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Sala de lectura

Sampleo #1: Calvin y Hobbes vs Maestros Antiguos


Apetito, s. Instinto sabiamente implantado por la Providencia como solución a los problemas laborales.

Cita, s. Acto de repetir equivocadamente las palabras de otro. Palabras que se han repetido erróneamente.

Ambrose Bierce. El diccionario del diablo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg

A mi modo, en silencio, le declaro la guerra al Estado, aunque todavía haré todo el uso de él y le sacaré todo el provecho que pueda, como suele hacerse en estos casos.

Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Tecnos


Soy un pensador posesivo. Me gustaría creer que Goya pintó para mi solo, que Gogol y Goethe escribieron para mi solo, que Bach compuso para mi solo. Como eso es un error y, por añadidura, una bajeza abismal, en el fondo soy siempre infeliz, eso lo comprenderá sin duda. Aunque sea absurdo, cuando leo un libro tengo sin embargo el sentimiento y la idea de que sólo ha sido escrito para mí, cuando miro un cuadro, el sentimiento y la idea de que sólo ha sido pintado para mí, la composición que escucho sólo ha sido compuesta para mí. Entonces leo y entonces escucho y entonces miro como es natural en un gran error, pero sin embargo con un placer muy grande.

Thomas Bernhard. Maestros antiguos. Alianza Editorial

PARA HACER UN BUEN ARTÍCULO

JOSEP PLA

–Usted que ha escrito tantos artículos…

–Sí, señora. Esta es la triste e irreversible realidad. He tenido que perpetrar un número ingente de artículos. Lo siento sinceramente… ¿Desea usted algo más, señora?

–Sí, en efecto. Mi futuro yerno quiere dedicarse a escribir artículos para los periódicos y yo desearía que me dijera usted como se escribe un artículo.

–Es muy sencillo. En primer lugar hay que sentarse ante la máquina de escribir y empuñar un lápiz o un mango de pluma cualquiera. Se deja pasar, luego, escribiendo o tecleando, un espacio de tiempo mas o menos largo… y ya está. Quiero decir que después de haber pasado en esta posición un tiempo mas o menos largo, el artículo ya esta hecho.

–¡Caramba! Nunca hubiera creído que la cosa fuese tan sencilla.

–Pues así es, señora. De lo más sencillo que puede usted imaginarse. Sencillísimo. Es una mera cuestión de quedarse sentado un rato, mayor o menor, ante una mesa, en una silla.

–¿Sospecha usted que por el simple acto de sentarse en una silla el articulo brota, como por generación espontánea del numen, digamos, del articulista?

–De ninguna manera, señora. Un articulo, un buen artículo, no ha sido jamás obra de la inspiración. Es obra de la reflexión, de la estrategia, de la astucia. Los mejores artículos son aquellos cuya escritura consiste simplemente en poner en limpio un articulo anterior, elaborado previamente en la cabeza, pensado reiteradamente, conservado en la memoria, modificado mentalmente, una infinidad de veces. El artículo es la reminiscencia, lo que queda, la ceniza de un fenómeno mental conservado, pero desaparecido. Es un escuálido recuerdo de otro artículo, absolutamente maravilloso, pero inaferrable, indominable, indescriptible. Un artículo de periódico, señora, no es más en definitiva, que un papel ridículo.

–Veo que la cosa ya no parece tan sencilla.

–Es sencillísima. Hay dos clases de escritores que escriben esta clase de papeles. La primera vez que leí a Guy de Maupassan, que es un tipo de esta clase, se ponía delante de una mesa, escribía una primera frase, la que fuere, y luego, sin tener absolutamente nada en la cabeza, iba escribiendo al azar lo que se le iba ocurriendo; me pareció una simple manifestación de insoportable snobismo. Cuando lo leí, no lo creí y ahora, todavía lo creo menos, a pesar de que la época parece haber impuesto, en estas cosas, el libertinaje más descamisado y repelente. Mi modesta idea es que para hacer un buen artículo hay que haberlo llevado al menos cuatro o cinco años en la cabeza. En esto, en todo caso, no hay límites. Cuantos mas años mejor, ¿comprende?

–Si lo oyera mi yerno, quedaría estupefacto.

