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Houdini contra los estafadores

In Antiguos Maestros, Magia y Psicodelia on 30 enero, 2016 at 3:36 pm

 Cómo hacer bien el mal (1906) es un volumen que recopila algunos textos del mago dedicados a desenmascarar los métodos de pillos y ladrones

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“No, estimado lector, no es mi propósito contarle cómo abro cerrojos, cómo escapo de una celda en cuyo interior he sido encerrado, tras haber sido desnudado por completo y maniatado con pesados grilletes. No es mi intención contarle en este libro cómo escapo del baúl o de la caja fuertemente atada y claveteada en la que he sido confinado, ni cómo descerrajo cualquier esposa reglamentaria que pueda fabricarse. No todavía. Puede que algún día lo cuente, y entonces lo sabrá. Por el momento, prefiero que todos aquellos que me vean saquen sus propias conclusiones”.

Publicado originalmente en 1906, Cómo hacer bien el mal no es un tratado en el que Harry Houdini (1874-1926) enseñe los bolsillos de su chaqueta al público y revele los trucos que lo convirtieron en el mago más famoso del mundo. Sin embargo, tiene mucho que ver con el ilusionismo y el escapismo: fruto de entrevistas con delincuentes y agentes de policía, de recortes de periódico y de sus propias lecturas, se trata de una recopilación de textos en los que el autodenominado “Gran Auto-Liberador, Rey Mundial de las Esposas y Escapista de Prisiones” deja en evidencia los métodos utilizados por pillos, carteristas, estafadores y otros profesionales de lo ajeno a la hora de cometer sus crímenes y esfumarse.

El libro está salpicado de anécdotas personales y de algunas polémicas que Houdini vivió durante sus viajes y sus trabajos en diferentes ciudades para teatros, ferias y circos. Es un viaje en el tiempo, una vuelta a la época en que las ciudades eran un hervidero de personajes fascinantes, de falsos hombres-elefante y charlatanes vendedores de crecepelo, antes de que la magia y el misterio fueran barridos por completo de la faz de la tierra, dejándonos como estamos. Algo aburridos.

La editorial Capitán Swing ha completado el original con otros escritos menos conocidos publicados en la época (algunos en Conjurer’s Monthly Magazine, revista creada por el propio Houdini en 1906), donde “demuestra ser un escritor tan inteligente y astuto como lo era en tanto ilusionista”, según los editores españoles. También cuenta con un prólogo del cómico y mago Teller, que ayuda a trazar un perfil de Houdini para aquellos que solo conozcan al personaje por su buena fama.

Además del rey de los magos, Houdini fue también el rey del márketing y del autobombo un siglo antes de que los virales nos robaran las mañanas procrastinando. Era una showman y un fabricante de marca. Pecó de vanidoso y atacó sin piedad a imitadores y estafadores, especialmente a los que practicaban el espiritismo, médiums y videntes, a quienes dedicó mucho tiempo y esfuerzo en desenmascarar. Fue un autodidacta que cultivó su intelecto y que invirtió parte de su fortuna en libros y en una esplendorosa biblioteca. “Reverenciaba la erudición”, dice Teller, que opina que “Houdini también aspiraba a ser escritor”.

Cómo hacer bien el mal

“Nada me gustaría menos que se dedicase usted al mundo del espectáculo. En una vida muy dura, eso dicen”, escribe Houdini. Hay que buscar pistas sobre esto en su biografía: cuando tenía nueve años entró como aprendiz de un mecánico, poco después se escapó de casa, se unió a un circo “y pronto aprendí a ofrecer espectáculos de marionetas de cachiporra, ejercer de ventrílocuo y hacer de payaso en los bares. También echaba una mano en la orquesta, a saber, tocaba los platillos. De esta forma adquirí la experiencia que posiblemente me preparó para adentrarme en el mundo del Rey de las Esposas y Escapista de Cárceles, título que me he ganado justamente”.

Lo dicho: un ilusionista tiene mucho en común con un ladrón, por eso Houdini se decide a escribir un libro como este. Por un lado, “para salvaguardar al público contra las prácticas de las clases criminales desvelando sus diferentes trucos y explicando los diestros métodos de los que se valen para defraudar”. Por otro, “confío en que este libro constituya una lectura entretenida e instructiva, y que los hechos y experiencias, las revelaciones y explicaciones que aquí se presentan sean de interés para el lector, y valgan además para colocarlo en una posición en la que sea menos propenso a convertirse en víctima”.

