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Dave Eggers incendia el ciberfetichismo

In Apocalipsis YA, Believe the hype on 24 agosto, 2015 at 1:39 pm

El escritor cuestiona en la novela ‘El Círculo’ los valores de una sociedad atada por las redes sociales y coloca internet en el centro de una pesadilla totalitaria

Una encuesta. Responda sí o no. ¿Cree que el desarrollo de la tecnología ayuda de forma  significativa a construir un mundo más justo? ¿Es nuestra democracia mejor que la de hace 30 años porque las redes sociales nos permiten participar, comprometernos y compartir sin las intervención de los gobiernos? ¿Hay que desconfiar de una empresa privada que pretende escanear “todo el saber humano” y custodiarlo por el bien de la humanidad?

¿Se responsabilizaría de todo lo que ha hecho y dicho en internet escondido en el anonimato?

En una escala del 1 a 10, ¿con qué nota valoraría nuestro servicio?

Durante una buena parte del su ensayo Sociofobia (2013), César Rendueles cuestiona la llamada “utopía digital” soñada, entre otros, por gurús de Silicon Valley, optimistas de las tecnologías de la comunicación y defensores del copyleft. En un mundo como el de hoy, donde “una renovación del timeline de Twitter parece la nueva revolución neolítica”, Internet se eleva como “la utopía postpolítica por antonomasia. Se basa en la fantasía de que hemos dejado atrás los grandes conflictos del siglo XX, […] que hemos superado la apuesta por un Estado benefactor que soluciona algunos problemas pero ahoga la creatividad en un océano de burocracia gris”.

Estos ciberfetichistas, que según Rendueles confían en las propiedades casi mágicas de las nuevas tecnologías para resolver problemas sociales tradicionales, “imaginan un mundo lleno de emprendedores celosos de su individualidad, pero creati­vos y socialmente conscientes. Donde el conocimiento será el prin­cipal valor de una economía competitiva pero limpia e inmaterial. Donde los nuevos líderes económicos estarán más interesados por el surf que por los yates, por las magdalenas caseras que por el ca­viar, por los coches híbridos que por los deportivos, por el café de cultivo ecológico que por el Dom Perignon”.

Mira, más luces rojas. En un artículo reciente titulado Fetichismo de la innovación, Evgeny Morozov escribía que “todo se está digitalizando e interconectando y las instituciones pueden elegir entre innovar o morir. Tras cablear al mundo entero, Silicon Valley nos aseguró que la magia de la tecnología ocuparía naturalmente cada rincón de nuestra vida. A partir de esta lógica, oponerse a la innovación tecnológica equivaldría a renunciar a los ideales de la Ilustración: Larry Page y Mark Zuckerberg son simplemente los nuevos Diderot y Voltaire, reencarnados en empresarios con pinta de empollones”. En Contra el rebaño digital, el gurú Jaron Lanier ya avisaba en 2011 de los peligros de un “totalitarismo cibernético”.

El big-bang de tus datos

El tema, claro, da para una novela. En El Círculo, editada estos días en castellano por Penguin Random House, el escritor norteamericano Dave Eggers proyecta a corto plazo algunos rasgos de nuestra sociedad actual, conectada, global, viral, basada en el culto al trabajo y a la información, convenientemente suavizada a diario con declaraciones new age sobre un fondo de nubes en tu muro de Facebook. Hace al lector avanzar en el tiempo apenas unos años o unas pocas décadas, hasta una época en la que los siguientes Page y Zuckerberg han sido elevados a la categoría de santos en sudadera. Su empresa, llamada El Círculo, aspira a convertirse en el germen de una nueva sociedad construida, en efecto, alrededor de internet.

Centrada en los conflictos entre privacidad, seguridad y transparenciaEl Círculo es una traducción del Gran Hermano a la era de la sobreinformación, en la que la empresa privada ha sustituido al fantasma del estado totalitario. Porque el Gran Hermano del siglo XXI será un monopolio que se ve a sí mismo como un imperio altruista o no será. “La vigilancia no puede ser el precio a pagar por ningún maldito servicio que recibamos”, se lamenta uno de los personajes. El Gran Hermano como aplicación definitiva que integra todas tus necesidades. Bienvenidos a El Círculo: una cuenta para todo. Pulsa Me Gusta.

El Círculo no narra una distopía, sino que transcurre cinco minutos antes de la consolidación de esa distopía: en sus páginas asistimos a la construcción paulatina, a golpe de lobby, desregularización y verborrea sobreactuada e hiperemocional heredera de Jobs, de un mundo transparente donde el conocimiento y la información están en la cima de la pirámide de valores y el acceso a ellos es una obligación moral.

“El conocimiento es un derecho humano básico. El acceso igualitario a todas las experiencias humanas posibles es un derecho humano básico”. “El estado natural de la información es ser libre”. “LOS SECRETOS SON MENTIRAS. COMPARTIR ES QUERER. LA PRIVACIDAD ES UN ROBO”. La transparencia puede evitar muchos crímenes y nos hace mejores. Otro de los personajes de la novela describe la ideología de El Círculo como un “infocomunismo” con una “ambición capitalista desmedida”.

El poder de este nuevo Gran Hermano está en nuestros datos. Y combinando y cruzando estos datos –familiares, académicos, antecedentes penales, registros de compras, contratos, perfiles en redes sociales, fotos de las vacaciones, en qué restaurante cenaste ayer– se puede sacar a la luz cualquier información. En el futuro, gran parte del trabajo del aparato burocrático del régimen será la recogida de datos personales a golpe de encuestas de consumidor, en analizar los flujos de megusta y nomegusta y, en general, asegurarse de que su papeleo no caiga directamente en nuestra bandeja de spam. El viral como propaganda.

Un nuevo patriotismo diario

La vida cotidiana dentro de unos pocos años o décadas, según la novela de Eggers, no va a ser mucho peor que ahora, solo un poco más activa: más ventanas en la pantalla para jerarquizar, más datos que interpretar porque todo será cuantificable y traducible en porcentajes que hay que mejorar. El gran pecado sigue siendo no mostrarse cordial y social y olvidarte de poner un corazón y comentar esa carrera en bici tan buena que ha hecho aquel tipo al que conociste en una fiesta y añadiste como amigo. Ser un buen ciudadano lleva consigo implicarte en injusticias a golpe de click y dejar tu opinión sobre cualquier cosa, a favor o en contra, sí o no. Tu esencia interpretada en función de todas las caritas sonrientes que has puesto en el día. Es muy útil para el mercado y es un lenguaje universal. Marca esto como favorito.

Eggers describe un nuevo patriotismo entorno a la cultura de la empresa, convenientemente amplificado por sus trabajadores y por ese tipo de consumidor-fan de comportamiento casi religioso. Los empleados son las cobayas de esta utopía diseñada en forma de campus universitario: mitad complejo de oficinas sostenible ecológicamente, mitad parque de atracciones para adultos, la idea es que los circulistas vivan y trabajen en un entorno donde siempre pasan cosas divertidas e inspiradoras y geniales y todos somos más productivos.

El Círculo habla, finalmente, de otros temas que sonarán al lector, como el derecho al olvido en una época en la que todo queda registrado en la nube, los juicios antimonopolios a gigantes tecnológicos, la batalla entre lo público y lo privado, los linchamientos virtuales y el anonimato y la especulación en torno a las start-up, esa otra burbuja. “Han profesionalizado nuestro idealismo y ha sacado rendimiento económico de nuestra utopía”, se lamenta uno de los personajes. De pronto, mejorar la democracia se parece a contratar un servicio Premium.

Todo es mentira

Hace un año, tras la publicación de El Círculo en EEUU, Eggers, que ha reconocido que no ha profundizado ni se ha inspirado en la realidad de las empresas tecnológicas para escribir la novela, se vio aupado a la categoría de escritor-más-odiado-por-internet, una posición donde ya teníamos al también escéptico Jonathan Franzen. Entonces llegaron los haters. En una reseña en la revista Wired, la biblia high-tech, titulada What the Internet Looks Like if You Don’t Understand It, se le recriminaba al autor la falta de documentación y de escribir sobre algo que no entiende –cómo funciona la tecnología y a la gente que trabaja en el sector–, además usar trampas literarias (“escenarios extremos e imposibles que suceden solo porque él necesita que sucedan”) y de ser responsable de un libro poco realista y aburrido. Un poco como esos artículos que buscan desacreditar a Interstellar o Gravity por sus inexactitudes científicas. ¿No hablamos de ficción?

El Círculo también puede ser irritante como novela. Algunos fragmentos son tan poco estimulantes como gestionar tu pantalla, repasar las notificaciones, contestar mails, responder a tu madre. Demasiada información fragmentada, demasiadas ventanas abiertas que saturan al lector. Ese sonido de gota avisa de un nuevo comentario. No puedo más.

A veces parece una parodia involuntaria de la ambición de un grupo de universitarios, con sus problemas del primer mundo, a veces pide que te la tomes muy en serio, pero lejos del moralismo que cabría esperar, Eggers muestra a sus circulistas como personajes heroicos que sacrifican todo por su empresa y su sociedad porque de verdad creen en el progreso y en la mejora de la humanidad, mientras que los críticos con la ciberutopía son vistos irremediablemente como peleles condenados al exilio, un nuevo tipo de conservador lunático que apela al contacto piel-con-piel, casi neardentales.

Su valor como novela de ciencia ficción ni siquiera depende de que en 2025 o en 2035 se cumpla algo de lo que describe. Mientras no resolvamos el trauma de vivir a caballo entre dos sociedades, la que se desarrolla aquí en la red y la que lo hace ahí afuera, separadas por límites cada vez más confusos, El Círculo seguirá siendo una novela que trata algunos de los grandes temas y conflictos de nuestro ahora.

Publicado en El Confidencial el 8/12/2014

Dejen paso a los nuevos tecno-utopistas: un análisis del futuro de abundancia y optimismo que proponen Ray Kurzweil y Peter H. Diamandis

In Apocalipsis YA, Mareo, Sci-fi on 15 diciembre, 2014 at 4:36 pm

En los últimos meses, la utopía ha pasado de ser un género escapista y fabulador a una suerte de ariete literario que encuentra acomodo entre manifiestos políticos y ensayos sobre la actualidad. Es casi de justicia que, al menos en estos momentos, haya dejado de servir de coartada para la sci-fi especulativa (que también está muy bien, eh) y haya vuelto a ocupar un espacio entre el análisis social y la reflexión política, ese lugar concreto de la imaginación del que surgió. No hay más que mirar a las librerías para ver la sucesión de reediciones, y esto que sigue es una lista completamente personal con algunos de los títulos que han ido conquistando mi estantería en los últimos meses, gracias al trabajo de rescate de instituciones como el Círculo de Bellas Artes y de editoriales como Capitán Swing: la fundacional “Utopía” de Tomás Moro (publicada en 1516, una de cuyas reediciones la hizo hace unos meses el periódico Público), la “República Poética” de Robert Burton (que en realidad es un fragmento de su “Anatomía De La Melancolía”, 1621), la carnavalesca “La Isla De Los Esclavos” (comedia estrenada en 1725), “Panóptico” de Jeremy Bentham (1791), “De La Organización De La Sociedad Europea” (Claude-Henri de Saint-Simon, 1814), la onírica “París En Sueños” (Jacques Fabien, 1863), el steampunk socialista de “El año 2000” de Edward Bellamy (1888), “Noticias De Ninguna Parte” de William Morris (1890) y, desde la España de fin de siglo, “Granada La Bella” de Ángel Ganivet (1897), además de cuentos sueltos como “Mecanópolis” de Unamuno, “El Sueño De Un Hombre Ridículo” de Dostoievsky, “Iván El Imbécil” de Tolstói y “Miseria De Los Zapatos” de H. G. Wells.

Pero esto no es una columna de política, sino de tecnología. Como escriben Juan Pimentel y José J. Beltrán en el prólogo de la edición de “La Isla De Los Esclavos”, “a lo largo de la Edad Moderna, los descubrimientos alimentaron la literatura utópica en la medida en que el ensanchamiento del horizonte iba expandiendo las posibilidades de lo real. Desde Tomás Moro, Campanella y Bacon hasta Harrington, Swift y Diderot, el pensamiento utópico estuvo inspirado y ambientado en los territorios situados más allá de las columnas de Hércules. Se encontraban nuevas especies naturales, nuevas regiones, nuevos pueblos”.

Paradójicamente, los horrores del siglo XX convirtieron la tradición utópica en distópica, en proyecciones de pesadilla vividas en jaulas de oro donde el progreso funciona como herramienta para el control, la vigilancia, la exterminación. Cory Doctorow recuerda a principios de su novela “Little Brother” que “cuando mi padre era un joven estudiante universitario, en la década de 1960, fue una de las pocas personas de la contracultura que pensaban que las computadoras eran algo bueno. Para la mayoría de los jóvenes, las computadoras representaban la deshumanización de la sociedad […] Las computadoras se consideraban un medio de aumentar la capacidad de las autoridades para controlar a las personas y someterlas a su voluntad”.

                                             Tomás Moro                                           
 
Y así hemos llegado al siglo XXI, donde casi nadie se atreve a proponer un relato de anticipación que excluya a una tecnología de signo negativo. Y más: las distopías se han hecho tan populares que ya forman parte de nuestra vida cotidiana: después de escuchar un viernes a nuestros políticos en Consejo de Ministros, es fácil leer en Twitter alusiones a la neolengua orwelliana con la que el poder disfraza la realidad para hacerla más simpática, más correcta, para que no moleste. En estos años han surgido, sin embargo, una nueva especie, los tecno-utopistas que, apoyados en los avances y el progreso, se han atrevido, ni más ni menos ¡que a ser optimistas! En esta columna voy a hablar en concreto de Peter H. Diamandis y de Ray Kurzweil, que emplean parte de su tiempo y recursos en dar charlas y escribir libros sobre el futuro dorado que nos espera. Ambos están vinculados al concepto de “singularidad”, que explicaremos un poco más adelante, y que tiene que ver con una nueva era de abundancia y conocimiento protagonizado por un ser humano evolucionado y apoyado en los avances tecnológicos y la sinergia entre disciplinas, desde la genética a la robótica.
 
Es decir: las suyas son utopías escasamente políticas, y en cierto sentido, más vinculadas a la ciencia ficción que la realidad. Así que antes de que se me tiren al cuello acusándome de vendedor de humo: como toda utopía, estas tienen claramente una parte que descansa en el análisis de la actualidad, otra parte muy naif, que roza la new age, pero también algo de narcotizante para el lector, algo de pantalla que impide ver la realidad que tenemos delante y los problemas inmediatos. El resto es experimentación y palos de ciego.
 
1. Utopistas high-tech
                                                                         Diamandis y Kurzweil
 
Un perfil rápido de ambos autores y sus obras. Peter H. Diamandis es responsable de “Abundance. The Future Is Better Than You Think”, escrito en colaboración con el periodista Steven Kotler, y que es este tipo de best-seller de literatura de no ficción post-Steve Jobs, denso y ágil a la vez, repleto de ejemplos, gráficos, cifras y citas, y que a veces adquiere cierto tono molesto de conferencia para emprendedores, tipo “cómo hacer posible lo imposible”. Diamandis además es chairman de dos instituciones que promueven actitudes utópicas: la X Prize Foundation, que cada año premia a las personalidades que han contribuido a crear industrias radicales que no existían hasta entonces y que han ayudado a resolver problemas que hasta ahora se consideraban insalvables, y de la Universidad de la Singularidad. De esta última hablaremos luego. Para subrayar más su imagen de innovador involucrado con la sociedad, ha fundado “más de una docena de empresas espaciales y de alta tecnología”.
 
Kurzweil es “inventor, pensador y futurista”, además de un tipo con un olfato fino para adelantarse a las predicciones desde hace 20 años, según la biografía que acompaña a su libro “The Singularity Is Near” (2005). Se define a sí mismo como patternist, alguien capaz de ver patrones o modelos de información en la realidad. Como Neo en Matrix. Según cuenta él mismo en “The Singularity Is Near”, la única religión en la que ha creído toda su vida es “la veneración a la creatividad humana y el poder de las ideas”. Y precisamente la idea que quiere transmitir con este libro es que tenemos la habilidad para entender nuestra propia inteligencia, revisarla y expandirla. La tecnología de nuevo es fundamental para ello. “La magia de los libros de Harry Potter podrá llegar a ser una realidad mediante la tecnología”, escribe, y “nuestros hechizos son las fórmulas y los algoritmos que hay bajo la magia moderna de hoy”.
 
Es esta mezcla de místico y tecnológico hacia la que apunta los títulos de sus libros (como “The Age Of Spiritual Machines”, de 1999), es lo que ha hecho que para algunos sea una suerte de genio para predecir el futuro y, para otros, sólo un charlatán seudoreligioso.Y aunque no me ocuparé de ellos aquí, hay otros cuyos trabajos son similares, como los del matrimonio Ayesha y Parag Khanna, que están al frente del Hybrid Reality Institute y cuya teoría, la de la “realidad híbrida”, también cuenta con su propio “manifiesto”. En ella también se muestran partidarios de prepararnos para un futuro que, distópico o pacífico, será híbrido humano-tecnológico o no será. 

