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Thomas Bernhard: poesía entre Dios y el asco

In Antiguos Maestros, Malditos on 16 enero, 2011 at 5:11 pm

[Se publican en un solo tomo tres libros de poemas del novelista y dramaturgo austriaco, dos de ellos inéditos en castellano. Reproduzco aquí el reportaje que hice para Público el pasado viernes. Más Thomas Bernhard en la Sala de Lectura]

Bernhard, durante las navidades de 1957/58,
la época en la que publicó su primer libro,
‘Así en la tierra como en el infierno’.

 

Arthur Rimbaud se destrozó la suela de los zapatos pateando todos los caminos de piedra sin pasaporte, con un agujero en el bolsillo y otro en el estómago, escribiendo versos de carne y sangre en apestosos paquetes de queso. Cerró los libros y dejó de escribir a los 23, con lo que empezó el culto y la veneración a su “religión” por jóvenes y poetas. Con motivo de su centenario, en 1954, Thomas Bernhard pronunció una conferencia en el hotel Pitter de Salzburgo titulada Aquel hombre azotado por tempestades, un ensayo donde, además de describirlo de manera tan sensorial, avisaba de algo que el propio Bernhard conocía muy bien: el peligro de honrar a un poeta cuando está muerto y convertirlo en “cultura fabricada” por alguna oficina oficial, entre “pompas y celebraciones”. A Bernhard, lo que le importaba en la literatura “es lo original, precisamente lo elemental, gente como Jean Arthur Rimbaud”.

Aquel hombre azotado por tempestades es el texto que sirve de introducción al volumen que, de la mano de la editorial La Uña Rota, recoge parte de la poesía de un novelista y dramaturgo monstruoso que una vez, muy joven, soñó con ser poeta. El tomo recoge la primera publicación de Bernhard, Así en la tierra como en el infierno (1957), y Los locos. Los reclusos (editado en 1962 de forma privada en 120 ejemplares), ambos inéditos en castellano, además de una revisión de su poemario más conocido, Ave Virgilio (1959-60, que vio la luz en castellano en 1988). Por otro lado, El malogrado, una de sus novelas más populares, también ha sido reeditada por Alfaguara.

Es en el final de Ave Virgilio donde Bernhard dejó constancia de qué poetas le interesaban en esta época, entre los años 1959 y 1960: Eliot, Pound, Éluard “y también César Vallejo y los españoles Rafael Alberti y Jorge Guillén”. ¿Y Rimbaud?

Para su biógrafo y traductor al español, Miguel Sáenz, de Rimbaud “nunca se había hablado como posible influencia en Bernhard (los autores más citados solían ser Georg Trakl y una magnífica pero bastante desconocida poetisa austriaca, a quien admiraba: Christine Lavant). Después de conocer este ensayo [Aquel hombre azotado por tempestades], tal vez habría que añadir a Rimbaud. Desde luego, el título de Así en la tierra como en el infierno recuerda Una temporada en el infierno“, del poeta francés.

Carlos Rodríguez, editor de La Uña Rota, ofrece una pista para seguir la huella de Rimbaud en Bernhard: está en un fragmento de Aquel hombre azotado por tempestades, donde el austriaco escribe que la literatura de Rimbaud “era una religión única, evidentemente universal, históricamente libre, independiente, sin refinar, que triunfaba en medio de la suciedad y los zapatos destrozados. ¡Y esa religión suya lo hizo también fracasar, lo hizo hincarse de rodillas! De suTemporada en el infierno dependía su vida entera, de sus Iluminaciones el latido de su corazón”. Para el editor, ese fragmento “habla de Rimbaud, pero también de cómo Bernhard concibe su lugar como autor en el mundo. Para Bernhard, desde luego, la escritura se convirtió en una religión única. Lo demostró libro tras libro, palabra tras palabra escrita”.

El desencanto
“Su poesía fue la primera piedra”, aporta por su parte la dramaturga Pilar Campos Gallego, autora del texto encargado de cerrar el libro. Para ella, la presencia de Rimbaud “fue fundamental en sus inicios. Y no sólo su literatura, también su figura, la forma en que vivía la literatura como autor”. La poesía en Bernhard comenzó a aflorar a los 17 años, después de que se le diagnosticara sarcoidosis, la enfermedad que lo acompañó hasta su muerte en 1989 y que, según los especialistas, marcó su estilo.

Pero pronto desistió en su deseo de convertirse en poeta. En 1961 envió a la editorial Otto Müller la que parecía considerar su mejor colección de poemas bajo el título Frost (Helada), que luego utilizaría para su primera novela. “El rechazo del libro por la editorial fue probablemente el que lo indujo a abandonar para siempre la poesía“, aclara Miguel Sáenz.

