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‘Dragon Age: Inquisition’: En compañía de hombres

In Gamefilia, Hooliganeo, Queer Conspiracy on 29 septiembre, 2015 at 2:15 pm

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Dragon Age: Inquisition
2014
PS3, PS4, PC, Xbox One, Xbox 360 (versión comentada)
BioWare

Se abre el telón. Con ustedes, unos cuantos cretinos muy preocupados hablando de Dragon Age: Inquisition. ¿Por qué hay tantos homosexuales? ¿Cuántos son aceptables en un videojuego antes de pensar que BioWare tiene una agenda oculta y obedece al lobby gay? ¿Uno, dos, tres, seis y medio? Estas cosas antes no pasaban. Espera, que enciendo la consola y lo comprueblo yo mismo: según cuento, en mi círculo de héroes y consejeros destinados a salvar al mundo en este interminable juego de rol, identifico a cuatro heterosexuales, dos bisexuales y tres homosexuales, entre los que me incluyo. En las sesenta horas que llevo de partida también he conocido la historia de Krem, un hombre de verdad atrapado en el cuerpo de una mujer, que huyó de su casa para escapar del tipo de vida que se espera en una señorita y acabó como guardaespaldas de un guerrero de dos metros con cabeza de toro que folla con todo lo que se menea, da igual su raza y su sexo. Nada raro si entendemos que Thedas, el continente donde se desarrolla la serie Dragon Age, no tiene por qué parecerse a nuestro mundo ni arrastrar una historia de “2.000 años de homofobia institucional”, como dice uno de los espabilados del hilo de Gamefaqs. Hay más demonios que maricas en Inquisition, lo que debería ser más preocupante puestos a apuntar conspiraciones y más útil como detector de idiotas.

Estamos de acuerdo: una historia es inolvidable independientemente del género y la orientación sexual de su protagonista, aunque a estas alturas puntúa la habilidad para darle una vuelta a todos los trucos recurrentes que funcionan desde Homero. También estamos de acuerdo en que una de las mejores cosas de los videojuegos es que permiten al jugador meterse en la piel del otro: y quién quiere ser fiel a uno mismo cuando puede ser Batman. De hecho, casi todos los títulos potencian esto último. Así que, como dice George Skleres deRiot Games en Gaming in Color (2014), documental que analiza la presencia LGBT en la industria de los videojuegos, lo que hacen falta son “más historias en las que pueda verme representado”. Porque si no apareces no existes y porque al darle nombre a algo lo estás reconociendo. De esto se trata, de verse a uno mismo integrado como parte del mundo: “La visibilidad es la manera en que la industria te está diciendo: reconozco que existes. Y cuando te das cuenta de que formas parte de la audiencia de algo, inmediatamente te sientes parte de ello. Como en Mass Effect: puedes elegir estar con chicos en vez de con chicas, lo que ayuda a sumergirte en la experiencia pero también me permite saber que sus autores son conscientes de que la gente como yo existe”, reconoce en la película Joey Stern de Geeks OUT.

Una última cita antes de ponerme con el juego. Hace unos meses, en una entrevista por mail, Matt Conn, de MidBoss y Gaymer X, me decía que “es por esto por lo que el resto del mundo sigue viendo a los videojuegos sólo un como un juguete, como algo para niños. Todavía no tenemos títulos AAA cuyos personajes hayan empezado a explorar su identidad, su género, su sexualidad. Temas como la raza, la pobreza, la alienación, los abusos, el odio y el amor son pilares en las grandes historias y sin embargo están sorprendentemente ausentes de la mayoría de los juegos. Y cuando son incluidos, lo hacen solo en forma de cutscenes, lo que empuja al jugador a un rol pasivo fuera del propio juego”. El indie, como podemos comprobar a diario, tan mono y tan libérrimo, va por otros caminos muchos más interesantes.

Cuesta creer que haya gente que todavía quiera descubrirnos queDragon Age: Inquisition es más que sexo y líos de alcoba y un enredo épico de cortinas aristocráticas propio de Downton Abbey. Como si estuviéramos acostumbrados a que el héroe de la leyenda se acueste con otro tío y no pierda por ello ni un gramo de credibilidad. Como si el resto del juego, un entretenimiento impecable en el que pasar horas explorando, combatiendo y saltando entre cascadas de conversaciones, no lo tuviésemos tan visto. Como si no se agradeciese que, para variar entre las habituales misiones secundarias de recadero, de viejos libros que hay que encontrar y de atalayas por conquistar a lo Assassin’s Creed, surjan personajes y situaciones que plantean en pantalla algunos de los temas que mencionaba Conn, que por descontado no son siempre agradables. Como si estuviéramos obligados a no cuestionar la dimensión sexual de la mayoría de los personajes de videojuego y no diera vergüenza pensar que el nivel medio remite a aquella escena vikinga en God of War, con Kratos haciendo gemir a dos mujeres de tetas exageradas a ojos de una estatua que mea agua, una estampa adecuada si eres un pajillero de 14 años. Toma, un He-Man.

BioWare ya había introducido personajes “abiertamente homosexuales” en su trilogía Mass Effect, incluso la posibilidad de que el recio comandante Shepard, su protagonista, fuera gay en función de las decisiones y los gustos del jugador. O sea, en el caso de la compañía canadiense, el marica no nace sino que se hace: nada en sus genes le ha programado para una opción u otra, no vaya a ser que en medio de una reunión con marketing alguien se ahogue con el nudo de la corbata. Así se valoran las cosas en los despachos delmainstream, no quiero que los chavales se ofendan, alguno me la monte en internet y luego a ver quién responde por las ventas. La gente de BioWare ya dio un buen número de razones por las que añadir una “opción gay”, algunas de las cuales tienen que ver con la idea de una evolución natural del medio y, qué diablos, con respetar a tu público.

Dragon Age: Inquisition insiste en poner estos temas sobre la mesa e incluye, según leo, al “primer personaje completamente gay” de la franquicia. Juraría que Zevran, aquel elfo tan leal y tan promiscuo del primer Dragon Age, lo era, con ese discurso suyo fetichista sobre el cuero y de hecho por eso le entré sin mucha delicadeza y acabamos teniendo una aventura. Ya hablaremos luego de la afición al cuero como cliché y del bigote de Freddy Mercury, su uso como cumcatchery sus significados para la comunidad; un bigote muy John Travolta, por cierto. Lo interesante de Dorian, un mago de clase alta deInquisition con el que también acabé yéndome a la cama y hablando de la decoración del castillo y de los uniformes de las tropas, es que gran parte de sus misiones y conversaciones giran alrededor del hecho de ser homosexual y de serlo inevitablemente, en contra de todos, de su familia y compañeros, de la religión, de los políticos de turno.

Dorian es un paria, un marginado, un tipo que niega a construirse una fachada con mujer e hijos. No hace falta haber vivido el instituto como un drama adolescente para apreciar un conflicto tan “noble”, al menos, como el del elegido-que-lucha-por-no-convertirse-en-lo-que-más-odia o el que encontramos en cualquier relato sobre gente que desafía a su destino. Dorian, como muchos tantos hombres no necesariamente homosexuales, también sufre las consecuencias de una sociedad machista –en su caso, la de Tevinter– que quiere imponerle el rol y el comportamiento que se espera por su sexo y posición social y familiar. Otro gay cabreado con un padre empeñado en legar a su hijo una visión de la vida como un partido en el que hay que elegir un equipo. Competir. Ganar. Ser los mejores. Es lo que mejor hacemos los hombres, ¿no?

A lo largo de Inquisition el jugador tiene la opción de acompañar a Dorian en su lucha contra su familia y contra sí mismo, con lo que esto supone para terminar de aceptarse como homosexual públicamente. Otra opción es aconsejarle que reconsidere su posición, con la intención de empujarle al “buen camino”. Y por supuesto podemos limitarnos a ignorarlo e incluso rechazarlo. El sistema de juego ideado por BioWare permite que muestres tu afecto por cualquiera de tus compañeros desde el principio (Opción “¿Podemos coquetear?”, marcada bien claro con un corazón) aunque, como es natural, hay que currárselo más allá de halagos y piropos. Cumplir las misiones secundarias de cada personaje es fundamental para tener una oportunidad. Y luego están las preferencias sexuales de cada uno de ellos: si sólo le gustan las elfas no tienes nada que hacer. Es un trabajo lento que requiere su tiempo y sortear las opciones de diálogo como quien anda por un campo de minas porque también importa cómo se dicen las cosas.

Si lo has hecho bien, en un momento dado, Dorian te plantea su problema. Por qué lo consideran una “desviación vergonzosa” en su tierra: “Prefiero la compañía de hombres”, confiesa. La compañía de hombres, pregunto yo en plan sorprendido. “¿Acaso tartamudeo?”, me suelta. “Hombres, y la compañía de los mismos. Como el sexo. Seguro que has oído hablar de ello”. Muy hábil. Ante mí se despliega el menú con las siguientes opciones de diálogo:

A) Algo sospechaba…
B) Ahórrame los detalles.
C) ¿Nunca con una mujer?
D) Sí, claro.
E) No tenía ni idea.

Elijo la C por aquello de estirar la tensión, aunque es inevitable. Después de muchos viajes del campo de batalla a la biblioteca (¿qué esperabas, la taberna, un establo? Es un gay de alta alcurnia), Dorian termina en mi dormitorio ofreciendo un desnudo a la cámara. Como en el primer Dragon Age, lo siguiente es decidir si aquello ha sido un polvo de una noche, un desliz que no puede volverse a repetir o si estamos ante algo serio.

Mola comprobar que tus decisiones tienen impacto en el mundo deInquisition. En los pasillos del Feudo Celestial, que funciona como base de operaciones del grupo, puedes comprobar que los rumores sobre el romance se están extendiendo y si pregunto a otro personaje por su opinión sobre Dorian, más de uno me responde que para qué necesito su opinión si ya lo he metido en mi cama. En la biblioteca, la reverenda madre no pierde ocasión de mostrar lo poco que le gusta el mago y dejar claro que lo considera una “mala influencia” para un hombretón como yo. De nuevo, el jugador decide si contribuir a que se mantenga el statu quo o aprovechar para inclinar un poco la balanza. En otra de las misiones secundarias, un grupo de comerciantes sin escrúpulos se vale de mi relación con Dorian para pedirme unos cuantos favores políticos a cambio de un viejo collar familiar. Un chantaje, vaya.

