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Los hermanos Vonnegut: ciencia y ficción en la guerra fría

In Antiguos Maestros, Lecturas, Sci-fi on 12 noviembre, 2016 at 9:41 am

Un libro recorre los años en que Kurt y Bernard Vonnegut trabajaron para General Electric y ofrece una panorámica de la América de los 40 y 50 a través de sus ojos

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Bernard y Kurt Vonnegut (derecha).

En uno de los primeros capítulos de su novela Cuna de gato (1963), el escritor Kurt Vonnegut describe a la imaginaria Compañía General de Forjas y Fundiciones como una empresa de ensueño para los científicos, un lugar donde los investigadores pueden entregarse a su trabajo sin los habituales corsés del sector privado, sin otro fin que aumentar el saber de la humanidad. Una utopía dirigida desde los laboratorios por batas blancas. “No se trata de buscar un filtro de cigarrillo mejor o una toallita para la cara más suave, o una pintura para casas que dure más”, le aclara uno de los expertos al narrador, un trasunto del propio Vonnegut que busca documentarse sobre uno de los padres de la bomba atómica para escribir un libro. “Los investigadores puros trabajan en lo que les fascina a ellos, no en lo que fascina a los demás”. En un momento dado de la visita a las instalaciones, se une a la conversación una secretaria de la compañía, que opina que lo que allí se hace es “magia”, algo que irrita al científico. Para él, aquella es una palabra “nauseabunda y medieval”. Y le corrige: allí se hace “exactamente lo opuesto a la magia”.

Al igual que otras novelas de Vonnegut como La pianola (1952) y Matadero cinco (1969), Cuna de gato fue encasillada como ciencia ficción, si bien estaba fuertemente fijada en el presente del escritor, en aquel mundo nacido tras la II Guerra Mundial. La Compañía General de Forjas y Fundiciones es un reflejo de la todopoderosa General Electric (GE) que había emergido como una empresa millonaria tras suministrar material a su país para ganar dos conflictos mundiales, con contratos con el gobierno e intereses en áreas que iban desde la aviación a los electrodomésticos. De hecho, era conocida como “la Casa de la Magia” (algo que los científicos que trabajaban allí odiaban porque ellos “hacían ciencia, no trucos de magia”) y por jactarse de que sus empleados no investigaban para perseguir ningún fin, sino para divertirse. La ciudad de Ilium en la obra de Vonnegut es el reflejo de Schenectady, Nueva York, sede de la GE, donde trabajaron los hermanos Kurt (1922-2007) y Bernie Vonnegut (1914-1997) durante aquellos primeros años de guerra fría en los que la sociedad civil se desperezaba tras el espejismo atómico.

La escritora estadounidense Ginger Strand recorre en su libro The Brothers Vonnegut: Science and Fiction in the House of Magic cómo el trabajo para el gigante tecnológico marcó sus trayectorias y cómo ambos hermanos se influyeron mutuamente. Bernard, o Bernie, trabajaba investigando la posibilidad de manipular el clima en sus laboratorios de investigación, mientras Kurt lo hizo en el departamento de relaciones públicas. La visión de los dos estaba fuertemente influida por la bomba atómica y situaba en primer plano un dilema moral heredado del horror de Hiroshima y Nagasaki: hasta qué punto los científicos que ayudaron a desarrollar tecnologías como aquella fueron responsables de su uso como arma. Los avances tienen un potencial inmenso tanto para hacer el bien como para hacer el mal, reflexiona Ginger Strand en estas páginas, pero mientras que para algunos científicos esto algo que está en la misma naturaleza de la ciencia y no es práctico intentar controlarla porque no hay cura posible para el progreso, “Kurt (y Bernie) estarían en desacuerdo con aquello: la cura para el progreso estaba simplemente en recordar que somos humanos”.

Bienvenidos a la Casa de la Magia

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Los “magos” de la GE: científicos del laboratorio de investigación en 1950.

Tras la II Guerra Mundial, el clima se convirtió en la siguiente meta en la búsqueda del “arma definitiva”. Las previsiones meteorológicas jugaron un papel fundamental en la elección del día D por parte del general Eisenhower. Y durante el conflicto, las nubes, la nieve, el hielo, la niebla y las tormentas afectaron de diferente manera a las señales de radio, al vuelo de los aviones, a las trayectorias de las bombas y el avance de tropas, de los tanques y las flotas. Tras la conquista del átomo, en el ambiente flotaba la sensación de que quién dominase las fuerzas de la naturaleza tendría ganada de antemano cualquier guerra. Y los científicos jugaban un papel fundamental en este nuevo periodo de paz aparente y progreso sin límite, tal y como anunciaba la publicidad de General Electric en los periódicos.

El físico químico Bernard Vonnegut entró a trabajar para GE en 1945. Era considerado el hermano brillante de la familia, frente a una hermana artista y a un hermano menor al que se le daba bien escribir. Su vida “siempre discurrió según lo planeado”, según Ginger Strand, y disfrutó de una educación elitista que desembocó en un doctorado en el MIT. Dentro de los laboratorios de investigación de la compañía formó parte del llamado Proyecto Cirrus, encargado de investigar los fenómenos climáticos (según la nota de prensa emitida por la compañía, “manipular las gigantes fuerzas de la naturaleza en beneficio de la Humanidad”) en colaboración con las Fuerzas Armadas norteamericanas. Su principal hallazgo consistía en “sembrar” las nubes con yoduro de plata para provocar lluvia. Bernard, como otros de sus colegas, se movían entre el amor por la investigación, motivados por conocer cómo funcionan las fuerzas de la naturaleza, y el miedo de que, bajo la supervisión del ejército y el gobierno norteamericanos, podría repetirse el caso de la bomba atómica y que sus descubrimientos fueran utilizados con fines violentos.

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El control del clima, tal y como era tratado en los años 40 y 50.

Kurt Vonnegut también debía estudiar químicas según el deseo familiar –aunque sus padres economizaron en gastos con él tras la inversión en Bernard, mandándole a la escuela pública–, y de hecho lo intentó, si bien le venció su deseo de ser escritor o periodista. En 1943 se alistó en el ejército, fue hecho prisionero de guerra en diciembre de 1944 y, como todos sus lectores saben, vivió el bombardeo de Dresde, un hecho imborrable presente desde sus primeros relatos, que finalmente convertiría en una novela magistral –con saltos en el tiempo–, Matadero cinco. De vuelta en EEUU, se casó con su novia Jane, a la que conocía desde la infancia, lo intentó con la Antropología (lo más parecido a una ciencia para él), y compatibilizó sus estudios con un trabajo en una agencia de noticias como copy boy, mientras su primer hijo venía de camino.

En 1947, Kurt entró en el departamento de relaciones públicas de GE –mintiendo para ello sobre sus calificaciones académicas–, donde su trabajo consistía en parte en escribir notas sobre los mismos aparatos que todos los trabajadores compraban para su casa en la tienda para empleados: una nevera, un fogón de cocina, una lavadora automática. Ese año, las ventas de la firma ascendían a 1.300 millones de dólares. La empresa que se había hecho de oro suministrando equipo para que su país ganara la guerra quería estar ahora en todos los hogares americanos. Además de anuncios e ilustraciones, el departamento de relaciones públicas tenía su propia agencia de noticias, que salvo por lo de la objetividad, funcionaba igual que un periódico, con sus reporteros buscando historias y un ramillete de publicaciones internas, muchas distribuidas fuera de la empresa.

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Totalitarismo de empresa

The Brothers Vonnegut subraya lo que ya nos contaba hace unos años el editor Santiago Tobón con motivo de la publicación en castellano de algunos de los relatos del escritor en Mientras los mortales duermen (Sexto Piso): que Kurt Vonnegut fue un “jornalero”, un escritor de clase media que tuvo que pagar la hipoteca con relatos cortos en revistas y con otros tipos de trabajo. Que escribía por las tardes y los fines de semana, mientras fumaba Pall Mall como un gremlin para alimentar a sus tres hijos –y posteriormente, a otros tres críos más, los de su hermana Alice, de quienes él y Jane se hicieron cargo tras su muerte por cáncer en 1957–.  Que abrió uno de los primeros concesionarios Saab en EEUU y que también fracasó. Que recibió continuos rechazos de editores y revistas antes de publicar. Que reelaboró sus textos y que volvía a los mismos temas: los efectos de la guerra, los conflictos entre la libertad y la moral, la idea extraída de su lectura de Los hermanos Karamazov de que si no existe un dios –y Kurt no creía en él–, los hombres tendrían la necesidad de inventarlo.

Ciencia ficción, en efecto, pero para hablar del presente, del aquí y el ahora. Su miedo al totalitarismo no nace en mundos exóticos, sino del mismo centro del libre mercado y se refleja en las actitudes y los valores de empresa: la adoración de los empleados por su jornada laboral, el espíritu mecánico del trabajo en equipo, la fe en el progreso, la tecnología y la ciencia, el entusiasmo por todo lo que entonces oliese a futuro, a un futuro hecho de máquinas, a base de código y semiconductores. Como escribe Ginger Strand, “tanto los nombres de empleados de la GE como las ideas emergen continua y evocativamente en todo lo que Kurt escribió”. Y como Vonnegut dijo cuando le preguntaron por qué elegía el género de las naves espaciales y los universos alternativos para hablar del presente: en realidad, “la General Electric era ciencia ficción” en aquellos años.

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Bernard Vonnegut trabajando en la GE.

Bernie dejó GE en 1952, cuando el proyecto Cirrus fue cerrado. La empresa ya no buscaba más la motivación de sus empleados con aquel lema utópico que rezaba “¿Te estás divirtiendo hoy?”. Fue el mismo año de la publicación de la primera novela de su hermano –que ya había dejado antes la empresa para intentar ganarse la vida escribiendo–, La pianola, una historia distópica en la tradición de Orwell y Huxley que, al igual que Cuna de gato, se inspiraba en el trabajo de Bernard y sus colegas.

¿Qué había detrás el impulso original de un proyecto para controlar el clima? Según Ginger Strand, “los militares querían armas, los comerciales querían beneficios, la General Electric quería publicidad y los meteorólogos quería proteger su territorio”. Siete años después de ser contratado por el gigante tecnológico, tras muchos intentos fallidos por que el gobierno regularizase y controlase la manipulación del clima, ni la empresa era la misma ni tampoco la nación americana, que se preparaba para un nuevo orden: el de los ordenadores, la electrónica y los transistores. Bernard siguió investigando las tormentas, pero no para intentar “controlar” las fuerzas de la naturaleza, sino para “conocerlas”. Murió en 1997 de cáncer. Su obituario en el New York Times no esquivaba las implicaciones legales y comerciales de las alteraciones en los fenómenos atmosféricos.

Ginger Strand ha acudido a una enorme variedad de fuentes para documentar su libro, desde la familia Vonnegut a los archivos de la GE. Y de ellas extrae una certeza sobre Kurt, aplicable a muchos hombres que escriben sobre sus vidas y convierten a sus mujeres en parte de su obra: que su esposa Jane, de la que se separó en 1970, fue fundamental para entender al autor que hoy adoramos. “Una mujer que respiraba vida y energía y resolución. Sin ella, el Kurt Vonnegut que conocemos nunca habría existido. Hasta cierto punto, él fue un personaje creado por ella”.

Publicado el 12/12/2015 en El Español.

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Cómo acabar con la alta cultura de una vez por todas (con la ayuda de una mochila voladora)

In Cartoon, Sci-fi on 18 diciembre, 2015 at 5:45 pm

Colaborador de ‘The Guardian’ y ‘The New Yorker’, el dibujante Tom Gauld reúne algunas de sus tiras cómicas en el libro ‘Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora’

 

Como queda feo explicar cómo funciona una viñeta, mejor echa un vistazo a esto antes de empezar:

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Si eres un lector habitual con las manías propias de un lector habitual, de esos que retrasan todo intento de poner orden en su biblioteca, que se ha planteado más de una vez por qué siguen vigentes los métodos de un detective de la vieja escuela en pleno siglo XXI o incluso quién ganaría en una pelea a puñetazos entre Shakespeare y un robot gigante, lo normal es que te hayas topado con alguna de las viñetas que semanalmente publica Tom Gauld en The Guardian. Y que hayas pensado: este tipo está hablando de mí. En caso contrario, no huyas todavía: Gauld acaba de reunir algunas de sus tiras cómicas para el periódico británico en el libro Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora (Salamandra Graphic). Una oportunidad para hablar con este escocés al que Maria Popova de Brain Pickings considera heredero de esa saludable tradición de autores que entiende que “la división entre altura cultura y cultura popular es una afirmación falsa y tóxica”.

Gauld lleva publicando su trabajo desde 2001 y ha recorrido un largo camino hasta verlo en medios como The New Yorker, donde también colabora como ilustrador. Y muchas de estas viñetas hablan de su experiencia: despachos y portazos, decisiones editoriales cuestionables, personajes que empezaron siendo mayordomos y que terminaron siendo viudas, ¿son las manías lo que hacen al escritor?

La idea de un autor en lucha contra su propia obra, que aquí debe imaginarse más o menos como un calamar borracho llegado del espacio exterior, “es un tema recurrente en mis viñetas porque la narración es para mí la parte más complicada. Dibujar me resulta muy placentero y lo hago prácticamente a diario desde que era pequeño, pero escribir es algo nuevo y se parece más a un trabajo”, cuenta a El Confidencial.

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Gauld sabía desde niño que si quería pasarse el día entero dibujando necesitaba ganarse la vida con ello: ingresó en el College of Art de Edimburgo, se especializó en ilustración y, tras un periodo dibujando los textos de otros, decidió que era momento de contar sus historias. “Influido, por un lado, por amigos que trabajaban en el cine y en la animación, y por otro por autores gráficos como Edward Gorey, Dan Clowes, Chris Ware y Ben Katchor”, dice. Dio el salto al Royal College of Art en Londres y tras eso montó la editorial Cabanon Press con su colega Simone Lia para dar salida a sus propias creaciones. En castellano también se ha editado Goliat (Sins Entido, 2012), donde se recrea redibujando el mito de David y Goliat.

Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora también habla de Gauld como lector. Y de todos nosotros, vaya. Un lector poco dado a la reverencia: hay en ellas una intención de darle la vuelta a tanto cliché literario insoportable, a la mitomanía, a la lectura como asignatura obligatoria. Detrás del intento de enfrentarse a un clásico siempre hay un riesgo de epic fail, y ahí es donde se coloca Gauld. “Probablemente es una mezcla de ambas cosas. Mi viñeta para The Guardian está pensada para el Review, que habla sobre todo de libros, pero también sucede que yo adoro leer”, cuenta.

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“Así que soy culpable de muchos de los pecados que aparecen en ellas. Los intentos fallidos tienen mucha más gracia que los éxitos, así que mis viñetas suelen reflejar los malos hábitos de los lectores: la pereza, la facilidad para distraernos con un iPhone, pretender que has leído un libro cuando no lo has leído, ser un esnob… este tipo de cosas”.

Las hermanas Brontë, el videojuego
Gauld afirma que hay pocos clásicos de la literatura de los que no haya disfrutado como un enano, “pero no me gusta la idea de que necesitemos poner esos libros en un pedestal y no poder criticarlos o reírnos de ellos. Tampoco me gusta la idea de que alguien se sienta mal por leer a Dan Brown en lugar de a Jane Austin. Trabajar con clásicos da mucho juego porque la gente tiene ideas muy claras sobre ellos y puedo darles la vuelta. Eso es algo más complicado de hacer con libros recientes, muy pocos de los cuales forman parte del conciencia colectiva”.

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Una de la formas de darle un meneo a las convenciones es introduciendo elementos ajenos al medio. Como hijo crecido en los años ochenta, Gauld (1976) ha dedicado parte de su vida a matar marcianos y resolver puzles visuales, lo que se traduce en sus temas pero también en la forma de plantear la viñeta: a veces parecen a una pantalla plana donde los personajes solo son capaces de mostrar el perfil, otras que estamos ante uno de esos pasatiempos en los que hay que encontrar objetos perdidos o la salida de un laberinto.

“Encuentro muy atractiva la estética 8-bit. Me gusta la simplicidad y los videojuegos de la primera época de los ordenadores personales y videoconsolas tendían a ser simples porque la tecnología no permitía hacer cosas más complicadas. Perdí el interés cuando todo empezó a ser demasiado hiperrealista y en 3D, pero últimamente los juegos sencillos para móviles o cosas como Minecraft me han mantenido más inspirado”, confiesa. “Me gusta usar referencias a los videojuegos porque resultan inesperadas, y aportan color si las colocamos en un discusión sobre las hermanas Brontë o Tolstói. Técnicamente no estoy especialmente interesado en la perspectiva o la profundidad en mis dibujos, lo que da a las viñetas, incluso a las que no tratan sobre videojuegos, ese aire de un viejo plataformas”.

