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Dejen paso a los nuevos tecno-utopistas: un análisis del futuro de abundancia y optimismo que proponen Ray Kurzweil y Peter H. Diamandis

In Apocalipsis YA, Mareo, Sci-fi on 15 diciembre, 2014 at 4:36 pm

En los últimos meses, la utopía ha pasado de ser un género escapista y fabulador a una suerte de ariete literario que encuentra acomodo entre manifiestos políticos y ensayos sobre la actualidad. Es casi de justicia que, al menos en estos momentos, haya dejado de servir de coartada para la sci-fi especulativa (que también está muy bien, eh) y haya vuelto a ocupar un espacio entre el análisis social y la reflexión política, ese lugar concreto de la imaginación del que surgió. No hay más que mirar a las librerías para ver la sucesión de reediciones, y esto que sigue es una lista completamente personal con algunos de los títulos que han ido conquistando mi estantería en los últimos meses, gracias al trabajo de rescate de instituciones como el Círculo de Bellas Artes y de editoriales como Capitán Swing: la fundacional “Utopía” de Tomás Moro (publicada en 1516, una de cuyas reediciones la hizo hace unos meses el periódico Público), la “República Poética” de Robert Burton (que en realidad es un fragmento de su “Anatomía De La Melancolía”, 1621), la carnavalesca “La Isla De Los Esclavos” (comedia estrenada en 1725), “Panóptico” de Jeremy Bentham (1791), “De La Organización De La Sociedad Europea” (Claude-Henri de Saint-Simon, 1814), la onírica “París En Sueños” (Jacques Fabien, 1863), el steampunk socialista de “El año 2000” de Edward Bellamy (1888), “Noticias De Ninguna Parte” de William Morris (1890) y, desde la España de fin de siglo, “Granada La Bella” de Ángel Ganivet (1897), además de cuentos sueltos como “Mecanópolis” de Unamuno, “El Sueño De Un Hombre Ridículo” de Dostoievsky, “Iván El Imbécil” de Tolstói y “Miseria De Los Zapatos” de H. G. Wells.

Pero esto no es una columna de política, sino de tecnología. Como escriben Juan Pimentel y José J. Beltrán en el prólogo de la edición de “La Isla De Los Esclavos”, “a lo largo de la Edad Moderna, los descubrimientos alimentaron la literatura utópica en la medida en que el ensanchamiento del horizonte iba expandiendo las posibilidades de lo real. Desde Tomás Moro, Campanella y Bacon hasta Harrington, Swift y Diderot, el pensamiento utópico estuvo inspirado y ambientado en los territorios situados más allá de las columnas de Hércules. Se encontraban nuevas especies naturales, nuevas regiones, nuevos pueblos”.

Paradójicamente, los horrores del siglo XX convirtieron la tradición utópica en distópica, en proyecciones de pesadilla vividas en jaulas de oro donde el progreso funciona como herramienta para el control, la vigilancia, la exterminación. Cory Doctorow recuerda a principios de su novela “Little Brother” que “cuando mi padre era un joven estudiante universitario, en la década de 1960, fue una de las pocas personas de la contracultura que pensaban que las computadoras eran algo bueno. Para la mayoría de los jóvenes, las computadoras representaban la deshumanización de la sociedad […] Las computadoras se consideraban un medio de aumentar la capacidad de las autoridades para controlar a las personas y someterlas a su voluntad”.

                                             Tomás Moro                                           
 
Y así hemos llegado al siglo XXI, donde casi nadie se atreve a proponer un relato de anticipación que excluya a una tecnología de signo negativo. Y más: las distopías se han hecho tan populares que ya forman parte de nuestra vida cotidiana: después de escuchar un viernes a nuestros políticos en Consejo de Ministros, es fácil leer en Twitter alusiones a la neolengua orwelliana con la que el poder disfraza la realidad para hacerla más simpática, más correcta, para que no moleste. En estos años han surgido, sin embargo, una nueva especie, los tecno-utopistas que, apoyados en los avances y el progreso, se han atrevido, ni más ni menos ¡que a ser optimistas! En esta columna voy a hablar en concreto de Peter H. Diamandis y de Ray Kurzweil, que emplean parte de su tiempo y recursos en dar charlas y escribir libros sobre el futuro dorado que nos espera. Ambos están vinculados al concepto de “singularidad”, que explicaremos un poco más adelante, y que tiene que ver con una nueva era de abundancia y conocimiento protagonizado por un ser humano evolucionado y apoyado en los avances tecnológicos y la sinergia entre disciplinas, desde la genética a la robótica.
 
Es decir: las suyas son utopías escasamente políticas, y en cierto sentido, más vinculadas a la ciencia ficción que la realidad. Así que antes de que se me tiren al cuello acusándome de vendedor de humo: como toda utopía, estas tienen claramente una parte que descansa en el análisis de la actualidad, otra parte muy naif, que roza la new age, pero también algo de narcotizante para el lector, algo de pantalla que impide ver la realidad que tenemos delante y los problemas inmediatos. El resto es experimentación y palos de ciego.
 
1. Utopistas high-tech
                                                                         Diamandis y Kurzweil
 
Un perfil rápido de ambos autores y sus obras. Peter H. Diamandis es responsable de “Abundance. The Future Is Better Than You Think”, escrito en colaboración con el periodista Steven Kotler, y que es este tipo de best-seller de literatura de no ficción post-Steve Jobs, denso y ágil a la vez, repleto de ejemplos, gráficos, cifras y citas, y que a veces adquiere cierto tono molesto de conferencia para emprendedores, tipo “cómo hacer posible lo imposible”. Diamandis además es chairman de dos instituciones que promueven actitudes utópicas: la X Prize Foundation, que cada año premia a las personalidades que han contribuido a crear industrias radicales que no existían hasta entonces y que han ayudado a resolver problemas que hasta ahora se consideraban insalvables, y de la Universidad de la Singularidad. De esta última hablaremos luego. Para subrayar más su imagen de innovador involucrado con la sociedad, ha fundado “más de una docena de empresas espaciales y de alta tecnología”.
 
Kurzweil es “inventor, pensador y futurista”, además de un tipo con un olfato fino para adelantarse a las predicciones desde hace 20 años, según la biografía que acompaña a su libro “The Singularity Is Near” (2005). Se define a sí mismo como patternist, alguien capaz de ver patrones o modelos de información en la realidad. Como Neo en Matrix. Según cuenta él mismo en “The Singularity Is Near”, la única religión en la que ha creído toda su vida es “la veneración a la creatividad humana y el poder de las ideas”. Y precisamente la idea que quiere transmitir con este libro es que tenemos la habilidad para entender nuestra propia inteligencia, revisarla y expandirla. La tecnología de nuevo es fundamental para ello. “La magia de los libros de Harry Potter podrá llegar a ser una realidad mediante la tecnología”, escribe, y “nuestros hechizos son las fórmulas y los algoritmos que hay bajo la magia moderna de hoy”.
 
Es esta mezcla de místico y tecnológico hacia la que apunta los títulos de sus libros (como “The Age Of Spiritual Machines”, de 1999), es lo que ha hecho que para algunos sea una suerte de genio para predecir el futuro y, para otros, sólo un charlatán seudoreligioso.Y aunque no me ocuparé de ellos aquí, hay otros cuyos trabajos son similares, como los del matrimonio Ayesha y Parag Khanna, que están al frente del Hybrid Reality Institute y cuya teoría, la de la “realidad híbrida”, también cuenta con su propio “manifiesto”. En ella también se muestran partidarios de prepararnos para un futuro que, distópico o pacífico, será híbrido humano-tecnológico o no será. 

2. Viva el optimismo: el progreso hace ‘boom’

“El diseño de nuestro cerebro y nuestra historia evolutiva conspiran para mantenernos como pesimistas”, escribe Diamandis, para quien el pesimismo es algo que llevamos en los genes, que arrastramos irremediablemente, y que debemos superar. Estamos programados para prestar atención a todo lo que nos produce miedo, empezando por las noticias que recibimos de los medios, e incluso para tener la sensación de que “el agujero en el que estamos es demasiado profundo como para poder salir de él”. Su libro parte, entre otros objetivos, con la intención de demostrarnos que no tenemos motivos para pensar que todo tiempo futuro será necesariamente peor, sino “que los estándares de vida en todo el mundo seguirán incrementándose a pesar del horror que dominan los titulares” de los periódicos.