2. Viva el optimismo: el progreso hace ‘boom’

“El diseño de nuestro cerebro y nuestra historia evolutiva conspiran para mantenernos como pesimistas”, escribe Diamandis, para quien el pesimismo es algo que llevamos en los genes, que arrastramos irremediablemente, y que debemos superar. Estamos programados para prestar atención a todo lo que nos produce miedo, empezando por las noticias que recibimos de los medios, e incluso para tener la sensación de que “el agujero en el que estamos es demasiado profundo como para poder salir de él”. Su libro parte, entre otros objetivos, con la intención de demostrarnos que no tenemos motivos para pensar que todo tiempo futuro será necesariamente peor, sino “que los estándares de vida en todo el mundo seguirán incrementándose a pesar del horror que dominan los titulares” de los periódicos.

Los números están de su lado, así como las estadísticas que indican que la vida en el mundo hoy es más larga, más saludable y con más garantías que a comienzos del siglo XX. También la tecnología que nos permite vivir con mayor calidad, incluidas las redes de comunicación y el acceso libre a la información que ofrece internet. Diamandis se apoya en algunos especialistas para demostrar sus ideas sobre la abundancia, como Marc Siegel (“False Alarm: The Truth About Epidemic Of Fear”) o las polémicas tesis de Matt Ridley, autor de “El Optimista Racional”, que entre otras cosas niega algunos efectos del cambio climático y que argumenta que, comparada con la sociedad de la Edad de Piedra, nuestra generación “tiene acceso a más calorías, vatios, luz, gigabytes, megahercios, y por supuesto, dólares, que ninguna otra anterior”. Lo cual, entienden, solo puede ser bueno. Ridley va más allá y estima que el número de personas en el mundo que vivan en “absoluta pobreza” será cero para el año 2035.
 
Volviendo a Diamandis, este cerebro nuestro programado para el pesimismo, asegura, deberá evolucionar y adaptarse, porque nuestro mundo ya no es “local y lineal”, sino “global y exponencial”. La clave, tanto para él como para Kurzweil, es que, frente a la idea de progreso con crecimiento lineal, hoy vivimos en una época de crecimiento exponencial, es decir: en vez de aumentar sumando, lo hacemos multiplicando por una constante. Y esto nos dispara inevitablemente al futuro. ¡Bang! Vendría a ser la aplicación de la Ley de Moore en la vida real, el sueño húmedo de todo tecnófilo. La Ley de Moore pronosticó a mediados de los 60 el crecimiento imparable al que se desarrollarían los circuitos y microchips, que doblarían su capacidad cada año y medio, aunque en los 70 Moore ajustó el plazo a cada dos años. Kurzweil ha hecho sus predicciones, que ha ido también ajustando desde finales de los años 80. “El crecimiento exponencial es algo propio de cualquier proceso evolutivo, y la tecnología es el principal ejemplo”, escribe en “The Singularity Is Near”.
  
Según su modelo, el ritmo de progreso crece de forma exponencial, doblándose cada década. A partir del siglo XXI la cosa se dispara: “Alcanzaremos otros 20 años de progreso en solo 14 (para 2014), y después conseguiremos lo mismo en solo 7. Por expresarlo de otra forma: en el siglo XXI no viviremos 100 años de progreso, sino que seremos testigos del equivalente a 20.000 años de progreso, o un crecimiento mil veces mayor del obtenido durante el siglo XX”.Diamandis le echa una mano a su colega en “Abundance”, y asegura que, aunque la mayoría de las predicciones de Kurzweil no podrán comprobarse a medio-largo plazo, se han realizado 89 de las 108 proyectadas para 2009 y 13 estuvieron cerca, “lo que le da a Kurzweil un record imbatible en la historia del futurismo”.
 
3. Una humanidad para nadar en la abundancia

Vivimos en un mundo donde manda la escasez, en el que valoramos los recursos cuanto más inaccesibles son. Es un modelo propio de finales del XVIII, heredero de las tesis de Malthus sobre la incapacidad de la Tierra de alimentar y producir para todos los que somos y seremos en el planeta. Diamandis lo tiene claro: hay una opción más deseable que la de reducir la superpoblación mundial, que no deja de ser una opción drástica, y esa es “estirar” los recursos para que las gente los disfrute. El núcleo de “Abundancia” se centra precisamente en eso, en marcar el camino hacia esa abundancia, instantánea y de bajo coste, que para él tan bien representan las comunicaciones y la sobreinformación de hoy. “De una manera similar, el avance de las nuevas tecnologías pronto permitirán que la mayoría de la humanidad se aproveche de aquello a lo que hoy solo tiene acceso los pudientes”.
 
Diamandis dedica capítulos a cada una de estas tecnologías con futuro, y las proyecta hacia adelante en función de los indicios del presente. En concreto, habla de sistemas computacionales, redes, inteligencia artificial, robótica, biotecnología, bioinformática, impresión 3-D, nanotecnología, interfaces hombre-máquina e ingeniería biomédica. Además, apunta otras “fuerzas” que jugarán un papel importante en la producción de estas tecnologías, especialmente una suerte de “revolución de la cultura del Do-It-Yourself” (de los actuales coches tuneados y ordenadores caseros pasamos a logros particulares en el vuelo espacial o la secuenciación del genoma humano) y a una nueva generación de lo que él denomina “tecno-filántropos”, ricos que “están usando sus fortunas de forma global para llevar a cabo proyectos relacionados con la abundancia”. Cita los esfuerzos de Bill Gates contra la malaria o de Zuckerberg en la reinvención de la educación. Con todo ello, Diamandis construye una pirámide de la abundancia con tres niveles deseables de satisfacer: en la parte baja estaría lo básico (agua, comida, un hogar), en la intermedia estaría el acceso a energía, educación, a comunicaciones e información, y en la superior, la libertad y la salud.
 
Por último, cada una de estos logros tendrían un efecto de reacción en cadena: según se explica en Abundance”, llevar agua potable a los países que no la tienen permite aumentar la salud de su sociedad, disminuir el hambruna, ahorrar en recursos (el gasto que supone convertir el agua infectada en potable cociéndola con leña, por ejemplo), ayudar de paso al medioambiente, y cortar por lo sano la mortalidad infantil, lo que repercute en general en una mejora de la educación y de la calidad de vida familiar en esos países. ¿Cómo llevar agua a toda la población que la necesita? Teniendo en cuenta que el agua es abundante en nuestro planeta, quizá los recursos y los esfuerzos deberían dirigirse a purificadoras. ¿Y llegar a un acuerdo con Coca Cola para usar su enorme cadena de distribución, la mayor en África? Según Diamandis, ya hay quien está trabajando en esa dirección.
 
4. La singularidad: the new age of the new age

¿Qué es la Singularidad? Kurzweil toma prestado el término de la física ( “la singularidad sugiere un horizonte más allá del cual no podemos ver”). Le dedica todo un capítulo, pero os lo resumo: una nueva era donde las reglas vigentes hasta el momento pierden su sentido, en la que todo cambiará para mejor. “Es una época futura en la que los cambios tecnológicos se sucederán a un ritmo tan rápido y con un impacto tan profundo, que la vida humana se transformará irreversiblemente. No es utópica ni distópica, es una era que transformará los conceptos que creemos verdaderos para darle significado a nuestras vidas, desde los modelos de negocio al ciclo de la vida humana, incluida la muerte”. En definitiva, y según sus palabras, la singularidad nos permitirá pasar de una versión 1.0 de la humanidad a la 2.0, “superar las limitaciones de nuestros cuerpos biológicos y cerebros”. Será el tiempo de la transhumanidad.

Según Kurzweil, aún estamos en una fase muy temprana de la Singularidad, pero el crecimiento exponencial de las tecnologías de la información ya nos permite apreciar lo que se nos viene encima, y es explosivo: “Antes de mediados del siglo XXI, el crecimiento de nuestra tecnología –que para entonces será indistinguible de nosotros mismos– será tan pronunciado que parecerá una línea completamente vertical”. El resultado es un mundo humano “pero no biológico”, sin diferencias entre el hombre y máquina o entre realidad física y virtual. Hay seis épocas en la Singularidad, cada una de las cuales evoluciona a la siguiente apoyándose en los descubrimientos de la anterior. Actualmente estaríamos en la cuarta, y empezaríamos a vislumbrar la quinta, en la que empieza la Singularidad. La primera se basó en la física y la química: tuvo lugar durante el Big Bang, con la formación de átomos y los elementos.

La segunda en la biología y el ADN, una era en la que las moléculas se organizaron para formar organismos complejos y surgió la vida. La tercera época estuvo marcada por el desarrollo de un cerebro en estos organismos, que en última instancia nos ha permitido proyectar modelos mentales abstractos del propio mundo que nos rodea. La cuarta está marcada por la tecnología y por la evolución constante de las capacidades computaciones de los ordenadores (aquí es donde nos encontramos). La quinta, que es en la que empieza la Singularidad, estará marcada por la integración de la tecnología y la inteligencia humana para dejar atrás nuestras limitaciones. Y la sexta… en la sexta, según escribe Kurzweil, literalmente, “el universo despierta”: la inteligencia humana se expandirá y todo, materia, energía y mecanismos, se transformarán en “sublimes formas de inteligencia”.

5. La universidad, los videojuegos y errores en Matrix

Si todo esto les suena a chino, pueden probar en vídeo: Kurzweil también ha llevado las teorías de su libro a una película. Y en “Abundance”, Diamandis apuesta por nuevas herramientas para la enseñanza, como YouTube, o por desarrollar un software educativo tan competente como los videojuegos, “profundo, absorbente y totalmente adictivo” que nos haga mirar atrás y plantearnos la hegemonía centenaria del modelo educativo industrial. Con el objetivo de cuestionar los modos de enseñar y aprender heredados, ambos han puesto en marcha la Universidad de la Singularidad. A nuevas épocas, nuevos métodos. Para Diamandis, nuestro sistema educativo está obsesionado con la memorización y las instituciones académicas han apostado por la ultraespecialización, creando “un mundo en el que los mejores universitarios raramente florecen en pensadores íntegros, macroscópicos”.

Y como el mundo no necesita otra universidad generadora de ultra-especialización, en 2008 Diamandis tomó la idea de Kurzweil y fundó la Universidad de la Singularidad, cuyo programa de estudios se desarrolla alrededor de ocho áreas: biotecnología y bioinformática, sistemas computacionales; redes y sensores; inteligencia artificial; robótica; manufacturación digital; medicina; y nanomateriales y nanoteconlogía. Su misión: “Inspirar y educar a una nueva generación de líderes”.

Y de alguna manera u otra, la Singularidad o sus implicaciones, para bien y para mal, también ha estado presente en la cultura popular, desde las novelas de Isaac Asimov a “Matrix”. He aquí algunos ejemplos (para bien) de lo que se nos podría venir encima, sacados de “Abundance”, aunque ya hayamos leído sobre ellos en novelas: la creación de algas sintéticas para la elaboración de combustible low cost, cuya fuente no sea escasa en el planeta y de vacunas también low cost, accesibles para todos y diseñadas en plazos de 24 horas. O de una “internet de las cosas”, que permita conectar entre sí cualquier objeto: coches que encuentran sus llaves perdidas, casas que piden automáticamente suministros cuando se están acabando. En cuanto al campo de la IA, aplicaciones que impidan a los conductores dañarse a si mismo y a otros si se quedan dormidos al volante. En robótica, enfermeras mecánicas para cuidar de las personas mayores. Y la estrella de los inventos, para locos de IKEA: impresoras 3-D capaces de “imprimir” en casa objetos simples en plástico, cristal o acero. Los “ejemplos” de Kurzweil apuntan más alto, a la vida eterna, a la posibilidad de vivir sin órganos, como el corazón, a convertirnos en ciborgs o a explorar más allá del sistema solar.

¿Y ejemplos para mal? Ambos autores apuntan también los riesgos del progreso, un abanico de horrores donde la tecno-utopía se vuelve tecno-distopía. Bioterrorismo. Ciber-crimen. El desempleo provocado por máquinas capaces de trabajar 24 horas al día y siete días por semana. La extinción debido al mal uso o negligencia. Y la madre de todos los miedos: que una tecnología que es “miles de veces más fuerte, rápida e inteligente que cualquier entidad biológica”, se vuelva en nuestra contra, como apunta Kurzweil, y apueste por la hegemonía, por someter a los hombres. Ante eso, dicen algunos especialistas, hay una solución: saber renunciar a según qué avances. Gente como Bill McKibben, autor de “Enough: Staying Human In An Engineered Age” afirman que ya tenemos suficiente tecnología y el progreso debería terminar ahora que estamos a tiempo. Él lo compara con la cerveza. “Una cerveza es buena, dos mucho mejor. Ocho cervezas y lo más seguro es que te arrepientas”.

Publicado originalmente en PlayGround el 28/08/2012

Entrevista a Dmitry Glukhovsky: «La ciencia ficción rusa no deja de ser un gueto que no tiene nada que ver con la gran tradición rusa»

In Apocalipsis YA, Gamefilia, Sci-fi, Versus on 8 enero, 2014 at 2:19 pm

Si alguna vez visitaste el Metro de Moscú, sabrás que lo que hay ahí, tan hondo y tan profundo, es un territorio casi mítico, ideal para la fabulación. Mitad museo y mitad prisión, es un espacio invertido como un palacio excavado boca abajo. Una pequeña ciudad perforada de túneles y bóvedas, marcada por los lujos y los secretos de un pasado glorioso que nunca volverá, como uno de los escenarios de Bioshock. Consciente de su potencial, el periodista Dmitry Glukhovsky (1979) lo escogió como coartada para desarrollar Metro 2033 (Timun Mas), una novela post-apocalíptica donde la humanidad se ha visto obligada a vivir escondida en la red del tren subterráneo de la ciudad rusa y extender una sociedad atomizada a lo largo de sus líneas y estaciones. La idea le ha funcionado más que bien: además de publicar Metro 2034, que no es exactamente una segunda parte, Glukhovsky ha «liberado» su universo para que otros escritores puedan contribuir a hacerlo crecer con sus historias. Ya hay al menos una veintena de novelas, incluidos un par de spin-off ambientados en Londres y en la Roma y Venecia del año 2033. Timun Mas acaba de publicar dos de ellas en España.

Y la cosa no para de crecer. Los derechos ya están en manos de la MGM para convertir la novela en película y, en 2010, Glukhovsky también colaboró en su salto a los videojuegos. Metro 2033, el videojuego, fue desarrollado por el estudio ucraniano 4A Games bajo la forma de un shooter en primera persona, aunque su claustrofóbica propuesta estaba más cerca del espíritu escóndete-y-huye de las dos adaptaciones de Las crónicas de Riddick o del horror-sobrenatural-con-linterna de F.E.A.R. que del libérrimo S.T.A.L.K.E.R. Atentos, porque hay segunda parte a la vista, Metro: Last Light, de la cual se pudo ver una demo en el E3. El autor estuvo en España la semana pasada, y nosotros aprovechamos para hacerle algunas preguntas.

Hablemos sobre el metro. Es un lugar familiar para un montón de gente que vive en grandes capitales y que tiene que cogerlo a diario para ir a trabajar o para volver a casa. Pero al mismo tiempo, es fácil imaginar extrañas historias en unos túneles donde nunca entra la luz del sol. ¿Podrías hablarme del metro como escenario y personaje fundamental en la serie Metro 2033?

No puedo imaginar un legado más impresionante, misterioso y casi milagroso de la época soviética que el metro de Moscú. De entrada, sus 170 estaciones están enterradas profundamente bajo tierra, todas están equipadas con puertas herméticas que convierten a cada una de ellas en un búnker real, pero, por otro lado, no se asemejan para nada a un búnker, sino más bien a una obra de arte, a un museo, glorificando y conservando para la eternidad una parte de la historia y la vida soviética. A esto súmale 200 búnkers reales militares y estaciones de metro secretas unidas por túneles secretos ubicados a pocos metros de las estaciones «normales» que millones de personas usan a diario… ¿Cómo no escribir sobre todo esto? Y sí: el metro no es solo un objeto, es un sujeto con vida propia vida. Con millones de dramas, sueños, miedos y pasiones bulliendo en su interior cada segundo, necesariamente absorbe una parte de la vida de la gente que lo coge a diario.

Hace unos años visité el metro de Moscú y me impresionó profundamente. Decían que algunas de sus estaciones llegaron a estar cubiertas de oro. Se escuchan tantas leyendas, que es difícil separar lo que hay de real y de legendario.

Como tantas cosas procedentes de la URSS, es lo que llamamos un «objeto de doble función». Mira las fábricas de macarrones, por ejemplo: los macarrones soviéticos fueron utilizados como medida estándar para hacer el calibre de los casquillos del Kalashnikov, así que, en caso de guerra, las fábricas de macarrones podrían convertirse con facilidad en plantas de munición. O eso al menos cuenta la leyenda. El Metro de Moscú nació para mayor gloria del estado soviético, para impresionar a los visitantes de la capital, pero al mismo tiempo ejercía la función de gigantesco refugio antiaéreo en el caso de que Rusia fuera atacada. Está claro que no es una infraestructura meramente utilitaria. Mejor compararlo con los grandes palacios y templos de la Antigua Roma que se levantaron para proyectar el poder del imperio.