“What’s So Queer About James Franco?”, se pregunta este artículo que intuyo fabuloso (cosas del paywall, que aquí viene a ser un gatillazo), que plantea analizar de forma crítica los papeles de homosexual de Franco y su actitud pro-gay no sólo en el contexto de los mediosmainstream, incluido Hollywood, también en “el cada vez más homogenizado mundo del arte y la política LGBT”. Y vuelvo a pensar en corbatas y despachos, pero también en esa cosa viejuna de plumas, cueros y mostachos: está muy bien que los personajes no heterosexuales irrumpan en una superproducción como Dragon Age, otra cosa es que la forma elegida para presentarlos favorezca a unaimagen oficial y responda a lo que todo el mundo entiende por marica. Un marica políticamente correcto. Dorian tiene mucho del gay bien perfumado, sarcástico hasta en la tumba y charlatán, cultivado y pagado de sí mismo, un cruce entre Wilde, Byron yBrandon Flowers, incluidas las chaquetas militares y el bigotito de niño bueno. Por mí no hay problema, me vale. Ya tendremos tiempo para debatir sobre los prejuicios fuera y dentro de la comunidad gay y perfilar tipos más contemporáneos y efectivamente marginales, como Genet, Burroughs y otros tantos granujas que lucharon toda su vida por salirse del camino recto.

Y hablando de cultura popular: desde las próximas entregas de Star Wars a las nuevas comedias estadunidenses, desde el fútbol a la iglesia católica, urge que unos y otros sean conscientes de que entre sus fieles hay muchos no heterosexuales a los que no les importaría recibir un saludo desde el escenario, a la vista de todos. Porque está bien mojarse y porque Jar Jar Binks no funciona ni como chiste de mariquitas. Tampoco el videojuego ese en el que hay que matar a homosexuales para evitar que te abran el culo, otro miedo comprensible si no superaste la intimidad del gimnasio del instituto o eres Vladímir Putin. Junto con la serie Los juegos del hambre, la franquicia Dragon Age me parece que tiene mucho que enseñarnos aún sobre los roles hombre-mujer en el entretenimiento del siglo XXI. Incluido la posibilidad de que por una vez tengamos que salvar al macho, que siempre, reconozcámoslo, ha tenido algo de patán.

Publicado en Mondo Píxel el 29/01/2015

Entrevista a Stewart Home: “Aspiro a abolir la distinción entre la alta cultura y la cultura pop y crear una cultura comunista sin jerarquías”

In De culto, Hooliganeo, Magia y Psicodelia, Postmoderneo, Versus on 2 diciembre, 2013 at 10:51 am

Primera Parte: Donde el periodista escribe una breve introducción sobre el autor y su obra

“Entre las cosas que más me irritaban mientras me hacía mayor figuraban las amenazas camufladas de halagos, siempre formuladas en forma de sagaces consejos. Durante la adolescencia, el estribillo constante que esos dioses con pies de barro me dirigieron era que, siendo yo una persona inteligente, progresaría en la vida si pasaba por el aro. En las mentes de estos césares de serrín, la inteligencia era la habilidad para entender que quienes no se inclinaban ante el Gran Dios de la Autoridad son los que peor parados salen al mundo ‘adulto’. Crecí en un momento en que había empleo en abundancia y el hecho de que a la edad de diecisiete ya reivindicara felizmente el bienestar se convirtió para mis antiguos profesores en una clara ilustración del destino de quienes rechazan seguir imperativos. Perplejos por completo frente al tedio de sus aburridas vidas, semejantes bufones imaginaban en vano que podrían condenarme, al carecer yo de sus humildes ambiciones ni desear un trabajo estable. Me interesaban más los proyectos grandiosos, como acabar con el capitalismo, y de ese modo transformar la vida de este planeta en algo que de verdad mereciese la pena”.

Stewart Home (Memphis Underground)

Y así es como, queridos lectores, el escritor Stewart Home (1962) interrumpe la historia que narra en su propia novela para hablar de sí mismo con un pequeño ensayo titulado Sobre la miseria de la vida literaria. Ocurre exactamente en la página 127 de Memphis Underground que, editada por Alpha Decay, supone la primera traducción al castellano de su obra (un titánico trabajo de Antonio J. Rodríguez) y un arma arrojadiza ideal para saltarle un ojo a más de un biempensante. Esa historia que cuentan sus páginas, no se preocupen, es lo de menos, porque en el fondo su protagonista es sólo un vehículo para que Home, que se autodefine en la solapa del libro como puto working class, ex-punk rocker y experto en vanguardias culturales, exprese sus ideas acerca de casi todo lo que le parece importante: la política y el capitalismo, las industrias culturales, el aburrido establishment literario británico (incluidas anécdotas muy graciosas a costa de Salman Rushdie), el debate sobre el papel del arte y de los artistas en la sociedad, el mercado laboral, la colocación idónea de los libros en las bibliotecas, el sexo en grupo o en solitario con muñecas hinchables, el uso de drogas. Incluso cómo freír un huevo.

Memphis Underground tiene una estructura atípica como novela. Está dividida en cuatro partes, separadas por textos de no-ficción (además del ensayo hay, por ejemplo, una divertidísima auto-entrevista de Home a Home titulada Más funky que el zumbido de un mosquito. Stewart Home entrevistado por El Nuevo Macho, así como otras reflexiones y experiencias del autor sobre todo tipo de temas), lo que subraya la mezcla de géneros que practica Home, que se mueve entre las ideas, el activismo, la moral, el humor, la poesía, la baja cultura y el pop. Home utiliza también las páginas de Memphis Underground para intentar decirle al lector qué es y qué no es eso que el lector tiene entre sus manos: “Quizá deba explicar que Memphis Underground no es exactamente una novela. He dado a luz varios textos publicados como novelas que en realidad son otra cosa. Después de Joyce, después de Finnegans Wake, escribir novelas no tiene sentido. La literatura está muerta. La única literatura que me interesa es más antiliteraria que literaria”. Lo pone en boca de su protagonista, pero es lo mismo.

Qué elementos tiene esta antiliteratura también lo deja claro el propio escritor. Fuertemente influido por los escritores de la nouveau roman que ya cuestionarion la novela decimonónica, en estas páginas hay lo que él denomina “descripciones autistas” (del mobiliario, de la colocación de las casas en una urbanización, de los materiales de lo que están hecho casi todo), diálogos que ponen a prueba al lector más paciente y, atención, “como ejercicio puramente técnico, también recapitulé información a partir de mapas y diagramas y la convertí en prosa”, lo que provoca, asegura, “interesantes efectos”. Y, sobre todo, la bigrafía. La suya. La autobiografía como pegamento para que esta amalgama sea tan auténtica como cabría esperar de un hooligan de la cultura.

No hay en este país nadie mejor que el escritor y periodista Kiko Amat a la hora definir a Home. Amat ha escrito un prólogo para Memphis Underground que convierte en inútil cualquier esfuerzo por ubicar al autor y explicar su novela. “Cuidado con este libro: es irritante”, empieza, y avisa que esto tiene más que ver con la guerrilla con los experimentos de un moderno. Pero es en la traca final donde está el alcance de lo que puede parecer solo la gamberrada de un skinhead: “Memphis Underground es un excitante y grotesco galimatías, ya lo ven, escrito expresamente para irritar a los más carrozas, indignar a los críticos, ciscarse en la burguesía y sus tradiciones y, a la vez, establecer las bases de un nuevo tipo de novela. Nuevo, sí, pero no posmoderno. Radical, pero no disponible para escaparates ni anuncios. Conceptual, tal vez, pero desafecto al régimen, testarudamente obrerista, autodidacta, tan enemigo del ‘bueno gusto’ mainstream como del ‘mal gusto’ del Turner/Booker Prize y los mercachifles suburbanos del shock-art. Marxista sin ataduras. Trocchista, y a mucha honra. Guarro y obsceno sin bula teórica ni excusas. Pro pulp, pro punk, pro skin, pro plagiarismo. Antiarte de veras. Incendiario sin veleidades vanguardistas. Literatura en forma de pistola, que despellejará de verdad (como las Mémoires de Debord-Jorn, como el debut lijoso de The Durutti Column) el resto de libros de su misma colección y estantería”.

Segunda Parte: Donde se desarrolla la entrevista

Otro halago más de Kiko Amat: dice que Memphis Underground “es una novela de ideas en el sentido más beligerante de la palabra”. ¿Es esta una novela política?

Todo es política. La novela burguesa convencional es conservadora y se limita a reproducir las ideas y los puntos de vista de la clase dominante. Es por eso por lo que está tan preocupada por eso que llamamos eufemísticamente character. Estamos hablando de una novela burguesa que, en lugar de reflejar el mundo en el que vivimos tal y como es hoy, se ha obsesionado por el realismo, el naturismo y por otras ideas similares que en el siglo XIX estaban vinculadas a la literatura, lo que en definitiva entiendo que son distorsiones y distracciones mediante las cuales esa clase dominante pretende que no apreciemos lo que nos rodea. Así que sólo el hecho de romper con ese sinsentido es algo político, pero, además, la manera en que el libro recoge otros temas, como por ejemplo la vida en las urbanizaciones en Londres, lo hace todavía más explícitamente político.

¿Qué ideas te interesaban tratar en el libro con el uso de esas largas descripciones aparentemente aburridas o la transcripción de mapas?

Entre otras cosas, quería demostrar que la literatura está muerta. Y en realidad no quería tanto escribir sobre ello como mostrarlo a los lectores. El arranque del libro es una parodia del tipo de escritura mediocre que es popular hoy en el Reino Unido. Pero inmediatamente después doy un salto a ese tipo de descripción minuciosa inspirada en la nouveau roman francesa. Cuando era adolescente leí montañas de literatura modernista de gente como Alain Robbe-Grillet, Claude Simon y Nathalie Sarraute. Ese tipo de descripciones sirven para interrumpir el texto, cambiando su textura y desafían las nociones tracionales de qué es una lectura entretenida y dónde está su valor. Refleja un interés en lo cotidiano, en los aspectos domésticos, que puedes encontrar en otros discursos tan diversos como el arte o la sociología. Yo, de paso, lo encuentro algo sumamente divertido.