Los números están de su lado, así como las estadísticas que indican que la vida en el mundo hoy es más larga, más saludable y con más garantías que a comienzos del siglo XX. También la tecnología que nos permite vivir con mayor calidad, incluidas las redes de comunicación y el acceso libre a la información que ofrece internet. Diamandis se apoya en algunos especialistas para demostrar sus ideas sobre la abundancia, como Marc Siegel (“False Alarm: The Truth About Epidemic Of Fear”) o las polémicas tesis de Matt Ridley, autor de “El Optimista Racional”, que entre otras cosas niega algunos efectos del cambio climático y que argumenta que, comparada con la sociedad de la Edad de Piedra, nuestra generación “tiene acceso a más calorías, vatios, luz, gigabytes, megahercios, y por supuesto, dólares, que ninguna otra anterior”. Lo cual, entienden, solo puede ser bueno. Ridley va más allá y estima que el número de personas en el mundo que vivan en “absoluta pobreza” será cero para el año 2035.
 
Volviendo a Diamandis, este cerebro nuestro programado para el pesimismo, asegura, deberá evolucionar y adaptarse, porque nuestro mundo ya no es “local y lineal”, sino “global y exponencial”. La clave, tanto para él como para Kurzweil, es que, frente a la idea de progreso con crecimiento lineal, hoy vivimos en una época de crecimiento exponencial, es decir: en vez de aumentar sumando, lo hacemos multiplicando por una constante. Y esto nos dispara inevitablemente al futuro. ¡Bang! Vendría a ser la aplicación de la Ley de Moore en la vida real, el sueño húmedo de todo tecnófilo. La Ley de Moore pronosticó a mediados de los 60 el crecimiento imparable al que se desarrollarían los circuitos y microchips, que doblarían su capacidad cada año y medio, aunque en los 70 Moore ajustó el plazo a cada dos años. Kurzweil ha hecho sus predicciones, que ha ido también ajustando desde finales de los años 80. “El crecimiento exponencial es algo propio de cualquier proceso evolutivo, y la tecnología es el principal ejemplo”, escribe en “The Singularity Is Near”.
  
Según su modelo, el ritmo de progreso crece de forma exponencial, doblándose cada década. A partir del siglo XXI la cosa se dispara: “Alcanzaremos otros 20 años de progreso en solo 14 (para 2014), y después conseguiremos lo mismo en solo 7. Por expresarlo de otra forma: en el siglo XXI no viviremos 100 años de progreso, sino que seremos testigos del equivalente a 20.000 años de progreso, o un crecimiento mil veces mayor del obtenido durante el siglo XX”.Diamandis le echa una mano a su colega en “Abundance”, y asegura que, aunque la mayoría de las predicciones de Kurzweil no podrán comprobarse a medio-largo plazo, se han realizado 89 de las 108 proyectadas para 2009 y 13 estuvieron cerca, “lo que le da a Kurzweil un record imbatible en la historia del futurismo”.
 
3. Una humanidad para nadar en la abundancia

Vivimos en un mundo donde manda la escasez, en el que valoramos los recursos cuanto más inaccesibles son. Es un modelo propio de finales del XVIII, heredero de las tesis de Malthus sobre la incapacidad de la Tierra de alimentar y producir para todos los que somos y seremos en el planeta. Diamandis lo tiene claro: hay una opción más deseable que la de reducir la superpoblación mundial, que no deja de ser una opción drástica, y esa es “estirar” los recursos para que las gente los disfrute. El núcleo de “Abundancia” se centra precisamente en eso, en marcar el camino hacia esa abundancia, instantánea y de bajo coste, que para él tan bien representan las comunicaciones y la sobreinformación de hoy. “De una manera similar, el avance de las nuevas tecnologías pronto permitirán que la mayoría de la humanidad se aproveche de aquello a lo que hoy solo tiene acceso los pudientes”.
 
Diamandis dedica capítulos a cada una de estas tecnologías con futuro, y las proyecta hacia adelante en función de los indicios del presente. En concreto, habla de sistemas computacionales, redes, inteligencia artificial, robótica, biotecnología, bioinformática, impresión 3-D, nanotecnología, interfaces hombre-máquina e ingeniería biomédica. Además, apunta otras “fuerzas” que jugarán un papel importante en la producción de estas tecnologías, especialmente una suerte de “revolución de la cultura del Do-It-Yourself” (de los actuales coches tuneados y ordenadores caseros pasamos a logros particulares en el vuelo espacial o la secuenciación del genoma humano) y a una nueva generación de lo que él denomina “tecno-filántropos”, ricos que “están usando sus fortunas de forma global para llevar a cabo proyectos relacionados con la abundancia”. Cita los esfuerzos de Bill Gates contra la malaria o de Zuckerberg en la reinvención de la educación. Con todo ello, Diamandis construye una pirámide de la abundancia con tres niveles deseables de satisfacer: en la parte baja estaría lo básico (agua, comida, un hogar), en la intermedia estaría el acceso a energía, educación, a comunicaciones e información, y en la superior, la libertad y la salud.
 
Por último, cada una de estos logros tendrían un efecto de reacción en cadena: según se explica en Abundance”, llevar agua potable a los países que no la tienen permite aumentar la salud de su sociedad, disminuir el hambruna, ahorrar en recursos (el gasto que supone convertir el agua infectada en potable cociéndola con leña, por ejemplo), ayudar de paso al medioambiente, y cortar por lo sano la mortalidad infantil, lo que repercute en general en una mejora de la educación y de la calidad de vida familiar en esos países. ¿Cómo llevar agua a toda la población que la necesita? Teniendo en cuenta que el agua es abundante en nuestro planeta, quizá los recursos y los esfuerzos deberían dirigirse a purificadoras. ¿Y llegar a un acuerdo con Coca Cola para usar su enorme cadena de distribución, la mayor en África? Según Diamandis, ya hay quien está trabajando en esa dirección.
 
4. La singularidad: the new age of the new age

¿Qué es la Singularidad? Kurzweil toma prestado el término de la física ( “la singularidad sugiere un horizonte más allá del cual no podemos ver”). Le dedica todo un capítulo, pero os lo resumo: una nueva era donde las reglas vigentes hasta el momento pierden su sentido, en la que todo cambiará para mejor. “Es una época futura en la que los cambios tecnológicos se sucederán a un ritmo tan rápido y con un impacto tan profundo, que la vida humana se transformará irreversiblemente. No es utópica ni distópica, es una era que transformará los conceptos que creemos verdaderos para darle significado a nuestras vidas, desde los modelos de negocio al ciclo de la vida humana, incluida la muerte”. En definitiva, y según sus palabras, la singularidad nos permitirá pasar de una versión 1.0 de la humanidad a la 2.0, “superar las limitaciones de nuestros cuerpos biológicos y cerebros”. Será el tiempo de la transhumanidad.

Según Kurzweil, aún estamos en una fase muy temprana de la Singularidad, pero el crecimiento exponencial de las tecnologías de la información ya nos permite apreciar lo que se nos viene encima, y es explosivo: “Antes de mediados del siglo XXI, el crecimiento de nuestra tecnología –que para entonces será indistinguible de nosotros mismos– será tan pronunciado que parecerá una línea completamente vertical”. El resultado es un mundo humano “pero no biológico”, sin diferencias entre el hombre y máquina o entre realidad física y virtual. Hay seis épocas en la Singularidad, cada una de las cuales evoluciona a la siguiente apoyándose en los descubrimientos de la anterior. Actualmente estaríamos en la cuarta, y empezaríamos a vislumbrar la quinta, en la que empieza la Singularidad. La primera se basó en la física y la química: tuvo lugar durante el Big Bang, con la formación de átomos y los elementos.