Tu formación y experiencia son de periodista, un oficio que sigues ejerciendo. ¿Tiene tus historias alguna intención de reflejar conflictos sociales o políticos actuales? Y no me refiero solo a conflictos rusos. ¿Querías ofrecer una segunda lectura de algunos temas?

Metro 2033 toca de una forma metafórica diferentes asuntos importantes sociales y políticos, no solo rusos, sino universales: la xenofobia y el miedo al inmigrante, la propaganda de estado y la manipulación política, el adoctrinamiento religioso. La ciencia ficción es solo un disfraz. Un envoltorio dulce para una píldora amarga.

La crisis en Europa ha acentuado cierto pesimismo general. Mucha gente tiene la sensación de un desastre inminente. ¿Eres ahora más pesimista sobre nuestro futuro que hace diez años, cuando escribiste Metro 2033?

No puedo decir que sea un pesimista: más bien me tengo por una persona realista. Eso por eso que nunca planifico mi vida más allá de un año. Y siendo realista, cualquier cosa puede suceder, empezando por una ruptura en la Unión Europea y continuando por una guerra nuclear en Oriente Medio entre Israel e Irán. Mi lema es estar siempre preparado para lo peor: es la única manera en que la vida no pueda cogerte desprevenido.

Comenzaste a escribir Metro 2033 para su publicación en internet, aunque después de alcanzar popularidad la novela dio el salto «al papel». ¿Crees que sin la posibilidad que te da internet para encontrar tu propia audiencia, sin ese feedback que permite con los lectores y sin el efecto viral propio de la red hubieras tenido las mismas posibilidades de publicar?

Puse primero Metro 2033 en internet porque ninguna editorial quiso comprarlo. Ahora puedo decir que fue el destino lo que me empujó a ello. Todavía no es una decisión tan natural o tan obvia para un escritor, la mayoría de los cuales todavía se muestran celosos a compartir sus textos online, porque suele pensar que puede afectar a sus ventas. Pobres, tan conservadores. Así que monté mi propia web, colgué la novela y me limité a esperar como una araña a que los lectores cayeran en mi red atraídos por la historia. Aquello fue emocionante y desesperante. Con los primeros capítulos, vinieron dos o tres personas, una de las cuales fui yo mismo. Pero con el tiempo, la gente comenzó a compartir los enlaces y para cuando había terminado de escribir la novela, tenía un tráfico de unas 1.000 personas diarias. Fue entonces cuando volví a tantear a las editoriales y a ofrecerlas la novela de nuevo. Esta vez, tres de ellas se mostraron interesadas, así que pude decantarme por la mejor.

Desde entonces, la novela ha vendido 600.000 ejemplares en Rusia y ha sido traducida a 35 idiomas, pero nunca la he retirado de la web. Está todavía allí, gratis para quien quiera leerla. Calculo que unos cinco millones de personas la habrán leído online.

Para un escritor debería ser más importante ser leído que vender libros. Diablos, yo he empleado 10 años de mi vida trabajando en la historia y escribiendo la novela. Y se debe dar por supuesto que mi primer deseo es tener lectores, escuchar lo que piensan, saber lo que sienten. La escritura va sobre todo eso: interacción. Influir en las personas, contagiarlas con tu historia, manipular sus emociones. Me alimento de las emociones de los lectores, y cinco millones de almas humanas es un banquete más suculento que 600.000.

Admito que soy un adicto al feedback. No soy capaz de escribir un par de páginas sin compartirlas y obtener algún comentario. Y si hay grupos anónimos de gente de los que pueda obtener algo de respuesta, allí estaré yo. Para un escritor joven, no hay mejor manera de ser conocido y publicar que crear tu propia web. No publiques tus novelas en esas webs colectivas que se ofrecen como «una plataforma para la auto-publicación»: son como fosas comunes y nadie te va a sacar de ellas.

¿Qué relación hay entre Metro 2033 y Metro 2034? ¿Siempre tuviste la idea de escribir dos historias? ¿Habrá un Metro 2035 en los próximos meses?

En realidad, no están conectadas. O no son tanto la «Parte 1» y la «Parte 2» de algo, sino la «Parte 1» y la «Parte A»: son dos comienzos de dos historias diferentes. No tienen nada en común, más allá del personaje de Hunter y el escenario: el metro de Moscú. Cuando terminé Metro 2033 pensé que era su historia no debía ser continuada. Por eso que escribí Metro 2034 como una pieza separada e independiente. Incluso la escribí en un género diferente, y creo que es por eso por lo que decepcionó a muchos lectores. Tranquilos, gente: tengo noticias al respecto. Ya tengo una idea para Metro 2035. Y será algo que sirva como puente entre ambos libros y dé por finalizada la trilogía. No puedo adelantar nada. Pero espero empezar a trabajar en ello en primavera, justo después de terminar la novela con la que estoy ahora, The Future.

En este sentido, el universo Metro 2033 sigue creciendo sin tu intervención directa, después de que dieras la posibilidad a otros escritores de contribuir al mismo con sus propias historias. Como creador/escritor, ¿qué obtienes con ello? ¿Estas ejerciendo algún tipo de tutoría o de «comisariado» del material que se publica? Por ejemplo: ¿les has dado a estos autores algunas reglas básicas que deben respetar? 

Para ser sincero, la razón principal por la que empecé este proyecto fue atraer más gente al metro, sacrificarla en nombre de Metro y ganar mi libertad con ese sacrificio. Los lectores seguían pidiéndome más libros una vez concluí Metro 2034, pero eso hubiera sido como violarme a mí mismo, escribir una historia que no existía solo por el hecho de tener contentos a mis lectores o a mi editor. Me da miedo convertirme en un esclavo de por vida de una buena idea que tuve cuando era adolescente. No quiero que en mi lápida el epitafio sea «Fue el autor de Metro 2033», en fin. Espero crear algo más por lo que ser recordado.

Al mismo tiempo, los jóvenes autores que escribían fanfiction en la web seguían preguntándome si ellos podrían publicar sus historias en algún momento. La solución más inteligente a todo eso fue presentar estos autores a mis lectores y dejar que unos saciaran a otros, mientras reservaba para mí el modesto papel de un demiurgo de este universo. Y gracias a esas series, he podido crear nuevas cosas fuera de Metro, he podido ver algo de luz y escribir cosas completamente diferentes. Y eso es lo que estoy haciendo ahora.

Las reglas del universo Metro 2033 son muy simples, apenas ocupan una hoja. El año es siempre 2033, en un mundo post-nuclear en el que no se explica qué es lo que pasó. No usar mis personajes, que cada uno cree los suyos propios. Sin aliens, sin elfos ni enanos, y nada de viajes en el tiempo. Solo describir la parte del mundo que puede observar tu personaje con sus propios ojos. No salves a la humanidad ni la destruyas. Eso es todo. ¡A por ello!

Fans que ejercen el boca-oreja te permitieron publicar, y fans que escriben ficción. En tu caso, ¿cómo valoras el trabajo del fandom en tu éxito?

No soy nada sin el fandom, está claro. Ellos me mantienen, me alimentan con sus sentimientos. No soy el tipo de persona que escribe para guardar sus textos en un cajón. No quiero ser ignorado en vida y ser descubierto doscientos años después de mi muerte. No tengo paciencia suficiente para eso.

¿Te interesan los videojuegos como forma para contar historias? Creo que, en el caso de Metro 2033, el videojuego ha complementado de una manera única lo narrado en la novela: el mapa de metro es un entorno perfecto para explorar y desarrollar una historia asfixiante, lleno de túneles oscuros y pasillos en los que incluir elementos de horror, además de escenarios propios de la ciencia-ficción, personajes ambiguos y todo ese enigma post-apocalíptico sobre qué diablos ha pasado fuera.

Considero los videojuegos como una forma de arte tan nueva como el cine lo fue una vez. Y pueden ser una mierda desesperante, lo mismo que hay películas que son una basura. Pero pueden llegar a ser obras maestras: mira Syberia, de Benoît Sokal. O Silent Hill. Te sumergen en sus realidades de manera mucho más eficaz que cualquier película y llegan a «tocarte» más profundamente.

Con frecuencia, de lo que suelen carecer los videojuegos es de una buena historia, personajes realistas y un conflicto dramático potente. En su momento fueron creados para adolescentes y los adolescentes solo quieren acción. Pero, eh: las cosas están cambiando. Yo también fui adolescente y ahora tengo 33. Y como yo, hay muchos jugadores que empezaron a jugar precisamente con Wolfenstein 3D y Doom. Si la historia no tiene un conflicto interesante, simplemente me aburren. Los desarrolladores están empezando a entenderlo. Aunque leeeentamente.

Obviamente, en el proceso de adaptar un libro a un videojuego cambias muchas cosas, otras directamente las eliminas. Es inevitable: los juegos son sencillamente una forma diferente de vida, la adaptación es interpretación, no corta-y-pega. Pero adaptar libros a videojuegos tiene una finalidad: permite devolver a los jugadores a la lectura. Mucha gente que ha leído Metro 2033 llegó a la novela gracias al juego. Por eso siempre digo que estaría muy bien hacer un Call of Duty basado en Guerra y Paz de Tolstói para promover la lectura en los jóvenes.

¿Puedes adelantar algo sobre la adaptación al cine de Metro 2033?

Los derechos de Metro 2033 los tienen los estudios Metro Goldwyn Mayer en Los Ángeles. Y le han dado el proyecto a Mark Johnson, productor de Narnia y Breaking Bad. Ya tienen un guionista y aseguran que la película saldrá adelante. Y eso es como si un gigoló se promete en matrimonio con una chica tras su primera noche. Yo soy la chica, así que estoy emocionado.

¿Te interesa la ciencia ficción como lector?

Solía leerla cuando era niño y adolescente, hoy en día encuentro la mayoría de la ciencia ficción increíblemente aburrida. Cuando tienes 14, todo lo que te pide el cuerpo son aventuras. Cuando tienes 30, estás más interesado en las relaciones personales, los conflictos entre personajes, el drama en general. Es sencillamente una evolución personal, tiene que ver con hacerse mayor. El 95% de las novelas de ciencia ficción son sobre huir, disparar y esconderse (además de incluir personajes femeninos de increíble valor y grandes tetas que suelen estar tan vivas como muñecas hinchables). Leo el otro 5%: Ray Bradbury, Stanislaw Lem, los hermanos Strugatski. La literatura.

Pero yo no considero Metro 2033 como ciencia ficción. Es una imposible mezcla de géneros: distopia, urban fantasy, crítica social, sátira política y novela de iniciación. Todas mis historias son así. Ceñirse a un solo género es algo muy incómodo para mí: es como llevar una camisa de fuerza en un manicomio. Y ya sabes, cuando estás en un manicomio, siempre quieres libertad.

¿Te sientes parte de una escena de escritores de género en Rusia? ¿Podrías recomendarnos algunos autores con los que te identifiques?

Te diré una cosa: los escritores rusos de ciencia ficción moderna no son como yo, así que yo no soy como ellos. Ellos creen que yo escribo mierda comercial y que es una vergüenza que occidente piense que yo soy el que representa la ciencia ficción rusa, que no deja de ser un gueto y que no tiene nada que ver con la gran tradición rusa de ciencia ficción. A ninguno de estos autores, dicho sea de paso, ni siquiera les interesa tratar conflictos políticos o sociales de la actualidad. Así que que les jodan, no escucharás un solo nombre de mi boca.

Publicado originalmente en Mondo Píxel el 10/10/2012

Medio siglo de la conquista del espacio (por los monos): una lectura de ‘El planeta de los simios’

In Apocalipsis YA, De viaje, Sci-fi on 8 diciembre, 2013 at 12:49 pm

«Aunque aquella joven fuera de una belleza extraordinaria,
yo no la consideraba como una mujer.
Sus maneras eran las de un animal doméstico
que busca el calor de su amo.
»

«Encontrar a un gorila sobre el planeta Soror
no constituía la extravagancia esencial del caso.
Ésta era que aquel mono iba correctamente vestido
como un hombre de nuestro planeta y, sobre todo,
que llevaba las prendas con toda soltura.
Esta naturalidad fue lo primero que me impresionó.
No hice más que ver al animal y
ya me pareció evidente que no iba disfrazado.
»

Antes de hablar de monos y de la conquista del espacio, dejen que les exponga tres de las cosas que me han sorbido el seso y absorbido el tiempo últimamente, y que han tenido mucho que ver a la hora de sentarme a leer y a escribir sobre El planeta de los simios y en que este texto tenga la forma y enfoque que tiene finalmente:

1.

Hacia los confines del mundo, novelón incomparable y emocionante de Harry Thompson, editado en España por Salamandra. Narra los sucesivos viajes a lo largo y ancho de todo el hemisferio sur del HMS Beagle, barco capitaneado por Robert FitzRoy, a bordo del cual viaja un pasajero muy especial: Charles Darwin. Dos jovencísimos y opuestos entre sí protagonistas de una historia en la que, bajo la excusa de cartografiar el nuevo mundo, colisionan las teorías bíblicas y la ciencia, en una época de expansión colonialista y religiosa. Un libraco que tiene, por lo menos, tres lecturas: 1) Un relato de aventuras y de una obsesión, en la tradición de Moby Dick. 2) Una biografía novelada de Darwin y de la génesis de su teoría de las especies, con especial atención en el proceso psicológico que le hace madurar de aspirante a clérigo a revolucionario al servicio de la Humanidad. 3) Un recorrido por la historia dramática reciente del colonialismo y sus consecuencias, pocas veces exentas de violencia e intereses. Confieso que su huella, tres años después de leerla, sigue muy presente en mí por diferentes motivos, en mis lecturas posteriores (de aquí llegué a Vonnegut, por ejemplo) e incluso en mis deseos por conocer mundo, la Tierra del Fuego, la Antártida y las Galápagos, puestos a fantasear. El tipo de libros que transforma al lector y que incluirías en la lista de cosas que salvarías de un holocausto nuclear.

2.

La música de Sam Shackleton. Los que lean revistas musicales asociarán su nombre al dubstep, lo penúltimo en electrónica para escuchar con cascos. Pero yo me he prohibido ponerme estupendo y, últimamente, me he impuesto hablar de música sin anglicismos ni marcianismos, sólo atendiendo a lo sensorial, porque para reseñar a partir de etiquetas ya hay cientos. Así que hablemos mejor de imágenes y de lo que evoca su fundamental recopilación de 3 EPs y su misteriosa sesión para Fabric. La música de Shackleton es espacial, en un sentido metafórico, atmosférico, pero también literalmente: les das al play y aquello se expande ante tus oídos, es música que necesita espacio. Está marcada por percusiones tribales y por unos ambientes gélidos y desolados, que parecen tormentas de nieve o mareas digitales, hostiles, que te cortan la cara. Digamos que suena como una versión menos sofisticada de Boards of Canada. Y por ahí, como ecos fantasmales, flotan también grabaciones de voz, como mensajes de radio pidiendo SOS. Sí, ahí iba: como los que uno se imagina que otro Shackleton, de nombre Ernest, explorador de la Antártida y el Polo Norte, mandaba por radio en medio de sus viajes. No tengo que decirles que la electrónica me parece una de cosas más evocadoras y estimulantes para los oídos. No hablamos de escuchar canciones, sino de música: aquí nada marca el mensaje. A uno le importa una mierda si el autor quería «hablar» de amor o de vino cuando las compuso. Es mi música y la interpreto como me da la gana.

3.

La relectura de En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft, en su reciente edición en la colección Letras Populares de la editorial Cátedra. Su extenso prólogo, a cargo de Juan Antonio Molina Foix (que también traduce) y las nutritivas notas finales, con textos de Cirlot, Llopis, Francisco Nieva, Fernando Savater, José Manuel Sánchez Ron, Houellebecq y Joyce Carol Oates, entre otros, son los culpables de que haya vuelto a pensar en Hacia los confines del mundo tanto tiempo después. Porque, según leo allí, a Lovecraft le fascinaba las noticias que por aquella época llegaban de los conquistadores de los polos, y basó parte de su texto, repleto de descripciones y detalles concretos, en los testimonios e informes de exploradores como Scott, Amundsen, Byrd y, claro, Shackleton. Les invito a leer En las montañas de la locura junto a la música de Sam Shackleton de fondo (que, como he intentado describir más arriba, puede colocarse también sin problemas entre lo espacial y lo tribal, como fusión de lo cósmico y lo ancestral tan de Lovecraft), y luego me cuentan el efecto de blanquísima soledad que les ha provocado el cóctel sensitivo. Y con esto, cierro el círculo y me pongo a lo que venía: a hablar de El planeta de los simios.