Teniendo en cuenta que, durante un tiempo, Bernhard renegó en público de toda su obra poética a excepción de Ave Virgilio, ¿cuál es su valor dentro de una obra como la suya, donde la prosa y el teatro devora todo lo demás? Para Sáenz, “indudablemente, ocupa un lugar menor”, algo que no le quita otros valores. Como reconoce Carlos Rodríguez, “su poesía, a la postre, resultó para Bernhard un campo de pruebas. Experimentaba, probaba, se expresaba con las herramientas que en ese momento tenía a mano. La poesía le permitió conocerse, explorar sus posibilidades como escritor. El ritmo, la respiración entrecortada de sus textos, tal vez causada por la sarcoidosis, influyó desde luego en su prosa, y más aún en su teatro”.

Más allá de Austria
La soledad, la vejez, la muerte, la autodestrucción, el fracaso, su antinacionalismo, especialmente el antinacionalismo austriaco, son temas recurrentes en la prosa y en el teatro de Bernhard, y también están presentes en su poesía. “Aquello que en su poesía nombra, que lo nombra de una forma directa, como puede ser la religión, o el tema de la tierra, de los campesinos, etc., está destilado e implícito en su novela y teatro posteriores”, asegura Campos Gallego. En este sentido, Así en la tierra como en el infierno también los recoge en poemas como PodredumbreFragmentos de una ciudad agonizanteBiografía del dolorTristeza Tormento.

Aunque lo más importante no es lo que ya se sabe sobre el autor. “Así en la tierra como en el infierno es un libro muy importante para conocer al joven Bernhard. Muchos de los temas de la Austria profunda que luego aparecerían, sobre todo en su prosa, están ya en ella. Sin embargo, lo más interesante es que refleja un Bernhard creyente, que busca a Dios aunque sea a través del infierno. Y muy ligada a esa búsqueda está la del padre que nunca conoció”, revela Sáenz.

Muy claro es en este sentido el poema que abre el libro, titulado El día de los rostros: “Mañana es el día de los rostros que bailan / como carne en el muro del cementerio / mostrándome el infierno. / ¿Por qué he de ver el infierno? ¿No hay otro camino / hacia Dios?”. De nuevo, ¿miraba a Rimbaud? “Para ser creyente no hay que tragar hostias, no hay que confesarse dos veces al año. Basta con que el hombre mire el rostro del mundo, profundice en su centro como Rimbaud”, dijo en aquella conferencia.

Y si en Así en la tierra como en el infierno estamos ante un escritor joven, en Ave Virgilio salen a la luz esas influencias “adultas” que Bernhard citaba, como Eliot y Pound, así como una temática más compleja. Un escritor más maduro. Para su editor, “es un libro más concreto, más contenido en sus formas. Incluso más revelador. En cambio Así en la tierra… es una erupción, un recipiente en el que parece tener cabida, a borbotones, todo lo que le pasa por la cabeza“.

Por último, con su mezcla de teatro, poesía y prosa, Los locos. Los reclusos (que reeditó en 1988, un año antes de su muerte) “es un libro extrañamente encantador, difícil de aprehender, y por esto mismo, hipnótico. Tal vez, debido a su carácter experimental, decidió lanzar una edición extremadamente limitada”, dice Rodríguez. El libro está dividido en dos partes, cada una de las cuales está dedicada a los locos y los reclusos: jorobados, monjas, fariseos, matones, espías, cazadores, borrachos… “Soy el recluso, si no me equivoco, porque mi ropa es ropa de recluso y llevo puesta ropa de recluso, ¿no es cierto”, escribe Bernhard.

La repulsión y lo divino
En el fondo, este rechazo a uno mismo y a su obra poética no deja de ser algo muy bernhardiano. “Creo que, pese a lo que declaraba en las entrevistas, se sentía orgulloso de todo cuanto escribió. Este orgullo habría que entenderlo dentro de un orgullo bernhardiano, es decir, negándolo“, apuesta Campos Gallego. Y al mismo tiempo que la rechazó, también permitía su reedición en los últimos años. “Una contradicción típica en Bernhard. Creo que en el fondo tenía cariño por sus poemas, sobre todo, por la época en los que los escribió, una época intensa de su vida, marcada por la enfermedad y su estancia en el sanatorio; y también por la presencia de su madre y la ausencia de su padre“, dice Rodríguez.

¿Cómo se puede determinar cuál es la cima de la poesía de Bernhard? Resulta tan difícil como distinguir con cuál de sus novelas alcanzó el culmen. “Su obra, grosso modo, es una de las más coherentes del siglo XX. Sin concesiones, sin cortapisas, de una fidelidad asombrosa a sí misma. Cuando uno lee todos sus textos, da la sensación de que Bernhard y su obra son una misma cosa. Una sola materia”, dice Sáenz.