La segunda en la biología y el ADN, una era en la que las moléculas se organizaron para formar organismos complejos y surgió la vida. La tercera época estuvo marcada por el desarrollo de un cerebro en estos organismos, que en última instancia nos ha permitido proyectar modelos mentales abstractos del propio mundo que nos rodea. La cuarta está marcada por la tecnología y por la evolución constante de las capacidades computaciones de los ordenadores (aquí es donde nos encontramos). La quinta, que es en la que empieza la Singularidad, estará marcada por la integración de la tecnología y la inteligencia humana para dejar atrás nuestras limitaciones. Y la sexta… en la sexta, según escribe Kurzweil, literalmente, “el universo despierta”: la inteligencia humana se expandirá y todo, materia, energía y mecanismos, se transformarán en “sublimes formas de inteligencia”.

5. La universidad, los videojuegos y errores en Matrix

Si todo esto les suena a chino, pueden probar en vídeo: Kurzweil también ha llevado las teorías de su libro a una película. Y en “Abundance”, Diamandis apuesta por nuevas herramientas para la enseñanza, como YouTube, o por desarrollar un software educativo tan competente como los videojuegos, “profundo, absorbente y totalmente adictivo” que nos haga mirar atrás y plantearnos la hegemonía centenaria del modelo educativo industrial. Con el objetivo de cuestionar los modos de enseñar y aprender heredados, ambos han puesto en marcha la Universidad de la Singularidad. A nuevas épocas, nuevos métodos. Para Diamandis, nuestro sistema educativo está obsesionado con la memorización y las instituciones académicas han apostado por la ultraespecialización, creando “un mundo en el que los mejores universitarios raramente florecen en pensadores íntegros, macroscópicos”.

Y como el mundo no necesita otra universidad generadora de ultra-especialización, en 2008 Diamandis tomó la idea de Kurzweil y fundó la Universidad de la Singularidad, cuyo programa de estudios se desarrolla alrededor de ocho áreas: biotecnología y bioinformática, sistemas computacionales; redes y sensores; inteligencia artificial; robótica; manufacturación digital; medicina; y nanomateriales y nanoteconlogía. Su misión: “Inspirar y educar a una nueva generación de líderes”.

Y de alguna manera u otra, la Singularidad o sus implicaciones, para bien y para mal, también ha estado presente en la cultura popular, desde las novelas de Isaac Asimov a “Matrix”. He aquí algunos ejemplos (para bien) de lo que se nos podría venir encima, sacados de “Abundance”, aunque ya hayamos leído sobre ellos en novelas: la creación de algas sintéticas para la elaboración de combustible low cost, cuya fuente no sea escasa en el planeta y de vacunas también low cost, accesibles para todos y diseñadas en plazos de 24 horas. O de una “internet de las cosas”, que permita conectar entre sí cualquier objeto: coches que encuentran sus llaves perdidas, casas que piden automáticamente suministros cuando se están acabando. En cuanto al campo de la IA, aplicaciones que impidan a los conductores dañarse a si mismo y a otros si se quedan dormidos al volante. En robótica, enfermeras mecánicas para cuidar de las personas mayores. Y la estrella de los inventos, para locos de IKEA: impresoras 3-D capaces de “imprimir” en casa objetos simples en plástico, cristal o acero. Los “ejemplos” de Kurzweil apuntan más alto, a la vida eterna, a la posibilidad de vivir sin órganos, como el corazón, a convertirnos en ciborgs o a explorar más allá del sistema solar.

¿Y ejemplos para mal? Ambos autores apuntan también los riesgos del progreso, un abanico de horrores donde la tecno-utopía se vuelve tecno-distopía. Bioterrorismo. Ciber-crimen. El desempleo provocado por máquinas capaces de trabajar 24 horas al día y siete días por semana. La extinción debido al mal uso o negligencia. Y la madre de todos los miedos: que una tecnología que es “miles de veces más fuerte, rápida e inteligente que cualquier entidad biológica”, se vuelva en nuestra contra, como apunta Kurzweil, y apueste por la hegemonía, por someter a los hombres. Ante eso, dicen algunos especialistas, hay una solución: saber renunciar a según qué avances. Gente como Bill McKibben, autor de “Enough: Staying Human In An Engineered Age” afirman que ya tenemos suficiente tecnología y el progreso debería terminar ahora que estamos a tiempo. Él lo compara con la cerveza. “Una cerveza es buena, dos mucho mejor. Ocho cervezas y lo más seguro es que te arrepientas”.

Publicado originalmente en PlayGround el 28/08/2012

Crítica de ‘Slow Focus’ de Fuck Buttons

In Horror, Magia y Psicodelia, Mareo, Ruidismo on 30 noviembre, 2013 at 1:26 pm

Sello: ATP Recordings
Género: post-rock, psychedelia

El salto efectuado por Fuck Buttons en solo tres discos puede que no sea un gran paso para la humanidad, pero es sin duda un notable desafío a la gravedad por parte de Andrew Hung y Benjamin John Power. Y eso que hablamos de un proyecto que, en principio, parecía muy limitado de movimientos en su aplastante y ultracondensado ajuste del ruido, el drone y la psicodelia más cabezona. “Street Horrrsing” (2008), producido por John Cummings de Mogwai, fue un debut lunático a más no poder, áspero, sucio y arenoso hasta el ahogo, en el que pusieron sobre la mesa toda la cacharrería acumulada durante años, incluido un karaoke Fisher-Price, y allí mismo se lanzaron como locos a hacerse pajas sobre sus juguetes, entre meneos industriales y berridos del averno, pellizcando y mordiendo botones como si fueran carne elástica, estirando los sonidos hasta arrancarles un catálogo de zumbidos mareantes y cacofonías. Musicalmente aquello era el equivalente a escuchar a Add N to (X) haciendo versiones de Sunn O))), a unos Animal Collective colocándose con raíces en algún desierto de la Luna, terror, percusiones chamánicas y música cósmica. Y así fue como “Bright Tomorrow” se convirtió en su particular “Mogwai Fear Satan”. Su directo ya era capaz de noquearte con esos desarrollos orbitales de 10 minutos, aunque resultaba difícil quitarse de encima la sensación de que su espectáculo era poco más que un ejercicio de onanismo analógico por parte de un par de guarros procedentes de Bristol.

Mucho más cálido, abrasador por momentos, “Tarot Sport” (2009) les permitió demostrar que ellos también saben redondear sus composiciones hasta hacer algo parecido a hits (“Olympians”, “Surf Solar”), e incluso colarlas en la banda sonora de eventos tan mainstream como las ceremonias de los últimos Juegos Olímpicos. El trabajo de Fuck Buttons crecía en matices, sensibilidad y capas de sonido, esta vez con la ayuda de Andrew Weatherall a la producción, lo que presagiaba un alejamiento del sonido Casio chatarrero que ha terminado por confirmarse ahora. A lo largo de todo su segundo disco, el dúo seguía interpretando y ampliando a su manera las lecciones aprendidas de Mogwai, especialmente el control del volumen y el tratamiento del noise de una manera mucho más visceral que la de otros ilustres fans de los escoceses como Nathan Fake. [Por cierto: ¿para cuándo alguien que analice la sombra de Mogwai en artistas de electrónica?]. Su directo, para entonces, había mutado hasta convertirse en una pista de baile donde la bola de espejos engordaba y engordaba hasta estallar en una tormenta solar, para regocijo de una audiencia calcinada. Cuatro años han tardado Hung y Power en dar continuidad a “Tarot Sport”, y lo menos que se merecen es que encendamos una hoguera en el campo y nos pongamos a hacer el indio alrededor de ella hasta caer exhaustos y con algunos kilos de menos tras el esfuerzo. Por los viejos tiempos.