Entenderán por qué ahora mismo de lo que menos me apetece escribir es de Charlton Heston o Tim Burton, de naves espaciales, ni siquiera del truco final que ha hecho famosas a las dos películas. El planeta de los simios, la novela, está a punto de cumplir medio siglo y se reedita ahora en español, después de haber estado descatalogada más de diez años, según cuenta la editorial responsable del rescate, la antaño célebre Minotauro. Es lo más parecido a un porqué de este artículo hoy. La novela fue escrita en el año 1963 por el francés Pierre Boulle, que con anterioridad ya había sido mundialmente famoso por otra novela inmortalizada también gracias a la popularidad que da el cine: El puente sobre el río Kwai (1952), vía David Lean.

La biografía de Boulle es muy interesante si queremos plantear una lectura de El planeta de los simios más allá de la ciencia ficción. A mitad de los años treinta del siglo pasado, Boulle trabajó en una plantación de árboles de caucho en Malasia, lo que le permitió conocer de cerca el colonialismo británico, sus formas y sus demonios. No deberíamos pasar por alto que otro autor famoso por otra distopía, George Orwell, viviera por aquella época también los últimos días del colonialismo británico desde no muy lejos (Birmania), una experiencia que reflejó en la muy recomendable novela de viajes/reportaje Los días de Birmania (editada en castellano por Ediciones del Viento). Para contextualizar su opinión política: durante la Segunda Guerra Mundial, Boulle colaboró con la resistencia y en 1943 fue capturado por los partidarios de la Francia de Vichy y condenado a trabajos forzados a perpetuidad. Después de la guerra fue condecorado y se dedicó a escribir. De todo ello saldría el material para su biografía, años después, titulada con mucho olfato comercial Mi propio río Kwai (1967).

Bajo estas referencias, por un lado arbitrarias por mi parte, por otro reales en función de la biografía de su autor, El planeta de los simios se me ha aparecido como el relato de un colonizador colonizado. Entiendo que en otro momento y bajo otras coordenadas me habría parecido otra cosa completamente diferente. Como todo el mundo sabe, El planeta de los simios es la historia de un astronauta de la Tierra que llega a un planeta donde los humanos han sido sometidos (evolutiva y violentamente) por unos simios de inteligencia superdesarrollada. Ni el lector ni ambas partes interesadas de la novela (los humanos y los simios) saben a qué se debe este orden de las cosas, pero es un genial disparate que, de llevar hasta el final mi lectura, daría para escribir, se me ocurre, una ucronía sobre qué hubiera pasado si en vez de conquistar América, los nativos americanos hubieran cruzado el océano y nos hubieran conquistado y sometido, arrasando nuestra civilización e imponiendo la suya. Pero mejor no despistarse.

El planeta de los simios está escrito a modo de diario, como un manuscrito encontrado en una botella que flota en medio de un espacio exterior navegable bajo las mismas reglas con las que se navega por los océanos terrestres. Es, pues, un diario de a bordo interestelar sobre el viaje del periodista Ulises Mérou, que en compañía de un científico y jefe de expedición, su discípulo y un chimpancé, emprenden a la estrella supergigante Betelgeuse, «a unos trescientos años luz de nuestro planeta». Un viaje de apenas unos meses para la tripulación de la nave. Según escribió entonces Mérou en sus notas:

“Podemos subsistir unos años. A bordo cultivamos legumbres y frutas y mantenemos un corral. No nos falta nada. Tal vez algún día encontremos un planeta hospitalario. Es un deseo que casi no me atrevo a formular. Pero he aquí, expuesto con absoluta fidelidad, el relato de mi aventura”.

Su visión del planeta Soror, donde deciden aterrizar, es necesariamente colonialista. Hay que imaginarse a Colón, por primera vez, ante el paisaje americano, pisando tierra ajena, entrando en contacto con los indígenas. Mérou describe un planeta «hermano gemelo de nuestra Tierra», pero con una vegetación abundante, fauna propia y una superficie moldeada por lo que parecía una civilización. Y no tardan en encontrar vida: un ser humano de aspecto salvaje al que llaman Nova. ¿Inteligente? Tras un primer contacto, el juicio es implacable y también me hace pensar en la visión que la religión imponía antaño de los indígenas americanos: aquellos humanoides no podían tener alma, eran salvajes, más parecidos a animales que a nosotros. Según el periodista, «cuando, durante el viaje, hablábamos de un posible encuentro con seres vivientes, evocábamos criaturas deformes, monstruosas, de un aspecto físico muy distinto al nuestro, pero siempre suponíamos en ellos la existencia de un espíritu. En el planeta Soror, la realidad parecía ser completamente opuesta: teníamos que habérnoslas con unos seres parecidos a nosotros desde el punto de vista físico, pero que parecían completamente desprovistos de razón. Era esto, precisamente, lo que implicaba la mirada de Nova que tanto me había intrigado y lo que encontraba también ahora en la mirada de todos los demás: la falta de reflexión consciente, ausencia de alma». Y, de nuevo, recuerdo en este punto Hacia los confines del mundo, a FitzRoy y aquellos tres pobres indios fueguinos a los que llevó hasta Inglaterra e intentó civilizar.

Como es de esperar, en El planeta de los simios son los macacos los que tienen el monopolio de esa chispa que llamamos alma. Son ellos lo que visten ropa con, horror, la naturalidad de un ser humano. Y son estos, los humanos, lo que se comportan como bestias en cautividad, sin ni siquiera dominar una lengua para expresarse. El juego de espejos entre especies es continuo en el texto, a veces consiguiendo que el lector ría con complicidad ante algunos comportamientos (¿Saben qué le dan los monos a los humanos para que se callen? Plátanos ¿Y qué iba dentro del primer satélite que orbitó sobre el planeta de los simios? Un humano). Pero otras veces, provoca que levantemos la ceja porque la imagen que vemos de nosotros mismos en la piel peluda de los simios no es precisamente inteligente ni mucho menos benévola. Las técnicas de Pavlov aplicadas al protagonista, por ejemplo, llegan a hacer dudar al bueno de Mérou de su propia condición de ser racional, de su propia humanidad, en contraposición a la animalidad. Nadie cree que bajo ese ser humano haya un mínimo rasgo de inteligencia o voluntad, más allá de alimentarse y procrear. Al principio, ni siquiera Zira, una «simia admirable» ante la cual sólo le queda una salida: mostrarse como el más listo de la clase, «como un sujeto excepcional que merecía un trato privilegiado».

«Yo estaba anhelante de esperanza, cada vez más convencido de que empezaba a darse cuenta de mi noble presencia. Cuando habló imperiosamente a uno de los guardianes llegué a la locura de creer que me abrirían la jaula presentándome sus excusas. ¡Ay de mí, no se trataba de esto! El guardián rebuscó en sus bolsillos y sacó un pequeño objeto blanco que entregó a su patrona. Ésta me lo puso en la mano con una sonrisa encantadora. Era un terrón de azúcar». Listo, pero poco más que una mascota, vaya.

En esencia, la primera parte del libro se centra en los intentos del protagonista por mostrarse como un ser inteligente ante los ojos de sus captores y no como un espécimen con intuición y una capacidad extraordinaria para la imitación, algo frustrante. En la segunda parte, el periodista se debe enfrentar a algo que nos suena mucho más cercano, e igualmente frustrante: a un poder que quiere mantenerse en lo alto del sistema social y que no está dispuesto a revisar sus conocimientos científicos y, hasta cierto punto, supersticiosos, casi místicos, que apoyan la superioridad del mono frente al hombre.

La ciencia oficial simia explica al protagonista el proceso evolutivo de organismos celulares a mamíferos, y de ahí al hombre, una especie condenada, mientras los monos prehistóricos daban paso al Simius sapiens. ¿Alguna teoría de este desarrollo? El hecho de que los hombres tuvieran dos manos en vez de cuatro, «con dedos cortos y torpes», fue la causa de su condena. Tener cuatro manos permitió a los monos no vivir «clavado en el suelo», concebir las tres dimensiones del espacio desde un árbol y adquirir el gusto y el uso por las herramientas. Esto hizo reflexionar al periodista de la siguiente forma:

“Muchas veces había oído invocar sobre la Tierra argumentos completamente opuestos a éstos para explicar la superioridad del hombre. Después de reflexionar, no obstante, el razonamiento no me pareció no más ni menos convincente que los de los sabios de la Tierra”.

Por cierto, hablamos de una sociedad, la simia, descrita por Boulle de manera magistral e imaginativa, en el que cada primate cumple su trabajo y su función. Chimpancés, gorilas y orangutanes, cada familia tiene su propia Cámara en su Parlamento. Aquí entran en juego personajes cínicos en roles hoy reconocibles por todos. En general, asistimos a la descripción de una sociedad superior en algunos aspectos a la actual a los ojos del protagonista («La unificación del planeta, la ausencia de guerras y de gastos militares, pues no hay un ejército, sino solamente una policía, me parecían factores propios para favorecer el progreso rápido del pueblo simiesco»), pero también casi a una copia con ciertas analogías con instituciones y comportamientos que hoy se mantienen: un grupo de hombres en la Bolsa, por ejemplo, comunicándose entre ellos a base de gritos y corriendo de un lado para otro agitando los brazos, siempre parecerán un montón de orangutanes con corbata haciendo su trabajo. Grmph.

Y por ir poniendo un fin a esto, la tercera parte del libro es donde se soluciona el conflicto humano-simio, pero esto se lo dejo completamente al lector, que sea cada uno el que descubra cómo termina esta historia del colonizador colonizado. Por si hay dudas: como en la película, hay también en esta novela ese giro final inesperado que es mejor disfrutar en solitario y que termina de colocar en la mente de cada uno algunos de los conceptos que se dejan ver durante la lectura, como el click final de una fábula.

Porque a mí también me gusta pensar en El planeta de los simios como en una fábula con moraleja, como apunta David Pitt, de Booklist, «un relato moral en la forma de ciencia ficción que tiende más al diálogo que a la acción». Es lo que pasa cuando el cine entra por la puerta: la sutileza suele saltar por la ventana y las segundas o terceras lecturas se esfuman. Independientemente de lo que el filme les diga, lean este librito de apenas 200 páginas y saquen sus propias conclusiones, a la luz de muchos de los acontecimientos políticos y sociales que todos conocemos, desde la neo-colonización llevada a cabo hoy, no ya por naciones, sino por empresas, a los intereses de la religión por mantener el monopolio en la entrega de almas y por controlar quién está destinado a ir al cielo y quién al infierno. Para ello debería servirnos esa ciencia ficción que ha alumbrado obras como Un mundo feliz o 1984; además, claro, de para divertirnos de lo lindo con hipótesis tan descabelladas como que los hombres no estamos solos en el universo. Tan descabellado como pensar que la tierra se acaba en el Atlántico.

Publicado originalmente en Cultvana en julio de 2012

Entrevista a Kim Stanley Robinson: “La ciencia-ficción es una poderosa herramienta del pensamiento humano”

In Apocalipsis YA, Sci-fi, Versus on 29 julio, 2013 at 12:42 pm

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[Subo íntegra la entrevista a Kim Stanley Robinson que ha salido hoy publicada en ‘El Confidencial’ con motivo de la publicación en España de ‘2312’ por la editorial Minotauro. Disculpen los posibles errores de edición y de traducción del inglés]

1. Hay material en su nueva novela que me recuerda a la teoría de la Singularidad, en concreto la idea de que el progreso humano nos permitirá conquistar el espacio, resolver los problemas de la escasez de recursos en la Tierra y superar algunas limitaciones biológicas inherentes al cuerpo humano. ¿Ha sido la Singularidad el punto de partida para su libro?

No creo en la Singularidad, al menos como yo la entiendo, aunque puede que la conozca de manera insuficiente. Es decir: no creo que vayamos a trascender nuestra propia biología, no creo que las máquinas inteligentes puedan llegar a ser similares o más potentes que la inteligencia humana y no creo que la historia vaya a pasar a través de una singularidad y las inteligencias artificiales tomen el relevo, de forma que pasemos a ser meros precursores de algo diferente y mejor que está por llegar. Creo que esta nueva cháchara en ciencia ficción y futurología es una mala lectura de lo que son los ordenadores, de lo que son nuestros cerebros y de lo que es la historia. Y con frecuencia son propuestas de gente que intenta ganarse la vida con su futurología. Como la idea de crionizar cabezas, pasado a ser una forma de cientificismo e incluso a un fraude. Los que hablan de estas cosas se están engañando a sí mismos o bien están intentando engañar a su audiencia.

Digo esto porque no sabemos cómo funcionar el cerebro humano, aunque sí sabemos que no tiene nada que ver con un ordenador, ni en sus componentes ni holísticamente. Defender lo contrario entra en el terreno del folclore biológico o del pensamiento mágico, y forma parte de una larga tradición en la que el cerebro ha sido comprado con la máquina más complicada que ha habido en cada momento: primero fue como un reloj, luego como un máquina de vapor, luego como una centralita telefónica, luego como un ordenador. Ninguna de estas comparaciones es correcta.

Nuestro principal problema es que nunca podremos investigar un cerebro vivo con suficiente profundidad como para saber cómo funciona. Podemos observar cerebros muertos a nivel microscópico, algo que no es realmente interesante, pero mientras está vivo sólo podemos estudiarlo de manera indirecta, a través del flujo sanguíneo o de la actividad eléctrica en ciertas áreas, y raramente a través de pruebas directas. Ofrecen unos resultados demasiado amplios de donde tienen lugar el pensamiento y la consciencia. Y nunca seremos capaces de hacerlo mejor que eso. Así que no hay posibilidad de comprender de manera plena nuestros cerebros, y mucho menos de construir máquinas que hagan lo que hacen nuestros cerebros.

Ahora bien, a la hora de tratar el tema de la abundancia per se, entendiéndola como una suerte de utopía en la que podemos superar la escasez de recursos, desde el punto de vista social y puramente físico, es diferente y es una discusión que merece la pena. También es posible que vayamos camino de convertirnos en ciborgs más aún de lo que ya lo somos, lo cual parece que acabará siendo. Son en estos temas en los que deberíamos centrar nuestra atención, y no en esa fantasía llamada Singularidad.

2. En este sentido, ¿eres optimista con respecto al papel del progreso en el futuro? Por un lado están estos autores que creen ciegamente en la utopía, por otro están esos analistas que miran al presente con ojos pesimistas y que consideran que ya vivimos en una distopía, en una suerte de estado post-Orwelliano donde caben programas de espionaje como Prism, tecnología de ciencia ficción como los drones y, en general, un recorte en los derechos y las libertades en defensa de valores “moralmente superiores”, como la guerra contra el terrorismo. Me refiero a artículos como este y a novelas como ‘Little Brother’ de Cody Doctorow, que parecen hablar más del presente que del futuro inmediato.

Esta es la gran pregunta de nuestro tiempo, creo yo, porque ambos escenarios me parecen muy plausibles vista nuestra situación actual. Así que el rango de futuros posibles para nosotros es realmente amplio. Si seguimos quemando carbón y emitiendo CO2 a la atmósfera y causamos cambios en el clima hasta determinados puntos, nos veremos metidos de lleno en una extinción en masa; quizá no nos extingamos completamente, pero tendremos una vida miserable durante siglos y dejaremos un planeta empobrecido. Todo esto es posible. Por otro lado, si desarrollamos pronto un conjunto de tecnologías más limpias y construimos una civilización sostenible en equilibrio con nuestra biosfera, que es indispensable para nuestro mantenimiento, entonces podremos adecuarlo para acoger a 9.000 millones de personas y al resto de mamíferos y otras criaturas que hay en la Tierra, y entonces la situación se podría calificar de utopía con toda justicia.

Ambas son posibles, pero lo que yo suelo preguntarme es si podemos confiar en algún estado intermedio entre las dos. Y empiezo a pensar que no, que no hay un camino intermedio aquí, y que cualquier cosa que no sea un esfuerzo utópico realmente fuerte nos llevará a la catástrofe distópica. Es, de nuevo, una discusión valiosa y el principal tema de la ciencia ficción de hoy.

3. ¿Hasta qué punto el presente ha condicionado su visión del futuro en ‘2312’? De vivir en un presente diferente, ¿le habría salido una novela diferente?

Entiendo ‘2312’ como un intento de reflexionar sobre el momento actual, así que si estuviéramos en un momento diferente, presumo que me habría salido un libro diferente. Toda la ciencia ficción que pretenda funcionar como tal debe prestar atención a este doble aspecto: por un lado, su mirada debe ser un intento de imaginar el tipo de futuro que está por llegar, al menos uno de los futuros posibles; por otro, al mismo tiempo, debe ser un retrato metafórico del momento actual, que funciona tomando ciertos aspectos y exagerándolos hasta dar con el aspecto futuro de lo que ya son.  Se trata de crear una visión estéreo en la que el futuro es parte de nuestra visión del presente. Esta es solo una manera de describir el poder que la ciencia ficción tiene como herramienta del pensamiento humano y como entretenimiento. Yo no siempre juego a esta modalidad de ciencia-ficción, pero lo hago a veces, y definitivamente lo hice en ‘2312’.