Así que es un choque de tradiciones literarias que puede tener efectos humorísticos en el lector, pero que básicamente ilustra muy bien lo que ocurre en la literatura contemporánea actual, que está completamente pasada de moda y que quedó obsoleta hace más de 50 años. Siento que mostrar estas cosas es mucho más interesante que simplemente escribirlas y, probablemente, también más efectivo para el lector.

La historia narrada en Memphis Underground está fragmentada. ¿Qué efectos quería provocar en la mente del lector con ello?

Yo confío en que el lector tiene inteligencia e imaginación, y en darles más libertad de la que pueden encontrar en esa literatura muerta de las clases dominantes de la que hablamos. El lector puede rellenar los espacios que quedan y este juego de yuxtaposiciones puede resultarle divertido, atractivo y sorprendente. Mientras siga sin interesarme el realismo, este estilo fragmentado que practico es de hecho mucho más parecido a la manera en que experimentamos hoy nuestro día a día. Nuestras mentes vuelan de un pensamiento a otro, pasamos de canales de televisión a leer una historia sobre la masacre de Homs y de ahí a ver un documental sobre la vida sexual de una rara especie marina, las competiciones de gimnasia o el ciclismo y a los canales de compra y chat shows. Este volar de una cosa a otra puede hacerse en plan zombie, de manera automática, o bien puede hacerse con una intención crítica.

¿Qué tipo de tics ha querido evitar de esa literatura convencional?

Esta pregunta revela mucho sobre cómo la literatura conservadora ha llegado a ser lo que es. Creo que no sería agradable que le preguntaras a un artista hoy por qué no quiere pintar como Goya y Velázquez. Y, en efecto, si estuviéramos hablando del trabajo que hago en galerías arte, nunca me lo preguntarías así. La gente entiende que el arte ha evolucionado a lo largo de los últimos siglos. Así que, ¿por qué querría yo escribir como los novelistas del siglo XIX, como Charles Dickens o Jane Austin?

Además de que yo encuentro esa escritura aburrida y reaccionaria, esta el hecho de que los que todavía producen este tipo de prosa anticuada parece que deben comportarse de forma solemne y gris (lo cual no es un problema para la mayoría de estos sosos individuos). La imagen pública del escritor serio requiere que ellos no hagan el tipo de cosas que a mí me gusta hacer, cosas como hacer el pino y recitar pasajes de mis libros cuando aparezco en público. Me gustan Goya y Velázquez por sus contrastes, y no hay nada en la pintura de hoy similar: ellos lo hicieron muy bien en el periodo temporal que les tocó vivir, pero nosotros tenemos que (des)hacer el arte por nosotros mismos.

La nostalgia es el futuro”, dice el protagonista de su novela al comienzo.

La nostalgia no es un buen asunto porque es conservadora: no hay ninguna edad dorada en el pasado, tenemos todo un mundo que conquistar por delante. Pero el personaje principal de la novela es ficticio, él es libre para expresar opiniones con las que estoy en desacuerdo. Es una de las cosas que más me gustan de la ficción, que permite explorar un rango/abanico muy amplio de posiciones subjetivas.

Escribió Memphis Underground en 2004, y en sus páginas se pueden encontrar referencias sociales, sobre la juventud británica, la cultura pop, los negocios y mucho del estilo de vida que consideramos propio del siglo XXI. ¿Crees que Memphis Underground puede funcionar como espejo de su país en la actualidad? Porque entiendo que está usted interesado en reflejar la sociedad de su país.

Creo que siempre terminas reflejando la época en la que vives, independientemente de que quieras o no hacerlo. Y, por otro lado, la gente que escribe literatura tradicional refleja el hecho de que mucha gente vive en el pasado aunque necesariamente no lo sepa. Yo quiero reflejar de manera consciente la época en la que vivo y mostrar ahora mismo qué es lo que no funciona, lo que está mal y la dirección en que necesitamos movernos para hacer un cambio a mejor. Una de las cosas que necesitamos hacer es acabar con los estados-naciones. Encuentro la existencia de Inglaterra y de Reino Unido ridícula y despreciable, y voy a hacer algo al respecto en un futuro cercano.

Desde el Nothern Soul al coleccionismo, ¿en qué manera le interesa la llamada cultura pop?

Es importante entender la cultura pop históricamente, así que mi interés se remonta a cosas como la literatura de crímenes reales de hace más de 400 años, gente como el escritor del siglo XVI Robert Greene. Cuando miras la cultura pop y la llamada “alta cultura” te das cuenta que ambas interactúan y penetran: una no podría existir sin la otra. Así que, como prefiero la cultura popular a la alta cultura, quiero la abolición de ambas y la creación de una cultura comunista sin jerarquías.

¿Por qué seguimos distinguiendo entre ambas?

Porque vivimos en una sociedad capitalista alienada que crea falsas divisiones… La revolución proletaria pasará necesariamente por desbordar estas divisiones.

¿Y por qué tanto sexo?

El sexo y la pornografía son muy populares. En internet, en películas, en libros, en revistas, en nuestras casas y hasta en la calle. Sin duda, muchas de las mujeres españolas que tengo que conocer íntimamente son muy aficionadas a follar en la calle: así que pienso que es útil incluir mucho sexo en mi primera novela publicada en español, porque las mujeres españolas que la lean sabrán que no soy un mojigato y se darán cuenta del hecho de que si ellas vienen conmigo podrán pasar un buen rato. También me gusta usar la repetición para estructurar mi escritura y el sexo es muy repetitivo. ¡Y eso me chifla!

Has escrito Memphis Underground en primera persona. ¿Cómo de autobiográfico es? En general, ¿cuánto de experiencia propia hay en tu literatura?

Mi vida sexual está muy atenuada en mis libros, pero en general, no estoy describiendo mis propias experiencias sino sobre todo lo que veo o escucho, y eso sí que está basado tanto en las experiencias de gente que conozco como en las mías propias. La verdad es algo muy resbaladizo, pero escribiendo ficción uno puede acercarse a ella de manera más precisa que a través de una escritura “documental”. Memphis Underground es, por supuesto, un libro completamente biográfico porque es un documento exacto que recoge las teclas que pulsé en mi ordenador mientras lo estaba escribiendo. Es un nuevo tipo de autobiografía, una desnuda de todo contenido romántico y personal.

¿Por qué se entrevistó a usted mismo?

Durante mucho tiempo me he promocionado a mi mismo como “un egomaníaco a escala mundial”, y cualquier egomaníaco que se precie querría entrevistarse a sí mismo porque esto le permitiría hacerlo con una profundidad que nadie más puede conseguir. Y pensé que sería divertido, claro. Esa entrevista es como una remezcla: está formada por un lado por una serie de preguntas que yo le hago a alguien para una revista enfrentadas a las respuestas que dí para una entrevista para otra publicación completamente diferente.

¿Qué autores te interesan?

Hay muchos. Lynne Tillman, Kenneth Goldsmith, Barry Graham, Bridget Penney y Darius James serían algunos, entre los autores contemporáneos que escriben ficción en inglés.

¿Cree usted realmente en una conspiración global o es sólo un truco, un juego, que emplea como narrador?

No creo que haya ningún tipo de conspiración global, pero la idea de que sí la haya puede ser usada en la ficción para apuntar lo absurdo de esta misma idea. La gente que se toma en serio las teorías conspirativas y que cree que puede descubrir “la verdad” suelen terminar locas (si es que no lo estaban cuando decidieron tomar ese camino). Al escribir ficción sobre teorías conspiranoicas quiero mostrar su inutilidad. Porque no hay ninguna necesidad de desvelar verdades ocultas sobre quién controla el mundo: la opresión en la que vivimos bajo las relaciones sociales capitalistas no están ocultas, y estas teorías no dejan de ser una distracción de las maneras con las que podremos reformular nuestra sociedad.

Lo siento, pero esta es una pregunta personal: ¿Cómo es su día a día?

Cada día es diferente. Algunos me levanto y voy al gimnasio, otros empiezo a escribir o a trabajar en material para alguna galería de arte después de desayunar. Mis horarios de comidas varían completamente cada día. Anoche estuve en el pub con tres amigos que trabajan para diferentes editoriales en Londres, anteanoche fui a una lectura pública de poesía y la anterior me quedé en casa. La mayoría de los días empleo una o dos horas en pasear por las calles, así puedo encontrarme algunas chicas españolas cachondas. No es muy difícil: hay muchísimas españolas cachondas en Londres. Una de las más curiosas con las que me he topado recientemente trabaja profesionalmente como actriz porno con el nombre artístico de Snake Girl. Tiene un tatuaje de una serpiente por todo el cuerpo, que es lo que la ha hecho famosa como actriz y modelo fetichista. Yo estaba cerca de un pub en el Soho cuando me presenté. No obstante, aunque hay muchas mujeres españolas cachondas en Londres, todavía hay muchas más en España, es por eso por lo que me gusta visitar ciudades como Barcelona. Y suelo tener que viajar a menudo: por ejemplo, he estado tres veces en Nueva York en los últimos cuatro meses, y de las misma forma, he estado en muchos otros sitios. Y también es fácil conocer a españolas cachondas en en Nueva York, ¡al menos tanto como en Londres! Pero volviendo a lo que me preguntabas: cuando no estoy ocupado con las españolas, la mayoría del tiempo estoy comiendo, escribiendo, bebiendo o dándole duro al gimnasio.

Tercera Parte: Algunas citas de Memphis Underground

Sobre la novela:

“Quizá deba explicar que Memphis Underground no es exactamente una novela. He dado a luz varios textos publicados como novelas que en realidad son otra cosa. Después de Joyce, después de Finnegans Wake, escribir novelas no tiene sentido. La literatura está muerta. La única literatura que me interesa es más antiliteraria que literaria”.