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Otra de sus inspiraciones es la ciencia ficción propia de Los supersónicos, los viajes en el tiempo, las mochilas y los coches voladores, una nostalgia pre-milenio encantadora y naif visto el desarrollo de las cosas. Pero a Gauld le interesa precisamente ese tono optimista y aquella confianza en el progreso y aquellos fabulosos cacharros e inventos. “No siento que viva en una distopía. Creo que algunas cosas son mejores a día de hoy, otras peores. He dibujado viñetas sobre el aspecto más oscuro de nuestro mundo pero intento suavizarla con elementos positivos: no quiero que mi trabajo sea deprimente”.

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Sobre política y atracones intelectuales
No es justo reducir a Gauld a dibujante-para-lectores-y-escritores. Acaba de estrenarse como colaborador de New Scientist Magazine, algo más complicado porque “sé bastante menos de ciencia que de literatura, pero siempre es interesante poder llevar el humor a nuevos lugares”. Ha optado como tarjeta de presentación por una viñeta sobre las asombrosas aventuras del gato de Schrödinger. Otros conflictos que se muestran en Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora incluyen ciencia contra religión, la vida rural contra la vida urbana, lo natural y lo artificial, el salto generacional o la posición de las mujeres en la sociedad.

“Me interesan todos ellos, pero probablemente lo que más me interesa es el conflicto en sí mismo. Coger un tema en debate y llevarlo hasta su extremo más ridículo es una buena forma de reírse de él. Cuando es posible me gusta burlarme de ambas posiciones contrapuestas, aunque suelo ser más duro con el lado con lo que no estoy de acuerdo. Me gusta reírme no tanto del punto de vista que alguien pueda tener sobre algo como del hecho de que lo presente de forma poco razonable o intolerante”.

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Gauld cuenta que votará en las próximas elecciones británicas del 7 de mayo y que su interés por la política incluye discusiones habituales con amigos y familiares. “En mi trabajo prefiero no entrar en decisiones partidistas o políticas concretas, así que intento hablar de forma general sobre la gente, las actitudes y la sociedad”, afirma. “Pero las ideas de uno se desprenden con facilidad de nuestro trabajo, lo hagamos o no de una forma consciente”.

Es muy probable que el pop termine comiéndose a sí mismo, como ya nos avanzó la prensa musical, pero antes se zampará el arte sagrado, tu biblioteca y todos aquellos antiguos maestros que, como dejó escrito Thomas Bernhard, puede que una vez pareciera que escribían para nosotros pero que están destinados a decepcionarnos “mortalmente”: porque “cuando uno ha perdido a su ser más próximo” las estanterías se quedan vacías “y uno comprende que no son esos Grandes Ingenios ni esos Maestros Antiguos los que lo han mantenido vivo durante decenios, sino sólo ese ser único, al que quiso más que a ningún otro”.

Publicado originalmente en El Confidencial el 27/04/2015

 

Andy Weir: “No es justo decir que ‘El marciano’ es un libro patriótico”

In Believe the hype, D.I.Y., Sci-fi, Versus on 10 septiembre, 2015 at 2:47 pm

‘El marciano’ de Andy Weir fue una de las sorpresas editoriales de 2014. Hablamos con él de su prodigioso salto desde la ciencia ficción ‘indie’ al ‘blockbuster’ planetario de la mano de Ridley Scott y la NASA

Podría ser una versión de Náufrago (Robert Zemeckis, 2000), ambientada en Marte y protagonizada de nuevo por un Tom Hanks demacrado y hecho polvo: el astronauta Mark Watney, botánico, ingeniero mecánico y miembro de una expedición al planeta rojo, es dado por muerto y abandonado por sus compañeros después de una tormenta de arena. Solo, incomunicado, con alimentos, agua y oxígeno limitados, su prioridad a corto plazo es sobrevivir con lo que queda del equipo de la misión. Y una vez satisfechas las necesidades básicas, idear una forma de entrar en contacto con la NASA. Ellos sabrán qué hacer. Faltan todavía meses para que se lance la próxima misión a Marte desde la Tierra, no aguantaría vivo ni devorándose un brazo. Otros, en su situación, terminarían chalados hablándole a una pelota.

Finalmente, el actor que se ha puesto el traje de astronauta Watney en la adaptación al cine de la novela El marciano es Matt Damon. Dirige Ridley Scott, cuyo primer acto de promoción el pasado diciembre fue digno del director de Alien (1979) y Prometheus (2012): envió al espacio la primera página del guion, que incluía un dibujo suyo de Matt Damon perdido en Marte mientras apela a la ciencia en “este planeta de mierda”. La hazaña pudo llevarse a cabo durante un vuelo de prueba de una sonda de la NASA, que ha demostrado mucho interés en la película. Su estreno se espera para octubre y el reparto lo completan, entre otros, Jeff Daniels, Jessica Chastain y Sean Bean. En España se ha optado por el título ‘Marte (The Martian)’.

Es un buen momento para hacer balance de El marciano, el debut autoeditado de Andy Weir, un escritor que creció leyendo “la colección de libros de ciencia ficción de mi padre”, según cuenta a El Confidencial. Weir incubó esta historia de supervivencia en otro planeta durante tres años. “Tenía en mente la historia de un vuelo tripulado a Marte y buscaba encajar todas las piezas. Y por su propia naturaleza, tienes que tener en cuenta la posibilidad de haya errores en la misión y disponer qué podría hacer la tripulación en esos casos. Y me di cuenta de que un escenario así era mucho más interesantes para la novela”, recuerda.

Móntatelo tú mismo

Weir publicó El marciano por capítulos de forma gratuita en su web en 2012. Empujado por sus lectores, después apostó por una edición para Amazon a 0,99 dólares y despachó 35.000 copias en tres meses. Luego llegó la venta de los derechos para audiobooks y para su edición en papel, ya en marzo de 2014 y ya con agente literario. En España ha sido traducido por Javier Guerrero y publicado por Ediciones B.

Es normal que el autor crea que “vivimos la mejor época en la historia para la autoedición”. “Puedes publicar un ebook con distribuidores masivos como Amazon o Barnes & Noble sin ningún riesgo financiero. La única forma de que alguien conozca tus historias es leyéndolas”, dice por correo electrónico. Weir participará mañana en un encuentro digital con sus lectores en la librería Gigamesh, en Barcelona.

El marciano es una guía de supervivencia para el planeta vecino. Es un Robinson Crusoe en Marte (Byron Haskin, 1964) actualizado a la era del Do It Yourself: con sus conocimientos de botánica y mecánica, Watney es el astronauta perfecto para arreglar todas las chapuzas del día a día en el espacio exterior. Allí arriba consigue plantar un huerto de patatas e idear una forma para mantenerlo regado. Se las ingenia para manipular material de la NASA (incluida la sonda Pathfinder, después de lanzarse a una expedición), hackearlo y convertirlo en lo que necesita para realizar sus planes.

Weir, que ha trabajado como programador y es ingeniero de software, quería una novela que no traicionase a la ciencia y para ello se documentó en astronomía y en la historia de los vuelos tripulados. También ideó un programa para ayudarle a calcular trayectorias orbitales, “que simulase la nave y nuestro sistema solar”. “Soy un nerd, así que me molestan las historias contadas con errores garrafales. Me refiero a fallos que claman al cielo con respecto a cómo funciona una nave o los trajes espaciales. Quería que mi novela no encendiese las alarmas de los lectores con una mentalidad más científica”, confiesa.

Todo el esfuerzo anterior también tiene un coste en el lector no especializado. Escrito en forma del diario informal del astronauta Watney (cuyo sentido del humor llega a resultar molesto a lo largo de una novela que es una carrera de obstáculos y proezas), muchas de la entradas de El marciano parecen una lista de la compra y se basan en la descripción de operaciones y reflexiones a partir de pesos y distancias, combinaciones de elementos químicos, cálculos de gravedad. Weir defiende que “la cuestión está en mantener un equilibrio constante”. “Quiero que el lector entienda toda la ciencia que forma parte de la novela, pero no quiero aburrirlo. Por eso construí un protagonista tan sarcástico y –espero– divertido. Para salpicar la novela con toda esa información sin que parezca un soso”.

Andy Weir

El último patriota

Si algo queda claro al lector después de leer Lo que hay que tener (Elegidos para la gloria) (1979), de Tom Wolfe, es que, para el gobierno de Estados Unidos, el apoyo incondicional a carrera espacial no respondía únicamente a un interés loable por llevar al hombre más allá del cielo, sino a una estrategia política propia de los años de la guerra fría: el mundo capitalista no se podía permitir un Luna roja, un espacio exterior colonizado por rusos que flotan en el espacio. ¿Cómo vivir sabiendo que sobre sus cabezas hay un montón de satélites comunistas? Al contrario, necesitaba la imagen de una bandera con barras y estrellas en el suelo del último continente por conquistar.

El marciano no se cuestiona en ningún momento la actuación intachable de la NASA o del gobierno norteamericano en un mundo donde es posible enviar hombres a Marte. Astronautas y funcionarios son empujados por Weir de forma honrosa a una serie de operaciones millonarias y desesperadas por intentar salvar a un tipo que, digámoslo ya, está condenado a morir en silencio en el espacio. Sería lo más económico.

Le guste o no a Weir, en algunos momentos El marciano quiere brillar demasiado y aparece ante el lector como una novela patriótica, pensada desde el principio para emocionar en el cine. “Nunca imaginé que pudiera ser una novela popular, y mucho menos que acabase en el cine. Pero no es justo decir que es un libro patriótico. No hay política en este libro, más allá de la suave insinuación de que EEUU y China podrían cooperar en un viaje espacial”, se defiende.

El escritor norteamericano también cree que “la NASA actuaría con transparencia en un escenario similar”. “No les quedaría otra opción. Mark Watney está en Marte, lanzando información de que está vivo. Si lo ignorase, otro país podría terminar sabiéndolo y contarlo al resto del mundo. No tengo esa visión tan cínica de la NASA o EEUU. Creo absolutamente que trabajarían juntos para salvar a un astronauta perdido. Es la cultura de la NASA. Y está en la forma de pensar de los americanos. Discutimos mucho pero en época de crisis cooperamos a la perfección”.

Pez pequeño y pez grande

El marciano es la historia de un éxito indie y otro ejemplo de una ciencia ficción que se mueve estupendamente en internet, donde conviven los siempre agradecidos bundles (paga lo que quieras por varios libros de un mismo tema) con el caso de otros autores que han llegado al mainstream desde una audiencia en la red, como Dmitry Glukhovsky y su serie Metro 2033.

Weir solo puede defender la autoedición. “La autoedición elimina cualquier barrera que puedas tener con los lectores. Puedes colocar tu libro directamente en su mano y esperar a ver cómo reaccionan. Ya ni siquiera es necesario que convenzas a un editor de que es un buen libro. Y si vende bien on line, los editores vendrán a tu puerta a ofrecerte un contrato. Lo importante vuelve a ser un equilibrio entre calidad y diversión. Así es como tiene que ser”.

Weir ya está trabajando en su próxima novela. “Es ciencia ficción tradicional, con alienígenas, telepatía, viajes a la velocidad de la luz. Saldrá en algún momento en 2016. Y sí, he dejado mi trabajo como programador para dedicarme a la escritura a tiempo completo”, termina.

Publicado el 14/01/2015 en El Confidencial

¿Más sobre Marte? Prueba aquí.

Así suena una película (porno gay)

In Dance usted, Queer Conspiracy, Sci-fi on 27 agosto, 2015 at 1:01 pm
  • Un disco doble reúne el trabajo del productor y pionero Patrick Cowley utilizado en el cine porno homosexual de principios de los años ochenta
  • Conocido por sus himnos de música disco, Cowley mostró su lado más experimental e íntimo en las composiciones que forman ‘School Daze’

Ya saben ustedes cómo funcionan estas cosas. Dos tíos a los que les gustan las motos. En vaqueros apretados. Y un garaje. Uno le pide al otro que le pase el destornillador. Beben cerveza. Una cosa lleva a la otra, las manos que no se están quietas y acaban montándoselo porque en el fondo todo era un paripé para follar. Así es el porno: importa el contexto, porque de él nace el morbo, pero las razones son lo de menos. Durante toda la escena suena una música de sintetizador que lo mismo podría funcionar en una película de ciencia-ficción que en un corto experimental. Música cósmica aplicada al sexo, menudo viaje.

Patrick Cowley (1950-1982) ha pasado a la historia dentro del capítulo de la música disco. Es señalado como un pionero que ya estudiaba y experimentaba con sintetizadores a comienzos de los años setenta y también como uno de los padres del sonido Hi-NRG, una variante acelerada y futurista de la música disco que se popularizó a finales de los setenta y principios de los ochenta. Una música fundamentalmente electrónica, marcada por el sonido del sintetizador, dirigida al baile y considerada como un antecedente del house y el techno. Entre otros hits , suyos son aquel You Make Me Feel (Mighty Real) de Sylvester  y ese otro titánico y célebre megamix de 15 minutos del I Feel Love de Donna Summer que disparaba a la diva hacia el espacio.   

Menos conocida es la aportación de Cowley a las bandas sonoras de películas porno gay. A principios de los años ochenta, la productora (de porno gay) Fox Studio llegó a un acuerdo con el músico para utilizar algunas de sus composiciones instrumentales, muchas de ellas experimentales y compuestas en su época de estudiante, como banda sonora en sus filmes. Y de la clandestinidad a la luz: sacadas directamente de los archivos de Fox Studio en Los Ángeles, fueron lanzadas a finales del año pasado como disco doble doble bajo el título School Daze , coincidiendo con el que hubiera sido el 63 cumpleaños del músico.

Que estos once temas fueran grabados entre 1973 y 1981 da una idea de lo adelantado a su tiempo que estaba el sonido de Cowley, que en su primera época también hizo jingles para la radio y trabajó como técnico en algunos clubs. Su música entonces estaba influida por pioneros de la electrónica como Wendy Carlos (que ya en 1968 había traducido Bach al lenguaje de los sintetizadores y que fue el encargado de la banda sonora electrónica de La naranja mecánica de Kubrick), Brian Eno y Giorgio Moroder, reivindicado ahora por Daft Punk. Pero escuchadas hoy, sus composiciones no desentonan entre lo que hacen otros músicos contemporáneos retrofuturistas como Oneohtrix Point Never, Emeralds o Com Truise.

Según la gente de Dark Entries Records, sello encargado de esta cuidada edición que también incluye material gráfico de aquellos años y un ensayo de Joe Socarras (vocalista de Indoor Life, grupo al que Cowley produjo a principios de los ochenta y con quien colaboró de forma estrecha), su música no era sino un reflejo de su vida privada, de la vida de muchos homosexuales. Con School Daze, “el oyente entra en un mundo de oscuros vicios prohibidos, reflejo del tiempo pasado por Patrick en los baños públicos de San Francisco. Las canciones en School Daze abarcan desde el proto-techno hasta el funk de alto octanaje, del post-punk sombrío a la música concreta, y revelan el talento único de Cowley”. Su equipo: una colección de sintetizadores, guitarras modificadas y otros aparatos construidos por él mismo.  

Gemidos sexuales falsos

La música disco y la cultura gay han ido de la mano. Cowley se trasladó a San Francisco con 21 años y desarrolló allí su carrera como compositor, productor y remezclador. Sus creaciones y colaboraciones capturaron la tensión hipersexual y liberadora que había en el ambiente, esa celebración del amor y de la música tan típica del disco (por ejemplo, su Thank God For Music). Abundan en su legado títulos que hacen juegos de palabras como Menergy (“The boys in the bathroom / Living it up, / Shootin’ off energy”) o Do You Wanna Funk , ambas con Sylvester, y letras que describen rituales nocturnos modernos: salir, bailar, ligar y de vuelta a casa (la musculosa Right On Target, con Paul Parker; I Wanna Take You Home).

Cuando John Coletti, propietario de Fox, ofreció a Cowley componer música para su estudio en 1981, lo hizo por recomendación de Sylvester: para entonces, la popular disco (drag) queen conocía al músico muy bien, no sólo habían trabajado juntos en el estudio desde 1978, también habían ido de gira por Sudámerica y Europa. A Cowley no terminó de interesarle del todo la propuesta, pero envió a Coletti parte de aquellas primitivas composiciones de su época de estudiante, que serían utilizadas en dos películas: School Daze y Muscle Up .