También como los buenos magos, los buenos ladrones deben cuidarse de parecer algo que no son (hombres serios, respetables caballeros incluso). Tienen que conseguir que su víctima mire a la luna, y no al dedo que la señala, que es el que tiene que trabajar sin ser visto. La labia hace milagros, o mejor: hace creer en milagros. “Tan bien organizada está la maquinaria de la ley y la protección policial en nuestra civilización moderna que uno de los primeros requisitos para alcanzar el éxito como delincuente profesional es tener buena cabeza”. Como avisa Teller en el prólogo, el caso del robo de diamantes usando un chicle es digno de pasar a la historia de los delitos más ingeniosos hechos con menos medios.

Como el mago, el ladrón debe ser bueno moviendo las manos. Es el caso de los ágiles trileros que en las plazas de las ciudades invitaban al “boquiabierto palurdo” a apostar una moneda a que eran capaz de encontrar debajo de cuál de las tres cáscaras se esconde un guisante. También reventando cerraduras, no digamos ya escapando de cárceles, y los hay que usan todo tipo de artilugios trucados para engañar a los despistados: maletas falsas, brazos falsos, baúles con doble fondo, sofás huecos donde caben agazapados un adolescente o una mujer menuda, listos para desplumar a los incautos en su casa.

Y luego está el morro. Antológica también es la estafa de aquel a quien se le ocurrió anunciar en la prensa la venta de máquinas de coser por un dólar. A los que le mandaban el dinero en un sobre junto a su dirección, les enviaba de vuelta una aguja. Hay variantes de todo tipo. En esta categoría entran también los sanadores por imposición de manos (¡incluso a distancia!) y “el vendedor de jarabes milagrosos a la vieja usanza que mercadeaba agua azucarada y coloreada bajo algún nombre rimbombante, como el Elixir y Tónico del Dr. Nosecuántos, desde la parte trasera de un carromato después de haber atraído a una muchedumbre de curiosos con un discurso o un espectáculo juglaresco al aire libre”. Los lugares donde se hacen apuestas y se juega con dinero son otros de los preferidos por los ladrones para dar sus golpes.

Un buen prestidigitador (casi) nunca revela sus trucos

La parte central de Cómo hacer bien el mal está formada por un grupo de textos en que Houdini da consejos a otros magos a la hora de trabajar. Y eso empieza por unos buenos modales y unos igualmente buenos pulmones, ya que Houdini, como un experto en venderse a sí mismo que era, consideraba que “no es del truco en sí mismo ni del saber ejecutarlo de lo que depende el éxito de su representación, sino de cómo se comunica”.

Cómo abordar al público es lo más importante y si los magos no suelen alcanzar el estrellato, escribe Houdini, es porque “creen que todo lo que tienen que hacer es disponer sus artilugios sobre la mesa y saltar de un truco al siguiente. El experimento y los artilugios son secundarios”. Lo que tenga que decir, dígalo con convencimiento, como si creyera en su propio milagro, aconseja. Si encima se aporta un poco de humor a la representación, su público se lo agradecerá.

En cada capítulo, Houdini aborda un truco diferente y da valiosas lecciones, algunas sacadas directamente de sus enfrentamientos, como el que tuvo con otro escapista, Kleppini, en Dormunt (que se pavoneaba en público de haber derrotado a Houdini y al que este dejó en evidencia con un par de esposas con candado de letras) o con algunos policías “corruptos” que ayudaban a farsantes a ejecutar falsos escapismos de cárceles (policías para los que Houdini termina pidiendo pena de prisión). Precisamente la policía alemana le acusó ante la prensa de estar haciendo “una gira de actuaciones fraudulentas” en 1902, por lo que Houdini les llevó a juicio y ganó la demanda actuando ante el juez y demostrando así que era capaz de escapar de cualquier atadura o encadenamiento a la que fuera sometido. Los trucos de cuerda, afirma, están mejor vistos y valorados que otros.