4. Por ejemplo, ¿qué le hizo pensar que China continuaría siendo una potencia global dentro de dos siglos?

Bueno, es sólo una suposición, pero yo creo que al igual que China ha sido una potencia política y cultural durante trescientos años, lo seguirá siendo por otros trescientos años más. La etnia Han han constituido de lejos la mayoría de la población china, lo que es casi una quinta parte de toda la humanidad, y es eso lo que me ha empujado a creer que el poder y la influencia de China en el resto del mundo probablemente permanezca y crezca en algunos aspectos. China es todavía un gigante, y en la historia global siempre lo ha sido, excepto la centuria de sometimiento a Europa, aproximadamente de 1850 a 1950.

5. A la hora de proyectar su futuro, muchos escritores de ciencia-ficción clásica fallaron en imaginar el poder que tiene hoy el sistema económico. Imaginaron a los gobiernos como los grandes enemigos del ser humano. Usted ha comparado el capitalismo con el feudalismo, como una prolongación de las jerarquías y privilegios de la Edad Media. ¿Cree que es posible una alternativa creíble al capitalismo? ¿Cómo sería esta?

Creo que las naciones-estado todavía son potencias, pero existen en un sistema capitalista global que tan grande y tan dominante que ninguna nación-estado puede cambiar el sistema por sí sola ni existir económicamente por sí misma con éxito. Así que estoy de acuerdo con que el sistema económico es mayor que ningún poder político local. Esta es una de las caras del problema en el que estamos metidos. Nuestra economía es global y capitalista, nuestros problemas son globales, especialmente graves en lo social y lo ecológico, porque no hay ninguna política a nivel global que pueda enfrentarse al problema del inmenso daño que el capitalismo está haciendo a la biosfera y a las personas.

Así que, ¿alguna alternativa creíble? Supongo que es cuestión de qué consideras creíble. Yo puedo imaginar gente en todo el mundo demandando un mayor control democrático a sus gobiernos. Puedo imaginar que estos gobiernos se reúnan y declararen que la actual globalización capitalista es demasiado destructiva como para continuar porque es una especie de suicidio a cámara lenta, así como el asesinato de muchas otras especies; así que a través de acuerdos y alianzas entre estados y organizaciones supranacionales (ONU, OMC, FMI, BM), a los gobiernos cambiando las reglas del partido y crear un nuevo sistema económico post-capitalista.

¿Es suficientemente creíble esta alternativa? Imaginemos que, en tanto es necesaria para la supervivencia, sin duda lo es. Pero tendremos que hacerlo arrollando el poder político de aquella gente que no cree que un cambio es necesario. Y estos siempre existirán, haya crisis o no.

6. ‘2312’ es una novela que también reflexiona profundamente sobre la ecología: usted dibuja una Tierra donde el cambio climático ha hecho que suba el nivel del mar, un lugar sobreexplotado y donde no es fácil vivir. La exploración espacial del hombre que propone es, en ocasiones, más bien una “explotación espacial”: si no podemos seguir saqueando los recursos de la Tierra, explotemos el resto de planetas en busca de esos recursos que ya no podemos conseguir aquí.

El aumento del nivel del mar y de los niveles de acidez del agua son dos de las consecuencias de nuestra quema de carbón que no pueden arreglarse con ningún tipo de geo-ingeniería y que podrían llevarnos a catástrofes realmente importantes. De alguna manera, el aumento de nivel del mar es el menor problema. Es lento, solo unos cuantos metros como máximo durante el próximo siglo y siempre podemos mover las ciudades a lugares más altos, con gran esfuerzo. Pero la acidificación de los océanos puede acabar con gran parte de la vida marítima, matando algunas de las criaturas más pequeñas sensibles al pH que están en lo más bajo de la cadena alimentaria oceánica. Esto sí que sería realmente catastrófico para los humanos, que actualmente obtenemos un tercio de nuestros alimentos del mar.

Necesitamos parar la quema de carbón lo más rápido posible. Es incluso un problema más serio que el aumento de las temperaturas, de hecho. Y yendo al espacio no solucionaremos nada porque no hay nada en el espacio que podamos usar para reparar lo que estamos destruyendo aquí. La gente podrá explorar el espacio y pretender que esto nos ayude en algo (este es el escenario que planteo en ‘2312’), pero entonces el espacio acabaría convertido en una especie de complejo de barrios cerrados para los ricos.

7. Y ‘2312’ es también una novela sobre sentimientos, con gente que se sigue implicando en la vida de otras personas. Aunque de muchas maneras diferentes, no parece que en dos siglos conceptos como “amor”, “sexo” o “familia” vayan a cambiar demasiado.

La novela comenzó a partir de la idea de una historia de amor entre un personaje de Mercurio y otro de Saturno. Formarían sin duda una pareja rara, pero todas las parejas son parejas raras, así que podrían servir como un caso extremo e incluso como una comedia.

La idea permaneció en el “corazón de la novela”, por hacer un juego de palabras, pero a su alrededor surgieron, como apuntas en tu pregunta, otros muchos tipos de relaciones y comunidades afectivas, de todo tipo, representadas en la novela. Incluso viajeros espaciales que disfrutan de vidas muy largas, hasta los 200 años, que viven aislados como hermitaños y que por ello se enfrentan a problemas muy concretos de soledad y para tener relaciones. Son cuestiones que siempre estarán en el centro del ser humano. Somos primates sociales, somos mamíferos, el amor es la manera de conservar nuestra especie. Pueden cambiar las formas culturales de expresarlo, lo que ocurre a veces, pero nuestros principios básicos como mamíferos y primates permanecerán incluso cuando seamos más ciborgs de lo que somos ahora.

8. ¿Sigue los pasos del Curiosity en Marte? ¿Fantasea con la idea de algún tipo descubrimiento que pueda cambiar la visión del ser humano en el universo y su papel en él? ¿Quizá fantasea con la posibilidad de que se cumplan algunas de sus ideas formuladas en la trilogía de Marte?

Me encanta ver las fotos que envía Curiosity, son muy nítidas, están repletas de color, y contrastan enormemente con las fotos del Viking que usé cuando estaba escribiendo mis novelas sobre Marte. Disfruto mucho viéndolas, más allá del precioso espectáculo del espacio que ofrecen.

El descubrimiento que podría cambiar la manera de ver el universo sería que todavía hubiera vida allí, y no vida con la que estemos emparentados (que fue saltando entre planetas en una era primitiva), sino verdadera vida alienígena, nacida plenamente en Marte. Esto podría sugerir que en cualquier momento, con los ingredientes necesarios (calor, agua, elementos químicos), la vida puede comenzar y, por tanto, está muy diseminada por el universo.

Pero este descubrimiento sería menos parecido a lo que mi visión de Marte promulga. Mi visión implica que, con la idea de que Marte está muerto o casi completamente muerto, nos sentiríamos con todo el derecho para “terraformalo” y hacer de él una especie de segunda Tierra.

9. Quizá un gran descubrimiento llevaría consigo replantearnos la posibilidad de que quepa un dios en el universo…

No tengo ni idea. Actualmente sabemos que el universo fue “surgió” de un punto geométrico hace 13.800 millones de años y creció hasta ahora, y poco más. ¡Para mí eso es bastante milagroso! Si hay algún tipo de entidad sobrenatural detrás de este proceso que comenzó según las leyes físicas que hemos deducido, si es una especie de experimento u obra de arte, ¿cómo podemos saberlo? Con esto no estoy diciendo que creo que una entidad superior sea necesaria (como los creacionistas o los que creen en el diseño inteligente), simplemente subrayar que desde nuestra posición dentro del universo no podemos hablar de lo que pueda pasar fuera de él.

Así que creo que tiene sentido ser agnóstico. Y salvo algo milagrosamente inusual, no veo la forma de llegar a creer en Dios o en el ateísmo desde el agnosticismo.

10. En la trilogía de Marte su trabajo parece a veces el de un historiador, con el uso abundante de fuentes, mapas, documentos y otros recursos típicos de un historiador. ¿Se enfrentó a ‘2312’ de una manera parecida en lo formal?

Sí, pero hay algunas diferencias. Mi referencia formal fue la trilogía americana de John Dos Passos (y quizá es interesante resaltar que el viaje que Dos Passos hizo a España durante la guerra civil tuvo un gran impacto en él como persona y como escritor, especialmente desde que un anarquista español amigo suyo desapareció y fue asesinado por los comunistas, lo que hizo que Dos Passos se posicionara en contra del comunismo). La trilogía americana es una de las grandes novelas americanas, en mi opinión una de las mejores junto a ‘Moby Dick’ y ‘Huckleberry Finn’, y en ella Dos Passos consiguió una fórmula con la que representar toda una cultura pero presentada de forma fragmentada tejida a partir de cuatro tipos diferentes de textos.

Una vez elegida esa forma, pude organizar toda la información sobre el mundo de ‘2312’ en cuatro categorías: poemas en prosa sobre lugares (a la manera de ‘Las ciudades invisibles’ de Calvino); el “torrente de consciencia” de un ordenador cuántico; extractos de una gran variedad de textos supuestamente históricos de un tiempo muy posterior al año 2312, colocados por temas y cortados en piezas más pequeñas; y capítulos “normales” que siguen a los protagonistas principales.

La ventaja principal de este esquema es que me permitió no tener que planear  por completo toda la continuidad histórica, excepto en un sentido general, y poder presentar así fragmentos detallados sin tener que presentar al lector décadas y siglos de coherencia histórica. Esto hizo que el trabajo fuera más fácil y más divertido que el que hice en los libros sobre Marte, además de escribir un libro más corto, lo que es crucial.

11. En ‘2312’ hay ideas sobre las que ya escribió en otras novelas suyas. ¿Le preocupa que todo su trabajo tenga una coherencia, que sus distintos libros funcionen como piezas de un mosaico mayor?

No, no me gusta la idea de tener una historia futurista en la que encajen cada uno de mis trabajos individuales. Me siento mucho más cómodo teniendo libertad para introducir en cada libro las ideas que me surgen en el momento de escribirlo y de ajustar otras según el paso de los años. Por eso reutilizo ideas de mis libros anteriores (en particular, Terminador, la ciudad móvil de Mercurio, aunque también la noción general de una civilización que se ha expendido por el sistema solar a lo largo de siglos de futuro), pero no me preocupa la coherencia y no creo que las novelas tengan mucho que decir unas sobre otras, excepto quizá en el sentido más amplio los patrones temáticos y el parecido. Supongo que sigo reflexionando sobre las mismas cosas, y es algo que se aprecia en todas ellas.

12. Como lector suyo, me gusta especialmente la novela ‘Tiempos de arroz y sal’. Me gustaría saber si tras escribirlo sacó alguna conclusión sobre si la Historia habría sido efectivamente muy diferente en el caso en que fuera Oriente y no Occidente el que hubiera impuesto sus valores culturales y religiosos al mundo.

Bueno, eso es de lo que va el libro. Es una historia alternativa en la cual los europeos murieron a causa de la peste negra, después de lo cual la historia avanza con cómo la gente que sobrevivió vivieron sus vidas, extendiéndose durante otros 700 años y terminando en lo que podría ser el año 2070 de nuestra historia más o menos.

Esto me permitió plantear muchas grandes dudas que aún no han podido ser respondidas porque no tenemos ninguna pista que nos ayude: ¿Se parecería esta historia a la nuestra si en efecto los europeos hubieran desaparecido en 1420? En concreto, ¿podría haber surgido la ciencia y de haberlo hecho, cuándo y dónde? ¿Habría surgido el feminismo y de haberlo hecho, cuando y donde? ¿Y qué habría sucedido con el Nuevo Mundo?

Y así con muchas otras cosas. Es una gran novela armada alrededor de estas grandes preguntas que no pueden ser respondidas, así que la considero mi libro más aventurado, el más loco, aquel que me puso realmente contra las cuerdas, la más dura y de alguna manera la que siento más cercana a mí emocionalmente. La mayoría de mis novelas cuentan con gran cantidad de ayuda de otras personas, esta no. La hice por mí mismo.

Para contestarte, finalmente, creo que este libro parece decirnos que seríamos muy parecidos, ni importa la historia que vivíamos. El truco del libro consiste en prolongar la historia hasta setenta años después de nuestro tiempo actual y sugerir que otra civilización pudiera construir una histórica útopica, con lo cual ofrecer un desafío al lector: ¿Podemos hacerlo tan bien como la gente (no europea) de la novela?

13. La última pregunta es un cliché, pero no por ello menos necesaria y podría funcionar como resumen de esta entrevista: ¿está interesado en escribir sobre el presente, aunque para ello escriba sobre el futuro?

Sí, creo he contestado a esta pregunta a lo largo de las preguntas anteriores: la ciencia ficción habla del presente y del futuro al mismo tiempo, creando una especie de visión tridimensional de la historia y del tiempo.

El fin del mundo será tuiteado (reprise)

In Apocalipsis YA, NoFicción on 6 marzo, 2012 at 12:59 am

[Antes de acabar el año, en Público nos pidieron a cada responsable de área escribir una columna con las previsiones de cada sección para 2012. Cuelgo aquí el texto que ya se publicó en el periódico del 31 de diciembre]

Dos premoniciones apocalípticas para 2012, una de coña y otra muy seria. La primera es que el próximo diciembre desaparecerá la civilización tal y como la conocemos. El día 21, para ser exactos, ocurrirá una especie de Alt + Ctrl + Supr a escala global. Lo dice calendario maya y si lo cuentan en una película tiene que ser verdad. Para el segundo presagio me voy a apropiar de un titular reciente usado por la revista Wired para resumir 2011, pero condenado a justificarse en los próximos meses: 2012 será el año en que la propiedad intelectual choque definitivamente contra otros derechos fundamentales. Digamos que el asalto no será definitivo pero sí crucial para adelantar el futuro que nos espera en internet, que es donde el negocio de la cultura se la juega.

2011 hasido un año fascinante para el pulso que las industrias culturales mantienen con el etéreo, imparable y maldito progreso. Los periódicos se han llenado de conflictos que han salpicado al sector del libro, el cine y la música, pero también al consumidor final, al que parece que es mejor fidelizar con miedo. Ya sea en EEUU con la SOPA, la Hadopi en francia o la ley Sinde en España, habrá que estar atentos a los juzgados, porqué ahí es donde se verá el alcance de estas normas “antipiratería”, muchas de las cuales nacen ya con la práctica de los jueces en contra.

Hablando de Wert, el nuevo titular de Educación, Cultura y Deporte promete no moderse la lengua y dar declaraciones con chicha. Otra cosa es que sean exactas, como eso de que España es un país “líder” en piratería y que las descargas son ilegales. El programa del PP en cultura augura jaleo: desmontar “la trasnochada estrategia de la subvención” y apostar por el mecenazgo de empresas y “sociedad”, supresión del canon digital y tratamiento de “cultura” para los toros como blindaje de la llamada fiesta.

Otros grandes temas de 2011 seguirán dando que escribir en 2012: la trama Sgae y el anunciado renacer de la gestora; el escándalo del Diccionario Biográfico dela RAH, que ha puesto sobre la mesa que hay una parte de la Academia a la que ya le falla la memoria; los recortes en festivales y la manipulación política en instituciones culturales (ahí está el maltrecho Niemeyer); y las implicaciones del 15-M en la vida cultural, entendida en su sentido más amplio. Porque las páginas de cultura de un diario también deben dar herramientas para que el lector construya su pensamiento.

¿Qué queda? El pop: este año iremos a un Primavera Sound muy heavy; leeremos lo último de George R. R. Martin en castellano; seguiremos a Springsteen por España; y hablaremos de la nueva estrategia de Hollwood para hacernos pasar por caja: el reestreno en 3D de Titanic. Y seguiremos desayunando con los titulares en Twitter, intentando ordenar el ruido que hay ahí fuera.

A pesar de todo, me temo que el protagonista cultural de 2012 será la neolengua orwelliana, convertida en tiempos de crisis en código fundamental para no entender nada de lo que parece ser una estafa global. ¿“Crecimiento negativo”, dices? ¿“Desaceleración”? ¿Dónde demonios está la RAE cuando de verdad se la necesita?

Entrevista a Manuel Vilas: “Busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable”

In Apocalipsis YA, Postmoderneo, Sci-fi on 25 enero, 2012 at 12:37 pm

Si la imaginación pudiera pesarse igual que se pesan las patatas en el súper, el pobre Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) viviría con la cabeza permanentemente aplastada contra el suelo por culpa de la gravedad. Ahí dentro debe de haber toneladas y toneladas de creatividad e ingenio luchando por salir por algún lado, como un jardín desbocado. Su última novela, Los inmortales (Alfaguara), es definida por el escritor como “un volcán de libertad donde todo salta. Yo lo que quiero es ser libre y este mundo no hace más que ponerme impedimentos. Así que busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable. Todo lo que escribo es muy carnavalesco”.

No hace falta que lo jure. Sólo hay que intentar poner algo de lógica a la historia de Los inmortales, una novela inspirada en… esto… la película Los inmortales, de 1986, protagonizada por Christopher Lambert. Una novela que consigue mezclar los libros de caballerías con la ciencia ficción, la Historia con la clarividencia, el progreso humano y el delirio. Una novela por cuyas páginas se pasean personajes como: una reencarnación actual de Cervantes que es fan de Joy Division y que se pone en plan Houellebecq (es decir, muy guarro) con dos prostitutas en Canarias; el papa y la madre Teresa de Calcuta convertidos casi en superhéroes (nombres clave: Ponti y Mother T); y el espíritu de Stalin, encargado de darnos a conocer algo llamado la Teoría del Reciclaje Trascendental.