“Aquellas películas fueron originalmente filmadas en 16 milímetros sin micrófono, así que eran mudas. Más allá de insertar gemidos sexuales falsos, John Coletti decidió usar la música de Cowley como banda sonora. Coletti se encargaría de ajustar el pitch y la velocidad para sincronizarla con las escenas”, contaba Josh Cheon, de Dark Entries, a la revista Spin.

El resultado no tiene nada que ver con la pista de baile (salvo temas como Zygote o School Daze, que serían capaces de andar solos): son más bien paisajes electrónicos, ambientes sintéticos que deberían resultar demasiado abstractos y extraños para el contexto del sexo. Sería como intentar buscarle el erotismo a los rituales extraterrestres de los primeros discos de Tangerine Dream, como buscarle algún órgano sexual al Cyborg de Klaus Schulze.

Sin embargo, se integran perfectamente en esa utopía futurista encarnada en la música disco (una utopía donde obviamente cabe el amor libre y homosexual) que recogen álbumes como Mind Warp de Cowley o From Here To Eternity de Moroder. Si aquellos himnos reflejaron la euforia y el optimismo bajo las luces de la bola de espejos, el baile y la celebración en grupo, School Daze muestra su lado oscuro, privado, íntimo, clandestino. Es un ejercicio de tanteo. Es en ese contexto en el que se llega a entender un material como este, raro a priori, pero que de pronto adquiere todo el sentido del mundo.

Cowley murió en 1982 a los 32 años por complicaciones derivadas del sida, justo cuando su álbum Time Warp y el tema Do You Wanna Funk escalaban puestos en las listas de éxitos. Como suele decirse, la escena disco de San Francisco fue devastada por la enfermedad. Pronto llegarían otros estilos más duros que recogerían el testigo musical y sexual. Cowley se fue en el peor momento, justo cuando comenzaba la década en la que los sintetizadores dominaron el mundo y la música electrónica y de baile comenzaba a extenderse y multiplicarse con toda promiscuidad y en plena libertad. Cowley ahora mismo es cualquier cosa menos un tipo raro.

Publicado en elDiario.es el 13/03/2014

Dejen paso a los nuevos tecno-utopistas: un análisis del futuro de abundancia y optimismo que proponen Ray Kurzweil y Peter H. Diamandis

In Apocalipsis YA, Mareo, Sci-fi on 15 diciembre, 2014 at 4:36 pm

En los últimos meses, la utopía ha pasado de ser un género escapista y fabulador a una suerte de ariete literario que encuentra acomodo entre manifiestos políticos y ensayos sobre la actualidad. Es casi de justicia que, al menos en estos momentos, haya dejado de servir de coartada para la sci-fi especulativa (que también está muy bien, eh) y haya vuelto a ocupar un espacio entre el análisis social y la reflexión política, ese lugar concreto de la imaginación del que surgió. No hay más que mirar a las librerías para ver la sucesión de reediciones, y esto que sigue es una lista completamente personal con algunos de los títulos que han ido conquistando mi estantería en los últimos meses, gracias al trabajo de rescate de instituciones como el Círculo de Bellas Artes y de editoriales como Capitán Swing: la fundacional “Utopía” de Tomás Moro (publicada en 1516, una de cuyas reediciones la hizo hace unos meses el periódico Público), la “República Poética” de Robert Burton (que en realidad es un fragmento de su “Anatomía De La Melancolía”, 1621), la carnavalesca “La Isla De Los Esclavos” (comedia estrenada en 1725), “Panóptico” de Jeremy Bentham (1791), “De La Organización De La Sociedad Europea” (Claude-Henri de Saint-Simon, 1814), la onírica “París En Sueños” (Jacques Fabien, 1863), el steampunk socialista de “El año 2000” de Edward Bellamy (1888), “Noticias De Ninguna Parte” de William Morris (1890) y, desde la España de fin de siglo, “Granada La Bella” de Ángel Ganivet (1897), además de cuentos sueltos como “Mecanópolis” de Unamuno, “El Sueño De Un Hombre Ridículo” de Dostoievsky, “Iván El Imbécil” de Tolstói y “Miseria De Los Zapatos” de H. G. Wells.

Pero esto no es una columna de política, sino de tecnología. Como escriben Juan Pimentel y José J. Beltrán en el prólogo de la edición de “La Isla De Los Esclavos”, “a lo largo de la Edad Moderna, los descubrimientos alimentaron la literatura utópica en la medida en que el ensanchamiento del horizonte iba expandiendo las posibilidades de lo real. Desde Tomás Moro, Campanella y Bacon hasta Harrington, Swift y Diderot, el pensamiento utópico estuvo inspirado y ambientado en los territorios situados más allá de las columnas de Hércules. Se encontraban nuevas especies naturales, nuevas regiones, nuevos pueblos”.

Paradójicamente, los horrores del siglo XX convirtieron la tradición utópica en distópica, en proyecciones de pesadilla vividas en jaulas de oro donde el progreso funciona como herramienta para el control, la vigilancia, la exterminación. Cory Doctorow recuerda a principios de su novela “Little Brother” que “cuando mi padre era un joven estudiante universitario, en la década de 1960, fue una de las pocas personas de la contracultura que pensaban que las computadoras eran algo bueno. Para la mayoría de los jóvenes, las computadoras representaban la deshumanización de la sociedad […] Las computadoras se consideraban un medio de aumentar la capacidad de las autoridades para controlar a las personas y someterlas a su voluntad”.

                                             Tomás Moro                                           
 
Y así hemos llegado al siglo XXI, donde casi nadie se atreve a proponer un relato de anticipación que excluya a una tecnología de signo negativo. Y más: las distopías se han hecho tan populares que ya forman parte de nuestra vida cotidiana: después de escuchar un viernes a nuestros políticos en Consejo de Ministros, es fácil leer en Twitter alusiones a la neolengua orwelliana con la que el poder disfraza la realidad para hacerla más simpática, más correcta, para que no moleste. En estos años han surgido, sin embargo, una nueva especie, los tecno-utopistas que, apoyados en los avances y el progreso, se han atrevido, ni más ni menos ¡que a ser optimistas! En esta columna voy a hablar en concreto de Peter H. Diamandis y de Ray Kurzweil, que emplean parte de su tiempo y recursos en dar charlas y escribir libros sobre el futuro dorado que nos espera. Ambos están vinculados al concepto de “singularidad”, que explicaremos un poco más adelante, y que tiene que ver con una nueva era de abundancia y conocimiento protagonizado por un ser humano evolucionado y apoyado en los avances tecnológicos y la sinergia entre disciplinas, desde la genética a la robótica.
 
Es decir: las suyas son utopías escasamente políticas, y en cierto sentido, más vinculadas a la ciencia ficción que la realidad. Así que antes de que se me tiren al cuello acusándome de vendedor de humo: como toda utopía, estas tienen claramente una parte que descansa en el análisis de la actualidad, otra parte muy naif, que roza la new age, pero también algo de narcotizante para el lector, algo de pantalla que impide ver la realidad que tenemos delante y los problemas inmediatos. El resto es experimentación y palos de ciego.
 
1. Utopistas high-tech
                                                                         Diamandis y Kurzweil
 
Un perfil rápido de ambos autores y sus obras. Peter H. Diamandis es responsable de “Abundance. The Future Is Better Than You Think”, escrito en colaboración con el periodista Steven Kotler, y que es este tipo de best-seller de literatura de no ficción post-Steve Jobs, denso y ágil a la vez, repleto de ejemplos, gráficos, cifras y citas, y que a veces adquiere cierto tono molesto de conferencia para emprendedores, tipo “cómo hacer posible lo imposible”. Diamandis además es chairman de dos instituciones que promueven actitudes utópicas: la X Prize Foundation, que cada año premia a las personalidades que han contribuido a crear industrias radicales que no existían hasta entonces y que han ayudado a resolver problemas que hasta ahora se consideraban insalvables, y de la Universidad de la Singularidad. De esta última hablaremos luego. Para subrayar más su imagen de innovador involucrado con la sociedad, ha fundado “más de una docena de empresas espaciales y de alta tecnología”.
 
Kurzweil es “inventor, pensador y futurista”, además de un tipo con un olfato fino para adelantarse a las predicciones desde hace 20 años, según la biografía que acompaña a su libro “The Singularity Is Near” (2005). Se define a sí mismo como patternist, alguien capaz de ver patrones o modelos de información en la realidad. Como Neo en Matrix. Según cuenta él mismo en “The Singularity Is Near”, la única religión en la que ha creído toda su vida es “la veneración a la creatividad humana y el poder de las ideas”. Y precisamente la idea que quiere transmitir con este libro es que tenemos la habilidad para entender nuestra propia inteligencia, revisarla y expandirla. La tecnología de nuevo es fundamental para ello. “La magia de los libros de Harry Potter podrá llegar a ser una realidad mediante la tecnología”, escribe, y “nuestros hechizos son las fórmulas y los algoritmos que hay bajo la magia moderna de hoy”.
 
Es esta mezcla de místico y tecnológico hacia la que apunta los títulos de sus libros (como “The Age Of Spiritual Machines”, de 1999), es lo que ha hecho que para algunos sea una suerte de genio para predecir el futuro y, para otros, sólo un charlatán seudoreligioso.Y aunque no me ocuparé de ellos aquí, hay otros cuyos trabajos son similares, como los del matrimonio Ayesha y Parag Khanna, que están al frente del Hybrid Reality Institute y cuya teoría, la de la “realidad híbrida”, también cuenta con su propio “manifiesto”. En ella también se muestran partidarios de prepararnos para un futuro que, distópico o pacífico, será híbrido humano-tecnológico o no será. 

2. Viva el optimismo: el progreso hace ‘boom’

“El diseño de nuestro cerebro y nuestra historia evolutiva conspiran para mantenernos como pesimistas”, escribe Diamandis, para quien el pesimismo es algo que llevamos en los genes, que arrastramos irremediablemente, y que debemos superar. Estamos programados para prestar atención a todo lo que nos produce miedo, empezando por las noticias que recibimos de los medios, e incluso para tener la sensación de que “el agujero en el que estamos es demasiado profundo como para poder salir de él”. Su libro parte, entre otros objetivos, con la intención de demostrarnos que no tenemos motivos para pensar que todo tiempo futuro será necesariamente peor, sino “que los estándares de vida en todo el mundo seguirán incrementándose a pesar del horror que dominan los titulares” de los periódicos.

Los números están de su lado, así como las estadísticas que indican que la vida en el mundo hoy es más larga, más saludable y con más garantías que a comienzos del siglo XX. También la tecnología que nos permite vivir con mayor calidad, incluidas las redes de comunicación y el acceso libre a la información que ofrece internet. Diamandis se apoya en algunos especialistas para demostrar sus ideas sobre la abundancia, como Marc Siegel (“False Alarm: The Truth About Epidemic Of Fear”) o las polémicas tesis de Matt Ridley, autor de “El Optimista Racional”, que entre otras cosas niega algunos efectos del cambio climático y que argumenta que, comparada con la sociedad de la Edad de Piedra, nuestra generación “tiene acceso a más calorías, vatios, luz, gigabytes, megahercios, y por supuesto, dólares, que ninguna otra anterior”. Lo cual, entienden, solo puede ser bueno. Ridley va más allá y estima que el número de personas en el mundo que vivan en “absoluta pobreza” será cero para el año 2035.
 
Volviendo a Diamandis, este cerebro nuestro programado para el pesimismo, asegura, deberá evolucionar y adaptarse, porque nuestro mundo ya no es “local y lineal”, sino “global y exponencial”. La clave, tanto para él como para Kurzweil, es que, frente a la idea de progreso con crecimiento lineal, hoy vivimos en una época de crecimiento exponencial, es decir: en vez de aumentar sumando, lo hacemos multiplicando por una constante. Y esto nos dispara inevitablemente al futuro. ¡Bang! Vendría a ser la aplicación de la Ley de Moore en la vida real, el sueño húmedo de todo tecnófilo. La Ley de Moore pronosticó a mediados de los 60 el crecimiento imparable al que se desarrollarían los circuitos y microchips, que doblarían su capacidad cada año y medio, aunque en los 70 Moore ajustó el plazo a cada dos años. Kurzweil ha hecho sus predicciones, que ha ido también ajustando desde finales de los años 80. “El crecimiento exponencial es algo propio de cualquier proceso evolutivo, y la tecnología es el principal ejemplo”, escribe en “The Singularity Is Near”.
  
Según su modelo, el ritmo de progreso crece de forma exponencial, doblándose cada década. A partir del siglo XXI la cosa se dispara: “Alcanzaremos otros 20 años de progreso en solo 14 (para 2014), y después conseguiremos lo mismo en solo 7. Por expresarlo de otra forma: en el siglo XXI no viviremos 100 años de progreso, sino que seremos testigos del equivalente a 20.000 años de progreso, o un crecimiento mil veces mayor del obtenido durante el siglo XX”.Diamandis le echa una mano a su colega en “Abundance”, y asegura que, aunque la mayoría de las predicciones de Kurzweil no podrán comprobarse a medio-largo plazo, se han realizado 89 de las 108 proyectadas para 2009 y 13 estuvieron cerca, “lo que le da a Kurzweil un record imbatible en la historia del futurismo”.
 
3. Una humanidad para nadar en la abundancia

Vivimos en un mundo donde manda la escasez, en el que valoramos los recursos cuanto más inaccesibles son. Es un modelo propio de finales del XVIII, heredero de las tesis de Malthus sobre la incapacidad de la Tierra de alimentar y producir para todos los que somos y seremos en el planeta. Diamandis lo tiene claro: hay una opción más deseable que la de reducir la superpoblación mundial, que no deja de ser una opción drástica, y esa es “estirar” los recursos para que las gente los disfrute. El núcleo de “Abundancia” se centra precisamente en eso, en marcar el camino hacia esa abundancia, instantánea y de bajo coste, que para él tan bien representan las comunicaciones y la sobreinformación de hoy. “De una manera similar, el avance de las nuevas tecnologías pronto permitirán que la mayoría de la humanidad se aproveche de aquello a lo que hoy solo tiene acceso los pudientes”.
 
Diamandis dedica capítulos a cada una de estas tecnologías con futuro, y las proyecta hacia adelante en función de los indicios del presente. En concreto, habla de sistemas computacionales, redes, inteligencia artificial, robótica, biotecnología, bioinformática, impresión 3-D, nanotecnología, interfaces hombre-máquina e ingeniería biomédica. Además, apunta otras “fuerzas” que jugarán un papel importante en la producción de estas tecnologías, especialmente una suerte de “revolución de la cultura del Do-It-Yourself” (de los actuales coches tuneados y ordenadores caseros pasamos a logros particulares en el vuelo espacial o la secuenciación del genoma humano) y a una nueva generación de lo que él denomina “tecno-filántropos”, ricos que “están usando sus fortunas de forma global para llevar a cabo proyectos relacionados con la abundancia”. Cita los esfuerzos de Bill Gates contra la malaria o de Zuckerberg en la reinvención de la educación. Con todo ello, Diamandis construye una pirámide de la abundancia con tres niveles deseables de satisfacer: en la parte baja estaría lo básico (agua, comida, un hogar), en la intermedia estaría el acceso a energía, educación, a comunicaciones e información, y en la superior, la libertad y la salud.
 
Por último, cada una de estos logros tendrían un efecto de reacción en cadena: según se explica en Abundance”, llevar agua potable a los países que no la tienen permite aumentar la salud de su sociedad, disminuir el hambruna, ahorrar en recursos (el gasto que supone convertir el agua infectada en potable cociéndola con leña, por ejemplo), ayudar de paso al medioambiente, y cortar por lo sano la mortalidad infantil, lo que repercute en general en una mejora de la educación y de la calidad de vida familiar en esos países. ¿Cómo llevar agua a toda la población que la necesita? Teniendo en cuenta que el agua es abundante en nuestro planeta, quizá los recursos y los esfuerzos deberían dirigirse a purificadoras. ¿Y llegar a un acuerdo con Coca Cola para usar su enorme cadena de distribución, la mayor en África? Según Diamandis, ya hay quien está trabajando en esa dirección.
 
4. La singularidad: the new age of the new age

¿Qué es la Singularidad? Kurzweil toma prestado el término de la física ( “la singularidad sugiere un horizonte más allá del cual no podemos ver”). Le dedica todo un capítulo, pero os lo resumo: una nueva era donde las reglas vigentes hasta el momento pierden su sentido, en la que todo cambiará para mejor. “Es una época futura en la que los cambios tecnológicos se sucederán a un ritmo tan rápido y con un impacto tan profundo, que la vida humana se transformará irreversiblemente. No es utópica ni distópica, es una era que transformará los conceptos que creemos verdaderos para darle significado a nuestras vidas, desde los modelos de negocio al ciclo de la vida humana, incluida la muerte”. En definitiva, y según sus palabras, la singularidad nos permitirá pasar de una versión 1.0 de la humanidad a la 2.0, “superar las limitaciones de nuestros cuerpos biológicos y cerebros”. Será el tiempo de la transhumanidad.

