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Un apunte al cierre de ‘Público’

In Asuntos internos, NoFicción on 25 febrero, 2012 at 1:05 pm

Anoche, leyendo la entrada Para cerrar la herida, abran el periódico en el blog Solución Salina de Henrique Mariño, me topé con este comentario de un lector en relación al cierre de Público, que como diría Quinta Tinta, es el periódico que me ha dado de comer en los últimos cuatro años y medio.

«Ahora es cuando algunos os recordarán, con razón, que para qué comprar el periódico pudiendo leerlo gratis en Internet y que lo que tenéis que hacer es adaptaros a los nuevos tiempos y a los nuevos “paradigmas”. Revisad los artículos de vuestro periódico sobre las descargas de música y me entenderéis mejor.

Y no, no me dedico a la música ni nada parecido, pero…»

Mientras lo rumiaba caí en que en realidad le tenía ganas a este debate. Hace un par de semanas mantuve una conversación ejemplar -en cuanto al tono empleado- en Twitter con un productor musical y un periodista especializado en medios digitales. El punto de partida era la incapacidad de la ley sinde para satisfacer los intereses de la industria del entretenimiento y de las tecnológicas al mismo tiempo. Cuando la conversación nos llevó a los “modelos caducos” actuales de la “creación”, en general, y a que nadie estaba tomándose la molestia en repensar estos modelos, me pareció que el mejor ejemplo de todo aquello era mi propia situación en Público, así que le dije al productor de música:

-Mi modelo, el de mi periódico, también está caduco, en crisis y no es rentable.

-Mis artículos pueden leerse gratis en internet a la vez que previo pago en papel.

-Mis artículos pueden leerse gratis incluso blogs de otra gente vía corta y pega.

-No puedo considerar eso un robo porque no sé si toda la gente que me lee en internet estaría dispuesta a comprar el periódico en papel.

Y algo más, que entonces no dije porque la conversación fue avanzado por otro lado: no puedo llamar ladrón a todo el que me lee gratis y decide no pagar en el kiosko. Ni siquiera puedo evitar que dos personas lean el mismo ejemplar en el metro, aunque solo pagara por él la primera. Tampoco puedo cobrar un canon a los bares donde una sola copia de mi periódico es leída por decenas. Toda esa gente que no paga y nos lee es nuestra audiencia.

Así que estamos ante un reto parecido. Si miramos a un periódico con la lente de la industria del entretenimiento, parece que la peor competencia para Público siempre ha sido Publico.es, de la misma forma que la peor competencia para el cine español parecen ser sus propias películas españolas en la red. Más: alguien debería estar exprimiendose el cerebro y pensando en cómo sacar partido a 5,5 millones de usuarios únicos, y de la misma forma, a esa audiencia más millonaria todavía que está pidiendo a gritos (y no necesariamente gratis) acudir a un estreno de cine en el salón de su casa. Una pista para nosotros: no es buen gancho de compra llevar como noticia en portada algo que ya reventó las televisiones o las redes sociales la mañana anterior. Una pista para ellos: es frustrante para el consumidor no encontrar una oferta legal en internet, un ciclo de vida para las películas del tipo estreno en cine-canales de pago-DVD-televisión no es suficiente. Parece que la nariz, no obstante, ya empieza a picarle a algunos.

La diferencia entre estos dos “modelos caducos” creo que está en la actitud. Actitud frente al medio (internet, ese puto Moby Dick ingobernable) y frente a la relación que mantenemos con nuestras audiencias. La información, aunque maltratada y necesariamente pasada por la línea empresarial, se sigue considerando hoy un bien digno de respeto y protección, un derecho al que hay que tener acceso libre, que marca nuestra salud democrática, etc, etc. Somos conscientes de que ya no es lo que era, de los intereses de grupo, de los favores políticos, de la publicidad. Pero seguimos guiándonos por la informacion de los medios de comunicación porque aunque mercancía, las noticias solo pueden ser verdaderas o falsas, y para eso lo mejor es leer también lo que dicen otros. Mi bola de cristal me dice que el verdadero fin de los periódicos solo ocurrirá cuando las noticias no puedan verificarse y se implante la semiverdad y, oh, espera…

Sigo. No sé qué consideración general o social hay ahora mismo hacia la música, sobre qué tipo de bien es y qué respeto merece. Ni siquiera sé qué consideración de la música tiene más valor, si la que tiene el venerado coleccionista de vinilos o la del chaval que escucha Rhianna en el móvil. Los respeto exactamente igual. Mi consideración personal la tengo clara, y es muy solemne: es la forma más elevada de la creación humana, algo con lo que conectamos de manera primitiva, sin necesidad de aprendizaje, y una forma de expresión autosuficiente que no necesita para explicarse nada más que ella misma. Algo superior. Algo en lo que me he gastado mucho dinero a lo largo de mi vida y que en parte es responsable de que decidiera ser periodista cultural.