Desde su diseño de portada, “Slow Focus” ya anuncia un cambio de aires: las postales encantadoramente trance que ilustraban “Street Horrrsing” y “Tarot Sport” han dejado paso a esa extraña reliquia sobre fondo negro digna de Poe, una joya familiar hallada en el desván, todo un caso para el Dr. Extraño. “Slow Focus” es un disco ‘oscuro’, ‘apocalíptico’ y ‘agresivo’, lo dice la prensa seria, y mantiene bien cerradas las ventanas para evitar la contaminación exterior (es la primera vez que el grupo se autoproduce) y conservar el ambiente viciado. Y larga vida a la bendita endogamia. “Brainfreeze” ruge con fiereza al comienzo del álbum, como el estruendo de un millón de tambores, como el fuego de un millón de cañones encargados de dar la bienvenida al oyente a la puerta del infierno de Dante: siete temas, siete círculos, siete islas de pura maldad. Es el sonido de las fábricas y los hornos de Lucifer trabajando a pleno rendimiento. “Year of the Dog” es posiblemente la composición más minimalista en la trayectoria del grupo, un arpegio demoníaco que podemos emparejar con otros recientes arpegios más terrenales (Boards of Canada) y celestiales (Daft Punk) si quisiéramos resumir este verano suavizado por los vientos kosmische que estamos disfrutando tanto. “The Red Wing” peca de lujuria, y es el hit que necesita un disco como este, tan caleidoscópico, tan rojo y burbujeante, tan festivo. Tan pensado para el directo, porque así parece haber sido concebido todo “Slow Focus”: con la épica del directo equilibrando la experimentación cerebral. Y en este sentido no le sobra absolutamente nada.

Avanzando en el tracklist: “Sentients” es lo que podríamos entender como un acercamiento del dúo al hip hop (a su manera, claro: según ha declarado Power, aquí han metido “mucho black metal”), y en general al fecundo terreno de las bandas sonoras imaginarias de terror, que también abonan con veneno en la atmosférica “Stalker”. El último tramo del disco es el más electrónico en sentido estricto. No hay que olvidar que, además del post-rock y los soundtracks, la estética warpiana es otra de las coordenadas ofrecida habitualmente para ubicar el trabajo de Fuck Buttons, en concreto el en-ocasiones-aterrador Aphex Twin. “Prince’s Prize” es casi como Autechre con palmas, puro gozo polirrítmico, y en “Hidden XS” le dan a los beats rotos en lo que a la postre resulta ser un broche muy a lo 65daysofstatic. Es probable que sea el tema que les marque el camino a seguir en el futuro, así que bienvenido sea. “Slow Focus” se mantiene de esta forma en equilibrio en un cable que recorre gran parte de los abismos musicales más amenazadores, y sin miedo a mirar hacia abajo. Si gustan, busquen su rincón y celébrenlo con una ceremonia como dios, el de cada uno, manda. Slow-focus, hocus-pocus. El hechizo está asegurado, los sacrificios son opcionales.

Publicado originalmente en PlayGround el 22/07/2013

Y aquí se puede leer un experimento que hice con ellos y con ‘Silent Hill’

‘Skyrim’: Bigger than life

In Believe the hype, Gamefilia, Magia y Psicodelia, Mareo on 21 noviembre, 2011 at 10:55 pm

La quinta entrega de la serie de ‘The Elder Scrolls’ encierra un mundo propio inabarcable, comparable al de Tolkien o George R. R. Martin

Grandioso e imponente como una catedral, ambicioso como una enciclopedia que pretende recoger todo el saber y el conocimiento de una época que nunca exisitó, vasto como la cartografía de la imaginación. The Elder Scrolls V: Skyrim (a la venta para PC, Xbox 360, PlayStation 3) hace pequeño cualquier superlativo aplicable a un proyecto colosal y tiende a salirse de todo recipiente donde intentemos encerrarlo. No es una aventura marcada por la libertad extrema, no es un juego de rol de última generación, tampoco el cóctel ideal entre la acción en primera persona y la reflexión del estratega. Es todo eso y, además, un compendio de algunas de las grandes ideas arrojadas por los mejores videojuegos de los últimos años, resumibles en una sola virtud: el respeto. El respeto hacia un jugador adulto que no quiere que lo lleven de la mano por una historia trillada y una sucesión de situaciones a las que ya ha asistido un millón de veces. Para eso ya tenemos cierto tipo de cine.

Y es que su historia principal es lo de menos. No por arquetípica o por sus giros de guión, que los tiene sorprendentes, sino porque estamos ante uno de esos casos en los que realmente el jugador construye su propia narración con sus manos. Tras crear un personaje único, ‘Skyrim’ nos coloca solos ante un mundo abierto y lleno de actividad, pletórico de razas, prejuicios y miedos, religiones y supersticiones, con sus días y sus noches, su clima, su flora, su fauna y su arte, donde las decisiones marcan la dirección del viaje, y, claro, el final de nuestra historia. No hay reglas: no todo el mundo aspira a ser el héroe y a convertir sus andanzas en canciones de bardo para posadas.

Tras el oscuro y retorcido Morrowind (2002) y el muy celta Oblivion (2006), la ambientación del último capítulo de la serie The Elder Scrolls bebe de las tradiciones nórdicas, con ecos vikingos y paisajes dibujados con montañas y bosques nevados. Y dragones, porque los grandes (gigantes) protagonistas de Skyrim son estos amenazantes bicharracos de poder ancestral. En Skyrim también se acerca el invierno.

De nuevo, el jugador puede elegir entre vivirlo en primera o tercera persona. Es cuestión de gustos y es otro gesto de buena educación hacia el público. Aunque parte de lo ya visto en Oblivion, la experiencia de juego ha sido pulida. El diseño de personajes con los que hay que interactuar ha ganado en naturalidad, tanto en su aspecto físico como en la capacidad para no repetir como loros las mismas líneas de diálogo. Las localizaciones reflejan de forma más creíble las costumbres de cada pueblo. Las misiones son más complejas, y a veces en una misma hay desafíos muy distintos, que pueden ir del robo y la infiltración a pequeñas batallas. Y, por fin, se han cuidado el diseño de las mazmorras para que no parezca que siempre recorremos versiones aleatorias de las mismas cuevas.

También hay cambios que buscan abrir Skyrim al gran público, sobre todo correcciones a la sobredosis de información de Oblivion, que en ocasiones requería un doctorado para ser jugado. Los menús y la interfaz son sencillos, limpios y elegantes, sin el barroquismo paródico de temática Dragones y mazmorras que padecía Oblivion. Y hay una obsesión menor por las opciones de personalización de nuestro personaje, pero su potencial real para configurar un “juego a la carta” sigue siendo muy amplio.

Como Oblivion, Skyrim no está libre de errores. Qué juego de estas dimensiones podría estarlo. Sus reponsables, el estudio Bethesda, está estudiando algunos bugs, que se corregirán mediante actualizaciones. Pero incluso así se presta a ser jugado con el único objetivo de buscar sus límites y los de sus programadores. Con sus errores y aciertos, es hoy el mejor ejemplar de una tradición de videojuegos que incluyen imitaciones de mayor o menor calidad (Two Worlds, el primer y estupendo Dragon Age) y otros proyectos hermanos en libertad y grandeza (Mass Effect, los últimos Fallout).

Skyrim es más grande por lo que esconde detrás de una “historia épica” que por lo que enseña: muchos kilómetros por recorrer, trabajos por realizar (herrero, alquimista, cocinero, ladrón, asesino, héroe nacional, paria), decenas de libros por leer y arquitecturas ante las bajar la cabeza. Vale: y cientos de misiones principales y secundarias para forjarnos una leyenda. Es, como dice este titular, un prodigio de vida artificial encerrado un DVD. Es una lección de libertad. Es, ay, una maravillosa y agotadora experiencia que deja en evidencia el mismo concepto de videojuego.

UN PASEO POR SKYRIM

1. En primera persona

Aunque la vista en primera persona no está impuesta (el
jugador puede cambiar a tercera en cualquier momento), la
experiencia gana puntos si nos enfrentamos a todo de cara,
especialmente los combates contra los enemigos.

2. El mundo sigue girando

Skyrim no es un MMO donde la vida siga una vez apagado el
ordenador, pero es lo más parecido para un solo jugador. Sus
personajes duermen de noche, trabajan de día y los encuentros
con animales salvajes (y otras criaturas) son aleatorios.

3. Evoluciona y sube de nivel

Los menús, ahora más limpios y elegantes, permiten al jugador
moverse por su inventario, armarse, desarmarse, vestirse e ir
mejorando en sus habilidades, desde su pericia con armas a su
habilidad para esconderse y robar, alquimia, herrería o cocina.