–Le voy a poner un ejemplo. Llegue a Roma, por primera vez, en 1920. Hace más de cuarenta y cinco años. Una de las cosas que más me impresionaron de aquella ciudad, entre otras muchas cosas, fue su color. Obligado ya entonces a escribir artículos, me propuse hacer un buen artículo sobre el color de Roma. «¿De qué color es Roma?», me pregunte durante un cierto tiempo. Me documenté hasta donde me fue posible sobre el color de Roma. Traté, afanosamente, de encontrar el adjetivo, los adjetivos sintéticos característicos que resumieran la gama de colores que la ciudad me ofrecía. Trate, en una palabra, de acoplar, de la manera mas ajustada, unos adjetivos, pocos, desde luego, a un sustantivo concreto. «¿De qué color es Roma?», me decía. A veces me parecía que Roma era de color de albaricoque con un ligero punto de cereza en ciernes. Otras, que era de color de pollo asado, pero asado de una manera dorada y bien hecha. En un cierto momento me pareció que era de un color de jugo de pipa diluido en una sustancia acarminada. El caso es que pasé, en el curso de aquel primer contacto, un tiempo largo en Roma sin lograr escribir el artículo tan afanosamente perseguido. He vuelto luego a Roma una infinidad de veces. He pasado en aquella ciudad largas temporadas de mi vida. El color de Roma, la necesidad de escribir un articulo sobre el color de Roma, ha permanecido clavado en mi cabeza muchos años. Estando allí o fuera de allí, he tratado una infinidad de veces de elaborar el artículo de referencia. Hace mas de cuarenta anos que tengo la obsesión de escribirlo y por el momento no lo he logrado. No crea usted que por ello haya abandonado este propósito. La obsesión permanece en mi actual cabeza, tan viva como siempre. Es tan viva, como inaferrable. Ya comprenderá, señora, que si algún día logro escribir un artículo inteligible sobre el color de Roma, habré de constatar mi absoluto fracaso. Será un papel ridículo. No creo que la cosa pueda ser más sencilla.

–De acuerdo.

–Y ahora pasemos al asunto de su futuro yerno. Estas cenizas de fenómenos mentales que llamamos literatura en su forma más ingenua, puede ser objeto, creo yo, de una cierta arquitectura. Un artículo, a mi entender, no es más que un producto arquitectónico en miniatura: una casa en miniatura. Ha de contener tres cosas esenciales: una entrada, un hall agradable, hospitalario y si puede ser un poco sorprendente. Para que un lector se decida a emprender la lectura de un ladrillo de esta clase, ha de encontrar en sus primeras líneas algo que por una razón o por otra le sorprenda. ¿Su futuro yerno es un joven de pluma sorprendente? Luego ha de contener un interior, si usted quiere unas habitaciones amuebladas con la mayor amenidad posible. Los ladrillos han de contener algo dentro. Los artículos que no tienen nada dentro, vacíos, se hacen pesados a pesar del poco peso que suelen tener las cosas vacías. Finalmente, un buen artículo ha de tener un final brillante, airoso y capaz de ser recordado como una síntesis. Hay casas de una apariencia humilde, modesta, de interior aceptable, que tienen, en la parte de atrás, un excelente golpe de vista: algo, en una palabra, que se quede fijado en nuestra memoria y que dure, lo que sea, en el recuerdo. El final de un buen artículo ha de producir un vago murmullo mas o menos coherente, el mismo murmullo que instintivamente producimos ante un paisaje o ante una señorita que ha sido agraciada por la providencia en uno u otro sentido. Si se logra montar un ladrillo sobre esta estructura arquitectónica mínima, se produce la posibilidad de producir un buen articulo.

–¿Considera que todo esto es preceptivo?

–Ya lo creo. Perfectamente.

–Sin embargo, la preceptiva no parece gozar de tanta simpatía y predicamento como en otros tiempos…

–La preceptiva, señora, es muy buen asunto y no estorba jamás. No pasa nunca de moda. Siempre tendremos tiempo de prescindir de ella. Dígaselo, por favor, a su futuro yerno y producirá excelentes artículos.

–Pero la preceptiva no es suficiente…

–¡Qué va a serlo! Pero no se puede prescindir de ella. Yo le propondría, pues, señora, un pequeño resumen de lo que llevamos diciendo: para hacer un buen articulo se necesitan tres cosas, como las truchas de Ripoll para citarle un precedente: pensarlo, elaborarlo mentalmente durante cinco años como mínimo, montarlo sobre una estructura arquitectónica como la que he tratado, vagamente, de describirle. Finalmente, sentarse en una silla ante una maquina de escribir o empuñar un lápiz o una pluma y escribirlo. No le quepa a usted ninguna duda: si su futuro yerno añade la posesión de una conspicua renta, la tribu de que formamos parte gozara del espectáculo de la aparición de un articulista excelso.