Algo que recuerda, al final, a lo que él mismo dejó escrito sobre Rimbaud en aquel ensayo en 1954, donde hablaba sobre la vida y la obra del francés: “No hay que arrastrar por las calles la vida de un poeta, pero la de Rimbaud es tan poderosa, tan grande, tan inescrutable y, sin embargo, tan religiosa como la de un santo. Se alza ante nosotros como su poesía: ¡repulsiva, verdadera, hermosa y divina!“.

En verso

La muerte, la autodestrucción, el fracaso y su antinacionalismo austriaco son algunos de los temas que Bernhard trató en sus novelas y obras de teatro, y que ya estaban en su poesía:

1. La búsqueda de Dios

Mañana es el día de los rostros. Se alzarán
como polvo
y se echarán a reír.
Mañana es el día de los rostros que cayeron
en el patatal. No puedo
negar que soy culpable
de la muerte de esos brotes.
¡Soy culpable!
Mañana es el día de los rostros
que llevanmi tormento sobre la frente,
que poseen mi trabajo diario.
Mañana es el día de los rostrosque bailan
como carne en el muro del cementerio
mostrándome el infierno.
¿Por qué he de ver el infierno? ¿No hay otro camino
hacia Dios?

Una voz: ¡No hay otro camino! Y ese camino
conduce a través del día de los rostros,
conduce a través del infierno.

[El día de los rostros]

2. El fracaso

¿Qué haré
cuando ningún granero mendigue ya mi existencia,
cuando arda el heno en aldeas mojadas
sin coronar mi vida?
¿Qué haré
cuando el bosque sólo crezca en mi imaginación
cuando los arroyos no sean más que venas vacías,
lavadas?

¿Qué haré
cuando no lleguen ya mensajes de la hierba?

¿Qué haré
cuando me hayan olvidado todos, todos?

[Qué haré]

3. Contra Austria

Pero ¿qué encontré en mi capital?
La muerte con sus fauces de ceniza, aniquiladora, sed
y hambre
que repugnaba a mi propia hambre, porque era
un hambre de carne y pan, de rostros y lavabos,
un hambre que balbucea la vergüenza de esa ciudad,
un hambre de miseria,
que relucía de ventana en ventana, produciendo
primavera y fama podrida
bajo las escaleras del cielo.
Yo estaba cautivo y cansado de podredumbre,
lejos de los bosques y lejos de la búsqueda de muerte
de años desintegrados.
Las piedras grises y desmoronadas de esa estructura se
lamentaban salvajemente,
pero yo mismo era risa, risa del infierno,
que me hacía olvidar la trampa humana en que había
caído,
una hora negruzca del mundo
en el viento de noviembre de mi existencia…

[Fragmento de En mi capital]

4. El padre ausente

Sin verte, oigo
lo que dices, siempre estoy
en tus casas,
en la oscuridad de tu casa
reconozco en mi padre
al inventor de mi muerte,
al causante de mis penas,
al inductor,
al padre de mis crímenes…

[Fragmento de Conmigo y con mi país]

5. La muerte

Grazna el cuervo
Me ha capturado.
He de recorrer el país sin pausa
en su graznido.
Grazna el cuervo.
Me ha capturado.
Ayer, posado en el campo, se helaba
y mi corazón se helaba con él.
Mi corazón se vuelve cada vez más negro
porque está cubierto
por las alas negras

[Cautivo]

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Entrevista con Deborah Curtis: “Ian no asumió su enfermedad”

In Hooliganeo, Malditos, Versus on 26 febrero, 2010 at 1:50 am

El 25 de enero de 1978, cuatro veinteañeros de Manchester daban su primer concierto como Joy Division, un nombre usado por los nazis para llamar a las prisioneras que usaban como prostitutas. El 18 de mayo de 1980, su líder, Ian Curtis, se suicidaba en su casa siguiendo el ritual de un mitómano enfermizo: se tomó una jarra de café, vio la película Stroszek de Werner Herzog (sobre un aspirante a músico callejero que se suicida), exprimió una botella de whisky, escuchó The idiot de Iggy Pop y se colgó de un viejo tendedero que tenía en la cocina.

El grupo se encontraba en su mejor momento, a punto de embarcarse en una gira por Norteamérica y con su segundo disco listo para tomar las listas británicas. La muerte de Curtis, rodeada de síntomas típicos de un maníaco-depresivo, como ataques epilépticos, y posiblemente acelerada por el consumo de drogas, terminó por elevar al grupo a la categoría de culto y a su líder, al panteón de poetas malditos de la historia del rock.