4. Arte, cultura y arquitectura

‘Skyrim’ deja fácilmente con la boca abierta por sus espacios
exteriores, poblados de cadenas montañosas y bosques, pero
también por el nivel de detalle con el que se ha cuidado cada
localización, que suele tener sus propios rasgos culturales, sus
tradiciones, su arte y, especialmente, su arquitectura.

Publicado el domingo en Público.

 

Los lectores contra Pynchon: entrevista a Rubén Martín G.

In Antiguos Maestros, Hambre, Mareo, Postmoderneo, Versus on 6 febrero, 2011 at 12:39 pm

 

Autores que le ponen la zancadilla a sus lectores. Autores cuyos libros necesitan de varias lecturas para poder entrar en el entramado de palabras y significados enredados que esconden. Autores que se toman su labor como una mezcla de placer y durísimo trabajo. Autores famosos que eligen permanecer en el anonimato, para mayor irritación de sus seguidores, que quieren tratarlo como merecen: como celebridades. Autores que son su peor enemigo. Autores como Thomas Pynchon.

Ahora, imaginen: un lector (o varios), indignados, se toman su revancha contra Pynchon, y le canta las cuarenta. Esto es lo que viene a proponer Rubén Martín G. (Cerdanyola del Vallès, 1979) en Thomas Pynchon. Un escritor sin orificios (Alpha Decay), un librito loco y delicioso (88 páginas; formato mini) que va acompañado de fotografías y dibujos del pintor de micro-óleos Alfonso Rodríguez Barrera “que funcionan como documentación anexa, probable y falaz”. Tras leerlo puedes lucir un mareante agujero en plena sesera.

 

Sin querer matar el misterio que rodea un libro como el tuyo, ¿cómo surge la idea? ¿Es una necesidad de profundizar en un autor igualmente misterioso? ¿Es un ajuste de cuentas? ¿Un encargo? ¿Una tesis/ensayo que se torció por el camino para convertirse en otra cosa? Cualquier posibilidad me parece factible.

Rotundamente: es un encargo de Ana S. Pareja motivado por un post que se publicó hace ahora casi un año en el blog Cuaderno Célinegrado bajo el título «Sobre los amigos exigentes». La propuesta surgió entonces. En ese momento, lo que a los dos nos llamaba la atención era hacer de Pynchon un personaje de novela, continuar en esa línea de fake-documentary que había empezado a desarrollar allí, un poco frustrado por la lectura de El arco iris de gravedad. Ana me dio dos indicaciones: «mantén ese tono fullero y busca cómo darle un mínimo de suspense».

Personalmente, ¿te ha quitado muchas horas de sueño el enigma detrás de Pynchon? ¿Cuál es tu relación con él como lector?

No tengo mucha curiosidad por saber más de la persona real, privada. Lo que de verdad espero es la autobiografía de Thomas Pynchon, que me parece perfectamente factible. Que nos cuente lo que quiera, pero que se novele, por favor. Mientras esperamos, en Un escritor sin orificios le hemos dado la palabra a un furioso lleno de envidia para que nos cuente quién es Pynchon según su percepción.

Pynchon es personaje, pero también materia prima (medio) y fin del propio libro. ¿Es un homenaje a Pynchon? O, casi mejor, ¿es una venganza de un lector anónimo contra un escritor anónimo? ¿O es solo una excusa por tu parte para escribir?

Por encima de todo, es un golpe de suerte absoluto publicar por primera vez usando un material tan productivo como Pynchon. Creo que en los próximos meses acabaré de entender que sí, que ese texto que nació de una frustración será mi homenaje a Pynchon. Me alegro. Pero no oculto que parte de la Carta primera está extraída de reproches muy ingenuos que yo le hacía a sus libros. Por otra parte, he querido preservar esa inquina, manteniéndola a salvo de la reconciliación absoluta, por medios artificiales (como dejar de leer Contraluz en la página 100. Terminarla hubiese significado tener que renunciar al contrato con Alpha Decay).

¿Qué papel juegan en el libro esos egos del lector anónimo y el del escritor anónimo?

Era la única posición desde la que yo podía hablar y ofrecer algo de manera completamente honesta, creo, y que se dirige sin un solo desvío hacia los lectores y escritores anónimos como yo que, espero, se interesen por este libro. Al escribir un texto sobre mi incapacidad de conocer a Pynchon, he podido escribir sobre lo único que conozco.

¿Y qué papel juega cada una de las dos partes en las que has divido y los géneros que elegiste para representarlas, especialmente “la crítica ficticia”? ¿Y el lenguaje: a menudo juegas con la confusión de término, relaciones entre términos que no son tales, equivocaciones, etc?

Esto es, quizás, lo que hizo más interesante las revisiones del texto. Si Ana me hubiese dejado,  las hubiera alargado durante meses y así podría seguir escribiendo un libro paralelo sobre procesos, que es algo que me apetece mucho ahora. Hay incongruencias buscadas y necesarias, creo, como el juego de palabras con «desalar» (¿referido a «sal»? ¿referido a «alas»?), que debería generar la pregunta: ¿pero las cartas dirigidas a Pynchon no estarían escritas en inglés? No ha habido arbitrariedades, pero sí complot en la morfología y en la sintaxis.

Yo era el primero que debía descubrir de dónde venía la voz que encadenaba esos insultos pueriles contra el escritor americano. Lo divertido ha sido no saberlo hasta ahora. Mi opinión hoy es ésta: la Carta primera finge estar pronunciada en voz alta (finge, porque sabemos por la introducción que se trata de unos folios manuscritos); la  Carta segunda esta escrita para que parezca que está escrita (pero en algunos momentos la voz chillona de la primera parte se delata). Imagino que se opta por bastir una reseña ficticia sobre Pynchon porque el narrador intuye que esto le dará la autoridad que necesita para seguir insultando.

¿Y, finalmente, qué papel juega la fama en todo esto, o la manera en que autor y sus lectores se enfrentan a ella? (los lectores, en su caso, a la fama de su autor).

Ahí están el fraude y el germen, diría: se llama «día antes de la Fama» al día anterior a la publicación de El arco iris de gravedad, martes 27 de febrero de 1973. Esto es una simplificación casi obscena, porque con su novela de 1963, V, Pynchon había ganado el William Faulkner Foundation Award y, en consecuencia, la gran consideración que podemos imaginarnos. Diría que Fama aquí es sustituible por el instante anterior a hacer algo grande. El libro habla de las consecuencias de ello; la primera: la muerte de la vida privada. Indiferentemente de que uno –Pynchon- participe o no, el público (el que se convierte en su público) ya tiene a su nueva figura de acción para hacerle decir lo que supone que diría. Me parece terrorífico.

Sé que es complicado resumirlo en unas cuantas frases pero, en líneas generales, ¿cuánto hay de verdad, cuánto de mentira, cuánto de mentira disfrazada de verdad y cuánto de verdad disfrazada de mentira?

Una idea con la que bromeo a medias ahí es la del groupie enemigo. Alguien que te quería y admiraba ayer y hoy, como ya no puede llamarse amigo tuyo, se ha convertido en otra cosa. “Descubrir esa cosa”, anoto para mí.

¿Y hasta qué punto quiere funcionar como juego? Me refiero a esa idea de hacer participar al lector como parte de una conspiración, de hacerle partícipe de la mentira del libro y que se involucre en esa mentira.

Bueno, es un libro modesto, pequeño, tiene que ser muy directo y agresivo. El juego consiste en no hacer una imitación de los métodos de Pynchon (porque si el protagonista es incapaz de comprender sus novelas, no puede usar sus procedimientos). Sí hay una copia de las estructuras basada en la paranoia pynchoniana y que consiste, sobre todo, en desquiciar a todos los intervinientes del texto (también al lector) al impedirles que puedan descartar ningún elemento y, a la vez, obligándoles a reconocer que ninguno de esos elementos parece tener una cualidad, digamos, crucial. La paranoia se toma en serio y no se toma en serio. El librito se empeña en ensoberbecerse hasta el ridículo. Allá él.

Tras leerlo me he sentido apabullado por los datos, las notas a pie de página, incapaz de separar real de ficción, algo que me ha ocurrido ya con libros del propio Pynchon, pero también de otros autores que citas en ‘Un escritor sin orificio’, como Foster Wallace o DeLillo. ¿Han sido una influencia, has querido seguir esta tradición de autores norteamericanos?

