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Cómo acabar con la alta cultura de una vez por todas (con la ayuda de una mochila voladora)

In Cartoon, Sci-fi on 18 diciembre, 2015 at 5:45 pm

Colaborador de ‘The Guardian’ y ‘The New Yorker’, el dibujante Tom Gauld reúne algunas de sus tiras cómicas en el libro ‘Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora’

 

Como queda feo explicar cómo funciona una viñeta, mejor echa un vistazo a esto antes de empezar:

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Si eres un lector habitual con las manías propias de un lector habitual, de esos que retrasan todo intento de poner orden en su biblioteca, que se ha planteado más de una vez por qué siguen vigentes los métodos de un detective de la vieja escuela en pleno siglo XXI o incluso quién ganaría en una pelea a puñetazos entre Shakespeare y un robot gigante, lo normal es que te hayas topado con alguna de las viñetas que semanalmente publica Tom Gauld en The Guardian. Y que hayas pensado: este tipo está hablando de mí. En caso contrario, no huyas todavía: Gauld acaba de reunir algunas de sus tiras cómicas para el periódico británico en el libro Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora (Salamandra Graphic). Una oportunidad para hablar con este escocés al que Maria Popova de Brain Pickings considera heredero de esa saludable tradición de autores que entiende que “la división entre altura cultura y cultura popular es una afirmación falsa y tóxica”.

Gauld lleva publicando su trabajo desde 2001 y ha recorrido un largo camino hasta verlo en medios como The New Yorker, donde también colabora como ilustrador. Y muchas de estas viñetas hablan de su experiencia: despachos y portazos, decisiones editoriales cuestionables, personajes que empezaron siendo mayordomos y que terminaron siendo viudas, ¿son las manías lo que hacen al escritor?

La idea de un autor en lucha contra su propia obra, que aquí debe imaginarse más o menos como un calamar borracho llegado del espacio exterior, “es un tema recurrente en mis viñetas porque la narración es para mí la parte más complicada. Dibujar me resulta muy placentero y lo hago prácticamente a diario desde que era pequeño, pero escribir es algo nuevo y se parece más a un trabajo”, cuenta a El Confidencial.

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Gauld sabía desde niño que si quería pasarse el día entero dibujando necesitaba ganarse la vida con ello: ingresó en el College of Art de Edimburgo, se especializó en ilustración y, tras un periodo dibujando los textos de otros, decidió que era momento de contar sus historias. “Influido, por un lado, por amigos que trabajaban en el cine y en la animación, y por otro por autores gráficos como Edward Gorey, Dan Clowes, Chris Ware y Ben Katchor”, dice. Dio el salto al Royal College of Art en Londres y tras eso montó la editorial Cabanon Press con su colega Simone Lia para dar salida a sus propias creaciones. En castellano también se ha editado Goliat (Sins Entido, 2012), donde se recrea redibujando el mito de David y Goliat.

Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora también habla de Gauld como lector. Y de todos nosotros, vaya. Un lector poco dado a la reverencia: hay en ellas una intención de darle la vuelta a tanto cliché literario insoportable, a la mitomanía, a la lectura como asignatura obligatoria. Detrás del intento de enfrentarse a un clásico siempre hay un riesgo de epic fail, y ahí es donde se coloca Gauld. “Probablemente es una mezcla de ambas cosas. Mi viñeta para The Guardian está pensada para el Review, que habla sobre todo de libros, pero también sucede que yo adoro leer”, cuenta.

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“Así que soy culpable de muchos de los pecados que aparecen en ellas. Los intentos fallidos tienen mucha más gracia que los éxitos, así que mis viñetas suelen reflejar los malos hábitos de los lectores: la pereza, la facilidad para distraernos con un iPhone, pretender que has leído un libro cuando no lo has leído, ser un esnob… este tipo de cosas”.

Las hermanas Brontë, el videojuego
Gauld afirma que hay pocos clásicos de la literatura de los que no haya disfrutado como un enano, “pero no me gusta la idea de que necesitemos poner esos libros en un pedestal y no poder criticarlos o reírnos de ellos. Tampoco me gusta la idea de que alguien se sienta mal por leer a Dan Brown en lugar de a Jane Austin. Trabajar con clásicos da mucho juego porque la gente tiene ideas muy claras sobre ellos y puedo darles la vuelta. Eso es algo más complicado de hacer con libros recientes, muy pocos de los cuales forman parte del conciencia colectiva”.