¿Cuál fue el chispazo de ‘Los inmortales’? Siento esta curiosidad con todas tus novelas: ¿De dónde nació? ¿Cuál fue el gérmen?
Fue la película Los inmortales, de Christopher Lambert [risas].

Me lo estaba imaginando…
Ahí se plantea, aunque no se resuelve, la idea de la acumulación de vida y de saber que puede haber en un ser humano que viva más de 400 años. Esa inmortalidad la vi en un personaje como Saavedra, que es alguien que cree, porque nunca llega a afirmarlo en la novela, que es Cervantes, que es inmortal, que nació en 1547, que lleva 400 años sobre la Tierra, y que lo que hace es aprender lenguas fundamentalmente porque, al estar tanto tiempo vivo, le da tiempo a viajar y conocer idiomas, etc. La idea es alguien que vive la historia y la conoce en cada momento. No como nosotros, que la leemos. Este es el tema.

¿Te interesaba una inmortalidad cotidiana, esto de vivir la historia y el presente, o más literaria, es decir, esa inmortalidad sagrada de la literatura y sus autores?
Yo pensé en el concepto de inmortalidad del arte, de la política, del siglo XX y XXI, incluso de la religión, porque en la novela también salen el Papa y la madre Teresa de Calcuta, llamados Ponti y Mother T, y que se convierten en dos superhéroes. Lo que quería era reflejar lo que el siglo XX ha pensado que era ser inmortal desde la cultura, desde el arte, la literatura, el arte o la política. También sale Stalin y Hitler. En esencia: qué hemos codificado como permanencia en el siglo XX y la historia de estos personajes.

¿Y has llegado a la conclusión de que la inmortalidad se ha tratado de manera diferente en el siglo XX que en otros tiempos?
La novela arranca en el año 22.000 con un personaje que se llama Aristo Willas, un nombre que hace referencia a Aristóteles, en un año en el que la inmortalidad es un bien común. A través del progreso, se ha erradicado la mortalidad, igual que nosotros hemos erradicado el analfabetismo o el hambre. Y yo en eso soy muy optimista: como especie estamos en un estadio evolutivo y creo que vendrán avances tremendos e impensables. Y uno de ellos, que me parece muy expresivo, es no morir. No desaparecer. Pensé que esos inmortales del año 22.000 eran nobles y trágicos, eran shakespearianos, y descubren un manuscrito que narra la inmortalidad desde el siglo XXI. Y esa inmortalidad es cómica, que es la nuestra. En esa antítesis entre lo trágico y lo cómico, se configura la novela.

¿Es un libro sobre libros? Manuscritos, Shakeaspeare, poetas en la Luna, Cervantes reencarnado…
No. Es un libro sobre la vida. El tema fundamental es dar forma narrativa a las alienaciones del post-capitalismo. Y todas las historias están reflejando eso.

En una entrevista anterior con Público dijiste que no escribías con ayuda de psicotrópicos (sólo alcohol) y que tienes poderes: “Veo el futuro”. ¿Lo has usado para escribir esta novela?
¿Eso dije? Madre mía [risas]. Hay una parte visionaria en la novela. Me gusta pensar cómo va a ser el futuro, aunque probablemente no acierte. Lo que haces cuando exploras el futuro es iluminar el presente. No sé cómo serán las cosas en el año 22000, pero sí que es posible que seamos inmortales. Con eso, intensifico nuestra mortalidad hoy y nuestra visión como seres que estamos muy poco tiempo en este mundo y desparecemos enseguida. E intensifico que se reflexione sobre esa idea: estamos tan poco tiempo en el mundo que debemos ser más felices y vivir mejor, no estar alienados como estamos. Por eso hay un sentimiento dominante en el libro, que es el amor. Todos los personajes están enamorados, exaltados, se enamoran de todo, porque en la novela se viene a afirmar que el único sentimiento capaz de luchar contra la alienación es el amor.

Te consideras vitalista en este sentido: una la novela como celebración de la vida y el presente. Pero, ¿eres optimista? Es que el futuro está muy negro últimamente.
Sí, siempre. Ahora mismo vivimos una crisis, pero ha habido otras, y probablemente más grandes que la actual. En el mundo ha habido hambre. Así que de esta se saldrá. Probablemente habrá que cambiar muchas cosas. Hay un capítulo en la novela en que se habla de la Teoría del Reciclaje Trascendental. El personaje de Cormac Martínez, el último comunista, un personaje al que se le aparece Stalin, está simbolizando el marxismo como filosofía no superada. Es decir: el marxismo, como teoría política, evidentemente está superada, pero como filosofía no, como crítica del capitalismo todavía está vigente. Así que pienso que de esta crisis se saldrá con otra expectativa del ser humano o con otra expectativa social de progreso, pero se saldrá.

Creo que el marxismo como filosofía sigue vigente porque no hay otra forma de analizar la historia de una forma más precisa y exacta que el materialismo histórico, por ejemplo. En ese sentido yo soy marxista. Es tan lógico como que 2 y 2 son 4: desde el punto de vista filosófico, Marx es 2 +2 = 4.

Es una novela divertida, pero esconde sus críticas: el papel de la historia y los historiadores, o ciertas ideas instaladas desde la Transición, como que Franco creó la clase media en España.
Ahí la novela busca provocar, busca interpretaciones de la historia provocativas pero que son viables, que tienen un fondo de posibilidad. Provoco al lector para que piense posibilidades de interpretación de la historia que nunca se había planteado.

En el futuro, escribes, los historiadores harán su trabajo sin influencia de la ideología. Tu visión de la Historia es que, directamente, que el pasado no existe.
Eso nace de mi perplejidad ante la Historia. Para mí, la Historia es una ficción muy elaborada, muy bien documentada. A ver, los historiadores tienen toda la razón del mundo: lo documentado, así es. Pero a mí, como hombre del siglo XXI, la historia me parece una ficción: no puedo tocarla. Es un problema filosófico: puedo tocar la naturaleza (un árbol), pero la historia es ficción. La historia enfrentada a la materialidad de la naturaleza. La historia como una fabricación humana inmaterial. Este es mi problema: es un producto humano inmaterial. No puedo tocar a Napoleón. No puedo hablar con él. De hecho, una de las cosas que me brinda la novela es que Felipe II y Robespierre puedan tener una charla, y yo necesito traer a Robespierre a este mundo para saber si existió. Se llega a decir en la novela que el pasado es ausencia y el futuro es inexistencia y que lo único que tenemos es el presente. No es una filosofía de la historia, sino una filosofía literaria, probablemente parte de esa misma filosofía vitalista. Como seres humanos nos toca el presente, es lo único palpable y real.

Te has metido como personaje dentro de tu libro. También hay referencias a Aire nuestro, tu anterior novela.  ¿Quieres que tus novelas ocupen un mismo espacio, que el lector entienda que hay relación, o es un truco sin intención?
La intención que hay detrás de ello es generarme a mí como un ente de ficción libérrimo. A mi me gustaría que todo fuera más libre. Que no hubiera tantos estatutos que nos fijan el comportamiento. De hecho, la novela es como una especie de volcán de libertad: todo salta. En la novela se me atribuyen incluso libros que yo no he escrito, porque el estatuto de la realidad salta. Es una novela muy caranavelesca; todo lo que escribo lo es. Necesito pensar en una libertad absoluta. Quiero ser más libre y este mundo me pone impedimentos. Busco en la literatura el estallido total, el carnaval interminable.

Yo también lo creo, y de hecho, es una de las cosas que más me gustan de tus libros, donde no sé lo que va a pasar a continuación porque tu único límite es la imaginación.
Exactamente.

¿Y cómo consigues trasladar todo lo que tienes dentro de la cabeza, ese torrente de imaginación, inmaterial y fabulosos, a una hoja de papel y que tenga algo de sentido?
Un poco zumbado estoy [risas]. Hay algo de locura en mi literatura, una pulsión de demencia, de delirio, pero nunca toco lo irracional ni el absurdo porque no me interesan. Me gusta que todo tenga un sentido, aunque sea delirante. Exploro esas partes. Y me estresa mucho escribir en esos límites, porque psicológicamente me deterioro, mi cerebro se deteriora porque es como ir un sitio donde pasan cosas tremendas, como si te invitan a una fiesta donde todos están muy colgados porque, ojo, te puedes quedar igualmente colgado. En ese sentido, practico una escritura peligrosa porque me meto en berenjenales que son límites propios de la ficción. Pero también sin saltarme esos límites la literatura no me interesa: necesito ponerme nervioso. Buscar límites. Mi literatura es también una lucha contra el aburrimiento. El aburrimiento forma demasiado parte de nuestra vida.

Ahí entra el humor. En otra entrevista contigo, me hablabas de que “el humor lo ha sido casi todo en la literatura. La novela moderna nació desde el humor”. Imagino que te sirve de balanza para no volverte un “colgado”…
El humor es amor, también. Es una forma de crítica contra la autoridad. Cuestiona la autoridad. Nos hace más libre. Nos quita solemnidad, esa pátina de tragedia que tiene la vida humana. Y nos comunicamos mejor si tenemos sentido el humor. Desde lo trágico no existe comunicación: existe formalismo, porque lo trágico es formal. El humor es expresivo, es natural y es lo que nos determina también como especie: somos capaces de pensarnos humorísticamente.

Y hay tres grandes escritores que me fascinan y que son humoristas: Cervantes, Kafka y Joyce. Así que la vinculación entre novela y humor es absoluta. Tres grandes escritores generadores de novela y teoría novelística eran humoristas. Y en España hay grandes: Buñuel…

…y José Mota, ¿no? Entonces me dijiste que “el hombre más importante de España es hoy el genial humorista José Mota”. ¿Sigues pensando lo mismo?
Sí, lo que pasa es que ahora está explotado. España ha visto que tenía un gran humorista, y lo explota porque todo el mundo quiere que le hagan reír. El caso de Mota es que, de pronto, se nota cansancio, se nota superproducción. Creo que ahora se necesita otro humorista.

Tengo muy reciente la lectura de ‘Galápagos’, de Kurt Vonnegut, que también proyecta la humanidad al futuro, que también habla desde la inmortalidad y que también usa mucho el humor. ¿Algún autor que te haya marcado para ‘Los inmortales’?
Hay otros que ya me han comparado con Vonnegut, pero no, no hay un escritor que patrocine esta ficción. No me he encomendado a nadie. Es muy cervantina la novela, así que, en ese caso, sería de un clásico total.

¿Pero crees en la inmortalidad a través de la literatura? Bernhard escribía en ‘Antiguos maestros’ que cuando te falta alguien, nunca viene el arte o la literatura, esos libros que llevas acumulando toda la vida no te salvan de nada porque no es posible que nada te llene ese hueco que queda. ¿Crees en la literatura como algo que nos puede salvar?
En mi caso, y en el de esta novela, es una parodia. Bernhard tiene toda la razón: la literatura no deja de ser un ocio pequeño burgués, y cuando uno tiene una urgencia vital, la literatura no le sirve. ¿Y qué sirve? Es una buena pregunta.
Pero yo soy un poco punk. Así que no me interesa lo pequeño burgués, porque está muy limitado. Pero si traspasas esa frontera de lo pequeño burgués, a lo mejor entonces sí puede servirle a alguien, sobre todo si le quita alienación de encima.

Estamos haciendo literatura porque somos seres reflexivos y la literatura ayuda a reflexionar y a iluminar lo que somos. El pintor pinta y el cineasta dirige porque tiene que reflexionar sobre la condición humana y sobre qué hacemos en este mundo y cómo es el presente histórico que vivimos. Mi literatura es una indagación en lo que estamos haciendo ahora, explora en eso desde la ficción.

¿Crees que a Cervantes le hubiera gustado Joy Division?
Sí, porque a Cervantes le gustaba su tiempo y sacaba personajes de su tiempo en su novela. Así que entiendo que los personajes de la cultura de mi tiempo pasen a mi novela como ocurre en El Quijote. En ese sentido, no estoy haciendo nada que no hubiera hecho Cervantes antes. ¡Si es que no inventamos nada! Puede llamar la atención, porque no lo ha practicado la novela que normalmente leemos: que aparezca Ian Curtis como personaje. Pero si lo hace en mi novela es porque ha sido un personaje cultural de importancia. Al menos para mi generación.

¿Te interesaría escribir sobre la crisis o el paro?
Sí. Sobre el paro no lo sé, porque no sé cómo lo haría. Pero sobre la crisis, sí.

¿Y como se ve la crisis a través del filtro Vilas?
A ver, yo creo que en Los inmortales está presente la crisis. Cuando Stalin le dicta a Cormac Martínez la Teoría del Reciclaje Trascendental, esos diez puntos tienen que ver con la crisis. Son delirantes y literarios, pero la crisis está detrás del reciclaje trascendental.

Dices que la poesía tiene que estar vinculada al mundo real y que cualquiera, desde un banquero a un bibliotecario, puede ser poeta. ¿Cómo conviven poesía y novela en tu cabeza?
La poesía y la narrativa en mi caso no están separadas. Las fusiono en un orbe que podría ser La Literatura de Vilas. En eso sí que me esforzado: en que mi estilo sea reconocible. Me manifiesto en estos dos géneros. La poesía es más exigente formalmente, tiene otras modulaciones, exige otros puntos de vista, pero en mi cerebro conviven de manera muy natural.

¿Crees en el progreso?
Sí, firmemente. Creo que somos perfeccionables y que la historia es un ejemplo de ello. Creer en el progreso es evidente. Ahora no entendemos nuestra responsabilidad con el tercer mundo, como hace 100 años no se entendía lo que hacíamos con el proletariado.  Son mecanismos de evolución  que se irán dando.

Pero el progreso es malo, sobre todo cuando viejos modelos no se adaptan a él: uno de los guiños de Los inmortales que más gracia me ha hecho es que dices que el sector de la enseñanza de idiomas pasará una crisis muy gorda tras los implantes cerebrales de idiomas. Es imposible no acordarme de la crisis actual de algunas industrias ante el progreso.
Yo creo que en el tema del aprendizaje de lengua no hay progreso. No tiene sentido que una persona dedique 12 años a aprender una lengua. Igual que viajamos en avión y tenemos telefonía móvil, a veces fabulo sobre injertos cerebrales que permitan hablar varias lenguas. A veces incluso pienso que hay intereses oscuros en que no se desarrolle…

Pienso que el ser humano es cultural. Y que una vez después de haber comido, necesita reflexionar, pensar y divertirse. Necesita cultura. El problema es la excesiva vinculación entre cultura y ocio. La cultura es una necesidad vital, no es simplemente entretener cuando estás aburrido. Es crecimiento intelectual, saber más de uno mismo y saber más de lo que ocurre. Es un derecho que el Estado proteja culturalmente a los ciudadanos. Si no, ¿qué sentido tiene estar aquí? ¿Trabajar y morir? Ahora mismo con la crisis, la cultura es la peor parada porque es la única que nos quita el peso de las alienaciones que llevamos encima. Ya es el paraíso para mí tener un trabajo estable, etc… si no puedo manifestarme como ser cultural, es una contradicción.

 Creo que tenías material que se te ocurrió una vez enviado el libro al editor, como el caso del SMS de amor entre Saavedra y Eva Braun… ¿Te quedaste algo más en el cajón?
Lo fundamental era eso: se me ocurrió el contenido de los SMS, porque creo que sería muy divertida la hipótesis de que en los últimos días de la Alemania nazi hubiera móviles. Pero no son más que fantasías históricas [risas].

Versión íntegra de la entrevista publicada hoy en Público.

FOTO: Manu Fernández

Plazas, rock progresivo y ajoblanco

In Apocalipsis YA, Believe the hype, D.I.Y., Magia y Psicodelia, Nostalgia de mierda on 26 diciembre, 2011 at 10:40 pm

Se reedita, al calor del movimiento del 15-M, el libro ‘Los 70 a destajo’, una crónica de la Transición vista desde la cabecera de la contracultura española

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El Canet Rock, celebrado el 26 de julio de 1975.

Una imagen: jóvenes y no tan jóvenes tomando las plazas españolas, sin líderes ni banderas. Montando asambleas. Pidiendo una democracia real y mayor espacio de libertad. Rechazando la falta de moralidad del sistema y unas ideologías caducas porque no les representan. Apostando por una economía sostenible, por una mayor transparencia y por una cultura participativa. En definitiva: buscando alternativas. No son los indignados que se han convertido en los protagonistas de este año que ahora termina. La imagen es de los años setenta, y los “indignados” de entonces fueron aquellos que se atrevieron a soñar con una Transición diferente. Con una democracia no basada en los partidos políticos sino en los ciudadanos.