“Mientras ciertas secciones del del libro reflejan mi experiencia viviendo en el complejo Avebury en Bethnal Green, otras están tomadas de los nueve años en que alquilé un apartamento en la urbanización Teviot de Poplar. La vivienda y el aburgesamiento han sido temas dominantes en mi ficción desde la mitad de los ochenta en adelante, así que los temas que trato aquí de ningún modo se desvían de mis anteriores preocupaciones. Quería explorar lo doméstico, un tema del gusto de muchas escritoras feministas, insistiendo, como cualquier teórico feminista que se precie, en que lo doméstico no es algo que deba tratarse de forma aislada”.

“Quiero mezclar crítica, poesía y narración popular”.

Sobre el mundo literario:

“Durante muchos años estuve reclamando las prestaciones sociales (de forma intermitente), y entre tanto escribí rápidamente algún que otro libro. Desde el principio supe de la miseria del medio literario y al mismo tiempo desarrollé una crítica a la noción de personificación dentro de la literatura, que demostraba su inextricable relación con la osificación total y la quimera ideológica del ‘personaje nacional’. Me interesaba la cultura mundial y el constante devenir y despreciaba la literatura, puesto que la literatura siempre ha sido y sigue siendo ‘literatura nacional’. En consecuencia, entendí a aquellos hombres y mujeres que componían el establishment literario británico como un objetivo legítimo para las bromas que refutaban la hegemonía de sus puntos de vista […]. Toda buena diablura tiene un propósito, y el mío era protestar contra una situación en la que uno estaba a favor de Rushdie y de la libertad de expresión o, de lo contrario, estaba del lado de los fundamentalistas islámicos”.

“El hecho de que considere a Rushdie un novelista mediocre ni implica necesariamente que tenga una mala opinión de él como persona, pero debo confesar que no me sorprendió que, aunque preparado para darle la mano, no me dijera nada en absoluto. Ni siquiera ‘felicidades’. Los que hacen la (contra)revolución a medias sólo se cavan sus propias tumbas”.

Sobre la industria cultural:

“De los horrores de la esclavitud y el holocausto negro llega la cultura del Atlántico negro, que es la base de casi toda la música y la literatura que vale pena hoy en día”.

“…pienso que en los últimos años ha habido un declive general en la calidad de la ficción, algo que yo atribuiría a las condiciones sociales y a la industria editorial que perpetúa las ajadas formas de la novela tradicional”.

“La música rock es simplemente otro elemento del creciente confirmismo. U2 y Salman Rushdie son tal para cual. La vida real está en otra parte”.

“No veo la tele y no tengo tele”.

[Diálogo] “Es lo que toca —observé, lacónico—, es algo que los críticos no parecen entender de la música pop. Se equivocaron al creer que hay canciones destacadas pero un disco bueno de verdad para fans de cualquier género es cualquiera que siga una plantilla al pie de la letra. Lo que hace especial una canción clásica es su falta de originalidad. Los músicos están afinando el sonido hasta la perfección al tiempo que eliminan nuevos temas un día tras otro. Todo lo que necesitas es un par de coros. La música pop es un proceso de reducción de elementos hasta los mínimos esenciales. El baile establecido del revival del northern soul encaja con este fenómeno”.

Sobre el sexo:

“Después de ver a [Jennifer] López en Un romance muy peligroso, empecé a pensar en hacer bondage al estilo japonés con mujeres de veintitantos y treinta y tantos años, a las que vestiría y desvestiría parcialmente con uniformes de policía estadounidense. Sin embargo, al final me di cuenta de que sólo estaba invirtiendo —en lugar de desafiar— los valores de la sociedad dominante con este juego de bondage, y eso a pesar de que conocía a más de una decena de mujeres a las que les atraía la idea. Entonces volví al fetichismo de la muñeca hinchable”.

Sobre la tecnología:

“Parafraseando a y transformando de manera dialéctica a [Walter] Benjamin, en una sociedad capitalista alienada la tecnología causa catástrofes. Sin embargo, en una sociedad comunista, la tecnología puede asumir un rol útil en el desarrollo de la verdadera comunidad humana. Por desgracia, quizá sean necesario evitar malentendidos al admitir que la URSS estaba tan lejos del comunismo como puede estarse. El reglamento estalinista es un ejemplo del capitalismo de estado desarrollado mediante los principios organizativos sistematizdos primero por el anarquista reaccionario Mijaíl Bakunin”.

“De hecho, creo que vivimos en un periodo de declive cultural, si bien es cierto que provisorio, aunque yo no lo atribuiría a la tecnología. Durante los progresos revolucionarios en los sesenta y principios de los setenta, llegó a ser más fácil innovar y producir cultura de manera social y colectiva. Si las condiciones sociales en las que la cultura se produce han empeorado debido al retroceso de la última ola revolucionaria, entonces, en lugar de tener que asumir la culpa, la tecnología puede proporcionar a ratos un contrapeso (aunque no un correctivo, algo relativo a la acción humana”.

Sobre sus libros:

“Odio ver libros ordenados alfabéticamente. Yo agrupo libros en función del uso, y los usos cambian con el tiempo”.

Sobre su público:

“A lo largo de los años, me ha sorprendido descubrir que mi público es muy diverso. Dado que la primera vez que se apoyó con euforia mi ficción fue en la prensa musical y de tendencias londinense, creo que la gente asume que tengo que atraer a los ‘chavales’. Sin embargo, cuando doy lecturas, percibo la diversidad de edades en el público”.

“Con todo, en realidad no siento que esté peleando por la atención de los chavales o que tenga que competir con los videojuegos. Además, puede que un ‘chaval’ quiera jugar al ordenador por la mañana, leer uno de mis libros a mediodía, discutir sobre ficción por la tarde, y follar con su novio o novia al ritmo de la guitrarra psicodélica soul jazz de Boogaloo Joe Jones toda la noche. Por lo general, la mayoría de los ‘chavales’ hace otras cosas además de jugar a videojuegos”.

Sobre el humor:

“No tengo consejos que dar y en su lugar ofrezco historias de mi vida a modo de parábolas, con la esperanza de que al menos puedan provocar unas risas”.

Epílogo: Algunas palabras de su traductor, Antonio J. Rodríguez

¿Cómo definirías el estilo de Stewart Home en Memphis Underground, cuáles serían sus coordenadas, para que el lector se haga una idea y no se pierda?

La enorme virtud de Memphis Underground es que atrae por igual a quien está muy cabreado por el actual estado de las cosas, al fanático de la teoría literaria, a quien se mofa de los círculos literarios, al marxista redomado, al melómano puretilla y a quien concibe el arte contemporáneo como un fraude equiparable al capitalismo financiero. En su obra convergen los intereses de públicos absolutamente dispares. A eso se le añade que esta es una novela política increíblemente divertida, y diversión y propaganda (y Home tiene una enorme puntería cuando se pone propagandista) no parecen ser conceptos que casen bien. Otra razón es que su diatriba contra el estado de bienestar y la corrupción generalizada no puede estar más al día.

¿Ha sido una traducción complicada por su uso del lenguaje? ¿Cuál ha sido el principal reto de traducirlo?

Home manipula con gran frecuencia el ánimo del lector: lo somete a un centrifugado de un epígrafe a otro, y eso, en efecto, tiene resonancias muy sutiles en el ritmo y los registros. Sus registros comprenden desde las conversaciones de los vándalos de barrio adictos a la anfetamina al sesudo ensayo de teoría crítica. Tampoco tiene ningún reparo en acompañar una conversación sexual escandalosamente grosera con pasajes manipulados de la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, o cosas por el estilo (y aquí se encuentra otro rasgo de MU: su utilización del plagio). De todos modos también recuerdo con gran diversión la traducción de algunos pasajes, como cuando me obligó a llenar una página con sinónimos ingeniosos para el pene.

¿Junto a la obra de qué escritores la colocarías?

Honestamente, no se me ocurre ningún escritor vivo que cruce a ese nivel hooliganismo cultural e inteligencia sublime. Merece estar en el salón de la fama del macarrismo ilustrado. Al mismo tiempo, Memphis Underground es deudor directo de Trocchi, un autor de culto lamentablemente desconocido en español que comparte con Home el gusto por la desobediencia y la prosa exquisita.

Publicado originalmente en JotDown el 22/04/2012

Review: Creation Stories: Riots, Raves and Running A Label

In Dance usted, Hooliganeo, Lecturas, NoFicción, Nostalgia de mierda on 23 noviembre, 2013 at 5:31 pm

Creation Stories: Riots, Raves and Running A Label
Creation Stories: Riots, Raves and Running A Label by Alan McGee
My rating: 2 of 5 stars

Creation Records ha formado parte mi vida y de mi formación cultural desde antes incluso de que supiera que existía Creation Records ni de que tuviera una formación cultural de la que preocuparme. Por eso me lancé como loco a comprar en Amazon este libro en cuanto vi las primeras reseñas en la prensa británica, tan dada a exagerarlo todo con tanta pasión, con la idea de empaparme y conocer mejor los detalles de una época, un sello y unos discos a través de los cuales, en serio, puedo trazar una línea autobiográfica y hacerlos míos. El título del libro, como siempre, esconde mucho más de lo que parece: es difícil no fijarse en esa gigantesca leyenda que ocupa toda la portada y que dice ‘Alan McGee. Creation Stories. Riots, raves and running a label’. Marca una jerarquía clarísima en los asuntos que trata:

1)”Alan McGee”. El capo que se ponía hasta las cejas en fiestas, con algunos de los grupos más “peligrosos” de la época, se va convirtiendo a medida que pasan las páginas en una diva calva con claros síntomas de ‘attentionwhorismo’. Y, en serio, sus batallitas son lo peor entre mucha, mucha paja de líos familiares, amorosos, sus problemas con las drogas, sus viajes transatlánticos, sus salidas de tono con personalidades y medios de comunicación, alguna pelea, la preocupación por la imagen que cree que todos tienen de él como escocés de acento y modales poco delicados. Poco a poco, McGee aparece dibujado como un tipo que va perdiendo interés en la música y de pertenecer al mundo de rock’n’roll en el papel que sea (con su propia banda, con su propio sello, ejerciendo de manager) e incluso va perdiendo el interés en sus propios grupos: para cuando pilla a Super Furry Animals, que él considera la última gran banda de Creation, allá por 1996, ya reconoce que apenas tiene nada que ver en los asuntos del sello. Lo que vendría después sería cuesta abajo.