30 de octubre de 1965.

La crónica de Destino. 1957-1980. Editorial Destino.

Yo creo que leer un periódico a la semana es ya demasiado. Lo he intentado recientemente y me parecía que todo este tiempo no había vivido en mi región natal. El sol, las nubes, la nieve, los árboles no me dicen tanto. No puedes servir a dos amos. Requiere más de un día de atención conocer y poseer el valor de un día.

Las noticias que oímos no son, en su mayoría interesantes. Son repeticiones vacías.

Todo el verano e incluso el otoño, tal vez os hayáis olvidado inconscientemente del periódico y de las noticias, y ahora descubrís que era porque la mañana y la tarde estaban llenas de noticias. Vuestros paseos están llenos de incidentes.

Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Tecnos

Eso que llaman política es algo tan superficial y poco humano que en la práctica nunca he reconocido que me interesara. Los periódicos, según veo, dedican varias columnas gratuitamente a la política o a los asuntos de gobierno y esto, diría yo, es lo que los salva. Pero como yo amo la literatura y en cierto modo también la verdad, no leo nunca esas columnas. No quiero embotar hasta ese punto mi sentido de la justicia. No tengo que rendir cuentas por haber leído un solo Mensaje del Presidente. ¡Esta es una época extraña del mundo, en la que los imperios, los reinos y las repúblicas vienen a pedir a las puertas de un hombre corriente y le cuentan sus problemas al oído! No puedo coger el periódico sin encontrarme con que un desdichado gobierno, acorralado y en sus últimos días me está pidiendo a mí, el lector, que le vote.

Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Tecnos

Las cosas que más acaparan la atención de los hombres, como la política y la rutina diaria son realmente funciones vitales para la sociedad humana, pero deberían realizarse inconscientemente como sucede con las correspondientes funciones del cuerpo físico. Son infrahumanas, una especie de vegetación.

Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Tecnos

¿Quién podría suponer que aquellos jóvenes elegantes, distinguidos, amados por las mujeres, hablasen en aquella mesa de placeres prohibidos que no puede comprender el resto del mundo? Aborrecen, reprenden a los de su raza sin llegar a relacionarse con ellos. Tienen el esnobismo, la distinción de quienes pertenecen a un club exclusivo, y el trato característico de quienes no aman más que a las mujeres. Pero cuando se encuentran con otros dos o tres tan limpios como ellos, de sus mismas preferencias, gustan de bromear, de sentir que son de la misma raza. A veces, cuando se encuentran solos, una palabra consagrada, un gesto ritual se les escapa, en un movimiento deliberado de ironía, pero de inconsciente fraternidad y consciente placer.

Marcel Proust. La raza de los malditos. Ediciones Irreverentes

Votación, s. Simple estratagema mediante la cual una mayoría demuestra a una minoría la estupidez que supondría cualquier resistencia. Muchas personas respetables pero con un aparato pensante imperfecto están convencidas de que las mayorías gobiernan por algún derecho inherente, y de que las minorías se someten, no porque no les quede más remedio, sino porque es su deber.

Ambrose Bierce. El diccionario del diablo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg

Jamás habrá un Estado realmente libre y culto hasta que no reconozca al individuo como un ser superior e independiente, del que se deriven su propio poder y autoridad y le trate en consecuencia. Me complazco imaginándome un Estado que por fin sea justo con todos los hombres y trate a cada individuo con el respeto de un amigo. Que no juzgue contrario a su propia estabilidad el que haya personas que vivan fuera de él, sin inferir con él ni acogerse a él, tan sólo cumpliendo con sus deberes de vecino y amigo. Un Estado que diera este fruto y permitiera a sus ciudadanos desligarse de él al lograr la madurez, prepararía el camino para otro Estado más perfecto y gloriosio aún, el cual también imagino a veces, pero todavía no he vislumbrado por ninguna parte.

Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Tecnos

Cagadita (de mosca), s. Prototipo de puntuación. Garvinus sostenía que los sistemas de puntuación  en uso en las diversas naciones letradas dependían, en su origen, de los hábitos sociales y la dieta general de las moscas que infestaban cada país. Estas criaturas, que siempre se han distinguido por una cercana y amistosa familiaridad con los escritores, embellecen, generosa o cicateramente, los manuscritos en proceso de crecimiento bajo la pluma, según sus necesidades corporales, resaltando el sentido de la obra mediante una especie de interpretación superior e independiente de las habilidades del autor. Los “viejos maestros” de la literatura, es decir, los escritores antiguos cuya obra es muy estimada por plumíferos y críticos posteriores en su misma lengua, no puntuaban nunca, sino que escribían de corrido, sin las bruscas interrupciones del pensamiento que provoca el uso de los puntos. (Observamos la misma práctica en los niños de la actualidad, cuyo comportamiento, en este sentido, es un ejemplo asombroso y bello de la ley de que la infancia de los individuos reproduce los métodos y fases de desarrollo que caracterizan la infancia de las razas). En las obras de esos amanuenses primitivos, el investigador moderno, con sus instrumentos ópticos y sus pruebas químicas, ha descubierto que toda la puntuación ha sido insertada por la ingeniosa y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica común, Musca maledicta. Al transcribir estos antiguos manuscritos, con el fin bien de convertir la obra en propia o bien de preservar lo que consideran revelaciones divinas, los escritores posteriores copian con reverencia y cuidado todas las marcas que encuentran en los papiros o pergaminos, para así realzar más aún si cabe la lucidez del pensamiento y el valor de la obra. Los escritores coetáneos de los copistas se aprovechan naturalmente de las obvias ventajas de estas marcas para su propia obra y, con la ayuda que les quieran proporcionar las moscas de su propia casa, con frecuencia igualan y en ocasiones hasta superan las composiciones más antiguas, al menos por lo que se refiere a la puntación, lo que no es poca gloria. Para entender la magnitud de los importantes servicios que las moscas prestan a la literatura sólo hay que colocar una página de algún novelista popular junto a un platillo de crema y melaza en una habitación soleada y observar “cómo el ingenuo brilla y el estilo se refina” en proporción precisa a la duración de la exposición.

Ambrose Bierce. El diccionario del diablo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg

SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR

JOSEP PLA

Este artículo va a ser dedicado a la utilidad, quiero decir a la utilidad de los demás. Si a mí, a los veinte años, me hubiera sido dable leer un artículo tan bien intencionado y tan didáctico como el que voy a escribir, hubiera dado las gracias más efusivas al género humano. Mi agradecimiento hubiera sido considerable. Se trata de contestar a esta pregunta: ¿Cómo hay que escribir? Cuando decimos que un autor es un buen autor, ¿qué queremos decir, siempre en el caso de que lo hayamos leído? Cuando decimos que un autor tiene estilo, ¿qué hemos de entender por ello? A todos nos conviene tener un buen estilo. ¿Qué ha de hacerse para tener un buen estilo? Me lo han preguntado, recientemente, varias personas… […]

La primera cosa que hay que hacer para escribir bien es obedecer el genio de la lengua. Y el genio de estas lenguas neolatinas consiste poner primero el artículo, luego el substantivo, luego el verbo y finalmente el predicado. Cuando se quiere predicar de una puerta su color verde, hay que decir, si es posible: «la puerta es verde». Nada más. Decir, por ejemplo: «verde es la puerta» puede hacer vibrar las entendederas de un grupo de snobs. Decir «es verde la puerta», es querer hacer el cuco y el cazurro, lo que puede, naturalmente, hacer aumentar el precio del artículo. Pero lo mejor –y me dirijo ahora a los chicos del bachillerato–, lo mejor es siempre decir, cuando realmente de lo que se trata es de predicar que una puerta es de color verde: «la puerta es verde». Esto no tiene nada que ver con las modas, ni con las vibraciones, ni con los estados de ánimo fugaces. Esto durara siempre.

Luego, para escribir bien, hay que poner una cosa detrás de cada palabra. Si uno detrás de una palabra pone un simple ruido meramente gutural, o una vaga impresión subjetiva, a un sentido de triple fondo, o el significado que para un grupo de amigos puede tener dicha palabra, cae en el puro galimatías. En esto, como en casi todo, la regla es la formulada implícitamente por la voluntad general. Yo comprendo muy bien que la aristocracia deseara tener una idea cerrada, exclusiva, hermética, por ejemplo, de una mecedora. Sin embargo, es muy triste decirlo, la idea universal de lo que es una mecedora viene dada por la mayoría. Es un acuerdo implícito de la gente, que no puede variar. […] Una palabra es el signo de una cosa entendida según el significado de la inmensa mayoría. Salir de esta regla es fatal. […]

La persona que con una pluma en la mano no parta de la idea de que se puede perfectamente morir sin haber llegado a los rudimentos del oficio, a pesar de treinta o cuarenta años de vida madura y consciente, es un insensato. No. Esto no es una broma. Se escribe no con tinta, sino con sangre.