En medio de aquella España que aspira a ser mejor, nacía en 1974 la revista Ajoblanco en Barcelona, cuya primera época de vida se extendió hasta 1980 (su segunda etapa lo hizo desde 1987 hasta 1999) y que fue uno de los focos de la llamada contracultura española. Partiendo de la contracultura norteamericana, el mayo francés, el pasado libertario español, “ciertos eslóganes y ciertas lecturas que nos excitaban”, Pepe Ribas fundó una cabecera donde con los años se han tratado temas como la ecología, la lucha por la liberación homosexual, el feminismo y la multiculturalidad. A la luz de lo ocurrido este año, Ribas y la editorial Booket reeditan Los 70 a destajo (publicado originalmente en 2007) para que, como escribe en el prólogo el propio Ribas, “las nuevas generaciones dispongan de una nueva versión de este tramo de la historia [la Transición], con la esperanza de convencerles de que un mundo mejor fue y sigue siendo posible“.

“Todo lo que estamos viviendo hoy empezó en los setenta”, cuenta Ribas a Público, que vive hoy entre Berlín y el Ampurdán. “La crisis financiera y la crisis de valores, tanto en España como en el mundo, empezó en los setenta. De alguna forma, es cuando Nixon y Kissinger rehacen el mundo a partir de la crisis del petróleo. Y por eso es importante volver a esta época”. Ribas ha visitado durante este año algunas de las plazas españolas en Madrid, Granada, Barcelona, Valencia, Zaragoza, y dice que lo que vio allí fue “el Ajoblanco más perfecto de todos los tiempos. Vi el espíritu de Ajoblanco en vivo, que es de alguna manera el espíritu de la libertad, de la transparencia informativa, de la no manipulación de la cultura, de dejar que los relevos crezcan desde el humanismo, sin manipulación”.


Imagen de las Jornadas Libertarias Internacionales, celebradas del 22 al 27 de julio de 1977.

Entonces ya se plantearon conceptos que hoy vuelve a manejar la ciudadanía, fundamentalmente la no ideologización, la autogestión, el antiautoritarismo, la no violencia, el cambio de modelo productivo. Y una política pensada con modestia, mucho más cercana al ciudadano, pensada para barrios y no para grandes ciudades, casi para cada casa. Sin multinacionales, sin grandes bancos. “En resumen: la gestión real de nuestros asuntos. Vivir tal y como piensas, no hipócritamente sino con transparencia. Se planteó entonces y ahora toma una fuerza nueva”, cuenta Ribas.

La calle es fundamental para entender aquello que pasó y esto que está pasando. Hoy, plazas y calles se han convertido en lugares de reunión donde el pensamiento y la actividad están en ebullición. “Y la Transición era la calle, se hizo en la calle”, dice Ribas. “Luego, los partidos políticos tomaron el control y desarticularon los movimientos sociales”. En su opinión, “todos los partidos políticos han participado de la traición a la Transición, que fue la calle, los movimientos sociales, los movimientos vecinales, obreros, los sindicatos y los intelectuales”.

La cultura de la utopía
Ajoblanco nació del diálogo, la lectura y los viajes, “pero viajes casi sin dinero”, matiza Ribas. En un manifiesto redactado entonces, se lanzaba la propuesta: “¿Por qué esta nueva revista? 1. Porque no queremos una cultura de imbecilistas. 2. Porque estamos ya hartos de divinidades, sacerdocios y élites industrialculturalistas. 3. Porque queremos intervenir, provocar, facilitar y usar una cultura creativa. 4. Porque todavía somos utopistas. 5. Porque queremos gozárnosla con eso que llaman cultura. 6. Porque tenemos imaginación para diseñar otra, si ustedes quieren”.

Cierto componente lúdico fue necesario para separarse de la generación anterior (“ellos buscaban el poder, y nosotros éramos los que buscábamos la vida”), pero también para alejarse de algunos militantes, que llegaron a afirmar entonces que “en la revolución no hay espacio para la libido”. En este sentido, un sorprendido Francisco Umbral se preguntaba en las páginas de La Vanguardia: “La oposición está empezando a combatir la represión con sentido del humor […] Hace poco, en Barcelona, vi a los subversivos surrealistas del grupo Ajoblanco paralizando las Ramblas con una manifestación en la que gritaban: ‘Cachondo, únete…’. ¿Cómo deshacer a golpes una manifestación que pide a los cachondos del mundo -o de una ciudad- que se unan?”.

También, según Ribas, lo que ha pasado ahora con el 15-M tiene que ver con el ocio, exactamente con “el redescubrimiento del ocio gratis. La gente joven ha dicho: ‘Por fin podemos hablar de nuestros problemas sin necesidad de consumir ni pagar’. Recuperar esto es fundamental: nos han hecho creer que el ocio hay que pagarlo. Y el ocio es lo contrario del negocio: es un espacio de libertad“.

 Una manifestación de obreros contra el franquismo.

En las páginas de Los 70 a destajo hay mucho espacio para las lecturas que estimularon una época (de los ensayos sobre la nueva izquierda a los boletines clandestinos, la cultura lisérgica y mucha poesía), la música (Hendrix, Dylan, pero también el rock progresivo español de Smash y Máquina, Pau Riba, Sisa…), el cine prohibido en España (Pere Portabella, La naranja mecánica), el esoterismo, la importancia del viaje como experiencia y muchas personalidades, desde la gauche divine a hippies, poetas, cineastas y hasta futuros políticos.

La universidad, a donde empezaban a llegar las clases obreras, fue otro foco de actividad, aunque, según Ribas, pronto se pasó de las aulas a las plazas debido a las huelgas y los cierres de facultades, no sin antes apostar por ser autodidactas en clases clandestinas. Una vez en las plazas, “lo mismo acababas sentado al lado de García Márquez que al lado de Lluís Llach. Todos nos mezclábamos: universitarios con los intelectuales, con los artistas, con los teatreros. Primero fueron las Ramblas, luego el Rastro madrileño, el Parterre en Valencia o el Parque de María Luisa en Sevilla“.

Ribas no es benévolo: su generación, asegura, “fue masacrada por los dos totalitarismos“. Y, como escribe, “parte de mi generación, la más inquieta, pasó de la decepción de la universidad al underground militante”, pero aquellos que se comprometieron con la izquierda “han tenido muy poca responsabilidad real en las grandes decisiones que han cimentado el régimen político surgido en 1978″.

El fracaso de la Transición se reflejaría poco después en la Movida y “el franquismo de partidos, como yo lo llamo. No hay ideas sociales, el punk ha sido conquistado y del no creo en nada se pasa al no puedo cambiar nada. Una caricatura de lo que se vivió en los setenta: Quiero ser un bote de Colón y todas esas letras. Es todo una gran ganga, una gran broma“.

INGREDIENTES PARA UNA SOPA FRÍA

(Un diccionario en palabras de Pepe Ribas)

Democracia
«Democracia directa. Democracia participativa. La democracia es lo que te permite ser alguien en la sociedad en la que vives, tener una identidad. Porque eres escuchado; te escuchan y escuchas. Democracia es lo que pasaba en las plazas, en las asambleas»

Cultura / Contracultura
«Es lo mismo. La cultura viva es contracultura, porque la cultura muerta es espectáculo»

Barcelona
«Fue capital y ahora es parque temático. Fue una ciudad donde se generó el boom latinoamericano, la nova cançó, la cultura libertaria, cantidad de culturas… y además mezcladas. Ahora es una ciudad totalmente subvencionada y un punto de destino turístico. Vive del extraño»

Drogas
«Las drogas son peligrosas. La droga con ritual, sí, porque te abre la percepción, te enseña a conocerte mejor. Pero la droga como diversión mata, te va destruyendo y forma parte de lo que quiere el poder para que seas un esclavo. Y hay que ser muy radical en esto porque hay demasiados muertos y demasiada farsa. La cultura del hedonismo por el hedonismo es el nihilismo y es suicida. De lo que hablo tiene más que ver con el humanismo, el diálogo con amigos sincero, con sensualidad, incluso, pero no con la necesidad de estar pasado. Las drogas con equilibrio, fantástico; sin ello, tremendo»

Sexo
«Es la puerta a otra percepción. Es estar vivo»

Rock progresivo
«Era una música elaborada, experimental, que no buscaba el éxito comercial sino el éxito pasional. Despertar la pasión desde la experimentación»

Ajoblanco volverá en internet

Tras dos vidas (de 1974 a 1980 y de 1987 a 1999), Ribas considera  que es un buen momento para rescatar Ajoblanco: está preparando un archivo con los números escaneados y a disposición de todos en internet.

Publicado en Público el 24/12/2011

Aldous Huxley: poesía para un mundo feliz

In Antiguos Maestros, Apocalipsis YA on 22 mayo, 2011 at 2:22 pm

Bajo todas aquellas toneladas de pesimismo postatómico, detrás de la sonrisa forzada producida por drogas como el soma y el moksha, más allá las profecías disfrazadas de relatos distópicos, había poesía. Y bajo la misma piel del autor de novelas como Un mundo feliz y La isla, del ensayista que lo mismo escribía sobre la paz, la política y la religión que sobre la ingesta de sustancias psicodélicas, estaba el poeta. Aldous Huxley (1894-1963) creció como novelista y maduró como filósofo. Pero nació poeta, según una cita de Jerome Meckier, uno de los mayores conocedores de su obra, que se recoge, por fin, en la primera traducción al español de su poética.

Poesía completa (publicada por Cátedra en edición bilingüe) no solo traduce por primera vez los versos de Huxley al castellano, si no que recopila casi la totalidad de la obra poética de un autor “bastante prolijo”, según cuenta a Público Jesús Isaías Gómez López, encargado de un titánico trabajo que le ha llevado cinco años: reunir en un tomo no sólo los siete poemarios publicados en vida del autor, también hurgar en bibliotecas y universidades en busca de material disperso, ni siquiera recogido en ediciones en inglés, además de traducirlos al castellano y firmar un prólogo imprescindible de cerca de 140 páginas que sirve para conectar la labor poética de Huxley con sus novelas y ensayos, sus temas habituales (filosofía, ciencia, política) y la obra de poetas que le marcaron a la hora de conseguir una voz propia.

Jazz y experimentación
“Huxley escribió poesía toda su vida. En realidad, fue poeta toda su vida. Los mayores especialistas en su obra coinciden en que sus novelas están plagada de versos y de poesía. No sólo en cuanto al estilo, el ritmo y la métrica de un poema, sino en las metáforas e imágenes que usa, muy poéticas”, dice Gómez López, que revela que el escritor escribió su primer poema con apenas 10 años, durante su época de estudiante en el internado de Hillside, en una revista llamada Doddite que él mismo fundó junto a otros dos estudiantes y su profesor de inglés. Este poema, titulado Caballitos de mar, del que apenas se conoce una estrofa gracias a la biografía oficial de Sybille Bedford, es el único material que se le ha escapado a Gómez López en esta antología.

Huxley partió hacia la poesia, como tantos otros jóvenes que durante décadas han soñado con la imagen romántica del poeta, desde el simbolismo, “especialmente Baudelaire”. Escribió poemas en prosa, en la forma experimental de los simbolistas (Leda, 1920), cuyas huellas se ven también en piezas como La rueda ardiente (1916), Jonás (1917) y La derrota de la juventud (1918). El jazz también dejó su eco en su versos, en unos primeros años en los que, tras casi quedarse ciego, pasaba noches sin dormir leyendo y tocando el piano. Una “simbolismo sonoro” que se aprecia en Morriña… desde la ciudad y La tienda de cuadros (1914-1916).

Después llegarían otros poemarios “de madurez”, como Arabia Infelix (1929) y Las cigarras y otros poemas (1931), aunque para entonces Huxley ya había tomado la decisión de ser novelista, empujado por el éxito de sus primeras obras de ficción, confirmado con Un mundo feliz (1932). Para Gómez López, “lo que hace, de alguna manera, es inmolar su poesía en su novela”. Pero en ella quedó su filosofía. “Allí, en su poesía, gestó la mayoría de las ideas que luego desarrollará en novelas y ensayos. Como si sus poemas fueran pinceladas, destellos de lo que luego sería su prosa: filosofía, pacifismo, espiritualidad, la búsqueda del entendimiento entre los seres humanos sin la intervención de poderes políticos o religiosos, especialmente en épocas de incertidumbre y caos. Era un visionario y reflejó lo que sería el devenir de la humanidad a finales el siglo XX e incluso en la actualidad”.

Justicia poética
No hay explicación a por qué la poesía de Huxley había permanecido sin traducir hasta ahora. Esta Poesía completa va más allá de hacer justicia en nuestro idioma, e incluye textos que por primera vez han sido incluidos en una antología, como son los poemas de Oxford Poetry y otros inéditos que Huxley incluía en cartas personales a amigos y familiares. También se incluyen poemas en francés, que tampoco habían sido registrados en ninguna otra compilación en inglés. Una serie de trabajos que de no aparecer en Cátedra, ahora mismo estarían desperdigados en distintas bibliotecas por todo el mundo.

Pero los tiempos para el Huxley poeta están cambiando. Desde hace unos tres años a esta parte, las editoriales inglesas y norteamericanas se empiezan a interesar por sus poemas y parece necesario superar The Collected Poetry of Aldous Huxley de Donald Watt (1971), para lo que esta edición sería un ejemplo magistral.

Sin delirios de grandeza

“No empezó siendo poeta pensando en la celebridad. Huía de las masas y de los delirios de grandeza”, cuenta Jesús Isaías Gómez López, responsable de la única traducción de la poesía de Huxley en castellano hasta el momento, realizada en 2008 en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Almería, y que esta edición en Cátedra revisa, corrige y amplía con material inédito. En la imagen, manuscrito original del poema inédito Soap, con dibujo ilustrativo del propio autor (1912), cortesía de Mattie Taormina, Department of Special Collections and University Archives, Stanford University Libraries.

‘Carpe Noctem’

No hay futuro, no hay más pasado,

ni raíces ni frutos, flores pasajeras sólo.

Túmbate tranquila, túmbate tranquila y la noche perdurará,

silenciosa y oscura, no por un espacio de horas,

sino eternamente. Déjame olvidar

todo menos tu perfume, todas las noches menos ésta,

la pena, el infructuoso llanto, el pesar.

Sólo túmbate tranquila: este lánguido y suave embeleso

florecerá al borde del sueño y se esparcirá,

hasta que no haya nada más que tú y yo

abrazados en un silencio intemporal. Pero como

el que, condenado a morir, por la mañana estará muerto,

yo sé, aunque la noche parezca eterna, que el cielo

antes que el sol del mañana pronto se iluminará.

Publicado hoy en Público.

Filosofía zombi, economía zombi, sociedad zombi

In Apocalipsis YA, Postmoderneo on 20 mayo, 2011 at 12:25 pm

Jorge Fernández Gonzalo (Madrid, 1982) quedó finalista del premio Anagrama de Ensayo el pasado abril con Filosofía zombi, un texto donde cruza las enseñanzas de Freud, Foucault o Deleuze (y hasta un poema de Garcilaso de la Vega) con las películas de George A. Romero, los tebeos, novelas y videojuegos de zombis. Objetivo: elaborar una auténtica filosofía zombi que se vale del icono del no-vivo para describir al individuo de la era capitalista y posmoderna, es decir: “Autorizar el zombi como metáfora desde donde entender el entorno mediatizado que nos rodea: desequilibrios financieros, pasiones reducidas al pastiche de su expresión hiperreal, modelos de pensamiento afianzados por el poder y consolidados en la puesta en práctica de la maquinaria capitalista”. Aquí va la entrevista íntegra que le hice al autor, cuya versión reportajeada sale hoy en Público (El hombre ha muerto, larga vida al zombi).

¿Cómo nace ‘Filosofía zombi’? ¿Con idea de presentarlo a un premio? ¿Nace de una afición por los muertos vivientes desde pequeño? ¿Cuánto tiempo te ha llevado?

Tardé un mes en escribirlo. Sé que a mucha gente le puede sorprender, pero hay que tener en cuenta que venía de una tesis doctoral, que había terminado hace unos meses, y venía con mucha bibliografía, con todas las herramientas y útiles. Lo tenía todo a mano.

Venías de una tesis sobre…

Sobre el lenguaje poético. Y puede parecer una tontería, pero a lo mejor descubrimos que tiene alguna relación con el concepto de zombi. Que tiene bastantes… Empecé a escribir el libro casi como un reto: a ver si podemos hablar de los zombis en un libro que tenga algún peso, que sea un ensayo y que tenga cierto rigor, y no para hablar de zombis, sino para proyectar y hablar de otros temas. Y vi en el horizonte el premio Anagrama, para el que quedaba un par de meses. Pensé que no me daba tiempo. Pero conforme se acercaba la fecha, vi que no tenía proyectos a mano y que esto iba creciendo, se iba desarrollando. Y empecé a ver películas de zombis, a leer algunos libros que me interesaban, y poco a poco, cuando ya tenía las anotaciones en el papel, vi que sí llegaba al premio y que, con un esfuerzo, podía completar un libro.

O sea, que no es la obra de fanático de los zombis, o de alguien que haya tenido una infancia marcada por los muertos vivientes.