Lo que sí creo conocer es la consideración que tiene de la música gran parte de eso que llamamos industrias culturales o del entretenimiento, porque trabajo a diario con ellas: hoy por hoy, es su modelo negocio. La explotación de la música, de cada reproducción que hacemos de una canción. Para hablar en los mismos términos, la industria de la música debería referirse no tanto a la propiedad intelectual sino de una suerte de derecho a acceder a la música como bien superior que es. Ellos defienden su modelo y que se mantenga la cadena que hace posible que una canción o una película llegue a su destinatario, y yo lo entiendo porque también un periódico da de comer a intermediarios, tira de distribuidores, hace promociones y tiene que contentar a los kioskeros. Pero también veo las consecuencias en mi trabajo de ello: hablamos de discos y de películas más en términos de consumidores, de formatos anticopia, de pago por reproducción, de leyes antipirateria, de cuotas de pantalla, y menos de sonidos, de sensaciones, de experiencias.

Y aquí es donde quería llegar. Ahora piensen: qué se puede hacer desde una seccion de cultura de un periódico nacional como Público. Nosotros no destapamos la trama Gürtel, si acaso, el escándalo del Diccionario Biográfico de la Academia de Historia. En la sección enterramos a los ilustres como nadie y estamos atentos, como todos, a lo que diga el ministro Wert. Hemos perseguido como sabuesos a la SGAE. Recomendamos lecturas porque creemos que invitan a una reflexión de actualidad que merece la pena hacer. Escribimos crítica de cine. Nos intentamos adelantar a la rígida campaña de promoción de majors y ser los primeros en publicar una entrevista. Y, ¡claro!, vigilamos por la actuacion de esas industrias culturales porque afectan a la sociedad de la misma manera que los compañeros que llevan Sanidad miran con recelo a la industria farmacéutica o en Dinero a cualquier movimiento que hagan los bancos, por simbólico que sea.

En Culturas (y en Ciencias primero, y a ellos les debo en gran medida la visión que tengo hoy sobre el conflicto cultura/tecnología) hemos intentado luchar contra ideas preconcebidas ya instaladas con el esfuerzo de estas industrias y de la propia prensa (España es un país de ladrones; una descarga equivale a un disco no vendido; ¡los videojuegos son malos!) y la manipulación de lenguaje para contaminar el debate (las descargas son ilegales y son piratas), pero también las medidas desproporcionadas (el canon digital) y lo que son claramente atentados contra derechos fundamentales, como el derecho a una tutela judicial efectiva (Ley Sinde) o el de la intimidad, como vemos con los conflictos recientes con el tratado europeo ACTA pero también aquí mismo. Informar. Enseñar algo a quien no lo conoce. Eso es lo que creemos que debería hacer una sección que hasta ayer se autodenominaba Culturas.

Acabo de ver cerrar mi periódico. Y leo el comentario de arriba. ¿Por qué debería ahora entender mejor a la industria musical? Si la entendiese, ahora mismo debería estar aquí expresando mi relación con los lectores en términos de amenaza, con lo que sólo me quedaría una salida: amenazarles más todavía. Cómprame o me suicido. Me toca hacer autocrítica, eso no se me escapa, pero es internet lo que ahora me permite sentarme, vomitar esto y lanzarlo, algo impensable cuando se me ocurrió que esto de ser periodista pasaba por estar en una redacción el resto de tu vida. Los lectores vienen luego. O no. Como podría ser el caso.