Según Kurzweil, aún estamos en una fase muy temprana de la Singularidad, pero el crecimiento exponencial de las tecnologías de la información ya nos permite apreciar lo que se nos viene encima, y es explosivo: “Antes de mediados del siglo XXI, el crecimiento de nuestra tecnología –que para entonces será indistinguible de nosotros mismos– será tan pronunciado que parecerá una línea completamente vertical”. El resultado es un mundo humano “pero no biológico”, sin diferencias entre el hombre y máquina o entre realidad física y virtual. Hay seis épocas en la Singularidad, cada una de las cuales evoluciona a la siguiente apoyándose en los descubrimientos de la anterior. Actualmente estaríamos en la cuarta, y empezaríamos a vislumbrar la quinta, en la que empieza la Singularidad. La primera se basó en la física y la química: tuvo lugar durante el Big Bang, con la formación de átomos y los elementos.

La segunda en la biología y el ADN, una era en la que las moléculas se organizaron para formar organismos complejos y surgió la vida. La tercera época estuvo marcada por el desarrollo de un cerebro en estos organismos, que en última instancia nos ha permitido proyectar modelos mentales abstractos del propio mundo que nos rodea. La cuarta está marcada por la tecnología y por la evolución constante de las capacidades computaciones de los ordenadores (aquí es donde nos encontramos). La quinta, que es en la que empieza la Singularidad, estará marcada por la integración de la tecnología y la inteligencia humana para dejar atrás nuestras limitaciones. Y la sexta… en la sexta, según escribe Kurzweil, literalmente, “el universo despierta”: la inteligencia humana se expandirá y todo, materia, energía y mecanismos, se transformarán en “sublimes formas de inteligencia”.

5. La universidad, los videojuegos y errores en Matrix

Si todo esto les suena a chino, pueden probar en vídeo: Kurzweil también ha llevado las teorías de su libro a una película. Y en “Abundance”, Diamandis apuesta por nuevas herramientas para la enseñanza, como YouTube, o por desarrollar un software educativo tan competente como los videojuegos, “profundo, absorbente y totalmente adictivo” que nos haga mirar atrás y plantearnos la hegemonía centenaria del modelo educativo industrial. Con el objetivo de cuestionar los modos de enseñar y aprender heredados, ambos han puesto en marcha la Universidad de la Singularidad. A nuevas épocas, nuevos métodos. Para Diamandis, nuestro sistema educativo está obsesionado con la memorización y las instituciones académicas han apostado por la ultraespecialización, creando “un mundo en el que los mejores universitarios raramente florecen en pensadores íntegros, macroscópicos”.

Y como el mundo no necesita otra universidad generadora de ultra-especialización, en 2008 Diamandis tomó la idea de Kurzweil y fundó la Universidad de la Singularidad, cuyo programa de estudios se desarrolla alrededor de ocho áreas: biotecnología y bioinformática, sistemas computacionales; redes y sensores; inteligencia artificial; robótica; manufacturación digital; medicina; y nanomateriales y nanoteconlogía. Su misión: “Inspirar y educar a una nueva generación de líderes”.

Y de alguna manera u otra, la Singularidad o sus implicaciones, para bien y para mal, también ha estado presente en la cultura popular, desde las novelas de Isaac Asimov a “Matrix”. He aquí algunos ejemplos (para bien) de lo que se nos podría venir encima, sacados de “Abundance”, aunque ya hayamos leído sobre ellos en novelas: la creación de algas sintéticas para la elaboración de combustible low cost, cuya fuente no sea escasa en el planeta y de vacunas también low cost, accesibles para todos y diseñadas en plazos de 24 horas. O de una “internet de las cosas”, que permita conectar entre sí cualquier objeto: coches que encuentran sus llaves perdidas, casas que piden automáticamente suministros cuando se están acabando. En cuanto al campo de la IA, aplicaciones que impidan a los conductores dañarse a si mismo y a otros si se quedan dormidos al volante. En robótica, enfermeras mecánicas para cuidar de las personas mayores. Y la estrella de los inventos, para locos de IKEA: impresoras 3-D capaces de “imprimir” en casa objetos simples en plástico, cristal o acero. Los “ejemplos” de Kurzweil apuntan más alto, a la vida eterna, a la posibilidad de vivir sin órganos, como el corazón, a convertirnos en ciborgs o a explorar más allá del sistema solar.

¿Y ejemplos para mal? Ambos autores apuntan también los riesgos del progreso, un abanico de horrores donde la tecno-utopía se vuelve tecno-distopía. Bioterrorismo. Ciber-crimen. El desempleo provocado por máquinas capaces de trabajar 24 horas al día y siete días por semana. La extinción debido al mal uso o negligencia. Y la madre de todos los miedos: que una tecnología que es “miles de veces más fuerte, rápida e inteligente que cualquier entidad biológica”, se vuelva en nuestra contra, como apunta Kurzweil, y apueste por la hegemonía, por someter a los hombres. Ante eso, dicen algunos especialistas, hay una solución: saber renunciar a según qué avances. Gente como Bill McKibben, autor de “Enough: Staying Human In An Engineered Age” afirman que ya tenemos suficiente tecnología y el progreso debería terminar ahora que estamos a tiempo. Él lo compara con la cerveza. “Una cerveza es buena, dos mucho mejor. Ocho cervezas y lo más seguro es que te arrepientas”.

Publicado originalmente en PlayGround el 28/08/2012

Entrevista a Dmitry Glukhovsky: «La ciencia ficción rusa no deja de ser un gueto que no tiene nada que ver con la gran tradición rusa»

In Apocalipsis YA, Gamefilia, Sci-fi, Versus on 8 enero, 2014 at 2:19 pm

Si alguna vez visitaste el Metro de Moscú, sabrás que lo que hay ahí, tan hondo y tan profundo, es un territorio casi mítico, ideal para la fabulación. Mitad museo y mitad prisión, es un espacio invertido como un palacio excavado boca abajo. Una pequeña ciudad perforada de túneles y bóvedas, marcada por los lujos y los secretos de un pasado glorioso que nunca volverá, como uno de los escenarios de Bioshock. Consciente de su potencial, el periodista Dmitry Glukhovsky (1979) lo escogió como coartada para desarrollar Metro 2033 (Timun Mas), una novela post-apocalíptica donde la humanidad se ha visto obligada a vivir escondida en la red del tren subterráneo de la ciudad rusa y extender una sociedad atomizada a lo largo de sus líneas y estaciones. La idea le ha funcionado más que bien: además de publicar Metro 2034, que no es exactamente una segunda parte, Glukhovsky ha «liberado» su universo para que otros escritores puedan contribuir a hacerlo crecer con sus historias. Ya hay al menos una veintena de novelas, incluidos un par de spin-off ambientados en Londres y en la Roma y Venecia del año 2033. Timun Mas acaba de publicar dos de ellas en España.

Y la cosa no para de crecer. Los derechos ya están en manos de la MGM para convertir la novela en película y, en 2010, Glukhovsky también colaboró en su salto a los videojuegos. Metro 2033, el videojuego, fue desarrollado por el estudio ucraniano 4A Games bajo la forma de un shooter en primera persona, aunque su claustrofóbica propuesta estaba más cerca del espíritu escóndete-y-huye de las dos adaptaciones de Las crónicas de Riddick o del horror-sobrenatural-con-linterna de F.E.A.R. que del libérrimo S.T.A.L.K.E.R. Atentos, porque hay segunda parte a la vista, Metro: Last Light, de la cual se pudo ver una demo en el E3. El autor estuvo en España la semana pasada, y nosotros aprovechamos para hacerle algunas preguntas.

Hablemos sobre el metro. Es un lugar familiar para un montón de gente que vive en grandes capitales y que tiene que cogerlo a diario para ir a trabajar o para volver a casa. Pero al mismo tiempo, es fácil imaginar extrañas historias en unos túneles donde nunca entra la luz del sol. ¿Podrías hablarme del metro como escenario y personaje fundamental en la serie Metro 2033?

No puedo imaginar un legado más impresionante, misterioso y casi milagroso de la época soviética que el metro de Moscú. De entrada, sus 170 estaciones están enterradas profundamente bajo tierra, todas están equipadas con puertas herméticas que convierten a cada una de ellas en un búnker real, pero, por otro lado, no se asemejan para nada a un búnker, sino más bien a una obra de arte, a un museo, glorificando y conservando para la eternidad una parte de la historia y la vida soviética. A esto súmale 200 búnkers reales militares y estaciones de metro secretas unidas por túneles secretos ubicados a pocos metros de las estaciones «normales» que millones de personas usan a diario… ¿Cómo no escribir sobre todo esto? Y sí: el metro no es solo un objeto, es un sujeto con vida propia vida. Con millones de dramas, sueños, miedos y pasiones bulliendo en su interior cada segundo, necesariamente absorbe una parte de la vida de la gente que lo coge a diario.

Hace unos años visité el metro de Moscú y me impresionó profundamente. Decían que algunas de sus estaciones llegaron a estar cubiertas de oro. Se escuchan tantas leyendas, que es difícil separar lo que hay de real y de legendario.

Como tantas cosas procedentes de la URSS, es lo que llamamos un «objeto de doble función». Mira las fábricas de macarrones, por ejemplo: los macarrones soviéticos fueron utilizados como medida estándar para hacer el calibre de los casquillos del Kalashnikov, así que, en caso de guerra, las fábricas de macarrones podrían convertirse con facilidad en plantas de munición. O eso al menos cuenta la leyenda. El Metro de Moscú nació para mayor gloria del estado soviético, para impresionar a los visitantes de la capital, pero al mismo tiempo ejercía la función de gigantesco refugio antiaéreo en el caso de que Rusia fuera atacada. Está claro que no es una infraestructura meramente utilitaria. Mejor compararlo con los grandes palacios y templos de la Antigua Roma que se levantaron para proyectar el poder del imperio.

Tu formación y experiencia son de periodista, un oficio que sigues ejerciendo. ¿Tiene tus historias alguna intención de reflejar conflictos sociales o políticos actuales? Y no me refiero solo a conflictos rusos. ¿Querías ofrecer una segunda lectura de algunos temas?

Metro 2033 toca de una forma metafórica diferentes asuntos importantes sociales y políticos, no solo rusos, sino universales: la xenofobia y el miedo al inmigrante, la propaganda de estado y la manipulación política, el adoctrinamiento religioso. La ciencia ficción es solo un disfraz. Un envoltorio dulce para una píldora amarga.

La crisis en Europa ha acentuado cierto pesimismo general. Mucha gente tiene la sensación de un desastre inminente. ¿Eres ahora más pesimista sobre nuestro futuro que hace diez años, cuando escribiste Metro 2033?

No puedo decir que sea un pesimista: más bien me tengo por una persona realista. Eso por eso que nunca planifico mi vida más allá de un año. Y siendo realista, cualquier cosa puede suceder, empezando por una ruptura en la Unión Europea y continuando por una guerra nuclear en Oriente Medio entre Israel e Irán. Mi lema es estar siempre preparado para lo peor: es la única manera en que la vida no pueda cogerte desprevenido.

Comenzaste a escribir Metro 2033 para su publicación en internet, aunque después de alcanzar popularidad la novela dio el salto «al papel». ¿Crees que sin la posibilidad que te da internet para encontrar tu propia audiencia, sin ese feedback que permite con los lectores y sin el efecto viral propio de la red hubieras tenido las mismas posibilidades de publicar?

Puse primero Metro 2033 en internet porque ninguna editorial quiso comprarlo. Ahora puedo decir que fue el destino lo que me empujó a ello. Todavía no es una decisión tan natural o tan obvia para un escritor, la mayoría de los cuales todavía se muestran celosos a compartir sus textos online, porque suele pensar que puede afectar a sus ventas. Pobres, tan conservadores. Así que monté mi propia web, colgué la novela y me limité a esperar como una araña a que los lectores cayeran en mi red atraídos por la historia. Aquello fue emocionante y desesperante. Con los primeros capítulos, vinieron dos o tres personas, una de las cuales fui yo mismo. Pero con el tiempo, la gente comenzó a compartir los enlaces y para cuando había terminado de escribir la novela, tenía un tráfico de unas 1.000 personas diarias. Fue entonces cuando volví a tantear a las editoriales y a ofrecerlas la novela de nuevo. Esta vez, tres de ellas se mostraron interesadas, así que pude decantarme por la mejor.

Desde entonces, la novela ha vendido 600.000 ejemplares en Rusia y ha sido traducida a 35 idiomas, pero nunca la he retirado de la web. Está todavía allí, gratis para quien quiera leerla. Calculo que unos cinco millones de personas la habrán leído online.

Para un escritor debería ser más importante ser leído que vender libros. Diablos, yo he empleado 10 años de mi vida trabajando en la historia y escribiendo la novela. Y se debe dar por supuesto que mi primer deseo es tener lectores, escuchar lo que piensan, saber lo que sienten. La escritura va sobre todo eso: interacción. Influir en las personas, contagiarlas con tu historia, manipular sus emociones. Me alimento de las emociones de los lectores, y cinco millones de almas humanas es un banquete más suculento que 600.000.

Admito que soy un adicto al feedback. No soy capaz de escribir un par de páginas sin compartirlas y obtener algún comentario. Y si hay grupos anónimos de gente de los que pueda obtener algo de respuesta, allí estaré yo. Para un escritor joven, no hay mejor manera de ser conocido y publicar que crear tu propia web. No publiques tus novelas en esas webs colectivas que se ofrecen como «una plataforma para la auto-publicación»: son como fosas comunes y nadie te va a sacar de ellas.

¿Qué relación hay entre Metro 2033 y Metro 2034? ¿Siempre tuviste la idea de escribir dos historias? ¿Habrá un Metro 2035 en los próximos meses?

En realidad, no están conectadas. O no son tanto la «Parte 1» y la «Parte 2» de algo, sino la «Parte 1» y la «Parte A»: son dos comienzos de dos historias diferentes. No tienen nada en común, más allá del personaje de Hunter y el escenario: el metro de Moscú. Cuando terminé Metro 2033 pensé que era su historia no debía ser continuada. Por eso que escribí Metro 2034 como una pieza separada e independiente. Incluso la escribí en un género diferente, y creo que es por eso por lo que decepcionó a muchos lectores. Tranquilos, gente: tengo noticias al respecto. Ya tengo una idea para Metro 2035. Y será algo que sirva como puente entre ambos libros y dé por finalizada la trilogía. No puedo adelantar nada. Pero espero empezar a trabajar en ello en primavera, justo después de terminar la novela con la que estoy ahora, The Future.

En este sentido, el universo Metro 2033 sigue creciendo sin tu intervención directa, después de que dieras la posibilidad a otros escritores de contribuir al mismo con sus propias historias. Como creador/escritor, ¿qué obtienes con ello? ¿Estas ejerciendo algún tipo de tutoría o de «comisariado» del material que se publica? Por ejemplo: ¿les has dado a estos autores algunas reglas básicas que deben respetar? 

Para ser sincero, la razón principal por la que empecé este proyecto fue atraer más gente al metro, sacrificarla en nombre de Metro y ganar mi libertad con ese sacrificio. Los lectores seguían pidiéndome más libros una vez concluí Metro 2034, pero eso hubiera sido como violarme a mí mismo, escribir una historia que no existía solo por el hecho de tener contentos a mis lectores o a mi editor. Me da miedo convertirme en un esclavo de por vida de una buena idea que tuve cuando era adolescente. No quiero que en mi lápida el epitafio sea «Fue el autor de Metro 2033», en fin. Espero crear algo más por lo que ser recordado.

Al mismo tiempo, los jóvenes autores que escribían fanfiction en la web seguían preguntándome si ellos podrían publicar sus historias en algún momento. La solución más inteligente a todo eso fue presentar estos autores a mis lectores y dejar que unos saciaran a otros, mientras reservaba para mí el modesto papel de un demiurgo de este universo. Y gracias a esas series, he podido crear nuevas cosas fuera de Metro, he podido ver algo de luz y escribir cosas completamente diferentes. Y eso es lo que estoy haciendo ahora.