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Una de la formas de darle un meneo a las convenciones es introduciendo elementos ajenos al medio. Como hijo crecido en los años ochenta, Gauld (1976) ha dedicado parte de su vida a matar marcianos y resolver puzles visuales, lo que se traduce en sus temas pero también en la forma de plantear la viñeta: a veces parecen a una pantalla plana donde los personajes solo son capaces de mostrar el perfil, otras que estamos ante uno de esos pasatiempos en los que hay que encontrar objetos perdidos o la salida de un laberinto.

“Encuentro muy atractiva la estética 8-bit. Me gusta la simplicidad y los videojuegos de la primera época de los ordenadores personales y videoconsolas tendían a ser simples porque la tecnología no permitía hacer cosas más complicadas. Perdí el interés cuando todo empezó a ser demasiado hiperrealista y en 3D, pero últimamente los juegos sencillos para móviles o cosas como Minecraft me han mantenido más inspirado”, confiesa. “Me gusta usar referencias a los videojuegos porque resultan inesperadas, y aportan color si las colocamos en un discusión sobre las hermanas Brontë o Tolstói. Técnicamente no estoy especialmente interesado en la perspectiva o la profundidad en mis dibujos, lo que da a las viñetas, incluso a las que no tratan sobre videojuegos, ese aire de un viejo plataformas”.

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Otra de sus inspiraciones es la ciencia ficción propia de Los supersónicos, los viajes en el tiempo, las mochilas y los coches voladores, una nostalgia pre-milenio encantadora y naif visto el desarrollo de las cosas. Pero a Gauld le interesa precisamente ese tono optimista y aquella confianza en el progreso y aquellos fabulosos cacharros e inventos. “No siento que viva en una distopía. Creo que algunas cosas son mejores a día de hoy, otras peores. He dibujado viñetas sobre el aspecto más oscuro de nuestro mundo pero intento suavizarla con elementos positivos: no quiero que mi trabajo sea deprimente”.

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Sobre política y atracones intelectuales
No es justo reducir a Gauld a dibujante-para-lectores-y-escritores. Acaba de estrenarse como colaborador de New Scientist Magazine, algo más complicado porque “sé bastante menos de ciencia que de literatura, pero siempre es interesante poder llevar el humor a nuevos lugares”. Ha optado como tarjeta de presentación por una viñeta sobre las asombrosas aventuras del gato de Schrödinger. Otros conflictos que se muestran en Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora incluyen ciencia contra religión, la vida rural contra la vida urbana, lo natural y lo artificial, el salto generacional o la posición de las mujeres en la sociedad.

“Me interesan todos ellos, pero probablemente lo que más me interesa es el conflicto en sí mismo. Coger un tema en debate y llevarlo hasta su extremo más ridículo es una buena forma de reírse de él. Cuando es posible me gusta burlarme de ambas posiciones contrapuestas, aunque suelo ser más duro con el lado con lo que no estoy de acuerdo. Me gusta reírme no tanto del punto de vista que alguien pueda tener sobre algo como del hecho de que lo presente de forma poco razonable o intolerante”.

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Gauld cuenta que votará en las próximas elecciones británicas del 7 de mayo y que su interés por la política incluye discusiones habituales con amigos y familiares. “En mi trabajo prefiero no entrar en decisiones partidistas o políticas concretas, así que intento hablar de forma general sobre la gente, las actitudes y la sociedad”, afirma. “Pero las ideas de uno se desprenden con facilidad de nuestro trabajo, lo hagamos o no de una forma consciente”.

Es muy probable que el pop termine comiéndose a sí mismo, como ya nos avanzó la prensa musical, pero antes se zampará el arte sagrado, tu biblioteca y todos aquellos antiguos maestros que, como dejó escrito Thomas Bernhard, puede que una vez pareciera que escribían para nosotros pero que están destinados a decepcionarnos “mortalmente”: porque “cuando uno ha perdido a su ser más próximo” las estanterías se quedan vacías “y uno comprende que no son esos Grandes Ingenios ni esos Maestros Antiguos los que lo han mantenido vivo durante decenios, sino sólo ese ser único, al que quiso más que a ningún otro”.

Publicado originalmente en El Confidencial el 27/04/2015

 

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