2)”Creation Stories”. Aquí debería estar lo bueno. En el backstage, en las negociaciones, en las relaciones que cualquier sello establece con sus grupos. La mirada de McGee hacia ellos suele ser terriblemente condescendiente, del tipo yo-lo-sabía-pero-no-me-escuchasteis, o bien del todo triunfalista (del tipo sois-lo-que-sois-gracias-a-mí), aunque durante esos años la cosa bascula entre una dictadura y la complicidad mutua, como un Tony Soprano que sabe cuidar de los suyos y sabe cuándo tiene que atar en corto o soltar las riendas para que los grupos no terminen frustrados. Depende de quién seas, claro: no es lo mismo ser Primal Scream, un grupo con el que en todo momento se establece una relación de igual a igual (McGee y Bobby Gillespie fueron juntos al cole), que Ride (creo que es de ellos de los que llega a decir algo así como que “es raro que tuvieran éxito cuando todos sus miembros eran tan feos”) o incluso My Bloody Valentine, a los que parece que tiene que soportar como se soporta a un familiar loco. El libro es abundante en lo que quiere, en anécdotas con las bandas grandes, aunque casi siempre centradas en los escándalos, las drogas y en resaltar que, por sus orígenes, McGee se ha sentido siempre mejor entre macarras que entre “genios” como Kevin Shields. Por cierto, aunque personaje cretinesco, McGee fue un genio en muchos aspectos, uno de ellos fue manejando a la prensa, a la que sabía contar buenas historias (aunque no fueran del todo ciertas) y con la que ha terminado ganándose una imagen bien merecida como cretino. Con todo, se aprecia que de vez en cuando reconozca sus propios errores.

3) “Riots, raves and running a label”. Bueno: “riots” hay aquí pocas, quizá más en la época de J&MC, cuando el grupo conseguía que su público destrozara los locales y todo el mundo terminara en el hospital con algo roto. Eso mola. Las “raves” de aquí son las que se pegó McGee durante su época más flipada, en la que viajaba a menudo a Manchester, carentes de interés musical, más allá del yo-fui-quien-abrí-la-mente-de-Primal-Scream-a-las-raves y de lo que supuso en ese contexto un disco como ‘Screamadelica’, que supo conjugar rock y música de baile. El resto, el “running a label”, se resume, en los primeros años, en los sucesivos amagos de quiebra y de posterior recuperación económica, casi siempre debido a golpes de suerte (ya se sabe: grupos que venden mucho ayudan a que los que no venden tanto puedan editar sus trabajos) y, en los últimos tiempos, en un intento desesperado por llegar a un acuerdo con una major a la que vender Creation. A veces, como lector, dudo de si no fue esa la intención inicial de McGee: especular con la música, con las bandas (como lo hizo a la hora de negociar derechos y licencias en Estados Unidos, por ejemplo) y de inflar y especular con el valor de su propio sello para su posterior venta. “¡Ya soy multimillonarios!”, grita McGee en un momento dado, triunfal.

Durante la lectura, trufé el libro con subrayados con la idea de hacer un post largo para el blog solo con las palabras de McGee, que fueran ellas las que lo describieran como personaje, algo que ahora me parece un tremenodo coñazo. Me cansé de subrayar frases en las que hablaba de todo lo que se drogaba y de lo que sufría su cuerpo con ello. Me cansé de subrayar frases en las que hablaba del dinero y que iba a convertirse en multimillonario. Uno tiene sus límites: el mío está en leer sus anodinas anécdotas con Tony Blair. He de confesar que no acabé este libro: al 65%, la historia de Creation echó el cierre. Atrás quedó un acuerdo millonario con Sony. Su último disco fue uno de mis discos favoritos de todos los tiempos, ‘XTRMTR’. Lo que vino después, según lo he hojeado, fue un nuevo sello, Poptones, una nueva época, el siglo XXI, y una nueva superbanda en la que centrarse, The Libertines, lo dejo para cuando recupere algo las ganas. Es casi la mitad del libro.

Pero, eh: ha habido cosas importantes que he hecho durante estas páginas. He descubierto o profundizado en grupos como The House of Love o Felt, que resulta que no están tan alejados de mis gustos ochenteros (de la rama Cocteau Twins). He recuperado discos de shoegaze que aún no tenía y me he enterado de por qué la trayectoria de Ride fue tan errática. Y me ha servido para escuchar después de algunos años el primer disco de Oasis, que justifica por si solo la existencia y la estupidez y el devenir y la decadencia de los hermanos Gallagher. Adoro cómo suena ese disco.

Y he elegido una cita que creo que podría resumir el libro y el ego de McGee y resumir también su labor en Creation durante sus años de vida:

“I’d always love Malcolm [McLaren]. I’d even tried to ‘be’ him for a while when I was managing the Jesus and Mary Chain. We’d met first in 1996 when we’d done an interview together por ‘Punch’ and I pulverized him in it. I was a right cunt. I said if I’d had the Sex Pistols they’d still be going, I’d have sold 60 millons records. He couldn’t really answer back about that, because I had the biggest group in the world by then in Oasis.

Of course, to be fair, with the Sex Pistols he changed culture and I never did. Unless you count inventing Shoegazing”.

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‘Jackass 3D’: el arte de hacer(te) papilla

In Carne con moratones, Hooliganeo on 3 noviembre, 2010 at 7:51 pm

“Peligro, mierda y pota. De eso va este pelicula. Y sex-appeal”, suelta a la cámara alguien del equipo de Jackass 3D después de realizar con éxito una proeza asombrosa: convertir una letrina de plástico, de esas que se encuentran en cualquier obra, llena de excrementos de perro, en una coctelera gigante con la ayuda de una grúa y unos cables elásticos. En el interior, Steve-O, uno de los chicos con los huesos de goma que forman la troupe Jackass, es fijado con arnés. La idea es que la letrina suba y baje suspendida en el aire, víctima de su peso. Una cámara desde dentro recoge el vaivén interno, los perdigones marrones y la espuma sucia bañando en ralentí al pobre Steve-O, que tras el viaje no puede sino vomitar. Prueba superada.

La propuesta de Jackass no es muy diferente a la del maravilloso hombre-bala del circo: el público no sabe qué es mejor, si que sea lanzado con éxito desde el cañón o que se la pegue. Qué risa. Ya desde su logo, una calavera de pirata apoyada en dos muletas, se ha convertido en una marca que transmite ingenio, dolor, carcajadas y asco a partes iguales. Y no es más descerebrado que muchos realities que se ven hoy por la tele: Jackass es un hijo natural de la MTV y de aquellos vídeos caseros de skate que lucían caídas aparatosas en el asfalto (de ahí procede su principal artífice, Johnny Knoxville, y el resto de dummies kamikazes que se juegan los dientes). Hace del daño y el ridículo ajenos una válvula de escape para el espectador, que tras los “accidentes” tiende a cubrirse porque el dolor traspasa la pantalla.

Jackass es muchas cosas, y ninguna es estúpida. Incluso experimenta a su manera (colocarse delante del motor de un avión, a ver si sales volando, sólo puede calificarse de experimento). Pero sobre todo es una comedia como la copa de un pino, que no tiene miedo a usar recursos con mala fama (cámaras ocultas, tomas falsas, escatología, la risa políticamente incorrecta a costa de enanos, viejos y gordos, el recurso del cazador cazado) y que prescinde del argumento para hacer del gag su trofeo, como una película muda que captura una caída con una cáscara de plátano. Jackass es punk rock, cine peligroso, rápido, físico, bárbaro, nihilista y espectacular (ahora sí: las 3D muestran las explosiones desde dentro). Cualquier lectura sesuda sobre los valores que transmite sobra porque consigue su objetivo: dejarte hecho papilla en la butaca. Prueba superada.

Publicada hoy en Público.

Pildorazo: We Are Scientists – Goal! England

In Hooliganeo, Pildorazos on 9 junio, 2010 at 5:19 pm

We Are Scientists se ponen hooligans para el mundial.

Crónica Primavera Sound 2010: esplendor y mugre en Barcelona

In Dance usted, Hooliganeo, NoFicción, Nostalgia de mierda, Ruidismo on 31 mayo, 2010 at 1:19 am

Jueves 27 de mayo: no es mugre todo lo que reluce

Dos maneras de comerse un filete: atacando el centro, donde está la chicha y la sangre, o devorarlo desde los márgenes, buscando el nervio y sin evitar la grasa, que es donde muchos encuentran la gracia. El suculento Primavera Sound se presta a meter cuchillo de ambas formas, en función del hambre del oyente, que en ningún caso se va del recinto con el estómago en su sitio. El jueves arrancó la primera jornada con la mirada puesta en marcas anteriores: más actuaciones que nunca y la previsión de que se tocará techo en asistencia, unas 100.000 personas a lo largo de tres días. Proteínas por un tubo, que para eso el festival cumple diez ediciones. Felicidades.

La chicha: los noventa son nuestros. No es que la década de Kurt Cobain esté de nuevo aquí: es que en el caso del Primavera Sound, nunca se fue. El jueves The Fall fueron los encargados de recordarnos que el mundo ya existía antes. Dicen que su líder, Mark E. Smith, ha perdido kilos pero en escena no le falta ni un gramo de mala hostia. Su banda suena actualmente antipática, por aquello de buscarle coartada con la crisis económica, y sus estallidos encuentran equilibrio en los recitados verborréicos marca de la casa, como un mantra cabreado y hoy algo cascarrabias.

Tras The Fall, con las actuaciones de Superchunk y Pavement, el escenario principal quedó consagrado como templo a la nostalgia. Vale, suenan profesionales (adiós al lo-fi) pero con todo el calor que exigen este tipo de reuniones, en muchas ocasiones fofas y en baja forma. No es el caso de Stephen Malkmus, que lleva más de una década al margen de Pavement, y que se creció bajo unas lucecitas que recordaban a Terror Twilight (1999). El llenazo lo consagró como el concierto del día a nivel popular: el publico llegaba hasta la pradera frente al escenario, donde los que no coreaban sus uh-uh-uhs aprovechaban para echarse un sueñecito. Era la hora de irse al hotel. O visitar la zona del kebab para tomar fuerzas.