AGRADECIMIENTOS

Pero yo en realidad he escrito todo lo anterior para poder ponerme un poco tontorrón y colgar esta foto de los primeros días en Público (sí, en los que rellenábamos ocho o diez páginas del tirón cada día sólo en la sección de Culturas). Y hacer una hueco para los agradecimientos a todos los que han pasado por ella y que ya se fueron (Eduardo Bravo, Jesús Centeno, Isabel Repiso, Guillaume Fourmont, Braulio García Jaén, Rocío Ponce) y los que se han quedado (Jesús Miguel Marcos, Paula Corroto, Carlos Prieto, Rebeca Fernández, Alejandro Torrús), a Magda Bandera y Javi Salas como guest stars, y a Sara Brito que estás en el sierra, así como a los colaboradores, corresponsales y columnistas que han firmado en nuestras páginas: Santiago Alba Rico, Kiko Amat, Roberto Arnaz, Carlos Barreiro, Daniel Basteiro, David Bollero, Elena Cabrera, Álex Carrasco, Miguel Ángel Criado, Roberto Enríquez, Víctor Fernández, Carlos Fuentes, Pablo G. Polite, Patricia Godes, Abel González, Ana Gorría, Bernardo Gutiérrez, Eulalia Iglesias, Antonio J. Rodríguez, Antonio Jiménez Morato, Beatriz Juez, Víctor Lenore, Luis Matías López, Luna Miguel, Alberto Olmos, Antonio Orejudo, Carlos Pardo, Néstor Parrondo, Gonzalo de Pedro, Isabel Piquer, Rubén Romero, Iñigo Sáenz de Ugarte, Marta Sanz, Lorenzo Silva, John Tones, Joan Vich, Paul Viejo y el increíble Álex Vicente. Y seguro que se me olvida más de uno.

Un recuerdo especial a los primeros redactores jefes de Culturas, José Manuel Costa, con quien dimos nuestros primeros pasitos, y sobre todo a Peio H. Riaño, que plantó después las raíces de la sección y le puso el corazón.

Y a Nacho Escolar, claro, por aquella portada de GTA4.

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El gráfico (casi) definitivo de Los Planetas

In Asuntos internos, Mareo, NoFicción on 20 mayo, 2010 at 6:03 pm

La historia fue más o menos así: ante el lanzamiento del nuevo disco de Los Planetas, Álvaro Valiño, Jesús Miguel Marcos y yo nos planteamos hacer “el gráfico definitivo, cósmico y total” del grupo para acompañar su entrevista a doble página, con todas las canciones, temáticas y estilos que J y compañía han tocado desde los tiempos de maricastaña. Parecen un grupo perfecto para ser mostrado en círculos concéntricos. Así que nos dividimos el trabajo, escuchamos todo lo publicado por el grupo, y cruzamos los datos. ¿Qué pasó al final? Como manda el maldito periodismo, lo que ahora tiene mucha importancia puede dejar de tenerla 20 minutos después: de la idea de las 2 páginas se pasó poco menos de una y, con ello, se optó por otro gráfico, más modesto. Éste último, actualizado con los temas de Una ópera egipcia, fue el que finalmente salió publicado, mientras el original, grande y mareante, como debe ser, quedaba pendiente de revisión y en peligro de morir en una carpeta olvidada del ordenador. ¡Por encima de nuestros cadáveres! De ahí el “casi definitivo”: lo cuelgo, aún sabiendo su naturaleza imperfecta y perecedera: en cuanto lo actualicemos (calculo que para veranos sacaremos algo de tiempo, ejem), lo sustuiré por este, que podría haberse titulado como muchas de las canciones de Los Planetas pero que se me antoja un “Segundo Premio” en toda regla.

Sega Bass Fishing: Tom Sawyer es gay (y también le gusta pescar)

In Asuntos internos, D.I.Y., Gamefilia, NoFicción, Queer Conspiracy on 30 enero, 2010 at 9:47 pm

A mi novio le gusta pescar. Yo suelo imaginarme su infancia en plan Tom Sawyer, en una granja en el Brasil rural de los años setenta: hasta arriba de barro seco y con heridas en las rodillas después de un día sofocante, camino de un embarcadero de madera, con una caña al hombro y un lata de lombrices. Aunque ya me ha advertido de que él no corría descalzo. No ha crecido con videojuegos, pero se le dan bastante bien las partidas de billar en el Home. Es decir, ponle frente a algo cuyas reglas conozca y aparece un jugador potencial, con ganas de competición y de echar otra y otra. Así que con Sega Bass Fishing para Wii podía pasarle dos cosas: que su propuesta de trasladar la pesca a un videojuego fracasara por pura ridiculez (viene con “periférico” de plástico para montarte una “caña” con los controles de la consola) o que fuera como darle una raqueta de ping pong a un deportista lesionado. Pasó lo segundo, claro.