Las reglas del universo Metro 2033 son muy simples, apenas ocupan una hoja. El año es siempre 2033, en un mundo post-nuclear en el que no se explica qué es lo que pasó. No usar mis personajes, que cada uno cree los suyos propios. Sin aliens, sin elfos ni enanos, y nada de viajes en el tiempo. Solo describir la parte del mundo que puede observar tu personaje con sus propios ojos. No salves a la humanidad ni la destruyas. Eso es todo. ¡A por ello!

Fans que ejercen el boca-oreja te permitieron publicar, y fans que escriben ficción. En tu caso, ¿cómo valoras el trabajo del fandom en tu éxito?

No soy nada sin el fandom, está claro. Ellos me mantienen, me alimentan con sus sentimientos. No soy el tipo de persona que escribe para guardar sus textos en un cajón. No quiero ser ignorado en vida y ser descubierto doscientos años después de mi muerte. No tengo paciencia suficiente para eso.

¿Te interesan los videojuegos como forma para contar historias? Creo que, en el caso de Metro 2033, el videojuego ha complementado de una manera única lo narrado en la novela: el mapa de metro es un entorno perfecto para explorar y desarrollar una historia asfixiante, lleno de túneles oscuros y pasillos en los que incluir elementos de horror, además de escenarios propios de la ciencia-ficción, personajes ambiguos y todo ese enigma post-apocalíptico sobre qué diablos ha pasado fuera.

Considero los videojuegos como una forma de arte tan nueva como el cine lo fue una vez. Y pueden ser una mierda desesperante, lo mismo que hay películas que son una basura. Pero pueden llegar a ser obras maestras: mira Syberia, de Benoît Sokal. O Silent Hill. Te sumergen en sus realidades de manera mucho más eficaz que cualquier película y llegan a «tocarte» más profundamente.

Con frecuencia, de lo que suelen carecer los videojuegos es de una buena historia, personajes realistas y un conflicto dramático potente. En su momento fueron creados para adolescentes y los adolescentes solo quieren acción. Pero, eh: las cosas están cambiando. Yo también fui adolescente y ahora tengo 33. Y como yo, hay muchos jugadores que empezaron a jugar precisamente con Wolfenstein 3D y Doom. Si la historia no tiene un conflicto interesante, simplemente me aburren. Los desarrolladores están empezando a entenderlo. Aunque leeeentamente.

Obviamente, en el proceso de adaptar un libro a un videojuego cambias muchas cosas, otras directamente las eliminas. Es inevitable: los juegos son sencillamente una forma diferente de vida, la adaptación es interpretación, no corta-y-pega. Pero adaptar libros a videojuegos tiene una finalidad: permite devolver a los jugadores a la lectura. Mucha gente que ha leído Metro 2033 llegó a la novela gracias al juego. Por eso siempre digo que estaría muy bien hacer un Call of Duty basado en Guerra y Paz de Tolstói para promover la lectura en los jóvenes.

¿Puedes adelantar algo sobre la adaptación al cine de Metro 2033?

Los derechos de Metro 2033 los tienen los estudios Metro Goldwyn Mayer en Los Ángeles. Y le han dado el proyecto a Mark Johnson, productor de Narnia y Breaking Bad. Ya tienen un guionista y aseguran que la película saldrá adelante. Y eso es como si un gigoló se promete en matrimonio con una chica tras su primera noche. Yo soy la chica, así que estoy emocionado.

¿Te interesa la ciencia ficción como lector?

Solía leerla cuando era niño y adolescente, hoy en día encuentro la mayoría de la ciencia ficción increíblemente aburrida. Cuando tienes 14, todo lo que te pide el cuerpo son aventuras. Cuando tienes 30, estás más interesado en las relaciones personales, los conflictos entre personajes, el drama en general. Es sencillamente una evolución personal, tiene que ver con hacerse mayor. El 95% de las novelas de ciencia ficción son sobre huir, disparar y esconderse (además de incluir personajes femeninos de increíble valor y grandes tetas que suelen estar tan vivas como muñecas hinchables). Leo el otro 5%: Ray Bradbury, Stanislaw Lem, los hermanos Strugatski. La literatura.

Pero yo no considero Metro 2033 como ciencia ficción. Es una imposible mezcla de géneros: distopia, urban fantasy, crítica social, sátira política y novela de iniciación. Todas mis historias son así. Ceñirse a un solo género es algo muy incómodo para mí: es como llevar una camisa de fuerza en un manicomio. Y ya sabes, cuando estás en un manicomio, siempre quieres libertad.

¿Te sientes parte de una escena de escritores de género en Rusia? ¿Podrías recomendarnos algunos autores con los que te identifiques?

Te diré una cosa: los escritores rusos de ciencia ficción moderna no son como yo, así que yo no soy como ellos. Ellos creen que yo escribo mierda comercial y que es una vergüenza que occidente piense que yo soy el que representa la ciencia ficción rusa, que no deja de ser un gueto y que no tiene nada que ver con la gran tradición rusa de ciencia ficción. A ninguno de estos autores, dicho sea de paso, ni siquiera les interesa tratar conflictos políticos o sociales de la actualidad. Así que que les jodan, no escucharás un solo nombre de mi boca.

Publicado originalmente en Mondo Píxel el 10/10/2012

Medio siglo de la conquista del espacio (por los monos): una lectura de ‘El planeta de los simios’

In Apocalipsis YA, De viaje, Sci-fi on 8 diciembre, 2013 at 12:49 pm

«Aunque aquella joven fuera de una belleza extraordinaria,
yo no la consideraba como una mujer.
Sus maneras eran las de un animal doméstico
que busca el calor de su amo.
»

«Encontrar a un gorila sobre el planeta Soror
no constituía la extravagancia esencial del caso.
Ésta era que aquel mono iba correctamente vestido
como un hombre de nuestro planeta y, sobre todo,
que llevaba las prendas con toda soltura.
Esta naturalidad fue lo primero que me impresionó.
No hice más que ver al animal y
ya me pareció evidente que no iba disfrazado.
»

Antes de hablar de monos y de la conquista del espacio, dejen que les exponga tres de las cosas que me han sorbido el seso y absorbido el tiempo últimamente, y que han tenido mucho que ver a la hora de sentarme a leer y a escribir sobre El planeta de los simios y en que este texto tenga la forma y enfoque que tiene finalmente:

1.

Hacia los confines del mundo, novelón incomparable y emocionante de Harry Thompson, editado en España por Salamandra. Narra los sucesivos viajes a lo largo y ancho de todo el hemisferio sur del HMS Beagle, barco capitaneado por Robert FitzRoy, a bordo del cual viaja un pasajero muy especial: Charles Darwin. Dos jovencísimos y opuestos entre sí protagonistas de una historia en la que, bajo la excusa de cartografiar el nuevo mundo, colisionan las teorías bíblicas y la ciencia, en una época de expansión colonialista y religiosa. Un libraco que tiene, por lo menos, tres lecturas: 1) Un relato de aventuras y de una obsesión, en la tradición de Moby Dick. 2) Una biografía novelada de Darwin y de la génesis de su teoría de las especies, con especial atención en el proceso psicológico que le hace madurar de aspirante a clérigo a revolucionario al servicio de la Humanidad. 3) Un recorrido por la historia dramática reciente del colonialismo y sus consecuencias, pocas veces exentas de violencia e intereses. Confieso que su huella, tres años después de leerla, sigue muy presente en mí por diferentes motivos, en mis lecturas posteriores (de aquí llegué a Vonnegut, por ejemplo) e incluso en mis deseos por conocer mundo, la Tierra del Fuego, la Antártida y las Galápagos, puestos a fantasear. El tipo de libros que transforma al lector y que incluirías en la lista de cosas que salvarías de un holocausto nuclear.

2.

La música de Sam Shackleton. Los que lean revistas musicales asociarán su nombre al dubstep, lo penúltimo en electrónica para escuchar con cascos. Pero yo me he prohibido ponerme estupendo y, últimamente, me he impuesto hablar de música sin anglicismos ni marcianismos, sólo atendiendo a lo sensorial, porque para reseñar a partir de etiquetas ya hay cientos. Así que hablemos mejor de imágenes y de lo que evoca su fundamental recopilación de 3 EPs y su misteriosa sesión para Fabric. La música de Shackleton es espacial, en un sentido metafórico, atmosférico, pero también literalmente: les das al play y aquello se expande ante tus oídos, es música que necesita espacio. Está marcada por percusiones tribales y por unos ambientes gélidos y desolados, que parecen tormentas de nieve o mareas digitales, hostiles, que te cortan la cara. Digamos que suena como una versión menos sofisticada de Boards of Canada. Y por ahí, como ecos fantasmales, flotan también grabaciones de voz, como mensajes de radio pidiendo SOS. Sí, ahí iba: como los que uno se imagina que otro Shackleton, de nombre Ernest, explorador de la Antártida y el Polo Norte, mandaba por radio en medio de sus viajes. No tengo que decirles que la electrónica me parece una de cosas más evocadoras y estimulantes para los oídos. No hablamos de escuchar canciones, sino de música: aquí nada marca el mensaje. A uno le importa una mierda si el autor quería «hablar» de amor o de vino cuando las compuso. Es mi música y la interpreto como me da la gana.

3.

La relectura de En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft, en su reciente edición en la colección Letras Populares de la editorial Cátedra. Su extenso prólogo, a cargo de Juan Antonio Molina Foix (que también traduce) y las nutritivas notas finales, con textos de Cirlot, Llopis, Francisco Nieva, Fernando Savater, José Manuel Sánchez Ron, Houellebecq y Joyce Carol Oates, entre otros, son los culpables de que haya vuelto a pensar en Hacia los confines del mundo tanto tiempo después. Porque, según leo allí, a Lovecraft le fascinaba las noticias que por aquella época llegaban de los conquistadores de los polos, y basó parte de su texto, repleto de descripciones y detalles concretos, en los testimonios e informes de exploradores como Scott, Amundsen, Byrd y, claro, Shackleton. Les invito a leer En las montañas de la locura junto a la música de Sam Shackleton de fondo (que, como he intentado describir más arriba, puede colocarse también sin problemas entre lo espacial y lo tribal, como fusión de lo cósmico y lo ancestral tan de Lovecraft), y luego me cuentan el efecto de blanquísima soledad que les ha provocado el cóctel sensitivo. Y con esto, cierro el círculo y me pongo a lo que venía: a hablar de El planeta de los simios.

Entenderán por qué ahora mismo de lo que menos me apetece escribir es de Charlton Heston o Tim Burton, de naves espaciales, ni siquiera del truco final que ha hecho famosas a las dos películas. El planeta de los simios, la novela, está a punto de cumplir medio siglo y se reedita ahora en español, después de haber estado descatalogada más de diez años, según cuenta la editorial responsable del rescate, la antaño célebre Minotauro. Es lo más parecido a un porqué de este artículo hoy. La novela fue escrita en el año 1963 por el francés Pierre Boulle, que con anterioridad ya había sido mundialmente famoso por otra novela inmortalizada también gracias a la popularidad que da el cine: El puente sobre el río Kwai (1952), vía David Lean.

La biografía de Boulle es muy interesante si queremos plantear una lectura de El planeta de los simios más allá de la ciencia ficción. A mitad de los años treinta del siglo pasado, Boulle trabajó en una plantación de árboles de caucho en Malasia, lo que le permitió conocer de cerca el colonialismo británico, sus formas y sus demonios. No deberíamos pasar por alto que otro autor famoso por otra distopía, George Orwell, viviera por aquella época también los últimos días del colonialismo británico desde no muy lejos (Birmania), una experiencia que reflejó en la muy recomendable novela de viajes/reportaje Los días de Birmania (editada en castellano por Ediciones del Viento). Para contextualizar su opinión política: durante la Segunda Guerra Mundial, Boulle colaboró con la resistencia y en 1943 fue capturado por los partidarios de la Francia de Vichy y condenado a trabajos forzados a perpetuidad. Después de la guerra fue condecorado y se dedicó a escribir. De todo ello saldría el material para su biografía, años después, titulada con mucho olfato comercial Mi propio río Kwai (1967).

Bajo estas referencias, por un lado arbitrarias por mi parte, por otro reales en función de la biografía de su autor, El planeta de los simios se me ha aparecido como el relato de un colonizador colonizado. Entiendo que en otro momento y bajo otras coordenadas me habría parecido otra cosa completamente diferente. Como todo el mundo sabe, El planeta de los simios es la historia de un astronauta de la Tierra que llega a un planeta donde los humanos han sido sometidos (evolutiva y violentamente) por unos simios de inteligencia superdesarrollada. Ni el lector ni ambas partes interesadas de la novela (los humanos y los simios) saben a qué se debe este orden de las cosas, pero es un genial disparate que, de llevar hasta el final mi lectura, daría para escribir, se me ocurre, una ucronía sobre qué hubiera pasado si en vez de conquistar América, los nativos americanos hubieran cruzado el océano y nos hubieran conquistado y sometido, arrasando nuestra civilización e imponiendo la suya. Pero mejor no despistarse.

El planeta de los simios está escrito a modo de diario, como un manuscrito encontrado en una botella que flota en medio de un espacio exterior navegable bajo las mismas reglas con las que se navega por los océanos terrestres. Es, pues, un diario de a bordo interestelar sobre el viaje del periodista Ulises Mérou, que en compañía de un científico y jefe de expedición, su discípulo y un chimpancé, emprenden a la estrella supergigante Betelgeuse, «a unos trescientos años luz de nuestro planeta». Un viaje de apenas unos meses para la tripulación de la nave. Según escribió entonces Mérou en sus notas:

“Podemos subsistir unos años. A bordo cultivamos legumbres y frutas y mantenemos un corral. No nos falta nada. Tal vez algún día encontremos un planeta hospitalario. Es un deseo que casi no me atrevo a formular. Pero he aquí, expuesto con absoluta fidelidad, el relato de mi aventura”.

Su visión del planeta Soror, donde deciden aterrizar, es necesariamente colonialista. Hay que imaginarse a Colón, por primera vez, ante el paisaje americano, pisando tierra ajena, entrando en contacto con los indígenas. Mérou describe un planeta «hermano gemelo de nuestra Tierra», pero con una vegetación abundante, fauna propia y una superficie moldeada por lo que parecía una civilización. Y no tardan en encontrar vida: un ser humano de aspecto salvaje al que llaman Nova. ¿Inteligente? Tras un primer contacto, el juicio es implacable y también me hace pensar en la visión que la religión imponía antaño de los indígenas americanos: aquellos humanoides no podían tener alma, eran salvajes, más parecidos a animales que a nosotros. Según el periodista, «cuando, durante el viaje, hablábamos de un posible encuentro con seres vivientes, evocábamos criaturas deformes, monstruosas, de un aspecto físico muy distinto al nuestro, pero siempre suponíamos en ellos la existencia de un espíritu. En el planeta Soror, la realidad parecía ser completamente opuesta: teníamos que habérnoslas con unos seres parecidos a nosotros desde el punto de vista físico, pero que parecían completamente desprovistos de razón. Era esto, precisamente, lo que implicaba la mirada de Nova que tanto me había intrigado y lo que encontraba también ahora en la mirada de todos los demás: la falta de reflexión consciente, ausencia de alma». Y, de nuevo, recuerdo en este punto Hacia los confines del mundo, a FitzRoy y aquellos tres pobres indios fueguinos a los que llevó hasta Inglaterra e intentó civilizar.

Como es de esperar, en El planeta de los simios son los macacos los que tienen el monopolio de esa chispa que llamamos alma. Son ellos lo que visten ropa con, horror, la naturalidad de un ser humano. Y son estos, los humanos, lo que se comportan como bestias en cautividad, sin ni siquiera dominar una lengua para expresarse. El juego de espejos entre especies es continuo en el texto, a veces consiguiendo que el lector ría con complicidad ante algunos comportamientos (¿Saben qué le dan los monos a los humanos para que se callen? Plátanos ¿Y qué iba dentro del primer satélite que orbitó sobre el planeta de los simios? Un humano). Pero otras veces, provoca que levantemos la ceja porque la imagen que vemos de nosotros mismos en la piel peluda de los simios no es precisamente inteligente ni mucho menos benévola. Las técnicas de Pavlov aplicadas al protagonista, por ejemplo, llegan a hacer dudar al bueno de Mérou de su propia condición de ser racional, de su propia humanidad, en contraposición a la animalidad. Nadie cree que bajo ese ser humano haya un mínimo rasgo de inteligencia o voluntad, más allá de alimentarse y procrear. Al principio, ni siquiera Zira, una «simia admirable» ante la cual sólo le queda una salida: mostrarse como el más listo de la clase, «como un sujeto excepcional que merecía un trato privilegiado».