Eso sería demasiado ambicioso por mi parte. Las notas al pie se pueden ver como una simple caracterización del personaje del comentarista, ¿no te parece? No es siquiera una parodia del crítico, porque no conozco lo suficiente el medio.

Me gustaría aclarar que las notas quieren ayudar a leer el libro sin necesidad de conocer la obra de Pynchon y, sobre todo, que no hay datos falsos. Hasta que entramos en ese momento en que las anotaciones empiezan a brutalizar -¿puedo decirlo así?- al lector y todo lo que tocan. En ese punto, el pie de página es humorístico y enloquece. Lo mismo sucede en House of Leaves, I love you Sade, de Ferré, o en Un viaje de invierno (y tantas otras novelas de Benet). No tenía tan presentes a F.W. o DeLillo porque no consigo entrar del todo en ellos, una incapacidad muy personal.

¿Sería posible que te hubieras planteado una historia como la que cuentas con otro escritor?

Desde luego. De hecho, algunas pruebas antiguas con las que quise demostrar a mi editora que no se comprometía conmigo en vano, partían del seguimiento documental de algunos personajes de la literatura francesa que me son igualmente incomprensibles y queridos.

Por último, ¿querías llevar al lector hasta algún tipo de conclusión sobre Pynchon? Me gustan dos ideas que lanzas: Pynchon como autor que mata la lectura (y al lector) escribiendo; y Pynchon como escritor que expresa con grandes volúmenes de palabras la brevedad de las cosas que importan.

No hay conclusión profunda. Muy llanamente: me han inculcado una reverencia excesiva ante  cualquier cosa que haya sido lograda mediante el Trabajo. Por lo tanto, una escritura que se ha exigido disciplina merece ser abordada con disciplina. Aunque es verdad que espero, a cambio de mi esfuerzo, placer. Y si no lo obtengo soplaré y soplaré y me perderé en operaciones mentales para descubrir si es mi culpa o es culpa del artefacto. Pynchon es, por descontado, enteramente placentero. Pero yo he necesitado una segunda y tercera lecturas. El libro está escrito desde la humillación de la primera.

Creo que hay que resumirlo diciendo que se trata de una pataleta en la que el sujeto se va quedando sin argumentos hasta defenderse sólo con soniquetes impertinentes. Cuando tenía ocho años, en clase de música, un niño de clase vomitó mientras practicábamos con nuestras flautas. Esa imagen de la flauta vomitada y su sonido han acompañado en todo momento las decisiones de cada pieza del texto. No la he incluido en el libro para poder explicarósla aquí.

FOTO: Alfonso Rodríguez Barrera

‘Inception. The cobol Job’, el cómic que sirve de prólogo a ‘Origen’, de Christopher Nolan

In Believe the hype, Cartoon, Hambre, Mareo on 25 julio, 2010 at 6:31 pm

Me rindo ante las virguerías del marketing de Hollywood. Bueno, todavía no, pero falta poco: Origen, la nueva película de Christopher Nolan (estreno en España: 6 de agosto), promete ser uno de los mejores viajes del verano y poner boca abajo al respetable, confundiendo de nuevo sueño y realidad, como ya hiciera en sus anteriores Memento e Insomnia. La idea vuelve a ser que el espectador monte como pueda los recuerdos que le han quedado una vez haya salido del cine, como un rompecabezas, incluso que la vea más de una vez para intentar resolver esta empanada mental protagonizada por Leonardo DiCaprio, que ha definido la película como “surrealista y cerebral”. La crítica no se queda corta: laberíntica e indescifrable, resistente a toda lógica y desafiante a la física, un puzle filosófico, una sobredosis sensorial e intelectual. Hmmm: estimulante, como poco.

Pero hablábamos de otra magia: la del marketing. Sus responsables han lazando de manera gratuita un cómic que sirve de precuela prólogo a la película. Yo he llegado a él a través del twitter de Cotton Duck, pero también tiene página oficial, que permite una lectura bastante cómoda. Se lo dejo justo aquí debajo, aunque a mí me ha dejado más mareado todavía. Me importa muy poco si es publicidad, arte o divertimento: es una pieza más en el juego de Nolan. Y yo soy un tío fácil.

El gráfico (casi) definitivo de Los Planetas

In Asuntos internos, Mareo, NoFicción on 20 mayo, 2010 at 6:03 pm

La historia fue más o menos así: ante el lanzamiento del nuevo disco de Los Planetas, Álvaro Valiño, Jesús Miguel Marcos y yo nos planteamos hacer “el gráfico definitivo, cósmico y total” del grupo para acompañar su entrevista a doble página, con todas las canciones, temáticas y estilos que J y compañía han tocado desde los tiempos de maricastaña. Parecen un grupo perfecto para ser mostrado en círculos concéntricos. Así que nos dividimos el trabajo, escuchamos todo lo publicado por el grupo, y cruzamos los datos. ¿Qué pasó al final? Como manda el maldito periodismo, lo que ahora tiene mucha importancia puede dejar de tenerla 20 minutos después: de la idea de las 2 páginas se pasó poco menos de una y, con ello, se optó por otro gráfico, más modesto. Éste último, actualizado con los temas de Una ópera egipcia, fue el que finalmente salió publicado, mientras el original, grande y mareante, como debe ser, quedaba pendiente de revisión y en peligro de morir en una carpeta olvidada del ordenador. ¡Por encima de nuestros cadáveres! De ahí el “casi definitivo”: lo cuelgo, aún sabiendo su naturaleza imperfecta y perecedera: en cuanto lo actualicemos (calculo que para veranos sacaremos algo de tiempo, ejem), lo sustuiré por este, que podría haberse titulado como muchas de las canciones de Los Planetas pero que se me antoja un “Segundo Premio” en toda regla.

Alan Wake: Bright Falls y el Twin Peaks de los videojuegos

In Believe the hype, Gamefilia, Hambre, Mareo on 12 mayo, 2010 at 3:00 pm

Estoy flipando con Bright Falls, la miniserie de seis episodios que Microsoft se ha sacado de la manga “sólo” para ayudar en la promoción a su videojuego Alan Wake, y convertirlo en un fenómeno de culto equivalente a series de televisión como Lost y, sobre todo, Twin Peaks. No flipo sólo por el subidón que da engancharse a algo episódico y misterioso, con personajes currados, guiños al respetable y tal, que puede, sino porque me gusta el ojo de sus responsables y la idea total de un proyecto completamente nuevo en los tiempos que corren. Es cuestión de echar ganchos al público potencial, ya sea con cómics, miniseries paralelas o alguna ocurrencia viral. Al resto nos tiene seguros, me temo.

El rodaje de la serie, cuyos tres primeros episodios ya están disponibles en Xbox Live, ha corrido a cargo de Phillip Van, cortometrajista ganador de premios en Sundance y Berlín, según leo en la nota de Microsoft (aquí cuenta detalles del rodaje y del proyecto y algunas interpretaciones). No sé si esto es bueno, pero todo, todo recuerda descaradamente a la serie de David Lynch: un pueblo en apariencia tranquilo y perdido, los personajes excentricos, el bosque como amenaza, la banda sonora que parece el viento entre los árboles. Esas casitas de madera tan monas, con los rifles para cazar ciervos en la pared.

El primero de los capítulos, que duran entre 5 y 7 minutos, titulado Ciervo, presenta a un escritor que llega a un pueblo perdido, con su cafetería y camarera encantadoramente ingenuas, algunos locos, un motel, un indio y un niño albino… y el horror de despistarse y atropellar algo en la carretera. El segundo, El tiempo vuela, da el primer meneo a lo poco que creíamos tener atado de la trama: hay juegos mentales, una chica y una imagen pesadillesca para recordar, de nuevo en la carretera. La cosa se pone borrosa. Y Luces fuera se permite curiosear en lo cotidiano y lo sobrenatural de la vida de los vecinos de Bright Falls y aporta un nudo importante de desenredar. Encantador todo.