A lo mejor la hemos tenido todos y no nos hemos dado cuenta. Pero en mi caso, el zombi es una ficción como otra cualquiera. Hay gente que sabe muchísimo de zombis y para mí era simplemente un poso más dentro de nuestra cultura mediática. No es tampoco una dirección, un único camino, sino parte de ese terreno mediático que todos conocemos y que cada uno tenemos a nuestro alcance.

Prácticamente Romero es el eje principal. Hay mucho material, cómics, videojuegos, etc, pero se puede decir que has seguido la evolución del ser humano/zombi a partir de sus películas.

Sí, pero lo es por un motivo estructural, no especialmente por una afición desmedida hacia la figura de Romero, que es un autor interesante y parte de nuestra cultura popular. Sencillamente, tenía que marcarme para el libro un itinerario, y la filmografía de Romero me permitía utilizar algunas de sus temas, elaborarlos, hacer lecturas, incluso microlecturas de temas puntuales. Así que tuve que ver incluso películas de Romero que no había visto.

Y en Romero están prácticamente todos los temas importantes de los que hablas en el libro: el miedo a la masa, el hiperconsumismo, los ‘mass media’…

Realmente en Romero están casi todos los temas, y además él nos propone un modelo de zombi que es el que nosotros manejamos. Hay un modelo anterior, que es el zombi folcrórico, que a mí no me interesa, iconográficamente no me llama la atención. Por eso también Romero, aparte de ser un pilar dentro de la cultura de los zombis, me parecía una figura interesante: él ha dado las notas básicas para definir al zombi moderno.

Sí, tú hablabas más del modelo de ‘Soy leyenda’, una criatura movida por el hambre.

Sí, Romero incorporó, no sé si porque conocía la película o por darle un aire de época, incorporó la obra de Richard Matheson y la imagen de un vampiro que ya no es el vampiro gótico, algo había cambiado. El ansia de los vampiros de Matheson no era el de un ser hiperdeseante, como es el vampiro, con ganas de pecar, de mostrarnos el reverso de nuestra sociedad, sino que era más animal, la animalización del vampiro. Romero desarrolla una animalización del ser humano.

¿Por qué elegiste esta forma para el texto, dividida en pistas, con escenas eliminadas y créditos finales?

Se me ocurrió hacia la mitad del libro que se podía hacer una estructura similar a la de un DVD, donde existen pistas, escenas eliminadas y créditos, en lugar de bibliografía. Y se me ocurrió simplemente porque me sobraban algunas partes, había algunos párrafos que proponían ideas interesantes pero que no se adaptaban a la estructura del libro. Pensé ponerlas al final y a modo de “Escenas eliminadas”, y convertir así el libro en un DVD. Esto me facilitaba unir el formato libro con un icono de la cultura mediática.

En el prólogo ya avisas de que los zombis no son un sujeto habitual en la filosofía, y en las conclusiones dejas claro que lo que te interesa no es el zombi como figura, sino como metáfora del ser humano actual. ¿Había algún trabajo anterior, y cómo lo has podido utilizar finalmente como tu “sujeto de pruebas”?

A lo largo del trayecto, el zombi me desveló a mí mismo algunas utilizaciones y usos del zombi como concepto. Las conclusiones testimoninan ese descubrimiento. Sí que conocía algunos estudios anteriores. El zombi, por ejemplo, es un concepto típico en la psicología, que se usa para hablar en una rama de los mundos posibles, que se plantea qué pasaría si un zombi viviera en una realidad alternativa y fuera igual que nosotros, pero no tuviera afectos. Es decir, hay construcciones ya dentro de la ciencia psicológica.

También descubrí que un autor, Uldrich Beck (Poder y contrapoder en la era global), utilizaba el concepto de zombi para hacer todo lo contrario a lo que hago yo: para él, el zombi representa conceptos que siguen perpetuándose en nuestros diálogos habituales, en nuestro discurso diario, pero que ya han perdido vigor o no son aplicables. Por ejemplo, conceptos como burguesía o clase ya no tienen la aplicación que tuvieron durante el marxismo.

La aplicación que hago yo es utilizar el zombi como un artefacto. Un artefacto casi lingüístico. El zombi no es solo una figura, el zombi es, por decirlo como Deleuze, una manada. El zombi lleva la manada dentro, aunque solo sea uno, la posibilidad de contagio es inherente a la figura del zombi. Por eso he visto el lenguaje como una estructura rizomática, también como diría Deleuze, en donde el zombi puede pasar de un lado a otro, contagiar unos discursos con otros, lo que implica, ya en términos filosóficos, que podemos deslegitimizar las categorías, las jerarquías o las disciplinas científicas, los campos de saber, algo que ya estaba en Foucault, en Las palabras y las cosas.

¿Y qué importancia tiene que las películas de zombis suelan de serie B, baratas, consumidasen en circuitos underground, donde domina el remake y las copias de las copias? ¿Alguna lectura de esto?

Del zombi como subcultura no he hecho apenas ninguna lectura porque no me interesaba plantear dos campos de saber, una cultura legítima y otra no legítima. Simplemente he utilizado herramientas que tenemos todos a nuestro alcance, como pueda ser la filosofía y el cine. Es decir: ni siquiera me he molestado en justificarme en ese aspecto.

Sobre el remake, sí que entra en relación con nuestra sociedad en un sentido: vivimos en una sociedad del espectáculo. Y el remake rompe el discurso, la legitimación histórica del cine. Me explico: igual que la literatura tiene una tradición, y se estudia en los institutos y en las universidades y tiene un discurso académico, el cine no se basa tanto en esos soportes porque es un género moderno y porque es un género masivo. Lo que consigue el remake es recuperar obras que se han perdido en el pasado, porque no hay una Academia encargada de eso. El remake espectaculariza películas que existían antes porque el espectáculo es el lenguaje del cine.

Analicemos cada uno de tus capítulos. El primero está dedicado al miedo, al zombi como ‘el otro’, el gran desconocido, el miedo a la masa, a la horda. Al extranjero. Una lectura a partir de la inmigración e incluso de las pandemias. Hablas también de grandes sociedades, de las estrategias globalizadoras frente al individuo. La gran palabra sería la paranoia.

Precisamente yo le doy una vuelta a una de esas ideas: no es que el zombi remita al contagio, sino que es que el contagio remite al zombi. Vivimos en una época en la que el contagio es casi un género mediático, un género discursivo. Se nos impone un discurso sobre la plaga, sobre la inmigración. Vivimos en una sociedad en donde la globalización está en algunos aspectos mal vista. El zombi representa ese modelo icónico o mítico de la globalización. Y es que el mito del zombi también ha sufrido en los últimos años una completa reversión: el zombi ya no es el espectador que se queda en su casa viendo atontado el televisor, sino que el zombi ahora es alguien que sale a la calle, que quiere contagiar sus ideas, que quiere movilizarse y formar hordas. Y eso nos lo ha facilitado el modelo que representa internet, que es el modelo lógico de nuestra globalización. Es decir, que el zombi, si lo entendemos como manada, como horda, y algo más amable de lo que era hace 20 años, puede representar el ansia de movilización, de sociabilización, de ciertos grupos sociales.

Es decir, das la vuelta a la lectura que se ha hecho siempre de ‘La noche de los muertos vivientes’ (1968) sobre el racismo en la época en que se estrenó.

En la época tuvo una lectura muy clara porque uno de los actores era negro, y además mataba al hombre burgués blanco, que se había convertido en una amenaza para el resto del grupo. Aunque fue casualidad, porque resulta que el actor negro era el único profesional de todo el reparto, y un valor seguro, sí que se vio entonces al zombi como un problema de inmigración, un miedo al otro, pero hoy justamente podemos ver lo contrario: una despreocupación hacia las diferencias del otro, hacia lo que el otro nos trae, porque todos podemos tener un fin común: atacar a nuestra presa pero también derrocar un régimen capitalista.

Segunda lectura, a partir de la segunda película de Romero, ‘El amanecer de los muertos’ (1978): el hiperconsumismo y la publicidad zombi. Describes al zombi como alguien impulsivo, igual que el individuo moderno que es empujado al consumismo compulsivo por la publicidad. Y por otro lado, recuerdas que en esa película, los zombis estaban tan acostumbrados a comprar, que lo siguen haciendo una vez muertos.

La publicidad es zombi porque ya prepara objetos muertos. Nuestra economía es una economía de muertos  vivientes porque los bienes están hechos para que desaparezcan, para que se rompan, son desechables. Desde el momento en que nacen de la fábrica tienen poca duración y se comercializa su escasa durabilidad. Compras un móvil sabiendo que en dos años tendrás que cambiarlo. En ese sentido, la tecnología se ha aliado en ese sentido con el capitalismo y la publicidad es el lenguaje que recoge esa alianza.

Sobre los centros comerciales, Romero fue agudísimo al mostrarnos una sociedad de zombis que en la época iban todos en masa a comprar y que, una vez muertos, además, seguían acudiendo al centro comercial. Yo sigo esa misma línea. Ahí no he querido revertir nada porque me parecía que la lectura ya era genial y perfectamente aplicable a nuestro tiempo.

¿Nos impulsa lo mismo a comprar, pues, que el hambre al zombi?

Sí, la publicidad crea deseos, pero crea deseos que no es el deseo de vivir o viajar, sino de contagiar a otros. La publicidad también actúa de alguna manera por contagio.

Hablas del complejo de Edipo en el zombi: tomas ‘El día de los muertos’ (1985) de Romero para refererirte de la educación de hijos y los niños-zombi, la formación del individuo contemporáneo a través del sistema de recompensas y la castración de emociones.

Sí, en un capítulo utilizo la filosofía de Deleuze y Guattari, y su libro El antiedipo, que es una crítica contra la construcción de los sujetos. Más que la educación de los niños, me interesa la construcción del individuo: conservamos un modelo de construcción del individuo, que es relativo y que para Freud era universal, que es el concepto de Edipo: un concepto de castración, de regulación de los afectos, de mutilación de determinadas cualidades afectivas.

Creo que Deleuze y un poeta que a mí me interesa mucho, que es Antonin Artaud, lo que hacen es descodificar el cuerpo  y descodificar la educación del cuerpo y el sujeto para plantear un modelo distinto. No sabría decir qué ventajas tiene ese modelo de sujeto descodificado, lo que Deleuze llamaba “un cuerpo sin órganos”, pero creo que podría llevarnos a un contexto social diferente.

Precisamente hablas, a la hora de usar la serie de películas Re-Animator, como el cuerpo como un conjunto de piezas ensamblables. El hombre como máquina.

El cuerpo es una construcción. Damos por hecho que el cuerpo es lo que es, pero es una construcción, lo dice el psicoanálisis, que se aprovecha de esa construcción y somete el cuerpo, regula sus efectos y codifica todos los parámetros corporales. Foucault hablaba también del biopoder, de cómo el poder controla nuestros cuerpos. Mientras que otros autores como Artaud descodifican en cuerpo y entienden que nuestra posición en el universo, por decirlo de una manera un poco más metafísica y menos política o sociológica, es la de la conexión: no vivimos para sustituir al mundo sino para estar conectado con él. Hay una especie como de nueva mística en la teoría de Artaud y Deleuze que consiste en una maquinización del mundo y del cuerpo.

Me ha llamado la atención la lectura que haces de la película ‘Otto; or, up with dead people’, protagonizada por un zombi gay,  sobre la comunidad homosexual y su rechazo por poderes públicos. También la lectura que haces de la utilización del deseo y el cuerpo del zombi: es como si la sociedad encontrara actractivo ahora el cuerpo no-muerto.

Otto fue un descubrimiento. Es una película extraña pero plantea una reinvención de las películas de género, en este caso habla de los homosexuales pero podría hablar de cualquier género marginal. El zombi sería una especie de marginado social, un outsider que está fuera del sistema, y lo que plantea la película es reecontrarnos a través de las emociones, de los afectos, con los demás.,

Sobre los códigos visuales del zombi, si que hablo de la fuerza de la imagen del muerto viviente, que nos parece invitar a que hemos perdido la sacralidad del cuerpo desmenuzado, de la sangre, y que podría trazar una micropolítica del cuerpo, hacer una especie de rebelión de nuestro propio cuerpo, de nuestra propia intimidad. Creo que era Beatriz Preciado la que hablaba de microterrorismo a partir de nuestra intimidad, de nuestra corporalidad, como texto para la revolución. El zombi, sirviéndonos como metáfora para casi todo, nos propone también esa búsqueda de nuevos contenidos, de nuevas políticas de género y en relación con nuestra corporalidad.

La parte que más me “asustó” es en la que, citando a Borja Crespo, dices que los zombis “muestran el verdadero peligro de una sociedad en descomposición”: nosotros. Hablas de que en los estados totalitarios y haces espejo con la sociedad actual a partir de una escena de ‘Zombies Party’ en que la cámara sigue a un personaje que se levanta, se arrastra… y resulta ser un humano que se dirige a trabajar, un humano aplastado por nóminas, trabajo, etc.

Esta es una idea clásica que yo reutilizo porque el libro también se alimenta de las primeras mitologías del zombi. En Zombies Party, un hombre se levanta arrastrándose, la cámara hace un seguimiento desde los pies hasta la cabeza, y ese hombre que se está arrastrando realmente es un señor que se acaba levantar y que va a su trabajo. Es decir: nuestra sociedad también ha zombificado nuestras costumbres, incluso nuestos discursos e ideales, y habría que salir de algún modo de ese corsé tan apretado de la sociedad.

Y de ahí al apocalipsis: hablas de ‘Walking Dead’ para hablar de la búsqueda de una nueva cotidianidad tras un apocalipsis zombi. Y las redes sociales: en el caso de vivir una invasión, dices, todos querríamos ahora capturarlo y narrarlo en las redes sociales.

Nuestra sociedad tecnificada nos ha robado el acontecimiento, ha desvirtuado lo cotidiano y lo ha empezado a narrar a través de la red, vía Twitter o Facebook, donde la gente narra su vida y la describe como un proceso. Hay que pensar ya en una especie de metafísica de los instantes, de la cotidinaidad y de la vida íntima, y pensar el mundo de un modo un poco más poético. En esa construcción del relato, sin entender que todo tiene que estar ceñido al poder de la palabra, de la narración, y verlo un poco como ocurre en el haiku japonés (además, existe ya un libro de haikus zombi): el haiku lo que nos propone es pensar este instante, no construir un relato, no construir una emoción compleja, sino simplemente  emocionarnos por el instante. La tecnología muchas veces nos priva de ese acontecimiento.

¿Y ves algo revolucionario en el zombi? Dices: “el zombi es punk, antisistema, anarquista, vanguardista” y que desafía “los modelos conservadurista” para favorecer el cambio, “ulcerar las categorías tradicionales”, la transgresión.

El zombi es revolucionario y deconstructor porque rompe los esquemas sobre todo en cuanto campos de saber y códigos disciplinarios, se salta unos y otros y contamina como una pandemia. Esto está ocurriendo en las redes sociales y está ocurriendo en la calle: ahora mismo, lo que está ocurriendo es que los zombis han dicho yo no quiero ser ese zombi de hace 20 años que compraba y veía la televisión, ya no quiero vivir en esa cultura del ocio que me deja antonado, sino vivir en una horda donde las ideas se contagien, en donde exista la posibilidad de cambio, de romper lo que se nos ha dado por hecho.

Dices que en ‘El diario de los muertos’ (2008), Romero nos llama a “despertar”: hablas de YouTube, los blogs, Twitter, videojuegos, y hasta de Wikileaks y el cambio de CNN+ a Gran Hermano.

Todas esas cosas estaban sucediendo cuando escribía el libro. Y creo que son sintomáticas de los cambios que se están produciendo ahora. Cuando nos dice Romero que despertemos nos pide despertar al sueño tecnológico. Eso no significa abandonar la tecnología, sino reutilizarla como se está haciendo ahora: con las redes sociales hemos descubierto que el ordenador no nos aisla en casa, como zombis aislados, sino que nos pone en relación como hordas, como manadas, como grupos de rebeldía, como reductos revolucionarios. La tecnología, las videojuegos, toda nuestra cultura underground, que no la empaqueto y la dejo a un lado como pop o subcultural, sino que lo incorporo al discurso mainstream, a la corriente principal de pensamiento, creo que tiene que ver con la capacidad de contagiar del zombi: de contagiar temas, de moverse entre territorios, para poder crear también movimientos sociales y reinvertir los códigos tecnológicos que teníamos hace unos años.

Eso te iba a preguntar justamente: si veías ese despertar de los jóvenes del 15-M ante una política que nos tiene en modo zombi. Y unos políticos-zombi porque parecen programados.

Realmente todos somos zombis, hay una programación bestial, pero el zombi también propone el cambio y romper con lo que se ha enseñado, contagiar ideas, discursos. Si realmente construyésemos ahora un manifiesto zombi en el que dijéramos que las personas no somos un voto, somos lenguaje, somos ideas, realmente podríamos cambiar las cosas. Mientras sigamos con el sistema antiguo, da igual que votemos a partidos minoritarios o grupos alternativos porque las estructuras de poder siguen siendo los mismos. Realmente lo que hay que contagiar es ideas, no partidimos ni políticas reductoras.

Foto del autor: GRACIELA DEL RÍO