Puede parecer una obviedad, pero detrás de este Sega Bass Fishing para Wii (lanzado hace ya casi un año) están las visiones de dos gigantes del videojuego que han hecho mucho por configurar lo que hoy entendemos por ocio interactivo. Un respeto. Lo que tiene su parte buena y su parte mala. La mala es como título ya representó un papel antipático dentro de las estrategias de sobreexplotación de ambas compañías: oh no, otra adaptación más a los particulares controles de la Wii de un título de catálogo. La buena es que pocas compañías hacen sentir tan a gusto a sus jugadores, novatos y bien entrenados. Tienen maestría en exprimir una buena experiencia de juego y sintetizarla, y nunca se olvidan de aportar algo de su inmaterial “encanto de la casa” que nos hace cómplices inmediatos de cada uno de sus artificios.

Porque creo que lo que ha hecho que Sega Bass Fishing funcione (y de qué manera) en una persona ajena incluso al nicho al que va dirigido un videojuego de este tipo, es su planteamiento directo y fácil de asimilar a la primera, alejado de la sobredosis hipertextuales y los menús en cascada que buscan el realismo a través de la acumulación de información detallada. Nada debe asustar más al aficionado al golf que un vistazo a uno de esos sesudos videojuegos (de golf) que cubren su pantalla con parámetros exactos sobre la fuerza y la dirección del viento, como si habitualmente se practicara al aire libre con una calculadora. La típica barra que cambia de color para avisarte de cuándo y cómo tienes que tirar, y poco más.

Lo que importa aquí es pescar y pescar debe ser algo asequible, algo mucho más práctico que teórico. La idea, repito, es lanzar la caña, esperar, recoger y pesar tu pieza, una vez tras otra, en distintos modos que van desde duros y larguísimos torneos al llamado “modo naturaleza”, que excluye cualquier tipo de presión sobre el jugador y lo deja a su aire sin más objetivos que coger peces y disfrutar del sonido ambiente.

En este sentido, el control tan “manual” de la Wii es fundamental para tener éxito. Sega Bass Fishing pretende que la pesca sea algo divertido, más que una experiencia fiel a la realidad y se juega (ahora sí) con las manos y no con la cabeza, aunque hay que tener en cuenta variables como la tensión del sedal, el peso de los cebos, la profundidad de las zonas de pesca, la estación del año y la hora elegida.

No creo que pretenda descubrir a nadie los placeres de esta práctica deportiva que premia la paciencia y fomenta la dilatación del tiempo, o que busque ser su traducción definitiva al videojuego. Y exige algo de nuestra parte para acabar de creernos que estamos sobre una barca, a la caza de una lubina de 18 libras que se mueven en círculos como un tiburón, pero todos los videojuegos exigen un mínimo de implicación. No funcionan de manera automática.

Dicho lo cual,  no sé si tiene sentido hacer un análisis que profundice en aspectos como lo buena o lo mala que es su recreación del agua. ¿Cómo de difícil es “dibujar” un pez y hacerlo parecer eso, más o menos un pez? Sus modelos 3D son más que correctos y se mueven bien en su elemento y los escenarios cumplen su función de atrezzo porque lo importante es lo que ocurre bajo la superficie.

Más importante parecen algunos errores que entorpecen su disfrute, como una cámara que nos deja vendidos detrás de plantas y postes de madera. O un control que a veces cuesta afinar, con la frustración que da “lanzar” el anzuelo diez veces hasta que por fin la “caña” responde y te hace caso. Pero, en general, su control está muy bien calibrado y aunque cuesta más de 15 o 20 minutos hacerse con él, premia que perfeccionemos nuestro estilo, que hagamos las cosas bien.

Me gusta pensar, ahora en plan más ñoño, que todo el mundo tiene su videojuego, sólo tiene que poder encontrarlo entre tanta carátula exagerada de videoclub. Sega y Nintendo han sido responsables de que muchos encontraran su título-llave a esta parte del mundo. Cualquiera de sus videojuegos esconde decenas de razones para convencer al mayor escéptico de la capacidad de este medio para sorprenderse a sí mismo, para alejarse del artificio que en definitiva es y ser una recreación creíble de una (alguna) realidad.