«Yo estaba anhelante de esperanza, cada vez más convencido de que empezaba a darse cuenta de mi noble presencia. Cuando habló imperiosamente a uno de los guardianes llegué a la locura de creer que me abrirían la jaula presentándome sus excusas. ¡Ay de mí, no se trataba de esto! El guardián rebuscó en sus bolsillos y sacó un pequeño objeto blanco que entregó a su patrona. Ésta me lo puso en la mano con una sonrisa encantadora. Era un terrón de azúcar». Listo, pero poco más que una mascota, vaya.

En esencia, la primera parte del libro se centra en los intentos del protagonista por mostrarse como un ser inteligente ante los ojos de sus captores y no como un espécimen con intuición y una capacidad extraordinaria para la imitación, algo frustrante. En la segunda parte, el periodista se debe enfrentar a algo que nos suena mucho más cercano, e igualmente frustrante: a un poder que quiere mantenerse en lo alto del sistema social y que no está dispuesto a revisar sus conocimientos científicos y, hasta cierto punto, supersticiosos, casi místicos, que apoyan la superioridad del mono frente al hombre.

La ciencia oficial simia explica al protagonista el proceso evolutivo de organismos celulares a mamíferos, y de ahí al hombre, una especie condenada, mientras los monos prehistóricos daban paso al Simius sapiens. ¿Alguna teoría de este desarrollo? El hecho de que los hombres tuvieran dos manos en vez de cuatro, «con dedos cortos y torpes», fue la causa de su condena. Tener cuatro manos permitió a los monos no vivir «clavado en el suelo», concebir las tres dimensiones del espacio desde un árbol y adquirir el gusto y el uso por las herramientas. Esto hizo reflexionar al periodista de la siguiente forma:

“Muchas veces había oído invocar sobre la Tierra argumentos completamente opuestos a éstos para explicar la superioridad del hombre. Después de reflexionar, no obstante, el razonamiento no me pareció no más ni menos convincente que los de los sabios de la Tierra”.

Por cierto, hablamos de una sociedad, la simia, descrita por Boulle de manera magistral e imaginativa, en el que cada primate cumple su trabajo y su función. Chimpancés, gorilas y orangutanes, cada familia tiene su propia Cámara en su Parlamento. Aquí entran en juego personajes cínicos en roles hoy reconocibles por todos. En general, asistimos a la descripción de una sociedad superior en algunos aspectos a la actual a los ojos del protagonista («La unificación del planeta, la ausencia de guerras y de gastos militares, pues no hay un ejército, sino solamente una policía, me parecían factores propios para favorecer el progreso rápido del pueblo simiesco»), pero también casi a una copia con ciertas analogías con instituciones y comportamientos que hoy se mantienen: un grupo de hombres en la Bolsa, por ejemplo, comunicándose entre ellos a base de gritos y corriendo de un lado para otro agitando los brazos, siempre parecerán un montón de orangutanes con corbata haciendo su trabajo. Grmph.

Y por ir poniendo un fin a esto, la tercera parte del libro es donde se soluciona el conflicto humano-simio, pero esto se lo dejo completamente al lector, que sea cada uno el que descubra cómo termina esta historia del colonizador colonizado. Por si hay dudas: como en la película, hay también en esta novela ese giro final inesperado que es mejor disfrutar en solitario y que termina de colocar en la mente de cada uno algunos de los conceptos que se dejan ver durante la lectura, como el click final de una fábula.

Porque a mí también me gusta pensar en El planeta de los simios como en una fábula con moraleja, como apunta David Pitt, de Booklist, «un relato moral en la forma de ciencia ficción que tiende más al diálogo que a la acción». Es lo que pasa cuando el cine entra por la puerta: la sutileza suele saltar por la ventana y las segundas o terceras lecturas se esfuman. Independientemente de lo que el filme les diga, lean este librito de apenas 200 páginas y saquen sus propias conclusiones, a la luz de muchos de los acontecimientos políticos y sociales que todos conocemos, desde la neo-colonización llevada a cabo hoy, no ya por naciones, sino por empresas, a los intereses de la religión por mantener el monopolio en la entrega de almas y por controlar quién está destinado a ir al cielo y quién al infierno. Para ello debería servirnos esa ciencia ficción que ha alumbrado obras como Un mundo feliz o 1984; además, claro, de para divertirnos de lo lindo con hipótesis tan descabelladas como que los hombres no estamos solos en el universo. Tan descabellado como pensar que la tierra se acaba en el Atlántico.

Publicado originalmente en Cultvana en julio de 2012

Crítica de ‘Osmos’

In Gamefilia, Hambre, Sci-fi on 4 diciembre, 2013 at 10:03 pm

Hemipshere Games
Android, iPad (versión comentada), iPhone, Mac, PC

Osmos lo tiene todo para que a uno se le pire la pelota hablando de videojuegos como si hablara de rock sinfónico, de amaneceres en el espacio, de colisiones físicas, de esporas celestiales llegadas de otro planeta. Así que mejor cortarse para evitarles los bostezos. He aquí tres apuntes sobre este sensacional juego, analizado en su versión para iPad.

Mejor con cascos. Para disfrutar 100% de su experiencia, Osmos te recomienda jugar con auriculares. Es como mejor se escucha la música ambient, aunque Osmos no es un juego musical. Es más bien un arcade ambient, directo en su planteamiento, tradicional a su manera, que no necesita manual y más que digno como reto jugable, pero envuelto maravillosamente en seda cósmica y techno minimalísimo, huesudo, casi alemán. Es como jugar con un documental de ciencia, como jugar a un disco Mouse on Mars. Perdón, de nuevo, debo centrarme: para entendernos, en Osmos manejamos una mota cósmica que nada por el espacio intentando sobrevivir, una célula hambrienta a la que debemos alimentar haciéndola entrar en contacto con otras de menor tamaño. Como un Katamari jugado a vista de microscopio, nuestro organismo va así aumentando de tamaño y adquiriendo una visión global de su entorno. Hay dos reglas básicas de supervivencia: 1) Come o serás comido. 2) Moverse consume energía y masa, es decir, nos hace más pequeños, así que mejor economizar porque el objetivo siempre es ser el más grande. Es entonces cuando todo cobra un sentido darwiniano. Pac-Man parece a su lado un tragón compulsivo e irracional como un perro. Tampoco es el primer comecocos evolucionado que nos llega: ahí está el sensacional flOw (ThatGameCompany; se puede jugar gratis aquí), que ya nos puso delante de la nariz un buen cucharón de microfósiles luminosos nadando en sopas espaciales, y su experiencia de juego, plácida y minimalista, también tenía ese halo casi académico que desprende Osmos.

Mejor te lo comes con los dedos. Osmos ha recibido premios por un tubo y ha tenido críticas fabulosas en los medios extranjeros, incluida su banda sonora, disponible en iTunes desde el menú. Unos y otros subrayan algo obvio pero que no hay que pasar por alto: es un juego ideal para pantallas táctiles, para ser controlado con los dedos, para mancharse las manos. Con un solo dedo impulsamos a nuestra criatura y también controlamos la velocidad a la que queremos jugar en cada momento, algo a lo que se puede sacar mucho partido cuando ganamos experiencia. Con dos dedos hacemos zoom y pasamos al siguiente nivel una vez conseguido el tamaño adecuado. Con tres dedos volvemos al menú principal. Y ya, que esto no es un piano. Osmos es primitivo como lo es la misma lucha por la supervivencia. Ay, de pronto, veo la luz y tengo una epifanía: es como si el pez chico se volviera inteligente y se zampara al grande. ¡Es la chispa que originó la vida, que está en tus manos! Boing. Boom. Tschak.

Mejor que muchos otros. Osmos sabe enganchar, sus armas son las mismas que las de cualquier juego arcade de Xbox 360 o PlayStation3, y es un ejemplo dignísimo de una buena relación calidad/precio en el siempre engañoso cosmos de la App Store. Es generoso en modos de juego, la mayoría de los que molan se desbloquean una vez superados los primeros. Así que no es tan solo un arcade darwiniano: es también un arcade mutante que, en cierta manera, no deja que te adaptes a él. Una vez cogido el punto, te cambia las reglas y te propone un nuevo reto. Introduce nuevas partículas, cada una con sus propiedades físicas (antimateria, repulsores, ¡ovarios verdosos!) o cambia el entorno y su gravedad, y pasamos de flotar plácidamente en el vacío a hacerlo de manera ordenada en órbitas o en tirabuzones, y de ahí al caos absoluto. Todo ello te obliga a replantearte continuamente la estrategia por la supervivencia. En total hay ocho modos de juego para un jugador, en unos se valora la precisión, en otros la rapidez, y en todos se celebra la voracidad. Ñam. Y con su última actualización, ofrece dos modos multiplayer en los que hay que cumplir los objetivos antes que tu rival: de forma local con otros amigos en la misma habitación u online, que te busca a un vecino en la inmensidad azulada que es nuestro planeta Tierra. Esto ahora sí que empieza a parecer un documental. Así que me voy. Qué hambre me ha entrado de pronto.

Publicado originalmente en MondoPíxel el 1/8/2012

Caos, magia, música y dinero: la historia de KLF o cómo quemar un millón de libras sin que parezca que estás loco

In Dance usted, Magia y Psicodelia, Sci-fi on 28 noviembre, 2013 at 12:17 pm

En realidad es complicado no pensar que estaban como una puta cabra.

Pero es que la historia de ‘KLF: Chaos Magic Music Money’ no es una historia: es un historión. Y no sólo diría que es el mejor libro que he leído este año, sino que es el mejor libro he leído en mucho tiempo, algo único, parte ensayo, parte crónica musical, parte producto de la pura casualidad. El hecho de que sea un historión que merezca ser rescatado y contado (y de que la casualidad juegue una parte importante en él) no es demasiado complicado si tenemos en cuenta que su materia prima, la historia de KLF, es una mina. A estas alturas es bien conocida, pero yo se la resumo aquí en unas pocas líneas, sacadas directamente de la descripción del libro. Se desarrolla entre finales de los años ochenta y principios de los noventa. “Fueron los mayores vendedores de singles en todo el mundo. Tuvieron premios, credibilidad, éxito comercial y libertad creativa. Borraron sus discos, se borraron a sí mismos de la historia de la música y prendieron fuego a su último millón de libras en un muelle en la isla de Jura. Y no pudieron decir por qué”. El acto fue registrado en vídeo y guardado para la posteridad, pueden verlo al final de este texto. Lo que se generó alrededor de la banda hoy pertenece al territorio de lo mitológico, y este libro no hace sino abonarlo.

Lo que hace de ‘KLF: Chaos Magic Music Money’ un libro tan extraordinario es que no es un mero repaso a la trayectoria musical de Bill Drummond y Jimmy Cauty, o sea, de The KLF. Va mucho más allá, es un libro que profundiza en las creencias y filosofías de sus protagonistas, que les acompaña en su bajada a los infiernos, sin juzgarlos, y que intenta desesperadamente hallar una explicación a un acto imposible de entender, como es la quema de un millón de libras. ¿Acto político? ¿Artístico? ¿Antiartístico? ¿Posesión infernal? Estamos pisando terreno mágico, o del pensamiento mágico, porque, como dice Higgs, “un acercamiento enciclopédico y académico al grupo no revelaría nada de lo que estamos buscando”. Y lo hace estableciendo conexiones entre el grupo y sus actos con todo un conjunto de teorías, conspiraciones, expresiones artísticas y culturales y personalidades históricas que tienen mucho en común y que forman una tradición propia: por estas páginas se pasean así “Carl Jung, Alan Moore, Robert Anton Wilson, Ken Campbell, Dadá, el Situacionismo, el Discordianismo, la magia, el caos, el punk, las raves y el simbolísimo alquímico en Doctor Who”. Y esto es quedarse corto, creánme: también tira de conceptos sacados de la neurociencia y de la física cuántica, y otros tan aparentemente disparatados como la psicogeografía. También hay citas a Alister Crowley, Burroughs o Philip K. Dick, y se dejan ver gente como Brian Aldiss y otros ilustres experimentadores con el LSD, víctimas del control mental y, en general, gente que escucha voces en su cabeza o que tiene conversaciones en privado con alienígenas. Lo increíble es que toda esta empanada mental es necesaria porque forma parte del hechizo del libro, que presenta todo ello como si estuviera ahí solo para poder explicar el comportamiento de estos dos locos que llegaron a estar en la cima del mundo.

Solo un par de cosas más antes de meternos en el libro, y para terminar de entrar definitivamente en su juego: que Kindle te permita ver qué fragmentos del libro que estás leyendo han sido subrayados por otros lectores que lo compraron anteriormente es algo, a su manera, mágico también, que abre la lectura a un montón de casualidades, algo que seguro le habría encantado a Drummond y Cauty, a pesar de que al parecer estamos ante un libro del todo no-autorizado. Leerlo sabiendo las partes que otra persona seleccionó y consideró importantes puede ser molesto, no en el caso de un libro como este. La otra cosa es que su autor, JMR Higgs, decida firmar así, con las siempre misteriosas iniciales, algo que según su perfil de Twitter solo hace cuando escribe ficción. Parece querer así seguirle el juego a KLF, otras letras iniciales que siempre han estado rodeadas de misterio (¿Kings of Low Frequencies? ¿Kopyright Liberation Front? ¿King Lucifer Forever?). Higgs, por si quieren perderse en las capas de esta extraña obra, ha creado algunos recursos de lo más curiosos, como este Tumblr que genera aleatoriamente contenido relacionado con el libro y una cuenta de Twitter específica donde responde a preguntas relacionadas con él. Porque, definitivamente, estamos ante un artefacto que se presta a hacerse preguntas, más que a responderlas.

También ayuda bajarse la discografía del grupo para acompañar la lectura de los diferentes capítulos, casi 5GB de singles, recopilaciones, ediciones, bootlegs y demás material oficial y no oficial. Y, por favor, aquí no tiene ningún sentido hablar de piratería: ya se encargaron ellos de minar su propia trayectoria, de atacar a la industria desde diferentes flancos y, en última instancia, de quemar su producción discográfica, hoy recuperable gracias a internet. Como dice Higgs en estas páginas, Drummond y Cauty hicieron suyas algunas ideas de los situacionistas, especialmente aplicables hoy al copyright. Gracias a esos fans de KLF que ignoran el copyright de la misma manera y que comparten sus coleccionies de discos “es posible descargar toda la historia de The KLF en una tarde”. En esta ftp tienen, además, un algunas imágenes del grupo, material promocional y fotos algunas de sus actividades, como la quema del millón. Y aquí un recopilación impagable de artículos aparecidos en prensa.

1. Operation Mindfuck: ¡Qué llegan los illuminati!

La primera parte de ‘Chaos Magic Music Money’ se centra en la vida de Drummond antes de montar con Cauty el grupo de rap The Justified Ancients of Mu Mu, que es un estado previo y efímero (les duró exactamente un año) de lo que luego sería The KLF. Estamos a mediados-finales de los ochenta, los años en los que Drummond trabajó con los grupos Echo & The Bunnymen y The Teardrop Explodes a través de su propio sello, que llamó Zoo Records, y después como A&R para Warner. Unos años en los que se va incubando en su cabeza extrañas ideas, como la presencia de un conejo de dos metros semidivino que pretende decirle algo, aunque todavía no sabía qué. Y son los años en que entra en contacto con la obra que posiblemente más le influyera: ‘The Illuminatus! Trilogy’ de Robert Anton Wilson (quien firmaba también con sus iniciales, RAW), una serie de novelas que se pueden considerar las abuelas de ‘El código Da Vinci’ y ‘El péndulo de Foucalt’, que se centran en conspiraciones mundiales y guerras entre sociedades secretas (los illuminati vs los discordianos, que explico un poco más abajo quiénes eran). De ahí cogió Drummond precisamente el nombre de The Justified Ancients of Mu Mu (o the JAMs) para su primer grupo. La realidad suele ser cruel y, como Higgs se encargó de constatar en su día, Robert Anton Wilson nunca había escuchado hablar de The KLF ni del millón de libras convertido en cenizas.