Su viuda, Deborah Curtis, lo contó en Touching from a distance. La vida de Ian Curtis y Joy Division (1995; editado en España en 2008 por Metropolitan Ediciones), libro en el que se ha basado el fotógrafo Anton Corbijn (responsable en gran parte de la imagen en blanco y negro de Depeche Mode, U2 y Joy Division) para debutar en el cine con Control, que se estrenó ayer en nuestras pantallas.

Según cuenta Deborah a Público, escribir la biografía “me ayudó a poner los hechos en orden y me dio una excusa para hablar con otras personas sobre lo que había ocurrido. Sin embargo, desde que el libro salió publicado, he averiguado más sobre el trastorno bipolar y siento que entiendo mejor por lo que Ian pasó”.

Pelear por el control

El camino del filme no ha sido fácil, desde malentendidos con el resto de los miembros de la banda (Peter Hook, su bajista, se quejó del “control” excesivo que el cineasta ejerció durante su rodaje) a la hipoteca que, dicen, Corbijn hizo sobre su casa para poder rodar.

En Cannes, el cineasta explicó que Control es “la historia de un amor trágico. Es un filme sobre Ian Curtis, que llegó a ser el cantante de una banda llamada Joy Division. Y que se enredó en una relación al margen de su matrimonio. Pero Control habla también de su epilepsia y de la parte de su vida que no pudo controlar”.

Al igual que los miembros de la banda, Deborah también se sintió fuera del proyecto. “Me hubiera gustado involucrarme más de lo que me dejaron. Anton usó mi libro como punto de partida. Le aconsejé sobre determinados aspectos del filme, pero no acogió bien todos mis consejos. Aunque retrató la vida de mi familia, tuve que dejarle hacer su trabajo”, se lamenta.

Control está rodada en estricto blanco y negro, tal y como Corbijn recuerda la época en la que fotografió al grupo, algo quizá demasiado obvio para el ya de por sí universo oscuro del grupo. Deborah nos hace su propia valoración: “Me gustaron mucho las escenas en que Ian y Debbie andan por Barton Street tras una fiesta porque aquello realmente tuvo lugar allí. También me divertí viendo a Debbie conduciendo un Morris como el mío: me trajo muchos recuerdos afectivos. Desafortunadamente, el blanco y negro no muestra el exuberante y verde paisaje de Macclesfield”.

El lado oscuro

Tanto el libro como el filme no temen mostrar a un Curtis obsesionado con el éxito, con sus ídolos, con morir joven y con otros clichés juveniles. Es egoísta y manipulador en su vida privada, especialmente con Deborah, a la que no le preocupa avergonzar delante de su propia familia.

Su viuda se queja incluso de un ambiente machista donde sus preocupaciones no tenían hueco ante el ego desmesurado y la ambición de su marido: “Entonces no me sentí frustrada porque creí totalmente en lo que Ian trataba de conseguir y en su talento fuera de toda duda. Fue sólo después de su muerte cuando me di cuenta de que había descuidado mis ambiciones”.

También muestra la doble cara del cantante en su vida pública: en persona, Curtis era educado aunque reservado; sobre un escenario se transformaba en un punk que no temía romper una botella en el suelo y retozar sobre los cristales mientras interpretaba sus espasmódicos bailes.

En el libro, Deborah deja entrever su poco conocimiento sobre las drogas y sobre la propia enfermedad de Ian. ¿Se podía haber evitado el trágico final? “No estoy segura de si hubiera cambiado algohaber sabido más sobre drogas, epilepsia o depresión. Es muy difícil cuidar de alguien con esa dolencia y antes había todavía menos apoyo para estas enfermedades. Luché muy duro para ayudarle. Lo que sí creo es que todo hubiera sido más fácil si Ian y su familia hubieran asumido su enfermedad: podríamos haber trabajado juntos para superar las dificultades”.

Con todo, es difícil separar a Ian de su propio cliché de maldito y saber a ciencia cierta hasta qué punto es real la imagen que los medios han dado de él. “El Ian que yo conocí fue diferente, él fue mucho más tierno de como es retratado. La violencia de su manera de bailar, sus letras y la expresión de su cara reflejan su juventud. Él era muy joven y la voz con la que hablaba era mucho más suave y más dulce que la voz con la que cantaba”, dice Deborah.

¿Estaría, pues, orgulloso del lugar que ocupa hoy en la historia del rock, algo por lo que dio literalmente su vida? “Creo que Ian estaría verdaderamente emocionado por ser tan admirado. Tiene el lugar en la historia del rock quese merece”, zanja Deborah.

Publicado en Público.es el 8/4/2009