Un ejemplo en Sega Bass Fishing, puro “encanto de la casa” del de antes: tras lanzar el anzuelo al agua, es posible que además de peces, nos encontremos con patos que pasean por el estanque, tortugas o tritones. No podemos cazarlos (aunque es cuestión de tiempo que lo acabemos intentando) pero cumplen una función sutil y se agradecen. “¡Joder, un pato!”, dice riendo mi chico. Y, clic, se produce la magia. Ha dejado de creer que estaba sentado frente a una pecera llena de pescaos bobos y de pronto se siente bajo el aplastante sol un mediodía indeterminado en la otra punta del planeta, como Charlie Brown, estooo, como Tom Sawyer, en el Brasil rural de finales de los setenta.

Epílogo. Mi madre suele soñar con barajas de cartas en movimiento después de una maratón de Solitario de Windows. Mi compañero de piso se ha levantado hoy con los brazos doloridos después de una noche dándole a la caña y al sedal, aunque sólo en su cabeza. Creí que esto podía espantarle de los videojuegos: definitivamente, crean algún tipo de adicción, o al menos, la misma obsesión que dejar sin completar un crucigrama o un puzle de 500 piezas. Qué va: no sé que me ha dicho de colocar la Wii en otra televisión para “jugar con la caña” mientras yo acumulo puntos como un loco para mi perfil en PSN. Lo que me faltaba.

Publicado en Gamefilia el 10/3/2009

Cómo sobrevivir diez días a la Wii (ay, que me vuelvo casual)

In Asuntos internos, D.I.Y., Gamefilia, NoFicción on 26 enero, 2010 at 11:53 pm

Es lo que tiene irse de vacaciones a los Alpes con la familia: uno sabe que puede morir por sobredosis de Wii para combatir el frío. Todavía con los acertijos del Profesor Layton en la cabeza (me resisto a cerrar la DS y enfrentarme al tan poco fiable Wiimote; suspiro de resignación), he decido organizar por categorías todas mis posibilidades de triunfar como jugador casual/esporádico con la consola de Nintendo, con la que llevo un tiempo que ni me hablo. En resumen, el desafío que me lanzo a mi mismo puede plantearse así: ¿es posible que el jugón que hay en mi sobreviva con algo más de media docena de juegos de aspecto facilón, a una temperatura de seis grados bajo cero y con una familia numerosa loca por hacer el ganso frente a la pantalla? Les aseguro que lo he intentado todo.

Opción A: Empacho navideño de turrón y novedades

Tanto tiempo intentando hacer un chiste cultureta con Trauma Center: New Blood (que si sus excelentes títulos de crédito recuerdan a Anatomía de Gray, no, mejor recuerda a Doctor en Alaska), y al final, he sufrido lo que Steven Poole llama “pánico cognitivo” en Edge, pero en versión domestica, es decir: estrés por un tubo. El simulador de cirujano (es un decir) de Atlus me ha puesto malito de los nervios, hasta el punto de llamar puta a una de las pacientes, creo recordar que una pobre niña que necesitaba urgentemente un transplante de marcapasos. Mi madre no creía lo que estaba saliendo mi boca. La cosa, que se resume en mover con rapidez y habilidad instrumental como el bisturí, la aguja y las jeringuillas mientras luchamos contra el tiempo y las constantes vitales del paciente, fue a peor: en un momento determinado, debemos eliminar una extraña enfermedad degenerativa llamada Estigma con un láser quirúrgico, en plan shooter pero rodeado de bazos y riñones palpitantes por todos lados. La experiencia me trajo a la cabeza al dúo de música electrónica Matmos y su disco A Chance to Cut Is a Chance to Cure, creado a partir de sonidos extraídos del cuerpo humano. Hmmmm. Tras esto, lo intente seriamente con Wii Music, pero tras un par de horas me resulto el titulo menos serio del catalogo de Miyamoto. Unas veces me parece un producto casi infantil destinado a educar el oído, otras el hermano tonto de Guitar Hero; la mayoría, un juego a medio cocinar. Al lado de su contención sonora y sus trajes de etiqueta tan bien planchados, Samba de Amigo ha sido el colorido chute de calorías necesario en estas fechas: tan fractal y tropical como una piña, las maracas me parecen lo de menos ante el buen rollo que destila. ¿Alguien ha probado a jugarlo borracho? Al menos, es uno de esos juegos que se dejan ver mientras otros lo juegan. En este momento, lamento la selección de juegos que metí en la maleta y no haber pensado un poco más en mí mismo. No pido disparos ni aliens, me conformaría con haber traído el contemplativo Endless Ocean y sacar fotos a mantas y delfines bajo el mar; cuánta paz. Probabilidad de sobrevivir con éxito: 35 por ciento.