Creo que prefiero ver el vaso medio lleno: de partida, Bright Falls será obvia, casi paródica a veces (más o menos así), pero es mucho mejor que cualquier intento parecido de conectar con el público por vías alternativas al propio videojuego. Y los detalles ayudan cuando es casi un cliché. Pero tiene buen material y ganas de jugar con él, e ideas propias sobre qué puede funcionar en según que medio y qué no. Confunde, engaña y engancha, como lo hizo en su día la serie a la que quiere copiar, y destaca a su manera.

Mañana viernes ya estará disponible un nuevo capítulo. El final de la miniserie se espera para el día 18, con sesión doble. Que nadie llore: lo bueno es que no es ni de coña esto es el final: le llaman precuela. Que aún nos queda el videojuego.

Me mojo a partir de lo poco que llevo jugado. Ni el intento fallido del último Alone in the Dark de ser disfrutado en escenas, como una película, ni el rollo 24 del último Splinter Cell: Alan Wake, con su caja de edición limitada que parece cargada de DVD, toca donde debe y consigue hacerse el interesante: mola jugarlo en dosis, intentando que no se nos pase ninguna pista en cada capítulo, volverte un poco más fan a cada paso que das. Es más: probar a cruzar las imágenes e historias de ambos, videojuego y miniserie, como ver las dos caras de una moneda a la vez, es de lo más estimulante que se puede hacer con lo que parece una tonelada de macguffin hitchcockiano. Ahora, el verdadero misterio: ¿qué tal soportará todo esto una relectura, una vez descubierto el truco que esconde?

Homenaje a Melville: dentro de la ballena

In Antiguos Maestros, Horror, Mareo on 16 marzo, 2010 at 8:35 pm

“No se necesitan océanos terrestres ni monstruos válidos para todos; cada uno de nosotros tiene sus propios océanos y sus monstruos personales”. La cita debería haber sido de Herman Melville (1819- 1891),  que para eso persiguió al diablo convertido en ballena. En realidad, es de otro escritor, el francés Jean Giono (1895-1970), que durante tres años se enfrentó al mismo mal blanco y espumoso que Melville: la traducción al francés de Moby Dick. En el fondo, se enfrentaron al mismo monstruo.

Después de una tarea tan titánica (compartida con los escritores Joan Smith y Lucien Jacques), Giono quedó exhausto y saciado de mar. Aun así, su editor, el  inmortal Gaston Gallimard, le pidió un prefacio que sirviera de presentación de Mellvile, poco conocido en Francia. Ante su negativa,  Gallimard le tentó: podría hacerlo a su  manera. Con estas tres palabras, encendió su imaginación. Así nació Homenaje a Mellvile (Paidos), editado ahora en español.


Sin ataduras

Giono no se somete a ninguna regla y se salta varias: hay conversaciones y hechos de la vida de Melville que recrea con la fantástica seguridad de quien ha estado delante. Se los imagina. También da pistas sobre su relación como lector con un libro como Moby Dick (que se le “agitaba” en el bolsillo y que, nada más abrirlo, podía escuchar el silbido de los cordajes y a la ballena resoplando) y sobre la traducción. Nos dejamos llevar, reconoce: “Cuando se arponea a la ballena, hay que seguir su rastro; cuando se hunde, hay que  esperarla y cuando emerge, hay que atacarla de nuevo”.

El arranque es revelador. El autor ubica a Melville en1849, regresando a EEUU tras una estancia en Inglaterra. “Llevaba un extraño equipaje. Se trataba de una cabeza  embalsamada, la suya”. Y ahí comienza el viaje.

Un corazón con mástiles
Giono se detiene en la infancia de Melville, y cuenta lo que sus lectores querrían leer: las palabras de un niño de 10 años sobre el mar, cogidas de una carta a su padre. “Esta tarde de invierno, me han llevado hasta el final del espigón que más se adentra en el mar. Había olas gigantescas, más altas que montañas.  Por todas partes, los mástiles de las naves golpeaban el agua cual si fueran látigos”.

En breve, todos se darán cuenta de que “el corazón de un niño lírico contiene más mástiles batientes y más barcos de vela que todos los puertos del mundo juntos”.

Viajes y agua
Según una carta escrita a su hermano, Melville quería “afrontar un gran peligro y dejar por fin de dudar de mí mismo”. Así que durante tres años “embarca y desembarca en numerosas tripulaciones, contrata capitanes, les expresa su agradecimiento, revisa la quilla, calafatea la nave, llena sus bodegas, atrapa los vientos […], simula zarpar, vuelve a fondear, hace uso de la cuerda y de las velas en el puerto, duerme sobre el agua rasa y sufre cuando oye a lo largo de sus días inútiles como su proa, que él querría gloriosa, golpea torpemente su nariz contra el muelle de la dársena”.

El 3 de enero de 1841, Melville se embarca en el Acushnet, un whaler (ballenero) de 359 toneladas, rumbo al Pacífico. Durante 15 meses, piensa lo que luego le hará decir a su héroe: “No veo gran cosa, solamente agua en una considerable extensión”. Cuando haya llegado el tiempo del recuerdo, dice Giono, “de rememorar este agua extendida en horizontes ilimitados, él escribirá ese libro-refugio donde todo el mundo pueda albergar su desesperación”.

Una cabeza en bálsamo
En aquel viaje, a Melville la piel se le acartona. “Desde entonces, lucha con el ángel”, dice Giono: “Le golpean alas terriblemente duras, lo levantan por encima del mundo, lo dejan caer, lo recogen y lo ahogan”. Acaba desertando, viviendo con caníbales, y de todas aquellas experiencias saldrían libros como Taipi, Omú, Redburn y Chaqueta blanca.

De regreso a EEUU, “con la cabeza llena de bálsamo” (según palabras de su mujer),
se decide a cumplir un viejo sueño. Así se lo contaba a su amigo N. Hawthorne. “Voy a ponerme a trabajar. Estos últimos días me acordé de una curiosa historia sobre una ballena. Estaba bajo el viento de la isla de Mocha, en Chile. La atacamos más de cien veces y más de cien veces salió victoriosa. Por su edad, o tal vez por una rareza de la naturaleza, era blanca como la nieve. Todo eso me vino a la mente, no sé por qué. Es algo irrealizable, ¿comprende?”.

Publicado en Público el 5/4/2009

Happy Mondays: El grupo con el que los indies tomaron ácido

In Dance usted, Hooliganeo, Mareo on 24 febrero, 2010 at 12:45 am

Si finalmente los duros punk-rockers se soltaron tomando ácido gracias a los Flaming Lips, lo mismo podríamos decir que le ocurrieron a los indie kids con Happy Mondays: el grupo más gamberro de Manchester supo unir el espíritu del pop tradicional inglés con la nueva cultura emergente de baile, el house y las raves, en un momento único e irrepetible de la historia de la música y, desde entonces, nada ha vuelto a ser igual en el planeta pop. Empezando por la ciudad que acogió el fenómeno a finales de los años 80 y principios de los 90, y que cambió su nombre para siempre gracias a un tema de la banda que resumía a la perfección el estado de la ciudad y de sus habitantes: Madchester.

La decisión de Rhino de reeditar las dos “obras maestras” de la banda, el casi iniciático Bummed (1988) y el hiperactivo Pills’n’thrills and bellyaches (1990), puede servir de excusa para traernos de vuelta a esta versión macarra de Sly & The Family Stone, tal y como describió una vez al grupo su líder y vocalista, Shaun Ryder, aunque luego no recordara haberlo dicho. Y más cuando el año pasado el grupo anunciaba su vuelta a los ruedos tras casi 15 años con un disco flojete (que parecía mirar a Jamaica más que a Inglaterra) y una gira que demostró que los años no pasan en balde, sobre todo para los chicos que han
sido malotes.

Rock se escribe con ‘E’

Según Nathan McGough, el que fuera manager del grupo y quien les consiguió el primer contrato con el sello Factory, con Bummed, todos lo tenían claro: tanto él como Tony Wilson, capo de la mítica discográfica, “queríamos que Bummed fuera un álbum de éxtasis: el primer disco de rock hecho nunca con éxtasis”. Una vez escuchado el resultado, dijo que le parecía “el acontecimiento más importante ocurrido a la juventud desde el punk rock”.