Algunas de las conexiones increíbles que suceden en esta parte de su vida son, como dice Higgs, producto de la casualidad, de la “sincronicidad”, de las matemáticas, vaya: para quienes las viven parece que tienen todo el sentido del mundo, pero en realidad no hay ninguna causa detrás de esas coincidencias. Otra cosa es que Drummond no las interprete como tales y busque un sentido cósmico a su existencia. Otro libro muy importante que determinó esta manera de ver las cosas es ‘Principia Discordia’, un libro con una extraña capacidad para vincularse al asesinato de JFK. No entraré aquí en el tema JFK, en algo en lo que, como dice Higgs, parece que también hay mucho de asombrosas casualidades, pero este ‘Principia Discordia’ es interesante para esta historia porque creó de la nada una religión (o una parodia de religión, en realidad) llamada Discordianismo, que promulgaba que la idea de “orden” era una ilusión y que lo único que existe detrás de este falso orden es el caos. Ahora échenle imaginación y cultura popular: cuando MC5 cantaban aquello de “Kick out the Jams, motherfuckers!”, en realidad era una demostración de que la industria musical estaba dominda por los illuminati. Y los Jams eran esa secta, the Justified Ancients of Mummu, en contínua guerra con los illuminati. Los Jams también fueron acusados en su día de ser responsables del asesinato de Kennedy. Ni que decir tiene que todo esto terminará jugando también un papel muy importante en la manera de actuar años después de The KLF, que como ya he dicho más arriba, en ocasiones adoptaron el nombre de the JAMs. La ficción empieza así a filtrarse en la realidad.

Lo del conejo gigante es otra especie de alucinación colectiva para algunos de los protagonistas de este libro. Para Drummond, fue una ilusión optica, una “aparición” que surgió cuando miraba por casualidad la portada de ‘Crocodiles’ (1980), el primer álbum de Echo & The Bunnymen, en la época en que trabajaba con ellos. Y tuvo una fuerte influencia en él. La banda ya explotaba inteligentemente su lado misterioso durante aquellos primeros días: supuestamente, Echo era el nombre de la caja de ritmos que usaban com batería. Pero Dummond quería que Echo fuera algo más, quería una historia que contarle a la prensa, quería que Echo fuera una extraña y vieja deidad pagana a la que se podía invocar, como Pan, y llegó a planear un concierto simultáneo del grupo de Ian McCulloch y The Teardrop Explodes en Islandia y Papúa Nueva Guinea, en el que “la energía fluyera desde el espacio hasta la Tierra”. Todo ello para llamar al atención del conejo gigante porque, ¿saben qué?: si dibujabas una línea entre ambos conciertos en un mapa se formaba un par de orejas de conejo.

El conejo gigante, en otra de esas conexiones extrañas que establece el libro, también se le apareció alguna vez a RAW, incluso le hablaría directamente desde películas como ‘Harvey’ (1950, con James Stewart). Pero también es verdad que, en esa época, RAW, consumidor de LSD, había empezado a escuchar voces en su cabeza, que él interpretaba como la voz de un alienígena.

Pero de nuevo, lo que importa para esta historia es cómo Higgs sabe cruzar de forma magistral estas experiencias con cómo funcionan las religiones y las ideologías en nosotros, como operan en nuestras necesidades como seres humanos que buscamos respuestas y nuestro lugar en el universo. Escribe Higgs: “Todos necesitamos modelos que nos sirvan para tratar con el mundo que nos rodea. Necesitamos modelos que den forma a lo que pasa y que sirvan de alguna forma para predecir lo que ocurrirá en el futuro. Esto es lo mejor que nos ofrecen ideologías, religiones y filosofías. Lo que no deberíamos hacer es confundir estos modelos con el mundo real, el mapa con el territorio y el menú con la comida. Una vez esto es entendido, disminuye drásticamente la necesidad de luchar para proteger la ‘veracidad’ del modelo y somos libres para usar diferentes modelos, incluso que se contradicen entre ellos, según van cambiando nuestras circunstancias”.

Saluden al súperconejo. ¡Buh!

Higgs encadena estas reflexiones con la idea de “magia” según Alan Moore, algo en lo que también voy a evitar meterme para no hacer este texto demasiado farrogoso. Solo recordar que la prensa británica se ha encargado de recordar a Drummond con frecuencia como un mago, alguien que actúa según esquemas marcados por actos simbólicos, con gusto por los rituales públicos, que cree que estos actos simbólicos y mentales pueden tener consecuencias en la realidad y “ese tipo de pensamiento mágico. El arte es magia, y por lo tanto el pop también. Y Drummond es un mago cultural…”, escribió Charles Shaar Murray en ‘The Independent’. Hay que recordar aquí una cita de Moore, contenida en ‘From Hell’: “El único lugar donde los dioses existen de forma indiscutible es en nuestras mentes, donde son reales sin refutación posible, en toda su grandeza y monstruosidad”. Según Moore, el artista es un pescador capaz de coger ideas del inconsciente colectivo y usarlas para crear algo capaz de llamar la atención de su audiencia. El propio Moore parece entender así lo de quemar un millón de libras, como “un poderoso acto de magia. No puedo hallar otra explicación para ello. Estás tratando con una forma de lenguaje, con un tipo de conversación de la que no estás seguro de qué es de lo que se habla… estás esperando una respuesta”. Las conexiones que establece a partir de aquí Higgs entre cómo el mundo de la ideas y el mundo de lo real colaboran en nuestra percepción del mundo daría para escribir una toda una entrada en este blog. Y yo necesito volver a la Tierra para retomar la historia de Drummond.

Pero antes… un ejemplo de sincronicidad: yo también vi un día a un conejo de dos metros. Fue leyendo a Pynchon. Lo cuento aquí. Todo esto, estas conspiraciones, este magma cósmico de coincidencias, es tan pynchoniano…

2. Guerrilla pop: cómo hacer una canción perfecta, reirte de la industria y forrarte con ella

Estamos de vuelta en la Tierra y en la vida de Drummond, que había tenido que hipotecar dos veces su casa para la aventura de tener su propio sello y que había acabado tan harto de la industria que había decidido dejar su trabajo de A&R en Warner. “Es momento de una revolución en mi vida”. Antes de mandarlo todo al carajo, decidió que tenía que grabar un disco: de ahí salió ‘The Man’ (1987), un álbum de “folk escocés”, grabado en cinco días. La única persona capaz de dar salida a ese disco fue su amigo Alan McGee, en su sello Creation Records.

¿Quieren saber otra rara casualidad? Hasta hace un par de semanas nunca había oído hablar de este disco, ‘The Man’. La primera vez fue precisamente leyendo la autobiografía de Alan McGee, ‘Creations stories. Riots, raves and running a label’, donde Drummond aparece de refilón. Fue solo hace unos días. Por alguna conexión cósmica que se me escapa, he encadenado estas dos lecturas. Les dejo un momento, que tengo una llamada y es una conferencia extraterrestre.

Ya. Así que tenemos por fin a Drummond, con la idea de montar un grupo llamado The Justified Ancients of Mu Mu (the JAMs) en honor a la trilogía ‘Illuminatus!’. “El nombre podría representar el principio del caos en lucha contra la industria musical, una guerrilla de anarquistas musicales que nacen para interrumpir, confundir y destruir”, escribe Higgs.  Y es entonces cuando decide llamar para ello a Cauty, la otra mitad de The KLF, que acababa de comprarse un sampler, el arma perfecta para capturar la realidad, alterarla y devolverla cambiada completamente de significado.

The JAMs solo sacaron un disco, ‘1987: What the Fuck is Going On?’, que como disco de rap puede que sea mediocre pero que “tuvo un papel pionero en consolidar el sampleo como acto creativo legítimo en la música moderna”. Higgs lo explica de nuevo mucho mejor que yo, a partir de las ideas que los situacionistas tienen sobre el papel que juega el espectáculo en la sociedad consumista: “Todos los días somos bombardeados por anuncios, imágenes, canciones y vídeos. Forman parte del espectáculo del sistema, distracciones que nos mantienen atontados y alienados. Lo más importante es que estamos sujetos a ellos lo queramos o no, porque es casi imposible vivir en el mundo moderno sin estar sujeto a este bombardeo. Es una forma de polución psíquica, una de las muchas de las que somos forzados por los capitalistas. Y como no somos capaces de escapar de semejante ataque, la única respuesta honesta es putearlo“. Es decir: coger las imagenes que estamos forzados a ver y joderlas, hackearlas, darles la vuelta, lo que implica “cambiar el texto o el contexto para así subvertir su significado”.

Higgs coge como ejemplo, para profundizar en todos estos aspectos, la canción ‘All You Need is Love’ de the JAMs…

…y la despedaza en partes. El título de la canción y los 15 primeros segundos es un robo a los Beatles, “la más alta expresión del modelo ‘banda de pop’ y considerados sin discusión los reyes de la música moderna”. Como recuerda Higgs, la canción fue emitida por satélite en 1967 como parte del especial televisivo ‘Our World’, la primera retransmisión internacional vía satélite, un hito de la comunicación global con una audiencia estimada de 400 millones de personas, donde todos, en comunión mundial, cantaban al amor. Su “love, love, love” es manipulado por the JAMs hasta parecer algo medio ridículo, y se cruza con el sampleo de una voz que hace referencia a una enfermedad sexual sin cura: el SIDA, uno de los demonios de los ochenta. De esta forma se termina de dar la vuelta al mensaje hippie del amor libre por otro, “opuesto, más relevante y contemporáneo”.

Drummond y Cauty ya empiezan a llamar la atención de la prensa. La canción, además, incluye también aquel famoso grito de “Kick out the JAMs, motherfuckers!” y otros guiños a la trilogía de ‘Illuminatus!’, que les hace parecer una banda que ya llevaban tiempo tocando (¡unos 20.000 años!) y a la que nadie conseguirá callar. Supieron incluso sacar provecho de los problemas legales de samplear a ABBA, fueron a Suecia con un periodista y montaron un número, destruyeron las copias del álbum prendiéndoles fuego, y las que quedaron las tiraron al mar desde el ferry que les llevaba de vuelta a casa, donde además protagonizaron la que, según Higgs, fue su única actuación en vivo. Y “fue el comienzo de la reputación de Drummond y Cauty como maestros de los golpes publicitarios”, una vuelta de tuerca al “tradicional rol de manipulador mediático estratégico y cínico” personalizado en Malcolm McLaren. Ellos no eran estratégicos ni cínicos. No había en la idea de quemar su disco de debut en una pira nada premeditado, ningún plan trazado meticulósamente, solo caos, el mismo caos que les llevaría luego a quemar el millón de libras.

El verdadero golpe en la mesa, el torpedo defintivo, el pepinazo, el hostión pirateado, llegó cuando se les ocurrió samplear la música de ‘Doctor Who’ con el ‘Rock n’ Roll (Part Two)’ de Gary Glitter y de ahí salió ‘Doctorin’ the Tardis’ (1988), que fue número uno, vendió más de un millón de copias y les empezó a dar mucho dinero. “Un millón de copias de energía y anarquía”. También les sirvió de nuevo experimento con la prensa: aquí se inventaron que la canción había sido compuesta por un coche, un Ford de los sesenta, al que le grabaron incluso un video-clip; según Higgs, ante la imposibilidad de llevar un coche a ‘Top of the Pops’, se optó por llevar a Gary Glitter con una capa plateada. Y la canción sirvió también, claro, para seguir alimentando la ya extensa mitología que rodea a la serie británica, en la que Higgs bucea hasta marear al lector (de nuevo, con conexiones con Alan Moore, Crowley o David Lynch) y en la que tampoco voy a entrar o no teminaré de escribir esto nunca.

Ahora la cosa era: ¿qué hacer con el dinero ganado? Drummond y Cauty reaccionaron al éxito escribiendo un libro, un manual, o mejor dicho, EL MANUAL: ‘The Manual (How to Have a Number One The Easy Way)’ (1988, pueden consultar el PDF aquí). Tiene su lógica: enfrentarse al éxito masivo escribiendo un libro para que, el que quiera, pueda alcanzar ese éxito masivo. Venía hasta con garantía: si lo seguías al pie de la letra y no conseguías un número 1, se te devolvían las 5,99 libras que costaba (sí, habéis leído antes bien: en Amazon un ejemplar en papel puede alcanzar un precio de locos). Según escribe Higgs, uno de los que leyó el libro fue Jamie Reynolds de the Klaxons, lo que no sabemos si tuvo algo que ver en que el grupo consiguiera un premio Mercury en 2007 por su disco de debut, ‘Myths of the Near Future’, un disco, por cierto, y esto no lo dice Higgs, lo digo yo, plagado también de referencias ocultas, la más obvia, de nuevo, a Pynchon en ‘Gravity’s Rainbow’. Lo que no es casualidad es que el grupo se englobara en eso que se llamó nu-rave.

Seguimos en 1988. Con la llegada de las raves, y ya como The KLF, Drummond y Cauty deciden lanzarse a hacer música dance, se construyen su propio estudio en Londres donde Cauty establece su residencia fija y a partir de ahí, en los siguientes meses, encadenarían una serie de singles incontestables, irreprochables, maravillosos, que sirven por sí solos para justificar toda una carrera y toda la palabrería alrededor del grupo. Es su santísima trinidad, su Trilogía del Stadium House: ‘What Time is Love?’, ‘3am Eternal’ y ‘Last Train to Trancentral’. The KLF es y sería un grupo de singles, casi todos incluidos en un álbum, ‘The White Room’ (1991). En esos meses, el grupo entraría en estudio para rehacer con frecuencia gran parte del material que ya habían grabado, puliéndolo hasta convertilo en material no ya solo de primera, sino apto para ser consumido por cualquiera.

No es casualidad que un grupo tan político eligiera la música electrónica y las raves para expresarse contra el sistema. Como escribe Higgs y ya han escrito antes otros, la cultura rave es completamente opuesta a la cultura rock en muchos aspectos, especialmente en la glorificación de los músicos y en conceptos como la autenticidad porque en ella el autor no es importante, solo la música, la experiencia, la celebración colectiva, el ritual; es una cultura anónima donde se celebra la diversión de la audiencia y no el culto al dios, una audiencia que baila y se mezcla, sin mirar hacia a ningún escenario como si estuvieran ante un altar. Surgió de forma espontánea y es igualitario, anti-violento y criticado por los medios y los gobiernos.

Como decía al principio, y para desgracia mía, esto no quiere ser un texto sobre la música, porque en realidad me muero y me muerdo los dedos por poder escribir sobre canciones como estas. A ver: uno siente predilección por grupos que hacen del misterio su territorio, como The Residents, pero es que encima que estamos hablando de temas que consiguen elevarte varios metros por encima del suelo. Que de alguna manera son alquímicos también: es una destilación pura del pop. Son perfectos. Y así es como funcionan en nuestro organismo.

Sus actuaciones también están marcadas entonces por actos como soltar 20.000 libras a la multitud que bailaba ante ellos, que era la recaudación que cobraron por su actuación esa noche. Como dice Higgs, “la idea de darle algo tangible al público es una constante en muchas de sus actuaciones”. Otras veces fueron helados. O directamente los instrumentos y aparatos de mezclas.

3. El desierto, el submarino, el bajón

Para 1989-1990, el grupo se dedice a explorar otros territorios, como la música ambient e incluso las ambient movies, como ‘Waiting’ (1990) o ‘The White Room’ (1989), rodada en parte en Sierra Nevada y donde “no ocurre demasiado, al margen de que la pareja se encuentran un águila muerto y que paran en un momento dado a llenar la gasolina”, según Higgs. Esta última película costó 250.000 libras y quedó sin editar ni publicar, la versión que puede verse en el link de arriba es, al parecer, un bootleg. De nuevo, alrededor de la película crecen todo tipo de conexiones y conspiraciones. Échen un ojo a esta nota de prensa. Fechada en febrero de 1990 y centrada ‘The White Room’, en ella la pareja de músicos se lamenta, entre otras cosas, de haber recibido todo tipo de cartas y correos enviados por discordianos reales (y americanos) y relacionadas con la Operation Mindfuck. ¿Era esta otra operación hábilmente tejida por el grupo? Higgs confirma que The KLF podría estar en el punto de mira de estos por su uso de una mitología que consideraban propia y que no es nada raro: la prensa había aireado sus escándalos y ellos mismos se habían anunciado, en muchas ocasiones con su dirección de correo. “The White Room” queda así convertida en una suerte de Santo Grial inalcanzable. “La película, por tanto, no fue solo algo para hacer dinero o relanzar su carrera. Era, al contrario, un paso adelante en el camino hacia la búsqueda de la iluminación”, escribe Higgs.

Lo que no quita para que, como apuntan otras hipótesis, todo esto sea necesariamente un invento de la pareja para dar sentido a una película que, sin misterio, sería todavía más aburrida. ¿Lo sabremos algún día? El hecho es que la pareja nunca tuvo dinero para acabarla y que su banda sonora, el disco ‘The White Room’, fue re-elaborada y finalmente sirvió para acoger versiones de sus singles, ‘3am Eternal’, ‘What Time is Love’ y ‘Last Train to Transcentral’, lo que la convirtió en un álbum de éxito, claro. “Terminar esa road movie hubiera acabado en la muerte”, dice Higgs que señaló en su día Drummond. “No estamos todavía preparado para eso”.