Opción B: Mi primo Wario nunca falla

Cierto que los clásicos nunca fallan, el problema es otro: ¿Cuántas variantes de Mario puede soportar el ser humano en poco más de una semana? Super Mario Galaxy sigue siendo unos de mis juegos favoritos de Wii. Tiene tantos detalles, secretos y posibilidades que volver a el es casi una necesidad después de un tiempo alejado del reino champiñón. Te hace apreciar todo lo que hace diferente a los videojuegos: sus excesos sencillamente no serian viables en otro medio de expresión. Habría sido mi salvación… si no fuera por Super Paper Mario, ahora si, posiblemente mi juego favorito de Wii. Volver a jugarlo (también con su trillón de puertas escondidas y sus estrellas esperando a ser coleccionadas) es una gozada animada que me recuerda a la época mas arty de Nintendo, junto al fantabuloso Zelda: The Wind Waker (cachis, también lo deje en casa). Pero no seria ético pasar mi tiempo con ellos teniendo en mis manos el más reciente Wario Land: The Shake Dimension, que, sorpresa, resulta ser un plataformas en 2D en la más pura tradición de Nintendo. Siento predilección por el personaje y su vuelta a un genero de los saltos es un viaje en el tiempo a la Super Nintendo, con esos encantadores fondos y su scroll lateral. Y el uso del Wiimote no es demasiado traumático para mi honor. El nuevo Animal Crossing prefiero dejarlo para cuando tenga alguien con quien comprobar sus cacareadas bondades on line: desde un cantón suizo en el quinto pinto de Europa no puedo mas que limitarme a probar las mejoras (naturales, por otra parte) respecto de la versión de Nintendo DS. Sencillamente, no tengo todo el tiempo que requiere. Probabilidad de sobrevivir con éxito: 75 por ciento.

Opción C: Pasar de todo… coño, estamos en vacaciones

Y mira que la adaptación a Wii de ¿Quién quiere ser millonario? es una de las adaptaciones más estupida que he visto (bueno, la de DS era peor): utilizar el comodín del público ante una pregunta sobre reyes godos  tiene poca gracia (nunca se equivocan, oye), pero es que la “traducción” del comodín de la llamada es ridícula (¡quien diablos telefonearía a un niño de 8 anos para resolver una duda de cultura griega!). Sin dinero que jugar no hay riesgo ni demasiada emoción, pero si encima las preguntas se repiten mucho más de lo deseable en un juego de este estilo, apaga y vámonos. Con todo, en casa nos hemos picado y reído bastante… a costa del propio juego, lo cual no tengo claro si es del todo bueno, pero si muy divertido. Solo me come una duda: ¿como es posible que los programadores no contemplaran la posibilidad de mas de dos jugadores? Nosotros lo resolvimos haciendo equipos. Como no podía ser menos, hemos acabado todos haciendo ejercicios con Wii Fit. Contra todo pronostico, la Balance Board ha sido mi verdadero descubrimiento estas navidades y ya planeo hacerme con una propia y montarme una tabla de ejercicios para adelgazar todo lo que he engordado estas fiestas. Es época de buenos propósitos, ¿no? Probabilidad de sobrevivir con éxito: 90 por ciento.

Opción D: ¡¡Descargas a mi!!

Tras las experiencias anteriores, conectarme a la consola virtual y ponerme a descargar viejos juegos como loco me hace parecer un yonqui del píxel. World of Woo, en juego indie del año para muchos (lo siento, yo elegí Braid), lo tiene todo para enamorarme, con esa mezcla de las físicas de Little Big Planet, la plasticidad de LocoRoco y lo rezumante de Blob. Es ya una obsesión que, mucho me temo, me acompañara en mi vuelta a España. Y dejo para los dos días que me quedan dos revival de altura: el gusanudo mecanudo Earthworm Jim de Megadrive y Impossible Mission II de Commodore 64, que me hacen volver a creer en una maquina que tiene todavia que ofrecer lo mejor. Probabilidad de sobrevivir con éxito: 110 por ciento.

Publicado en Gamefilia el 6/1/2009