El New Musical Express le puso entonces un 9 sobre 10 y aseguraba que éste sería tú disco “si te gusta la energía del acid y lo agresivo del buen rock independiente”, marcado con unos personajes sacados de Dennis Hopper, Charlie Bukowski, Hunter S. Thompson y Johnny Rotten.

Pero lo que realmente constituyó un acontecimiento fue ver al grupo tocar en un histórico Top of the Pops (los 40 principales británicos) junto a Stone Roses, otro nombre fundamental del sonido madchester. Poco después vendría la mejor época del grupo, sus colabroaciones con DJs como Paul Oakenfold, su entrada en un Top 5 británico dominado por gente como Phil Collins y Chris Rea, y la publicación de este Pills’n’Thrills and Bellyaches, no sólo su mejor disco sino, tal y como dice Joan S. Luna en Mondosonoro, el primer gran disco de los 90 y eso que la década no había hecho más que comenzar.

Publicado en Público.es el 21/1/2008

Alien: un paseo por el arte extraterrestre de H. R. Giger

In Horror, Mareo on 23 febrero, 2010 at 12:26 am

¿Quieres opio?, fue lo primero que le preguntó H. R. Giger al guionista e ideológo de Alien, el octavo pasajero, Dan O’Bannon, cuando fueron presentados en 1977.
–¿Por qué lo tomas? –le preguntó O’Bannon.
–Me asustan mis visiones.
–Sólo están en tu cabeza.
–Eso es lo que me da miedo.

Sirva esta recreación para hacerse una idea de lo que todo el equipo de Alien sintió al ver a Giger, un suizo pálido e inquietante (entonces, de 27 años y hoy, de 67) vestido de negro absoluto y que acostumbraba a hablar en susurros. Sus extraños diseños, publicados en 1977 en un libro titulado Necronomicon, habían encantado al casi novato Ridley Scott. El director sabía que si conseguía que Giger se involucrase en Alien, la película dejaría de ser de serie B, y se convertiría en un clásico del terror y la ciencia ficción. Su alien no podía ser un hombre disfrazado.

Siguiendo con la recreación, a pesar de los rumores que manejaban actores y técnicos, Giger no guardaba el esqueleto de una novia suicida. Aunque sí que trabajaba con huesos secos y plastilina, encaramado a una escalera, para dar vida a varias versiones del elegante y amenazador extraterrestre de la película, así como su entorno, un paisaje de pesadilla en el que utilizó algunas ideas que ya barajó para la inacabada versión de Dune, de Alejandro Jodorowsky.

El universo de Giger, donde se conjuga el sexo, la muerte, la mecánica, la biología y todo tipo de simbolismos cibergóticos, resultó ser el mejor ambiente donde el alien podía crecer.

Un Oscar para su bicho
Dueño de su propio museo, el Musée HR Giger en el castillo de Saint Germain de Gruyères, Giger lleva exponiendo en salas desde 1967, por lo que no es de extrañar que su trabajo, reconocido en Hollywood con el único Oscar que recibió Alien, sea también objeto de una muestra en nuestro país. Bajo el título HR Giger: escultura, gráfica y diseño, la exposición alojada en la Universidad Politécnica de Valencia hasta el 5 de diciembre reúne 50 obras, entre las que destaca, claro, la cabeza del bicharraco.

“Me la ofreció él mismo cuando le hablamos de hacer la exposición”, recuerda el comisario, Carlos Arenas, que tuvo la idea de dedicar al suizo una muestra hace un par de años, tras leer en la universidad su tesis sobre Giger. “En un principio no estaba demasiado convencido de que una universidad fuera el sitio adecuado, pero una vez que aceptó, nos ofreció muchas de las piezas de su museo”. Los fetichistas del alienígena encontraran además otras delicatessen, como los dibujos conceptuales para Alien 3, que ocupan toda una pared de la sala.

Más o menos dos tercios de lo que se muestra proceden del castillo, el resto pertenece a coleccionistas privados. Por cierto, ¿el Gobierno suizo nunca compró ninguna? “Alguna institución tiene algo de su obra, pero está muy infravalorado. Como otros genios, ha sido malcomprendido en su época”, dice Arenas.

Psicodelia y biomecanoides
Como su nombre indica, la exposición quiere mostrar todos los ángulos de un artista total, de culto, pero que ha cultivado la escultura, el diseño, la pintura, la arquitectura y hasta el diseño de portadas de discos. Entre otras cosas ajenas a Alien, se exponen sus primeros trabajos, la serie de dibujos y esculturas Niños Atómicos (1964), los dibujos dedicados a clásicos como El fantasma de la Ópera (1967), esos Paisajes psicodélicos (1971) a los que le inducía el opio, además de biomecanoides, carteles, esculturas y pinturas originales de aerógrafo y, atención, viciosillos, la silla Harkonnen de Dune.

Heredero de artistas que se basan en el horror como forma de expresión, como Francis Bacon o Alfred Kubin, “si hubiera un artista al que Giger pondría en un altar sería Dalí”, dice Arenas. Una curiosidad: el genio de los relojes blandos le tenía pavor a las langostas. Giger, a los gusanos. Y a volar en avión.

Oda a su novia

Dicen que cuando Li, su musa y novia en los 70, vio el retrato membranoso que Giger le dedicó, lo acuchilló. Al retrato. Hoy, el coleccionista que lo posee se jacta de que la rotura se luzca en Valencia.

Máquina paridora y niños atómicos

La exposición no sólo reúne material de Alien. Entre las 50 piezas que se han reunido están algunos de sus primeros trabajos, como la serie escultórica Niños atómicos, realizada en poliéster, y los dibujos en gran formato incluidos en la serie La máquina paridora. Otra rareza que se puede ver son los bocetos realizados por el artista para Alien 3 (David Fincher) que, por desgracia, nunca fueron utilizados.

El trofeo siempre es la cabeza

Esta no sólo es una de las tres cabezas de alien diseñadas para la película. Es la única provista de un mecanismo, ideado por el italiano Carlo Rambaldi, que le permitía abrir una boca horripilante (¡con labios!) y mostrar una lengua que, a su vez, también estaba provista de boca dentada. Espeluznante. Fue el propio Giger el que ofreció esta pieza para la exposición, sin duda el centro de la muestra. Giger estuvo en Valencia para la inauguración e incluso firmó autógrafos a las cerca de 900 personas que asistieron. Y, según nos cuentan, aunque no le pegue nada, comió paella.

“Sexo, muerte y nacimiento son las claves de Giger”

Entrevista con Carlos Arenas, comisario de la exposición

1

Según Ridley Scott, el secreto para dar miedo es no mostrar a la criatura. Sin querer faltarle el respeto, creo que en el caso de ‘Alien’ se equivoca…

Creo que tiene parte de razón. Está claro que su diseño revolucionó el terror y la ciencia ficción, ya que conseguía evocar otras cosas, como el sexo. Al no mostrar a la criatura, te crea ansiedad. Pero también es cierto que la escena final de la película, donde se ve el cuerpo completo, ha sido muy criticada, ya que deja ver que, en el fondo, es un hombre disfrazado… Creo que en las siguientes películas se ha visto todavía más y se ha perdido parte del encanto.

2

Art Noveau, tecnología, sexo… ¿Cuáles son las claves para entender a Giger?

Sexo, muerte y nacimiento. Está por doquier en su obra. Además, durante determinadas épocas utilizó símbolos de magia y ocultismo. Siempre se ha sentido próximo al surrealismo, incluso llegó a conocer a Dalí, que fue quien lo puso en contacto con Hollywood a través de Jodorowsky y su Dune. También El Bosco. Y el propio cuerpo humano, con el que ha trabajado desde los años 60: jugar con sus formas, mezclarlo con metal. Fue pionero del cyborg, el ciberpunk y, en general, tiene presencia en la cultura underground, como el cómic e incluso el tatuaje.

3

¿Estamos ante un artista o ante un científico que investiga lo que le rodea?

Cuando tocas lo humano y los posthumano, debes documentarte, y el lo hizo profundamente en temas como la anatomía. Por eso su trabajo también puede tener implicaciones médicas, filosóficas, éticas… Vamos hacia una época robótica, muy Giger.


Publicado en Público el 27/10/2007