Pero no es mugre todo lo que reluce: el escenario ATP ofrecía un viaje por los noventa más experimentales. Es el caso de Circulatory System, proyecto de Will Cullen Hart, uno de los responsables de hacer cool el acid folk desde el colectivo Elephan Six en la época. Su concierto, eso sí, sonó más folk que acid. Y de Tortoise, para recordar que entonces el post-rock llenó páginas sesudas sobre el futuro de las guitarras. Supergrupo de virtuosos, su concierto tuvo algo de fiesta privada, donde son los músicos los que se lo pasan chachi sin importar que el público se quede a medias. Y fue muy noventas incluir Bis, el neo-grunge de Comanechi y hasta Chrome Hoof, capaces de sonar a Chemical Brothers con guitarras de Slash. Aunque para eurodisco, Delorean: ellos han saltado de los ochenta a los noventa para reivindicar el eurobeat, que en el Primavera sonó, ahora sí, a las mil maravillas, y con buena mano para adaptarse al formato directo: coros al cielo y líneas de piano que, recordemos, en su día no eran del gusto de ningún indie kid.

Los márgenes: la radiofórmula desintonizada. Había ganas de ver a The XX y The Big Pink, habituales en las listas de lo mejor del pasado 2009. Los primeros ofrecieron el otro llenazo de la jornada con un concierto que creció como una bola de nieve: tan frágiles, parecen más adecuados para una sala, aunque el repaso de su único disco terminó siendo inmenso (y breve) con Infinity como supernova. Su inusual apuesta por la limpieza y el minimalismo y su apoyo en voces tímidas chocó con The Big Pink, que entraron en escena como elefante con la trompa fuera. Saturados y con mucho de pose, pusieron broche a un concierto oscuro y ruidoso con su gélida y dormilona versión de Sweet Dreams de Beyoncé.

Pero si hay que elegir un concierto sería el de Fuck Buttons. El salto que ha dado el dúo (que ya nos dejó mareados en el Primavera 2008) es espectacular: del amateurismo y onanismo por los cacharros han pasado a ser jefazos de la pista, gracias a Andrew Weatherall, otro nombre imprescindible para entender los 90. Cómo explicarlo: hacen bailar a base de ruido, como una radio desintonizada marcada por arañazos y chirridos. Tenían hasta su propia bola de espejos. En cierta manera, su directo fue como aquel mítico de Animal Collective hace un par de años en cuanto a valentía y entrega de público. Tras ellos, y con los oídos llenos, lo de Moderat, a las 4 de la mañana, no consiguió levantar ni a los que seguían con ganas de fiesta.

[Lista del primer día en Spotify]

Viernes 28 de mayo: Pero siguen siendo los reyes

Después de la calma llega la tormenta. ¿O era al revés? Segunda jornada del Primavera Sound marcada por las aglomeraciones y las actuaciones solapadas, lo que en algunos casos llegó a ser dramático. Hubiera sido un día para no salir del reducido Auditori, aunque allí tampoco había manera de librarse de algunos desajustes en los horarios: ¿Owen Pallet y su proyecto de orquesta-pop a las 16 horas? ¿Pero es que aquí no duerme nadie? Algo similar ocurre con programar a los soleados A Sunny Day in Glasgow a las 18: es una cuestión de luz. Hay demasiada luz.

Mejor arrancar con uno de los hypes de la temporada, Best Coast, que con tres singles y la promesa de un disco ha levantado expectación y más de una ceja. Como una Courtney Love recién encendida (tiene su propio pasado como emergente ídolo pop), la tía encandila aunque su fórmula hoy esté de moda: pop rollo 50-60s difuminado entre capas de baja fidelidad, ecos de California y, ay, un tontorrón magnetismo melódico. Que alguien suba al escenario y le bese, por dios.

Como aquellos que son capaces de predecir el mal tiempo viendo moverse las hojas de los árboles, el inexplicable éxito de público de una propuesta lateral, como es Beak> (proyecto kraut del Portishead Geoff Barrow: menudo directazo fue el suyo) debía habernos avisado de lo que estaba por llegar al escenario ATP.  El horror, el horror: los esperados Beach House y una marea de gente que desde una hora antes se movía torpemente buscando dónde acoplarse, arriba, abajo, a los lados o en el escenario de atrás, donde gracias a su impoluto sonido, cristalino y expansivo, temas como 10 Mile Stereo conseguían colarse entre canción y canción de unos Wire que, siendo ya casi abuelos, no parecen bajar la guardia nunca.

Lo de Wilco, digámoslo ya, es para dormir a las ovejas. Beeeeh. Es decir: nada que objetar a su impecable técnica, un repertorio sobrado y bla-bla-bla, pero no hay que olvidar que son casi habituales cada año en el Primavera y en España, cuyo público les ha visto crecer. ¿Correctos? ¿Profesionales? ¿Es que se podía esperar otra cosa? Lo mejor para despertar fueron Japandroids: nada del otro mundo, más allá de un cabreadísimo dúo formato guitarra-batería que, de nuevo, trae a la cabeza el estruendo de Nirvana.

A partir de aquí la cosa sólo pudo ir a peor. Dramático fue tener que correr para ver quién salía victorioso entre una promesa (Panda Bear), un veterano con tablas y vozarrón (Marc Almond) y una novedad chulísima (Cold Cave). Panda Bear ofreció posiblemente el peor concierto del día: en lugar de playero, su directo fue una versión aguada de Animal Collective o como ver a El Guincho enredado en una eterna prueba de sonido, ante un público desconectado, casi zombie, y encima se permitió el lujo de no tocar sus hits más reconocibles. Almond es de una especie en extinción, entregado y agradecido, pero apenas consiguió llamar la atención de menos de la mitad del aforo del escenario Ray-Ban, que se desangraba para ir a coger sitio para los Pixies. Por eliminación, victoria para Cold Cave con un directo más rudo que en disco, y una facilidad pasmosa para pasar del techno-pop al ruidismo.

Y entonces llegaron los Pixies para salvarnos la vida (y el día). La banda lo había avisado en su Twitter: éxitos de todos los discos y algunos que temas poco tocados desde su reunión en 2004. Su actuación no tuvo nada que ver con el frío espectáculo del Festimad de aquel lejano año; casi se podía apreciar buen rollo entre un Frank Black con el piloto automático y una educadísima Kim Deal. Eso fue lo que ofrecieron ante cientos de móviles que les enfocaban desde la arena: himnos de dos minutos (todos, de las más punk a las más pop, de Debaser a Wave of Mutilation, de Here comes your man al bis Where is my mind?), dos versiones (de Neil Young y Jesus & Mary Chain) y temas que se les resistían, como U-Mass y Dig for Fire. Decir que la gente estuvo como loca (por la pradera corrían chicas en bikini, de verdad que no era una alucinación) es quedarse corto. Salir de allí para ver a otro de los hypes de la temporada, Yeasayer (autores de la tema del anuncio televisivo del festival), tampoco valió la pena, ni siquiera por las pullas al anunciante. Para entonces ya estábamos de vuelta al duro hormigón del Parc del Fòrum. Qué rollo.

[Lista de segundo día en Spotify]

Sábado 30 de mayo: Volando voy, volando vengo

Lo prometido es deuda: visto el sold out del viernes, que hacía del Parc del Fòrum a ratos un infierno con superpoblación (35.000 almas vagando de un escenario a otro), el sábado era obligado hacer parada en el Auditori. Van Dyke Parks (1943), colaborador de Brian Wilson y los Byrds, visitaba Barcelona con un recital centrado en piezas de piano más allá del pop, sin orquesta, con citas añejas al espíritu de Nueva Orleans y mensaje político omnipresente, del racismo al ecologismo (el tema Black Oil está inspirado en el desastre del Prestige, como explicó). Anécdota: en una esquina del anfiteatro estaba sentado J, de Los Planetas.

Pero la actuación que más éxito atrajo en el Auditori fue “Camarón. La leyenda del tiempo 30 años después”, un homenaje all-star a artista y obra tres décadas después, “desde la alegría, no desde la nostalgia”, como dijeron sus responsables, el guitarrista Juan Gómez Chicuelo y el cantaor Duquende. Una propuesta entre el flamenco (que no suele entrar en la programación del festival) y el jazz que emocionaba a la audiencia conforme hacían aparición colaboradores como la bailaora Rafaela Carrasco, y, sobre todo, Kiko Veneno en la recta final. “Un día vino Camarón a mi casa, me escuchó esta canción y desde entonces me ha alegrado la vida”, dijo, para inmediatamente darle al volando voy, volando vengo.

Y volando a la zona de escenarios. Había ganas de ver cómo ha digerido el éxito Florence + The Machine y si sus nuevos temas acentúan su condición de diva pop o le dan nuevos estados de euforia con una banda que no es en absoluto de acompañamiento. De entrada, el exceso de drama de Florence no desentonó en un show onírico, con ese aspecto de haberse saciado en un festín griego, entre su ropa y el arpa. Sus seguidores celebran el histrionismo (hizo cantar Happy Birthday) y ella les regala Dog days are over. Sobre el nuevo material, parece que no se le han subido los pulmones a la cabeza.

Dentro de los homenajes a los 90, en el escenario principal, The Charlatans repasaron entero su disco Some Friendly (1990), y confirmaron que, aunque llenazo, y por comparación, el sábado no pudo haber sold-out. La otra mirada a la década es en dirección opuesta a Madchester: Sunny Day Real State, hardcore hiperemocional desde Seattle, a flor de piel, que es como se veía a su público, ejemplar y endogámico, sentir aquello. Con Gary Numan retrasándose 20 minutos en la otra punta, era la hora de ir a cenar. Con ZA! de fondo.

Pet Shop Boys se repartieron entre su último disco, Yes (estupendas Did you see me coming? y Love etc), y unos grandes éxitos para cualquier público imaginable: Go West, Always on my mind, It’s a Sin o West End Girls. Aparatosos en el escenario (a sus espaldas, un muro de cubos se tira y se levanta una y otra vez, haciendo formas), llegaron a dar pereza en las partes más tranquilas (Being Boring, parece un chiste pero no lo es) y con unos bailarines que lo mismo hacían coreografías tontísimas disfrazados de edificios que escenifican una pelea de pareja entre bailes de salón.