Entre los logros más celebrados del grupo en esta época está el álbum ‘Chill Out’ (1990), que pretende ofrecer un recorrido sonoro por la América mística, la banda sonora de una road movie, entre paisajes desérticos, bocinas de coches, algún remolino de viento y samples de Elvis Presley o Fleetwood Mac. Es el típico disco que no falta en ninguna recopilación sobre discos fundamentales de la historia elegidos por la prensa o en esos libros tipo ‘Los 1.000 Discos Que Debes Escuchar Antes de Morir’.

Como dice Higgs, la simbología religiosa en The KLF está mucho más presente que en the JAMs (ahí está el tema titulado ‘The Church of The KLF’, que comienza con lo que bien podría ser un órgano de iglesia). En esta época el grupo celebra rituales, como el de la isla de Jura durante el solsticio de verano de 1991, que es la isla donde posteriormente quemarían el millón de libras, un acto colectivo alrededor de un wicker man gigante. Allí invitaron a una docena de periodistas en un viaje privado, les vistieron con túnicas y les llevaron por la isla en una procesión silenciosa. Al final del recorrido, alrededor del hombre de mimbre, con música trance de fondo, Drummond hablaba de forma improvisada en un lenguaje inventado y un cuerno en la cabeza. Ni que decir tiene que acabaron prendiendo fuego a la estatua. Todo como una ceremonia pagana. Al parecer, de nuevo debido a una coincidencia, ese verano hubo otro wicker man ardiendo en el desierto de Nevada.

En la última parte del libro Higgs establece conexiones entre la música y el paganismo griego, el mito de Fausto, la utilización de lenguas en ceremonias religiosas o, directamente, de la presencia del diablo en la cultura popular, y por extensión, sobre la fructífera relación entre el rock y satán, como la obsesión de Jimmy Page por Crowley. Y de ahí al ‘God is a DJ’. Y hay espacio también para su último gran single de la pareja, ‘Justified and Ancient (Stand by the JAMs)’, lanzado en 1991. Se trata de otra de esas canciones que sufrieron varias elaboraciones por parte del grupo durante años hasta alcanzar una forma final, una forma de single perfecto, claro. El video incluyen bailarinas y percusionistas africanos, más referencias al Discordianismo (como el submarino), la voz y presencia invitada de la cantante country Tammy Wynette y unas líneas subtituladas en las que se repasaban los éxitos comerciales de la señora Wynette: 25 años en el negocio, 11 álbumes número uno consecutivos, 20 singles número uno, 2 Grammies, 5 matrimonios, 3 hijos, la primera dama en vender más de un millón de copias de un álbum.

La letra, por otro lado, no puede ser interpretadas de una manera lógica (“They’re justified / And they’re ancient / And the drive an ice-cream van”) más que atendiendo a sus propias referencias. Según Higgs, “si the JAMs fueron un ataque a una industria obesionada con la autenticidad, con canciones auténticas y grupos auténticos, entonces ‘Justified and Ancient’ puede verse como la conclusión de este proyecto. Vista desde fuera, ninguna línea de su letra tiene sentido. Internamente, sin embargo, si aceptas que responde a su propia mitología y a su propio lenguaje, entonces parece completamente válida. Además de conseguir un single de pop clásico […], en términos situacionistas era puro espectáculo”. La canción fue número 1 en 18 países.

El show estaba a punto de terminar para ellos. En octubre de 1991 decidieron conmemorar el 500 aniversario del descubrimiento de América con otra relectura de ‘What Time is Love’, titulada para la ocasión ‘America: What Time is Love’. De nuevo, se volvía a recrear un viaje mitológico que terminaba con la quema del barco vikingo.

Epílogo: Balas de fogue y el puto millón

El fin de fiesta era inminente y sería espectacular. En febrero de 1992, el grupo ganaría el premio a la Mejor Banda en los premios Brits de 1992 y aceptó tocar en la gala. Según cuenta Higgs, el año anterior ya se intentó llegar a un acuerdo con el grupo para que actuara en los premios, que finalmente no salió debido a sus planes para la ceremonia: pretendían llenar el escenario de ángeles y zulús y hacer su entrada encima de elefantes. “El aspecto que hizo que el contrato se rompiera fue probablemente sus planes para cortar la pierna de uno de los elefantes con una sierra eléctrica. El elefante, según dijeron, representaba a la industria musical”.

Así que estaba claro que, aunque acepataban la invitación de los Brits, no iban a pasar por el aro de la industria. Las primeras ideas incluían descuartizar una oveja muerta y algunos litros de sangre, un animal muy cercano a las imagenes de The KLF. Otra idea fue cortarse una mano en directo. “Fue una conversación peligrosa, que mostraba el estado de excitación en que se encontraba la pareja”, escribe Higgs. La idea incluía salir al escenario con Extreme Noise Terror, un grupo de “metal extremo”, vegetarianos y defensores de los derechos de los animales, y cantar una versión igualmente extrema de ‘3am Eternal’. Al final se filtraron algunos rumores sobre la oveja y tuvieron que improvisar: la atronadora versión de ‘3am Eternal’ incluía perlas para la industria musical británica (BPI) y, al final, Drummon sacaba una metralleta y disparaba balas de fogeo contra el público, entre el que estaba gran parte de esa industria. No he encontrado el vídeo en YouTube, pero por suerte no es la única fuente de imágenes históricas en internet. Lo he encontrado aquí y aquí, donde se ve mejor el final de fiesta, con tiros incluidos.

Por cierto, The KLF fueron premiados como la Mejor Banda del año junto a Simply Red.

Para Higgs, este acto coincide con la muerte de la industria musical, que creativamente solo ha podido aportar en los años noventa subgéneros a lo ya conocido, pero ya no hay “continentes de música por explorar” y “todas las fronteras han sido colonizadas”. Se entregó definitivamente a la nostalgia. Y para Higgs, y esto es lo realmente importante aquí, Drummond y Cauty habían fallado de en su ambiciosa tarea. Nunca podrían herir a la industria ni luchar contra ella. Y lo que es peor: “Estaban en algún lugar muy oscuro”. En una entrevista posterior, Drummond llegó a decir esto:

“Mirando atrás, nos damos cuenta de que realmente no sabíamos cuál era nuestra motivación. Solo sabíamos que teníamos, como cualquier otro, ese lado oscuro de nuestra personalidad. Nos asomamos a nuestra alma y entramos en la misma zona en que Manson debió de entrar… o ese tipo de la masacre de Hungerford […]. Es la misma zona. Alguien recientemente usó la frase ‘rebeldes corporativos’, creo que para referirse a Manic Street Preachers, y ni Jimmy ni yo queríamos ser solamente rebeldes corporativos porque ya había muchos de esos en la industria musical. Lo nuestro fue como darse cabezazos y más cabezazos, intentando algo hasta que fue insoportable. Aquello fue completamente inútil y no sabías por qué lo estabas haciendo, solo que debía ser hecho. Y eso fue lo que Michael Ryan hizo: simplemente se levantó una mañana y pensó ‘bien, hoy es el día en que saldré ahí a por esos hijos de puta’, y fue y disparó a los hijos de puta…”.

Con el grupo convertido en un éxito masivo y global, ¿cómo recuperar sus almas después de semejante descenso a los infiernos?, se pregunta Higgs. Pararon cualquier actividad. Pararon con The KLF. Salieron del país y se fueron una temporada a México. Y borraron su catálogo de discos. “Al menos en el Reino Unido no hay discos de KLF en las tiendas, ni reediciones ni canciones en compilaciones, anuncios o videojuegos. De muchas maneras, este acto fue más brutal que el posterior de quemar el dinero. Solo en términos financieros, está estimado que esto les ha costado unos cinco millones de libras en futuras ganancias”, dice Higgs.

Pero volamos al millón y cerremos esto ya. Para que se hagan una idea del dinero que seguían recibiendo, según algunas noticias de la época, como esta del ‘NME’, también publicada a finales de febrero de 1992, cuando Rough Trade Distribution colapsó, debía una deuda a The KLF de medio millón de libras.

Higgs hace aquí un último esfuerzo increíble por contextualizar la época, esos años a principios de los noventa, protagonizado por unos jóvenes y no tan jóvenes que solo sentían bajo ellos un vacío generacional y apatía y nihilismo. Habían sido elegidos para asistir al fin de la historia, a la muerte del viejo orden. En Inglaterra, la Tercera Vía de Tony Blair significaba que los políticos ya nunca más se guiaban por las ideologías, sino por las encuestas. Y no importaba lo que hicieran sino cómo lo vendías a la prensa. Maastricht. El suicidio de Cobain. Netscape. “El viejo orden sería borrado. La Era de las Comunicaciones había nacido”, escribe Higgs, para quien, además, esta época supone el fin del florecimiento salvaje de nuevos cultos, religiones y sectas, que vivieron su boom de 1945 a 1990. Los primeros 90s fueron un periodo de transición entre un sistema decadente y otro nuevo, traumático como todos los periodos de transición, aunque bueno para el nacimiento de vanguardias y movimientos artísticos, como lo fue en su día, según Higgs, el nacimiento de Cabaret Voltaire y del dadaísmo, considerado la forma de anti-arte por excelencia y cuyo eco resuena en otros movimientos del siglo XX como el situacionismo, el discordianismo y del punk, con los que Higgs, como ya hemos dicho por aquí, ha vinculado las actividades de The KLF desde las primeras páginas de este libro.

En 1993, la pareja, que ya había adoptado el nombre de The K Foundation, pagó anuncios en la prensa que rezaba ‘Abandon All Art Now’. Todos con estilo habitual iluminado, con su tracional logo piramidal y con mensajes crípticos. En realidad habían cambiado de objetivo: ya no sería la industria musical, sino la industria del arte. Crearon para ello un premio (The K Foundation Prize; definido años después de forma magistral como “filantropía hostil”) dirigido a resaltar al peor artista del año, dotado de 40.000 libras (el doble que el Turner) y pagaron anuncios en la televisión el mismo día que se fallaba el Turner. La ganadora fue, claro, Rachel Whiteread, ganadora ese mismo día del Turner. Como no fue a recogerlo, amenazaron con quemar el dinero al final del día, y llegaron a mojarlo en gasolina. Finalmente la premiada apareció, cabreada, y dijo que donaría el premio a artistas jóvenes.

En este punto de la historia, todo el mundo parece coincidir en que si se hubieran quemado esas 40.000 libras, otro gallo hubiera cantado. “Quemar el dinero en las escaleras de la Tate habría tenido un gran impacto en el mundo del arte, más que cualquier otra cosa que la pareja hubiera planeado, y probablemente nunca hubieran quemado posteriormente el millón”, escribe Higgs, para quien la industria del arte no tiene nada que ver con la musical. En música cualquiera puede componer una canción perfecta. En el mundo del arte, puede que quemar dinero sea un acto artístico, pero solo si lo llevan a cabo artistas. Ellos pensaron en quemar el  millón en una galería, pero entonces la gente lo hubiera considerado una forma de arte. Y tampoco era eso lo que querían.

Lo llevaron finalmente a cabo el 23 de agosto de 1994.

¿La explicación final? Ellos entendían el arte como una acto mágico. Y “la negación del dinero, en este contexto, puede verse como un sacrificio […]. Estás ofreciendo algo de valor con la esperanza de obtener o recibir algo diferente”. La definición de magia de Alan Moore se vuelve ahora especialmente útil para Higgs, y para obtener una última respuesta: “El dinero es el ejemplo perfecto de algo que no existe pero que parece que existe. El dinero tiene valor solo porque nosotros decimos que lo tiene. Es una ilusión compartida por personas y gobiernos, apoyada por instituciones y leyes”.

Y es necesario, además, que esté en continuo movimiento porque “desde el punto de vista del sistema monetario, solo hay una perversión: apartar el dinero de forma permanente de la circulación”.

Y todas las religiones penalizan prácticas como la usura como tabú. No solo Jesús lo hizo, también “Platón, Moises, Mahoma, Aristóteles y Buda”.

También the JAMs, en la literatura de ficción y como herramienta de Drummond y Cauty, fue formada para destruir la usura.

Todo esto me resulta tristísimo a estas alturas.

Así que me voy. Aquí les dejo el vídeo con la quema del maldito dinero. Y si aún tienen fuerzas, una entrevista de Stewart Home a Drummond. Y un último acto de sincronicidad, reflejo, desesperado: yo entrevisté una vez Stewart Home. Pero esa es otra historia.

PD: Apunten esta fecha: en noviembre de 1995, the K Foundation anunciaron que dejaban toda actividad y que, durante los próximos 23 años, nunca hablarían de la quema del millón. Puede que cuando se cumpla este plazo vuelvan a dar señales de vida y entonces nos enteremos de algo por ellos mismos. Si es que para entonces han conseguido saber por qué hicieron algo así.

Review: Bug Jack Barron

In Lecturas, Sci-fi on 16 noviembre, 2013 at 1:46 pm

Bug Jack Barron
Bug Jack Barron by Norman Spinrad
My rating: 3 of 5 stars

A quién se le ocurre: leer una novela publicada a finales de los años 60 y sentarse aquí cómodamente después, en 2013, a escribir sobre ella, como si hubiera esperado casi medio siglo para ver qué tal ha soportado el paso del tiempo. Desde aquí, desde mi silla en el futuro, me da la sensación de que lo ha soportado regular. ‘Incordie a Jack Barron’ tiene muy buenas ideas: habla sobre el racismo, la legalización de las drogas, la corrupción política y los intereses de los lobbies, habla de la importancia de los medios de masas en la creación de la opinión pública, en concreto de una televisión dominada por sus patrocinadores y de unos talk-shows entregados a descuartizar a sus invitados con la coartada de servicio público. Y habla en general sobre la mercantilización de la vida y la impotencia (y la necesidad) de enfrentarse al poder establecido, hasta ahí todo bien.

Tiene también personajes secundarios planos que son meras comparsas de Jack Barron, el titánico y único protagonista de este casi monólogo, un exhippie cabreado con todo el mundo y reconvertido en estrella de la televisión gracias a un programa de denuncia social. En él radica toda la fuerza y también toda la debilidad de la novela. Y tiene un estilo que por momentos me fascina (especialmente cuando recrea el ritmo y las técnicas de un plató televisivo, algunas encantadoramente vintage), pero que en otros me da una pereza terrible, construido, en parte, con párrafos alucinados como este:

“El salón era una deliberada prolongación tour de forcé de Jack Barron a todo color, pero el dormitorio era Jack, era Jack-y-Sara de Berkeley era la casita de Los Angeles en el Canyon cálida noche de verano era la casa junto a la playa de Acapulco Sara oliendo a sudor-de-esquí-acuático era doble imagen expatriada (Nueva York-California-Nueva York) al aire-libre-bajo techo al aire-libre-feliz California mental ciencia-ficción”.

Una vez terminada, no sé por dónde tirar. Por un lado me parece una novela necesaria porque sus temas siguen sobre la mesa, por otro que lo que menos necesitamos ahora es un héroe, un Jack Barron idealista y enfurecido, que se meta en el sistema para volarlo desde dentro mientras todos aplaudimos al televisor. A veces me parece una historia escrita en un estallido de inspiración, fruto de una borrachera ‘beat’ de su autor, y a la que le hubiera venido bien un meneo posterior, que avanza lenta y despreocupadamente en algunos tramos y con un final, como se dijo en su día, más propio de Disney. Otras veces pienso que quizá el resultado no es tan sorprendente no por culpa del autor sino por la nuestra, porque hoy ese sistema está mejor alimentado que hace 50 años y todos somos más cínicos, sabemos cómo funcionan algunas cosas porque formamos parte de ellas, y por desgracia también sabemos cómo no funcionan otras. En su día ‘Incordie a Jack Barron’ fue considerada políticamente incorrecta, hoy tiene algo de fábula moral que le contarías a tus hijos para enseñarles algunas cosas que no se enseñan en la escuela.

En cualquier caso, es una lectura interesante desde el momento en que plantea reflexiones interesantes, encuadrada en una ciencia-ficción muy particular de una época muy particular, y un libro que, quizá, haya encontrado en sus contradicciones la mejor manera de permanecer vigente, de representarnos como miembros frustrados de una sociedad, ya sea la de los años sesenta, la de los ochenta o la de hoy, polarizada, divida en VIPs y en corrientes mortales, y en la que el papel de estos últimos parece limitarse a dejarse ordeñar por los primeros hasta quedar secos e inservibles. Y no hay heroicidad posible en eso, como tampoco hay heroicidad posible en las audiencias. Sólo mártires.

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