Luego, para escribir, hay que ser ligeramente inteligente. Y ser inteligente en la vida quiere decir no precisamente hacer un descubrimiento cada dos o tres años, sino conocer la navegación, la malicia y los trucos del lenguaje. Esto se tiene o no se tiene. Yo no puedo decir nada, porque no los tengo. Desde luego, esta forma de la inteligencia no tiene nada que ver ni con pagar la contribución ni con no pagarla, ni con pagar o no pagar el piso, ni con ser feo o guapo. Esto es cosa de la naturaleza, del animal, para decirlo claro.

Y luego, el ritmo de la frase ha de ser rápido. Yo practique esta regla siempre, porque no puedo resistir la difusión y el autor pesado. Azorín, en su reciente libro sobre «Madrid», dice que, a su entender, el ritmo del estilo ha de ser rápido. Esta afirmación de Azorín han de apropiársela no ya los muchachos del bachillerato, sino los compañeros que por el hecho de tener treinta años o menos están rozando el filo la pedantería, como diría mi viejo amigo, creador del estilo nuevo, don Pedro Mourlane.

25 de octubre de 1941.

La crónica de Destino. 1937-1956. Editorial Destino

Caníbal, s. Gastrónomo de la vieja escuela que conserva el gusto por los sabores sencillos y sigue la dieta natural del periodo preporcino.

La práctica del canibalismo fue universal en un pasado, como queda patente con un conocimiento siquiera mínimo de filología.

[Sean tan amable –dice el eurdito auto de la Delectatio Demonorum– de considerar la derivación de la palabra “sarcófago” y compruebe si no le sugiere carnes enlatadas. Repárese en el significado de la expresión “dulces dieciséis”. Qué universo de sentido no se esconde en la frase “piel de melocotón” y cómo sugieren un buen almuerzo las palabras “tierna juventud”. Un beso no es más que una variante de un mordisco y cuando una joven se empeña en dejar “la marca de un beso” en el dorso de tu mano sólo expresa un instinto heredado que todavía no ha aprendido a controlar. La cariñosa madre, cuando afirma arrebatada que su bebé “está para comérselo”, simplemente demuestra que sólo la bondad, y por poco, impide que ella misma se lo zampe.]

Ambrose Bierce. El diccionario del diablo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg

Por muy personales que tratemos de hacer nuestras palabras, nos resignamos sin embargo cuando escribimos a ciertos usos nada personales, antiguos y colectivos, y la idea de describir el aspecto de una cosa que nos hace experimentar una sensación, es algo que quizás bien podría no haber existido, como la costumbre de cocer la carne o de vestirse, si el curso de la civilización hubiera sido otro bien distinto.

Marcel Proust. La raza de los malditos. Ediciones Irreverentes

La verdad es que la música me salva una y otra vez, el hecho de que la música siga viviendo aún en mí y la verdad es que vive en mí como el primer día. Salvado cada día de nuevo por la música de todas las cosas atroces y repulsivas, eso es, convertirse otra vez por la música todas las mañanas en un ser que piensa y que siente, ¡comprende! Ay sí, aunque lo maldigamos y aunque a veces nos parezca totalmente superfluo y aunque tengamos que decir que la verdad es que no vale nada, […] a los que somos como nosotros no nos salva otra cosa que ese arte maldito y condenado y a menudo repulsivo hasta vomitar y fatal.

Thomas Bernhard. Maestros antiguos. Alianza Editorial

Escuchar música se ha convertido en una trivialidad cotidiana a causa de la técnica. Oír música no es ya nada extraordinario, por todas partes se oye música, esté uno donde esté, se ve francamente obligado a oír música, en todos los cafés, en todas las consultas de médico, en todas las calles, hoy no se puede ya escapar a la música, se quiere huir de ella, pero no se puede huir de ella, esta época está totalmente rodeada de un fondo musical, ésa es la catástrofe. En nuestra época ha irrumpido la música total, por todas partes, entre el Polo Norte y el Polo Sur hay que oírla, sea en la ciudad o en el campo, en el mar o en el desierto. A la gente se le atiborra diariamente de música desde hace ya tanto tiempo, que hace mucho que ha perdido todo sentido para la música.

El mundo está totalmente impregnado de música total, ésa es la desgracia, en cada esquina se oye música extraordinaria y perfecta en tal medida que, en realidad, hace tiempo que hubiera habido que taparse todos los conductos auditivos para no volverse loco. Los hombres de hoy padecen, porque no tienen ya otra cosa, un consumismo musical enfermizo.

Se habla tanto hoy de los desechos y de la química que lo destruyen todo, pero la música destruye todavía más que los desechos y que la química, la música es lo que, en definitiva, destruirá totalmente todas y cada una de las cosas, se lo digo yo. Primero la industria musical destruirá los conductos auditivos de los hombres, y luego, como consecuencia lógica, a los hombres mismos, ésa es la verdad. Veo ya al hombre totalmente aniquilado por la industria musical, a esas masas de víctimas de la música que poblarán en definitiva los continentes con su hedor de cadáveres musicales; la industria musical tendrá un día a los hombres sobre su conciencia, tendrá al final, con la mayor probabilidad, a toda la Humanidad sobre su conciencia, no sólo la química y los desechos, se lo digo yo. La industria musical es el verdadero asesino de hombres, la industria musical es el verdadero genocida de la Humanidad que, si la industria musical continúa como hasta ahora, sólo en unos decenios no tendrá ya ninguna probabilidad.

La verdad es que un hombre de oído sensible no podrá ya pronto salir a la calle; si entra uno en un café, si entra en una fonda, si entra en unos almacenes, por todas partes, lo quiera o no, tiene que oír música, y si viaja en tren o vuela en avión, la música lo persigue hoy por todas partes. Esa música sin música es lo más brutal que la humanidad de hoy tiene que soportar y padecer.

Thomas Bernhard. Maestros antiguos. Alianza Editorial

En las naturalezas verdaderamente artísticas la atracción y la repulsión físicas están modificadas por la contemplación de la belleza. La mayor parte de las personas mira con repulsión la medusa; Michelet, sensible a la delicadeza de sus colores, las recoge con placer. A pesar de mi respulsión por las ostras, tras haber soñado con sus viajes por mar, su gusto se convertía para mí, sobre todo cuando me encontraba lejos del mar, en un sugestivo real. Así, las actitudes físicas, el placer del contacto, la gula, el placer de los sentidos, vuelven a injertarse en nosotros en cuanto el gusto por lo bello echa raíces en nuestra alma.

Marcel Proust. La raza de los malditos. Ediciones Irreverentes

Nos confiamos durante toda la vida a los Grandes Ingenios y a los, así llamados, Maestros Antiguos, y nos vemos luego mortalmente decepcionados por ellos, porque no cumplen su finalidad en el momento decisivo. Atesoramos los Grandes Ingenios y los Maestros Antiguos y creemos que podremos luego, en el momento decisivo de supervivencia, usarlos para nuestros fines, lo que resulta ser un error mortal. Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos y recurrimos a ellos en el momento decisivo para nuestras vidas; pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, ésa es la verdad, nos quedamos ante esa caja fuerte espiritual vacía y vemos que estamos solos y realmente por completo sin recursos. El hombre atesora en todos los campos durante toda la vida y al final se encuentra vacío, también en lo que refiere a su patrimonio espiritual.

De pronto sabe uno lo que es el vacío, cuando está ante miles y miles de libros y escritos que lo han dejado a uno totalmente solo, que de pronto no son para uno nada más que precisamente ese vacío horrible. Cuando uno ha perdido a su ser más próximo, todo le resulta vacío, ya puede mirar adonde quiera, todo está vacío y uno mira y remira y ve que todo está realmente vacío y de hecho para siempre. Y uno comprende que no son esos Grandes Ingenios ni esos Maestros Antiguos los que lo han mantenido vivo durante decenios, sino sólo ese ser único, al que quiso más que a ningún otro. Y en medio de esa comprensión está un solo y nada ni nadie lo ayuda.

Thomas Bernhard. Maestros antiguos. Alianza Editorial

Consideremos el modo cómo pasamos nuestras vidas.

Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullucio! No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descanando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar.

Henry D. Thoreau. Desobediencia civil y otros escritos. Tecnos

Ruido, s. Hedor en el oído. Música sin domesticar. El producto principal y el signo que autentifica nuestra civilización.

Ambrose Bierce. El diccionario del diablo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg

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  1. Cuando me siento cansado recurro a estos textos

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