Otros textos están dedicados a desmontar, o al menos a intentar explicar la naturaleza fraudulenta de tragaespadas, comepiedras (incluido un español que llegó a ser popular en 1790), come-ranas, bebe-venenos y otros oficios menores, hasta llegar a un tipo que hacía creer que era capaz de beber agua para vomitarla después convertida en vino, cerveza y hasta agua de rosas por algún extraño don estomacal. Y que luego resultó una combinación de ayuno, agua tibia, vinagre y nueces de Brasil. Houdini tiene mucho de aventurero, por eso se permite incluso el lujo de dar algunos consejos a los desafiadores de reptiles venenosos, especialmente remedios para evitar la muerte en caso de envenenamiento. Los magos de verdad, los serios, en cualquier caso, prefieren trabajar con otro tipo de animales: “Los trucos con conejos siempre tienen éxito”, dice.

La conexión literaria: Conan Doyle y Lovecraft

La conexión de Houdini con el padre de Sherlock Holmes no se limita a su amistad y al texto que Conan Doyle escribió sobre él (El enigma de Houdini, también incluido en el volumen que se publica ahora): es que muchos de los artículos de Houdini parecen estar planteados al lector como un relato de misterio, como un desafío en el que él juega el papel detective que debe resolver un robo, con esa mezcla de gélida profesionalidad y teatralidad en la puesta en escena típica de los sabuesos de la literatura. En alguna ocasión el propio Houdini llega de disfrazarse con bigote y peluca falsos para ello.

Pero si algo separó a Houdini y Conan Doyle fue la manera de enfrentarse a lo paranormal. El paciente y más bien crédulo Doyle estaba convencido de que los poderes de Houdini tenían “naturaleza psíquica” y que eran “un don de dios”, e incluso de que la muerte del mago había sido una especie de venganza de “otras fuerzas que escapan al control humano” ante los esfuerzos de Houdini por desacreditarlas. Había señales de ello y para Doyle la “profecía” terminó por cumplirse: Harry Houdini, que aprovechaba cada oportunidad que tenía para “ridiculizar algo que yo considera una causa sagrada”, murió envuelto en el mismo misterio con el que trabajó durante su vida.

La conexión de Houdini con Lovecraft nació de un encargo del fundador de la revista Weird Tales en 1924, que intuyó con olfato que incluir al popular mago en su publicación podía relanzarla y atraer lectores. Entre otras colaboraciones, el acuerdo con Houdini incluía la publicación de algunas historias bajo su nombre aunque escritas por otros. Lovecraft fue el negro, y de la mezcla de una supuesta experiencia vivida por Houdini en El Cairo y la imaginación alucinada del escritor de Providence nació el relato Bajo las pirámides.

En él, un Houdini fascinado con los misterios de Egipto, un país “oscura cuna de civilización” y “manantial de horrores y maravillas innombrables”, es secuestrado, atado e introducido en lo que parece ser un templo en la meseta de Guiza, con el objetivo de demostrar que podía salir de semejante laberinto con vida. El mago se enfrenta allí a un “espeluznante suplicio”, marca de la casa Lovecraft: construcciones ciclópeas, espacios mohosos, anormalidades malignas, “nauseabundos vacíos inferiores” y otras experiencias de horror cósmico y hechicería amorfa, que describe como “el éxtasis de las pesadillas y el súmmum de la crueldad extrema”. Ni que decir tiene que, en su relato, consiguió escapar de ahí abajo. Según parece, Houdini aún intentó embarcar a Lovecraft en otros proyectos, como la escritura de un libro titulado The Cancer of Superstition, que se vería truncado por la muerte del mago en 1926.

Desaparezca aquí

Houdini advierte en Cómo hacer bien el mal que “NO SALE A CUENTA LLEVAR UNA VIDA DESHONESTA”. “Para aquellos que lean este libro, aunque les informe sobre Cómo hacer bien el mal, sólo les puedo decir una cosa, en tres palabras: NO LO HAGAN”. Las mayúsculas son suyas.

Al lector que se acerque hoy a Cómo hacer bien el mal solo le quedará una frustración tras terminar semejante catálogo de pillajes: que Houdini no llegara con vida para ver como políticos, banqueros y otras gentuzas de confianza bien vestidos de asesores se lo llevan crudo, haciendo desaparecer montañas de monedas tamaño tío Gilito con solo chasquear los dedos. Ese sí que es un buen truco.

Versión original del texto que salió editado en El Confidencial el 25/06/2013

 

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