La de Orbital fue la última gran actuación de la noche y del festival por este año (también el último rastro de los 90): menos flexibles que en el SOS de Murcia, consiguen estropear su propia electricidad cuando cuelan fragmentos de Bon Jovi y Berlinda Carlisle. Como si les hiciera falta. Una pena que Health coincidieran en horario. Volando, y viniendo.

[Lista del tercer día en Spotify]

FOTOS: Mª Ángeles Torres

Foals y el baile después del baile

In Believe the hype, Dance usted, Hooliganeo on 17 mayo, 2010 at 8:00 am

Lo de esos grupos que te enamoran con un primer disco es un sinvivir. Me refiero a lo que esperamos de ellos en el segundo y en adelante. Foals me tuvieron en vilo durante meses esperando la continuación de un debutazo como fue Antidotes (2008), en su día algo así como el atajo gimnástico entre los subidones al rojo vivo de Klaxons y la frialdad matemática de Battles. Se ha hecho esperar. Ahora que lo tengo en mis manos, sólo lamento lo inútiles que son las expectativas que nos creamos en estos casos, y lo conservadores que nos volvemos: ay, virgencita, que se queden como están.

Es raro porque en el nuevo Total Life Forever, título chungo donde los haya, hay poco de todo lo anterior. Poco de ese atletismo para la pista de baile que fue Antidotes (Miami podría ser lo más parecido y directo a su pasado hit Cassius). Y menos aún de cuando Foals sonaban como Bloc Party con decorados 8bit en Hummer EP (2007), aunque el single This Orient recuerde, eso sí, en lo malo a la banda de Kele Okereke. Mucho mejor para ellos: su ecuación definitivamente va más allá nu-rave + math rock, que resulta simplista hoy, visto que en la práctica la colorean lo mismo con afro-indie que con ska trompetero.

El sonido de los británicos es de los que ofrecen diferentes escuchas: primero te tocan los hits y los subidones iniciales. Después te atrapa la manera en que se retuercen de ritmos como guillotinas y los pellizcos a las cuerdas. Pero al final, lo que queda es una atmósfera difusa sostenida en el aire, como el vaho. Ofrece un segundo o un tercer subidón, más breve, más hondo, pero excepcional y evocador. Eso que ya estaba en Antidotes (lo mejor de aquel primer disco fueron los estallidos retardados de Olympic Airways, Electric Bloom, Big Big Love y Tron) creo que es lo más atractivo de este segundo.

Total Life Forever lo colocaría más cerca de eso que se llamado post-dance, o a cómo suena la música de baile después de cerrar el chiringuito. Como un eco en la cabeza, el recuerdo dulce y con grano de una canción, el recurso ese de traernos a la memoria y a la piel lo que una vez fue divertido. Como en su portada, hay algo de acuático en esta música de baile. Como en el Subiza de Delorean, hay algo en sordina, como estar en una discoteca con tapones en los oídos, lo que impregna los temas del mismo tono melancólico que el disco Delorean. Y como TV on the radio, lo de Foals es un poco incómodo: primero te meten un algodón en la cabeza y luego pinchan las yemas de los dedos de los pies para hacer que te muevas. ¡Cabrones!

Total Life Forever no es un disco entero. Yo he elegido las partes que más me gustan, pero también muestra otros caminos por lo que hoy transita el grupo y que pueden dar pistas de su futuro: la alargada sombra de Animal Collective está presente también aquí (en el arranque, Blue Blood y Total Life Forever), al igual que el espíritu cavernícola de TV on the Radio (What Remains), lo que dispara su atractivo como tribu pop. Como decía arriba, no me parece que el single This Orient les haga justicia. Es con las más difusas Black Gold, Spanish Sahara, After Glow y 2 Trees cuando se me viene a la cabeza todo este rollo de la fiesta después de la fiesta y en cómo se escuchan las canciones metido en una piscina.

Entrevista con Deborah Curtis: “Ian no asumió su enfermedad”

In Hooliganeo, Malditos, Versus on 26 febrero, 2010 at 1:50 am

El 25 de enero de 1978, cuatro veinteañeros de Manchester daban su primer concierto como Joy Division, un nombre usado por los nazis para llamar a las prisioneras que usaban como prostitutas. El 18 de mayo de 1980, su líder, Ian Curtis, se suicidaba en su casa siguiendo el ritual de un mitómano enfermizo: se tomó una jarra de café, vio la película Stroszek de Werner Herzog (sobre un aspirante a músico callejero que se suicida), exprimió una botella de whisky, escuchó The idiot de Iggy Pop y se colgó de un viejo tendedero que tenía en la cocina.

El grupo se encontraba en su mejor momento, a punto de embarcarse en una gira por Norteamérica y con su segundo disco listo para tomar las listas británicas. La muerte de Curtis, rodeada de síntomas típicos de un maníaco-depresivo, como ataques epilépticos, y posiblemente acelerada por el consumo de drogas, terminó por elevar al grupo a la categoría de culto y a su líder, al panteón de poetas malditos de la historia del rock.

Su viuda, Deborah Curtis, lo contó en Touching from a distance. La vida de Ian Curtis y Joy Division (1995; editado en España en 2008 por Metropolitan Ediciones), libro en el que se ha basado el fotógrafo Anton Corbijn (responsable en gran parte de la imagen en blanco y negro de Depeche Mode, U2 y Joy Division) para debutar en el cine con Control, que se estrenó ayer en nuestras pantallas.

Según cuenta Deborah a Público, escribir la biografía “me ayudó a poner los hechos en orden y me dio una excusa para hablar con otras personas sobre lo que había ocurrido. Sin embargo, desde que el libro salió publicado, he averiguado más sobre el trastorno bipolar y siento que entiendo mejor por lo que Ian pasó”.

Pelear por el control

El camino del filme no ha sido fácil, desde malentendidos con el resto de los miembros de la banda (Peter Hook, su bajista, se quejó del “control” excesivo que el cineasta ejerció durante su rodaje) a la hipoteca que, dicen, Corbijn hizo sobre su casa para poder rodar.

En Cannes, el cineasta explicó que Control es “la historia de un amor trágico. Es un filme sobre Ian Curtis, que llegó a ser el cantante de una banda llamada Joy Division. Y que se enredó en una relación al margen de su matrimonio. Pero Control habla también de su epilepsia y de la parte de su vida que no pudo controlar”.

Al igual que los miembros de la banda, Deborah también se sintió fuera del proyecto. “Me hubiera gustado involucrarme más de lo que me dejaron. Anton usó mi libro como punto de partida. Le aconsejé sobre determinados aspectos del filme, pero no acogió bien todos mis consejos. Aunque retrató la vida de mi familia, tuve que dejarle hacer su trabajo”, se lamenta.

Control está rodada en estricto blanco y negro, tal y como Corbijn recuerda la época en la que fotografió al grupo, algo quizá demasiado obvio para el ya de por sí universo oscuro del grupo. Deborah nos hace su propia valoración: “Me gustaron mucho las escenas en que Ian y Debbie andan por Barton Street tras una fiesta porque aquello realmente tuvo lugar allí. También me divertí viendo a Debbie conduciendo un Morris como el mío: me trajo muchos recuerdos afectivos. Desafortunadamente, el blanco y negro no muestra el exuberante y verde paisaje de Macclesfield”.

El lado oscuro

Tanto el libro como el filme no temen mostrar a un Curtis obsesionado con el éxito, con sus ídolos, con morir joven y con otros clichés juveniles. Es egoísta y manipulador en su vida privada, especialmente con Deborah, a la que no le preocupa avergonzar delante de su propia familia.

Su viuda se queja incluso de un ambiente machista donde sus preocupaciones no tenían hueco ante el ego desmesurado y la ambición de su marido: “Entonces no me sentí frustrada porque creí totalmente en lo que Ian trataba de conseguir y en su talento fuera de toda duda. Fue sólo después de su muerte cuando me di cuenta de que había descuidado mis ambiciones”.

También muestra la doble cara del cantante en su vida pública: en persona, Curtis era educado aunque reservado; sobre un escenario se transformaba en un punk que no temía romper una botella en el suelo y retozar sobre los cristales mientras interpretaba sus espasmódicos bailes.

En el libro, Deborah deja entrever su poco conocimiento sobre las drogas y sobre la propia enfermedad de Ian. ¿Se podía haber evitado el trágico final? “No estoy segura de si hubiera cambiado algohaber sabido más sobre drogas, epilepsia o depresión. Es muy difícil cuidar de alguien con esa dolencia y antes había todavía menos apoyo para estas enfermedades. Luché muy duro para ayudarle. Lo que sí creo es que todo hubiera sido más fácil si Ian y su familia hubieran asumido su enfermedad: podríamos haber trabajado juntos para superar las dificultades”.

Con todo, es difícil separar a Ian de su propio cliché de maldito y saber a ciencia cierta hasta qué punto es real la imagen que los medios han dado de él. “El Ian que yo conocí fue diferente, él fue mucho más tierno de como es retratado. La violencia de su manera de bailar, sus letras y la expresión de su cara reflejan su juventud. Él era muy joven y la voz con la que hablaba era mucho más suave y más dulce que la voz con la que cantaba”, dice Deborah.

¿Estaría, pues, orgulloso del lugar que ocupa hoy en la historia del rock, algo por lo que dio literalmente su vida? “Creo que Ian estaría verdaderamente emocionado por ser tan admirado. Tiene el lugar en la historia del rock quese merece”, zanja Deborah.

Publicado en Público.es el 8/4/2009

Happy Mondays: El grupo con el que los indies tomaron ácido

In Dance usted, Hooliganeo, Mareo on 24 febrero, 2010 at 12:45 am

Si finalmente los duros punk-rockers se soltaron tomando ácido gracias a los Flaming Lips, lo mismo podríamos decir que le ocurrieron a los indie kids con Happy Mondays: el grupo más gamberro de Manchester supo unir el espíritu del pop tradicional inglés con la nueva cultura emergente de baile, el house y las raves, en un momento único e irrepetible de la historia de la música y, desde entonces, nada ha vuelto a ser igual en el planeta pop. Empezando por la ciudad que acogió el fenómeno a finales de los años 80 y principios de los 90, y que cambió su nombre para siempre gracias a un tema de la banda que resumía a la perfección el estado de la ciudad y de sus habitantes: Madchester.

