamandis apuesta por nuevas herramientas para la enseñanza, como YouTube, o por desarrollar un software educativo tan competente como los videojuegos, “profundo, absorbente y totalmente adictivo” que nos haga mirar atrás y plantearnos la hegemonía centenaria del modelo educativo industrial. Con el objetivo de cuestionar los modos de enseñar y aprender heredados, ambos han puesto en marcha la Universidad de la Singularidad. A nuevas épocas, nuevos métodos. Para Diamandis, nuestro sistema educativo está obsesionado con la memorización y las instituciones académicas han apostado por la ultraespecialización, creando “un mundo en el que los mejores universitarios raramente florecen en pensadores íntegros, macroscópicos”.

Y como el mundo no necesita otra universidad generadora de ultra-especialización, en 2008 Diamandis tomó la idea de Kurzweil y fundó la Universidad de la Singularidad, cuyo programa de estudios se desarrolla alrededor de ocho áreas: biotecnología y bioinformática, sistemas computacionales; redes y sensores; inteligencia artificial; robótica; manufacturación digital; medicina; y nanomateriales y nanoteconlogía. Su misión: “Inspirar y educar a una nueva generación de líderes”.

Y de alguna manera u otra, la Singularidad o sus implicaciones, para bien y para mal, también ha estado presente en la cultura popular, desde las novelas de Isaac Asimov a “Matrix”. He aquí algunos ejemplos (para bien) de lo que se nos podría venir encima, sacados de “Abundance”, aunque ya hayamos leído sobre ellos en novelas: la creación de algas sintéticas para la elaboración de combustible low cost, cuya fuente no sea escasa en el planeta y de vacunas también low cost, accesibles para todos y diseñadas en plazos de 24 horas. O de una “internet de las cosas”, que permita conectar entre sí cualquier objeto: coches que encuentran sus llaves perdidas, casas que piden automáticamente suministros cuando se están acabando. En cuanto al campo de la IA, aplicaciones que impidan a los conductores dañarse a si mismo y a otros si se quedan dormidos al volante. En robótica, enfermeras mecánicas para cuidar de las personas mayores. Y la estrella de los inventos, para locos de IKEA: impresoras 3-D capaces de “imprimir” en casa objetos simples en plástico, cristal o acero. Los “ejemplos” de Kurzweil apuntan más alto, a la vida eterna, a la posibilidad de vivir sin órganos, como el corazón, a convertirnos en ciborgs o a explorar más allá del sistema solar.

¿Y ejemplos para mal? Ambos autores apuntan también los riesgos del progreso, un abanico de horrores donde la tecno-utopía se vuelve tecno-distopía. Bioterrorismo. Ciber-crimen. El desempleo provocado por máquinas capaces de trabajar 24 horas al día y siete días por semana. La extinción debido al mal uso o negligencia. Y la madre de todos los miedos: que una tecnología que es “miles de veces más fuerte, rápida e inteligente que cualquier entidad biológica”, se vuelva en nuestra contra, como apunta Kurzweil, y apueste por la hegemonía, por someter a los hombres. Ante eso, dicen algunos especialistas, hay una solución: saber renunciar a según qué avances. Gente como Bill McKibben, autor de “Enough: Staying Human In An Engineered Age” afirman que ya tenemos suficiente tecnología y el progreso debería terminar ahora que estamos a tiempo. Él lo compara con la cerveza. “Una cerveza es buena, dos mucho mejor. Ocho cervezas y lo más seguro es que te arrepientas”.

Publicado originalmente en PlayGround el 28/08/2012

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: