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‘Dragon Age: Inquisition’: En compañía de hombres

In Gamefilia, Hooliganeo, Queer Conspiracy on 29 septiembre, 2015 at 2:15 pm

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Dragon Age: Inquisition
2014
PS3, PS4, PC, Xbox One, Xbox 360 (versión comentada)
BioWare

Se abre el telón. Con ustedes, unos cuantos cretinos muy preocupados hablando de Dragon Age: Inquisition. ¿Por qué hay tantos homosexuales? ¿Cuántos son aceptables en un videojuego antes de pensar que BioWare tiene una agenda oculta y obedece al lobby gay? ¿Uno, dos, tres, seis y medio? Estas cosas antes no pasaban. Espera, que enciendo la consola y lo comprueblo yo mismo: según cuento, en mi círculo de héroes y consejeros destinados a salvar al mundo en este interminable juego de rol, identifico a cuatro heterosexuales, dos bisexuales y tres homosexuales, entre los que me incluyo. En las sesenta horas que llevo de partida también he conocido la historia de Krem, un hombre de verdad atrapado en el cuerpo de una mujer, que huyó de su casa para escapar del tipo de vida que se espera en una señorita y acabó como guardaespaldas de un guerrero de dos metros con cabeza de toro que folla con todo lo que se menea, da igual su raza y su sexo. Nada raro si entendemos que Thedas, el continente donde se desarrolla la serie Dragon Age, no tiene por qué parecerse a nuestro mundo ni arrastrar una historia de “2.000 años de homofobia institucional”, como dice uno de los espabilados del hilo de Gamefaqs. Hay más demonios que maricas en Inquisition, lo que debería ser más preocupante puestos a apuntar conspiraciones y más útil como detector de idiotas.

Estamos de acuerdo: una historia es inolvidable independientemente del género y la orientación sexual de su protagonista, aunque a estas alturas puntúa la habilidad para darle una vuelta a todos los trucos recurrentes que funcionan desde Homero. También estamos de acuerdo en que una de las mejores cosas de los videojuegos es que permiten al jugador meterse en la piel del otro: y quién quiere ser fiel a uno mismo cuando puede ser Batman. De hecho, casi todos los títulos potencian esto último. Así que, como dice George Skleres deRiot Games en Gaming in Color (2014), documental que analiza la presencia LGBT en la industria de los videojuegos, lo que hacen falta son “más historias en las que pueda verme representado”. Porque si no apareces no existes y porque al darle nombre a algo lo estás reconociendo. De esto se trata, de verse a uno mismo integrado como parte del mundo: “La visibilidad es la manera en que la industria te está diciendo: reconozco que existes. Y cuando te das cuenta de que formas parte de la audiencia de algo, inmediatamente te sientes parte de ello. Como en Mass Effect: puedes elegir estar con chicos en vez de con chicas, lo que ayuda a sumergirte en la experiencia pero también me permite saber que sus autores son conscientes de que la gente como yo existe”, reconoce en la película Joey Stern de Geeks OUT.

Una última cita antes de ponerme con el juego. Hace unos meses, en una entrevista por mail, Matt Conn, de MidBoss y Gaymer X, me decía que “es por esto por lo que el resto del mundo sigue viendo a los videojuegos sólo un como un juguete, como algo para niños. Todavía no tenemos títulos AAA cuyos personajes hayan empezado a explorar su identidad, su género, su sexualidad. Temas como la raza, la pobreza, la alienación, los abusos, el odio y el amor son pilares en las grandes historias y sin embargo están sorprendentemente ausentes de la mayoría de los juegos. Y cuando son incluidos, lo hacen solo en forma de cutscenes, lo que empuja al jugador a un rol pasivo fuera del propio juego”. El indie, como podemos comprobar a diario, tan mono y tan libérrimo, va por otros caminos muchos más interesantes.

Cuesta creer que haya gente que todavía quiera descubrirnos queDragon Age: Inquisition es más que sexo y líos de alcoba y un enredo épico de cortinas aristocráticas propio de Downton Abbey. Como si estuviéramos acostumbrados a que el héroe de la leyenda se acueste con otro tío y no pierda por ello ni un gramo de credibilidad. Como si el resto del juego, un entretenimiento impecable en el que pasar horas explorando, combatiendo y saltando entre cascadas de conversaciones, no lo tuviésemos tan visto. Como si no se agradeciese que, para variar entre las habituales misiones secundarias de recadero, de viejos libros que hay que encontrar y de atalayas por conquistar a lo Assassin’s Creed, surjan personajes y situaciones que plantean en pantalla algunos de los temas que mencionaba Conn, que por descontado no son siempre agradables. Como si estuviéramos obligados a no cuestionar la dimensión sexual de la mayoría de los personajes de videojuego y no diera vergüenza pensar que el nivel medio remite a aquella escena vikinga en God of War, con Kratos haciendo gemir a dos mujeres de tetas exageradas a ojos de una estatua que mea agua, una estampa adecuada si eres un pajillero de 14 años. Toma, un He-Man.

BioWare ya había introducido personajes “abiertamente homosexuales” en su trilogía Mass Effect, incluso la posibilidad de que el recio comandante Shepard, su protagonista, fuera gay en función de las decisiones y los gustos del jugador. O sea, en el caso de la compañía canadiense, el marica no nace sino que se hace: nada en sus genes le ha programado para una opción u otra, no vaya a ser que en medio de una reunión con marketing alguien se ahogue con el nudo de la corbata. Así se valoran las cosas en los despachos delmainstream, no quiero que los chavales se ofendan, alguno me la monte en internet y luego a ver quién responde por las ventas. La gente de BioWare ya dio un buen número de razones por las que añadir una “opción gay”, algunas de las cuales tienen que ver con la idea de una evolución natural del medio y, qué diablos, con respetar a tu público.

Dragon Age: Inquisition insiste en poner estos temas sobre la mesa e incluye, según leo, al “primer personaje completamente gay” de la franquicia. Juraría que Zevran, aquel elfo tan leal y tan promiscuo del primer Dragon Age, lo era, con ese discurso suyo fetichista sobre el cuero y de hecho por eso le entré sin mucha delicadeza y acabamos teniendo una aventura. Ya hablaremos luego de la afición al cuero como cliché y del bigote de Freddy Mercury, su uso como cumcatchery sus significados para la comunidad; un bigote muy John Travolta, por cierto. Lo interesante de Dorian, un mago de clase alta deInquisition con el que también acabé yéndome a la cama y hablando de la decoración del castillo y de los uniformes de las tropas, es que gran parte de sus misiones y conversaciones giran alrededor del hecho de ser homosexual y de serlo inevitablemente, en contra de todos, de su familia y compañeros, de la religión, de los políticos de turno.

Dorian es un paria, un marginado, un tipo que niega a construirse una fachada con mujer e hijos. No hace falta haber vivido el instituto como un drama adolescente para apreciar un conflicto tan “noble”, al menos, como el del elegido-que-lucha-por-no-convertirse-en-lo-que-más-odia o el que encontramos en cualquier relato sobre gente que desafía a su destino. Dorian, como muchos tantos hombres no necesariamente homosexuales, también sufre las consecuencias de una sociedad machista –en su caso, la de Tevinter– que quiere imponerle el rol y el comportamiento que se espera por su sexo y posición social y familiar. Otro gay cabreado con un padre empeñado en legar a su hijo una visión de la vida como un partido en el que hay que elegir un equipo. Competir. Ganar. Ser los mejores. Es lo que mejor hacemos los hombres, ¿no?

A lo largo de Inquisition el jugador tiene la opción de acompañar a Dorian en su lucha contra su familia y contra sí mismo, con lo que esto supone para terminar de aceptarse como homosexual públicamente. Otra opción es aconsejarle que reconsidere su posición, con la intención de empujarle al “buen camino”. Y por supuesto podemos limitarnos a ignorarlo e incluso rechazarlo. El sistema de juego ideado por BioWare permite que muestres tu afecto por cualquiera de tus compañeros desde el principio (Opción “¿Podemos coquetear?”, marcada bien claro con un corazón) aunque, como es natural, hay que currárselo más allá de halagos y piropos. Cumplir las misiones secundarias de cada personaje es fundamental para tener una oportunidad. Y luego están las preferencias sexuales de cada uno de ellos: si sólo le gustan las elfas no tienes nada que hacer. Es un trabajo lento que requiere su tiempo y sortear las opciones de diálogo como quien anda por un campo de minas porque también importa cómo se dicen las cosas.

Si lo has hecho bien, en un momento dado, Dorian te plantea su problema. Por qué lo consideran una “desviación vergonzosa” en su tierra: “Prefiero la compañía de hombres”, confiesa. La compañía de hombres, pregunto yo en plan sorprendido. “¿Acaso tartamudeo?”, me suelta. “Hombres, y la compañía de los mismos. Como el sexo. Seguro que has oído hablar de ello”. Muy hábil. Ante mí se despliega el menú con las siguientes opciones de diálogo:

A) Algo sospechaba…
B) Ahórrame los detalles.
C) ¿Nunca con una mujer?
D) Sí, claro.
E) No tenía ni idea.

Elijo la C por aquello de estirar la tensión, aunque es inevitable. Después de muchos viajes del campo de batalla a la biblioteca (¿qué esperabas, la taberna, un establo? Es un gay de alta alcurnia), Dorian termina en mi dormitorio ofreciendo un desnudo a la cámara. Como en el primer Dragon Age, lo siguiente es decidir si aquello ha sido un polvo de una noche, un desliz que no puede volverse a repetir o si estamos ante algo serio.

Mola comprobar que tus decisiones tienen impacto en el mundo deInquisition. En los pasillos del Feudo Celestial, que funciona como base de operaciones del grupo, puedes comprobar que los rumores sobre el romance se están extendiendo y si pregunto a otro personaje por su opinión sobre Dorian, más de uno me responde que para qué necesito su opinión si ya lo he metido en mi cama. En la biblioteca, la reverenda madre no pierde ocasión de mostrar lo poco que le gusta el mago y dejar claro que lo considera una “mala influencia” para un hombretón como yo. De nuevo, el jugador decide si contribuir a que se mantenga el statu quo o aprovechar para inclinar un poco la balanza. En otra de las misiones secundarias, un grupo de comerciantes sin escrúpulos se vale de mi relación con Dorian para pedirme unos cuantos favores políticos a cambio de un viejo collar familiar. Un chantaje, vaya.

“What’s So Queer About James Franco?”, se pregunta este artículo que intuyo fabuloso (cosas del paywall, que aquí viene a ser un gatillazo), que plantea analizar de forma crítica los papeles de homosexual de Franco y su actitud pro-gay no sólo en el contexto de los mediosmainstream, incluido Hollywood, también en “el cada vez más homogenizado mundo del arte y la política LGBT”. Y vuelvo a pensar en corbatas y despachos, pero también en esa cosa viejuna de plumas, cueros y mostachos: está muy bien que los personajes no heterosexuales irrumpan en una superproducción como Dragon Age, otra cosa es que la forma elegida para presentarlos favorezca a unaimagen oficial y responda a lo que todo el mundo entiende por marica. Un marica políticamente correcto. Dorian tiene mucho del gay bien perfumado, sarcástico hasta en la tumba y charlatán, cultivado y pagado de sí mismo, un cruce entre Wilde, Byron yBrandon Flowers, incluidas las chaquetas militares y el bigotito de niño bueno. Por mí no hay problema, me vale. Ya tendremos tiempo para debatir sobre los prejuicios fuera y dentro de la comunidad gay y perfilar tipos más contemporáneos y efectivamente marginales, como Genet, Burroughs y otros tantos granujas que lucharon toda su vida por salirse del camino recto.

Y hablando de cultura popular: desde las próximas entregas de Star Wars a las nuevas comedias estadunidenses, desde el fútbol a la iglesia católica, urge que unos y otros sean conscientes de que entre sus fieles hay muchos no heterosexuales a los que no les importaría recibir un saludo desde el escenario, a la vista de todos. Porque está bien mojarse y porque Jar Jar Binks no funciona ni como chiste de mariquitas. Tampoco el videojuego ese en el que hay que matar a homosexuales para evitar que te abran el culo, otro miedo comprensible si no superaste la intimidad del gimnasio del instituto o eres Vladímir Putin. Junto con la serie Los juegos del hambre, la franquicia Dragon Age me parece que tiene mucho que enseñarnos aún sobre los roles hombre-mujer en el entretenimiento del siglo XXI. Incluido la posibilidad de que por una vez tengamos que salvar al macho, que siempre, reconozcámoslo, ha tenido algo de patán.

Publicado en Mondo Píxel el 29/01/2015

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