La decisión de Rhino de reeditar las dos “obras maestras” de la banda, el casi iniciático Bummed (1988) y el hiperactivo Pills’n’thrills and bellyaches (1990), puede servir de excusa para traernos de vuelta a esta versión macarra de Sly & The Family Stone, tal y como describió una vez al grupo su líder y vocalista, Shaun Ryder, aunque luego no recordara haberlo dicho. Y más cuando el año pasado el grupo anunciaba su vuelta a los ruedos tras casi 15 años con un disco flojete (que parecía mirar a Jamaica más que a Inglaterra) y una gira que demostró que los años no pasan en balde, sobre todo para los chicos que han
sido malotes.

Rock se escribe con ‘E’

Según Nathan McGough, el que fuera manager del grupo y quien les consiguió el primer contrato con el sello Factory, con Bummed, todos lo tenían claro: tanto él como Tony Wilson, capo de la mítica discográfica, “queríamos que Bummed fuera un álbum de éxtasis: el primer disco de rock hecho nunca con éxtasis”. Una vez escuchado el resultado, dijo que le parecía “el acontecimiento más importante ocurrido a la juventud desde el punk rock”.

El New Musical Express le puso entonces un 9 sobre 10 y aseguraba que éste sería tú disco “si te gusta la energía del acid y lo agresivo del buen rock independiente”, marcado con unos personajes sacados de Dennis Hopper, Charlie Bukowski, Hunter S. Thompson y Johnny Rotten.

Pero lo que realmente constituyó un acontecimiento fue ver al grupo tocar en un histórico Top of the Pops (los 40 principales británicos) junto a Stone Roses, otro nombre fundamental del sonido madchester. Poco después vendría la mejor época del grupo, sus colabroaciones con DJs como Paul Oakenfold, su entrada en un Top 5 británico dominado por gente como Phil Collins y Chris Rea, y la publicación de este Pills’n’Thrills and Bellyaches, no sólo su mejor disco sino, tal y como dice Joan S. Luna en Mondosonoro, el primer gran disco de los 90 y eso que la década no había hecho más que comenzar.

Publicado en Público.es el 21/1/2008

Historia de un bug en Wallace & Gromit: di sí al gorgonzola

In Cartoon, Gamefilia, Hooliganeo on 8 febrero, 2010 at 1:12 am

Encontrarse con un error de programación en mitad de una partida es una putada pero también tiene su morbo: ponen de manifiesto que quienes están detrás de un videojuego no pueden controlarlo todo como dioses de sus propios mundos ni prever todas las consecuencias de nuestros actos, a qué ajetreo someteremos cada uno de nosotros a los pobres mandos en nuestra intimidad. No me refiero a errores que hacen que nuestro personaje atraviese una pared que debería ser sólida, caiga a un vacío de polígonos y quede atrapado en un loop. Cierto que los bugs pueden verse como minas enterradas por el escenario que saltan cuando menos lo esperas, congelando la imagen en pantalla. Pero yo más bien me refiero al bug como vía de escape, como esas pequeñas puertas que de pronto aparecen en mitad de la nada y te invitan a saltarte las reglas de alguna manera. O al menos, a asumir el riesgo de intentarlo de otra forma. Riesgo porque muchas veces no deja posibilidad de volver atrás en nuestros pasos y corregir lo hecho si la cagamos.

Muchos bugs salen a la luz al intentarnos desviar del “camino oficial” y buscar alternativas, ya sea una alternativa creada de manera explícita por sus autores o alguna nueva, improvisada en función de nuestras peculiaridades como jugadores. El bug que he sufrido en Wallace & Gromit: La amenaza de los abejorros (que es una aventura gráfica clásica click and point, es decir, un poco rácana con los caminos alternativos y dependiente de un guión que marca en fuego cada paso adelante que damos) está contemplado como “alternativa oficial” por la gente de Telltale Games. Yo lo descubrí echando un vistazo a la lista de logros antes de empezar la partida, donde encontré uno titulado: “Nada de gorgonzola”. Descripción: “Completa el Acto 3 sin tocar el gorgonzola”. Misterioso. A por ello.

Historia de un bug #1. En un momento dado, Gromit, el que es perro en la pareja, debe enfrentarse a un enjambre de abejas mutantes en el sótano, cosa que puede hacer de dos formas que en el fondo son la misma, lo que cambia son los objetos que utilizamos. La manera oficial de resolver el problema es con dos trozos de queso distintos, uno de gorgonzola y otro de wensleydale, que debemos colocar en sitios concretos. Hacerlo sólo con uno supone un reto, aunque el hecho de ahorrarnos el trozo de gorgonzola no supone ninguna ventaja con respecto a quien sí lo utilizó.

El problema en Wallace & Gromit es algo que las aventuras gráficas suelen vigilar con muchísimo cuidado: que los objetos clave no desaparezcan de la partida hasta que la situación para la que fueron creados no sea superada. Cuidado, porque en Wallace & Gromit, una vez dicho no al gorgonzola, nada puede traerlo de vuelta aunque aún tengamos pendiente por resolver el puzle, lo que te condena a dar vueltas por los escenarios con la sensación de que falta algo.

Normalmente esa sensación es un espejismo que, tratado con maña en las aventuras gráficas, nos hace creer que estamos atascados cuando en realidad siempre sabemos que no es así, que pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, siempre hay una llave para una cerradura. Por eso podemos probar mil combinaciones de objetos sin miedo a que un paso en falso nos condene. Es básico. En este caso, la evidencia de que el espejismo era algo más serio la encontré en los foros de Telltale. La evaporación del gorgonzola es, en efecto, bug oficial. Recomiendan comenzar de nuevo porque el sistema de grabado de partida de la versión de 360 no permite hacer historial de partidas anteriores, lo que nos permitiría salvar la papeleta. Mierda.

Historia de un bug #2. Ahora que pienso en errores, es imposible no hablar de Oblivion, un juego que se presta a disfrutar buscándole la cosquillas. O por lo menos buscando los límites a las rutinas de sus personajes, que necesariamente son limitados debido al tamaño del juego (mi favorito: acabar con los enemigos desde los tejados). A veces los errores son hasta lógicos. Mi primera gran partida a Oblivion se vio frustrada por el concepto de paso del tiempo que tiene el juego. Y es que, tras algún tiempo prudencial representados en pantalla, los cadáveres de Oblivion (enemigos, aliados caídos, animales) desaparecen sin dejar rastro, algo normal no sólo para parecer verosímil sino porque como información también es información muerta: esos cuerpos no aportan nada al jugador y quitan recursos. Y estaría muy feo pasear por un escenario bélico después de unas horas de partida y no poder recorrerlo por culpa de montañas de cuerpos.

Pues eso, que en Oblivion los cuerpos tienen fecha de caducidad. El bug con el que me topé era ya una celebridad y para PC existía un parche que lo solucionaba, pero no para 360. A grandes rasgos, para poder contar con el beneplácito de una hermandad de magos, debía bucear en un pozo y buscar un anillo en el cuerpo de un ahogado. Lo que me pasó es que, desde que acepté la misión y el cuerpo “apareció” en el pozo, hasta que decidí bajar a registrarlo, pudieron pasar semanas. Es lo que tiene Oblivion: una gran capacidad para crear distracciones. Así que cuando me cansé de corretear por ahí y decidí bajar al pozo, ya no había ni rastro del cuerpo ni de, por tanto, anillo. Nunca volvió, y yo de nuevo tuve que decidir si empezar una partida desde el principio o seguir adelante sabiendo que ya tenía un camino cerrado, lo cual, por otro lado, siempre puede dar pie a su vez a incongruencias nuevas. Viva el lío.

Historia de un bug #3. Muy reciente, este en Sacred 2, con efectos curiosos (e inofensivos) también en los personajes no jugadores. Sacred 2 tiene la peculiaridad de que las misiones secundarias no se desactivan mientras nos encontramos realizando alguna, es decir, mientras avanzamos en un objetivo, podemos ir aceptando nuevos retos, acumulando uno detrás de otro. La idea es que puedes resolverlos en el orden que te venga en gana. En algunas misiones te siguen personajes no jugadores, a los que hay que cuidar porque normalmente (o eso creía yo) pueden morir si en vez de escoltarlos hasta su destino te desvías y los llevas directos a una mazmorra. En mi caso, estoy arrastrando una especie de pijo con túnica morada que, curiosamente, no puede morir porque es invisible para los enemigos y del que no me puedo deshacer porque al llegar a la marca indicada en el mapa como destino no pasa absolutamente nada. Creo incluso que la marca indicada en el mapa también es un bug, porque allí no hay más que unas sillas y unas mesas. A ver qué hago con el tipo este.
Volviendo a Wallace & Gromit, tras el atasco con las abejas, decidí empezar de nuevo y rejugarlo. Total, una vez jugadas, las aventuras gráficas salen solas. Podría dar diez razones por las cuales Wallace & Gromit es una franquicia encantadora, otra razón para rejugarlo (su guión es un ejemplo de cómo una aventura gráfica no tiene que repetir siempre las mismas líneas de diálogo y hacer parecer a sus personajes meros robots) y una más por la que no prestarle tiempo: que tiene bugs. Al menos, uno. Pero aposté por rejugarlo. No es que joderte a mitad justo de partida sea plato agradable, ya lo dije al principio, ni siquiera por una buena causa, pero al menos Wallace  & Gromit se arriesga y corre riesgos para darnos otras oportunidades.

En mi segunda partida seguí sin acercarme al gorgonzola y finalmente lo he conseguido sacar. Aunque no ha sido fácil: tenía pavor a que el bug volviera a aparecer, aunque memoricé bien los patrones. El queso apareció, finalmente, como némesis terrible. El gorgonzola como final boss, como enemigo numero uno. Ya me vale.


Publicado en Gamefilia el 30/6/2009